Noviembre (1990, «Noviembre y póstumos conexos»)

Creer en la inmortalidad del alma es querer que el alma sea inmortal, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pasa sobre ella.

Miguel de Unamuno

cropped-white-roseLos días, abalorios pertinaces, deshojan el calendario y le dicen a M que la vida continúa.

Levantarse de la cama y escapar de las mantas fue mucho más difícil aquella mañana, a pesar de que el sudor comenzaba a gotear de sus sobacos.

Aunque la ventana estaba abierta, el calor era insoportable. Era noviembre, la temperatura era inusual. No se movía ni una sola de las acartonadas hojas de la higuera que se podía ver desde el segundo piso de la casa de blanco refulgente, como cal esparcida sobre una tapia.

Se dice que el vacío anida en el corazón de personas como él. Otros aseguran que esa sensación se encaja en el vientre y que de allí no vuelve a salir. No obstante, para M aquello no era vacuidad, sino una extraña llenura que solo podía explicar como una irresistible aglomeración de ideas.

Así sucedía la mayor parte del tiempo. Sin embargo, en otras ocasiones se parecía más a la insistencia de un pensamiento solitario que va y viene, para luego volver a ir y venir de acá para allá sin un para qué.

A pesar del sabor de boca, acerbo, amargo, ni la persistente gastritis le impediría beber la taza de café que deseaba con vehemencia. Desde la cama de la amplia habitación se veía entrar la luz por la ventana. Se abría paso atropellando a las motitas de polvo que flotaban en el aire inusualmente calmo y tibio de la mañana de otoño.

Se incorporó antes de que la solitaria idea que había comenzado a revolotear en su cabeza rebasara el nivel de lo soportable. Se sentó en la orilla de la cama. En ese instante, vio sus pies.

M había andado sin rumbo a lo largo de calles oscuras en noches de verano, con el croar de las ranas y el zumbido de los zancudos como fondo sonoro, abriéndose paso a través del vaho que exhalaba el asfalto de una carretera que parecía no tener fin.

Había caminado por corredores de mármol y había atravesado calles polvorientas y cubiertas de majadas. Había andado errante por las avenidas de aquella ciudad gris, en las tardes y las noches de hastío, colmadas de la insoportable porfía del único pensamiento que continuaba moviéndose en medio de sus sienes con insistencia, de una parte a otra.

En ese instante, se levantó, sin olvidar evadir su reflejo en el espejo, se alejó del borde de la cama y se dirigió a la puerta de la habitación en busca de la cocina que lo esperaba con la promesa del café. Bajó las escaleras de madera solo para hallar el depósito de la cafetera vacío. Entonces, buscó dentro del tarro de vidrio, en donde apenas quedaba suficiente café molido para una taza.

Hacía una semana que no llenaba la alacena. Había esperado con paciencia a que quedara vacía. Era uno de los detalles que no debía dejar pendientes. Tuvieron que pasar muchos años para desembocar en ese momento, en esa mañana, ya que siempre había alguna razón que, impertinente, atajaba sus intenciones cuando creía que había llegado el día.

Los últimos granos de café molido pasaron de la cuchara al papel filtro para que el agua caliente hiciera el resto. Había una sola taza colgando de una argolla dorada, atornillada en una tablilla clavada al muro de la cocina: un monumento a la soledad. Suspiró. La tomó con ambas manos y entonces cerró los ojos para sentir la textura, el color, el peso, las dimensiones… Vertió el café y dirigió la mirada hacia la higuera y el jazmín plantados en el jardín que había en el frente de la casa.

La sonata en do menor llenaba el corredor de la entrada, la salita, la pequeña cocina… sus notas rebotaban contra las paredes de ladrillo desnudo, contra las duelas del piso, impregnando el cielo raso, difundiéndose por el aire, incidiendo en el vidrio y refractándose para luego escapar al jardín.

Escuchaba con la mirada de un niño que ve hacia el pasado, como el pequeño que está a la espera del padre que ha partido y ha prometido volver, pero que jamás regresará.

Con la sonata número ocho de fondo, la escena se desenvolvía en el umbral de la nada, en soledad, en un aislamiento y un mutismo que M había construido ladrillo a ladrillo toda su vida. El hastío de su generación seguía bullendo en cada calle y aumentaba con cada nuevo e insoportable día.

Las tensas cuerdas del piano gemían y noviembre avanzaba inusualmente caluroso. La música acometía el tiempo mientras el viento aliviaba el prematuro sopor de una media mañana que iba transformándose junto con las sombras en un mediodía que las haría desaparecer.

La brisa se escabullía por las rendijas del marco de la ventana en busca de refugio en la calma circundante. Entonces, bebió el café de la taza cuyos bordes le hacían recordar un poema escrito con la pluma del ímpetu juvenil encima de una servilleta de papel.

El mediodía se tornó en tarde tempestuosa. Las memorias seguían atizando la angustia y el deseo de huir. El cielo, antes despejado, comenzó a colmarse con el vapor que el bochorno elevaba desde el suelo. M quiso ducharse para atajar un resfriado que al final de cuentas no tendría importancia en ese día de conclusiones y finales, como el de la sonata cuyo eco resonaba por toda la casa.

Volvió a escuchar el primer movimiento de la Patética, la música que dibujaba su deseo: el anhelo por la nada, el deseo de inexistencia que años atrás le había provocado terror, pero que ahora era el alivio que buscaba.

Subió de nuevo los peldaños. (Recordó las póstumas páginas escondidas en un cajón). Se hallaba absorto en aquel pensamiento, a la vez que deleitaba sus sentidos con las notas que salían del piano, y que lo hacían moverse sigilosamente, casi deslizándose sobre el piso de madera para así eternizarse en cada minuto y en cada instante que se desprendían como cuentas que resbalaban de una sarta.

Llegó al segundo piso. Debajo de la ducha, saboreó el agua que caía tibia sobre sus labios. La tarde empezaba a fundirse en un crisol de plomo, la llovizna comenzaba a empapar la albura de los jazmines y el verde maduro de la higuera. Se sentó en el borde de la cama. Sonrió cuando pensó en ella. La vacuidad transformada en idea volvió.

Vestirse le llevó mucho más tiempo del acostumbrado. (La llovizna empezó a caer sin tregua). Abrió el armario y cogió la gabardina. Respiró profundamente. Al pasar junto a la ventana se percató de que el jardín había perdido el matiz claro y cálido de la mañana. Entonces, un barrunto atravesó su corazón. «El día ha llegado» —pensó—. Así que ya no había más razones para tener que seguir soportando el tedio del intransigente y extraño hueco que crecía en su mente cada vez que los recuerdos volvían a invadir el lugar de sus pensamientos.

La tarde empezó a cubrirse de nubarrones que poco a poco fueron uniéndose en una masa oscura, compacta y gris que se perdía en el horizonte. El tercer movimiento de la sonata en do mayor de Beethoven había llegado a su fin una vez más. El sol estaba a punto de ocultarse, el viento soplaba con fuerza y cortaba con gélido cuchillo. Había vuelto el tiempo del otoño.

Bajó de nuevo por las escaleras, pero esta vez no se detuvo… cruzó el umbral. Una  ligera sonrisa se desprendió de sus ojos cuando vio hacia los costados. Se acercó a los jazmines; arrancó un fruto de la higuera… el perfume y la dulzura. Caminó sobre el pasto y volteó a ver. M juzgó que a la casa ya le hacía falta una mano de pintura, pero tendría que dejar esa tarea para otro día, para otra persona; era imposible no dejar asuntos pendientes.

Abrió la reja y se alejó en busca de la noche por el camino húmedo. Era noviembre… y una tormenta se acercaba. 

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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