El dulce aroma del pan (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

Para las tías del mundo que aman a sus sobrinos (y para las elefantas)

cropped-white-roseVicente jugaba alegremente a la vera de un polvoriento camino del pequeño pueblo en el cual descansan los viajeros, donde los senderos acaban y donde el resto del mundo comienza.

Una ramita de guayabo era el juguete del pequeño Vicente, quien, aunque descalzo, era el más feliz de los niños del pueblo. La grandeza de su felicidad no se debía a que disfrutase de las chucherías que doña Rosario vendía en la pequeña tienda del barrio El Centro, ni porque tuviera coloridos juguetes, como los que les traían de la capital a los niños vecinos. No, esa no era la fuente de la felicidad de Vicente.

El pequeñín escuchó la voz de la mujer quien, afable, siempre lo llamaba a comer al mediodía.

—¿Dónde estabas, mi niño travieso?—, le preguntó la tía Eulalia mientras le sacudía el polvo de los pies y le ajustaba las botitas que le había comprado en la cabecera del departamento, que para entonces era para todos lo más parecido a una gran urbe europea.

—Estaba jugando, Nana. Las hormigas no dejan de salir de aquel hoyito, y yo no quiero que salgan más hormigas—, respondió el niñito, quien no soltaba la ramita de guayabo mientras su tía lo calzaba para que aquellos amados pies no fueran a pescar un hongo, o se fueran a cortar con los pedazos de vidrio que dejaban por ahí los borrachos que salían de la cantina arrojando botellas al aire.

El pequeño Vicente se iba a casa de la mano de su tía, quien le preguntaba los colores de las cosas que iban viendo al pasar por las callejuelas. A cada acierto de Vicente, la Nana le prodigaba una caricia, con tanto entusiasmo que le alborotaba el cabello; y entonces, el pequeño dirigía su mirada hacia arriba y le sonreía a Eulalia.

Al llegar la oscuridad, Vicente se metía en la cama y esperaba con los brazos cruzados detrás de la cabeza la última visita del día de Nana Eulalia, quien le cantaba todas las noches una tierna tonada con su voz de contralto, pues la tía padecía de ronquera debida al humo del horno en el que todas las mañanas preparaba el pan de yemas y los bollos que Vicente remojaba en el café en su pocillo de peltre.

Al amanecer, el dulce aroma del pan invadía todas las habitaciones de la casona de gruesas paredes de adobe. Vicente se lavaba la cara y corría descalzo a la cocina, a esperar el pan que su tía horneaba antes del alba. Aquel olor de cada mañana acompañó a Vicente hasta el día en que, hecho un joven de bien, se fue del pueblito.

El tiempo hizo de las suyas, como suele suceder, y Vicente llegó a la edad en que los muchachos quieren ser el caballero andante de una bella mujer, para cuidarla y protegerla. Y con ese deseo llegaron inevitablemente sus propios hijos. Pasaron los años, y las visitas a la vieja casona del pueblo fueron cada vez más esporádicas; en parte debido a que el trabajo y su propia familia demandaban mucho de Vicente, y en parte porque cuando los hombres crecen suelen ir más tras la risa del presente que en pos de la melancolía y los dulces amores del pasado.

Cierta mañana, Josefina, la hija más chica de Vicente, se acercó sonriente a su padre. Entonces, le preguntó:

—Papi, ¿por qué eres tan bueno con nosotros y me cantas canciones y me lees cuentos?

Vicente no pudo dejar de pensar en su Nana, quien, longeva como los árboles, permanecía afianzada a sus raíces de pueblo polvoriento y pan de yemas de cada día.

—Hijita, soy así porque soy feliz; soy así porque cuando yo era chiquito me quisieron mucho. Pero soy así, sobre todo, porque te estuve esperando durante mucho tiempo—, respondió Vicente, dejando escapar una lágrima al recordar a su tía bonachona, quien siempre le hablaba cariñosamente con su voz de contralto.

Ese fin de semana, Vicente tomó consigo a sus hijos y viajó muy de mañana al pueblito en el cual todos lo conocían como el niño más feliz. El camino le pareció más largo que de costumbre, pues ansiaba ver de nuevo a la tía Eulalia. Bajó del destartalado autobús y cogió de la mano a sus niños para caminar a toda prisa las pocas cuadras que los separaban de la sonrisa de la Nana.

Vicente volvió a los días en que era el niño más feliz del mundo cuando vio a aquella anciana que lo esperaba en el umbral de la casa. Se acercó a ella, y con ternura la besó suavemente en la mejilla. Ella sonrió y le sacudió el cabello, tal como lo hacía en aquella dulce época de antaño, cuando las hormigas escapaban de las manitas de Vicente. Eulalia entró en la casa, se sacudió de la cintura el delantal con ambas manos y se dirigió a la cocina, mientras Vicente y sus hijos se dirigieron al comedor, a cuya vieja mesa la esperaron pacientemente.

La anciana tía volvió del horno y pasó a través del vano de la puerta. Traía consigo una bandeja en la que había pan de yemas y muchos bollos recién horneados. Entonces, aquellos días de unos tiempos que pervivían en la memoria de Vicente regresaron a su corazón cuando volvió a sentirse en toda la casa el dulce aroma del pan.

 

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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