Confesiones de un escribiente (2)

cropped-white-roseAlguien a quien quise mucho dijo que escribir es el «valiente oficio de tener voz». Hasta ahora no sé que quien pronunció y escribió tales palabras haya publicado más que una tesis de licenciatura y esas mismas palabras en la solapa de una novela ajena.

Alguien más dijo hace varios años que siempre escondo algo en lo que escribo, y que eso era cierto aunque en alguna parte yo hubiese escrito que no había cabida para reticencias en mi vida.

Todo lo que siento, lo que he vivido ―que es realmente poco―, lo que deseo y pienso se halla en lo que escribo ―que en consecuencia también es poco―, y no se esconde de nadie. Solamente hay que leer entre líneas para darse cuenta de que la manera más simple de escritura es la que refleja con sencillez los días más felices y también los más aciagos de nuestras vidas.

Las historias de Noviembre y póstumos conexos se basan en hechos y personas reales: amigos, conocidos y desconocidos con quienes compartí los felices instantes de la manía y los terribles días de la depresión en alguna calle, en alguna habitación oscura, en algún parque… en el pasado, en el presente o en el futuro, en ese lugar en donde no hubo más cabida que para el deseo de un mundo mejor.

Aunque Noviembre y póstumos conexos llegó a reunir treinta historias, escritas entre 1990 y 2011, he borrado algunas que tal vez llegue a olvidar. No porque esconda algo, sino porque prefiero hablar solamente de mí. Me cuesta tanto entenderme, que la tarea de tratar de comprender a los otros se me hace todavía más difícil por mucho que me esfuerce por ponerme en sus zapatos y por más lágrimas que derrame al contemplar el sufrimiento que, sin duda, abunda más fuera de mí que dentro de mi propio corazón.

Durante unos días cedí a la tentación de saltar de nuevo al sombrero de los antipsicóticos. Al cabo de apenas dos días llegué a la conclusión de que prefiero enfrentarme a mí mismo sin sorber de la esponja empapada que me acercan a la boca. De esa manera solo sería uno más de los miles de millones que duermen despiertos en este mundo.

Me gusta volver a despertar a las tres de la mañana de cada día para escribir, aunque eso signifique no volver a hablar en público debido a la ansiedad. Prefiero eso a caminar por la vida con los ojos cerrados. Así quizás pueda sentarme de nuevo en el rincón de cualquier cafetería, o en la banca de algún parque, para observarte a ti, quien lees estas líneas, y pensar, solamente pensar…

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