Acerca de cómo Karl Søndersøn escribió libros de cuentos para jovencitos («Todos los relatos para la pira»)

cropped-white-roseLuego de treinta y un años en su tierra adoptiva y después de pasar varias horas observando a los niños que jugaban en el parque, Karl Søndersøn llegó a la conclusión de que sería formidable escribir un libro de cuentos para que los chicos disfrutaran de agradables momentos de lectura. Así que el eterno aprendiz de bardo, quien ya empezaba a sufrir los achaques de la pérdida de la lozanía juvenil, cogió una libreta forrada con cuero de cabra, una de tantas que le obsequiaron a lo largo de su vida, y se entregó a la tarea:

«Había una vez una niña muy bonita que solía sacarles la lengua a cuantas personas pasaban delante de su casa. Eugenia era su nombre. La pequeña se apostaba en el vano de la puerta y esperaba paciente a que los viandantes que cruzaban de una zona a otra de la ciudad vieran su lindo rostro y dijeran —como solía suceder—: ¡Qué niña más bella!. Entonces, Eugenia arrugaba el rostro al instante y mostraba la punta de la lengua a quienes hubiesen preferido recibir una dulce sonrisa a cambio de aquel elogio a su belleza y aparente pero falsa dulzura.

»La madre de Eugenia la reprendía constantemente por aquel comportamiento, de la que los transeúntes se quejaban con expresiones que iban desde qué pequeña más traviesa hasta ¡pero qué niña más tonta!, y le explicaba con paciencia que aquellos no eran modales dignos de una pequeña de su clase, ya que la chiquilla estudiaba en uno de los colegios más costosos y prestigiosos de la ciudad. Pero Eugenia, tozuda, no hacía caso a los consejos maternales y se empeñaba más y más en ser abiertamente desagradable con todo aquel que elogiara con palabras agradables los bellos rasgos de la criatura.

»Cierto día, luego de que veintitrés personas tocasen a la puerta de la casa de Eugenia para expresar su malestar y quejarse con la madre de aquella linda pero detestable niña (como dijo cierto vendedor de enciclopedias que luego de muchos intentos pudo finalmente acercarse a la puerta), la madre de la criaturita reprendió a su hija en tono amenazador pero a la vez solemne: Eugenia, si sigues sacándoles la lengua a cuantos ves pasar, en mono te convertirás.

»Eugenia se tomó a broma aquella sentencia, ya que había leído muchos cuentos de hadas y estaba convencida de que todas aquellas historias no eran más que patrañas, puros embustes, sin otro propósito que conminarla a cumplir la voluntad materna y abandonar para siempre su irrefrenable deseo de hacer lo que le viniese en gana.

»Cierta mañana dominguera, la pequeña Eugenia se dirigió junto con su madre y su abuela al zoológico de la ciudad. Aunque a la chiquilla la impresionaron más los aviones que despegaban y aterrizaban en el aeropuerto contiguo, nombrado de la misma manera que el zoológico,[1] accedió de mala gana a entrar y a dar un paseo que su madre calificó de educativo, ya que a Eugenia no le atraían mucho los animales, excepto si era para torturarlos, perseguirlos, azuzarlos o simplemente… sacarles la lengua.

»Caminaron junto a jaulas, fosos, terrarios y alrededor de estanques, hasta que llegaron a una jaula en la que jugueteaban varios ejemplares de alguna de las especies del género Ateles, más conocidos en el país de Eugenia como monos araña.

»Estos se balanceaban de acá para allá en las cuerdas que sus cuidadores habían situado estratégicamente en la amplia jaula que, sin embargo, nunca sustituiría la enormidad, la grandeza y la gozosa libertad de la que podrían disfrutar en el bosque húmedo tropical los infatigables monitos de largas y delgadas extremidades.

»Uno de estos se veía triste y definitivamente inconforme con lo que el cautiverio le había deparado, así como con el marchito alimento que sus cuidadores le ofrecían. Así que, en lugar de balancearse, rascarse, espulgarse y jugar con sus congéneres, este se limitaba a ver pasar a los visitantes desde una esquina de la jaula.

»Eugenia se acercó a él, atraída por aquel comportamiento tan distinto al de los demás monitos. Entonces, cuando estaba apenas a un metro y medio de distancia, y cuando solamente la malla de aquella prisión la separaba del pequeño y peludo animalito, este le sacó la lengua, ante lo que la pequeña Eugenia retrocedió asustada, asombrada, sin saber qué hacer; hasta que, presa del llanto, corrió a donde se encontraba su mamá gritando: ¡Mami, mami… en esa jaula encerraron a una niñita que le saca la lengua a toda la gente!.

»Desde entonces, Eugenia se inició en el hábito de coger una sillita, sentarse a la puerta de su casa y darles los buenos días y las buenas tardes con los mejores modales a todos los que por ahí pasaban».

***

El viejo Karl leyó el cuento que acababa de terminar, pero no quedó satisfecho con los resultados. Así que engavetó el manuscrito al que se unieron dos cuentos más,[2] con los cuales había deseado alegrar las horas infantiles, formar nuevos lectores y entregar un poco de su experiencia a estos, a fin de que los chicos no incurriesen en los errores que el viejo aprendiz de bardo, el vikingo de la canosa barba, había cometido en sus años juveniles.

Afortunadamente, luego de la muerte de Søndersøn, tuve acceso a sus manuscritos y encontré los cuentos que mi amigo Karl había guardado dentro de una caja de zapatos junto con unas viejas fotografías y otros papeles y recortes de periódicos.

No quise que quedaran en el olvido, lo que me impulsó a traducirlos, pues los originales estaban escritos en la lengua noruega, y aquí los he incluido, en este que será el último libro y testamento del viejo Karl, cuyas cenizas descansan dentro de la urna depositada desde hace algunos años en una tumba del Père Lachaise, en la Francia que en vida jamás llegó a conocer.

Julio Santizo Coronado

[1] Alusión al Aeropuerto Internacional La Aurora y al Zoológico La Aurora, de la ciudad de Guatemala.

[2] Alusión a El árbol que quiso volar como los pájaros y El canario y la rosa, publicados por Santillana Infantil y Juvenil, en la colección Loqueleo.

Anuncios

Recuerdos de la cocina de mamá: chuchitos

cropped-white-roseEsta variedad de tamal, cuyo nombre da lugar a bromas —porque chucho no come chucho—, suele encontrarse en cualquier cafetería o venta de comida tradicional de Guatemala, y es un antojito que se cocina en cualquier día de la semana. Las cantidades que se mencionan en esta receta se han calculado para la preparación de 20 chuchitos.

Mi madre les aconsejaría: antes de comenzar, lea y analice la receta, pues en estos casos dar instrucciones exactas no es posible, pues mucho dependerá de la continua verificación. Las porciones y cantidades deben ser medidas para los 20 chuchitos cuando la mezcla de la masa esté lista, el recado y la carne preparados, todo en su mesa de trabajo antes de comenzar a armarlos.

Ingredientes de la masa

  • 2 libras de masa de maíz preparada (como la usada para tortillas). Nota: Se puede emplear harina de maíz en los países donde no se consiga masa preparada en tortillerías o en donde no se puede conseguir maíz para preparar la masa en casa. Sin embargo, el resultado no será lo más deseable.
  • 8 onzas de manteca de cerdo
  • 8 onzas de queso duro (queso seco)
  • Sal (la necesaria)

Preparación de la masa

  • Agregue el queso seco pulverizado a la masa y la manteca derretida. Mezcle bien, sazone con sal y rectifique. La masa no debe quedar demasiado aguada, como la que se emplea en la preparación de tamales colorados, ya que esta no se cuece posteriormente, solo se mezcla. Así que debe quedar más bien espesa. Recuerde que los chuchitos son firmes. Se mezclan el queso y la manteca con la masa de tal manera que la mezcla quede homogénea.

Ingredientes del recado

  • 1 libra y media de tomates (3/4 de kilo)
  • 3 chiles pimientos, sin semillas
  • Achiote (el necesario, ver glosario)
  • Sal (la necesaria)

Preparación del recado

  • Cocine en poca agua el tomate y los chiles y licúelos; cuele y vuelva a hervir con sal para sazonar, junto con el achiote necesario. El recado debe quedar espeso.

Carne que se emplea y su preparación

  • Corte en 40 trozos pequeños (2 para cada chuchito), una libra y media (3/4 de kilo) de carne de cerdo. Use lomo o una pieza suave (en Guatemala se emplea el corte llamado lomo de cinta, que es suave).

Tusas y su preparación (para envolver los chuchitos)

  • La masa de los chuchitos y su relleno (recado y carne) se envuelven en tusas (hojas de mazorca secas). Emplee las hojas más anchas, tres por cada chuchito. Con las hojas más angostas corte tiras de un centímetro, que servirán para amarrar cada chuchito.

Cocción de los chuchitos

  • En una olla coloque un colchón hecho con las tusas sobrantes y trozos no utilizables que le queden luego de escoger las 60 hojas (3 por cada chucho) que empleará para envolver los 20 que deseamos obtener.
  • Coja una porción de masa y extiéndala en su mano, de manera que le quede una forma redonda y cóncava. Dentro de esta coloque dos trocitos de carne y una porción de recado. Cierre el círculo de masa, dejando el relleno dentro, como si cerrase un dumpling. Colóquelo en las tusas con las cuales lo envolverá, de manera que estas se traslapen y formen una hoja suficientemente grande para cerrarse sobre la masa. Doble los extremos sobre sí, para que las puntas queden en el centro del pequeño tamal, y entonces amarre con una porción de tusa que le servirá de cincho, como si formase la cintura del tamalito.
  • Cuando tenga los 20 ya terminados, colóquelos sobre el colchón de tusas, añada unos cinco vasos de agua (no debe llevar mucha, pues se cocinarán lentamente al vapor), y luego cubra con más tusas. Tape la olla y cocine durante una hora y media, a fuego medio, a fin de que la carne se cocine en el interior de cada chuchito. La masa se cuece más rápidamente.

Glosario

Achiote. Se extrae de la planta conocida como bija. El Diccionario de la lengua española explica: «(Del caribe bija, encarnado, rojo). […]. Col., Cuba y R. Dom. Árbol de la familia de las bixáceas, de poca altura, con hojas alternas, aovadas y de largos pecíolos, flores rojas y olorosas, y fruto oval y carnoso que encierra muchas semillas. Se cría en regiones cálidas de América. Del fruto, cocido, se hace una bebida medicinal y refrigerante, y de la semilla se saca por maceración una sustancia de color rojo que los indios empleaban antiguamente para teñirse el cuerpo y hoy se usa en pintura y en tintorería. En Venezuela se utiliza también para colorear los alimentos». En Guatemala se acostumbra preparar una bebida del achiote llamada tiste. El Diccionario de la lengua española define el tiste así: «(Del nahua textli, cosa molida). […] m. América Central. Bebida refrescante que se prepara con harina de maíz tostado, cacao, achiote y azúcar».

Receta de Amalia Leticia Coronado Castellanos (1930-2015)

Donde se relata cómo llegó Karl Søndersøn a enamorarse del aroma de los jazmines («Todos los relatos para la pira»)

cropped-white-roseUna mañana de verano tropical, muy distinta a aquellas de los apenas veinte veranos de los cuales disfrutó en su país natal de elevadas latitudes, Karl Søndersøn se levantó muy de mañana y caminó hacia el mercado de flores que se hallaba cerca de la necrópolis de su ciudad adoptiva.

Llevaba bajo el brazo un librito encontrado debajo de una pila de revistas en una librería de lance, las que en el país que lo acogía, y que bien pudo haber sido cualquier otro, llamaban «de viejo». Antes de llegar al mercado de flores, donde solía comprar los jazmines cuyo aroma inundaba su austera habitación y su modesto comedor, se sentó el vikingo a contemplar el cielo de aquella dulce y calurosa mañana, pues era el mes de agosto y la temperatura aumentaba. Sin embargo, el calor era soportable gracias a una ligera brisa que soplaba desde el sur. El equinoccio de otoño se acercaba y, con él, el inicio del descenso de la temperatura que, finalmente, desembocaría en el frío del invierno y, llegado marzo, en una primavera más. De esa manera, el entonces joven Karl medía el paso de la existencia, de su existencia, que ya era una imagen, un reflejo de los ciclos astronómicos de la isla de agua azul que compartía con millones de desconocidos quienes quizás se deleitaban al igual que él —pensó— en la observación del cielo, de las nubes y de las estrellas.

Se sentó en una banca —la que nadie encontrará ahora si dirige sus pasos por aquel lugar, ya que esto sucedió hace muchos años, cuando Søndersøn aún era joven— y abrió el breviario comprado por unos pocos centavos, con la intención de estudiar las propiedades distributiva, asociativa y conmutativa en las operaciones aritméticas básicas, aunque sirviéndose para ello de la numeración maya. En esas se encontraba el mozo aprendiz de bardo cuando un hombre mucho mayor se le acercó y se sentó junto a él.

—Buenos días, joven —dijo con marcado acento guatemalteco, ese acento que a Karl le parecía muy similar al de los mexicanos, lo que los chapines[1] niegan rotundamente, aunque Søndersøn dejó constancia de este debate en su Guía de acentos latinoamericanos, en su tercera edición revisada y aumentada, la cual, lamentablemente, ya no está disponible en librerías. La edad del hombre que se dirigía al joven Karl se adentraba en los linderos de la ancianidad.

—Buenos días —respondió Karl, quien al instante abandonó la lectura para prestar atención a las palabras de aquel hombre, de quien con toda seguridad —pensó— aprendería mucho del país en el cual se encontraba desde hacía relativamente poco tiempo. El hombre dijo:

—Este invierno no ha sido muy lluvioso—. Søndersøn lo observó a los ojos unos segundos, pensativo, mientras hacía un repaso mental del orden de las estaciones en el hemisferio boreal y en el hemisferio austral.

—¿Invierno? —inquirió el muchacho.

—Sí, claro —dijo el chapín—; estamos en invierno, pero no ha llovido mucho.

—Señor mío, no creo que agosto sea mes invernal; más bien, si no estoy mal, nos acercamos al final del verano y al comienzo del otoño, que llegará en septiembre.

—¡Cómo va a ser eso, mi joven amigo. Se nota que por ser usted tan patojo no sabe de estas cosas. Además, de plano que usted no es de aquí, porque tiene un raro modito de hablar.

—¡Oh, sí! El acento, perdón… trato de hablar sin acento, pero me ha costado mucho disimular el mío y adoptar el vuestro.

—¿Vuestro? —interrogó el anciano un tanto intrigado—. ¿Es usted español? Solo los gachupines hablan así.

Søndersøn no comprendió aquello de «gachupines», que sonaba tan parecido a «chapines», y sin revelar abiertamente su nórdico origen se limitó a negar que fuese español. Entonces, sin poner mientes en las dudas de aquel hombre, se dispuso a continuar la plática y a evitar la digresión.

—¿Por qué afirma que estamos en invierno? —preguntó con gran curiosidad el hombre de lejanas tierras. Su colocutor, un tanto perturbado, lo vio a los ojos, dudando de la inteligencia del muchacho, y le respondió con aspereza y como si aquello fuese asunto que habría de entender cualquiera, con la inflexión de quien se dirige a un verdadero idiota: «¡Porque llueve!».

—Me parece —dijo el joven Søndersøn— que llueve debido a la evaporación que se produce durante la primavera y el verano, ya que en esta época del año se eleva gradualmente la temperatura. Llevo aquí poco más de un año, y me he dado cuenta de que las lluvias comienzan en mayo, bien entrada la primavera, y terminan en septiembre u octubre, a inicios del otoño.

Cuando el chapín oyó aquello, se encogió de hombros y le dijo: «Amigo, lo siento mucho, pero en este país no existe tal cosa, no hay más que dos estaciones: el verano y el invierno, ¡y estamos en invierno!».

Søndersøn insistió, y recordó haber leído en un periódico la palabra verano en esos días, justamente en un anuncio de trajes de baño; y entonces le hizo ver tal cosa a su nuevo amigo potencial. Aquel lanzó una carcajada, y dijo:

—¡Esos no saben nada de nada! Amigo mío, en Guatemala no existe eso de las cuatro estaciones del año.

Søndersøn respondió entonces de manera que al chapín le sonó de lo más insolente:

—Eso sería cierto solamente si este país no girara alrededor del Sol junto con el resto del planeta.

El rosto del aquel guatemalteco que apenas empezaba a conocer al impertinente jovenzuelo, que sostenía en las manos un breviario que versaba sobre matemáticas mayas, se tornó soberbio, y con el ceño fruncido y levantándose al instante de aquella banca que ya no existe más en ese lugar, y que ninguno de los que leen esta historia encontrará jamás, le dijo al joven noruego:

—Patojo,[2] ¡vos sí que sos bien bruto!

Sin terminar de comprender del todo la razón que provocó el enojo del hombre, el aprendiz de bardo dejó el asiento luego de unos minutos y enfiló en dirección opuesta al rumbo tomado por el hombre furibundo, y se fue feliz al mercado de flores contiguo al cementerio, agradecido de vivir ahora en un país en el cual podría comprar jazmines para llenar sus jarrones durante todo el año, ya que en aquel lugar la primavera es eterna.

Julio Santizo Coronado

[1] Dícese originalmente de guatemalteco oriundo de la capital, pero por extensión de todo aquel que ha nacido en Guatemala.

[2] En Guatemala, niño, muchacho (fem. patoja).

Donde se cuenta cómo Karl Søndersøn se aficionó a los aforismos en su juventud («Todos los relatos para la pira»)

cropped-white-rose

Aunque Karl Søndersøn era súbdito del Reino de Noruega, su aversión por todas las monarquías resultaba sumamente extraña para todos aquellos que lo conocían. En los días cuando el noruego no había alcanzado la edad en que los hombres empiezan a tratar de convencerse a sí mismos de que la acartonada vejez es más señorial que la inexperiencia adornada por el vigor juvenil, emigró a tierras americanas, donde trabó amistad con un escritor que se había entregado a la colección de dichos aforísticos.

Edgardo Perales de las Heras no podía ser más criollo, aunque hubiese sido hijo de Isabel y de Fernando. El entonces joven poeta (pues Søndersøn se solazaba en las delicias de Numen en sus años mozos) entabló una dichosa y amigable relación con el ya famoso escritor y ardiente publicador de fragantes aforismos,[1] las sentencias cuya publicación tantos problemas le habían causado.

La amistad del letrado y del joven inmigrante, quien además se aficionó a coleccionar cafeteras, se alimentó de breves y esporádicas charlas que siempre tenían lugar en cafés y bares, por aquello de «con los amigos, guarda tu distancia; visitarlos demasiado ya es molestia», tal como en español moderno lo hubiese dicho el Congregador hebreo.[2] Así pues, ambos se dejaban buscar uno al otro sin coincidir la mayor parte de las veces, por lo que preferían mantener correspondencia epistolar.

Una tarde de verano se refrescaban los amigos con una jarra de limonada en la terraza de un café de moda, cuando Søndersøn se percató de que su estimado Edgardo, viajero incansable y del encanto femenino enamorado, estaba distraído y no de buen talante, como solía estarlo la mayoría de las veces. Así que el entonces aún lampiño Søndersøn sondeó el corazón de su compañero para averiguar cuáles eran sus cuitas.

Perales de las Heras estaba preocupado porque dos hombres a los que jamás había visto, enmarcados por las cicatrices que la vida violenta y el temperamento iracundo dejan en el rosto, le habían hecho una visita que no tenía nada de cortés ni el propósito de hacer buenas migas. Uno de ellos, de amenazante manera, le había dicho al escritor didáctico que de seguir publicando sus sandeces (fue la culta palabra del sicario, lo que demuestra que la cultura no pelea con la crueldad), se verían obligados a hacerlo entrar en razón de una manera mucho más conminatoria.

Escuchó con atención todas y cada una de las palabras de aquel hombre valiente a todas luces, pero que ese día —y como a todos les ha sucedido alguna vez en la vida— tuvo un momento de debilidad. Apenado, Karl lo animó a seguir luchando en pro de la justicia, y lo arengó de tal manera, que Edgardo salió esa tarde con el pecho henchido de orgullo y valor.

Dos semanas más tarde, Karl Søndersøn fue despertado por un el barullo que provenía de la calle. La gente iba y venía por la avenida. Salió de casa el entonces lozano aprendiz de juglar, y al notar que todo mundo llevaba en las manos un panfleto, pidió un ejemplar a un niño que con él doblaba un barquito de papel. Entonces, dirigiéndole la palabra, preguntó haciendo gala de su dominio de los regionalismos: «Patojo, ¿por qué tanto relajo?». El pequeño le contestó: «¡Ha caído, el dictador ha caído!». Leyó entonces el joven inmigrante el papel que, luego de un extenso llamamiento a la unidad del pueblo y a la aplicación severa de la justicia, rezaba: «Hoy, el cruel tirano y dictador, Leopoldo Perales de las Heras, hijo del insigne poeta Edgardo Perales de las Heras, ha sido derrocado».

Fue de esa manera como en la cuna del nepotismo los aforismos de una oveja negra acabaron con un dictador. El entonces joven inmigrante terminó de hacer el barquito de papel que el niño había empezado a doblar y se fue a jugar sonriente a la pileta de su casa.

Julio Santizo Coronado

[1] ‘Sentencia breve que se da como regla’, 1590. Tomado del griego aphorismós, propiamente ‘definición’, derivado de aphorízo ‘yo separo, defino’, y éste de hóros ‘mojón’ (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joao Corominas). Máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte. (Diccionario de la lengua española, RAE).

[2] Alusión a Proverbios 25:17, que dice: «Haz cosa rara tu pie en la casa de tu semejante, para que no tenga su suficiencia de ti y ciertamente te odie».

Sonata para un minuto («Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseAl amigo que nunca volvió.

Escucho el mismo disco por tercera vez y es la segunda vez que pienso que ya no debería escucharlo. El tictac del reloj punza, martilla. ¿Otra vez? Tal vez. ¿Por qué no? Cincuenta y nueve minutos de música; me toma un minuto decidirme, levantarme del sofá, colocar la aguja sobre el disco y sentarme a escuchar. Tres horas. ¿Adónde se fueron esas horas? Quisiera que por lo menos esta vez me prestaras atención. Es lo menos que podés hacer a cambio de los últimos catorce mil cuatrocientos setenta y cinco días; las trescientas setenta y cuatro mil cuatrocientas horas; esos veintidós millones cuatrocientos sesenta y cuatro mil minutos que han transcurrido desde que respiré por primera vez y el momento en que escribo esta carta.

Necesito con angustia escribirte, pero no sé siquiera adónde enviar esta carta. Sos el amigo que dejó de visitarme, sos el compañero que olvidó el pan que compartimos. ¿O acaso fui yo quien olvidó? Es cierto. Vos tenés tus buenas razones para evitarme, eso nunca lo voy a negar. Y me avergüenza. Pero no he podido dejar de vivir sin los recuerdos de todo lo bueno que hay detrás de aquel que, aunque no pensara como yo, compartió aquella indescriptible afinidad, un guiño, esa complicidad de la juventud que no se olvida, que es imposible olvidar. ¿O acaso lo es? La vida es tan corta que la memoria nos queda muy chica para olvidos tan grandes.

No sé si a vos te sucede igual, pero a mí me atormenta el reloj. Pongo vez tras vez el mismo disco, el que crea la atmósfera que la escena requiere. Ahí estoy, sentado, como siempre. ¿Te acordás de las tiras cómicas que leíamos cuando éramos chicos y que daban a nuestras charlas el guion que nuestra amistad precisaba? Aquellas tardes de cine. Éramos unos adolescentes que no sabían hacer otra cosa que perder el tiempo.

Pero ¿acaso perdimos el tiempo? ¿Qué ganamos con todo aquello? No creo haber perdido nada. Lo viví. Pero si la vida es la sucesión de un simple golpeteo y de un continuo girar de los engranajes del reloj para un día no ser más que un recuerdo, ¿valió la pena vivir? ¿Vale la pena transformarse en un fantasma del recuerdo? Lo que tengo es poco. Cada vez es menos.

¿Te acordás de los viejos compañeros? No han cambiado. Y vaya sí cometí muchísimas estupideces, y tengo muchas más por cometer. Pero aquellas fueron de las que te dejan algo para recordar, para escribir. Vos tenías tus viajes que yo tanto envidiaba. Mi mundo, en cambio, era y sigue sinedo breve, muy pequeño. Lo perdí todo muy temprano, incluso la cordura. Y perdí la inocencia antes de que dejáramos de ser unos niños. Vos lo sabés muy bien. Nuestro mundo estaba lleno de tiempo por delante, pero descubrimos demasiado tarde que la vida era breve.

He dejado de correr tras el tiempo. Te digo la verdad: no es que no desee nada más. No, mi querido amigo. Ahora más que nunca deseo la tranquilidad que vos mismo anhelabas, como aquella tarde y aquella noche en que te pusiste aquella tremenda borrachera cuando no éramos más que unos adolescentes que se negaban a dejar de serlo. Unos niños sin padres y con madres demasiado ocupadas. Amé, olvidé y volví a amar; fui un verdadero un embustero, un traidor y un timador, y luego todo fue marcha atrás. Tuve que aprender a vivir con la llaga. Así que me dediqué a coleccionar cicatrices por un tiempo y a meter los recuerdos en los cajones.

Cada vez que vuelvo a ver el reloj pasa un minuto, y otro, y otro, y otro, y otro… Coloco la aguja en el disco por cuarta vez, y pienso que debería levantarme del sofá y prepararme un café. Recuerdo que cuando era niño solía pintar en el cuartito del fondo de aquella pequeña casa que visitabas por las tardes. Y todo apunta a que ya debería estar muerto, sigo aquí. No sé por qué. Pero sí sé que esta angustia me mantiene vivo. El deseo nos ayuda a seguir, ¿sabés?

En el fondo sigo siendo aquel del que tanto te burlabas, al que todo atormentaba: el tiempo, la guerra, la paz… aquel que le pedía más minutos a la vida. Ya no vivo para el trabajo, como algunos, como casi todos. Los opiáceos y todas esas cosas siempre me parecieron sucedáneos de los ritos religiosos, aunque confieso que no dejé de adentrarme en aquel mundo cuyos bordes vos mismo me enseñaste. Vos sabés que yo escapaba siempre del vacío ritualismo, y he de admitir que algunas veces aquel existencialismo romántico me asqueaba, pero me dejaba envolver por él una y otra vez. En esos momentos, creo que solo la verdadera espiritualidad llenaba al niño que ansiaba asirse de la inocencia perdida.

El disco terminó otra vez. Me he desviado hacia todas las direcciones en las que mi memoria me ha dirigido. Mis digresiones te son bien conocidas. Quizás por eso no me tomabas en serio en aquellos días. Y mirá, vos. Había decidido apartar un minuto, un solo minuto para escribirte una nota y enviártela, no sé cómo, no sé de qué manera. Pero ya ves, he invertido varias horas en escribir esta carta que no llegará nunca a su destino. Quise exprimirle un minuto a la vida y acabé por acariciar el viento que me besa los labios cada mañana.

El reloj sigue pinchándome las sienes y me pregunto cuándo terminará nuestro tiempo. Si alguien llega algún día a leer esta carta quizás piense que estoy perdiendo el juicio, sobre todo cuando lea tu nombre en las esquelas de los periódicos matutinos y se sepa que todo este tiempo, cada minuto, el presente, además del pasado, y probablemente el futuro que me quede, se encuentran irremediablemente perdidos en interminables hojas de papel.

Julio Santizo Coronado (una noche de julio de 2004)

*****

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.