«El canario y la rosa» y «El árbol que quiso volar como los pájaros» (Loqueleo está en De Museo)

cropped-white-roseLos libros de la colección Loqueleo, de Santillana Infantil y Juvenil, se pueden adquirir en las tiendas De Museo de Guatemala. Entre los títulos más recientes de la colección, que Las memorias de un escribiente recomienda especialmente, se hallan Detrás de la cortina, de Jessica Masaya Portocarrero (Guatemala, 1972); Basilio y los lactonautas, de Julio Calvo Drago (Guatemala, 1969), y El libro de todos los miedos y unos cuantos más, de Alejandra Osorio (Guatemala, 1993).

20190317_120032Hallará las direcciones de todas las tiendas De Museo de Guatemala en el siguiente enlace.

https://demuseo.com/ubicaciones/

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Detrás de la cortina (+8)

«A veces, los adultos no tienen tiempo para ocuparse de las cosas importantes. Pero los niños listos, como Cari, se las arreglan para ir al fondo del enigma. La vida de Cari ha cambiado en poco tiempo y ahora todo es nuevo: una nueva casa donde viven más personas, nuevos amigos y un nuevo colegio por descubrir. Entretanto, algo extraño se asoma detrás de la cortina y Cari se pregunta si es real o si es producto de su imaginación. Cari deberá enfrentarse a un monstruo que amenaza su felicidad y quizás la de otros niños. Pero no está sola, Cari cuenta con la ayuda de personas que la aman de verdad; con su ayuda, vencer al monstruo puede ser tan sencillo como gritar con todas sus fuerzas».

Basilio y los lactonautas (+12)

Basilio y los lactonautas«Todo era tranquilidad y armonía en el yogur sideral, en el próspero universo de las Culturas Unidas, hasta el día en que los tripulantes de la nave Alfa Láctica, los llamados lactonautas, recibieron una insólita señal de auxilio proveniente de un punto muy lejano, probablemente de un universo paralelo al yogur. Es así como los lactonautas y su líder, el capitán Basilio Grigorov, parten en busca del origen de la señal y descubren que la existencia del yogur mismo está en juego. ¿Podrán Basilio y los lactonautas detener la obliteración de su microuniverso y salvar a las culturas? Alien, Arrival y Matrix se dan la mano en esta historia de proporciones épicas sobre unos héroes de proporciones microscópicas».

El libro de todos los miedos y unos cuantos más (+8)

El libro de todos los miedos...«Todos sabemos que no siempre se puede ser valiente. Pero Tepe es un caso excepcional: este ratoncito de peluche lila vive atemorizado por todo a su alrededor. Su lista de miedos incluye casi todos los que existen, y diariamente agrega uno nuevo. Desafortunadamente, en la fábrica de peluches, estos son sometidos a una última prueba de valor antes de salir al mundo a proteger los sueños de las niñas y los niños que los adoptan. Todo parece poner a Tepe a prueba para demostrar que puede vencer sus temores. A pesar de tantos miedos, hay muchísimo valor en este libro».

IMG_20181120_152441En De Museo se pueden obtener muchos títulos más de esta excelente colección, que reúne una variada muestra de literatura dirigida a niños y adolescentes. Entre ellos, El árbol que quiso volar los pájaros (2017) y El canario y la rosa (2018), de Julio Santizo Coronado (1965).

Si desea saber más sobre estos títulos, diríjase a los enlaces que hallará a continuación.

El canario y la rosa (+10)

https://lasmemoriasdeunescribiente.wordpress.com/2019/02/13/el-canario-y-la-rosa-de-julio-santizo-coronado-loqueleo-santillana-infantil-y-juvenil/

El árbol que quiso volar como los pájaros (+8)

https://lasmemoriasdeunescribiente.wordpress.com/2019/02/11/el-arbol-que-quiso-volar-como-los-pajaros-de-julio-santizo-coronado-loqueleo-santillana-infantil-y-juvenil/

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Epístolas de la soledad y la distancia, por Marvin Monzón («Cartas a un hijo ausente», reseña)

«El individuo debe aprender a estar consigo mismo desde chico».
Andréi Tarkovski

cropped-white-rose¿Cómo empezar a hablar de un libro que parte de 59 páginas [en su edición original] y se desborda como El libro de arena? ¿Qué decir del vacío tan armónicamente dispuesto entre sus páginas? El título lo sugiere todo, de entrada: tenemos a un hijo separado de su padre por una distancia un tanto indefinida: al otro lado del Atlántico. El progenitor es un hombre con una obsesión por escribirle cartas a su vástago; estos textos tienen todo el aroma característico del género epistolar.

Hasta allí, todo parece indicar que se trata de documentos que forman parte de una correspondencia. Sin embargo, ninguna de las acepciones del diccionario para la palabra correspondencia puede utilizarse para describir este conjunto de cartas, que se engavetan después de ser escritas. Quién sabe por qué motivo no se envíen, cuál es el temor que las retiene. Esta peculiaridad se hace visible hacia las últimas páginas, en las que el remitente lo manifiesta claramente.

Por qué escribir cartas que no serán enviadas, podríamos preguntarnos, haciendo como que no sabemos que la mayoría del tiempo el destinatario es solo la excusa para vaciarnos y que bien podríamos todos escribir eternamente cartas que nunca se entreguen (las redactamos mentalmente todos los días).

Regresando al libro, debo admitir que lo subestimé, que abrí su portada con recelo y me encontré un sugerente prólogo de Eduardo Villalobos (de quien espero escribir algo posteriormente) que me dio el empujoncito que andaba necesitando para entrar en serio en el contenido.

Hay en sus páginas un estoicismo milenario, una serenidad de riachuelo que fluye con el paciente desplazamiento de quien sabe que llegar o no al mar no importa más que la corriente misma. Recordé las Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, con su imponente torrente de ideas disfrazadas de riachuelo diáfano, que no se bebe, sino que se respira.

Santizo Coronado despliega una profusión de ideas sobre temas diversos (desde los más trillados por su calidad de «trascendentales», hasta los más triviales por su calidad de «cotidianos») con la calidad paternal que el título del libro exige y con imágenes poéticas regularmente solitarias («Porque la soledad es fría por fuera, pero tibia por dentro, en el tuétano del alma», nos dice el autor a través del trasnochado padre obsesivo).

En cada una de las cartas se desarrolla un tema específico a través de ideas claras o, en el mejor de los casos (y esto lo digo muy subjetivamente), de sugerencias que nos invitan a desenvolverlas cuidadosamente y descubrir lo que, muy en su centro, atesoran (no celosa, sino afablemente para quien quiera poseerlas). Podría incluso atreverme a afirmar que no es un libro para subrayar (para quienes gusten de hacerlo), porque seguramente, al volver sobre sus páginas, nos daríamos cuenta de que encontrar una idea subrayada daría el mismo trabajo que releer el texto.

No temo equivocarme tampoco si digo que cada uno de estos textos fue concebido con la ayuda de la soledad absoluta, del tiempo y de la constancia: hay trabajo en ellos, se evidencia en la síntesis de las ideas. Es fácil escribir y desbordarse (como intento hacerlo ahora), pero es difícil desbordarse desde adentro mil veces y reducir a su mínima (pero potente) expresión los pensamientos, para esculpirlos posteriormente en la palabra. Esa capacidad de síntesis del autor es uno de los motivos de que el texto sea, como ya lo he dicho antes, fluido, sin tropiezos, sin la parafernalia de quien quiere decir amor empecinándose en utilizar todas las letras del alfabeto.

Todas las cartas están firmadas de la siguiente forma: «Tu padre que te ama». Esta fórmula repetitiva podría hacernos pensar que pierde su sentido a medida que se utiliza en el libro. Pienso en frases como «que Dios se lo pague», «gracias a Dios» o «primero Dios» que, de tanto repetirlas, nadie sabe a ciencia cierta lo que significan en el momento que las pronuncia. Así, «Tu padre que te ama» se convierte en esa firma que está al final de cada epístola como parte de un protocolo inflexible. Sin embargo, la última carta está firmada de la siguiente forma «Tu padre, que nunca te olvida, en verdad… ¡jamás!, y te ama con todo su corazón». Esto nos deja de cualquier forma con dos posibilidades: puede ser una confirmación del amor profesado en cada una de las firmas anteriores o bien una forma de afirmárselo a sí mismo, como un mantra.

Para finalizar este comentario diré que estas cartas (que, como ya dije, no puedo llamar correspondencia) son más parecidas al murmullo de alguien que habla frente al espejo, opacándolo y viendo, en las fugaces y caprichosas formas del vaho, los secretos de la vida; la simpleza de las cosas que el mundo se empeña en hacer complejas, casi inaccesibles.

Marvin Monzón (Guatemala) es escritor y editor

Puede descargar la versión revisada (2019) de Cartas a un hijo ausente aquí.

https://lasmemoriasdeunescribiente.wordpress.com/2019/03/02/cartas-a-un-hijo-ausente-texto-de-la-edicion-de-2013-revisado-2019/

 

Unas cartas que llegan al alma, por Leo de Soulas («Cartas a un hijo ausente», reseña)

cropped-white-roseLas epístolas dirigidas al hijo, reunidas en el libro Cartas a un hijo ausente, del escritor y escribiente guatemalteco Julio Santizo Coronado, son una especie de llave que nos devela gradualmente el interior vacío y solitario de un padre abandonado, desencantado por una vida pasada, quizá perdida, a la cual hace constante alusión con un sentimiento de impotencia presentado con los matices más sutiles en la escala de grises que revisten la nostalgia y la melancolía. Simplemente, no puede hacer nada en el presente que le permita cambiar, tal vez enmendar, los errores del pasado. La sinceridad teñida de ternura hace que el lector se pregunte si este padre, en su aparente actitud de apatía, es tan solo una ficción; o si, por el contrario, es la voz misma del autor que expresa el dolor propio disfrazado de indiferencia, dolor que se va construyendo con retazos de recuerdos cotidianos cogidos de aquí y de allá a suerte de azar. Al fin de cuentas, esto tiene poca importancia, pues desde el momento en que el texto se yergue como una realidad poética, trabajada y labrada con la paciencia del escribiente artesano que el autor se dice ser, la creación cobra un valor y se convierte en un fin en sí mismo, en objeto de apreciación estética.

Pero en un plano distinto al de la creación literaria como forma estética, el tema o los temas adquieren una dimensión que va más allá del ámbito íntimo. Ya no solo se refiere al dolor flemático del padre producido por el abandono del hijo a causa de sus quebrantos mentales, de los cuales es muy consciente el propio autor de las cartas; es el sentimiento de unicidad, el sentimiento de isla que se va agudizando conforme se suman los años como costales pesados y los recuerdos como fugaces imágenes de lo que ya no es; es esa sensación de inercia que solo se puede sentir al arribar al otoño de la vida; es esa comprensión intuitiva de que siempre hemos estado solos, abandonados en este mundo al que fuimos arrojados. Ni siquiera nuestros seres más cercanos, más queridos y con los que nos unen lazos sagrados logran apagar ese sentimiento de abandono, esa incomprensión que nos distancia de los demás y nos vuelve lobos solitarios.

En estas epístolas desfilan temas tan diversos como las mujeres, la escritura, la demencia, la política, la soledad, los tipos de amor, el suicidio, la humildad y la modestia; algunos sencillos, pero tratados con una profundidad capaz de despertar la admiración. Interesantes reflexiones sobre distintos aspectos de la vida hechas con mesura, pero con esa contención que impide darle libre escape al dolor y que a veces toma forma del reproche sutil, pero por eso más hiriente, hacia el hijo desconsiderado que le da, en un acto supremo de ingratitud, la espalda a su propia sangre. En este aspecto, llama especialmente la atención la carta titulada «Los perros y los gatos», que resume la actitud poco agradecida, desde la perspectiva del mismo padre, del hijo que parte allende los mares con el auténtico derecho de seguir su propio camino. Sin duda que luego de leer este texto, el lector terminará generando empatía ante este lobo estepario, pero también se enfrentará, quizá prematuramente, al momento en que tenga que llorar esa juventud perdida, marchita, que parece escaparse de la vida como hoja seca que se deja llevar en el vendaval pesado y grave de un panteón.

Las diferencias generacionales tienen su peso. El hijo ausente, el joven, tiene todo el camino por delante para realizar esa vida que no ha sido; el padre, el viejo, solo se conforma con los recuerdos que la memoria caótica y desordenada de demente le va dando como perlas valiosas. Mientras el futuro es para los jóvenes, lo único que les corresponde a los viejos es el pasado absurdo que no pueden cambiar. Sugerente imagen la presentada en la carta titulada «La mar», en que el océano Atlántico se convierte en el abismo infranqueable que separa al ser humano de los demás; pero también abismo que nos separa de esa juventud perdida que representa la luz del ocaso. Es la perspectiva del hombre maduro que ve, desde la otra orilla y como atardecer melancólico, su juventud ida. Más allá del mar está el hijo joven, deseado, amado, esa prolongación del padre mismo que añora retornar al mundo que día a día se hace más huraño a él. Es como si el mundo mismo lo abandonase, como si decidiera emprender su camino sin necesidad de él. Así, de esta manera, queda expuesta la fragilidad humana al saberse imprescindible y sustituible.

Por último, y hago la aclaración porque el mismo autor es consciente de esto, una referencia clara de este libro es el texto del español Camilo José Cela titulado Mrs. Caldwell habla con su hijo. De hecho, el mismo Santizo reconoce la influencia que este texto tuvo en su escrito y cita, a manera de introducción, el fragmento de una carta de Mrs. Caldwell al inicio del libro. Yo mismo doy fe de esa influencia, pues en mis años de mocedad tuve la oportunidad de leer este libro magnífico de Cela, en el que una madre demente escribe cartas a su hijo marino que murió en un naufragio en el mar Egeo. Recuerdo, aunque puede ser que me confunda después de tantos años que leí este texto, que al final del relato, la madre es encerrada en el hospital de lunáticos. Lo cierto es que se sugiere un final semejante al padre del hijo ausente sin que llegue a ser explícito. Al contrario, Santizo nos presenta un final más desesperanzador en el que nos damos cuenta de que estas cartas jamás son ni serán respondidas. Puede que ni siquiera hayan llegado a su destinatario. Bajo esta perspectiva es significativa la posdata de la última carta:

«Nota: No te olvides de escribir algún día, y responder a todas y cada una de estas cartas. Tu padre que nunca te olvida, en verdad… ¡jamás!, y te ama con todo su corazón».

Mrs. Caldwell, por lo menos, tiene su locura y puede escapar a través de ella de la dura realidad. El padre ausente no cuenta con esta locura, por lo menos de manera explícita, para fugarse de la realidad. Al no estar completamente demente tiene, por tanto, un grado más o menos de consciencia de su situación miserable, de su abandono. Al ser consciente de su situación, la experimenta con mayor crudeza. Su peor castigo quizá sea no poder alienarse de esa realidad de abandono que vive.

Por esta, entre otras muchas razones, el hecho de que la estructura sea tan parecida con la del libro de Cela no demerita el trabajo de Santizo. Al contrario, crea una visión actualizada del mismo tema y, a su vez, sabe llegar a  profundidades insospechadas en los temas que trata. En realidad, atreverse a esto y lograrlo con tanto brillo va más allá del oficio de escribiente, como él lo dice, y lo convierte en un verdadero escritor.

Leo de Soulas (Guatemala) es profesor de Lengua y Literatura, escritor, editor y actor

Puede descargar la versión revisada (2019) de Cartas a un hijo ausente aquí.

https://lasmemoriasdeunescribiente.wordpress.com/2019/03/02/cartas-a-un-hijo-ausente-texto-de-la-edicion-de-2013-revisado-2019/

«Cartas a un hijo ausente» (texto de la edición de 2013 revisado, 2019)

cropped-white-roseCartas a un hijo ausente fue publicado por Ediciones del Jazmín e impreso por Magna Terra editores en 2013. La primera edición fue prologada por Eduardo Villalobos y tuvo una modesta tirada de 500 ejemplares más sobrantes, algunos de los cuales se vendieron en Sophos y en otras librerías de Guatemala. La mayor parte de estos libros se envió gratuitamente por correo a amigos, escritores y otras personas.

Aquella primera edición tenía muchísimas debilidades, por lo que desde hace un buen tiempo deseábamos revisar el texto e imprimirlo de nuevo, pues algunos lectores nos habían comentado que les habían llegado profundamente aquellas líneas. Hubo algunos padres y algunas madres que admitieron haber llorado luego de leerlo.

Ediciones del Jazmín recibió el 25 de enero de 2019 la carta de una lectora de Quetzaltenango, quien expresaba con profunda emoción lo que para ella significó leer este modesto libro, y además nos dijo cómo lo obtuvo. Incluimos un fragmento de esta carta y de sus hermosas palabras, pues las expresiones de una joven adolescente son la mejor presentación para este libro.

«Tengo 16 años, así que no sé mucho sobre literatura. Los libros que he leído son escasos (¿por qué son tan caros?), los […] he leído una y otra vez; sin embargo, me atrevo a decir que me he enamorado de ese libro, me enamoré [de] la escritura, las cartas, de todo.

»Leí el libro gracias al programa de XelaLee. Solo podía tomar uno (ya que me tardo en devolverlos); estaba entre ese y uno de relatos de mujeres emprendedoras, y al final escogí ese.

»Es uno de mis libros favoritos. Leer esas cartas tan íntimas y sabias… Son preciosas. Cada carta la tengo presente: como las lecciones  de humildad que nos dan los edificios, el uso de los teléfonos móviles, la escritura de cartas como […] antaño, el vacío, los tipos de amor, el café (el cual es mi adicción), y podría seguir y seguir».

Y la carta, en efecto, continúa y explica muchas cosas más que nos obligaron a revisar este texto, actualizarlo, y ponerlo a la disposición de todos de nuevo, gratuitamente por supuesto, como debería ser siempre, porque las palabras no tienen precio. Podréis leerlo en línea o descargarlo en formato PDF al pulsar el siguiente enlace.

Cartas a un hijo ausente (revisión 2019) Ediciones del Jazmín

Los dulces jazmines de Cortázar y los verdaderos amigos

cropped-white-roseHace unos días, alguien cuya mano nunca he estrechado y quien hasta ahora ha sido solo un rostro en el televisor, una voz en la radio y la agradable recepción de algunos mensajes en el teléfono me envió el enlace que me permitió escuchar de nuevo la voz de uno de mis escritores favoritos de la juventud: Julio Cortázar, quien en la grabación de marras lee fragmentos de su obra y narra un par de anécdotas.

Acariciados recuerdos volvieron a ocupar el lugar de mis pensamientos (porque todo lo olvido y todo lo recuerdo, una y otra vez, lo cual resulta ventajoso al acercarse a la tercera edad, pues permite vivir la brevedad de la vida más de una vez al día). ¿A qué recuerdos me refiero? La mención de los jazmines en la obra del autor de Rayuela es el más sobresaliente. Es una hermosa casualidad que me gusten tanto sus cuentos y un par de sus novelas, y que comparta con este conocido nunca visto, que nunca fue mi amigo y que seguirá sin serlo, tanto el nombre como el placer que se suscita al observar esas hermosas flores y aspirar su dulce aroma. Por esa razón, y seguramente por algunas más que escapan a mi entendimiento, no me extraña que también se hayan alojado en mi casa varias mancuspias desde hace muchos años y que desde entonces vivan a mis expensas.

No volveré a relatar los detalles de algunas historias tantas veces por mí dichas que han llegado a ser bien conocidas por aquellos a quienes las relato sin mesura. Sin embargo, es menester que aluda a ellas de nuevo a fin de que esta idea quede más clara en mi corazón que en las mentes de quienes leen estas líneas, aunque eso suene de lo más egocéntrico y no sea mi más honda intención.

Suele decirse que los libros son nuestros mejores amigos. Y eso puede ser cierto, porque al fin y al cabo los libros son escritos por personas, no son producto de la generación espontánea, porque donde hay creación vive un creador, donde hay pensamiento hay mente pensante, donde hay arte existe y vive un artista. Hemos de admitir que más de una vez no hemos sido los mejores amigos de alguien, ni siquiera buenos ni mediocres amigos. Porque así como las personas que rodean nuestra vida influyen para bien o para mal en nosotros, de igual manera lo hacen sus libros, sus ideas, lo que sus corazones son, lo más recóndito de todos nosotros se halla en lo que escribimos, aunque a menudo esté encriptado y lo hallemos envuelto en reticencias.

Nuestra manera de pensar y actuar, nuestra personalidad, es susceptible de cambio, aunque nuestro temperamento, nuestra inclinación más profunda, no lo sea. Y, sin embargo, hasta a esa se le puede ajustar la brida y guiarla en la dirección correcta… ¡y a menudo con la ayuda de los libros! En mi juventud conocí a varios desconocidos a quienes todavía no conozco. No es calambur. Es la verdad que siempre intentamos soslayar y que a menudo suele ser fuente de absurda vanidad.

Algunos de estos desconocidos a quienes conocí fueron Cortázar a través de sus cuentos y de esa voz que quedó grabada como un larvario recuerdo; la carta mecanografiada plena de gentiles palabras de Ernesto Sabato y su Túnel autografiado; la broma de Carlos Fuentes durante aquellos eternos dos minutos de amables palabras y su autógrafo en el ejemplar de Instinto de Inez; Mario Monteforte Toledo y las primeras ediciones de Entre la piedra y la cruz y de Llegaron del mar con su nombre y el asombro que no podía esconder al verlas redescubiertas por un desconocido; la primera edición (la uruguaya) de 20 Rábulas en Flux, de Flavio Herrera… y muchos nombres y objetos, porque los libros no son más que objetos que no sirven para nada a menos que alguien los lea y puedan así cobrar vida; objetos y personas que formaron alguna vez parte de mi vida y que ahora no son más que anécdotas, recuerdos, historias felices de días soleados o dichas escritas con la pluma de la melancolía que baja del cielo en las tardes nubladas.

Y, sin embargo, a ninguno conocí ni conozco en realidad, aunque influyeron tanto en mí en los años formativos… unos para bien, otros para mucho peor que lo que solemos llamar bien y que a menudo no lo es. No obstante, hay otras voces, otros rostros, otros seres humanos cuyas manos jamás he estrechado, pero a quienes conozco mucho mejor que a todos estos, y sin siquiera leer sus nombres sobre la tapa de un libro. Ellos son los verdaderos amigos, los que merecen mi confianza, los que me recuerdan el verdadero valor de los jazmines: el que está mucho más allá de la albura y de la fragancia de los días de la primavera que se acercan velozmente; expresión que solamente esos amigos comprenderán cuando lleguen a la última línea de estos recuerdos.

Julio Santizo Coronado, 27 de febrero de 2019

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