Una cuestión de espacio (2004, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseTodo empezó de manera casi imperceptible. Aunque él era sumamente perspicaz, no pudo darse cuenta de lo que sucedía, hasta el día en que, al devolver a su sitio el disco de Debussy que más le gustaba, se percató de que ya no había lugar para él en la repisa.

«¿Habré puesto aquí un disco que debería estar en otro lugar?», dudó. No obstante, luego de revisar prolijamente el orden alfabético de estos y de contar los libros, leer los títulos y echar un vistazo al conjunto —su memoria era fotográfica—, nada parecía sobrar ni faltar, salvo aquel pequeño espacio.

No había comprado discos recientemente, ni había retirado ningún poemario de su lugar para darles espacio a sus queridas grabaciones, por lo que fue incapaz de explicarse lo que estaba sucediendo.

Después de pensarlo un poco más, llegó a la conclusión de que ya era tiempo de montar una nueva repisa. Cada mañana, al despertar, solía plantarse delante del estante de los discos compactos, invención por la cual estaba muy agradecido, ya que era mucho más fácil ordenar sus cajitas que las fundas de los viejos elepés de acetato. Sin embargo, cada caja ocupaba más espacio y no los pocos milímetros de los embalajes de cartón de los viejos discos.

El tiempo había ido devorado su vida de la misma manera en que había desaparecido aquel pequeño espacio: sin darse cuenta.

Al día siguiente, mientras buscaba el espacio que se echaba en faltaba, notó que los libros y los discos profanos estaban más cerca unos de otros.

Corrió en busca de la cinta métrica, la cual extendió sobre el escritorio. ¡Imposible! Él mismo había ensamblado aquel mueble. Lo había extraído de una caja y había leído cuidadosamente las instrucciones. Conocía sus dimensiones a la perfección. Así que estaba seguro —y esto lo hacía dudar de su cordura— de que la pieza del amueblado se había encogido un centímetro.

Cierta tarde, una semana después del descubrimiento de la ausencia de espacio, cavilaba en la salita con una taza de café y un plato de galletas. Mientras las masticaba lentamente, no podía dejar de pensar en lo que le estaba sucediendo a su espacio.

En ese momento, su esposa entró muy contenta a casa, como si nada hubiese ocurrido. Ella, sin embargo, al ver el rostro desencajado del hombre al que conocía como a sí misma, no dejó de preocuparse. No obstante, siguió caminando hacia el interior de la pequeña casa, luego de un «hola» y de un beso en la mejilla que él apenas advirtió.

Permaneció en la sala en silencio; aguzó el oído y contó los pasos de su esposa. El sonido de los tacones era incesante; no dejaban de golpear rítmicamente las baldosas. Se asomó al minúsculo corredor para de inmediato retroceder incrédulo, con una expresión que mezclaba el terror, la duda y el aturdimiento.

Volvió a mirar hacia el fondo del vestíbulo, que ahora se había transformado en una calle angosta y larguísima por la que ella seguía avanzando, mientras los tacones resonaban sin que aparentemente ella lo notara.

Se aferró al sofá, cuyos brazos palpó en toda su extensión con ambas manos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su cuerpo se había encogido. Vio hacia el piso de la habitación y ahogó un grito de espanto al darse cuenta de que sus piernas colgaban del sofá sin tocar el suelo. Entonces no pudo contener más el susto.

Ella salió de la habitación, recorrió el pasillo, atravesó el comedor y, finalmente, luego de un enorme recorrido, llegó a la sala. «¿Qué te pasa? ¿Te lastimaste?», preguntó. A él le asombró todavía más que ella no se diera cuenta de lo que sucedía. «¿Puedes ver que la casa se agranda allá y se hace cada vez más pequeña aquí?», dijo con angustia.

Ella observó a su alrededor y se encogió de hombros. No había nada que le pareciera extraño. «Estás muy cansado desde unos días. Es la tensión del trabajo. Deberías salir a dar una vuelta. ¿Quieres que te traiga otra taza de té?» Él asintió. Y luego de bajar con mucho cuidado de las alturas, desde el borde del sofá que ahora parecía elevarse hasta las nubes, se dirigió a su escritorio, que ahora era minúsculo.

Ella caminó a la cocina, y después de unos minutos que a él le parecieron horas, volvió con una enorme taza de té que se hizo minúscula, casi invisible, entre sus dedos. La soltó aterrorizado. Entonces, la taza empezó a caer en cámara lenta, cuadro por cuadro, hasta que la loza se hizo añicos sobre el piso de la habitación y estos se esparcieron en todas direcciones, a la vez que aumentaban de tamaño y llenaban el cuarto en el cual ahora ya no quedaba más espacio.

Él corrió despavorido hacia la puerta, presa del terror. Se mesaba los cabellos con pavor mientras avanzaba por el corredor sin fin, tratando de escapar del cada vez menor espacio que quedaba para él. La puerta seguía alejándose más y más. Al volverse, vio cómo su escritorio desaparecía en medio de un luminoso y minúsculo punto en el espacio.

Se detuvo, jadeante, mientras su esposa, con un semblante que reflejaba una enorme paz, se despedía agitando la mano con un movimiento que le parecía a él cada vez más y más lento. Finalmente, después de un enorme esfuerzo, alcanzó la puerta. Luego de salir con dificultad a través de una pequeña rendija, la vieja puerta de madera empezó a adquirir la inmensidad de un árbol al hallarse él del otro lado.

Se detuvo un instante para ver cómo la calle se enrollaba como un pergamino debajo de sus pies, a la vez que dejaba detrás de sí una inmensa y vacía oscuridad.

Era demasiado tarde. La cerradura estaba a decenas de metros sobre su cabeza. El mundo empezó a encogerse mientras la casa, su hogar, absorbía aquel universo en el cual él ya no tenía cabida.

La caída fue interminable… eterna, porque, a veces, en la vida, todo es al final de cuentas una mera cuestión de espacio.

Julio Santizo Coronado

*****

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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