Le decían Machete (2010, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-rose¡Ay, Dios mío, se me fue mi compañero…! Él era afilador… Ya no tengo a nadie. No tengo a nadie… ¡Ay, Dios mío! (El hedor a alcohol barato que salía de aquella mujer se esparcía en el aire). Hace ocho días que se me murió mi marido. Y ahora no sé qué voy a hacer… Me van a sacar del cuarto, porque él me ayudaba. (Su acento pastoso impregnaba el habla torpe y lenta del galimatías que brotaba de su lengua lechosa). Se me murió. Hace nueve días que se murió… Me lo envenenaron, él era afilador… Con ese hombre tuve ocho hijos, you know… Porque yo viví en los Estados. ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué…? Se me fue mi marido… Se me fue, y hoy es primero de noviembre, y no lo fui a ver, y no me va a perdonar… Porque, mirá, yo estoy aquí. (La mano se alzaba y se extendía como quien se empinaba el cuto). Why? Yo viví en los Estados… ¡Ay, Dios mío! Se me fue… Y mis hijos, ¡nada! Nadie se acuerda de mí, mirá estos huesos, mirá… ¿ves? Me lo mataron en Mixco… Me lo mataron. Yo tengo la ciudadanía, y ahora me voy a ir a los Estados, you know… Él era afilador, pero le dieron un tamal. Yo lo acompañaba a todos lados, pero ahora, mirá, estoy aquí y no me he tomado el octavo que me regalaste. Come on, come on… Tengo cinco hijos en los Estados y tres aquí. (Las risas de los ebrios se mezclaban con el olor a mugre y aliento alcohólico). ¡Ay, Dios mío! Le dieron un tamal… y se lo comió, pero estaba envenenado… Le dieron un tamal envenenado allá. Hace diez días que se me murió mi esposo, por eso estoy así. Le dieron un tamal, y él se lo comió, y vieras cómo se lo comió, ¡con ganas…! Y empezó a caminar conmigo, porque él era afilador, afilaba machetes y todas esas ondas. Y me decía: «Agh, agh, agh…». Se me murió en los brazos. Yo lo llevaba al hospital, pero no pude llegar… Hace ocho días que se me murió mi marido, hace diez días… Y mañana son nueve días… Y hoy es primero de noviembre y mirá, mirá donde estoy. (Todos volvían a ver hacia el árbol de la esquina y alzaban la mano sobre la frente haciendo el saludo militar). Y ahora voy a tener que salir del cuarto, porque ya no tengo esposo, y no va a tener su novenario, porque mirá, aquí estoy yo, pero no me he tomado el octavo que me regalaste. ¡Ay, Dios mío! Andábamos por allá, por la Antigua, y se encontró un tamal, y tenía hambre y se lo comió, vieras con qué ganas se lo comió… Él era afilador, por eso le decían… En Mixco… Se lo comió en Mixco, y me lo envenenaron. (Él se subía los pantalones que le quedaban flojos mientras las ganas de orinar lo obligaban a ver hacia el árbol de la esquina). Y ahora, ¡ah! Ahora… ya no sé qué hacer, por eso estoy así… ¡Ja! Me lo envenenaron, me lo mataron. (Las lágrimas empezaban a caer hacia el sucio asfalto de la calle por la que caminó con su afilador). Él era afilador de machetes, por eso le decían… así le decían. (Él volvía a ver hacia la izquierda y hacia la derecha y se tocaba la frente y se ponía la mano en el mentón mientras le decía adiós a la plañidera). A mi viejo me lo envenenaron, con un tamal, allá en la Antigua… en Mixco, y era afilador, y por eso le decían Machete.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan, mecidos por el viento del tiempo.

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