Memorias del viento (5: Patojo, ¿querés ir a dar un colazo?

Cuando abandoné la aviación ―mi vida es una cadena de abandonos y algunos gratificantes reencuentros y retornos―, unos meses después de obtener la licencia de piloto privado, había acumulado pocas horas de vuelo en mi bitácora (logbook). Sin embargo, aunque la experiencia fue breve, esas horas tuvieron varios momentos inolvidables debido a las sensaciones y experiencias íntimas del existencialista que llegaría a ser unos años después ―al que también abandoné… felizmente―, pero además por la charla, la compañía, los pilotos con quienes volé, por el vuelo mismo y las aeronaves y la fascinación que desde niño despertaban estas en mí.

Algunas horas de vuelo nunca se anotaron en mi bitácora. Fueron aquellas en que no ocupé ninguno de los asientos delanteros, de vuelos en los que no era más que un patojo que daba un colazo en avión.

Aquí debo hacer una escala técnica y explicarles a los lectores no guatemaltecos qué es un colazo y quiénes son los patojos (porque este blog tiene suscriptores en España y Argentina).

colazo. Se dice en Guatemala y en El Salvador de un paseo, generalmente gratuito y en automóvil. Por extensión, en avión, tren, motocicleta o lo que sea que se mueva solo y nos transporte.

patojo. En Guatemala, «niño o muchacho de pocos años». En Guatemala, empero, se suele llamar patojo en el habla coloquial a toda persona joven respecto de su interlocutor, no necesariamente a un niño o un adolescente. También a los amigos íntimos.

Con información del Diccionario de americanismos (RAE)

Recuerdo tres vuelos a los que fui invitado como tripulante u observador aprendiz y no como peso muerto que mira por la ventanilla (con el perdón de quienes suelen ser pasajeros en aeronaves). De uno de esos vuelos, que terminó en Salamá, ya hablé en esta bitácora.

El segundo de los vuelos de esa clase que recuerdo tuvo como destino Cobán y la finca La Tinta, en Alta Verapaz. Ese fue mi primer contacto directo con un Cessna 210 (Centurión). Aunque ocupé el asiento derecho y tuve los mandos de la nave en mis manos una breve parte del vuelo, nunca lo anoté en mi bitácora. Fue mi primer instructor quien me invitó a acompañarlo en esa ocasión, en una ruta y en una aeronave muy distintas a aquellas a las que estaba hasta entonces acostumbrado (el Cessna 210 es una aeronave de tren retráctil, no de tren fijo, y mucho más veloz y pesada: unos 180 nudos, alrededor de 330 km/h). Llevábamos un solo pasajero: el custodio de una empresa de transporte de valores; y una valiosa carga: el dinero de la nómina de los empleados de una finca del norte de Guatemala.

(Foto: Archivo de AOPA) Cessna 210 Centurión similar a aquel en el cual el autor voló a Cobán y La Tinta, invitado por su primer instructor de vuelo.

Del tercero de esos vuelos, en el que fui navegante y operador de radio de Guatemala a Puerto Barrios y viceversa, hablaré al final de estas memorias. Antes quiero mencionar el único vuelo al que me invitaron en un bimotor: un Cessna 421 Golden Eagle, el TG-PAB.

Esa aeronave pertenecía a una famosa cadena guatemalteca de restaurantes que venden pollo frito (ver la fotografía abajo). Un día, luego de que la nave saliera del taller de servicio en Importavia, donde se hallaba también la Escuela Aérea, el capitán que solía volar esa aeronave nos invitó a mí y otras personas a acompañarlo. Se trataba de un vuelo de prueba. (Hoy, las regulaciones aéreas son más estrictas y ya no se permite hacer tal cosa cuando una aeronave ha salido del taller luego de un servicio mecánico de rutina; aquello ocurrió en 1983).

Recuerdo que, luego de despegar de la pista 01 (hoy 02), volamos hacia el sur y nos dirigimos al volcán de Fuego; entonces, ascendimos por encima del cono, el cual rodeamos. A continuación, volamos al oeste y nos dirigimos hacia Retalhuleu, donde luego de chequear enfilamos de nuevo hacia el sur, a la línea costera, entonces volamos hacia el este y, luego de chequear Iztapa, nos dirigimos de nuevo al norte, hacia Santa Elena Barillas, donde comenzamos nuestro descenso y aproximación a La Aurora. El vuelo duró unos 45 minutos. El patojo de 17 años que era entonces no salía del asombro, pues aquella nave volaba a unos 240 nudos, cerca de 440 km/h.

El TG-PAB, Cessna 421 Golden Eagle en el que el autor dio un memorable colazo de 45 minutos de duración.

Volar fue y sigue siendo una experiencia que no deja de impresionarme. Cada vez que escucho que una aeronave se acerca, levanto la vista al cielo y la observo hasta que desaparece de mi vista. Mi oficina da hacia el oeste, así que puedo ver por mi ventana las aeronaves en aproximación final a la pista 20 de La Aurora, y mi casa está en la salida y aproximación de 45 grados de la pista 02, así que pasan sobre mi cabeza los vuelos que van al este, al nororiente o a Miami y el resto de Centroamérica antes de virar a la derecha cuando el viento sopla del norte.

Aunque entiendo la física del vuelo, no deja de sorprenderme que algo más pesado que el aire pueda hacer lo que los aviones hacen. Mucho más cuando veo por las tardes de ciertos días de la semana las más de 400 toneladas de los Boeing 747 de carga que despegan del aeropuerto de la ciudad de Guatemala.

Incluso cuando he volado como pasajero en aeronaves mucho más pesadas que aquellas cuyas cabinas conocí en mi adolescencia, no puedo dejar de sentirme parte de la aeronave: el empuje de los motores al acelerar sobre la pista, los sonidos característicos de cada fase del vuelo: una desaceleración, la extensión del tren de aterrizaje o de los flaps, cosas que a los profanos quizás les causen temor, pero que a quien ha pilotado asaetean con sensaciones familiares y nos hacen evocar recuerdos. El Águila Solitaria escribió:

«Solo vivo el momento en este extraño espacio inmortal, pletórico de belleza, traspasado por el peligro».

Charles Lindbergh, en “The Spirit of St. Louis”

Un inolvidable principio del fin

El 7 de septiembre de 1984 ―ya era piloto privado para entonces―, Lenin Calderón, quien era uno de los propietarios del TG-KOI (Kilo Oscar India), un viejo Cessna 172, y de su gemelo, el TG-KIG, me invitó a ser su copiloto en un vuelo a Puerto Barrios, en el departamento de Izabal, en el nororiente de Guatemala.

Recuerdo que esa tarde había estado lloviendo en La Aurora. El tiempo estaba mejorando en Izabal, así que decidimos despegar. El objetivo era traer de Puerto Barrios a un empresario. No obstante, llegamos cerca de la puesta del sol y el pasajero decidió retornar al día siguiente. Así que, sin dinero en los bolsillos, tuve que pedirle a Lenin que me prestara plata para pernoctar en aquella ciudad.

Durante el vuelo hacia Puerto Barrios, el tiempo iba mejorando conforme avanzábamos hacia aquella estación. Volábamos sobre el curso del río Motagua cuando, al pasar junto a Zacapa, un hermoso arcoíris se extendió por debajo de nosotros, como un círculo completo, tal como desde el suelo se observa un halo alrededor del Sol. Este es un fenómeno que solo puede observarse desde el aire, y esa tarde recibí ese obsequio del mismo cielo. Sus colores poco a poco se desvanecían mientras las gotas de agua de la llovizna ligera cedían su lugar a un aire limpio y fresco en aquella calurosa región de Guatemala.

Después de dejar la frecuencia de Guatemala Radio y acercarnos a Puerto Barrios, aterrizamos en la pista cercana al mar y en cuyos bordes crecían las palmeras. Hace muchos años que no visito ese lugar. El vuelo tuvo una duración de 1 hora y 36 minutos. El campo aéreo ha cambiado mucho y ahora tiene categoría de aeropuerto internacional.

Después de un paseo en medio del vaho que exhala el suelo después de las lluvias vespertinas en el trópico ―ese alivio que se experimenta después del bochorno y que nos transporta a las descripciones del Macondo de Gabriel García Márquez―, comimos un bistec encebollado con papas fritas en un lugar cuyo nombre no recuerdo, pero que seguramente estaba en la 7a avenida de Puerto Barrios, cerca del Hotel del Norte.

Esa noche, Lenin y yo tuvimos en la oscuridad una de las más banales y bobas charlas en la habitación de aquel viejo hotel, aunque en realidad Lenin habló la mayor parte del tiempo.

A la mañana siguiente, el desayuno me esperaba en el comedor del hotel. Un mozo vestido de blanco sirvió la mesa y, por alguna razón, el único e imperecedero recuerdo que guardo de esa comida es de algo que a quienes lean esto quizás les parezca de lo más insulso, dadas las circunstancias que me rodeaban entonces con 18 años de edad: un plato de leche tibia con Corn Flakes®.

Después del desayuno, volvimos al aeropuerto, donde el 172 había pasado la noche a solas, rumiando sus pensamientos de avión, y, luego de recoger al pasajero, retornamos a La Aurora. Volé de nuevo en el asiento derecho, encargándome del radio y de la navegación. El aterrizaje de Lenin fue muy suave, así que recuerdo bien que le dije «Me gusta cómo volás», a lo que Lenin respondió «Me gusta cómo navegás». El vuelo de retorno, el 8 de septiembre, tuvo una duración de 1 hora y 24 minutos.

Epílogo

Poco más de un mes después de aquel colazo a Puerto Barrios, el 12 de octubre de 1984, llevé a un amigo a volar en un Cessna 152-II, el TG-EAL, a la finca Tanzania. A ese vuelo debo dedicarle una entrada aparte en estas memorias. Ese mismo mes, pero unos 14 días después, aterricé de emergencia cerca de Palín, Escuintla, con tres pasajeros a bordo del TG-KIG. El TG-KOI, en el cual volé con Lenin a Puerto Barrios, se estrelló un par de meses después cerca de Antigua Guatemala.

Varias razones me llevaron a abandonar (otro abandono) la aviación. En realidad, contrario a lo que algunos podrían pensar, no me dio miedo volar después de aquel accidente. Esta es una «terquedad» que solo quienes vuelan entienden (imagino las sonrisas de los pilotos que lean esto). En realidad, fueron muchas cosas más las que me alejaron de La Aurora.

Pasados unos años, durante una visita al Círculo Aéreo, me enteré de que Lenin Calderón había muerto en un accidente aéreo acaecido en México. Murió haciendo lo que más le gustaba. Y lo mismo ocurrió con Augusto Biener y con don Arturo García, pilotos con quienes pasé buenos momentos en el aire.

De algo estoy seguro: si en este momento tuviera suficiente plata en los bolsillos y no existiesen las restricciones causadas por la epidemia global, compraría un par de boletos aéreos a escondidas de mi esposa, y, al entrar a casa, los agitaría delante de ella y le diría: «Patoja, ¿querés ir a dar un colazo?».

Julio Santizo Coronado, 27 de octubre de 2020

Días de muerte y palabras de vida

No soy hombre de hablar ni de dar discursos. Cuando hablo, prefiero la tertulia. Y si de expresar emociones profundas o pensamientos largamente meditados se trata, no hallo mejor lugar para ello que la hoja de papel o la pantalla del ordenador; nunca el habla, ni siquiera la que se considera íntima.

Nunca eso es más cierto que cuando debo expresar mis sentimientos respecto de la muerte de un amigo o decirles lo que siento y pienso a quienes sobreviven a aquel que se ha dormido en la muerte.

Durante los meses que han transcurrido desde marzo, he asistido a algunos discursos funerarios en línea y, no obstante, siempre he guardado silencio. Hoy, 25 de octubre, ha vuelto a suceder y, por primera vez en estos meses, hablé en nombre de mi pequeña familia. Sin embargo, el solo hecho de comprender lo que los amigos están sintiendo me traiciona; las cuerdas vocales se tensan y hacen que mis pensamientos se nublen con la humedad de las lágrimas. Así que de nuevo me siento pequeñamente incapaz de expresar lo que abrigo en lo más profundo de mi ser.

Hace bastantes años, leí en una conocida publicación ―que por más que busco en la base de datos en línea no he hallado― la historia de un hombre que llegó a sentirse tan feliz y tan privilegiado que empezó a abrigar el deseo de suicidarse. (No ha leído mal, así fue). En estos días, llegué a comprender mejor que nunca ese sentimiento tan aparentemente contradictorio.

En contra de todos los pronósticos y de todas las humanas probabilidades y cálculos basados en las circunstancias, algunas personas cercanas han llegado a enfermar del mal del fin de la segunda década del último siglo de este mundo. Y, sin embargo, yo sigo viviendo.

Apenas anoche, cuando una migraña acompañada de un malestar estomacal insoportable llegaba a su cuarto o quinto día, al despertar en la madrugada pensé en que, a diferencia de lo que me ocurría durante la juventud, cuando era esclavo de las ideas existencialistas y del consiguiente miedo a la muerte (que se parece mucho más al miedo a la vida), pensé con calma en que estaba listo para morir y que, de hecho, sería un alivio debido a las emociones y malestares que me han acompañado desde agosto de 2018 especialmente, pero en realidad a lo largo de toda la vida.

Pensé entonces en esas buenas personas que conocí y que han muerto en estos días. Y ese mismo sentimiento del cual leí hace tantos años en esa biografía que no puedo hallar y releer vino a mi recuerdo; no porque hubiese pensado en ponerle fin a mi vida en el clímax de una prolongada depresión o en un instante de profunda tristeza, sino porque no hallaba explicación a la absurda muerte de aquellos a los que considero personas mucho mejores que yo. Y vinieron a mí estas palabras del Eclesiastés:

​«Y algo más he visto bajo el sol: que los veloces no siempre ganan la carrera, ni los poderosos ganan siempre la batalla, ni los sabios tienen siempre alimento, ni los inteligentes tienen siempre riquezas, ni siempre les va bien a los que tienen conocimiento, ya que a todos les llega algún mal momento y algún suceso imprevisto».

―Eclesiastés 9:11

Esta noche, en el funeral, levanté la mano con no poco temor a hablar y, como siempre, dejar algo en el tintero o quebrarme antes de que mi boca pudiese conectarse con mi mente y mi corazón. Y también como siempre, sentí al final de mis palabras no haber cumplido mi deseo ni mi propósito, porque hay quienes nacieron para hablar y otros para escribir, así como algunos cuantos más no deberían nunca hablar ni escribir.

Hay palabras que dan vida, expresiones que nos llenan de felicidad y que nos animan a seguir adelante a pesar de que ―admítamoslo de una vez por todas― la vida en este moribundo mundo creado a imagen y semejanza de la tozudez, la maldad y la rebelión humanas es vana para quienes no tienen ninguna esperanza sólida para el futuro. Me alegré de haber tomado la buena decisión de estar hoy en un funeral, porque…

​«Una buena reputación es mejor que el buen aceite, y el día de la muerte es mejor que el día del nacimiento. Es mejor ir a la casa donde hay duelo que a la casa donde hay fiesta, porque la muerte es el fin de todos los hombres, y los que están vivos deben reflexionar en eso. Es mejor la angustia que la risa, porque una cara triste mejora el corazón. El corazón del sabio está en la casa donde hay duelo, pero el corazón del insensato está en la casa donde hay alegría».

Eclesiastés 7:1-4

Me llenó de esperanza y tranquilidad saber que aquel a quien hoy se recordó durante el discurso de funeral se labró una buena reputación. Eso de verdad mejoró mi corazón e hizo que quienes escucharon fueran consolados y amaran todavía más la vida.

Julio Santizo Coronado, 25 de octubre de 2020

Confesiones de un escribiente (15: Hablar, escribir y las mancuspias)

«Cuidamos las mancuspias hasta bastante tarde […]. De noche no es tanto, nos ayudan la fatiga y el silencio ―porque el rondar de las mancuspias escande dulcemente este silencio de la pampa― y a veces dormimos hasta el amanecer y nos despierta un esperanzado sentimiento de mejoría».

Julio Cortázar (“Cefalea”, en Bestiario, 1951)

«No nos sentimos bien», escribió el tocayo, el más argentino de todos los belgas. Mientras la Tierra gira en torno a su pequeña estrella y la luz la abofetea en cada solsticio boreal (los del sur tienen sus propios problemas), las migrañas que van de la mano de ella desde los días de marzo de la infancia me atosigan. Hay que transformar entonces esos pensamientos en algo más, algo sólido y quizás de carne, hueso, pelo y plumas.

Alimento a las palomas, las zenaidas asiáticas para más y mejores señas; y lleno los cuencos de los perros con comida concentrada para que ellos se concentren en comer y pueda yo volver despacio y en chancletas a la oficina a desahogar los pensamientos y vomitar a través de las yemas de los dedos.

Cuando hablo no expreso lo que mis recuerdos conservan; cuando escribo pienso con la voz que habita en mis recuerdos. Mis amigos se hacen cada vez más ajenos, pues, cuando hablo, los treinta segundos reglamentarios son insuficientes. De ahí que siga deseando callar por siempre a fin de no ser malinterpretado (una vez más).

Hablar debería ser más que decir, debería ser pensar en voz alta y llamar a otras mentes a que piensen con nosotros. ¿Decir o tipear, teclear o balbucear? Esa es la cuestión del diletante que nunca dejaré de ser.

A veces quisiera callar por siempre ―me repito― y caminar de puntillas, entrar a casa a hurtadillas, salir a la terraza en silencio, girar el pestillo sin ruido, para no despertar a las mancuspias y acallar de una vez por todas el grito de la migraña.

Julio Santizo Coronado, 24 de octubre de 2020

Confesiones de un escribiente (14: Las redes de pescar sociales)

Las redes sociales se han convertido en campo de cultivo de la desinformación, el engaño, el malentendido, las verdades a medias y el ocultamiento. Son adictivo punto de encuentro de la desavenencia, además de fácil pretexto para el desencuentro.

Descubrí los blogs en el año 2010. Cuando el trabajo en un diario clase C asfixiaba mis pensamientos, El ideario de Facundo fue el horno de leña donde pude cocinar las ideas que llevaba a cuestas. En los días de la facundia, cuando la grafomanía, en ocasiones profunda y a veces trivial, ocupaba mis horas, aquella bitácora me llevó por mi ignorancia a los muros de la obsesión y la compulsión de Facebook en los que se cuelgan muchísimas historias de fatuidad, simplicidad, superfluidad y una que otra rara gema brillante.

Nunca había utilizado una red social, pues, aunque me deleito en la amistad, me inclino hacia la soledad. Así que no tenía ni la más peregrina idea de cómo funcionaban ni de por qué alguien había entrado en mi bitácora a través de una de ellas, o de por qué todos hablaban de Facebook desde hacía unos años mientras yo seguía esperando alguna carta escrita en papel liviano dentro de un sobre de bordes rojos y azules.

Podría decirse que mi primer contacto con las redes sociales fue traumático y que me causó una crisis de paranoia enterarme de que mis entradas eran redirigidas por una de estas redes. No obstante, este hecho resultaba seductor, como una red de pescar en la que, por cierto, quedé atrapado poco después.

Ahora bien, no todo era malo en aquella atarraya. En 2013, mientras mi feis o Caralibro ―como lo llama un amigo― recibía solicitudes de amistad de conocidos, poco conocidos y desconocidos, encontré en la telaraña social a aquel por quien entré en contacto con Editorial Santillana Centroamérica Norte. Ese fue uno de los mayores beneficios de aquella red: hallar un trabajo. Pero quizás el único (sí, ya lo sé, soy un exagerado). De ahí en adelante, las cosas no fueron del todo agradables, sino más bien gravosas, hasta el punto de que estar en ese lugar virtual se transformó en una molestia.

La primera cuenta de Facebook que abrí era una hoguera de las vanidades: había demasiada presuntuosidad, vanidad y banalidad entre aquellos que me enviaron una solicitud, quienes eran conocidos de conocidos que, empero, eran unos verdaderos desconocidos para mí. La tensión que me causaba estar rodeado de desagradables cualidades me convenció de cerrarla. Tuve un par de cuentas más; la última, con el propósito de publicitar un libro que, por cierto, no fue publicado. Pero aquello siempre terminaba siendo más de lo mismo: una red con que se atrapan peces en la mar de la superficialidad.

Encontré gente que escalaba sus muros de Facebook con tal de hallar en la cima el aplauso o la aprobación, o para ir en busca de ese efímero antídoto para la baja autoestima: el débil me gusta. Alrededor de todo eso, había cientos de comentarios vagos, mala escritura, ortografía del desastre y comentarios banales a los que cierto bloguero español se refirió en una ocasión como «voy a lavarme los dientes».

También constaté con un sencillo y nada original experimento que muchísimas personas creen haber encontrado a esa persona a la que se suele nombrar con el vacuo clisé de «alma gemela»; empero, sin saber que se trata de un falso perfil con una historia pensada en diez minutos y un centenar de frases trilladas extraídas del ámbito de las telenovelas o culebrones, como los llaman en la otra orilla del charco. Así terminé para siempre con aquella isla de la soledad social y su muro, que resultó ser acantilado.

De Twitter a WhatsApp y de vuelta a la habitación

Abandoné (nunca más exacta la acción) el trabajo en periódicos en 2011. Un tiempo después, pensé que Twitter era una buena manera de difundir información importante con la brevedad del gorjeo. Así que abrí una cuenta. En Twitter, si no se recurre a la falsa abreviatura, hay que tener claras las ideas y por lo menos alguna habilidad para la concreción y la síntesis.

Creo, con todo, que el ejercicio mental fue beneficioso. No obstante, la facilidad con que los mensajes racistas y xenófobos, los insultos y la información falsa circulan en ese lugar hizo que desistiera (tuve que bloquear a dos excompañeros de trabajo que solo comentaban para insultarme con su velado e infantil sarcasmo). Además, pronto descubrí que incluso cuando solo recibiera los gorjeos de las agencias de noticias que se consideran más confiables, la cantidad de notas instantáneas rebasaba con creces el tiempo que podía dedicar a estar enterado de lo que pronto sería noticia vieja.

Cuando entré en el mundo del WhatsApp (wasap sugiere Fundéu acertadamente) pensé que me desharía de historias lacrimosas, o de disgustos de infarto. No fue así. En una ocasión, presté atención a la historia de una infame injusticia de la que cierta persona fue objeto. Un mensaje enviado por error a un contacto incorrecto llevó a la ruptura de una amistad. Llegué a la conclusión de que aquella persona «amiga» había hallado en la inocente pifia el pretexto (al que habría que añadir un desagradable adjetivo por supuesto, pues no aceptó aclaraciones) para evitar la compañía de la persona que empezaba a resultar ajena a sus intereses, a pesar de que esta le había tendido su generosa mano y su amistad sincera, de las que se sirvió mientras convino. Pero, claro, esta no es sino una más entre las infames historias sociales de la humanidad de todos los días.

Así se presentó de nuevo la fea máscara de las redes de pescar incautos que buscan socializar en un mundo cada vez más frío. Las plataformas sociales, hay que admitirlo, siguen siendo útiles para transmitir información urgente, útil, necesaria. Incluso para acercar (dicho esto con cierta reticencia) a quienes por circunstancias como la enfermedad global, la guerra, el desastre o la simple separación de la geografía se han distanciado sin que ese sea realmente su deseo.

Sin embargo, la abundancia de lo malo o lo simplemente inútil sigue haciéndome sonreír (y ahora callar sin contradecir) a aquellos que siguen repitiendo aquel sonsonete de «somos más los buenos que los malos». Las redes sociales han terminado siendo parapeto del taimado, escondrijo del que oculta el rostro, recoveco de quien se escuda en el anonimato. Yo mismo recibí un poco de eso en todas las cuentas de cualesquiera de las redes en las que caí.

Epílogo

Comencé a escribir estas confesiones hace algunos días. Terminé de hacerlo el viernes 16 de octubre en una hoja de papel (como ha de ser), en uno de mis sitios favoritos del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, donde fui bien recibido después de ocho meses de ausencia. Y estuve unas horas junto a personas que, aunque desconocidas, pude ver, oír, saber que son reales y que en verdad estaban ahí.

Cuando volví a casa en un taxi con cuyo conductor conversé, puse estos pensamientos blancos en una pantalla de brillo atenuado y me fui a dormir pensando en que, a pesar de haber salido de casa aquel día para huir de mí mismo y de mis groseros defectos, al final el día fue tan bueno como lo es la soledad que se comparte con uno mismo, con ese fulano que vive en nuestras cabezas. Entonces, fui de nuevo a mi habitación (la etérea), seguro de que, contrario a todo lo que se espera y espero de mí, aún soy bastante misántropo, aunque quizás ahora un misántropo más selectivo.

Julio Santizo Coronado; Ixbalanqué (Pasaje Rubio), 16 de octubre de 2020

Confesiones de un escribiente (13: Oye, niño, ¿de qué manera escribes?)

Creo que debí preguntar para qué escribes; pero tal pregunta, aunque parece más profunda, ha sido muy respondida y en ocasiones no con la verdad y sí con exageraciones con que solo se pretende deslumbrar. Hace unas semanas, el jueves 20 de agosto, me reuní con varios niños, estudiantes de tercer grado de un colegio de la ciudad de Guatemala, e invitados de otros grados. No fue una reunión virtual (eso espero), ya que si en la física lo virtual es aquello «que tiene existencia aparente y no real», entonces estuve hablando conmigo mismo y con varias alucinaciones (este adjetivo me come el coco).

Charlé por más de una hora con aquellos niños virtuales, nacidos de mi imaginación. Algunos se parecían mucho a los personajes de El canario y la rosa, lo que parece refrendar (de nuevo) que no estoy muy cuerdo y que los demás tienen razón cuando dicen que no es muy saludable estar en mi compañía. Sus razones tendrán. No obstante, hablar conmigo mismo a través de aquellos seres existentes solamente en apariencia me hizo pensar mucho en las maneras de escribir y en (¿por qué no?) sus razones.

Mis niños y niñas imaginarios estaban muy atentos y emocionados cuando les dije (¿o me dije a mí mismo?) que había escrito otro libro para niños en octubre de 2019, un libro que quizás nunca se imprimirá. Pero más les agradó saber cómo suelo escribir: a mano, en un cuaderno o en hojas en blanco (sin líneas), con bolígrafo de tinta negra (ningún otro color; azul… ¡jamás!), y que lo hago de cafetería en cafetería o de restaurante en restaurante, de bebida en bebida y de comida en comida. Además, siempre en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

El libro que enseñaba a escribir, que así se llama el librito de marras, se escribió a sí mismo en las cafeterías y restaurantes San Martín, Café Casa, McDonald’s y Casa Típica (Paseo de la Sexta); Casa Bella, Los Melaza, Jazz Corner y Gourmet Chapín (alrededores del parque Morazán); La Tatuana y Rayuela (Paseo de Jocotenango); Café León y Café Literario (octava avenida y novena calle); Patsy (junto al Parque Centenario), e Ixbalanqué y El Portal (Pasaje Rubio).

Desde que la pandemia hizo que cerraran estos lugares en marzo de 2020, no he vuelto a escribir. ¿Cómo es eso? Sí, niños virtuales que únicamente están dentro de mi cabeza: esto que leo mientras lo escribo, y que ustedes seguramente están leyendo también aunque no lo escriben ―porque ustedes existen solo en mi imaginación (está claro, ¿verdad?)―, es escribir y a la vez no lo es de alguna manera; porque no se trata de un cuento más. Por esa misma razón, lo pienso delante de la pantalla del ordenador y lo escribo con el teclado. Porque ideas para escribir cuentos tengo, pero no adónde ir a escribirlas a mano, con tinta negra y sobre una hoja en blanco. ¡Qué problema con la pandemia!

En El libro que enseñaba a escribir, Raúl Ernesto busca en la librería El Aleph un libro que lo entretenga y que compre porque así lo desea, que no sea solamente una lectura impuesta por Virginia, la maestra de Literatura. Es cuando habla por primera vez con el viejo Isaac, un librero cuyo origen está envuelto en el misterio. Este le venderá, al mejor de los precios, un libro que impele a quien lo lee a leer más, a comprender lo que lee y, finalmente, a principiar a aprender a escribir.

Sin importar que usted sea un adulto o un niño que existe solamente en mi imaginación, pregúntese: ¿cómo y dónde escribo?, ¿para qué escribo?, ¿para quién escribo? Sean cuales sean las respuestas, no olvide estas palabras del proverbio hebreo escrito hace tres mil años:

«Las palabras de los sabios son como aguijadas, y sus colecciones de dichos, como clavos bien puestos; […]. En cuanto a cualquier cosa aparte de estas, hijo mío, quedas advertido: hacer muchos libros no tiene fin y dedicarse demasiado a ellos es agotador para cualquiera».

Salomón, en Eclesiastés capítulo 12

Julio Santizo Coronado, 18 de septiembre de 2020 (se acerca el otoño)