Escribiente nocturno (1993, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-rose«In illo tempore, un escribiente se apoyaba todas las tardes en el alféizar de su ventana para contemplar el mundo…».

«¿Ahora qué?», pensó, y, en el ínterin, el fuego siguió ardiendo entre una idea y la siguiente mientras los troncos crepitaban en el fondo de la minúscula habitación. «¿Ahora qué…?», le repitió al vacío, buscando un deíctico que lo devolviera al discurso. Ninguna de las acepciones satisfacía la medida de su deseo.

Arrojó con furia la página al fuego. Se había extraviado en un sinfín de palabras vacías e inútiles. Ni siquiera la lista de étimos reunidos en fascículos meticulosamente ordenados hacía posible encontrar la voz exacta, puntual, fiel, precisa, adecuada…

«En el principio era el verbo, la acción, la palabra por excelencia, el amor en continua práctica creativa, que extendió el ser a lo inerte y entregó a los vivientes el gozo de existir. Nadie puede refutarlo», escribió. («Es un hecho», pensó).

Tomó la pluma, el lápiz, el estilo y la tecla de plástico, y se entregó a metamorfosear grafemas arbitrariamente correspondientes a unidades fónicas que, interminables, hacían eco en su mente: el resultado de la sapiencia del humano dotado de nebulosos reflejos divinos. Y, sin embargo, le era imposible llegar a un acuerdo entre él y la palabra. Lanzó otra hoja de papel al fuego.

Entonces, elevando la vista a los rincones de la memoria, recordó absurdas y torpes páginas, letras ininteligibles, usos incorrectos, poemas sin poesía, palabras inconexas. Pensó en aquel hombre iluso que grabó unas palabras ingenuas junto a una aberrante imitación de figura retórica, y concluyó indulgente: «Errare humanum est».

Buscó en medio de sus tremebundos pensamientos, pero ni siquiera en medio del horror halló algo que valiese la pena. Indagó en el libro barato que, dejándose llevar por la curiosidad, escogió en medio de las obras de quienes sabían escribir, con la esperanza de ser capaz de ver desde la privilegiada posición del autor.

Pero al abrir aquel libro, su semblante se cubrió de pesar. Aquellas eran las palabras del holgazán que se había apostado en un escarpado muro de granito desde el cual observaba una quimera. Eso y nada más.

Todo en aquel pobre diablo no era sino vacía ilusión. La arrogancia había llevado al obtuso autor de letras negras a transformarse en menos que un simple multiplicador de libros y amador de la plata. No había cabida para él en el mundo de quienes amaban la escritura. Pero el escribiente no era así. ¡Nunca podría serlo!

Para el escribiente no había más tiempo. Jamás descubriría el sonido de la lengua de los ángeles, porque a donde iba no existían más que el silencio y la oscuridad. Era urgente escribir. Una palabra correcta le habría bastado para ser feliz, una que contuviera la dulce melodía que por gracia del trabajo y de la voluntad encaja en el mejor sitio. Y, sin embargo, aquello le parecía inalcanzable.

¿Qué significaban los garabatos que desde temprano escribía en todo papel que tuviera a mano? ¿Facsímil de la vida? ¡No, pues nunca ha dicho la letra todo cuanto el corazón es capaz de sentir!

¡Deseaba renunciar y no escribir una palabra más! Pensamientos nauseabundos, rito fútil, banal, pueril, insustancial, ¡necedad! Se quebró la cadena de la eterna oscuridad de la noche. El café, en astronómicas, espeluznantes y mortíferas dosis, bajó por su palpitante garganta. Vino a su memoria la septuagenaria que aseguraba haber bailado con Flavio Herrera.[1] Su semblante se cubrió de rigidez. El deseo de escupir el asqueroso esputo del recuerdo fue irrefrenable: páginas en honor a la anorexia y la catatonia, al delirio y el dolor, a la miseria y el abandono…

Días hubo, los conoció, cuando escribir era como el prolijo trabajo del escultor. Pero el romance con los libros y las palabras había muerto. En su lugar no había sino una garganta sedienta y un librero vacío, nacido de la inmolación de lo inconsistente, lo burdo, lo tosco, lo áspero y lo vulgar. Todo le resultaba acerbo. («¡Qué hermosa palabra!», pensó).

«Solo escriben un librito y entonces cambian la pose y se creen la gran cosa», se mofó la septuagenaria. ¡No había nada en la habitación para aplacar la náusea y las arcadas que con el ajenjo se alejan! No había nada que detuviera el vértigo que el fétido aliento de la depresión causa y que se devuelve por el camino por el cual llegó, para después aguardar agazapado en un rincón, mudo y con los ojos fijos en las entrañas, la lengua de fuera, jadeante, esperando el momento propicio para atrapar a su presa.

Se abalanzó sobre los diccionarios y buscó la eufonía total, mas no pudo hallarla. Y así, mustio, con pesadez, abría y cerraba los ojos al compás del sueño que le causaban la impotencia y el dolor.

Finalmente, pudo entender que nada valía la pena, que dentro de cien años ninguno de aquellos escritores existiría y que su recuerdo se borraría tarde o temprano. Llegaría el día cuando todo lo que la humanidad escribió alguna vez dejaría de ser. Tontos y sabios se transformarían en un saco de desprecio, comida para los gusanos, y la belleza se tornaría en fealdad. Los museos no pueden albergar indefinidamente a la muerte.

Se sumergió en un sueño iterativo, envuelto en imágenes grotescas, mientras la palabra por excelencia se alejaba más y más en medio de miles de folios: la caricia que produce la esperanza de que en algún sitio se encuentra el hápax, la palabra única.

Vio por encima de su cabeza todos los étimos, que descansaban en sus tumbas lexicográficas, más allá de la etimología, lejos del alcance de la paleografía. «No existe manera de expresar lo que se oculta en el corazón del hombre: mil páginas, un millón, un billón, un trillón, nada podrá expresar nuestros más profundos pensamientos».

Despertó de aquella locura, tomó la palabra y abrió el archivo titulado «Noviembre». Después de muchos años fue capaz de reescribir las postreras líneas de un tiempo perdido: «Los días, abalorios pertinaces, deshojan el calendario…». Rio como un demente cuando se volcaron dentro de su corazón las frases recuperadas. Ebrio de insania, vino a su encuentro Poe, y escribió: «Nevermore… solamente es un quizá, solamente es un tal vez».

[1] Poeta, narrador y licenciado en derecho guatemalteco (1895-1968).

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan, mecidos por el viento del tiempo.

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