Un grito en la oscuridad (2011, «Noviembre y póstumos conexos»)

«Si por lo menos pudiera dejar de pensar. Los pensamientos son lo más insulso que hay, más aún que la carne. Son una cosa que se estira interminablemente, y dejan un gusto raro».

(Jean-Paul Sartre, La náusea)

cropped-white-roseSe levantó de la mesa por tercera vez y se dirigió al sanitario. Se cercioró de haber puesto el cerrojo y se arrodilló delante del inodoro. Esperó las arcadas, que acudieron como siempre, fieles al ritual de los restaurantes. Pero debía hacerlo deprisa para no despertar sospechas.

Volvió a la mesa tratando de disimular el asco para pasar inadvertida delante de los comensales. Vio la crepa de puré de manzanas, cubierta de azúcar y canela. Era dulce, era tan dulce… Le pasó por la mente confesar que había vomitado los primeros bocados, que era inútil esforzarse por comer sin pensar.

Se sentó, vio a su alrededor con pesadez y abrió la novela que él le había obsequiado esa tarde. La hojeó con la parsimonia del soporífero efecto del hambre. Estiró los labios con una mueca extraña, como si dudara de la existencia de todo lo que la rodeaba. Julio Cortázar empezó a guiñarle desde Rayuela y ella se lo agradeció.

Él abrió el libro en el capítulo 68. No imaginó entonces que aquellas palabras llegarían a hacerse realidad y que marcarían el finale de aquel amor que rayaba en la insania.

Él la animó a beber café. Ella tragó como si el fuerte aromático se le transformara en una masa sólida en la garganta. Casi se podía ver la bebida a través de las paredes del cuello, transparentes, como si no le corriera sangre en las arterias, de una palidez que recordaba los retratos de las reinas inglesas.

La basca la estremeció cuando él colocó en el tenedor un poco de crepa de manzanas y lo acercó a su boca. Cerró los ojos. Era dulce, era tan dulce… Masticó despacio, casi rumiando, y la náusea que el pavor le causaba le impidió tragar. La panza seguía vacía, salvo por el café que se le coagulaba en medio de las paredes estomacales. Por fin, después de unos segundos que parecieron una eternidad, tragó muy despacio, como si un par de manos en la faringe y en el esófago lucharan por detener el dulce alimento.

Él la observaba y la tomaba de la mano mientras ella le dirigía una lánguida mirada con sus ojos aceitunados, con la expresión de las súplicas de las adormideras. Ella trató de sonreír. Él le devolvió una sonrisa y no pensó sino en aquel momento. Hubiese querido introducir el alimento en aquel débil cuerpo sin ruegos ni angustia, sin añadir más inquietud al miedo que ella sentía: el temor al vacío, la ansiedad que la inexistencia, la certeza todos los demás soslayaban con los placeres, la inundaba. Pero tragar era tan difícil.

Se levantó de nuevo, volvió al sanitario y el ritual volvió a empezar: asegurarse de que la puerta estuviese bien cerrada, tratar de pensar con claridad, doblar las rodillas temblorosas y luego caer delante del inodoro en actitud rogativa a la espera de las arcadas, para regurgitar y apretarse el vientre con ambas manos y, finalmente, estremecerse. Se levantó del suelo, tiró de la cadena y se lavó la boca.

Abrirse paso entre toda aquella gente feliz y los meseros que hacían juegos malabares con las bandejas empezó a marearla. Se detuvo en medio del pasillo y respiró con breves aspiraciones sin que pudiese llenarse los pulmones. El embotamiento la hizo caer de nuevo sobre el mullido asiento de falso cuero marrón. Bajó la mirada y pronunció las palabras que solo la confianza podía dejar salir de sus labios: «Vomité…».

Hubo silencio. La anorexia y la catatonia ―la delgadez que solamente ella no veía― se interponían entre aquellos seres que se querían de manera extraña. Él la miró fijamente, con la ternura que da la pena, e hizo un gran esfuerzo por volver a sonreír. Le preguntó si le había gustado el libro. Ella no dijo nada, solamente asintió y apretó los labios mientras los extendía en una mueca que disimulaba la continua sensación de vacío que nace del temor a que los recuerdos se materialicen una vez más.

Cogió la sombrilla que había dejado sobre el asiento y dijo: «¿Ves?, aquí tengo a la Maga…». Entonces enmudeció. Él sabía que durante los siguientes minutos no podría hacer nada. Ella estaba sola en donde nada ni nadie podían entrar: en el fondo de su mente, donde las imágenes del pasado cobraban vida silente y se desenrollaban como una película que se ve demasiadas veces. Lo miró fijamente, pero él había desaparecido. Alguien distinto ocupaba su lugar. El rostro amenazador y la mirada cínica de un fantasma le impedían hablar, gritar, ¡correr…! Él la tomó de las manos, repitió su nombre en voz baja y dijo: «Soy yo, soy yo. Él ya no está aquí, no tengas miedo».

Al volver, miró a su alrededor. El murmullo y las risas de los clientes del restaurante empezó a ocupar el lugar del oscuro silencio que se escondía en la penumbra de sus recuerdos. Se desasió lentamente de aquellas manos que trataban de devolverla a este lado de la realidad y se levantó de la mesa una vez más. Se encaminó al sanitario, entró, cerró la puerta, corrió el pestillo, apagó la luz y entonces, con todas las fuerzas que su desesperación había acumulado durante años de tormento, hizo lo que no había podido hacer desde el aciago día en que le truncaron la niñez con violencia: dio un grandioso y pavoroso grito.

Julio Santizo Coronado

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

 

Capítulo 68 de la novela Rayuela, en la voz de su autor, Julio Cortázar (escritor argentino nacido en Bélgica en 1914, fallecido en París en 1984)

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