Un dolor pertinaz (2004,«Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseAun a pesar del dolor, quedaba la esperanza. Las desgracias, los sinsabores del afán de la rutina y las traiciones del corazón, lejos de templarlo, le habían arruinado el espíritu. Caminar sin rumbo por las mismas calles era lo único que lo ayudaba a lidiar con la futilidad y el hartazgo.

Con cada vuelta de página se le dificultaba más abrir la puerta, salir al mundo e ir en búsqueda de un mendrugo de amor. Estaba, sencillamente, cansado de vivir. La más simple de las tareas se le hacía insoportable.

Se refugiaba en la ilusión de la libertad. Todas las tardes se asomaba por la ventana a observar a aquellas personas que se veían llenas de vida persiguiendo sus deseos con una constancia que a él le parecía inalcanzable. Abandonado e incomprendido, era alguien triste, profundamente triste.

En una de esas tardes de silenciosa observación, recordó el día en que la vio y la primera impresión, que suele ser la más importante. No se parecía a lo que había imaginado. Era bella, muy bella, y, por tanto, creyó que quizás nunca le causaría dolor. Ella invitaba a entregarse sin reservas, a dejarse abrazar y sentarse en un rincón para esperar la caricia. Su imaginación hizo lo que suele suceder después del primer encuentro: la idealizó.

La existencia transcurrió imparable en medio del vacío que llamamos tiempo. Las cosas de la vida que llenan el aburrimiento con pinceladas de color lo hicieron darse cuenta de que aquel rendez-vous no había sido coincidencia: ella lo había esperado siempre y seguiría haciéndolo hasta el final de los días. No había sido resultado de la casualidad. Había en aquel enamoramiento una búsqueda consciente, constante, que se alimentaba de aquel dolor cuyo principio había comenzado con el primer rayo de luz de su vida.

Aquel lejano enamoramiento comenzó a hacerse más y más oscuro cada vez que se encontraba con ella a la vuelta de la esquina. Mientras más conocía sus caprichos, menos deseaba estar con ella, y, no obstante, la atracción que lo arrojaba a sus brazos una y otra vez era igual al temor que le causaba.

Pero el miedo se transformó en desagrado y, como suele suceder, comenzó a esquivarla a fin de no verla, aunque en el fondo de su corazón moraba la certeza de que aquella dama de engañoso rostro había llegado a su vida para quedarse y arrebatarle las ilusiones y los jirones de inocencia o de bondad que hubiese podido hallar en medio de los pedazos de vida que le había heredado la decepción.

La pusilanimidad dominó al terror, y a pesar de saber bien lo que debía hacer, empezó a acariciar la idea de darse por vencido y a preguntarse si, para acabar con el sufrimiento, no sería mejor rendirse a los nebulosos encantos de aquel amor que caminaba en la vereda paralela sobre la cual transitaba el dolor.

Era más y más violenta, era imposible desasirse de ella. Lejos se encontraba la romántica imagen del primer encuentro; ya no quedaban notas del meloso canto que alguna vez le susurró al oído. Para no perderlo, ella comenzó a jugar al camaleón: adoptaba el color de un libro, el tono de las tardes grises y lluviosas, o el del oscuro traje de la melancolía, y se sentaba junto a él en cualquier café.

Hasta el día en que le propinó el traicionero golpe bajo de la incertidumbre del final de la vida: se lo había arrebatado todo y no podía dar marcha atrás. El flirteo trajo consigo las consecuencias de lo irrenunciable. El resultado de un desliz y el dulce engaño de los pensamientos le devolvieron mucho más de lo mismo de lo que había tratado de huir: el dolor, el dolor constante, un dolor pertinaz que empezó como un juego, un coqueteo, el atrevimiento de guiñarle con inocencia y de charlar con la muerte.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan, mecidos por el viento del tiempo.

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