Títulos del sello Loqueleo, de Santillana Infantil y Juvenil (2018-2019)

cropped-white-roseEstán disponibles los nuevos títulos de la colección de literatura para niños y jóvenes de Santillana (sello Loqueleo) en Guatemala, El Salvador y Honduras. Diez libros se han agregado a la colección Loqueleo en 2018-2019:

El libro de todos los miedos, de Alejandra Osorio; La caja de los sueños, de Paulina Losher; Nina No, de Antonio González; Nunca intentes hacer esto en casa, de Antonio González; El Club del Frijol, de Marcela Castañeda; La historia según Rafa, de Diego Ventura; El Rey Cangrejo, de José García Escobar; Detrás de la cortina, de Jessica Masaya Portocarrero; Basilio y los lactonautas, de Julio Calvo Drago, y El canario y la rosa, de Julio Santizo Coronado.

Nos gustaría resaltar dos de estos títulos: Detrás de la cortina y Basilio y los lactonautas.

El primero, una novela corta (128 páginas) de la escritora guatemalteca Jessica Masaya Portocarrero, ilustrado por Alfonzo Lozano, aborda con maestría y tacto un tema espinoso cada vez más evidente en las noticias: el abuso infantil. No lo presenta con morbo, pues basta ya con las terribles consecuencias y las abominables historias que se escuchan a diario en los medios de todo el mundo como para añadir más sordidez al asunto. Con delicadeza, y valiéndose de una simbología sutil, la autora defiende los derechos de los niños y en forma clara, sencilla y natural les muestra a los menores cómo enfrentarse a los abusadores a fin de defender su dignidad. Es, además, un llamado a los padres que, sumidos en la rutina, quizás estén descuidando su más valioso tesoro: sus propios hijos.

El catálogo de Santillana resume: «A veces, los adultos no tienen tiempo para ocuparse de las cosas importantes, pero los niños listos como Cari se las arreglan para ir al fondo del enigma. La vida de Cari ha cambiado en poco tiempo y ahora todo es nuevo: una nueva casa donde viven más personas, nuevos amigos y un nuevo colegio por descubrir. Entretanto, algo extraño se asoma detrás de la cortina y Cari se pregunta si es real o si es producto de su imaginación. Cari deberá enfrentarse a un monstruo que amenaza su felicidad y quizá la de otros niños. Pero no está sola, pues cuenta con la ayuda de seres que la aman de verdad. Con su ayuda, vencer al monstruo puede ser tan sencillo como gritar con todas sus fuerzas».

El segundo libro cuya lectura nos ha impresionado es la novela Basilio y los lactonautas, para mayores de 12 años (144 páginas), del guatemalteco Julio Calvo Drago, quien nos sorprende cada año.

El catálogo de Santillana resume: «Todo era tranquilidad y armonía en el yogur sideral, en el próspero universo de las Culturas Unidas, hasta el día en que los tripulantes de la nave Alfa Láctica, los llamados lactonautas, recibieron una insólita señal de auxilio proveniente de un punto muy lejano, probablemente de un universo paralelo al yogur. Es así como los lactonautas y su líder, el capitán Basilio, parten en busca del origen de la señal y descubren que la existencia del yogur mismo está en juego. ¿Podrán Basilio y los lactonautas detener la obliteración de su microuniverso y salvar a las culturas? Alien, Arrival y Matrix se dan la mano en esta aventura de proporciones épicas sobre unos héroes de proporciones microscópicas».

Julio Calvo Drago también ha escrito La chica que mandaba a los hombres por un tubo, Más intrincado que un laberinto y Crónicas de Jet Aster, disponibles también en la colección Loqueleo, de Santillana Infantil y Juvenil.

En 2017 y 2018 se añadieron a la colección Loqueleo dos libros para niños de 8 y 10 años untitledde edad: El árbol que quiso volar como los pájaros, relato que ha sido calificado por algunos como una fábula debido a sus untitledpersonajes y a la manera en que concluye su argumento, relativo a la consecución de la felicidad, y, además, El canario y la rosa, que aborda los temas de la autoestima y la valentía mediante el relato de una vida narrada con suma brevedad. Ambos libros se han clasificado dentro de la sección Amor, autoestima y sabiduría en el catálogo de Santillana, junto a títulos como En la cabeza de Laura, de Marvin Monzón, quien también es autor de Quince días de espera y Las musarañas.

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Le decían Machete (2010, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-rose¡Ay, Dios mío, se me fue mi compañero…! Él era afilador… Ya no tengo a nadie. No tengo a nadie… ¡Ay, Dios mío! (El hedor a alcohol barato que salía de aquella mujer se esparcía en el aire). Hace ocho días que se me murió mi marido. Y ahora no sé qué voy a hacer… Me van a sacar del cuarto, porque él me ayudaba. (Su acento pastoso impregnaba el habla torpe y lenta del galimatías que brotaba de su lengua lechosa). Se me murió. Hace nueve días que se murió… Me lo envenenaron, él era afilador… Con ese hombre tuve ocho hijos, you know… Porque yo viví en los Estados. ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué…? Se me fue mi marido… Se me fue, y hoy es primero de noviembre, y no lo fui a ver, y no me va a perdonar… Porque, mirá, yo estoy aquí. (La mano se alzaba y se extendía como quien se empinaba el cuto). Why? Yo viví en los Estados… ¡Ay, Dios mío! Se me fue… Y mis hijos, ¡nada! Nadie se acuerda de mí, mirá estos huesos, mirá… ¿ves? Me lo mataron en Mixco… Me lo mataron. Yo tengo la ciudadanía, y ahora me voy a ir a los Estados, you know… Él era afilador, pero le dieron un tamal. Yo lo acompañaba a todos lados, pero ahora, mirá, estoy aquí y no me he tomado el octavo que me regalaste. Come on, come on… Tengo cinco hijos en los Estados y tres aquí. (Las risas de los ebrios se mezclaban con el olor a mugre y aliento alcohólico). ¡Ay, Dios mío! Le dieron un tamal… y se lo comió, pero estaba envenenado… Le dieron un tamal envenenado allá. Hace diez días que se me murió mi esposo, por eso estoy así. Le dieron un tamal, y él se lo comió, y vieras cómo se lo comió, ¡con ganas…! Y empezó a caminar conmigo, porque él era afilador, afilaba machetes y todas esas ondas. Y me decía: «Agh, agh, agh…». Se me murió en los brazos. Yo lo llevaba al hospital, pero no pude llegar… Hace ocho días que se me murió mi marido, hace diez días… Y mañana son nueve días… Y hoy es primero de noviembre y mirá, mirá donde estoy. (Todos volvían a ver hacia el árbol de la esquina y alzaban la mano sobre la frente haciendo el saludo militar). Y ahora voy a tener que salir del cuarto, porque ya no tengo esposo, y no va a tener su novenario, porque mirá, aquí estoy yo, pero no me he tomado el octavo que me regalaste. ¡Ay, Dios mío! Andábamos por allá, por la Antigua, y se encontró un tamal, y tenía hambre y se lo comió, vieras con qué ganas se lo comió… Él era afilador, por eso le decían… En Mixco… Se lo comió en Mixco, y me lo envenenaron. (Él se subía los pantalones que le quedaban flojos mientras las ganas de orinar lo obligaban a ver hacia el árbol de la esquina). Y ahora, ¡ah! Ahora… ya no sé qué hacer, por eso estoy así… ¡Ja! Me lo envenenaron, me lo mataron. (Las lágrimas empezaban a caer hacia el sucio asfalto de la calle por la que caminó con su afilador). Él era afilador de machetes, por eso le decían… así le decían. (Él volvía a ver hacia la izquierda y hacia la derecha y se tocaba la frente y se ponía la mano en el mentón mientras le decía adiós a la plañidera). A mi viejo me lo envenenaron, con un tamal, allá en la Antigua… en Mixco, y era afilador, y por eso le decían Machete.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan, mecidos por el viento del tiempo.

¡Alguien que me ame! [Una noche en el Centro Histórico] (2003, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseA la memoria de Silvia, esté donde esté

ya no aguanto el dolor de la vesícula eso dijo la doctora que era que me tienen que operar la doctora dijo eso eso mismo y si no es la vesícula si es el hígado pero el doctor dijo que están juntitos y no encuentro esa babosada dónde está ya vienen otra vez los policías pero me vale nunca dicen nada qué será de mis hijos los hijos se olvidan de uno y ellos no me quieren por eso mejor me olvidé de mi madre porque mi madre jamás me dio cariño y no me creía siempre me echó la culpa de que mi marido me pegara en la cara y ahora le doy asco no quiero quedarme dormida ay no no quiero porque se pueden llevar mis cosas no me quiero quedar dormida no dormida no ni ir a un centro de rehabilitación yo no necesito eso lo que quiero es que me digan que me quieren lo que necesito es cariño de verdad que me abracen no encuentro esa babosada de encendedor y si lo perdí y ya solo tengo miguitas de piedra y no quiero periquear ay no no quiero ir a pedir pisto me duele mucho ya no puedo caminar y qué hace este papel aquí ve pues aquí está lo que me escribió Martín tenía un violín con una sola cuerda solo Martín me quería me regalaba cosas y escribía tan bonito Martín y su madre le decía que él sí tenía madre y su madre era buena y Martín era muy bueno y escribía cosas bonitas y por eso andaba caminando por las calles de noche para poder escribir cosas como esta ay qué triste lo que escribía Martín venís y vas por la calle / oscura la mirada / el ceño fruncido y tu corazón agitado / no ves a los costados / porque no hay peligro cercano / la madrugada te ha encerrado / en celada de oscuridad / donde se resguarda tu soledad / y soñás con ser libre / ganarte un peso de verdad / que te llene la barriga / o te haga sentirte protegida / y de repente en la otra esquina / alguien te mira con inquina / y vos sabés que no hay salida / que esta calle verá tu debut / y también tu despedida / que es pura cuestión de tiempo / de quién de cómo de dónde / si dolerá mucho si te defenderás / del brazo fuerte que se alce rudo / en enero quizás / quizás en una noche fría / quedarás acaso tendida / en un charco de sangre / tratarás de cerrar con tu mano la herida / y vos unida a un cuerpo inerte / que no tendrá más suerte / que una losa dura / una camilla / y un barreno quizás / quizás también una cuchilla / y abrirán tu cuerpo y sacarán / el trozo de plomo de tu carne marchita / ya conocés el cómo / estás segura de que esta calle es el dónde / y pensás como hoy que cada día / cada noche cálida o fría / puede ser el cuándo / pero quién / te preguntás a cada instante / cuando un automóvil cualquiera vira / por la esquina de siempre / pero no sabés si el tipo que conduce / hoy se metió demasiada cocaína / quizá sea aquel este o el otro / una nunca sabe pensás / entonces temblás y te cubrís el pecho / podría ser ese hombre al que llamás mi novio / y yo que te veo pasar cada atardecer / por la misma esquina / no me pregunto quién cuándo / ni siquiera cómo / solo al viento helado / y a las tinieblas interrogo / y les pregunto con un poco de pena / porque no quiero parecer un tonto / por qué por qué / por qué no te vas / acaso nadie te espera / está tu cama vacía / es tan grande tu pena / venís y vas y volvés por la misma acera / no importa lo que yo crea / este ha sido tu refugio / y quizás hoy no habrá para vos una escalera / un cuarto un beso / una dulce mirada una palabra sincera / por qué por qué / porque para todos no sos más que una ramera ay sí cómo escribía de bonito Martín tenía un violín con una sola cuerda y su madre le decía toca el violín Martín Martín me conoció cuando todavía estaba bonita y el pobre Martín se equivocó él creía que me iba a morir cuando andaba de peperecha pero estoy viva y ahora doy asco y ahora les doy a todos todos miedo miedo les doy nadie me quiere ni ver porque apesto pero estoy viva y para qué estoy viva ya para qué quiero así la vida ay cómo me duele ay y si me pongo de lado tal vez no me duela tanto ya no quiero que me duela ya no quiero subir a las camionetas a que me humillen y meter la gran casaca ah la gran cómo me duele el estómago ay Dios que se me quite que ya no me duela y no llego ni a media piedra y estoy toda cecereque toda temblereque gurrú gurrú me hace el pecho me da miedo el doctor dijo que la otra doctora me quiere operar que con pocos reales se puede y vos patoja de dónde sos preguntó el hombre cuando me oyó hablar y yo pensé qué raro se oye que no me diga chavala no encuentro esa babosada dónde está el encendedor aquí está esa pendejada ya me estaba arrechando ay me voy a sentar ay cómo duele ay ya no quiero que me duela a ver si me alcanza con estas miguitas de piedra y no me alcanzan las fichas para ir a comprar más para ya no sentir nada nada quiero sentir ya me quemé los dedos ya me quemé los labios ya mis hijos me olvidaron pero no voy a llorar esas son puras pendejadas porque al fin la vieja me echó y ya no me quiere en la casa porque dice que fui peperecha ya se acabó y la mera verdad es que me quiero morir me quiero morir cómo duele y si me abren en el hospital y cuando me saquen de allí quién me va a ayudar si no tengo a nadie que me quiera quién quién me va a ayudar si ni zurrar puedo sola y voy a morirme aquí en la calle toda sucia cómo está de sucia la calle cómo está de sucia sucia me dicen porque me tienen asco a todos les doy asco y ni cuio van a hacer cuando me muera cuando me muera muero por los ojos por los oídos por la boca por la nariz por todos lados ay mis hijos que me dejaron sucia y olvidada la calle está sucia y sucia estoy y huelo mal la calle huele mal apesta la basura y yo apesto más que todo lo demás en este mundo quisiera comer sin que me doliera el estómago dónde está el pan que me regalaron dónde está el pan dónde está la vesícula me dijo la doctora o era doctor o qué era o qué me dijo no escucho quién me habla quién sos vos me zumban los oídos y todo me da vueltas en este país jodido qué me queda quién sos si yo no tengo dinero cómo duele qué te pasa qué querés conmigo y no puedo hablar ya no puedo hablar porque estoy olvidada en este rincón en este sótano en este hoyo (quitale el pisto, está drogada) y no quiero más piedra ya no quiero fumar piedra lo que quiero es que mi madre me quiera y no terminar sola (metele una patada a esa mula) ay no allí no en el hígado no porque tengo mala la vesícula dijo la doctora (ya la hiciste escupir sangre) quiero que me quieran quiero que un hombre guapo me ame como antes como cuando era muy bella (ya te la echaste vos, mejor vámonos a la droga, quitale las chivas, solo cinco varas carga) que me ame que me quiera que me limpie que me bañe que no me duela que no me peguen que ya no hieda, que no me pegue ya no… no… no me peguen no… que no sangre… que no me muera… (que se muera la pendeja) que no me muera… aunque sea así como estoy medio muerta que viva un día más para ver a mis hijos y que un hombre bueno me ame y que de verdad me quiera

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan, mecidos por el viento del tiempo.

«Palabras del agua y de la mar», de Julio Santizo Coronado

cropped-white-rosePalabras del agua y de la mar reúne meditaciones y versos libres escritos principalmente en 2011 y 2012. No obstante, hay en él trabajos más antiguos: Escribir, publicado en Diario El Gráfico, de Guatemala, en 1993; o Versos arrancados de la inocencia truncada, de 1985. Este último volvió a las manos del autor, quien nació en 1965, treinta años después de dejarlo marchar junto con algunas cartas y fotografías que una amiga de la juventud conservó todo ese tiempo. Habrá de escribir el lector los versos que a propósito han sido tachados y olvidados por el autor.

El poeta guatemalteco Paolo Guinea prologó la versión original del conjunto, que llamó gentilmente «un manual lleno de fulgor». No pretendió nunca el autor que este fuese un manual de vida. A menudo se sintió tentado a quemar estos papeles. Sin embargo, al contrario de la opinión de quienes transitan en el sentido común de la vida, vio en ellos que sí es posible cambiar y ser feliz a pesar de las acres experiencias del pasado y de las amarguras que trae consigo la vida que nosotros mismos nos labramos.

Nadie está condenado a repetir los errores ni a sumirse en la apatía que causa la desilusión, ni siquiera cuando el desequilibrio anímico crónico le robe la alegría de vivir de cuando en cuando. Aunque el autor expresa con franqueza sus pensamientos inquietantes, e incluso llega a admitir que el dolor que abunda en los corazones sensibles por causa del desdén y la incomprensión no le es ajeno, no se rinde.

Los fluctuantes cambios del estado de ánimo que elevan al maníaco depresivo a las cumbres de la psicosis son más notorios en trabajos de 2012 y 2013 (La palabra que no cesa, Estrépito, Reflejos); para luego ir a la profundidad de Incesto emocional para entonces descender todavía más en Manicomio, escrito en 2014 después de una semana de reclusión en un sanatorio para enfermos mentales, en aislamiento y atado a una camilla durante las primeras dos noches.

Hoy, a quienes conocen al autor se les hace difícil imaginar que este haya ha vivido esas experiencias y algunas más terribles que él suele relatar sin tapujos, ya que a pesar de la abulia y melancolía de la depresión o la aguda insensatez de la manía es feliz gracias a lo que él llama «la clave del contentamiento».

Ediciones del Jazmín

Para descargar el PDF de Palabras del agua y de la mar pulse el siguiente enlace.

2. Palabras del agua y de la mar, 1a. ed. 2016 (Revisión, WordPress, 2018)

Un dolor pertinaz (2004,«Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseAun a pesar del dolor, quedaba la esperanza. Las desgracias, los sinsabores del afán de la rutina y las traiciones del corazón, lejos de templarlo, le habían arruinado el espíritu. Caminar sin rumbo por las mismas calles era lo único que lo ayudaba a lidiar con la futilidad y el hartazgo.

Con cada vuelta de página se le dificultaba más abrir la puerta, salir al mundo e ir en búsqueda de un mendrugo de amor. Estaba, sencillamente, cansado de vivir. La más simple de las tareas se le hacía insoportable.

Se refugiaba en la ilusión de la libertad. Todas las tardes se asomaba por la ventana a observar a aquellas personas que se veían llenas de vida persiguiendo sus deseos con una constancia que a él le parecía inalcanzable. Abandonado e incomprendido, era alguien triste, profundamente triste.

En una de esas tardes de silenciosa observación, recordó el día en que la vio y la primera impresión, que suele ser la más importante. No se parecía a lo que había imaginado. Era bella, muy bella, y, por tanto, creyó que quizás nunca le causaría dolor. Ella invitaba a entregarse sin reservas, a dejarse abrazar y sentarse en un rincón para esperar la caricia. Su imaginación hizo lo que suele suceder después del primer encuentro: la idealizó.

La existencia transcurrió imparable en medio del vacío que llamamos tiempo. Las cosas de la vida que llenan el aburrimiento con pinceladas de color lo hicieron darse cuenta de que aquel rendez-vous no había sido coincidencia: ella lo había esperado siempre y seguiría haciéndolo hasta el final de los días. No había sido resultado de la casualidad. Había en aquel enamoramiento una búsqueda consciente, constante, que se alimentaba de aquel dolor cuyo principio había comenzado con el primer rayo de luz de su vida.

Aquel lejano enamoramiento comenzó a hacerse más y más oscuro cada vez que se encontraba con ella a la vuelta de la esquina. Mientras más conocía sus caprichos, menos deseaba estar con ella, y, no obstante, la atracción que lo arrojaba a sus brazos una y otra vez era igual al temor que le causaba.

Pero el miedo se transformó en desagrado y, como suele suceder, comenzó a esquivarla a fin de no verla, aunque en el fondo de su corazón moraba la certeza de que aquella dama de engañoso rostro había llegado a su vida para quedarse y arrebatarle las ilusiones y los jirones de inocencia o de bondad que hubiese podido hallar en medio de los pedazos de vida que le había heredado la decepción.

La pusilanimidad dominó al terror, y a pesar de saber bien lo que debía hacer, empezó a acariciar la idea de darse por vencido y a preguntarse si, para acabar con el sufrimiento, no sería mejor rendirse a los nebulosos encantos de aquel amor que caminaba en la vereda paralela sobre la cual transitaba el dolor.

Era más y más violenta, era imposible desasirse de ella. Lejos se encontraba la romántica imagen del primer encuentro; ya no quedaban notas del meloso canto que alguna vez le susurró al oído. Para no perderlo, ella comenzó a jugar al camaleón: adoptaba el color de un libro, el tono de las tardes grises y lluviosas, o el del oscuro traje de la melancolía, y se sentaba junto a él en cualquier café.

Hasta el día en que le propinó el traicionero golpe bajo de la incertidumbre del final de la vida: se lo había arrebatado todo y no podía dar marcha atrás. El flirteo trajo consigo las consecuencias de lo irrenunciable. El resultado de un desliz y el dulce engaño de los pensamientos le devolvieron mucho más de lo mismo de lo que había tratado de huir: el dolor, el dolor constante, un dolor pertinaz que empezó como un juego, un coqueteo, el atrevimiento de guiñarle con inocencia y de charlar con la muerte.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan, mecidos por el viento del tiempo.