Final para un sueño (2004, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseEl frasquito reposa sobre la mesita de noche. No tiene etiqueta. Él camina vacilante hacia el jardín, en donde corta margaritas: una tris, dos tras, tres clic, cuatro clac, cinco tric, seis trac. Las pone en un tarro de mayonesa vacío (ella los acumula en la alacena).

Hace un esfuerzo por recordar las últimas palabras que la noche le dictó. Se atoran las imágenes y no salen por la garganta seca («¡hablá!, ¡hablá!»). Entonces, se derrama el esfuerzo, que se agota en el vaivén de las ideas que una a una él eructa y lanza al encuentro de la luz del sol y de las ganas de empezar. Es trabajoso recogerlas, tratar de retener tantas ideas y convertirlas en palabras, tratar de no olvidar.

Cinco, cuatro: ahora, las ideas son tan claras ahora las palabras —pero solo un momento—, y es como gritar «¡eureka!» al haber hallado la respuesta; tres, dos: cada vez son menos las palabras sujetas con grilletes. Le suplica que no hable, ¡que no encienda el televisor, por Dios! Vuelve del lavabo sin lavarse la cara, para no olvidar…

Resta solo una palabra, la que se pierde y se ha confundido en el fondo del retrete, en el abismo de las últimas palabras de la petición de un café moca, por favor. «La cocoa está en el frasquito azul», responde ella.

Las palabras se escabullen, aprovechan el descuido y se ahogan en el formol al final de la batalla: recordación de sueños y regurgitación de palabras que se hacen un nudo en la memoria: casi sueño, casi vigilia, casi despertar.

Se le va la frustración dentro de la taza de brebaje que qué bien sabe, pero que con culpa desciende por el gaznate, pues más tarde será temblor y escalofrío cuando la meada huela a café («¡riñones, hígado!, no me fallen ahora»).

Y así se le acaban los segundos con que empieza la mañana: olvida lo importante, lo que no debe olvidar. El sueño deja de ser real, vuelve el silencio, y el silencio llena el espacio, y la página está en blanco («otra vez, ¡no!»).

Pero el tiempo todo lo puede: lava lágrimas, limpia recuerdos —ya habrá otros sueños—. Pone la pluma a un lado, se prepara otro café; apura la pastilla que lo mantiene cuerdo. Mira el reloj (se acerca la hora de tomarse las pastillas que lo mantienen vivo) y aguarda a que la noche regrese del otro lado de la Tierra. Entonces, se irá a la cama no sin antes apurar con un vaso de jugo de manzana las pastillas que lo harán soñar.

Y, al día siguiente, todo se repetirá. Volverá a despertar. Abrirá los ojos, se quedará sobre la cama viendo hacia el cielo falso y tarareará en la cocina las últimas palabras del último de sus sueños. Pescará respuestas, hilará garabatos, uno a uno, con el anzuelo de un cerrar de ojos, cada día, todos los días. Hasta que, en uno de tantos, cuando al fin crea tener los pies sobre la tierra, la clara mañana le diga: «¡Ya no más!».

Julio Santizo Coronado (Ahuachapán, El Salvador)

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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