En las sombras bajo la lluvia (1993, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseA la memoria de Gloria, a quien todos los males del siglo le arrebataron la sonrisa

El joven vagabundo se calienta las manos en el zaguán de la pensión. Tres mujeres comparten un cigarrillo mientras repiten las palabras dichas ayer, y anteayer, y el día anterior. La monotonía de la llovizna y la banalidad de la charla se desvanecen hasta ser inaudibles.

Un hombre abre la ventanilla de la puerta y lo ve con desconfianza. Una mujer con pretensiones de hetaira sonríe desde el otro lado de la calle. No entiende cómo vino a parar aquí. Es un barrio peligroso. Hace mucho frío. Entonces, lo envuelve la duda. ¿No sería mejor seguir caminando bajo la lluvia? Volver a su habitación, tumbarse en la cama y observar los libros que descansan junto a la soledad es la opción.

Un automóvil cruza por tercera vez la bocacalle. Se aparca en la esquina. Una mujer de falda corta y tacones altos se apresura bajo la llovizna, con esa postura que nunca impide que nos empapemos. Saca un billete de la pretina y recibe algo a cambio. Se aleja sonriendo, grita algo incomprensible a una persona invisible y desaparece por el mismo lugar de donde salió.

En ese momento, la lluvia arrecia. El portero se ha perdido detrás del postigo. Al fin se libra de la mirada del hombrecillo. Le aprieta el hambre, así que revisa su billetera, pero la lluvia no cesa. Decide esperar un poco más en el zaguán.

Dos mujeres se alejan deprisa por la avenida; él se asoma y ve cómo se pierden a través de una puerta una cuadra adelante. Una mujer vuelve a verlo en ese instante; él se desliza con rapidez para esconderse detrás de las hojas del portón de madera. Se oyen unos tacones que se acercan…

Es del color del ébano. Su vestido rojo contrasta con su piel. Es una bella imagen. Ella lo observa, le extiende la mano, sonríe y le pregunta: «¿Querés entrar?». Es la mujer que minutos antes recibió algo en la mano de caramelo.

El frío y la humedad agobian. Él se palpa los bolsillos y, sin mediar palabra con la endrina, golpea a la puerta. La ventanita se abre y la sonriente cimarrona le pide el dinero, que aquel extrae de la billetera. La puerta cruje. Adentro, la mujer intercambia palabras con el encargado.

El agua cae con fuerza sobre el techo de zinc. El flacucho coge una llave de un gancho y se adelanta balbuceando palabras incomprensibles. El pasillo es largo y oscuro, las paredes están pintadas de un verde de matiz triste y sucio, que provoca una nauseabunda melancolía. Las interminables puertas, abiertas y cerradas, le hacen creer que la distancia es mayor en el corredor que en la calle. Pasa junto a un sanitario que se ve limpio; esto —no sabe por qué— lo tranquiliza.

Llegan al fondo del corredor. El cancerbero gira la llave en la cerradura, abre la puerta y vuelve a pronunciar palabras ininteligibles en tono bajo. La lluvia cae con un sonido metálico ahogado por el cielo falso de duelas apolilladas, como si la arena del mar se desparramara encima de sus cabezas.

En el austero cuarto hay un espejo, una cama, una silla y una mesita en la que una palangana de peltre, una pastilla de jabón y un recipiente con agua lavan el rastrojo de un acto que durante la juventud se considera venial, pero que con el tiempo convierte la carne en bazofia. Se vuelve hacia la cama en el momento en que ella trata de quitarse la ropa. Él se apresura a impedírselo:

—Solo quiero conversar hasta que pare de llover. No te preocupes, de todas maneras te voy a pagar.

Ella le dice su nombre: Aura… y sus pensamientos se conectan con un libro de hace mucho tiempo.

—¿Te gusta leer?—, inquiere. «Qué estúpida pregunta», piensa, pero se sorprende cuando ella responde que sí, y que alguna vez fueron suyos varios libros.

Aura creció en una plantación bananera de la cual huyó cuando no pudo soportar más el maltrato de su abuela. Aura era la más pequeña de cinco hermanos. Con el tiempo, unos murieron, otros emigraron. Sus padres la abandonaron cuando ella era solo una niñita. Entonces, la abuela paterna se ocupó de ella y de sus hermanos.

Aura entrelaza los dedos, recoge las piernas sobre la cama, asiéndolas de las rodillas y, echando la cabeza hacia atrás, mira hacia el cielo falso.

La joven Aura despertaba una extraña antipatía en la anciana. Nunca supo por qué. Quizás le recordaba a alguien a quien la vieja detestaba con toda el alma.

Calla un momento y sonríe.

Huyó con catorce años de edad. Había terminado la escuela primaria y, aunque deseaba seguir estudiando, nunca pudo hacerlo. Así que, durante varios meses, se la pasó de trabajo en trabajo temporal, sirviendo mesas, limpiando inodoros, ayudando en cocinas, lavando automóviles. Finalmente, una matrona la aceptó como sirvienta.

Aura calla y le pide fuego. Él saca el encendedor del bolsillo de la raída chumpa de mezclilla. Roza su mano contra la piel de ella y Aura susurra: «Café con leche…». Entonces, unos dientes de pulpa de coco se asoman en medio de una carcajada. Aura enciende el cigarrillo aplastado que lleva en el sostén y hace volutas de humo con sus voluptuosos labios. Los anillos grises se elevan hacia la madera carcomida del cielo falso. Aura lo mira con fijeza mientras él aguarda. La lluvia sigue desparramándose como arena sobre el zinc. Ella juega con una almohada y rompe el silencio…

La matrona notó enseguida la manera en que los hombres miraban a la joven Aura. Así que, una noche de mayo, mientras llovía, perdió la infancia y la alegría que todavía guardaba en el corazón, sin preámbulo y sin amor. El exordio tuvo olor a penetrante ron amargo y el epílogo fue una noche de llanto y una ducha interminable con agua caliente, sal y limón.

Durante aquel tiempo, escondió debajo de la almohada un librito de poemas comprado por cincuenta centavos, cuyos amarillentos versos la ayudaron a guardar un poco de inocencia para sí.

Aura calla, se levanta, camina por el cuarto. Se detiene delante del espejo. La imagen que este devuelve a los ojos del muchacho vagabundo es real, de carne y hueso. No se desvanece en el fondo del azogue. Aura es un ser humano de verdad. Aura continúa…

Unos meses después, un joven inexperto y solitario tocó a la puerta del lupanar cuando este aún no abría. Había visto a la muchacha una semana antes, y la había observado toda la noche a través del cristal marrón de una botella de cerveza. Cuando todo el mundo estaba ebrio, le hizo una señal.

Después de unos días, se encontraba de nuevo a las puertas, ahora con una flor. La matrona gritó el nombre de Aura, quien apareció soñolienta, refregándose los ojos, a través de una cortina de encaje barato. Extendió sus formidables brazos de raspadura de panela y recibió la flor con una sonrisa. Esa tarde, Aura lloró al conocer su fortuna, sabiendo que el verdadero amor le estaba vedado. Huyó de la casa cerrada y nunca volvió a ver al loco enamorado. Sin embargo, conservó la flor entre las páginas del poemario que siempre llevaba consigo.

Él le pide que se lo muestre, ella rehúsa hacerlo.

Entonces, él sabe de que la lluvia nunca cesará, se da cuenta de que la tarde se ha transformado en noche, ve cómo el cielo se transmuta en plomo, entiende que ambos se encuentran solos, ella deja caer su falda, se levanta la blusa, él trata de envolverla con las manos, ella le quita la camiseta y lo despeina, lo besa, y una sensación cálida e inesperada invade al vagabundo mientras el cuarto se hunde en la oscuridad y él dibuja con los dedos el cuerpo de Aura, apretando los párpados para que el color de la negrura no penetre en su mente, para sentirla, para no verla, para ver con ambas manos su silueta. Entonces, sin verla mira con los labios el cuello de Aura, como si esta fuese la quinceañera que creció con la brisa del Atlántico a sus espaldas. Ve hacia adentro de sí y contempla a la niña que lavaba platos y se secaba las manos sobre el delantal blanco; unas manos trémulas recorren aquel cuerpo en esa noche sin nombre, sin luna y sin estrellas…

Tocan con fuerza a la puerta. Él se yergue, despierta del ensueño y se apresura a encender la luz. La pantera grita: «¡Ya salgo, no me jodás!». Él se asombra —incapaz de explicarse por qué— al oírla hablar de esa manera. Aura extiende su terciopelo negro sobre la manta, se sienta sobre la cama como los gatos agoreros, le da la espalda y saca algo del bolso. Acerca la llama del encendedor al tubo de vidrio y calienta un trocito blanco que humea con seducción abrumadora a la vez que despide un olor acre que oscurece la sonrisa de Aura.

Aura sale de la habitación y lo deja con un extraño sabor a tristeza en el corazón. Él, derrotado, más solitario que antes, solamente desea volver a la rutina y a los hábitos que con el correr de los años se han transformado en un rito vacío.

Sale de la habitación, vuelve sobre sus pasos por el mismo corredor y se detiene en el umbral que lo vio llegar. Entonces, oye el rechinar de unos neumáticos. Un automóvil se aleja en fuga. Se escucha un grito, camina hacia la esquina pero no hay nadie.

Un pequeño libro ha caído en un charco. La cubierta está rota. Algunas páginas están sueltas y solo hay en él palabras borrosas. Cuando él lo recoge, una flor marchita se desliza entre sus viejas paginas y cae al suelo.

Julio Santizo Coronado

*****

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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