Informe del futuro

«Hay dos pecados humanos principales, de los que se derivan todos los demás: impaciencia e indolencia. Por la impaciencia han sido expulsados del paraíso; por la indolencia no regresan».

Franz Kafka, Meditaciones

«Una comunidad creadora sería aquella sociedad universal en la que las relaciones entre los hombres, lejos de ser una imposición de la necesidad exterior, fuesen como un tejido vivo, hecho de la fatalidad de cada uno al enlazarse con la libertad de todos. Esa sociedad sería libre porque, dueña de sí, nada excepto ella misma podría determinarla; y solidaria porque la actividad humana no consistiría, como hoy ocurre, en la dominación de unos sobre otros (o en la rebelión contra ese dominio), sino que buscaría el reconocimiento de cada uno por sus iguales o, más bien, por sus semejantes».

Octavio Paz, El arco y la lira

El hallazgo y la lectura inicial

Hasta ahora, todas las investigaciones que se han realizado al respecto apuntan a que el informe que leerán a continuación, el cual fue hallado en un disco flexible de cinco pulgadas y un cuarto, fue escrito a finales de 1993. Y aunque existen dudas acerca de su autoría, la opinión más aceptada indica que su autor fue Facundo, quien habría muerto en el otoño del mismo año. La información que contiene despertó el interés de mis contemporáneos, a finales del siglo XX, por lo que me sentí impelido a compartirla con todos.

Los descubridores del informe llegaron a la conclusión de que fue dactilografiado usando un viejo procesador de textos, antes de que los ordenadores fueran mucho más poderosos que las viejas y lentas XT del siglo XX. Sin embargo, y si a un análisis riguroso nos atenemos, llegaremos a la conclusión de que su redacción dio comienzo mucho antes ―según las fuentes más confiables, aproximadamente 3,500 años antes de que Facundo pusiese por escrito su versión―, y que no se le puede clasificar con irresponsable ligereza entre las obras que han sido incluidas recientemente en la non-fiction literature. Por tales razones, y dada su importancia, he decidido transcribir Informe del futuro tal como mi informante, quien desea el anonimato, me lo confió en las postrimerías de 1998.

El informe

La mañana es radiante. El sol alumbra como nunca lo vio la sociedad que nos precedió. Los sistemas globales de observación climatológica nos entregan una enorme cantidad de datos que demuestran que la capa de ozono, entre otras capas de la atmósfera, ha sido restaurada. Además, la circulación de los vientos y de las corrientes marinas es armónica, idónea para los requerimientos de los seres vivos del planeta, como lo demuestran los últimos reportes de marineros que cruzan los océanos transportando géneros y novedosos artefactos de una nueva y no contaminante tecnología, de un punto a otro del globo terráqueo.

El calor no es abrasador ni el frío cala hasta la médula como solía suceder, especialmente en los años previos al final de la sociedad que nos precedió. El clima de la Tierra es benigno en todas partes. Todos están azorados ante el hecho de que los desiertos han florecido, y, además, debido a que las fuerzas naturales ya no causan daño ni arremeten con violencia descontrolada, algo que en los días inmediatamente anteriores a la eliminación de la vieja sociedad era recurrente. No hay más tormentas devastadoras y las catástrofes que solían llamar naturales, que eran sumamente destructivas y abarcadoras, han cesado. Por esa razón, los meteorólogos abandonaron el errático arte de la predicción del tiempo, ya que el clima es totalmente predecible, constante y agradable. Ahora dedican más tiempo al estudio de las aplicaciones prácticas de las maravillas de la naturaleza, a fin de entenderlas o simplemente admirarlas con pueril asombro. Como lo expresó una poetisa del siglo XX: «El cielo es un quiebracajete en flor».

El Comité Mundial de Agricultura informa que sobre las montañas, y no solo en los valles, se cosecha alimento en abundancia, y que los campos de cultivo se emplean de manera racional, lo que unos seis siglos atrás era imposible. Todo trato cruel hacia los animales ha sido eliminado. A lo largo de los seiscientos años que han transcurrido desde la desaparición del mundo anterior y su sociedad convulsa, todas las personas que sobrevivieron a aquellos días, junto con los que llegaron a vivir después, han aprendido a vivir en paz con las bestias gracias a un pacto natural que se ha restablecido entre los unos y las otras. Dependencia y sujeción, tanto en relación con las bestias y el ser humano como entre los humanos mismos, se equilibran con autoridad benévola, porque sencillamente no hay más abusos. Los zoólogos expresan su satisfacción por todo esto en el Boletín Mundial de Noticias de las Ciencias Naturales, al descubrir que, con cada siglo que transcurre, especies extintas reaparecen y los ecosistemas locales se engranan de manera más y más armoniosa en un gigantesco y perfecto mecanismo universal.

«Las bestias salvajes ya no lo son en realidad, viven en paz entre sí y no atacan al ser humano; es como si se hubiera establecido un acuerdo entre ellas y la humanidad», confirmó recientemente un estudioso de las ciencias naturales. Luego de que los muros, los fosos y las jaulas de todos los zoológicos se eliminaran, las especies no endémicas quedaron en libertad y llegaron a habitar todo el orbe, de manera que el planeta entero es ahora un bello parque donde vagan miles de especies animales que se reproducen libres en los ecosistemas locales, gracias al cuidado que los humanos les prodigan.

Ahora bien, nada de esto habría sido posible si la guerra, entre otras desgracias, no hubiese llegado a ser cosa del pasado. De hecho, la palabra guerra desapareció de todos los idiomas locales y regionales, y fue eliminada de la lengua franca en la que todos se comunican en todo el planeta, un idioma que se emplea además de la lengua doméstica, local o regional. Diccionarios de reciente edición anotan la palabra arcaico junto a las definiciones de vocablos similares a este y ofrecen explicaciones muy detalladas para que los más jóvenes capten el sentido de estos conceptos, ahora tan ajenos a la humanidad.

Nadie arruina el planeta azul, ya que la tecnología ha dejado de ser objeto de dogmática veneración, así que se la utiliza de manera apropiada. Contrario a lo que muchos esperaban, visiones literarias del futuro como las de Orwell, Asimov y Huxley, que la humanidad desesperanzada temía, nunca llegaron a concretarse del todo. Y aunque la tecnología ha seguido su natural y lógico camino debido a la naturaleza humana misma, es decir, en virtud de su curiosidad y creatividad, los avances técnicos no se emplean para sacar ventaja económica ni existen más aplicaciones bélicas o que perjudiquen a muchos y beneficien a pocos. Todo logro científico es puesto al servicio de la humanidad con imparcialidad. La habilidad creativa de los seres humanos va en constante aumento y toda la gente emplea su capacidad intelectual a un grado que nunca se había experimentado. Las fuentes de energía no contaminan, así que el poder regenerador de la Tierra la ha transformado en un exquisito lugar para vivir.

La angustia que la certeza de la muerte y la brevedad de la vida provocaba en muchos ha desaparecido. Una nueva y positiva manera de ver la existencia ha moldeado las mentes de todos y ha eliminado la depresión y todos los trastornos del estado del ánimo. Los antiguos profesionales de la salud mental cambiaron de ocupación, ya que toda causa de tensión mental y congoja ha dejado de existir.

El Comité Mundial de Trabajo y Asignación de Tareas informa en su reporte más reciente que no hay más pobreza. Todos dividen su tiempo en varias ocupaciones, unas para el gozo individual y otras para el beneficio colectivo. Aprender nuevas habilidades o perfeccionar las que ya se poseen es un placer, porque la certeza del tiempo indefinido ha acabado con la impaciencia. Nadie busca con afán alcanzar unos pocos objetivos durante una breve existencia llena de desilusiones por causa de la finitud e inestabilidad de la vida, una existencia entorpecida por incontables obstáculos que antes hacían que el tiempo se desperdiciara y terminara casi inalterablemente en la inutilidad de todos los esfuerzos humanos. Y dado que la finitud ya no limita a la humanidad, el concepto de tiempo ha adoptado una nueva dimensión en la mente humana. El deterioro de la salud, la vejez y la consiguiente muerte no son más el sino fatal que trunca inexorablemente los planes y la felicidad de los seres humanos.

En este tiempo existe verdadera equidad e igualdad. Nadie construye para que otro disfrute de aquello en lo que no se ha esforzado o ha adquirido sin mérito mediante lo que solía llamarse dinero ―concepto que también es caduco―, porque ahora no existen más clases sociales ni posiciones económicas privilegiadas, y tampoco la obtención del producto del trabajo ajeno mediante la compra. No se cultiva el campo para que solo unos pocos aprovechen el mejor fruto del suelo, pues todos cooperan y ponen sus destrezas al servicio de los demás. Nadie lucra; toda la humanidad comparte la riqueza con generosidad. No obstante, nada se desperdicia y todo se utiliza racionalmente.

Pero a pesar de que no existe pobreza, todos los seres humanos han aprendido a ser modestos y humildes. Una consecuencia de que todos posean riqueza fue el fin de las vacías y pueriles razones para la ostentación que caracterizaba tanto a la alta sociedad anterior como a quienes siendo pobres eran vanidosos. Todas las personas viven ahora en bellas y cómodas casas, y todos los que cuentan con aptitudes artísticas crean y utilizan plenamente sus talentos, pero sin el infructuoso esfuerzo que caracterizaba la vida en la vieja sociedad humana, dividida en sentido social, económico, político y religioso. Tampoco existe el analfabetismo, algo que ha causado una especial alegría, especialmente entre los antiguos educadores.

Ya no nacen niños a un futuro incierto, puesto que todas las familias poseen terreno fértil y abundante, lo que garantiza la seguridad alimentaria de todos. Los sobrevivientes del fin de la sociedad anterior procrearon durante algunos cientos de años hasta que un día dejaron de hacerlo, de manera que los habitantes de la Tierra poblaron el planeta sin rebasar sus límites de sostenibilidad. Hay más de veinte mil millones de habitantes en el planeta, lo que ha demostrado que en el mundo anterior nunca hubo sobrepoblación, sino una pésima distribución de la riqueza y de la tierra, consecuencia de la avaricia que caracterizaba a quienes durante la limpieza de la Tierra y la eliminación del sistema anterior dejaron de existir.

El habla de los seres humanos también ha cambiado. No se escuchan expresiones altisonantes ni insultos o palabrotas, nada que rebaje al ser humano a la condición de las criaturas brutas. Y, no obstante, no existe más mojigatería ni mera pose o ridículo fingimiento. El planeta está lleno de personas que actúan con justicia, personas equilibradas que usan el don del habla con una pulcritud y una corrección que asombraría hasta a los filólogos de la vieja sociedad humana. El Comité Mundial de Redacción informa que todas las obras literarias que se han considerado admisibles en la nueva sociedad son objeto de una depuración adicional a fin de eliminar expresiones que degraden a los seres humanos, ya que el habla de todos es limpia. En tal virtud, los libros que incluían expresiones de hedonismo, sarcasmo, erotismo o simples insultos o lenguaje áspero fueron excluidos y borrados sus archivos digitales, y el papel de todos los ejemplares impresos ha sido reciclado para darle usos más nobles.

Algo que solo se supuso mucho tiempo atrás, ha quedado demostrado: el cuerpo humano fue hecho para vivir para siempre. Los biólogos no salen de su asombro mientras más aprenden de él y de su relación con el entorno y el planeta entero. Al estudiar las claves del antiguo proceso de envejecimiento, reconocen con humildad que no existió nunca poder humano capaz de extender la vida indefinidamente, como algunos pseudocientíficos pretendían. Ahora, el proceso de regeneración celular funciona sin errores que lo alteren. Los charlatanes preconizadores de falsos milagros de sanación, junto con los mercaderes de la ciencia de la vieja sociedad humana, que aseguraban extender la vida por medios artificiales o místicos, fueron borrados de la existencia debido a sus mentiras.

Ya han pasado unos seiscientos años desde que la humanidad emprendió el camino de vuelta hacia su condición original y, no obstante, la apariencia de todos es más lozana que la que pudiesen haber tenido antes del cambio. Mientras más se esfuerzan por cultivar cualidades deseables, más rápidamente progresan hacia ese tan deseado estado, antes inalcanzable, que llamamos perfección. Hasta quienes solían ser emocionalmente débiles o extremadamente susceptibles son ahora personas maduras, virtuosas y equilibradas.

Todo lo anterior deja implícito, por tanto, el hecho de que nadie muere. Pero se debe recalcar por una razón: esto siempre será así para cada ser humano, a menos, por supuesto, que de manera voluntariosa alguien trate de revivir o hacer que retornen costumbres, actitudes, acciones, malos hábitos o tradiciones malsanas que eran comunes en el mundo anterior. No se permite que la paz de la Tierra sea perturbada por personas que usen mal su derecho a escoger, su libertad, y que egocéntricamente decidan causarles daño a sus semejantes o se aprovechen de ellos. Ahora, luego del precedente que ha quedado escrito en la historia por siempre, y sobre la base de los hechos de los seis milenios que precedieron al establecimiento del sistema actual, nadie puede alegar error o manipulación. Las razones y la manera en que la sociedad anterior y su imperfecto sistema de autogobierno fueron eliminados ha sentado un precedente legal universal y eterno que permite juzgar con imparcialidad a toda la humanidad y decidir quién es digno de seguir formando parte de la nueva sociedad y quién no.

Como ya habrán supuesto los lectores de este informe, los hospitales han desaparecido. Ya no existen sanatorios ni clínicas para enfermos mentales o instituciones similares. La profesión médica cayó en el olvido y los antiguos libros de medicina son ahora meras curiosidades. Nadie dice estar enfermo y nadie se queja de dolencia alguna.

En el mundo anterior, muchos opinaban que vivir eternamente sería aburrido. Sin embargo, gracias a la condición humana actual ―y primigenia―, la vida no lo es en absoluto, ya que las imperfecciones físicas, morales y emocionales han desaparecido, así que mentes frescas y claras crean ahora bellas obras de arte, mucho mayores y mucho más majestuosas que las que la humanidad produjo durante los más de seis mil años anteriores, en el terrible mundo que nos precedió y que llegó a su tan anhelado final.

Hay paz, verdadera paz, y los seres humanos de todo color de piel trabajan unidos para extender la belleza de la Tierra, creando zonas ajardinadas y sembrando árboles en donde haya un espacio de tierra fértil; aunque, a decir verdad, después de un tiempo todo el suelo llegó a ser asombrosamente productivo, como se mencionó antes.

¿Cómo pudo llegar a realizarse todo esto? Para comenzar, era necesaria la eliminación de los Estados políticos corruptos. Estos son ahora solo un precedente, una remembranza o recordatorio que demuestra que los seres humanos no fueron creados para gobernarse a sí mismos ni para dominar a sus semejantes. Reina ahora la verdadera libertad. Se acabó el odio nacionalista, tampoco se idolatran símbolos patrios ni se rinde ciego servicio a gobiernos injustos, corruptos y débiles; tampoco a hombres egocéntricos que manipulan a los demás con propósitos malvados. Nadie canta himnos nacionales ni venera a la creación, haciendo de los objetos naturales íconos patrióticos inertes. Nadie pone en primer lugar los deseos de independencia, soberanía y libertad egoístas y divisivos que caracterizaban al espíritu del mundo anterior y que ineludiblemente conducían una y otra vez a conflictos cruentos que solo añadían más y más miseria y dolor.

Ahora, en cambio, priman el altruismo y la búsqueda del bienestar general. Ya no se fabrican armas; con todo el metal residual de las que se desecharon se forjan herramientas de labranza. Antes del fin de la historia de la vieja sociedad humana, unos pocos hombres y mujeres eran odiados por su rechazo a la xenofobia, el nacionalismo y el racismo. En el pasado, la gran mayoría, a pesar de sus quejas constantes, no deseaba profundamente que el sistema cambiara; y aunque quienes se hacían llamar humanistas organizaban campañas sobre el amor y la solidaridad, sus palabras resultaban vacías, pues no eran las causas de la maldad las que realmente detestaban, sino las ineludibles malas consecuencias de hacer lo malo. Sin saberlo, todos ellos eran presas de su propia mezquindad y de lo que nombraban con el eufemismo «doble moralidad», que no era más que simple hipocresía. Su altanería y fatuo orgullo los hacía incapaces de admitir que les era imposible escapar de la futilidad de sus vidas y de su condición frágil y mortal. A los amantes de la paz, en cambio, luchar por huir de todas estas cosas les valió, paradójicamente, el odio de los demás, pero también los libró de encontrarse entre aquellos que fueron arrancados de la existencia.

Ahora, luego de unos seiscientos años, los sobrevivientes de la vieja sociedad humana y sus descendientes continúan su proceso de aprendizaje y educación. Ya no hay quién o qué estorbe los deseos de quienes desean modificar su personalidad y encauzar sus acciones hacia la virtud. Ahora reina en la Tierra la verdadera libertad, una que proviene de la paz consigo mismo y con los demás. No hay gente dañina que haga temblar de miedo a sus semejantes. Los expoliadores y los amantes de la violencia han desaparecido para siempre de la faz de la Tierra.

Aunque era recta en un principio, la humanidad echó a perder su propio camino debido a la mentira. Toda actividad humana llegó a basarse en engaños, falsedad e información incompleta: mentiras políticas de gobernantes deseosos de poder y riqueza, mentiras económicas para triunfar en los negocios, doctrinas religiosas basadas en mitos, en medias verdades y a menudo en descarados engaños. Algunos de los humanos que llegaron a la existencia después de aquel comienzo de breve dicha tuvieron ante sí la oportunidad de demostrar que deseaban vivir en un mundo diferente, por lo que se armaron de coraje para emprender el camino de vuelta. Pero esa fue la minoría.

El Comité Mundial de Historiadores reescribe la crónica de la humanidad desde su génesis. En la primera parte de este informe se han anotado únicamente los datos más relevantes para que ustedes, lectores del pasado, capten el sentido de lo que algunos podrían llegar a experimentar en el futuro cercano. Lo que se transcribe de este punto en adelante se basa en entrevistas hechas a decenas de cronistas anónimos y documentos que se han ido recopilando a lo largo de varios siglos.

Las pruebas históricas

La humanidad ensayó muchas formas de gobierno durante el tiempo que existió la vieja sociedad plagada de conflictos. Estos intentos de gobernación fracasaron uno tras otro. Los imperios, cada vez más poderosos y abarcadores, causaban el sufrimiento de millones de personas. Por su parte, ciertas naciones sumamente conspicuas heredaron el poder y representaron el modelo de resistencia a la verdadera libertad y la justicia de la que hoy se disfruta: Egipto, Asiria, Babilonia, la alianza de Media y Persia, además de Grecia, ocuparon ese lugar primero. Con el tiempo surgió Roma, que extendería su imperio político en el espacio, pero también mucho más allá de su extinción política en el tiempo, lo que logró mediante la influencia de su antigua religión. Roma formó el más poderoso ejército de aquel entonces. La Roma heredera del paganismo sometió a los súbditos del imperio coligando sus creencias con la nueva religión del siglo I de la segunda era del mundo Antiguo. Así, europeos, asiáticos, africanos… todos ellos se fundieron en el galimatías doctrinario de una conveniente mezcla político-religiosa que adquirió su forma definitiva siglos después y que extendió su influencia hasta los días en que desapareció la vieja sociedad y todo aquel mundo junto con ella.

Surgió de los mares, siglos después de la decadencia y caída de Roma, la mayor potencia militar que el mundo hubo conocido hasta entonces. Se elevó soberbia de entre las cenizas del mundo antiguo. En el siglo XVIII de la segunda era del viejo mundo, se escindió y extendió su poder por el orbe con un reino económico, de mucha más influencia y poder que la fusión político-religiosa de su antecesora. Las necesidades y los deseos de la deprimida sociedad de los siglos XX y XXI llegaron a ser determinados por aquel gobierno económico y por los caprichos de sus aliados, amantes del dinero.

El degüello de millones de personas en dos guerras mundiales aumentó la culpa por derramamiento de sangre inocente de los gobiernos bestiales de aquellos días, y, junto con ellos, la de sus socios religiosos, quienes bendecían sus armas y apoyaban sus conflictos, adhiriéndose a sus sistemas políticos y enviando a la matanza a sus propios hijos, partícipes todos ellos de los mismos credos, pero en naciones opuestas, lo cual demostró cuán ineficaces eran sus creencias, más parecidas a clubes de fin de semana que a una verdadera manera de vivir, actuar y pensar unificadora que los hiciera mejores personas. Aquellos imperios de los días finales de la vieja sociedad humana y su mundo se enredaron en decenas de conflictos, mientras sus súbditos adoraban la tecnología en vez de servirse de ella, y veneraban al mismo tiempo la bandera de la débil y engañosa democracia.

Durante el transcurso de los siglos XX y XXI, el imperio angloamericano enfrentó a muchos opositores que, sin embargo, no lograron doblegarlo. Por más que muchas naciones y grupos políticos y religiosos se valieran de ardides para arrebatarle la primacía, no pudieron avasallar aquel imperio, de manera que se encontraba con vida cuando la vieja y enferma sociedad de aquellos días llegó a su pavoroso final. Poco antes de su extinción, este imperio y sus aliados emprendieron una campaña en contra de sus opositores políticos del otro lado del mar, quienes establecieron paulatinamente un gran reino paralelo dispuesto a hacerse pedazos con tal de arrebatarle el poder y la influencia a sus enemigos.

En los albores del siglo XXI, la parte más notoria del imperio angloamericano, que hizo del dinero su dios, se convirtió en un solapado imperio ateo, oculto tras la fachada de una religión de espectáculo, cuyos guías usaban el púlpito, real o virtual, para esquilmar a las masas ansiosas por que les regalen los oídos y les endulcen los pensamientos. Y aunque se hizo de muchos críticos detractores, gran parte de la humanidad creía ciegamente en sus engaños disfrazados de verdad.

La posibilidad de desaparecer en medio del fuego nuclear sumió en el temor y la zozobra a muchos. Así que, gracias al poder de su influencia, el imperio le imprimió fuerza vital a una espuria asociación multinacional que se jactaba de ser la única solución para todos los problemas, que podría traer paz, seguridad y bienestar a la humanidad. Pero todas sus promesas de acabar con las guerras fracasaron patéticamente una y otra vez, y sus miembros llegaron a estar más y más divididos, hasta el mismísimo día en que todos desaparecieron en un instante, en la época de la crisis más terrible que la humanidad experimentó alguna vez.

Al acercarse el final de aquella época, la humanidad se enfrentó a sus peores temores. La vida se hizo más frenética, el alimento se encareció y todo fue más difícil para el mundo entero. Las epidemias globales, la violencia y el crimen en aumento constante, además del abuso de millones de mujeres y niños, minaron rápidamente la sensibilidad humana y el amor de una gran parte de la humanidad se transformó en un frío bloque de indiferencia. La unidad familiar se fue debilitando gradualmente y, a pesar del constante clamor de los desposeídos, ningún gobernante pudo poner fin o siquiera aliviar el sufrimiento de la cada vez más empobrecida humanidad. Las enfermedades se extendieron por el orbe, por lo que millones tuvieron que aprender a convivir con ellas y resignarse a la posibilidad de una muerte prematura, siempre bajo la amenaza de una nueva plaga mundial.

Aunque algunos pocos males fueron mitigados, y casi eliminados por medios medicinales sintéticos, enfermedades que se creían erradicadas resurgieron debido a la negligencia de los displicentes poderosos que malgastaban la riqueza en placeres y no en el alivio del sufrimiento de las masas. Las grandes empresas farmacéuticas estaban más interesadas en amasar fortunas que en sanar a la gente, y los dirigentes politizaban cada posible solución.

Fue entonces cuando la economía mundial se desplomó. Sucedió de manera inexorable, lentamente, casi imperceptible para algunos, pero dolorosa para muchos. El abismo entre ricos y pobres se extendió. Las dificultades de conservar un empleo y mantener a una familia llevaron a miles a la desesperación y al suicidio. Las compañías financieras cerraban, los bancos y las empresas se fusionaban en un esfuerzo por sobrevivir, y, sin embargo, los corruptos veían en la debacle solo una oportunidad más para continuar enriqueciéndose. Las protestas y los movimientos radicales y anárquicos aumentaron en cantidad e intensidad, lo que solo provocó más caos, más pobreza, terrible vandalismo y violencia incontrolable de ciudad en ciudad. Nada cambió.

Algunos países cayeron en la quiebra y fueron literalmente puestos a la venta, mientras provincias enteras iban en busca de su independencia monetaria, lo que fragmentó cada vez más el mundo político y geográfico, cuya unidad se creyó alcanzar alguna vez en la vieja Europa. Fue así como la que alguna vez se consideró la cuna de la razón se convirtió en un nido de intolerancia, terrorismo y xenofobia.

La sociedad convulsa llegó a asemejarse a la arcilla que alguien trata inútilmente de unir al hierro del poder político. Nadie, ni gobernantes ni gobernados, pudo escapar de aquella realidad. En tal ambiente de desconfianza y engaño, los pactos y los tratados eran quebrantados y la palabra de los hombres perdía su valor. Hombres y mujeres se hicieron traidores, y los altaneros y prepotentes políticos, junto con empresarios corrompidos, arruinaron la Tierra y la expoliaron como nunca había sucedido.

La hipocresía de los líderes religiosos, alguna vez admirados e incluso temidos, fue de mal en peor. Poco a poco, la influencia de la religión se debilitó, al punto que las comunidades eclesiales empezaron a abrigar sus propias ideas y a establecer religiones a la medida… ideas religiosas a la carta, ya que lo que alguna vez fue objeto de sincera devoción se fue transformando en simple requisito social debido al desmesurado deseo de placer que dominaba a más y más personas. Unos cuantos idealistas, que aún creían que el propósito de los guías religiosos era unir a la gente, pronto se desilusionaron. La presencia constante de la tradición y del dogmatismo, opuestos al raciocinio, ya habían sumido a las masas en la credulidad ciega y en la ignorancia acerca de lo divino. Las angustiosas plegarias multitudinarias sin respuesta, únicamente le demostraron al mundo que no eran escuchados más que por aquellos que los esquilmaban. Y, no obstante, pocos se detenían a meditar en ello.

Llegó el día cuando los hechos mostraron a las claras que la falta de unidad de pensamiento no era sino una manifestación más de la división religiosa, y que esta había contribuido a dar existencia a los conflictos internos, a las guerras nacionales, a las disputas étnicas y al mezquino interés político del cual el clero del mundo entero se había valido durante milenios para conservar poder y riquezas. La conclusión obvia fue que la sangre de millones de inocentes recaía en las instituciones religiosas tradicionales, las más poderosas e influyentes, y a todas estas se volvieron de repente, sin previo aviso, sus amantes políticos, algo que la inmensa mayoría no imaginaba y que ni siquiera pensaron que podría llegar a suceder.

Finalmente, hasta los intelectuales que alguna vez pretendieron ser más humanos se hicieron arrogantes y casquivanos, sumidos como estaban en un mundo de fantasía en el que las palabras llegaron a valer poco menos que nada. La humanidad se sumió en una profunda angustia, una de la cual parecía no haber salida ni tener fin. Aquellos días fueron breves, aunque los más angustiosos que el ser humano experimentó jamás.

Miles de años de abusos llegaron a su fin de manera repentina. Sucedió en el momento menos imaginado, en el día menos esperado. Después de que las grandes religiones del mundo fueron borradas de la faz de la Tierra por sus socios políticos, todos los sistemas y aparatos gubernamentales y militares de la vieja sociedad desaparecieron de la manera más humillante. Había quedado demostrado, sin lugar a dudas, que la solución a los problemas que el mismo hombre había creado a lo largo de milenios estaba más allá de su poder.

A la mañana siguiente del fin de todas las cosas, el silencio comenzó a reinar por todo el orbe. El odio, el egoísmo, la mentira, la corrupción, la opresión, el engaño comercial y la superstición, junto todo pensamiento dogmático, fuese político, religioso o pseudocientífico, habían dejado de existir… ¡para siempre!

Todas estas cosas sucedieron repentinamente. Hubo un gran exterminio de los poderosos opresores, pero también de los negligentes y de quienes confiaban demasiado en sí mismos o en sus guías corruptos. Las vidas de miles de millones de personas se apagaron en un solo día. Había llegado el fin de la presunción. Solo unos cuantos sobrevivieron a la destrucción de aquella sociedad que se había trazado su propio final, a pesar de todas las advertencias que se le dieron a lo largo de muchos siglos.

A la espera del futuro

Hay mucho más que decir sobre lo que aconteció durante aquellos días, antes de que la historia del futuro de la humanidad cambiase. Pero sería agotador explicarlo ahora con detalle. Hoy, unos seiscientos años después de aquellos sucesos, aún se aguardan cuatro siglos más para alcanzar la plenitud de todas las cosas. Pero no todo terminará ahí. Se recibirán instrucciones por toda la eternidad. Se develarán muchos secretos, se descubrirán los misterios del universo para el gozo intelectual de las mentes perfectas. La humanidad aprenderá sobre las maravillas de la creación y podrá desarrollar sus habilidades a un grado que incluso ahora produce un placer sin precedentes.

Todos los seres humanos están unidos bajo un solo gobierno justo y un único sistema de adoración. Nadie venera las cosas creadas ni a otros seres humanos o a sí mismos. El conocimiento de lo bueno y de lo justo se ha extendido por toda la Tierra. Quienes escogieron abandonar la arrogancia y el egoísmo disfrutarán de todo esto para siempre, y quienes han puesto a un lado sus propios intereses reciben desde ya mucho más de lo que dejaron atrás. Crecen en nuestros campos las rosas y los lirios, florecen los desiertos, y los mares están rebosantes de vida.

Aquí termina este informe del futuro, una historia que empezó a ser escrita miles de años antes de que la última era del viejo mundo llegase a su final. Aquí termina el informe de un hombre que, a pesar de ser como todos los demás, trató de conservar un poco de inocencia para sí mismo.

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La versión original de Informe del futuro, de Julio Santizo Coronado, fue publicada en el No. 1 de La Revista, en 1998, con el título La historia del futuro, junto a trabajos de Javier Payeras, Simón Pedroza y otros autores de esa generación. Solo se publicaron dos números de La Revista.

«Poesía rota» y «Pequeño diario para una mujer dormida» (libro gratuito)

Poesía rota es un recorrido por objetos tangibles e intangibles del día a día, realidades de la existencia que compartimos, y de nuestra ineludible debilidad y futilidad. También, un atisbo apenas a aquellas cosas que más nos llenan el vivir y enriquecen nuestra mente, que la hacen disfrutar del placer del pensamiento. Son esas cosas que a algunos les parecen nimias, que dan por sentado y, no obstante, llenan los espacios donde el tiempo se detiene de tarde en tarde junto a una taza de café.

Pequeño diario para una mujer dormida remata el recorrido con un esbozo de los días de espera, de los meses que como eslabones se engarzan y dan forma a los años que a menudo olvidamos contar; aunque deberíamos hacerlo, sabiendo que solo de esa manera podremos hacer que la sabiduría eche raíces en nuestros corazones y aprendamos a vivir apartados de lo malo, de lo inútil, de lo superfluo y de la banalidad de la superficialidad que cubre como mala hierba este hermoso campo en el cual han caído las semillas de la vida, mientras aguardamos el día en que los yerbajos sean arrancados para siempre y podamos ser libres de verdad, como «en el principio».

Obtenga Poesía rota y Pequeño diario para una mujer dormida en el siguiente enlace.

Ediciones del Jazmín, Guatemala, Centroamérica

Un necesario adiós a la memoria

Llegó el momento de decirles adiós a los recuerdos y a las reflexiones sobre asuntos cotidianos. En 2010, nos iniciamos en el mundo bloguero con El ideario de Facundo. Esta bitácora debía su nombre al protagonista de un cuento que eventualmente esperamos publicar aquí bajo la categoría Póstumos anexos. La facundia o, más bien, la grafomanía, era lo que caracterizaba a aquel blog, pues en ciertas ocasiones se publicaban en él hasta tres entradas diarias.

De ahí, y luego de su eliminación, seguimos otro camino y publicamos El ideario de un escribiente, partiendo de la idea de que existe una gran diferencia entre los escritores profesionales y aquellos que escriben por mero placer, catarsis o, incluso, con fines terapéuticos. No obstante, fue en esos días cuando comenzamos a publicar en papel viejas y nuevas historias, además de algunos poemas, e incluso imprimimos o editamos dos libros por solicitud de terceros (Evocación a Yanis Ritsos, de Iris Van de Casteele; y El Fu Lu Sho de los recuerdos, de Marielos Porras de Chang), por lo que la bitácora fue adquiriendo un carácter más literario, menos cotidiano.

Ahora, y a la luz de diversas experiencias y de los hechos que han acaecido durante los meses que han transcurrido desde agosto de 2018, finalmente decidimos eliminar de este blog ―cuya dirección electrónica, sin embargo, no será modificada― todas las entradas, un poco más de cuarenta, relacionadas con nuestros recuerdos de juventud en la aviación, además de nuestras reflexiones, confesiones y otros asuntos de carácter más personal (como si la literatura no fuera de lo más íntimo). Esto significa que ya no se llamará Las memorias de un escribiente.

Por esa razón, ahora su nombre es Ediciones del Jazmín (Libros gratuitos para descargar o leer en línea). Creemos en este momento que la mejor manera de expresarnos es mediante la poesía o la narrativa breve. Esto, por supuesto, implica que la periodicidad de las entregas será todavía menos frecuente. Las recetas de Amalia Coronado Castellanos (la seño Lety) que se recogieron aquí antes de que ella se durmiera en la muerte permanecerán. Por tales razones, los nombres de las categorías han sido modificados. Los libros disponibles en formato PDF seguirán en el mismo lugar, además de los cuentos que se han entregado por separado y que se pueden leer en línea solamente.

Ediciones del Jazmín (Guatemala, C. A.)

Pensamientos de café

Para Andrés Jorge González

«Personificar el “azar” como si habláramos de un agente causal es cambiar injustificadamente de un concepto científico a uno mitológico cuasirreligioso».

Donald M. MacKay

«Más bien que aceptar la probabilidad fantásticamente pequeña de que las fuerzas ciegas de la naturaleza hubieran producido la vida, parece mejor suponer que su origen se deba a un acto intelectual deliberado».

Sir Fred Hoyle

Estaba a punto de salir y escapar del barullo. Sin embargo, una idea que no terminaba de cuajar lo clavó al asiento que ocupaba cuando se entregaba a rumiar pensamientos y a beber café en aquel lugar. Describir a aquel hombre y ver al Jerónimo penitente de Ribera eran lo mismo: un viejo poemario descubierto en una librería de lance dormía en sus manos y un pensamiento se agazapaba entre las palabras y junto a la diuresis causada por el expreso.

La libreta, esa red con que atrapaba ideas antes de que nunca más volvieran, permanecía en silencio sobre la mesa, y los taburetes rojos de la barra eran ocupados por los viejos amigos de la casa que charlaban, reían y recalentaban una taza de americano aguado entre las manos.

Se reunían en aquel lugar abogados, estudiantes de derecho, agnósticos, ateos, Faustos cansados y melancólicos niños wertherianos inflamados de sueños de amor y asfixiados por las crueles manos de la imposibilidad. Había ahí, también, abanderados de la pseudociencia y teístas de la fe de cartón. Javier, que así se llamaba, rechazaba la insistencia de los amigos que intentaban persuadirlo de defender, como ellos, los dogmas políticos, sucedáneos de las doctrinas de las cuales renegaban.

En esas estaba cuando se decidió a buscar el tema del café del día. Abrió la libreta, cogió el bolígrafo, pero…

Fue entonces cuando la vio. Aquella muchacha se las había arreglado de algún modo para formar parte del selecto grupo de quienes se sentaban en la barra y disfrutaban del placer de observar a Verónica cuando esta preparaba las hamburguesas, freía las cebollas, tostaba el pan y servía los expresos y los americanos. Aquella chica sin nombre que leía el periódico que dejaban cada mañana en la barra compartía con Javier el gusto por el cortado.

Javier se preguntó cuál era el propósito, si es que había alguno, de la belleza. Al fin y al cabo, no es imprescindible para vivir. Tomó la libretita y comenzó a hacer sus anotaciones sobre la necesidad de la belleza en nuestras vidas: «¿Por qué son bellas las cosas? ¿Lo son en realidad o solo parecen serlo?». Imaginó un mundo sin sabores ni texturas, un mundo sin colores ni matices; pensó en la uniformidad del gris, o a lo sumo en una escala que iba y venía de la albura a la negrura. «Si el tono del universo fuese un gris plano…». Sonrió. Rio para sus adentros y volvió a mirar a aquella cuyos atributos le arrebataban los pensamientos. Pensó en una existencia sin emociones, ¡vivir sin sentir! Dibujó en sus pensamientos al pez paraíso acercándose al borde del acuario para recibir las hojuelas de sus dedos ―porque el pez por la boca vive, no siempre muere―. Amaba al pececito porque era lindo: sus colores, su comportamiento… se parecían al amor. ¿Era el cíclido capaz de amar? ¿No es el instinto un programa? Pero ¿diseñado por quién? El amor lo impulsaba a prodigarle cuidados y alimentarlo. «Se ama lo bello», escribió en la libreta. El pez ornamental no necesitaba gran cosa para vivir. Sin embargo…

Javier vio hacia la puerta, luego hacia el corredor, y se detuvo a mirar a todas aquellas personas desconocidas y tan familiares a la vez, con sus estados de ánimo rebosando de sus mentes y aflorando en las expresiones de sus caras.

La libreta recogió más palabras: «Soy una imagen como los personajes de un libro lo son del escritor». Dirigió la mirada a la barra: «De la belleza nace el amor, ¿o es el amor el originador de la belleza? Sus pensamientos se desviaron a los deliberados actos que dan vida a la ficción sobre el papel; como el universo, ese gran lienzo donde se dibuja el resultado de los actos del amor de alguien más. ¡Quién no ha tratado de condensar en una imagen el cosmos, los cientos de miles de millones de estrellas! Ese breve atisbo de la miopía astronómica, la inmensidad que acrecienta el deseo de vivir.

Y mientras su mirada se perdía en la mesa y en el cielo falso del viejo café una y otra vez, Javier pensaba en los fisiólogos que lucubran sobre el inexplicable envejecimiento con sentencias y argumentos complejos, y medía las palabras para entonces diseccionarlas con la navaja de Occam. Si el originador es aprehendido por las cualidades de las cosas hechas, ¿cuál es la explicación más simple para la majestuosidad del universo y la conciliación entre la realidad palpable y la existencia de lo metafísico, el principio del universo material, que es la imagen de las cualidades de quien lo piensa? Javier no anotó más esbozos, como la pequeña mota de polvo que era, y se entregó a sus pensamientos: «¿Soy más que el resultado del azar?». Pero entonces ¡demasiado café! Se levantó de la silla. Empero, no pudo dejar de echarle un vistazo a la chispa de ignición de aquellas ideas, cuya belleza invitaba a escribir versos de adolescente soñador o de anciano que le teme al fin de la existencia.

Javier aguzó la vista mientras regresaba a la mesa, felizmente aliviado. Su libreta, el bolígrafo, el poemario, todos seguían en su sitio.

El arte y el lenguaje eran placenteros, aunque innecesarios en la lucha por la supervivencia. Pidió otra taza de café. Recordó a la maestra de biología que, encogiéndose de hombros, admitió no saber qué es la vida. «Sabemos mucho sobre cómo funcionan las cosas vivas ―dijo―, pero nadie sabe qué es la vida».

Verónica sirvió la taza de café, que otra muchacha llevó a la mesa. Javier le dio las gracias y manoteó en busca de la libreta, que se había caído al suelo. Se inclinó para recogerla de debajo de la mesa. Al incorporarse, volvió la mirada hacia la barra. Ahora estaba decidido a invitarla a su mesa…

La chica no estaba delante de la barra. Buscó con afán volviendo la mirada en todas direcciones, pero solo reconoció el periódico, tachonado por todos lados, sellado con el nombre de la vieja cafetería y con el crucigrama resuelto, que la desconocida leía hacía apenas un instante. Se había esfumado en un abrir y cerrar de ojos, su lugar estaba vacío y Javier había olvidado todo lo que había pensado esa tarde.

Escrito originalmente en septiembre de 2010 por Julio Santizo Coronado

«El libro que enseñaba a escribir» (libro gratuito)

Escribir y comer bien, además de cocinar para familia y amigos, son dos fuentes de deleite que el autor de este libro disfruta, pero que se están olvidando en este mundo que cada vez contempla menos y se apresura más; un mundo en el que muchos apuran la vida como si de un amargo purgante se tratara, y que se empeña en ir frenéticamente tras riquezas, posición encumbrada y títulos a menudo tan inútiles en estos tiempos como el dinero en medio de una guerra. La brevedad en la escritura, sea o no literaria, que caracteriza estos tiempos no tiene por qué ser óbice para el aprendizaje cuando se es capaz de discriminar y apartar la paja del trigo y cuando se hornea con cariño y se comparte y disfruta el pan que con el grano se prepara.

El libro que enseñaba a escribir fue escrito a lo largo de octubre de 2019 en los siguientes lugares del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala: San Martín, Café Casa y Casa Típica (Paseo de la Sexta); Casa Bella, Los Melaza, Jazz Corner y Gourmet Chapín (alrededores del parque Morazán); Tatuana y Rayuela (Paseo de Jocotenango; el segundo se incendió recientemente); Café León y Café Literario (octava avenida y novena calle, el segundo ha desaparecido con la pandemia); Patsy (junto al Parque Centenario), e Ixbalanqué (ahora Beer Garden) y El Portal (en el Pasaje Rubio).

En un principio, el autor concibió este libro como una ayuda didáctica para maestros de sexto y séptimo grados, para jovencitos y chicas cuya edad bordeara la del protagonista de la historia. El prólogo fue escrito por el actor guatemalteco Leo de Soulas. Está permitido compartir este libro mediante envío del enlace de Las memorias de un escribiente por correo electrónico, Twitter y WhatsApp (advertimos que el blog está vetado en Facebook y Messenger). Se agradece que se citen la fuente y el autor. Esperamos que jovencitos y adultos disfruten de este modesto trabajo de escritura lúdica que Ediciones del Jazmín obsequia a sus lectores.

Obtenga El libro que enseñaba a escribir en el siguiente enlace.

Ediciones del Jazmín, Guatemala, Centroamérica