Cuando se pierde la partida (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

cropped-white-rose¿Ve usted cómo respira? ¡Mire nomás cómo se le levanta el pe<chito, así despacito, como si diera saltitos! Se nota que le cuesta respirar. Hace solo unas semanas todavía podía caminar… pero se ha puesto tan delgado que ya hasta parece que el viento se lo va a llevar. Y esa tos que con nada se le quitaba… y luego se quejaba todo el tiempo. Con razón decía que se sentía cansado todo el día y que nada le aliviaba el malestar, ese decaimiento tan feo que a mí ya me tenía bien preocupada. Y esa gripe que no se le curaba… Ah, pero lo peor fue aquel día cuando le empezó a cubrírsele la cara con el dichoso herpes. Aunque, a decir verdad, no, eso no fue lo peor, lo más feo de todo fueron las manchitas moradas que le empezaron a salir en todo el cuerpo. Ay, no, usted… yo le preguntaba a cada rato si le dolían, y él me juraba que no sentía nada, pero yo no le creía… aunque, a decir verdad, el doctor me explicó… porque me dijo: «Mire, señora, el sarcoma de Kaposi es indoloro» ―esas fueron sus meras palabras―, y que él había sido afortunado porque pudo haber sido peor… ¡cómo si hubiera algo peor que eso! Pero él me dijo que hubiera sido peor que le diera cáncer de hígado o algo mucho más grave. Pero, mire nomás, qué delgado está el pobre. Casi no se quejaba al principio, mi muchachito… pero un día me dijo así, llora que llora, que le dolía mucho detrás de las rodillas y debajo de las axilas. «Es por la inflamación de los ganglios, señora», me explicó el doctor. Y ahora, mire usted, ya casi no habla, y está tan pálido y flaquito. ¡Mire, está despertando…! Ah, no, sigue dormido… lo que pasa es que a veces como que le cuesta más respirar al pobre, y parece que se fuera a despertar de ese sueño que más parece tortura que descanso. Y tan guapo que era, ¿se acuerda? Pero mire usted nomás en lo que se ha convertido. ¡Qué barbaridad! Cómo le hace de ruido el pechito cuando respira. A mí me da mucha pena, pero dice el doctor que ya no se puede hacer nada, que solo hay que esperar, que la neumonía ya se complicó tanto que… bueno, que ya es cosa de tiempo… Y como si eso fuera poco, los hongos en la garganta y las aftas en la boca… Por lo menos parece que no se da cuenta de nada. ¿O le dolerá mucho, usted? Hay que pedirle al doctor que le dé algo para el dolor, para que no sufra mucho, porque a mí nadie me quita de la cabeza que, aunque no se queja, sí está sufriendo el pobre… Ya veremos qué pasa mañana, ¡si mira un mañana! Aunque sería mejor decir: si la mañana lo mira a él, porque ese tal citomegalovirus ¡qué sé yo!, que lo dejó casi ciego, pues… y la condenada enfermedad esa que es culpa, dicen, de esos desgraciados gatos que rondaban siempre su cuarto. Y sus ojos verdes, ¡qué bonitos eran! Pero ahora, mire usted, da tanta pena verlo ahí, mientras el pechito le hace ese ruido tan feo. Me causa tanto dolor verlo así, tan flaco… pero no es esa enfermedad la que lo puso así de flaco en realidad, ¡no!, dicen que no es por eso, sino porque ya no comía, porque con tanta llaga que empezó a salirle dentro de la boca ya no le daban ganas de tragar a mi muchachito. Eso de no poder comer… o comer con sufrimiento… ¡ay Dios!, eso sí ha de ser bien fregado, usted. Pero es que nunca se cuidaba, se la pasaba de acá para allá, y con cualquier mujer que se le pusiera enfrente. Mire usted que eso de andar de picaflor es como jugar al cuchumbo, pero lo más jodido es cuando se pierde la partida y uno se muere de sida.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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