Béatrice (1993, en «Noviembre y póstumos conexos»)

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Despertó. Letargia y nequicia se disfrazaron de apostura y se vieron enfrentaron al mar vítreo adosado al blanco muro de la habitación. El tiempo, enemigo implacable de la vanidad, engranó sus ruedas y la arrastró al fondo del crepúsculo vespertino.


El fulgor de la aurora iluminó la madrugada; la mañana se deslizó una vez más por encima de su contorno. El agua le devolvió la silueta de la soberbia y las arenas del reloj se unieron a pesar de la reluctante impertinencia que, tozuda, se interponía entre la belleza y la fealdad. Algo de sí desapareció ante sus ojos, se difuminó entre sus retinas y el reflejo transformado en imagen de su diario soñar. El sol se ahogó en el fondo de la noche.


Al día siguiente, su piel de durazno se irguió lenta y soberbia. Se plantó delante del cristal. El escarpado estanque perpendicular al frío de la realidad no reflejó la suavidad del ayer. Horrorizada, comenzó a ver a través de la diafanidad. Se acercó, apoyó las palmas contra el espejo e intentó palpar. ¡Nada! Ahogada en lágrimas, se hundió en un profundo sueño mientras las tinieblas engullían el resplandor del ocaso.


El brillo del alba le abrió los párpados una vez más y la enfrentó de nuevo al muro de cristal. Desesperada, vio la tersura de su talle difuminarse hasta la transparencia, atravesada ahora por su vileza, su oscura traición, perfidia agazapada tras la blancura de sus dientes y el brillo de sus ojos. Consternada, con desesperación, el odio y la terquedad asaetearon su mirada. Desaparecía. La tarde cayó y ella se tendió sobre el suelo blanco, vencida en una esquina de la habitación.


Nada se reflejó en el azogue con el clarear del último día. Los vicios se esfumaron, se disiparon; lo banal desapareció y lo trivial se consumió. Su sueño llegó a término y nada la pudo rescatar del olvido. Ese día, un instante antes de la desaparición, su aún palpitante mente tuvo que admitir que, en realidad, nunca había existido.

 

Julio Santizo Coronado

 

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Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

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