A las puertas de «Noviembre y póstumos conexos»

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

cropped-white-roseEl título Noviembre y póstumos conexos reúne varios relatos escritos en distintas épocas por el autor guatemalteco Julio Santizo Coronado. La versión original, que concatenaba algunos de estos cuentos, fue objeto de un comentario del escritor y periodista Maurice Echeverría, titulado «Las palabras empezadas».

No obstante, los relatos —algunos de los cuales se parecen más a epístolas reflexivas o a historias urbanas— estuvieron engavetados varios años. Paulatinamente, unos más se les adhirieron tímidamente aquí y allá, en Guatemala, Honduras y El Salvador, durante los viajes del autor. Luego de un tiempo, treinta relatos habían dado forma a un volumen dividido en tres partes. Este recibió el nombre Treinta días para noviembre.

El escritor y licenciado en Letras guatemalteco Ricardo Rivera Echeverría, amigo de Julio Santizo Coronado, quien fue testigo de algunos de los años más oscuros, por qué no llamarlos así, del autor, escribió luego de leer el volumen el comentario titulado «La realidad a través de la ficción, en busca de la redención».

Ahora, con más de una cincuentena de años a cuestas, el autor desentierra estas historias que no pretenden ser cuentos. A lo mejor, retazos de una vida que comenzó en noviembre, en el otoño, y que se halla justo en la misma estación de la existencia.

A continuación, las palabras de los escritores Maurice Echeverría y Ricardo Rivera Echeverría, dedicadas a estos fragmentos de vida que han sido llamados de nuevo, porque siempre se vuelve y porque «veinte años no es nada», Noviembre y póstumos conexos.

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Las palabras empezadas

La conciencia bien podría ser esa forma de atar planos, ese recinto en donde estos se remiten constantemente de uno al otro, en secuencias y prolongaciones. En ese movimiento se va dibujando un imago mundi, una nervadura o maridaje vital que describe al hombre mismo.

Diríamos que Julio Santizo Coronado quiso aquí levantar la complejidad misma de la conciencia, de la suya propia. El juego de saltar de una atmósfera a otra absolutamente distinta es el juego mismo de nuestro pensamiento, de nuestra particular emoción. Una situación nunca es una: son muchas o varias que se atraviesan, imbricadas, segregativas y multiplicadas, como en una figura de varias versiones. Nuestra emoción, agregarlo cabe, es el dispendio de tantas anécdotas y formas de comprobar la vida. Un abecedario, una diáspora.

Noviembre y póstumos conexos parte de un relato central y conductor, al cual se adhieren otros más. Le sirve esta historia a su autor como ignición narrativa hacia otras historias. Uno podría decir, a partir del modelo aquí ensayado, que todas las historias son una misma, de lo mismo están hechas, aunque no lo parezca. Sorpresivamente, en el mundo siempre está sucediendo una juntura.

El escritor es por naturaleza el que descubre esta juntura, estas junturas, que hunde su prosa participante en el galimatías del vivir, para extraer algún nexo. El escritor es el heraldo vital, el que está en medio de las cosas, y deja que estas se comuniquen por medio de él. Legislador o codificador, en su oficio de nombrar concibe los sistemas ocultos, si perdonan la mística. Todo nombramiento —perdonen de nuevo— nos brinda la consistencia refulgente y razonadora del todo.

Habría que bajar el tono meditativo para comprender cómo aquí tantas historias caben en la conciencia humana, unificadas. Un hombre es el depositario de cuántos instantes: habla con una mujer, imagina el futuro, escribe cualquier cosa, se hace un café, desaparece ante el espejo. Así conviene en ser.

Historias como palabras. Al fin, ¿no es el lenguaje mismo el ejercicio más acabado de la intermediación? Las palabras son vociferaciones siempre acompañadas. Una palabra, diríamos más, siempre está empezada, pues siempre viene de una anterior que la postula y la hace nacer.

Maurice Echeverría, escritor y periodista guatemalteco

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La realidad a través de la ficción en busca de la redención

Con una pretensión un tanto intelectual, me propongo describir un mundo de particulares realidades en donde el universo de la ficción nos va llevando cual juego de cartas, unas abiertas y otras muy bien escondidas, a un sinnúmero de retratos y circunstancias en donde la naturaleza humana, y, por qué no decirlo, el hombre mismo, se ven involucrados en un azar o suerte.

No obstante, no por estar destinado de antemano a un determinado fin pierde, sino acentúa esa cualidad intrínseca que el don de la palabra, paso a paso, va obsequiando, y que al llegar al término de cada relato de Noviembre y póstumos conexos, del escritor Julio Santizo Coronado, nos va llevando el autor con gran tino e inteligencia literaria a toda una serie de impresiones, sensaciones y emociones en las que el lector podría involucrarse y pasar en su momento de una historia capaz de llevarlo a sonreír y, por qué no, a carcajearse y sentirse enternecido, hasta el punto más elevado y culminante de los hombres, que es el de abrir su pecho a corazón abierto al dolor, no solo propio, sino al de todos, que al fin de cuentas resulta siendo el mío, el tuyo, el nuestro.

Y tal como define el autor el libro, son realidades de ficción siempre pendientes y atentas a demostrarnos que la realidad, por ficción que sea, nunca dejará de estar cual dedo índice de la mano del cuerpo de la vida apuntándote directamente a los ojos, para así recordarte que no es posible obviarla, y mucho menos volverle la espalda. Porque siempre, y al fin de cuentas, volverás a verla a los ojos, aunque esta, al devolverte la mirada, te convierta, tal como le sucedió a la mujer de Lot en el Génesis bíblico, en una inquietante y estupefacta estatua de sal.

Así que no nos queda más que aceptar la invitación que nos hace el escritor Julio Santizo Coronado, para que lo acompañemos en un paseo literario por el «laberinto» del «callejón infinito» de la paranoia, con un «grito en la oscuridad», sin que por ello nos importe «perder la partida» con un jaque mate —¿acaso nuestra única partida?—, mientras degustamos en el recuerdo de la memoria el «dulce aroma del pan» con una taza de exquisito café. Y, aun así, no poder obviar las tristes lágrimas de alguna mujer sin más nombre que su soledad, que se asoman sin verse en una «sombra bajo la luz de la luna» y que recuerda a alguien, o a muchos, que a veces algunas madres mueren más de una vez en vida que en la muerte misma, acaso más que por el corte de un filoso «machete», por la repetición de los dolores y de las angustias de un alma deseosa de redención.

Ricardo Rivera Echeverría, escritor y licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala

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