Recuerdos de la cocina de mamá: guisado de lentejas

cropped-white-roseCuando era niño, mi madre me persuadía de comer lentejas, ya que mi madre estaba convencida de que de esa manera fortalecería mi cerebro, pues solía repetir: «Yo no tuve hijos tontos» (mi madre tuvo cuatro hijos, de los cuales yo fui el tercero). Aunque en mi infancia no eran de mi agrado, lo que me animaba a terminar el plato era la promesa del chorizo extremeño, que yo reservaba para el final. Es un plato muy sencillo, pero delicioso, que mi abuela le enseñó a preparar y que ahora yo mismo cocino en casa.

Ingredientes

  • 12 onzas de lentejas
  • 5 chorizos extremeños
  • 5 tomates medianos
  • 1 cebolla mediana
  • 3 dientes de ajo
  • 3 hojas de laurel
  • 2 ramitas de tomillo
  • Aceite (cantidad necesaria)
  • Sal al gusto
  • (Yo suelo añadirle pimentón o paprika a discreción)

Preparación

  • Remoje las lentejas solamente durante media hora a una hora, o de otra manera se desharán, pues se hidratan rápidamente debido a su tamaño.
  • Pique la cebolla y el ajo finamente; pele los tomates y córtelos en trozos pequeños.
  • Vierta aceite en una sartén y agregue la cebolla. Cuando esta esté transparente agregue el ajo y luego el tomate pelado con un poco de sal.
  • Cocine hasta que alcance una textura de salsa y reserve aparte.
  • (Yo suelo facilitarme el trabajo de la siguiente manera: cuezo los tomates, retiro la piel, sofrío el ajo y la cebolla, lo licuo todo y luego añado el pimentón y vierto en la cacerola a fin de que en esta salsa se cuezan las lentejas).
  • Cueza las lentejas en una olla con un litro y medio de agua. Déjelas hervir por unos cinco minutos y entonces agregue los chorizos cortados en rodajas gruesas, el laurel y el tomillo. Deje hervir por unos 15 minutos y entonces agregue la salsa. Si ve que las lentejas aún no están al dente, saque los chorizos para que no se deshagan y continúe con la cocción.
  • (Mi método es más sencillo, pues cuezo en la salsa, con el tomillo y el laurel, las lentejas, añado un poquitín de sal, y luego de freír ligeramente los chorizos los añado al final y dejo que el conjunto se cocine hasta que las lentejas estén cocidas).

Cómo servirlas

  • Sirva en un plato hondo. En Guatemala se suelen acompañar las lentejas con arroz, pero usted puede servirlas sobre una cama de sémola de trigo o couscous (quienes quieran probar esta última manera en Guatemala, pueden adquirir el cuscús en supermercados, donde suele venderse la marca francesa Rolland, aunque en este país no es muy conocido este alimento).

Receta original de Amalia Leticia Coronado Castellanos (1930-2015)

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Confesiones de un escribiente (3)

cropped-white-roseMe acerco al invierno con más quietud. Las tres de la madrugada han ido cediendo el paso a las cuatro, a las cinco… al amanecer. Es bueno saberse vivo sin antipsicóticos, sin nada que oscurezca la razón ni mitigue el dolor. Es bueno limpiar la terraza cada mañana y regar semillas para las zenaidas aliblancas antes de que salga el sol. Es bueno sentarse y observarlas con una taza de té con leche en una mano y la cámara en la otra, para conocerlas y reconocerlas, como a la zenaida de raro pecho blanco que una mañana se posó junto a la ventana de la oficina y parecía preguntarme: «¿Qué estás escribiendo ahora?».

Historias detrás de las páginas de Noviembre y póstumos conexos

Noviembre y póstumos conexos reúne ahora veintiún relatos. Eliminé diez de los treinta originales, y añadí uno más este año. Sin embargo, es de todos el más antiguo. De los veintiún cuentos publicados en esta bitácora, diez fueron escritos en 2011, dos en 2010, tres en 2004, uno en 2003, tres en 1993, uno en 1990 (Noviembre, que da origen al título del conjunto) y uno en 1983 que, como ya mencioné, fue el último que se añadió al volumen. El libro original estaba formado por relatos escritos entre 1990 y 1994. Esto significa que de los cuentos que formaban el Noviembre y póstumos conexos primigenio solo se conservan cuatro.

¿Por qué póstumos y por qué conexos? Los relatos originales estaban concatenados. El lector saltaba de una a otra historia mediante un texto de enlace.

En cuanto a estas características, Maurice Echeverría escribió una reseña sobre el primer libro, aunque nunca fue impreso. La hallarán en el siguiente enlace, además del comentario que escribió Ricardo Rivera Echeverría, exmiembro de Autores, Libros y Lectores, grupo que emitía el programa de difusión literaria del mismo nombre en Radio Panamericana a inicios de los años 1990.

https://wordpress.com/post/lasmemoriasdeunescribiente.wordpress.com/528

Los adjetivos póstumos y conexos se relacionan sobre todo con el relato más extenso de todos (que ya no se incluye en el volumen), titulado Facundo (escrito en parte en San Pedro Sula, Honduras, en 1993, y en Guatemala a comienzos de 1994).

En Facundo, un hombre conoce en una pizzería de la ciudad hondureña a cierto personaje cuyo nombre no es gratuito, ya que alude su locuacidad. A lo largo del encuentro y la charla medita en la posibilidad de hallarse solo, sin su madre, cuando esta muera; piensa en la relación que ha tenido con su padre, en su interés por la literatura, la vacuidad del ritualismo religioso y la hipocresía de la cristiandad, la estupidez y la locura del mundo político y la banalidad de la vida de las mujeres que lo han rodeado durante su breve vida. Alrededor de todos estos pensamientos gira el deseo permanente de darle fin a su vida, ya sea mediante el suicidio (idea acariciada por largo tiempo, en la que se centra el cuento Noviembre) o por medio de un cambio vital que lo saque de aquel mundo al cual ha estimado superfluo y de escaso o ningún valor.

Unos años después, luego de añadir unos cuentos más entre 2010 y 2011, el número de relatos alcanzó los treinta a los que nos hemos referido. Y treinta son los días del undécimo mes del año, mes en que fue dado a luz el autor y también título de la chispa de ignición que encendió o dio el élan vital al resto de los relatos. De ahí que durante un tiempo, el conjunto se titulara Treinta días para noviembre, ya que la idea del suicidio, luego de un breve período de felicidad, había vuelto después de numerosas decepciones, tanto de sí mismo, al caer en la cuenta de cuán inalcanzable es llegar a ser quien realmente vive en lo más profundo del corazón, como por causa del dolor que provocan la apatía, la desidia y el egotismo de muchos, pero especialmente de quienes se constituyen en gazmoños.

¿Cuentos o anécdotas?

Conocí hace muchos años a un escritor que afirmaba tajante que nada de lo que escribía era reflejo de su propia vida, ni siquiera de sus experiencias. Aquella afirmación me hizo dudar de su sinceridad. ¿Podía lo intangible y etéreo generar letras de manera espontánea, como si fuese la obra creada ajena a la mente de su creador? ¿Y qué hay de la mente que se nutre de imágenes, sonidos, aromas y sensaciones? Por otra parte, hace unos años alguien dijo que en mis poemas y relatos parecía esconderse algo… como si tratara de decir verdades ocultas que, en mi afán por esconderlas, simplemente colocaba a la vista de todos. Se puede decir que todo eso es cierto en alguna medida en cada uno de los relatos de Noviembre y póstumos conexos.

El suicidio y el hastío existencial se expresan desde temprano en Noviembre. De eso no cabe la menor duda. Del lado opuesto de la existencia y de los ojos del observador, es decir, hacia afuera del sujeto, se halla ¡Alguien que me ame! (Una noche en el Centro Histórico). Este relato fue escrito sobre la base de las conversaciones que sostuve con una indigente adicta durante varias noches en el sótano de un edificio de la zona 1 de la ciudad de Guatemala, cerca de la extinta Bodeguita del Centro. Llegaba a buscarla a eso de las diez de la noche y charlábamos hasta cerca del amanecer. Yo salía del sótano a eso de las cinco de la madrugada y ella se quedaba a dormir hasta que, a las ocho de la mañana, la sacaban del lugar. A cambio de aquellas charlas le obsequié jabón, dentífrico, un cepillo de dientes, dinero y comida (incluso cerveza).

En realidad, todos los personajes de Noviembre y póstumos conexos tienen un reflejo correspondiente en el fondo del sentir del autor o en lo profundo de sus visiones y recuerdos. Por ejemplo, la demente que abre y cierra el saco en Fuerte como los brezos se inspiró en el recuerdo de una mujer con la que «conversé» allá por 1989 o 1990 en el parque Morazán (hoy parque Jocotenango), en la zona 2 de la ciudad de Guatemala. De hecho, la palabra que la pordiosera repite una y otra vez cuando se pone nerviosa («hipotenusa») salió de la boca de la mujer de marras, quien también había perdido la razón, a quien le compré una botella de vino en aquella ocasión y a la cual traté de entender, tal como quise hacerlo muchas veces con cierta chica sorda que deambulaba por las calles del Centro Histórico a finales de los años 1980, a la cual solía invitar a cenar en los comedores de la 18a calle, pero a quien jamás he vuelto a ver.

Pobre negro (WP)De aquellos años, y de las noches que pasé vagando por las calles o tratando de dormir en algún parque o en un rincón, incluso en las tarimas vacías de los mercaderes que se instalaron en los años 1990 en los alrededores de la Tipografía Nacional de Guatemala, salieron muchos lugares, muros, habitaciones, esquinas… hasta el color de las paredes de algunos sitios que ahora han cambiado al punto de dejar de ser lo que fueron, muy cerca del Cerrito del Carmen. De estos nacieron palabras y personajes que se incluyen en el relato En las sombras bajo la lluvia, dedicado a una mujer que me salvó la vida cuando impidió que unos asaltantes me golpearan, o quizás me asesinaran, cerca del Calvario una madrugada ya lejana… Y todo por actos espontáneos como obsequiarle una taza de chocolate y un pastel de manzana, y leerle el título de un libro de Rómulo Gallegos que llevaba cierta noche entre las manos y que provocó su risotada, para después dirigirme una triste mirada: Pobre negro. Años después, la que otrora fuese una chica alegre y despreocupada, se sumió en drogas más duras y, finalmente, contrajo el VIH. Alrededor de mediados de la década del 2000, cuando trabajaba para una una editora de periódicos de Guatemala, volví a encontrarla en un comedor de barrio, maltrecha, desdentada, macilenta, dolorida… Poco después, la dueña de una cafetería que entonces se hallaba cerca de la Universidad Popular me dijo que aquella mujer, la que una noche me salvó la vida, había muerto.

Muchos más recuerdos hay en el universo que descansa sobre mis hombros. Pues, como suele decirse, cada cabeza es un kósmos; así que cuando los días sean mucho más fríos quizás hablemos de algunas de esas memorias.

Julio Santizo Coronado

La mujer que lo entendía todo (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseLa última semana de aquel otoño fue todo lo que Mariela necesitó para devorar las ediciones de los periódicos que circularon durante los últimos treinta años en su país. No obstante, mientras más leía más insatisfecha se sentía.

Fue en aquellos días cuando todos quienes la conocían empezaron a pensar que Mariela lo sabía todo. No obstante, ella era consciente de que de la espuria fuente periodística jamás obtendría el conocimiento pleno de todo cuanto sucede en el mundo, ni llegaría a entender a cabalidad el porqué de las cosas. Así que Mariela se decantó por el estudio y la lectura del más banal y superfluo de los oficios de escritorio, y también de cafetería: la filosofía.

Si lo pensamos sin apasionamientos, su método de lectura no era nada excepcional: Mariela «resumía». Había perfeccionado el sistema a lo largo de las excursiones vacacionales en el lago del altiplano a donde solía viajar en busca de refugio para sus pensamientos. Aprovechaba aquellos días para sentarse a la orilla de la playa y pasar página tras página hasta que las estrellas brillaban en el firmamento.

Al llegar a este punto de mi historia ―la cual, me siento obligado a aclarar, no es simple construcción de mi imaginación―, menciono siempre un detalle acerca de los resúmenes de Mariela. Un detalle que quizás a algunos les parezca carente de importancia. Y es aquí cuando casi siempre me interrumpen para decir (o pensar, porque a veces tengo la impresión de saber lo ustedes piensan) lo evidente: escribir resúmenes después de leer un libro no tiene nada de extraordinario.

Eso es cierto para la mayoría de los mortales, y lo sería también para Mariela si no fuera porque ella se entregaba a tal tarea de manera simultánea… «¡Y eso qué!», añadirá alguien más mientras levanta la mano para pedir la palabra desde el fondo de la habitación donde nos encontramos (háganlo, pero no alcen mucho la voz, por favor, porque tengo buen oído). Permítanme explicarles.

Mientras Mariela leía y resumía al mismo tiempo, no había libreta ni lápiz en sus delicadas manos. Ejecutaba el más fatigoso de los trabajos intelectuales ―leer― para al instante olvidar todo lo que hubiese quedado al margen, es decir, «fuera del resumen». Mientras los ojos de Mariela paseaban por encima de las líneas de la página impresa, y en el mismísimo instante en que su prodigiosa mente componía el bosquejo resultante, hacía a un lado todo lo insustancial. Aquellos ojos marrones recorrían las palabras sin pasar por alto una sola letra, aunque todo aquel que la observara pensase que Mariela no leía nada… absolutamente nada.

Ahora estoy seguro de que por lo menos uno de los presentes dirá que lo que he tratado de explicar no es más que un ordinario método mnemotécnico o de lectura rápida. Si embargo, el día que llegué a la misma conclusión, Eugenia, la tía de Mariela, me dijo: «Debo explicarte algo más sobre este asunto, pues esta habilidad no es un acto simple, ni el resultado de un truco ordinario».

Eugenia conocía a su sobrina al dedillo (como ya lo habrán supuesto). En tal virtud, yo no debía siquiera imaginar en aquel momento que la explicación que ella creyó imprescindible, y más que oportuna, tuviera como propósito hacerme sentir mal o demostrar que soy poco inteligente. El interés de la tía Eugenia y la pasión con la cual hablaba de su prodigiosa sobrina no eran sino el consecuente resultado del cariño y la admiración que Mariela despertaba en su corazón y del amor que su tía sentía por ella.

Cada vez que la tía Eugenia repetía la historia que ahora trato de recordar, no podía menos que maravillarse y amar aún más a aquella magnífica rareza que era Mariela en un mundo donde todos se convencían y se dejaban convencer de que para asirse del poder y aprehender el verdadero conocimiento se debe obtener la máxima cantidad de información que se tenga al alcance de la mano… o de los ojos… o del oído.

Eugenia me explicó largo y tendido, junto a infinitas tazas de té con leche e incontables galletas de chocolate, que cuando Mariela leía y hacía a un lado lo que carecía de importancia ―lamento mucho aburrir con mi insistencia a quienes ahora veo bostezar―, leía cada oración, cada palabra y cada letra sin pasar por alto ni siquiera una ínfima coma.

Mariela había sido dotada de un cerebro similar en cierta manera a las extremidades de algunos anfibios que, luego de ser amputadas, se regeneran. Mariela era una salamandra cerebral. A pesar de que con cada nuevo pensamiento Mariela perdía literalmente porciones de masa encefálica, pérdida que se aceleraba durante el proceso ya descrito, su mente desechaba el extracto residual durante un período de limpieza… porque olvidé añadir algo muy importante ―y sírvanse excusarme de nuevo, por favor, pues tiendo a pasar por alto los datos que suelen echarse en falta cuando deseo comprender el todo de las cosas―: Eugenia me dijo aquella tarde de té con leche y galletas que hasta el más nimio de sus resúmenes permanecía en la cabeza de Mariela por un breve período de tiempo. Pero cuando el sujeto de nuestra admiración leía acerca de cualquier otro tema que despertara su atención, las conexiones neuronales y, por consiguiente, sus pensamientos, se borraban con la misma facilidad con la que habían llegado a la existencia, y con tal borradura se perdían porciones encefálicas. Y, no obstante, Mariela continuaba con vida y haciendo lo que más disfrutaba: leer.

Así que Mariela era, a su propia y extraña manera, todo lo opuesto al memorioso Funes que Jorge Luis Borges inmortalizó en su verídico relato disfrazado de falaz cuento. Dicho esto, es imprescindible añadir a mi farragosa relación que Mariela era incapaz de recordar definiciones. De tal suerte que, si pusiese por escrito esta historia, bien podría titularse Mariela la desmemoriada. Sin embargo, como más adelante demostraré, este título no sería el más adecuado. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba convencido de que Mariela lo sabía todo.

Aquella señora que escucha junto al pasillo izquierdo de la sala, y que ha saltado dos centímetros por encima de su butaca en un acto de incomprensible levitación, se preguntará de qué manera podía Mariela saberlo todo si, al fin de cuentas, acababa por olvidar todo cuanto leía. ¡Ah! Ese es el punto toral y la razón por la que me embarqué en la empresa de dar a conocer a la historia real de Mariela. Así que, por favor, señora mía, no desespere, trataré de responderles a usted y a todos los presentes, y haré un gran esfuerzo por no omitir detalle alguno de lo que la tía Eugenia me dijo ―creo haber explicado antes que tengo muy mala memoria―. Aquí es donde quienes no abstraen la metafísica de los asuntos se extravían en un laberinto de aparentes incongruencias.

Creo haber dejado bien claro ―a menos que me esté volviendo mucho más olvidadizo que hace unos cuantos años, o minutos, o segundos, y además menos diestro en el oficio de narrar historias e hilar tramas, aunque en realidad nunca he sido muy bueno en este oficio― que el cerebro de Mariela se degradaba, por decirlo de alguna manera, con cada una de aquellas kilométricas sesiones intelectuales.

Cuando las neuronas que se habían conectado para crear un resumen se apagaban para siempre, el espacio vacío resultante se transmutaba en algo más, en algo diferente y que se me hace difícil definir o dibujar con imágenes literarias o científicas, y mucho menos reducir a sencillos y comunes términos. Recuerden: el cerebro de Mariela, aunque desaparecía como las extremidades de las salamandras, se regeneraba paulatinamente, y, no obstante, no volvía a ser la materia gris (y la materia blanca) de la que tanto nos hablaban nuestros maestros en la escuela y por cuyo mantenimiento y buen funcionamiento nuestras madres nos obligaban a comer alimentos abundantes en fósforo, como el pescado que tanto me gusta… Pero empiezo a divagar.

Durante aquella paulatina regeneración y transformación, el cerebro de Mariela desarrollaba una sustancia ajena a las típicas células que conocemos como neuronas y que hacen de nosotros lo que somos, o quisiéramos ser: humanos.

Como ya habrán concluido los presentes, si es que me han seguido con atención y han puesto en marcha ese maravilloso enlace de enunciados mentales que solemos llamar lógica, Mariela no fue ajena a la composición natural del asiento de la mente el día en que su madre la dio a luz. No obstante, debido al proceso que he querido explicar con todos los detalles que ahora recuerdo, porque empiezo a olvidar, ese inefable algo en el que su materia gris se transformaba le permitía almacenar imágenes puras, simples, en la forma más primitiva de los conceptos; libres, empero, de toda definición o enunciado alguno, y, por tanto, de conectivos lógicos.

Aunque al comenzar a narrar la historia de Mariela pude haber causado en ustedes la engañosa impresión de desear llevarlos de la mano y situarlos delante de la maravillosa visión de un resultado por demás espectacular, la verdad es que la consecuencia ineludible de todo lo dicho y sucedido fue que Mariela perdiera el habla y, por consiguiente, la habilidad de descifrar las representaciones fonológicas de la manera en que los prójimos normales solemos hacerlo.

En efecto, en cierto momento de su vida, Mariela fue incapaz de decodificar los signos de la escritura que desde nuestra infancia llamamos letras. Le resultaba imposible relacionar los símbolos con un sonido particular, ni era capaz de enunciar. Era evidente ahora que, con el tiempo, la agrafía[1] se apoderaría de Mariela.

Fue así como Mariela dejó de leer en su lengua materna, el español, y ascendió un peldaño en la escala de la lectura: ahora sentía lo que veía sobre el papel, lo que posibilitó que pudiese «leer» desde entonces en cerca de dos mil trescientos idiomas, quizás unos más, tal vez unos menos.

A nadie dejó boquiabierto lo que Mariela llegó a saber en alguna remota época de su existencia, pues lo verdaderamente inusual era su comprensión de las cosas. Hoy, al repetir esta historia por enésima vez, quizás la última (porque estoy a punto de olvidarla), delante de todos los que quisieron honrar a Mariela con este póstumo y sencillo acto, me doy cuenta de que debería titularla, en caso de que se ponga por escrito alguna vez, La mujer que lo entendía todo.

Pero no pongan esa cara de tristeza, ya que no he terminado aún. Permítaseme continuar, porque ninguna historia es buena si no tiene un final, sin importar que este sea brillante, aciago o una simple tontería.

Cierto día de finales de primavera, poco antes de que se borraran las facultades de Mariela ―espero que no hayan olvidado a cuáles me refiero, pues de lo contrario será inútil continuar―, tomó la decisión más importante de su solitaria existencia. Al darse cuenta de que era insoslayable el fin y de que las consecuencias de aquel inusual don que a la larga se había transformado en fuente de desasosiego eran inevitables, llegó a la ineludible conclusión de que era imprescindible buscar quién cuidase de ella y la protegiera cuando amaneciera el día en que, incapaz de comunicarse con sus semejantes, no pudiera valerse por sí misma. Así que vendió su herencia, lo que incluía una casa y algunos muebles, y con la plata que obtuvo compró todas las novelas y libros de cuentos que halló en las librerías de viejo (o de lance, como las llaman allende las tierras que vieron nacer a la fabulosa Mariela).

Aquellos últimos días fueron hermosos, luminosos. Mariela se entregó a la lectura de novelas, cuentos y relatos breves, pues ni los diarios, ni la filosofía, ni los textos académicos, científicos o teologales que pretendían explicar su mundo satisficieron su ansia de conocer y entender la verdad de todas las cosas.

La tía Eugenia la alojó en una piecita situada al fondo de su casa y fue allí donde Mariela se dedicó a hacer sus últimos resúmenes y a vivir aquella autoencefalofagia que transformaba el asiento de su mente en un espacio de imágenes puras, simples, cada vez más primitivas. Llegó a ocupar un sitio en su mente el amarillo; otro, el ave… Pero estos nunca volvieron a fusionarse para darle forman a la imagen del canario que cantaba en la casa del vecino. Hacerlo habría significado retroceder y dejar de entender el mundo, un universo que ahora consistía en miles de millones de conceptos esparcidos aleatoriamente, sin que un solo enunciado saliera de sus silenciosos labios o se encadenara en su increíble mente, cuyo asiento era ahora aquella nueva, rara e inefable sustancia en la que el cerebro con el cual había nacido se había transformado.

Cuando la facultad del habla la abandonó, Mariela dejó de escucharse a sí misma con su voz interna. Las palabras dentro de su cabeza desaparecieron. Quedaron libres, flotando en aquel espacio de materia oscura, donde el cosmos se coligaba con sutileza. Los conceptos puros, carentes de definiciones, y la designación de las cosas llegaron a ser un mero recuerdo del más remoto pasado de aquella inusual mujer.

No obstante, aunque su mirada y su presencia no dieran visos de que algo ocurría allí dentro, la pureza de los conceptos que su cerebro aún almacenaba dio como resultado que en un insólito despertar que se confundía con la catatonia más inverosímil, Mariela fuese capaz de inferir todas las verdades y, por lo tanto, de no necesitar darle explicaciones a nadie. El lenguaje sobraba, el todo estaba en su mente, una mente llena de lo inexplicable, de todo lo que solo es posible sentir.

Cuando llego como solitario buque al puerto del epítome de mi relato (pues en este punto suelen haber abandonado la sala quienes me escuchaban con atención al principio), todos se preguntan qué fue de Mariela. Debo admitir con franqueza que lo ignoro.

Se opina que ciertos científicos la convirtieron en objeto de estudio y concluyeron que se había sumido en un sueño interminable. Se cree que infinidad de personas la buscaron por un largo espacio de tiempo, con la esperanza de que en ella encontrarían las respuestas a todas las preguntas y la solución de todos los misterios de la vida.

Pero era inútil. Nadie obtuvo nada a cambio de sus preguntas ni de sus ruegos, y Mariela, silenciosa, era insobornable e incorruptible, ya que he mencionado mucho antes ―¿lo hice?― que poco después de que Mariela hiciese su último resumen dejó de comunicarse y se apagó como una vela que se agota en una habitación oscura. Con el transcurso del tiempo, y luego de prolongado silencio, todos perdieron el interés en Mariela, quien no hablaba, no escribía, era un guijarro solitario entre los miles de millones que se encuentran dispersos sobre la playa. Era inútil dirigirle la palabra.

Quienes peregrinaban desde el otro lado del océano, impulsados por la leyenda de Mariela, acababan desilusionados. Sus mentes holgazanas jamás volvieron a saber nunca más de la supuesta fuente de soluciones a todos los problemas. No les quedaba otro remedio: aprenderlo todo por cuenta propia, porque Mariela nunca podría revelarles el secreto del conocimiento, que en realidad no consistía en saber todas las cosas, sino en entenderlas y ser capaz de sentir el silencioso sonido del inmenso universo.

Julio Santizo Coronado 

[1] Condición de ágrafo. Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito a causa de lesión o trastorno cerebral.

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

La letanía (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseLos noticiarios y el único medio escrito que publicó la noticia aseguraban que los hechos habían ocurrido de la manera en que en esta ciudad parecen suceder todas las cosas. La necesidad de decir la verdad me impele a contradecirlos.

Cierto diario sensacionalista informó que la mujer con quien me encontraba a menudo camino al trabajo era una jovencita menudita. Sin embargo, la última vez que se sentó a mi lado en el autobús me pareció, más bien, de abundantes carnes y de edad madura. Queda claro que eso es posible ―porque así lo es todo, aunque las probabilidades sean variables― que la memoria me falle y que al fin de cuentas no fuese sino una más de tantas mujeres de rasgos ordinarios, de las que se confunden entre la muchedumbre, y que la razón por la cual recuerdo su apariencia de manera tan distinta se deba a un esfuerzo inconsciente por olvidar la última imagen que de ella quedó en mis neuronas.

Desde el primer día en que la vi, cuando nos encontramos en uno de esos gigantescos y cómodos autobuses que fabrican en Brasil, me di cuenta de que repetía en su cabeza una letanía. No afirmo esto porque susurrara palabra alguna, ni porque yo sea capaz de leer los pensamientos, aunque algunas personas opinen lo contrario cuando las veo con fijeza. Sin embargo, sus dedos la delataban, ya que los movía como si hiciera pasar entre ellos decenas de cuentas invisibles.

Aunque yo tomaba el autobús todas las mañanas en la estación central y ella lo hacía siempre unas cuadras más adelante, se sentaba invariablemente junto a mí todos los días… bueno, en realidad solo cuando la coincidencia ―esa cosa intangible que hace que quienes van de acá para allá por las calles incidan uno en la vida del otro en el mismo lugar en algún momento― nos «obligaba» a encontrarnos.

Mientras ella repasaba mentalmente la letanía de cada día, los abalorios invisibles se dibujaban en mi cabeza, unos días eran blancos; otros, del color de la madera; a veces, marmóreos, y mucho más claros que en los días aciagos en ciertas ocasiones. Quizás iba en búsqueda de una sarta que le diese mejores resultados, tal vez el color de las cuentas armonizaba con su humor o el tiempo del día.

Aquella mañana de las primeras lluvias del trópico, ella se acomodó en un asiento de la fila izquierda junto al pasillo, como siempre lo hacía. Yo estaba al lado de la ventanilla, pero para variar ese día, una fila detrás de ella. En ese momento, noté la manera en que su nerviosa mirada se posaba en uno y otro extremo del autobús al mismo tiempo que hacía pasar las cuentas imaginarias una a una entre sus manos, ora muy rápido, ora lentamente; pero, luego de una prolongada repetición, pausaba como si tratase de recordar la letanía que, a fuerza de tanto repetir, se transformaba en paradójico olvido.

Desde atrás la observaba un hombre sentado junto al pasillo en la fila derecha. Este le sonreía cada vez que ella, como musaraña nerviosa, enfocaba sus ojos avellanados en aquel hombre que le dedicaba una dulce mirada. Las cuentas imaginarias empezaron a pasar mucho más rápido, una tras otra, como las de un japa mala[1] o un masbaha[2]. Yo volteaba a verlos alternativamente, como si presenciara un partido de tenis. Ella llevaba la cuenta mientras la letanía se repetía una y otra vez en su cabeza y en mis pensamientos.

La frenética repetición casi podía escucharse: sus palabras eran las de una desesperada, sonaban como el eco… en aquel bus, en mi imaginación, y en la mente de aquella pobre mujer a quien acosaba el hombre misterioso que solo parecía querer ser amable con ella y aliviar su dolor, su paranoia, su miedo, su terror, su desconfianza…

Sus ojos, enormes platos de porcelana, obligaron a sus labios a hacer una mueca que reconocí inmediatamente, pues ya la había visto antes en una mujer con esquizofrenia.

Llegamos a la última estación, justo antes de que el bus reiniciara su recorrido en dirección norte, un camino que comenzaba y comenzaba sin nunca hallar final, como la letanía de la infeliz mujer. No se había detenido el autobús cuando ella ya estaba plantada delante de las puertas que se abrieron al instante. El hombre de la amable sonrisa caminó detrás de ella, metió la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta de lona, volvió a sacar la mano y fue entonces cuando se escuchó un sonido seco, sordo, el sonido del gris más oscuro…

La mujer cayó de bruces para sembrar el rostro en la fría losa de concreto de la parada del autobús. La sangre empezó a brotar. Fue entonces cuando noté que sus labios parecían moverse, como si la letanía luchara por salir de su mente para ser arrojada en un inmenso grito, como si todas las palabras del mundo se hubieran agolpado en su boca, y entonces expiró.

En ese momento, ante la estupefacción de los pasajeros, quienes sin entender lo que sucedía no emprendían la huida, sino que permanecían en una espeluznante catatonia, él se acercó a la mujer y le dijo al oído: «De ahora en adelante, cariño, no tendrás más miedo; escuché tus rezos e hice lo que querías: acabé con tu sufrimiento. Ahora eres feliz».

Dos policías que custodiaban la estación del autobús corrieron a su encuentro, lo desarmaron y, cogiéndolo con violencia de ambos brazos, lo obligaron a entrar en una patrulla al tiempo que el misterioso hombre repetía una y otra vez, sin dejar de sonreír, una letanía. Me acerqué al cadáver de la mujer tratando de que nadie me viera, recogí las imaginarias cuentas ensangrentadas y corrí calle arriba sin detenerme.

Julio Santizo Coronado

La versión original de este relato fue escrita el 6 de junio de 2011, aniversario del día D (6 de junio de 1944), cuando miles de soldados repitieron centenares de letanías en Normandía, Francia.

[1] Sarta de 108 cuentas esféricas empleada en el budismo, el hinduismo y el sijismo para recitar mantras o mencionar repetidas veces los nombres de un dios, a semejanza del rezo del rosario del catolicismo romano.

[2] Sarta de 33 a 99 cuentas que se emplea en el islam para repetir los diferentes atributos o ‘nombres’ del dios que veneran los musulmanes (Alá, de la voz árabe Allajuh, que se traduce literalmente con el título ‘Dios’), a semejanza del rezo del rosario del catolicismo romano.

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

A mí, ¡jamás! (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseSe estremeció por primera vez. Le habían advertido que las cosas se podían poner muy feas, pero siempre creyó que las cosas malas les suceden a los demás, nunca a ella.

Rodrigo le había dicho una y otra vez que lo que las maestras religiosas del colegio le enseñaban no se parecía en nada con la realidad de afuera. «Nuestra madre siempre te cuidará», le decían con un dejo de fingimiento, con la voz santurrona que a Rodrigo le crispaba los nervios. Sin embargo, para entonces a ella ya se le había llenado la cabeza de pajaritos.

«A mí, ¡jamás!», dijo tajante, como si fuese una elegida o especialmente favorecida y merecedora de una gracia tan especial que aunque ni siquiera el fiel Job se había librado del más repugnante de los diviesos, ella gozaba de una dispensa especial y de la protección divina.

Aquel fin de semana, aquellos insistentes desconocidos la convencieron con melosidad. Cedió y aceptó la invitación con la promesa de que pasaría un buen rato. No le importó mucho no saber quiénes eran aquellos hombres cuyos rostros ya no podía recordar. Y aunque seguía pensando en Rodrigo mientras el suelo debajo de sus espaldas parecía moverse, no terminaba de entender qué había sucedido.

«A mí, ¡jamás!», se decía a sí misma y, a pesar de lo sucedido, seguía insistiendo en la imposibilidad de que la realidad fuese tan contraria a lo que sor Inés le había asegurado que sería, y pensó: «Sor Inés jamás me habría mentido». Rodrigo no dejaba de amonestarla, de prevenirla y de ponerla sobre aviso de la estulticia de quienes movían montañas con mojigatería.

No obstante, a pesar de las advertencias, aceptó la invitación.

La tarde se transformó en un enredo de palabras, de insinuaciones, de humo de cigarrillos y de otras cosas que nunca podrían hacerle ningún daño, porque sor Inés decía lo que siempre decía.

La sirena ululaba; no entendía por qué le costaba tanto respirar. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más que un cielo lechoso. El aire que exhalaba volvía a su rostro como el vaho de una olla en la que se cuece el cadáver de un animal. Entonces recordó que todos habían empezado a gritar y que en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo se le había entumecido. El suelo se movía debajo de ella. Estaba tendida y solo podía ver hacia el cielo de leche desde el cual descendía el calor de su propio aliento.

«Ya está muerta, es imposible que esté viva». Era extraño que nadie hablara de ella y que ninguno le dirigiera la palabra. Estaba acostumbrada a ser la más popular, siempre ella, solamente ella. Las palabras de Rodrigo seguían retumbando en sus recuerdos. «¡Qué sabe ese tonto! No sabe nada de nada». Recordó el día cuando les dio la espalda a las palabras de su amigo, ese tonto que no sabía nada de nada, porque a él le había ocurrido todo lo malo que sor Inés había jurado que no le pasaría nunca a ella; así que seguramente Rodrigo había hecho algo muy malo y se merecía todo aquel sufrimiento…

… pero el cielo seguía siendo de un enorme blanco sin azul. Los oídos le zumbaban. «Atiendan a la otra, olvídense de esta».

Sintió que cuatro manos la cogían con fuerza, la levantaban y la arrojaban de nuevo hacia abajo sin miramientos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Y poco a poco, el aire se enfrió y el cielo lechoso se puso más y más oscuro hasta que ya no se oyó nada más que el eco de las suelas de muchos zapatos dando contra el suelo en un enorme corredor vacío. El zumbido fue en aumento hasta que cesó por completo el ajetreo. Las cosas se habían puesto verdaderamente feas, pero a ella no le había dado miedo, porque sor Inés siempre decía que a ella nunca le ocurriría nada malo. Esas cosas solo les pasan a los demás, a ella, ¡jamás!

Oyó llorar a Matilde y le dieron ganas de reír. Matilde era una llorona, chillaba por todo y se quejaba de todo. Matilde no quería acompañarla aquella tarde, pero ella sabía que, aunque las cosas se complicaran, a ella no le podía suceder nada malo porque sor Inés siempre repetía… lo mismo… «¡Dejá de llorar, Matilde!».

Los hombres daban voces de nuevo y se llamaban unos a otros de un lado al otro de la habitación. El cielo que pendía sobre su cabeza era ahora más luminoso. Se incorporó al instante, arrojó a un lado la sábana blanca que le cubría el rostro y maldijo a sor Inés con todas las repugnantes sandeces que había aprendido de sus compañeras de colegio…

… todos enmudecieron al oír el grito de terror de la mujer a la que creían muerta cuando esta vio la imagen de su cabeza en el espejo que había delante de ella: una bala de nueve milímetros le había arrancado el hueso desde la parte superior de la frente hasta la base del cráneo, la tercera parte del cerebro había desaparecido, pero seguía viva y consciente. Matilde chillaba como un gato, llena de pánico, y gritaba histérica mientras su amiga, presa del miedo que esa última tarde conoció por primera vez, dejaba de respirar y caía de espaldas sobre la losa de cemento al tiempo que pensaba: «A mí, ¡jamás!».

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.