Confesiones de un escribiente (1)

cropped-white-roseYa no leo mucho, salvo cuando se trata de trabajo. Prefiero escribir. Sin embargo, cuando leo lo que escribo nunca estoy satisfecho.

Soy incapaz de memorizar poemas, ni siquiera párrafos de libros que se consideran memorables o imprescindibles. Después de leer, solo me queda un recuerdo en la forma de una indescriptible sensación sobre la piel del pensamiento.

Si no lo imprimo y lo publico nunca dejaré de escribirlo.

Tengo una oficina y un escritorio. Poco he escrito ahí. Suelo escribir en cafeterías y en restaurantes. Voy de café en café por el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala para que, después de cinco o seis tazas, algo llegue a la existencia.

Escribí Versos de bolsillo y otros sueños (primer cuaderno de Poesía incompleta) en servilletas de papel y en boletos del antiguo Metrobús de la ciudad de Guatemala.

No escribo con tinta azul. Aunque se presente una idea, me resisto a escribirla a menos que lo haga con tinta negra.

Disfruto caminar y sentarme a observar a la gente. Luego escribo. Pero con los años, la agorafobia y la psicosis causados por la enfermedad bipolar han empeorado en vez de menguar, contrario a como hace muchos años una psicóloga aseguró que sucedería. Quizá por eso también escribo menos.

He dejado de usar antipsicóticos y antidepresivos. Deseo abandonar también los estabilizadores del estado de ánimo. Después de vivir unos 47 de mis 53 años (2018) con estas sensaciones y estos pensamientos, uno llega a encariñarse con ellos un poco y hasta podría llegar a extrañarlos.

Aunque no han sido pocas las ocasiones en que he llorado, gemido y deseado dejar de vivir, sigo aquí. A veces se instala en casa una efímera alegría que me convence de que lo peor ha pasado. Pero de vez en vez vuelven los fantasmas. Y, sin embargo, hay algunos (no muchos, no demasiados) que se esfuerzan por ponerse en mis zapatos, y se diría que me toleran por amor. Son esos los cariños que recuerdo y en los que pienso, aunque nunca los visite o aunque me esconda entre las paredes de la oficina donde duerme mi escritorio.

Cuando tenía entre doce y quince años me gustaba mucho ir al cine. Luego lo abandoné por algunos libros. Ahora, con más de cincuenta, vuelvo a las salas de cine de vez en cuando, y a veces acompañado… conmigo mismo.

Es mucho más satisfactorio escribir libros para niños que escribir para mí mismo. No obstante, no puedo dejar de hablar de mí cuando escribo pensando en los niños.

Julio Santizo Coronado

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