Al borde del laberinto (2010, «Noviembre y póstumos conexos»)

«El término psicosis se aplica a enfermedades mentales que cursan con desintegración de la personalidad y que pueden desembocar en la demencia».
(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseLa mañana de octubre se había ataviado con la frescura del otoño. Ni la temperatura ni el cielo de invernadero poblado de estratos le impedían saber que más allá de la capa nubosa se extendía el cielo azul fundido en una línea que en lontananza enmarcaba el horizonte, uno diferente, todavía más lejano, que a su vez se unía allende con un firmamento estupendo: la promesa de la libertad.

No era de extrañar que sus pensamientos apuntaran hacia el cielo: el aire insuflado en sus pulmones por primera vez tuvo el aroma del otoño. Sucedía, sin embargo, que con los días dorados también se anunciaba el temor a lo inexplicable, eso que lo aturdía.

El tiempo es la palabra detrás de la cual se esconde una insoportable verdad: la existencia se agota. Y, no obstante, persiste la contradicción: el intangible tiempo con su ilusión de permanencia inalterable existe desde el infinito remoto y, sin embargo, no es. Lo que no es no puede agotarse ni acumularse. Así que, ¿cómo es posible llevar cuenta de él? La conclusión no podía ser otra: era él quien se desgastaba y se diluía con cada hora, cada minuto y cada segundo de aquella nada que transcurría desde el día de su nacimiento, desde el día en que había sido arrojado a la nada del tiempo.

Detuvo la marcha delante de una cafetería para examinar el menú que alguien había escrito en las paredes. Un hombre lo invitó a entrar. «¡Todo iba tan bien!», refunfuñó. Dio las gracias con una sonrisa complaciente y se marchó. Habría sido mejor que la escritura hubiese hablado por sí misma y que nadie hubiese alterado la calma de la mañana.

Mientras caminaba por la vereda, ese andén al que llaman banqueta, se volvió por un instante, así que empezó a avanzar con lentitud, como si pudiera influir de alguna manera en el incierto ritmo de sus pensamientos para que estos no lo traicionaran ni se desbocaran, ya que siempre hay que mantenerlos a raya, o todo volverá irremediablemente al inicio. Fue en ese momento cuando su obseso perseguidor, el que cada vez que salía a las calles hacía encima de él su grosero pespunte, se asomó en medio de recuerdos, temores y deseos irresolutos, y empezó a caminar detrás de él.

«¿Moriré hoy?». Esa fue la primera pregunta que escuchó con claridad dentro de su cabeza, justo cuando otros pensamientos dejaron un intersticio silencioso en su mente; entonces lo invadió de nuevo esa cosa tenue y silenciosa que carcome: el temor.

La angustia iba in crescendo mientras las nubes grisáceas se enrollaban con rapidez, impelidas por el viento de octubre. Recordó al instante las palabras de sus perseguidores. Y aunque empezó a dudar que fueran reales o productos de la vesania, el repentino y ensordecedor claxon de un automóvil, cuyo conductor lo increpó, lo hizo perder el equilibrio sobre la frágil cuerda de sus pensamientos.

Cruzó la avenida sin mirar a los lados. Tal era su deseo por alcanzar lo más pronto posible la parada del autobús y salir de aquel maremágnum agobiante que lo asfixiaba y lo hacía rugir con desesperación, a la vez que sus engañosos pensamientos se disfrazaban de verdad y se enredaban en una telaraña inextricable, tan confusa que a menudo concluía que solo quedaba lugar para la solución final.

«¿Moriré hoy?», volvió a preguntarse en medio de la albura de un espacio de lucidez que por un instante se abrió paso en su cerebro, y un mar de conexiones lógicas e ilógicas se transformó en la urdimbre de sus pensamientos.

Miró a su alrededor. Por un instante todo le pareció ajeno y patético. La ciudad era asfixiante con su enajenamiento y la violencia que se alzaba rampante como potro salvaje. Se turbó al darse cuenta de que no sabía a dónde ir ni qué rumbo tomar. No había algo a lo que temiera más que a la posibilidad de la insania permanente. Gimió al punto de llorar y se volvió para hacerse la misma pregunta, la interrogante constante que no se debía al temor a la muerte, sino al horror que le provocaba no conocer con certeza las causas que lo conducirían a una terrible desaparición prematura.

Se detuvo. Respiró profundamente y ordenó el croquis mental de la ruta por la que enfilaba todas las mañanas. Volvió en sí y se sintió aliviado al reconocer de nuevo las calles de todos los días. Fue cuando vio a sus perseguidores aproximarse sobre la misma acera. «¿Moriré hoy?», dijo en su corazón. Pensó entonces en la posibilidad de cruzar hacia la acera opuesta, pero era imposible. Quizás sus perseguidores eran los esbirros de alguien cuyo rostro había olvidado.

El autobús se acercaba por la avenida. En cuanto lo vio, cruzó la calle en medio de los automóviles que pasaban peligrosamente cerca. Era la única manera de dejar detrás a sus asesinos.

Subió de un saltó al autobús. Los había burlado. Estaba a salvo. Buscó un asiento, cerró los ojos, respiró hondo y con calma para desacelerar el pulso. Llegó la calma otra vez. Estaba vivo, ¡era libre! Pero la euforia fue efímera, pues enseguida retornó la náusea y una tos nerviosa se apoderó de él. Tenía miedo sin saber a qué le temía mientras el bus aceleraba. Se bajó en la última estación y se dispuso a caminar a su destino final. Entonces, la indescifrable maraña se empezó a tejer de nuevo. Decidió tomar una Coca-Cola.

Entró en la tienda de una estación de gasolina, cogió la lata roja y se puso en la fila para pagar. Volvieron las arcadas mientras su mente se debatía entre la realidad y la ilusión. «¿Por qué me mira la cajera? ¡Dios mío, estoy asaltando la tienda y no me daba cuenta!». Pero el otro lado de su mente le repetía una y otra vez que, si pensaba aquello, el solo hecho de hacerlo era prueba de que aún era consciente de lo que hacía. La paradoja se hallaba en algún lugar entre la certeza y la incertidumbre. «Esto no es real, ¿o acaso lo es? ¡Respirá tranquilo, respirá tranquilo o van a darse cuenta! ¿Qué hace, por qué llama al vigilante?». El guardián sostenía una escopeta. «¿Qué debo hacer? ¿Debo correr, debo gritar? Pensá, respirá, calmate, no huyás, no estás haciendo nada malo, ¿o sí?…». Un movimiento brusco… se oyó un grito ininteligible. «¿Moriré hoy?», se dijo, pero ya no estaba seguro de haberlo pensado o de haberlo pronunciado. Se escuchó una detonación y el día se redujo a silencio.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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