Y al final del invierno… de nuevo la esperanza

cropped-white-roseQuienes desean perpetuar la seguidilla de fracasos humanos suelen tildar de pesimistas las palabras del Congregador, que se recogen en apenas 12 capítulos que, no obstante, me parecen el mejor manual para la vida y la más franca y realista descripción de la existencia humana y de las consecuencias de la tontedad y la locura, pero también de la satisfacción y de la paz que pueden obtenerse del contentamiento que la sencillez y el obrar con sabiduría traen como natural consecuencia.

Concluye Salomón con una poética descripción de los rigores del invierno de la existencia y sus efectos en la carne del hombre mortal, y lo hace junto con una cariñosa invitación a quien es joven y que, debido al vigor, olvida que las flores de la primavera se marchitan, y que el ardor del verano es breve, que la sensatez del otoño es leve y que al final del camino a todos nos espera el frío invernal.

Escribió el rey Salomón hace unos 3,000 años:

«Acuérdate de tu Gran Creador en tu juventud, antes de que vengan los días angustiosos y lleguen los años en que vas a decir: “No encuentro en ellos ningún placer”; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después del aguacero; cuando los guardianes de la casa se vuelvan temblorosos, los hombres fuertes se encorven, las mujeres dejen de moler porque ya quedan pocas y las señoras que miran por las ventanas vean oscuridad; cuando las puertas que dan a la calle se cierren, cuando el sonido del molino se oiga bajo, cuando uno se despierte al canto de un pájaro y todas las hijas del canto se debiliten; cuando además uno tenga miedo a las alturas y haya temores en la calle; cuando el almendro florezca, el saltamontes se arrastre y la alcaparra reviente, porque el hombre va caminando a su casa permanente y los que hacen duelo andan por las calles; antes de que se parta el cordón de plata, se haga pedazos el tazón de oro, se rompa la vasija junto a la fuente y se quiebre la rueda para sacar agua del pozo. Entonces el polvo vuelve a la tierra, tal como era, y el espíritu vuelve al Dios verdadero, que lo dio. ¡La mayor de las vanidades! —dice el congregador—. ¡Todo es en vano!»

Y, no obstante, el ser humano se aferra a la vida, a la vida sin fin que fue implantada en su corazón.

El 29 de marzo de 2019 evoqué la primavera y los dolores que esta trae para los que llevan en su corazón la llama del vigor y el fuego de la demencia, pero a la vez la tranquilizadora monotonía de las lluvias primaverales. Entonces, el 27 de junio, me referí al océano de luz del verano y a sus consecuencias para aquellos cuyas mentes son más sensibles a los cambios de luz estacionales. Más tarde, el 31 de octubre, traté de describir las sensaciones placenteras que el otoño me brinda, a pesar de la leve tristeza, esa que suelo llamar dulce melancolía.

Touched with Fire JSCHoy, me ocupo del invierno. No obstante, no voy a citar a la doctora Kay Redfield Jamison ni a su interesante libro Marcados con fuego, del cual me ocupé en las tres entradas aludidas. Solo diré que, aunque la primavera ha sido a lo largo de mis casi 55 años la antesala de la desesperación, aliviada solamente por las frescas gotas de las lluvias primaverales, hoy la veo de manera distinta cuando pienso en el dolor del cual suelo olvidarme… no solo el que reside en la mente; hablo de los malestares y las limitaciones que Salomón describió magistralmente por inspiración suprema y que, por varias razones, a veces nos alcanzan más pronto de lo que quisiéramos.

Empero, estas palabras no están escritas con pesadumbre, sino con satisfacción, con deseos de vivir y con la confianza de que aunque nuestros días lleguen a su fin, siempre habrá esperanza, porque la vida es imparable y el campo siempre se cubrirá de flores cuando venga por fin la última primavera.

Julio Santizo Coronado, 2 de enero de 2020 (invierno)

«Todos los relatos para la pira» (2019)

cropped-white-roseEn 2012, Ediciones del Jazmín publicó Relatos para la pira, cuya modesta tirada de 500 ejemplares salió de las puertas de un negocio dedicado a la impresión de cajas para medicamentos situado en el barrio El Gallito de la ciudad de Guatemala. El librito cuasiartesanal, editado de manera precaria, con tipografía de pequeño tamaño e interlineado sencillo para ahorrar costos,  tuvo su origen en 2003 en la sala de redacción de Siglo 21. Para ser más precisos, en la mesa de partos del suplemento para jóvenes Monitor, que se publicaba semanalmente en aquel diario guatemalteco.

En diciembre de 2003, le solicitaron al autor un artículo que satirizara las fiestas navideñas. Este se incluiría en la edición especial anti-Navidad. Luego de una dosis fílmica de Woody Allen, el autor escribió unas líneas que relacionaban al escritor, director, actor y músico con la fiesta de origen religioso paradójicamente carente de religiosidad y absolutamente libre de espiritualidad, aunque el sistema comercial todavía se encargue de hacer creer lo contrario al mercado potencial.

Luego de pensar en las implicaciones de la celebración popular, probablemente la que esté más rodeada de mitos y engaños, y al relacionarla con uno de los cuentos más conocidos y emulados que se hayan escrito sobre la abigarrada mescolanza de costumbres y creencias del jolgorio más confuso del planeta, nació un breve relato que fue rechazado.

Le encargaron al autor una versión más moderada, que también fue rechazada por los antinavideños editores que, no obstante, solían ridiculizar prácticamente todo aquello de lo que hablaban en público o en privado. Incluso el único hijo del autor montó en cólera cuando leyó ambos relatos. El autor de Relatos para la pira celebró por ultima vez la Navidad en 1977, hasta donde recuerda o quiere recordar. (La versión que se incluye aquí ha pasado por la censura).

RELATOS PARA LA PIRAEn 2012, cuando desempolvó estas historias, el autor de Relatos para la pira empezó a escribir, con la distracción como único objetivo, algunos textos unidos por el hilo conductor de un alter ego: Karl Søndersøn. Estos se incluyeron en el librito de 54 páginas junto con un extenso prólogo de Ariel Batres Villagrán, quien un poco de tiempo antes había conocido al autor gracias al blog El ideario de Facundo (eliminado de la web).

Algunos ejemplares se enviaron al extranjero y la versión original de los relatos también se publicó por separado en El ideario de Facundo. Algunos lectores a quienes les gustaron los comentaron en la bitácora. Ediciones del Jazmín trató de publicar en formato físico la versión extendida y censurada del librito, aunque sin éxito. Por esa razón, lo entregamos gratis en formato PDF para quienes deseen entretenerse con las historias de Søndersøn, el malogrado noruego que emigró a Guatemala en 1965.

A continuación, tres comentarios que lectores españoles escribieron hace varios años en El ideario de Facundo, y que habían estado descansando en un archivo de Word que el autor ya creía perdido.

Fogata y luna (2) CUBIERTAEn general, observo que todas las historias [de Julio Santizo Coronado] son una crítica al quehacer humano […], con un toque de humor muy sutil, a veces, y, otras, más evidente, que me impresiona y admiro. Religión, globalización, antiguas costumbres, violencia, armas, abogados, literatura, todas las áreas tienen su parte de crítica constructiva y un llamamiento a la autocrítica y al examen de conciencia. Me ha gustado Lo que sucedió el día que Karl Søndersøn leyó «Anoche hubo de lo mismo», […] muy bellamente escrito, pura literatura. Me ha encantado la descripción […] de esos seres vagando en una noche cualquiera en cualquier ciudad del mundo llamado «civilizado». […] servirá para dejar constancia de lo que sucedía en el planeta durante finales del siglo XX y comienzos del XXI. (Mar García Rojo, maestra; Madrid, España)

Lo queremos [a Karl Søndersøn] por lo mucho que dice en sus silencios cómplices. Lo queremos por su mordaz ironía que nos regala perlas […]. Lo queremos porque, aunque sepamos que sus nórdicos restos reposan en el Cimetière du Père Lachaise junto a Balzac, Proust y otros parientes, aún parece que quiera compartir con nosotros sus impresiones y sus palabras. (Luis Fernando García Barrero, químico; Zamora, España)

Terminé de leer, por segunda vez, Relatos para la pira. Me gustaron no mucho, sino muchísimo, por su fuerza y su impecable prosa. Me reí con el cuento Woody Allen y la Navidad y con el sorprendente final de El exhibicionista. Las peripecias de Karl Søndersøn me resultaron conmovedoras. (Mercedes Molinero, pintora; Madrid, España)

Pulse el siguiente enlace y lea en línea o descargue Todos los relatos para la pira:

Todos los relatos para la pira WP Ediciones del Jazmín 2019

Ediciones del Jazmín, Guatemala, diciembre de 2019

Una tarde en el Centro Hist[é]rico (porque todavía hay más de lo mismo)

cropped-white-roseHe añadido los corchetes por esa manía de ir por la vida explicándolo todo: la historia de esta ciudad es de histeria, de miedos, de violencia, de tristeza que algunos quisieran ocultar, de pesadumbre que otros toleran y que muchos soslayan porque le temen al presente y le temen mucho más al futuro.

En 2003, se publicó en la revista Monitor, del matutino Siglo 21 de Guatemala, Anoche hubo de lo mismo. Era este un recorrido en papel de algunos cuadros de malas costumbres, clichés que no por ser manidos son menos perturbadores. En esas líneas, construidas con caminatas, desvelos y muchas tazas de café, quedó grabado un trocito del crepúsculo vespertino, la noche y la madrugada del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

20191104_203436Enmarcado en negro, un diminuto fragmento de esas palabras cuelga de una pared del Fu Lu Sho, junto a la heladera en la que enfrían las cervezas, de cara a las gradas que llevan hacia abajo y de nuevo hacia arriba a quienes deben ir al retrete o al mingitorio de aquel restaurante de comida china que, como el resto del Centro Histórico, cae dentro de sí mismo como resultado natural de la entropía que lo licua y luego lo transforma en gas.

He vuelto en estos días a esas calles bajo cuyas nubes habité durante cinco tormentosos años y en las cuales disfruté del centro cuando este no tenía el rimbombante título que se parece a la tapadera de tupperware que conserva las sobras de lo que alguna vez fue el desayuno de la infancia, la cháchara, las tardes de cine, las interminables noches de café y de ampollas en los pies.

A lo largo de octubre de 2019, El libro que enseñaba a escribir se escribió a sí mismo, como le corresponde a un libro con tal título; y lo hizo en San Martín, Café Casa, McDonald’s y Casa Típica, en el Paseo de la Sexta; Casa Bella, Los Melaza, Jazz Corner y Gourmet Chapín, en los alrededores del parque Morazán; La Tatuana y Rayuela, en el Paseo de Jocotenango; Café León y Café Literario, en la octava avenida; Patsy, junto al parque Centenario, e Ixbalanqué y El Portal, en el Pasaje Rubio. En ciertas ocasiones, es la única manera de rescatar un poco de inocencia en una ciudad que pasó de ser adolescente inconforme a miserable delincuente.

Un amigo me dijo que al leer Anoche hubo de lo mismo (que fue recogido de nuevo en Todos los relatos para la pira) había percibido el olor del humo de las camionetas, esos armatostes que en esta ciudad han tenido épocas más felices, que llaman colectivos en Argentina, camiones en México y autobuses en todas partes. La vendedora de café y aquellos niños que jugaban debajo del rótulo de gas neón del Fu Lu Sho ya murieron y descansan en el silencio o viven en la violencia y el estupor perennes.

Caminaba al mediodía, a lo largo y hacia arriba de la décimo quinta calle. Me dirigía a un negocio de la cuarta avenida, cuando vi cómo la noche se transformaba en meridiano, que la vergüenza que intenté rescatar se había perdido, que la miseria había aumentado, que ver por encima del hombro es más que un hábito del miedo, es una necesidad de la vida. Ascendí y descendí por las calles que alguna vez oyeron mi respiración de madrugada y que hoy y ahora son la cloaca maloliente de un mundo que ya está muerto, pero que insiste en no querer darse por enterado.

Julio Santizo Coronado, 27 de noviembre de 2019

Confesiones de un escribiente (2)

cropped-white-roseQuién no ha tomado un libro, más con en el afán de huir que de quedarse en el presente y con él en las manos. Aunque en los días de la adolescencia ―los años de verano vital que se prolongan demasiado y que parecen hacerlo con la intención de que nos preparemos para el frío del otoño y el silencio del invierno― me sumergía en unos cuantos libros (nunca fueron ni muchos ni demasiados) para escapar del tedio, llegué a preferir los relatos que describían la realidad y su crudeza. En vez de escapar de él, buscaba el dolor para entenderlo. ¿Sirvió de algo?

Una sabia sentencia afirma que la maldad es superflua, que está de más. Se ha dicho (muchos han llegado a creerlo) que la bondad no puede existir sin la maldad. ¿Tiene eso algún sentido? Si lo tiene, ¿por qué entonces se quejan tantos del abuso, del delito, de la displicencia… y por qué aumenta la maldad y se afinca poco a poco en las entrañas y en las mentes de tantos al punto de que mientras avanzan los días y los años, todo lo que se consideraba o era bueno parece desaparecer?

Como dije ―escribí― en cierta ocasión, ya no leo por placer. Lo hago muy poco. Mis lecturas se limitan a las del trabajo (hablo de literatura). Me deleito mucho más, a pesar del malestar que pueda suponer oponerse a la corriente, en buscar el fin de todo lo malo que hay, primero en mí mismo y más tarde en lo que me rodea, pero ya no en los demás (o al menos así debería ser). Cada cual responderá por sí mismo y recibirá en el futuro lo que hoy construya, lo que hoy siembre en el campo sin arar de su existencia.

No niego que me agrada la ficción, especialmente la científica. Pero disfruto más del drama psicológico… y ahora hablo de películas, ese sucedáneo de los libros que algunos suelen desdeñar como cosa de perezosos intelectuales (en lo que alguna razón hay quizás). Pero ahora creo que los libros no deben ser aviones de papel para escapar, sino casas en las que aprendamos a habitar con nosotros mismos, hoy y siempre.

Julio Santizo Coronado, 23 de noviembre de 2019

Mecido por la noche del otoño

cropped-white-roseA lo largo de mi vida, las fluctuaciones del estado de ánimo han seguido un patrón estacional que intuí desde la niñez. No obstante, no fue sino hasta hace unos cuantos años cuando comencé a observar con más atención tales cambios, a comprenderlos y a actuar en consecuencia. No extraña, por tanto, que siendo un niño de unos 8 o 9 años, hasta donde puedo recordar, sintiera verdadera aversión por el mes de marzo (nací y vivo en el hemisferio norte) y tampoco que me sintiera especialmente incómodo cuando la primavera se acercaba. Las cefaleas fueron, y siguen siendo, el mayor problema durante la primavera, hasta que el verano se establece.

No obstante, la oscuridad de la noche siempre me ha dado alivio. Lamentablemente, no siempre manejé bien este recurso; y aunque la vida nocturna como suele entenderse nunca fue en mi caso la mejor manera de sentirme bien, ya que siempre huí del ruido y de las multitudes, sobreviví en la ciudad de Guatemala a los paseos nocturnos desde la medianoche hasta cerca del amanecer, en una época en que la violencia no había llegado al crítico nivel del siglo XXI. Esto tiene mucho sentido, ya que la fluctuación lumínica diaria guarda correspondencia con el cambio de estaciones y la menor cantidad de luz que recibimos en el hemisferio norte en el otoño y, más tarde, en el oscuro y frío invierno.

Apunta la doctora Kay Redfield Jamison en el capítulo IV de su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, página 134 (Fondo de Cultura Económica, 1998), citando a W. Mayer-Gross, E. Slater y M Roth:

«Los síntomas mejoran cerca del anochecer, en especial la lentitud y el estado de ánimo depresivo cambian para bien. Sin embargo, por la mañana el paciente despierta de su sueño con un humor característicamente sombrío, o solo se siente bien durante algunos minutos antes ―como dicen― de que caiga sobre él la depresión “como una nube”».

Eso es precisamente lo que experimento, y tal ciclo, me parece, se ha definido con mucha más claridad mientras me acerco a la tercera edad. Felizmente, también es más fácil reconocer los cambios y actuar en consecuencia. La doctora Redfield Jamison anota:

«Los ritmos circadianos están implicados en algunos síntomas de la depresión, tales como el despertar temprano y la variación diurna del humor».

Touched with Fire JSCNo obstante, a pesar de que desde tiempos de Hipócrates se observa que la manía y la melancolía se acentúan en la primavera y el otoño, en el caso que describo (el mío), la segunda es especialmente benéfica en el otoño, al punto de haberla calificado con el adjetivo dulce. Esa dulce melancolía es lo que me permite, especialmente entre octubre y noviembre, ser más productivo en sentido estético (eludo la arrogancia, así la veo, de llamarlo artístico). De tal suerte que justo hoy, 31 de octubre, a comienzos del otoño, he finalizado la escritura de un nuevo libro para niños: El libro que enseñaba a escribir.

Así como los días del año favorecen a quienes son especialmente sensibles a las fluctuaciones de luz, la noche del año, que principia en el otoño, resulta bienhechora (incluso en los trópicos, donde nací, crecí y vivo), pues los pacientes bipolares son aún más sensibles a tales cambios lumínicos. Las noches, las noches largas, los días fríos y ventosos, la lluvia otoñal, las tardes grises, todos estos (al menos en mi caso) favorecen la creatividad y la sensación de paz y tranquilidad… siempre y cuando sobreviva a la luz del día y a la luz terrible de la primavera, la peor estación para los poetas que lo son.

Julio Santizo Coronado, 31 de octubre de 2019 (otoño)