La sombra de Ofelia (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseOfelia cogió con fuerza la almohada. Mientras más la acercaba a su pecho más recordaba los años desdichados que había vivido junto al hombre que solo le había dejado deudas, dolor en el corazón y tres hijos. Buscaba un poco del amante imaginario en el perfume del jabón con que había lavado la funda, un poco de alivio para la carga que significaba darles de comer a tres muchachos que no dejaban de crecer, y esperó que sonara el teléfono…

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Mientras caminaba por el bulevar, cuya arboleda invitaba a los cansados y a los enamorados a refugiarse a la sombra en una de las bancas carcomidas y podridas por el paso de los años, vio hacia abajo para encontrarse con su cuerpo en esa edad en que las mujeres son tan bellas como las adolescentes, pero tan tristes como las ancianas. Su mirada oscura penetró en lo profundo de una piel blanca que empezaba a marchitarse y que comenzaba a abrirles espacio a esas extrañas pecas que no estaban allí antes, ni en sus manos ni en su escote.

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Se había hecho tarde. El autobús no llegaba. Media hora después, Ofelia subía en un colectivo repleto de mujeres como ella y de hombres como aquel que había engendrado tres hijos en su vientre, y a quien, «maldita sea», se decía, se lo repetía y lo volvía a repetir a sus amigas, «se le había ocurrido morir» por no cuidarse, por no pensar más que en «esas estúpidas mujeres» que no lo amaban, y por volver día tras día a la botella con la que embotaba sus sentidos para pensar, quizás con más amargura aún, que no habían pagado y que en casa no había más que frijoles, unas cuantas tortillas y un saco de tristeza.

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Se puso su mejor ropa, la blusita apretada que la hacía verse menos cerca de los cincuenta y los pantalones vaqueros ajustados, para coquetear consigo misma, para convencerse de que era muy bella. Y con sus pequeños encantos anduvo errante por el parquecito que remataba el bulevar en cuyo extremo la esperaban, fieles, los árboles entre los cuales hubiese querido ser besada, para tener después un recuerdo, para hablarles a los viejos cipreses de su soledad y de su efímera felicidad.

Vio la hora en el arruinado reloj de pulsera y apretó los labios, subió las cejas y miró hacia el suelo donde las agujas secas de los pinos formaban una alfombra marrón con olor a ocote seco. Tenía que volver al salón de belleza. Aquellas mujeres altas, espigadas y delicadamente perfumadas que pagaban por un peinado y una manicura más de lo que ella ganaba en una semana de trabajo iban a quejarse si Ofelia no estaba allí para servirles la taza de tilo con la que calmaban la histeria que les provocaba no saber qué hacer con su tiempo ni con sus caprichosos y desobedientes hijos. Vio la hora y esperó, y suspiró…

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El aire matutino acariciaba el rostro de Ofelia, quien aquel día se sentía inusualmente feliz. Se había levantado de la cama con un entusiasmo que llegó a sorprenderla. Después de darse un baño con agua helada, se vio en el espejo y contempló con una sonrisa su cuerpo blanco, que aún atraía las miradas masculinas a pesar de una se esas lonjitas que quedan como el recuerdo de cuando se baja de peso repentinamente y se paren tres hijos al hilo.

Abrió la cartera para buscar el dinero de las propinas del día anterior. Era temprano, así que se dirigió con paso coqueto y lento a la cafetería que estaba junto al salón de belleza a tomar una taza de café con leche. Los patojos ya estarían en la escuela a aquella hora. Se alegró de no vivir completamente sola; y aunque le hiciera falta quien la abrazara por las noches, las risas y el cariño de sus hijos la consolaban y le infundían el ánimo que necesitaba para seguir viviendo y levantarse todos los días antes del alba.

Se sentó junto a la ventana a esperar que él pasara otra vez. No sabía si lo que había sucedido unos días antes era una casualidad, una aparición momentánea, una extraña coincidencia, o si aquel hombre trabajaba en alguna de las oficinas que abundaban en ese barrio fino. Cinco minutos después, lo vio caminar, galante, en la vereda opuesta, en dirección contraria a donde se encontraba el salón de belleza. «Mañana lo veré de nuevo», dijo en voz baja, y se sorprendió de su atrevimiento al pensar que buscaría una manera de encontrarse con él para que se fijara en ella.

Transcurrieron las semanas y Ofelia hizo un hábito de cada mañana, cuando llegaba temprano al trabajo, de sentarse a la mesita junto a la ventana en el café de siempre. «Café con leche, ¿verdad?», preguntó la camarera, quien la había pillado más de una vez viendo a través del vidrio al misterioso hombre que pasaba a toda prisa todas las mañanas.

Después de algún tiempo, Ofelia se armó de valor para hacer lo impensable. Anotó sobre una servilleta de papel su número telefónico y salió de la cafetería en busca de su amor… de ese amor que, pensó, era solamente de ella y nada más que para ella. Corrió tras él a lo largo de una cuadra, y, al darle alcance, se detuvo delante de él, le dio los buenos días con voz temblorosa y le entregó el mensaje secreto, como cuando de niña les enviaba papelitos a sus compañeros de escuela. «Llámeme, por favor…», dijo en voz baja, y huyó en dirección contraria a refugiarse en el salón de belleza.

Las semanas se transformaron en meses y el café con leche se convirtió en la bebida más popular del cafetín de la cuadra. El galán seguía pasando puntual, cada día, por la misma acera, en dirección opuesta al salón de belleza que estaba cada vez más lleno de mujeres que malgastaban las horas en conversaciones baladíes.

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El tiempo, no obstante, no se detuvo. Cierta tarde, Ofelia lo vio pasar por la vereda de siempre, pero esta vez en sentido contrario. Nunca lo había visto andar por allí a aquella hora. Oyó una voz femenina que gritaba un nombre que no pudo comprender. Una mujer corría tras él mientras agitaba la mano y sonreía. Él se detuvo, se volvió y caminó lentamente hacia ella. Se abrazaron, rozaron sus labios ligeramente y siguieron su camino tomados del brazo.

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La almohada estaba bañada en lágrimas. Ofelia se sonó la nariz y se metió debajo de las sábanas. Apagó la lámpara. La luz de la luna llena iluminó la habitación a través de la ventana que daba al patiecito. Ofelia suspiró y apretó los párpados mientras pensaba que debía levantarse temprano para ir a trabajar. Los muchachos no dejaban de crecer. Había que pagar las cuentas. Entonces, se incorporó y se sentó a la orilla de la cama. Vio la sombra que su cuerpo proyectaba sobre las sábanas, una sola sombra, una sombra solitaria. Y el teléfono nunca sonaba…

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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