El callejón infinito (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

«Paranoia. Trastorno mental constituido por la presencia de una idea ilusoria fija, permanente, lógicamente construida, que condiciona una conducta anormal en el enfermo».

(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseM se levantó muy temprano y se dispuso a hacer lo mismo de todos los días. Antonin Dvořák llenó la habitación con el concierto para cello en si menor. El leitmotiv del primer movimiento continuó sonando camino al trabajo. Para que no se evaporara en la tumultuosa aspereza citadina, dio muchos rodeos para alejarse del estruendo de las motocicletas, del lloriqueo de los niños, de los gritos de los voceadores… cerró las ventanillas del automóvil. Sonrió al confirmar que Dvořák seguía allí.

Cuando la patrulla de la policía pasó a su lado, la sospecha de que su fin estaba escrito en las oscuras páginas de un libro secreto pasó por su cabeza. Las coincidencias no eran sino la apariencia de una realidad más profunda. El hombrecillo de la esquina seguía observándolo. Aquella mirada penetrante se desvió en otra dirección, pero M sabía que aquel hombre lo observaba sin siquiera mirarlo. Estaba completamente seguro: era a él a quien vigilaban desde hacía varios días.

Unos días antes, otro automóvil de la policía se había acercado sigilosamente a M, quien saludó con amabilidad a los agentes. Los tres hombres no respondieron. No había otra explicación: habían callado para no despertar las sospechas de M. Sin embargo, solo habían obtenido el efecto opuesto. Ya no cabía duda: aquellas no eran coincidencias, sino la orquestada partitura de una confabulación.

Llegó a la clínica, se puso la bata y revisó la agenda. Sería un día ajetreado. Aparte de un par de conocidos, recibiría a muchos pacientes nuevos. Era muy extraño que tantos desconocidos lo visitaran justo ese día.

En ese momento tocaron a la puerta con gentileza. Hizo pasar a Gertrudis, la de las piernas varicosas, a quien conocía desde hacía varios años. No era probable que ella fuera la persona enviada. No obstante, aquello solo sembró la duda. Estaba convencido de que no existían las coincidencias. Aunque hizo un gran esfuerzo por sacarse de la cabeza el nudo gordiano cuyos extremos era imposible liberar, terminó por pedirle a la recepcionista que cambiara las citas de los nuevos pacientes. De ese modo, el enviado desistiría al hallarse descubierto y no volvería, o por lo menos postergaría el final. ¿Y después…? ¿Y si no se daban por vencidos quienes iban tras él…?

Salió en busca de un café. Se lanzó a las calles, que al mediodía estaban atestadas. Al llegar a la esquina, un hombrecillo de agreste apariencia se llevó el teléfono móvil al oído cuando M pasaba junto a él. Vio hacia el suelo y se preguntó si lo habrían descubierto o si ya estarían al tanto de su rutina: el café, las calles, la cafetería de todos los días…

Se alejó a toda prisa. Echó a correr. Decidió no volver por sus cosas al consultorio. Poco importaba perder unos cuantos pacientes. Además, Marta se encargaría de las citas. Lo que realmente importaba era impedir que lo encontraran.

Aquella mañana no había lugar en el estacionamiento. Así que había dejado el automóvil aparcado en una callejuela detrás de la clínica. Se aseguró de tener las llaves en el bolsillo y se dirigió a pie calle arriba, al oeste, en busca de la vía más concurrida; dio vuelta hacia el sur para enfilar después calle abajo hasta la parada de autobuses para que le perdieran la pista.

Buscó a Dvořák… este seguía en el mismo lugar. Le infundía confianza y coraje repetir el tema, paaa, parará… paaa, parará… pero, entonces, una mirada de maldad le lanzó un destello de ira a los ojos. Fue tan breve que era imposible dudarlo. ¡Estaban siguiéndolo! Media cuadra adelante, sobre la avenida, cuando caminaba hacia el norte, el teléfono de un fulano apostado en el vano de un portal empezó a sonar. El hombre hablaba en voz baja mientras M pasaba junto a él con la mirada puesta en la acera. «Sí, lo voy a hacer…». El pavor se apoderó de M. Pocos metros lo separaban del autobús que lo llevaría a la seguridad del hogar y de vuelta a Dvořák. Unos policías caminaban en dirección a la patrulla que rondaba la manzana. La sirena hizo ese desagradable ruido que presagia lo terrible. Subió de un salto al autobús. Un muchacho se encaramó por la puerta trasera y M no pudo quitarle los ojos de encima en todo el trayecto.

Bajó del autobús dos cuadras antes de la parada más cercana a su casa. Dio una vuelta a la manzana, siempre cruzando a la izquierda, y así se aseguró de que el muchacho no estuviese siguiéndolo. Caminó por una calle paralela a la de su casa, dos cuadras abajo, hacia el este, y luego cruzó a la izquierda nuevamente hasta encontrar la calle donde lo esperaba la seguridad de su casa. Subió las escaleras sin dejar de ver por encima del hombro, abrió la puerta y entró sin voltear.

Nunca había oído pasar tantos automóviles delante de su casa como en aquella tarde de inicios de primavera. Buscó el disco de Dvořák. El concierto para cello volvió a la vida: paaa, parará… paaa, parará… No había más que una lata de cerveza en el refrigerador, pero no podía arriesgarse a salir de casa. Para asegurarse de que ya no lo buscaban, debía esperar por lo menos dos días. Pero entretanto, ¿qué pasaría con sus pacientes?

Dos días después, Marta llamó toda la mañana a casa de M, quien descolgó el teléfono con cuidado y, cambiando el timbre de la voz, pronunció un tímido «diga…». Marta le informó que habían roto una ventanilla de su auto y que se habían robado el estéreo. No podían haber sido sus perseguidores. No era posible… a menos que trataran de desviar su atención para confundirlo y obligarlo a ser más confiado.

A M no le cabía duda de que sus perseguidores estaban al tanto de sus pensamientos. Así que no les quedaba sino apresurar el desenlace o darse por vencidos. Por lo tanto, decidió salir de casa. No había nada de comer. Se vistió y salió a dar una vuelta a la manzana con una ropa distinta, en caso de que rondaran el vecindario. Volvió a casa y se mudó. Se rasuró la barba y se puso una gorra. Quizás lo confundirían con alguien más. Tomó la precaución de caminar por una calle no acostumbrada. Dvořák seguía en su cabeza, pero no iría a buscar el automóvil. Aquel podría ser un ardid, el cebo con el cual lo atraparían.

Las cuadras que lo separaban del supermercado fueron las más largas de su vida. Todos parecían sospechosos. Podía ser cualquiera. ¿Cómo saberlo y fingir confianza? Compró sopa enlatada Campbell’s, tres cervezas, una hogaza de pan y mantequilla. Pagó en efectivo, no era seguro usar tarjeta. Salió, pero no sin ver antes a todos lados.

Al cruzar la última esquina antes de llegar a casa, un auto con las ventanillas cerradas y vidrios oscuros pasó junto a él muy despacio. Ocultó la mirada debajo de la visera e hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, pero ya era tarde… probablemente habían conjeturado que él usaría esa ruta para evitar que lo hallaran

El automóvil se detuvo en la esquina. M comenzó a agitarse y a sentirse fatigado. Mientras se le aceleraba el pulso, la sangre se le agolpaba en las sienes. Echó a correr. Llegó a su casa, cerró la reja, pero olvidó cerrar el candado. Dio un portazo y se escondió en la habitación. Se metió en la cama, encendió el televisor y trató de no pensar en lo que acababa de suceder. ¡Estaba vivo, había escapado de sus perseguidores! Pero ¿por cuánto tiempo?

No se apareció por la clínica durante una semana. Iba al supermercado en busca de sus latas de sopa a diferente hora cada día. El efectivo empezaba a escasear, pero no se atrevía a usar el ATM y arriesgarse a caer en una celada. Al cabo de ocho días fue de compras a un supermercado que estaba en la dirección opuesta al que solía frecuentar. Allí había varios cajeros automáticos.

Se percibía algo muy distinto en el ambiente ese día. M se sintió aliviado. No había gente extraña en las calles; vio pasar a sus vecinos, a los de siempre, y aunque desconocía sus nombres y sus ocupaciones pudo reconocerlos. Nada le era ajeno. En el estanquillo, las portadas de los periódicos informaban: «Capturan a peligrosa banda de criminales. Una intensa búsqueda culmina con éxito y en la muerte de los cabecillas». ¡Qué alivio! Eso lo explicaba todo.

Caminó de vuelta a casa, tranquilo, seguro de que la vida volvería a ser como antes. Feliz de saber que podría regresar a la rutina. Al detenerse en la esquina, una motocicleta se acercó a toda velocidad. Una idea cruzó por su mente: de un momento a otro empezarían a disparar. Cerró los ojos y se preparó para morir. La moto pasó de largo. Era un repartidor de pizzas. M rio como tonto. Ahora estaba bastante seguro de que no le esperaban más sobresaltos.

Transcurrió una semana más. M volvió a la clínica y atendió a todos sus pacientes, incluso a los nuevos, ahora con la confianza de saber que ninguno había sido enviado por sus perseguidores. La barba le comenzó a crecer otra vez. Tuvo tiempo para descansar en aquel fin de semana. Al acercarse el mediodía se le antojó una cerveza. Salió a buscarla al supermercado. Caminó sin prisa, disfrutando del calor de la primavera. No se había sentido tan bien en muchos días. Ahora podría comprar todo lo que quisiera y la sopa de tomate enlatada que le gustaba.

Entonces, mientras subía las gradas hacia el segundo piso del centro comercial… apareció. Un automóvil se acercó por el bulevar y desaceleró, un hombre bajó el vidrio de la ventanilla y, haciendo un guiño, le apuntó con el índice derecho. Dvořák volvió a guardar silencio.

Julio Santizo Coronado

*****

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Anuncios