Confesiones de un escribiente (1)

cropped-white-roseHace unos meses limpiamos esta casa, pues siempre es bueno ordenar y sacar las cosas viejas a fin de saber si todavía nos hablan; aunque quizá sea mejor decir «para asegurarnos de que nosotros todavía somos capaces de escucharlas». Si estas guardan silencio, debemos esconderlas en el ático de los recuerdos. Fue así como tres publicaciones tituladas Confesiones de un escribiente se fueron al desván por error en esos días, lo cual lamenté entonces, pues la polilla del olvido y la primavera y el verano que fustigan los pensamientos de algunos de nosotros acabaron con ellas. Comencemos de nuevo.

Días de periodismo

Durante algún tiempo, y desde el año 2000, publiqué una columna en un periódico guatemalteco. Esta salía los viernes, pero estaba sujeta a imprevistos y a la decisión final del director del medio, ya que yo era de la casa. Mi oficio en el medio era corregir pruebas, lo que fui aprendiendo sin más ayuda que el buen juicio, pues en Guatemala no había entonces escuelas de edición, ni siquiera en las universidades. Supongo que todo sigue igual.

Además de ser aprendiz eterno de ese oficio, traducía cables del inglés al español, ya que aunque estábamos en el último año del siglo XX, la modernidad era una liebre en aquella casa. También me encargaba de la página de humor, seleccionaba para la página de variedades una que otra foto (que yo mismo hacía en algunas ocasiones) y levantaba el texto de los columnistas, entre los cuales se hallaba la señora Theodora Van Lottum.

Doña Theo, como solían llamarla los periodistas, escribía cartas (a máquina) que enviaba a todos los diarios de Guatemala. Eran cartas sesudas, llenas de datos a veces reiterativos como los errores comunes en los medios de este país. De hecho, después de 19 años sigo viendo las mismas pifias en los periódicos de Guatemala. Y digo que las veo, porque ya no leo periódicos nacionales, al menos en soporte físico. A veces compró los diarios que los voceadores venden en rebaja al final de la tarde solo para cambiar el papel de la jaula del canario que mi madre me heredó.

Siempre recogía de la basura las cartas de doña Theodora. El director de uno de los diarios en que trabajé me las entregaba luego de ojearlas. El corresponsal de un diario español, que también era subdirector de otro de los medios de prensa donde estuve cinco años, solía insultarla con terribles palabras… pero no leía sus cartas. La autosuficiencia suele caminar de la mano del desmesurado orgullo y la altanería. Es una lástima.

Eran cartas escritas a renglón cerrado. Hasta seis páginas, a veces más, y sin desperdiciar espacio. Doña Theodora era traductora. Hablaba varios idiomas: neerlandés (su lengua materna), inglés, alemán, francés; conocía el griego y el latín. Y hablaba el español mucho mejor que… bueno, por qué no decirlo, que muchísimos de los periodistas que la criticaban.

Aprendí mucho de sus comentarios, de sus correcciones y de sus lecciones de historia, pero le prestaba poca importancia a su crítica política y a su sarcasmo.

Como ya dije, en esos días escribía una columna, admito que bastante trivial y personal la mayoría de las veces. La calzaba con un pseudónimo: el mismo que llevaba el primer blog que abrí en WordPress (que no existe más), a saber: El ideario de Facundo. En efecto, la columna se titulaba Ideario. En algunas ocasiones escribí algo más que lo cotidianamente íntimo (perdonen la expresión), y doña Theo alabó una vez, y quizás más de dos, algunas de mis expresiones. Ella no contaba, empero, con que Facundo publicase de vez en cuando con su verdadero nombre. Y era interesante que las columnas calzadas con mi verdadero nombre despertaban la antipatía de la notable señora.

De ahí surgió la idea que a quienes leen estas líneas quizás les ha pasado por la mente: revelar que uno y otro eran la misma persona. No es motivo de orgullo recordar con qué aire expresivo revelé aquello que llamaré secreto. Digamos que cuando se le habla con ironía a quien lleva adherido el sarcasmo al pensamiento la reacción es impredecible. Luego de un dame y daca semanal de nunca acabar, doña Theo se presentó cierta tarde en el periódico con su abogado.

Aquellos dares y tomares se volvieron motivo de risa para unos y de cólera para una sola. Felizmente, el director del medio salió en mi defensa, tal como lo había hecho por lo menos dos veces más, mucho antes de aquel desafortunado incidente. No obstante, y aunque los años han pasado y me han informado que Theodora Van Lottum ha muerto (no sé cuándo), la recuerdo con alegría y con agradecimiento por todo lo que de ella aprendí. Ideario se publicó pocas veces, pues era una columna de relleno. Luego de quizás tres años me despedí de los lectores. Concluyo estas líneas arrancadas de la memoria con un proverbio:

«No corrijas al burlón, porque te odiará. Corrige al sabio, y te amará. Dale instrucción a un sabio, y se hará más sabio. Enseña a alguien justo, y aumentará su saber» (Proverbios 9:8, 9).

Julio Santizo Coronado, 15 de agosto de 2019