Cabalgando sobre las llamas del verano

cropped-white-roseEl 29 de marzo, cuando la primavera y el fulgor del sol ahogaban la tranquilidad de los días de la dulce melancolía que poco a poco se fue disolviendo en un océano de luz, escribimos A la espera de la primera lluvia de primavera. Nos referimos entonces al capítulo V de Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, de Kay Redfield Jamison, titulado “La gangrena de la mente en estado salvaje”, y extrajimos de sus páginas algunas de las más angustiosas expresiones del poeta Lord Byron.

Ahora, cuando el verano ha comenzado en el hemisferio norte, cuando las lluvias de la primavera han dejado de ser un bálsamo tranquilizador para transformarse en las llamas del estío, citamos algunas de las observaciones de la doctora Redfield Jamison (quien vive con el trastorno psicoafectivo bipolar) que encontramos en el capítulo IV (“Sus vidas cabalgan sobre la tormenta”):

«Hace más de dos mil años, Hipócrates observó que la manía y la melancolía se presentaban con mayor frecuencia en la primavera y en el otoño, y Posidonio, en el siglo IV d. C., observó que la manía solía ocurrir con más frecuencia en los meses del verano. A finales del siglo XVIII, el psiquiatra francés Philipe Pinel describió las pautas estacionales de la locura intermitente, y a principios del siglo XIX Kraepelin, escribiendo acerca de la enfermedad maníaco-depresiva, describió sus experiencias clínicas sobre las pautas estacionales del humor: “Vi en repetidas ocasiones que en estos casos aparecía un humor taciturno en el otoño, el cual se desvanecía en la primavera: ‘cuando la savia brota de los árboles’, para excitación, que en cierto sentido corresponde a los cambios emocionales experimentados hasta por los individuos saludables cuando cambian las estaciones'”».

Touched with Fire JSCRecuerdo que en mi infancia, quizás entre los años 1970 y 1974, cuando tenía entre cinco y nueve años de edad, marzo y el calor en aumento de la primavera eran una condena que se traducía en jaquecas y malestares que, estuviese o no a solas, se transformaban en una sensación de ausencia y aislamiento que no podía explicar sino con las desconcertantes palabras dirigidas a menudo a mi madre: «No quepo dentro de mi cuerpo». Y si a eso añadimos tardes de verdadera soledad, es decir, dos soledades conviviendo en la misma mente, y en una gran casa de dos plantas, sin duda fui muy afortunado al sobrevivir a aquellos días, especialmente cuando el verano se materializaba en un país tropical en el cual todos niegan la existencia de las estaciones y donde erróneamente llaman invierno a la primavera y al verano. La doctora Redfield Jamison confirma mis pueriles sensaciones:

«La investigación moderna confirma estas observaciones. Hace poco revisé la bibliografía científica sobre las pautas estacionales de la manía, la depresión y el suicidio […]. La revisión de estos estudios de los meses críticos de las pautas estacionales en que se presentan episodios de manía y depresión indican que los hallazgos son congruentes a pesar de los problemas metodológicos intrínsecos en este tipo de investigaciones. Hay dos períodos generales de crisis, evidentes en la incidencia estacional de los episodios de depresión mayor: la primavera (marzo, abril y mayo) y el otoño (septiembre, octubre y noviembre). Tenemos menos información sobre la manía, pero su incidencia principal ocurre en los meses del verano y a principios del otoño».

Así es, incluso en las regiones tropicales, donde los cambios de luz asociados a las estaciones parecen no ser evidentes (salvo para quienes viven con una exacerbación de los sentidos y luchan día a día contra las emociones que se lanzan desbocadas) esto es un hecho. Estos cambios se expresan a menudo como comportamientos que pueden ir desde lo que a algunos resulta extraño o molesto, hasta la verborrea, la osadía y la falta de juicio, incluso en el caso de los más conscientes de su propia naturaleza o «condición», para usar ese eufemismo tan en boga del cual echan mano incluso algunos pacientes para convencerse de que aquello con lo que conviven no es una enfermedad, lo que podría ser un desatino que conduzca a la enajenación.

La doctora Kay Redfield Jamison incluye en el capítulo de Marcados con fuego que hemos citado los versos con que T. S. Eliot expresa las «metáforas de la vida y del proceso creador, sus yermos inviernos y sus esperadas primaveras, y sus perturbadoras y cambiantes estaciones», tomadas de Little Gidding:

Cuando más brilla el breve día con niebla y fuego, / El breve sol deshace el hielo del dique y del estanque / En frío sin viento, que es calor del alma / Reverberando en un espejo acuoso, / Un brillo que es ceguera por la tarde. / Un destello más intenso que la llama de leña o del brasero agita el alma aturdida; no hay viento sino pentecostal fuego, / En la época tenebrosa del año, entre deshielo y hielo / La savia del alma se estremece. No hay olor a tierra / Ni olor a ser vivo. Esta es la primavera / Pero no la pactada con el tiempo.

Antonio Vivaldi expresa esa transición en la escala de los sentidos y las emociones, y la lucha que se entabla en la mente de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que han sido tocados por el fuego, en El verano.

Julio Santizo Coronado, 27 de junio de 2019 (verano)