Fuerte como los brezos (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-roseA la memoria de las heroínas, con las disculpas que es capaz de ofrecer este mundo cruel, demente e injusto

La lluvia de septiembre inundaba las calles. Los torrentes otoñales arrastraban las penas y los recuerdos de Érica. Un riachuelo gris descendía desde el poniente para terminar estancándose delante del café junto al cual una desgastada acera formaba la ribera que le traía a Érica el recuerdo de los angostos ríos sobre los cuales dormían los puentes de su pueblo natal.

Érica miró hacia el cielo, que se encapotaba, y se apresuró a entrar en la vetusta cafetería junto al hotel donde se hospedaba. El agua que se colaba a través del techo mojaba gota a gota el costal que una pordiosera de rostro adusto anudaba y desanudaba en el vano de la puerta y que contenía todos sus recuerdos, sus sueños, su cama, su hogar de caracol errante.

«Deme una moneda», dijo la harapienta. Entonces, alguien gritó desde el fondo: «Portate bien o te saco». Érica le hizo una señal a la mujer que había vociferado desde la cocina al mismo tiempo que se sentaba a la mesa situada en una esquinita del destartalado saloncito que daba a la calle. Luego dirigió la mirada a la mujer en harapos: «Esperá, esperate un ratito».

La mujer cetrina miró hacia el suelo y siguió anudando y desanudando en silencio su costal. «Señora, mejor cámbiese a otra mesa. Aquí se va a mojar. Siéntese más allá y en un momento la atiendo». Érica se levantó y volvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que la mendiga siguiera allí. Entretanto, la vagabunda volvía a cerrar el costal con una cuerda muy delgada, no sin antes verificar que su misterioso contenido estuviera aún adentro.

Los hombres grises se burlaban de ella y le jugaban bromas pesadas, así que no debía confiarse demasiado. La voz de Érica le dio un poco de alivio a la linyera y su sonrisa le inspiró la confianza que los demás aniquilaron poco a poco con sus gritos y el innecesario aspaviento que hacían cuando pasaban junto a ella.

«Regáleme una moneda», repitió en voz baja. Érica sonrió y le hizo de nuevo la misma señal que minutos antes había tranquilizado a la mujer. Los años le habían enseñado a Érica que la soledad podía ser su mejor amiga; eso sí, siempre y cuando no se quejara y se esforzara por hacer a un lado la suspicacia y dominar sus melindres. Tenía que ser auténtica y menos exigente con los demás. Pidió una taza de café.

La lluvia era constante, ligera pero insidiosa. El rostro opaco de la mujer que seguía de pie enfrente de ella, a una tímida distancia, se iluminó con el fulgor de un relámpago. La imagen de aquella mujer grisácea le quedó grabada en las retinas mientras sorbía el café.

Cerró los ojos al acercar el borde de la taza a los labios una vez más. Al mirar a través de la ventana, reconoció al grupo de profesores que, empapados, cruzaban la calle en dirección al hotel. «¿Me regala una moneda?», repitió la mendicante. «Vení, mamita, tomá». Érica colocó dos monedas de un quetzal sobre la mesa. Entonces, la mujer se acercó como lo hacen los perros sumisos. «Sentate, mamita. ¿Querés una taza de café?».

La mujer de piel cenicienta sonrió, cogió una silla y la acercó a la mesa. «¡No, no, no! Aquí no podés sentarte. Te dije que si no te portabas bien te iba a sacar», dijo la misma voz, con el tono que quienes carecen de autoridad fingen para darse una falsa importancia delante de aquellos que no los conocen e ignoran sus debilidades, esas que los harían perder todo el respeto de esa mismísima clase de personas.

«Déjela, por favor, la señora no me molesta. Tráigame otro café a mí y uno para ella, y dos champurradas». La mesera miró hacia el mostrador del fondo, se volvió meneando la cabeza y se perdió dentro de la cocina.

Eran tres mujeres muy diferentes en sendas celdas. Sus claustros estaban ocultos de las miradas del resto de la gente, dentro de una caja encerrada en medio de las dos esquinas de una de las calles de la ciudad más gris del mundo.

Eran las cinco de la tarde. La lluvia no cesaba. Se oyó un trueno en la distancia. Érica contó los segundos transcurridos entre el fulgor del relámpago y el trueno, tal como su madre le había enseñado de niña: la tormenta se alejaba. La indigente soltó el pan que Érica le ofreció y se cubrió los oídos con las palmas de las manos. El retumbo de las olas del océano del cielo se repitió con un eco infinito. Una voz extraña que solo la mendiga podía oír se escondía en el rastro que cada descarga dejaba atrás.

Érica mojó el pan en el café. Vio hacia la cocina, donde la camarera, con el ceño fruncido, limpiaba el mostrador. En ese instante, las notas musicales del malhadado número que correspondía con la fecha del día de nacimiento de la mujer en harapos, las del Gran Vals de Francisco Tárrega, se oyeron en el recinto.

La mujer intolerante empezó a despotricar por el móvil. Estaba muy molesta, furibunda, porque la lluvia no la dejaba marcharse a casa y su turno ya había terminado. Érica no les prestó mucha atención a sus palabras, pero sí a sus gestos. La mujer hablaba con gesticulaciones caribeñas que reafirmaba con la mano izquierda, la que le quedaba libre, mientras con la otra sostenía el aparatito color de plata.

La tormenta menguó y las mujeres, atrapadas en sus mundos, vieron hacia afuera, hacia la calle, donde un hombre empapado de pies a cabeza usaba el teléfono monedero de enfrente. La mujer del rostro gris empezó a balbucear y a repetir términos matemáticos, geométricos y trigonométricos. La palabra hipotenusa empezó a salir de su boca una y otra vez, mientras Érica, atónita, la escuchaba sin entender por qué pronunciaba aquella palabra. La mesera cogió su bolso, metió en él el teléfono y avanzó hacia la puerta. Era la hora de marcharse a casa y seguir allá la pelea empezada minutos antes.

Érica sacó de su bolso una hoja de papel doblada por la mitad, la extendió sobre la mesa y leyó:

«brezo. (Del lat. hisp. broccĭus, y este del celta vroicos; cf. galés grug, irl. ant. froech y gaélico fraoch). 1. m. Arbusto de la familia de las Ericáceas, de uno a dos metros de altura, muy ramoso, con hojas verticales, lineales y lampiñas, flores pequeñas en grupos axilares, de color blanco verdoso o rojizas, madera dura y raíces gruesas, que sirven para hacer carbón de fragua y pipas de fumador».

Aquella era una respuesta muy extraña a la pregunta que le había hecho al único hombre que había amado. No le quedaba más camino que seguir siendo fuerte como los brezos a los que tanto se parecía. El cariño es a veces más fuerte que el amor. Esa tarde comprendió que la predestinación no existe, que todo lo que sucede no es sino la consecuente cosecha de lo que se ha sembrado en el pasado, y que este nos visita de vez en cuando a lo largo de toda nuestra vida.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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