Confesiones de un escribiente (10: El prejuicio, los demás y nosotros)

A pesar de mi propensión a los arrebatos que se deben a la impaciencia, desde la última vez que mi mente sobrescribió en mi memoria me he visto como alguien no prejuicioso, o por lo menos sin evidente tendencia a serlo. No obstante, luego de leer un franco artículo en una conocida publicación[1] y de observar y analizar uno de los interesantes episodios de una docuserie presentada por Netflix[2] me dije que debo pensarlo dos veces antes de negar tener prejuicios. Diré a mi favor, si puede servir de algo, que por lo menos no soy un racista recalcitrante ni un irrazonable xenófobo. Al menos esa es la excusa que mi conciencia me grita desde el fondo de la habitación.

¿Qué es el prejuicio? El Diccionario de la lengua española de la RAE lo define de esta manera: «Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal». En una sola palabra, prejuzgar, a saber: «Juzgar una cosa o a una persona antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento».

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Un experto citado en la docuserie consultada explica: «Los estereotipos son conjuntos de asociaciones aprendidas que se establecen en la memoria desde pequeños». A continuación, se sugiere que la inocencia infantil se pierde mucho antes de lo que se creía, precisamente por causa de los estereotipos que los padres inculcan en sus hijos, a veces sin ser plenamente conscientes de ello.

La publicación consultada resume así nuestra situación:

«La gente puede tener prejuicio hacia personas de diferente nacionalidad, raza, tribu o idioma, o incluso de diferente religión, sexo o clase social. Algunos juzgan mal a los demás por su edad, educación, discapacidades o apariencia. Sin embargo, creen que están libres de prejuicios».

“¿Está usted contagiado por el prejuicio?”

Entonces, pregunta para luego admitir con gran franqueza:

«¿Podría usted estar contagiado de prejuicios? Es fácil que veamos el prejuicio en los demás, pero puede ser difícil que lo detectemos en nosotros. La verdad es que, hasta cierto grado, todos tenemos prejuicios. El sociólogo David Williams dice que, cuando alguien piensa mal de cierto grupo y se encuentra con una persona de ese grupo, “tratará a esa persona de forma diferente sin siquiera darse cuenta”».

Ibidem

En los años cuarenta del siglo XX, los psicólogos Kenneth y Mamie Clark les presentaron a niños de 3 a 7 años cuatro muñecas idénticas, excepto por el color de piel, y les pidieron que eligieran la de su preferencia. Los niños prejuiciosos prefirieron las muñecas blancas. En efecto, aunque alguien podría sugerir que tal reacción es únicamente la imitación de lo que ven, y que llamar prejuiciosos a niños pequeños es irresponsable, ¿no es la imitación carente de cabal conocimiento precisamente la misma razón por la cual los adultos manifiestan a menudo irrazonables prejuicios?

El documental de Netflix lanza la inquietante pregunta, cuya respuesta probablemente rebatirían quienes afirman que la humanidad ha evolucionado: ¿Se ha mejorado desde la mitad del siglo XX? No. Un estudio reciente muestra que los niños blancos todavía muestran un prejuicio subconsciente contra los grupos minoritarios en Estados Unidos; y las protestas violentas que tuvieron lugar en varias ciudades de aquel país en 2020, y a pesar de la pandemia, dejaron bien claro que el racismo sigue siendo una de las más grandes y deleznables manifestaciones del prejuicio de la sociedad estadounidense y de la humanidad.

Lo mismo sucede con los prejuicios sociales, por edad, por apariencia, incluso por acento (se demostró que los estadounidenses consideran a quienes tienen acento británico personas más inteligentes y con más autoridad). Algo similar ocurre en Latinoamérica, donde el acento argentino y el español se consideran deseables y se llega a pensar que quienes los poseen son más inteligentes.

Admitámoslo, la imparcialidad no suele ser nuestra marca característica la mayoría de las veces. En realidad, hasta los filósofos de cafetería suelen alejar de la tertulia a quienes no se ajustan a sus requerimientos de pensamiento y palabra, incluso si los sofistas se pierden en meras simplezas, sentados a la mesa de una cafetería china del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

Referencias:

[1] Watchtower Bible and Tract Society (2020). ¿Tiene cura el prejuicio? ¡Despertad! (Num. 3), pp. 3 y sigs.

[2] Netflix. (2019). 100 humanos. (Episodio 4). EE. UU. Netflix Inc.

Julio Santizo Coronado, 4 de agosto de 2020

Confesiones de un escribiente (9: A flor de tierra o de la superficialidad)

La Tierra tiene una corteza muy delgada, si la comparamos con la distancia que hay desde su superficie al centro, ya que va de los 5 kilómetros en las partes más delgadas, hasta los 75 kilómetros aproximadamente en las más profundas. Es tan rica en vida y belleza que todos piensan en la cobertura de la Tierra cuando evocan al planeta y, sin embargo, debajo de su superficie suceden cosas muy interesantes y vitales para quienes habitan muy por encima.

El movimiento del núcleo líquido externo de la Tierra sobre el núcleo interno, a cientos de kilómetros de profundidad, induce el campo magnético del planeta. Este es un escudo protector invisible, que se extiende a miles de kilómetros de distancia, que ha sido diseñado para proteger la atmósfera sostenedora de vida del dañino viento solar y de diversos tipos de radiación que provienen del espacio y, por ende, a los seres que habitan en la biósfera de ese oasis azul.

Por tanto, aunque la cobertura es el hogar de los seres humanos y de millones de formas de vida animal y vegetal, esta es solo el cosmético, la superficie de un complejo sistema cuya mayor parte no se encuentra a la vista.

Lo mismo sucede con los procesos humanos del kósmos (en su acepción más básica). Cada generación que vive su propia modernidad generalmente solo es capaz de ver los resultados de los procesos que, en muchos casos, se han gestado a lo largo de milenios. Ejemplos son la historia del sistema de gobernación humana y su inseparable acompañante y validadora, la religión al servicio del Estado.

Algunas veces, unos cuantos se atreven a sondear en las inmensidades del océano de la historia. Los más felices descubren verdades que les permiten tomar mejores decisiones en el presente. Otros, no obstante, aunque se atrevan no son capaces de comprender la relación del presente superficial con el pasado profundo, por lo que siguen siendo presas de lo que se halla a flor de tierra.

La querencia del corazón suele ser más poderosa que la razón. Por lo que el suceso resultante es, para muchos individuos, el conformismo que procede de la comodidad del nivel de lo presente, que a la larga desaparece, tal como lo hace la superficie del suelo de nuestro planeta, que se renueva periódicamente por la acción del viento y del agua.

Triste es admitirlo, pero hasta quienes preconizamos no ceder ante la ingenuidad solemos sucumbir a las sinrazones de la superficialidad y caemos en las trampas de la malsana inclinación a acomodarnos y a tener por importantes cosas banales y superfluas, desde nocivas relaciones personales hasta inútiles pasatiempos o cierta clase de conocimientos que, vistos bajo la lupa, no son más que la caspa y los ácaros de este sistema, o kósmos, que podrá parecer muy atractivo para algunos, pero que no deja de no ser más que la cáscara de una manzana que, huelga decirlo, está muy marchita.

Julio Santizo Coronado, 30 de julio de 2020

La mujer que lo entendía todo (cuento)

cropped-white-roseLa última semana de aquel otoño fue todo lo que Mariela necesitó para devorar las ediciones de los periódicos publicados en su ciudad natal durante los últimos treinta años. No obstante, mientras más leía más insatisfecha se sentía.

Fue en aquellos días cuando todos quienes la conocieron empezaron a pensar que Mariela lo sabía todo. No obstante, ella era consciente de que la espuria fuente periodística jamás le daría el conocimiento de todo cuanto sucede en el mundo, ni llegaría a entender a cabalidad el porqué de las cosas. Así que Mariela se decantó por el estudio y la lectura del más banal y superficial de los oficios de escritorio y de banco de cafetería china: la filosofía.

Si lo pensamos sin apasionamientos, su método de lectura no era nada excepcional: Mariela «resumía». Había perfeccionado el sistema a lo largo de las excursiones vacacionales en el lago del altiplano a donde solía viajar en busca de un refugio para sus pensamientos. Aprovechaba aquellos días para sentarse a la orilla de la playa y pasar página tras página hasta que las estrellas brillaban en el firmamento.

Al llegar a este punto de mi historia ―la cual no es simple construcción de mi imaginación, aclaro―, suelo mencionar cierto detalle de los resúmenes de Mariela; uno que quizás a algunos les parezca de poca importancia. Y es aquí cuando casi siempre me interrumpen para decir o pensar (porque a veces tengo la impresión de saber muy bien lo que quienes me oyen piensan) lo evidente: escribir resúmenes después de leer un libro no tiene nada de extraordinario.

Eso es cierto para la mayoría de nosotros los desdichados mortales, y lo sería también para Mariela si no fuera porque ella se entregaba a tal tarea de manera simultánea. «¡Y eso qué!», añadirá alguien más mientras levanta la mano para pedir la palabra desde el fondo de la habitación donde nos encontramos (háganlo, pero no alcen mucho la voz, por favor). Permítanme explicarles.

Mientras Mariela leía y resumía al mismo tiempo, no había libreta ni lápiz en sus delicadas manos. Ejecutaba el más fatigoso de los trabajos intelectuales ―leer― para al instante olvidar todo lo que hubiese quedado al margen, es decir, «fuera del resumen». Mientras los ojos de Mariela paseaban por encima de las líneas de la página impresa, y en el mismísimo instante en que su prodigiosa mente componía el bosquejo resultante, hacía a un lado todo lo insustancial, el rastrojo. Sus ojos marrones recorrían las palabras sin pasar por alto una sola letra, aunque todo aquel que la observara pensase que Mariela no leía nada… absolutamente nada.

Ahora estoy seguro de que por lo menos uno de los presentes dirá que lo que he tratado de explicar no es más que un ordinario método mnemotécnico o de lectura rápida. Sin embargo, el día que llegué a la misma conclusión, Eugenia, la tía de Mariela, me dijo: «Debo explicarte algo más sobre este asunto de la memoria de Mariela; esta habilidad no es un acto simple ni el resultado de un truco mental ordinario».

Eugenia conocía a su sobrina al dedillo, como ya lo habrán supuesto. En tal virtud, yo no debía siquiera imaginar en aquel momento que la explicación que ella creyó imprescindible y más que oportuna tuviera como propósito hacerme sentir mal o demostrarme lo poco inteligente que soy. El interés de la tía Eugenia y la pasión con la cual hablaba de su prodigiosa sobrina no eran sino el consecuente resultado del cariño y la admiración que Mariela despertaba en su corazón y del amor que su tía sentía por ella.

Cada vez que la tía Eugenia repetía la historia que ahora trato de recordar, no podía menos que maravillarse y amar aún más a aquella magnífica rareza que era Mariela en un mundo donde todos se convencían y se dejaban convencer de que para asirse del poder y aprehender el conocimiento se debe obtener la máxima cantidad de información que se tenga al alcance de la mano, o de los ojos… o del oído.

Eugenia me explicó largo y tendido, junto a infinitas tazas de té con leche e incontables galletas de chocolate, que cuando Mariela leía y hacía a un lado lo que carecía de importancia, leía cada oración, cada palabra y cada letra sin pasar por alto ni siquiera una ínfima coma. (Lamento mucho aburrir con mi insistencia a quienes ahora veo bostezar).

Mariela había sido dotada de un cerebro similar, por decirlo de alguna manera, a las extremidades de algunos anfibios que, luego de ser amputadas, se regeneran. Sí, Mariela era una salamandra cerebral.

Aunque con cada nuevo pensamiento Mariela perdía literalmente porciones de masa encefálica, pérdida que se aceleraba durante el proceso ya descrito, su mente desechaba el extracto residual durante un período de limpieza… porque olvidé añadir algo muy importante ―y sírvanse excusarme de nuevo, por favor, pues tiendo a pasar por alto los datos que suelen echarse en falta cuando deseo comprender el todo de las cosas―: Eugenia me dijo aquella tarde de té con leche y galletas que hasta el más nimio de los resúmenes de Mariela permanecía en su cabeza por un breve período de tiempo. Pero cuando el sujeto de nuestra admiración leía acerca de cualquier otro tema que despertara su atención, las conexiones neuronales y, por consiguiente, sus pensamientos, se borraban con la misma facilidad con que habían llegado a la existencia, y con tal borradura se perdían porciones encefálicas. Y, no obstante, Mariela continuaba con vida y haciendo lo que más disfrutaba: leer.

Así que Mariela era, a su propia y extraña manera, todo lo opuesto al memorioso Funes que Jorge Luis Borges inmortalizó en su verídico relato disfrazado de falaz cuento. Dicho esto, es imprescindible añadir a mi relación que Mariela era incapaz de recordar definiciones. De tal suerte que, si pusiese por escrito esta historia, bien podría titularse Mariela la desmemoriada. Sin embargo, como más adelante demostraré, este título no sería el más adecuado. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba convencido de que Mariela lo sabía todo.

Aquella señora que escucha junto al pasillo izquierdo de la sala, que ha saltado dos centímetros por encima de su butaca en un acto de incomprensible levitación, se preguntará de qué manera podía Mariela saberlo todo si, al fin de cuentas, acababa por olvidar todo cuanto leía. ¡Ah! Ese es el punto toral de mi relación y la razón por la que me embarqué en la empresa de dar a conocer a la historia real de Mariela. Así que, por favor, señora mía, no desespere, trataré de responderles a usted y a todos los presentes, y haré un gran esfuerzo por no omitir detalle alguno de lo que la tía Eugenia me dijo (creo haber explicado antes que tengo muy mala memoria).

Aquí es donde quienes no abstraen la metafísica de los asuntos se extravían en un laberinto de aparentes incongruencias. Creo haber dejado bien claro ―a menos que me esté volviendo mucho más olvidadizo que hace unos cuantos años, o minutos, o segundos, y además menos diestro en el oficio de narrar historias e hilar tramas, aunque en realidad nunca he sido muy bueno en este oficio― que el cerebro de Mariela se degradaba, por decirlo de alguna manera, con cada una de aquellas kilométricas sesiones intelectuales.

Cuando las neuronas que se habían conectado para crear un resumen se apagaban para siempre, el espacio vacío resultante se transmutaba en algo más, en algo diferente y que se me hace difícil definir o dibujar con imágenes literarias o científicas, y mucho menos reducir a sencillos y comunes términos.

Recuerden: el cerebro de Mariela, aunque desaparecía como las extremidades de las salamandras, se regeneraba paulatinamente, y, no obstante, no volvía a ser la materia gris (y la materia blanca) de la que tanto nos hablaban nuestros maestros en la escuela y por cuyo mantenimiento y buen funcionamiento nuestras madres nos obligaban a dormir y a comer alimentos abundantes en fósforo, como el pescado que tanto me gusta… Pero ahora empiezo a divagar.

Durante aquella paulatina regeneración y transformación, el cerebro de Mariela desarrollaba una sustancia ajena a las típicas células que conocemos como neuronas y que hacen de nosotros lo que somos, o quisiéramos ser: humanos. La salamandrina regeneración a la cual me he referido antes en mi exposición consistía en transformación de materia en energía, o, mejor dicho, en pensamientos puros que no necesitan soporte físico para continuar existiendo.

Como ya habrán concluido los presentes, si es que me han seguido con atención y han puesto en marcha ese maravilloso enlace de enunciados mentales que solemos llamar lógica, Mariela no fue ajena a la composición natural del asiento de la mente el día en que su madre la dio a luz. No obstante, debido al proceso que he querido explicar con todos los detalles que ahora recuerdo, porque empiezo a olvidar, ese inefable algo en el que su materia gris se transformaba le permitía almacenar imágenes puras, simples, en la forma más primitiva de los conceptos; libres, empero, de toda definición o enunciado alguno, y, por tanto, de conectivos lógicos.

Aunque al comenzar a narrar la historia de Mariela pude haber causado en ustedes la engañosa impresión de desear llevarlos de la mano y situarlos delante de la maravillosa visión de un resultado por demás espectacular, la verdad es que la consecuencia ineludible de todo lo dicho y sucedido fue que Mariela perdiera el habla y, por consiguiente, la habilidad de descifrar las representaciones fonológicas de la manera en que los prójimos comunes suelen hacerlo.

En efecto, en cierto momento de su vida, Mariela fue incapaz de decodificar los signos de la escritura que desde nuestra infancia llamamos letras. Le resultaba imposible relacionar los símbolos con un sonido particular, ni era capaz de enunciar. Era evidente ahora que, con el tiempo, la agrafía[1] se apoderaría de ella.

Fue así como Mariela dejó de leer en su lengua materna, el español, y ascendió un peldaño en la escala de la lectura: ahora sentía lo que veía sobre el papel, lo que posibilitó que pudiese «leer» desde entonces en cerca de dos mil trescientos idiomas, quizás unos más, tal vez unos menos.

A nadie dejó boquiabierto lo que Mariela llegó a saber en alguna remota época de su existencia, pues lo verdaderamente inusual era su comprensión de las cosas. Hoy, al repetir esta historia por enésima vez, quizás la última (porque estoy a punto de olvidarla), delante de todos los que quisieron honrar a Mariela con este póstumo y sencillo acto, me doy cuenta de que debería titularla, en caso de que se ponga por escrito alguna vez, La mujer que lo entendía todo.

Pero no pongan esa cara de tristeza, ya que no he terminado aún. Permítaseme continuar, porque ninguna historia es buena si no tiene un final, sin importar que este sea brillante, aciago o una simple tontería.

Cierto día de finales de primavera, poco antes de que se borraran las facultades de Mariela, tomó la decisión más importante de su solitaria existencia. Al darse cuenta de que era insoslayable el fin y de que las consecuencias de aquel inusual don que a la larga se había transformado en fuente de desasosiego eran inevitables, llegó a la ineludible conclusión de que era imprescindible buscar quién cuidase de ella y la protegiera cuando amaneciera el día en que, incapaz de comunicarse con sus semejantes, no pudiera valerse por sí misma.

Así que vendió su herencia, lo que incluía una casa y algunos muebles, y con la plata que obtuvo compró todas las novelas y libros de cuentos que halló en las librerías de viejo (o de lance, como las llaman allende las tierras que vieron nacer a la fabulosa Mariela).

Aquellos últimos días fueron hermosos, luminosos. Mariela se entregó a la lectura de novelas, cuentos y relatos breves, pues ni los diarios ni la filosofía, ni siquiera los textos académicos, científicos o teologales que pretendían explicar su mundo satisficieron su ansia de conocer y entender la verdad de todas las cosas.

La tía Eugenia la alojó en una piecita situada al fondo de su casa y fue allí donde Mariela se dedicó a hacer sus últimos resúmenes y a vivir aquella autoencefalofagia que transformaba el asiento de su mente en un espacio de imágenes puras, simples, cada vez más primitivas y cristalinas.

Llegó a ocupar un sitio en su mente el amarillo; otro, el ave; uno más, una casa… Pero estos nunca volvieron a fusionarse para darle forma a la imagen del canario que cantaba en la casa del vecino. Hacerlo habría significado retroceder y dejar de entender el mundo, un universo que ahora consistía en miles de millones de algo muy parecido a los conceptos, pero sin serlo realmente, y esparcidos aleatoriamente, sin que un solo enunciado saliera de sus silenciosos labios o se encadenara en su increíble mente, cuyo asiento era ahora aquella nueva, rara e inefable sustancia en la que el cerebro con el cual había nacido se había transformado.

Cuando la facultad del habla la abandonó, Mariela dejó de escucharse a sí misma con su voz interna. Las palabras dentro de su cabeza desaparecieron. Quedaron libres, flotando en aquel espacio de materia oscura, donde el cosmos se coligaba con sutileza. Los conceptos puros, carentes de definición, y la designación de las cosas llegaron a ser un mero recuerdo del más remoto pasado de aquella inusual mujer.

No obstante, aunque su mirada y su presencia no dieran visos de que algo ocurría ahí dentro, la pureza de los extraños conceptos que su cerebro aún almacenaba dio como resultado que en un insólito despertar que se confundía con la catatonia más inverosímil, Mariela fuese capaz de inferir todas las verdades y, por lo tanto, de no necesitar darle explicaciones a nadie. El lenguaje sobraba, el todo estaba en su mente, una mente llena de lo inexplicable, de todo lo que solo es posible sentir.

Cuando llego como solitario buque al puerto del epítome de mi relato (pues en este punto suelen abandonar la sala quienes me oían con atención al principio), todos se preguntan qué fue de Mariela. Debo admitir con franqueza que lo ignoro en realidad. Es aquí donde debo rellenar los huecos de mi historia con mera especulación.

Se opina que unos científicos la convirtieron en objeto de estudio y concluyeron que se había sumido en un sueño interminable. Se cree que infinidad de personas la buscaron por un largo espacio de tiempo con la esperanza de encontrar en ella las respuestas a todas las preguntas y la solución de los misterios de la vida.

Pero era inútil. Nadie obtuvo nada a cambio de sus preguntas ni de sus ruegos, y Mariela, silenciosa, era insobornable e incorruptible, ya que he mencionado mucho antes ―¿lo hice?― que poco después de que Mariela hiciese su último resumen dejó de comunicarse y se apagó como una vela que se agota en una habitación oscura. Con el transcurso del tiempo, y luego de prolongado silencio, todos perdieron el interés en Mariela, quien no hablaba, no escribía; era poco menos que un guijarro solitario entre los miles de millones que se encuentran dispersos sobre la superficie de la playa. Era inútil dirigirle la palabra.

Quienes peregrinaban desde el otro lado del océano, impulsados por la leyenda de Mariela, acababan desilusionados. Sus mentes holgazanas jamás volvieron a saber de la supuesta fuente de soluciones a todos los problemas. No les quedaba otro remedio: aprenderlo todo por cuenta propia, porque Mariela nunca podría revelarles el secreto del conocimiento, que en realidad no consistía en saber todas las cosas, sino en entenderlas y en ser capaz de sentir el silencioso sonido del inmenso universo.

Fin

*****

[1] Agrafía. Condición de ágrafo. Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito a causa de lesión o trastorno cerebral.

Escrito originalmente en 2011, este cuento, con el que se cierra la selección de 19 de los 31 cuentos que llegaron a formar este libro alguna vez, es un divertimento en el que algunos podrían llegar a verse retratados, unos para bien y otros quizás no tanto. Aunque contiene un toque de ironía muy personal, quienes se hayan sentido agobiados por la presión que el sistema impone en sentido intelectual probablemente lleguen a las mismas conclusiones del autor. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

A mí, ¡jamás! (cuento)

cropped-white-roseSe estremeció. Le habían advertido que las cosas podían ponerse muy feas, pero Cristina siempre creyó que las cosas malas les suceden a los demás, que nunca le sucederían a ella. De eso se encargó la señorita Inés.

Rodrigo le había dicho una y otra vez que lo que las maestras del colegio religioso le enseñaban no se parecía en nada a la realidad de afuera. «A niñas como tú nunca les ocurrirá nada malo, pues tiene la protección divina», le decían con un dejo de fingimiento que a Rodrigo le crispaba los nervios. Sin embargo, para entonces a ella ya se le había llenado la cabeza de pajaritos.

«A mí, ¡jamás!», dijo tajante la niña Cristina, como si fuese una elegida o especialmente favorecida y merecedora de una gracia tan especial que, aunque ni siquiera el fiel Job se había librado del más repugnante de los diviesos ni Jesús de la más cruel tortura en un madero de tormento o Pablo de la ejecución en una cárcel romana, ella estaba segura de gozar de una dispensa especial y de una garantía de protección que iba más allá de todo lo que podía explicarse con palabras. La señorita Inés, aquella mujer tan piadosa, jamás iba a mentirle.

Aquel fin de semana, aquellos insistentes desconocidos la convencieron con melosidad. Cedió y aceptó la invitación con la promesa de que pasaría un buen rato. No le importó mucho no saber quiénes eran aquellos hombres cuyos rostros ya no podía recordar. Y aunque seguía pensando en Rodrigo mientras el suelo debajo de sus espaldas parecía moverse, no terminaba de entender qué había sucedido.

«A mí, ¡jamás!», se decía a sí misma y, a pesar de lo ocurrido seguía insistiendo en la imposibilidad de que la realidad fuese tan contraria a lo que su mentora le había asegurado que sería, y pensó: «Ella jamás me habría mentido». Rodrigo no dejaba de amonestarla, de prevenirla y de ponerla sobre aviso de la estulticia de quienes mueven montañas con mojigatería. No obstante, a pesar de las advertencias, aceptó la invitación.

La tarde se transformó en un enredo de palabras, de insinuaciones, de humo de cigarrillos y de otras cosas que nunca podrían hacerle ningún daño, porque su maestra decía… pues lo que siempre decía ella.

*****

La sirena ululaba; Cristina no entendía por qué le costaba tanto respirar. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más que un cielo lechoso como sábana de hospital. El aire que exhalaba volvía a su rostro como el vaho de una olla en la que se cuece el cadáver de un animal. Entonces recordó que todos habían empezado a gritar y que en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo se le había entumecido. El suelo se movía debajo de ella. Estaba tendida y solo podía ver hacia el cielo de leche desde el cual descendía el calor de su propio aliento.

«Ya está muerta, es imposible que siga viva». Era extraño que nadie hablara de ella y que ninguno le dirigiera la palabra. Estaba acostumbrada a ser la más popular, siempre ella, solamente ella, «tan linda ella». Las palabras de Rodrigo seguían retumbando en sus recuerdos. «¡Qué sabe ese tonto! No sabe nada de nada», solía repetirse. Recordó el día cuando les dio la espalda a las palabras de su amigo, ese bobo que no sabía nada de nada, porque a él le había ocurrido todo lo malo que la señorita Inés había jurado que no le sucedería jamás a ella; así que seguramente Rodrigo había hecho algo muy malo y se merecía todo aquel sufrimiento, y más…

… pero el cielo seguía siendo de un enorme blanco sin azul. Los oídos le zumbaban. «Atiendan a la otra, olvídense de esta», que ya está muerta.

Sintió que cuatro manos la cogían con fuerza, la levantaban y la arrojaban de nuevo hacia abajo sin miramientos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Y poco a poco, el aire se enfrió y el cielo lechoso se puso más y más oscuro hasta que ya no se oyó nada más que el eco de las suelas de muchos zapatos dando contra el suelo, como en un enorme corredor vacío. El zumbido fue en aumento hasta que cesó por completo el ajetreo. Las cosas se habían puesto verdaderamente feas, pero a ella no le había dado miedo, porque la señorita Inés siempre decía que a ella nunca le ocurriría nada malo, que tenía la protección divina garantizada. Esas cosas solo les pasan a los demás, a ella, ¡jamás!

Oyó llorar a Matilde y le dieron ganas de reír. Matilde era una llorona, chillaba por todo y se quejaba de todo. Matilde no quería acompañarla aquella tarde, pero ella sabía que, aunque las cosas se complicaran, a ella no le podía suceder nada malo porque la maestra Inés siempre repetía… lo mismo… «¡Dejá de llorar, Matilde tarada!».

Los hombres daban voces de nuevo y se llamaban unos a otros de un lado a otro de la habitación. El cielo que pendía sobre su cabeza era ahora más luminoso. Se incorporó al instante, arrojó a un lado la sábana blanca que le cubría el rostro y entonces aquella niña bien de dulce boca y labios de rubí maldijo a la señorita Inés con las más repugnantes sandeces y palabrotas que había aprendido de sus compañeras de colegio…

… todos enmudecieron al oír el grito de odio y terror de la muchacha a la que creían muerta cuando esta vio la imagen de su cabeza en el espejo que colgaba de la pared delante de ella: una bala de calibre 9 milímetros le había arrancado parte de la cabeza por encima de la frente hasta la base del cráneo, la tercera parte del cerebro había desaparecido, pero seguía viva… ¡y consciente!

Matilde chillaba como un gato, presa del pánico, y gritaba histérica corriendo de acá para allá mientras Cristina, sobrecogida por primera vez del miedo que finalmente conoció esa última tarde, dejaba de respirar y caía de espaldas sobre la losa de cemento al tiempo que pensaba por última vez antes de expirar: «A mí, ¡jamás!».

Fin

*****

Escrito originalmente en 2011, este cuento se basa en dos historias reales: la de una estudiante de un colegio religioso de la ciudad de Guatemala, a quien una de sus maestras le aseguró que tenía la protección de María, lo que le garantizaba que jamás le sucedería nada malo (tal como ella se lo relató al autor en 1994). No obstante, a los doce años fue violada por una persona cercana a la familia, miembro de su religión. Esto la llevó a dudar de la existencia de Dios y a caer en una depresión profunda. La segunda historia se la relató al autor un reportero del periódico en donde trabajaba en 2011, mientras este le mostraba las fotografías no publicadas de la víctima de un tiroteo ocurrido ese día. La descripción, aunque adaptada al relato, es básicamente lo mismo que sucedió en la morgue delante de bomberos y periodistas. Aquel reportero gráfico lo relató alterado, todavía presa del horror. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Un grito en la oscuridad (cuento)

«Si por lo menos pudiera dejar de pensar. Los pensamientos son lo más insulso que hay, más aún que la carne. Son una cosa que se estira interminablemente, y dejan un gusto raro».

(Jean-Paul Sartre, La náusea)

cropped-white-roseSe levantó de la mesa por tercera vez y se dirigió al sanitario sin mirar a los costados, con la vista fija en la alfombra. Se cercioró de haber puesto el cerrojo y se arrodilló delante del inodoro. Esperó impaciente las arcadas y estas acudieron como siempre, fieles al ritual de los restaurantes. Debía darse prisa para no despertar sospechas.

Volvió a la mesa tratando de disimular el asco y así pasar inadvertida delante de los comensales. Vio entonces la crepa de puré de manzanas cubierta de azúcar impalpable y espolvoreada de canela. Era dulce, ¡era tan dulce! Le pasó por la mente confesar que había vomitado los primeros bocados, que era inútil esforzarse por comer y dejar de pensar a la vez.

Rayuela WPSe sentó, vio a su alrededor con pesadez y abrió la gruesa novela que él le había obsequiado esa tarde. La hojeó con la parsimonia del soporífero efecto del hambre. Estiró los labios con una mueca extraña, como si dudara de la existencia de los demás, de la comida, de aquel libro, de todo cuanto la rodeaba… de sí misma. Julio le hizo un guiño desde la Rayuela y ella se lo agradeció. Él se apresuró a abrir el libro en el capítulo 68. No imaginó entonces que aquellas palabras de Cortázar llegarían a hacerse realidad y marcarían el finale de aquella relación que lindaba con la insania.

Él la animó a beber café. Ella tragó como si el fuerte aromático se le transformara en algo más espeso que la gelatina en la garganta. Casi se podía ver descender la bebida a través de las paredes del cuello, transparentes, como si no le corriera sangre en las arterias, como si fuera piel y nada más que piel, de una palidez que hacía recordar los retratos de las reinas inglesas.

La náusea la estremeció cuando él colocó en el tenedor un poco de crepa de manzanas y lo acercó a su boca. Cerró los ojos. Era dulce, ¡era tan dulce…! Masticó despacio, casi rumiando, y las arcadas que el pavor le causaba le impidieron tragar. La panza seguía vacía, salvo por el café que se le coagulaba en medio de las paredes estomacales.

Por fin, después de unos segundos que parecieron una eternidad, tragó lentamente, como si un par de manos en la faringe y en el esófago lucharan por detener el dulce alimento. Él la observaba y la tomaba de la mano mientras ella le dirigía una lánguida mirada de ojos aceitunados, con la expresión de las súplicas de las adormideras.

Entonces, ella trató de sonreír y él le devolvió una sonrisa. No pensaba más que en aquel momento. Hubiese querido introducir el alimento en aquel débil cuerpo sin ruegos ni angustia, sin añadir más inquietud al miedo que ella sentía: el temor al vacío alimentado por la ansiedad que la inexistencia, esa certeza que todos los demás soslayaban con los placeres, la inundaba. Pero tragar era tan difícil.

Se levantó de nuevo, regresó al sanitario y el ritual volvió a empezar: asegurarse de que la puerta estuviese bien cerrada, tratar de pensar con claridad, doblar las rodillas temblorosas y luego caer delante del inodoro en actitud rogativa a la espera de la basca,[1] para regurgitar y apretarse el vientre con ambas manos y, finalmente, estremecerse. Se levantó del suelo, tiró de la cadena y se lavó la boca.

Abrirse paso entre toda aquella gente feliz y los meseros que hacían juegos malabares con las bandejas empezó a marearla. Se detuvo en medio del pasillo y respiró con breves aspiraciones que le impedían llenarse los pulmones. El embotamiento la hizo caer de nuevo sobre el mullido asiento de falso cuero marrón. Bajó la mirada y pronunció las palabras que solo la confianza podía dejar salir de sus labios: «Vomité…».

Hubo silencio. La anorexia y la catatonia ―la delgadez que solamente ella no veía― se interponían entre aquellos seres que se querían de manera extraña. Él la miró fijamente, con la ternura que da la pena y con la impotencia que produce tratar de amar sin saber cómo hacerlo, e hizo un gran esfuerzo por volver a sonreír. Le preguntó si le había gustado el libro. Ella no dijo nada; únicamente asintió y apretó los labios mientras los extendía en una mueca que disimulaba la continua sensación de vacío que nace del temor a que los recuerdos se materialicen una vez más.

Cogió la sombrilla que había dejado sobre el asiento y dijo: «¿Ves?, aquí tengo a la Maga…».[2] Entonces enmudeció y su mirada se perdió en el fondo de sí misma, en el vacío que se elongaba dentro de sí misma. Él sabía que durante los siguientes minutos no podría hacer nada. Ella estaba sola en un lugar donde nada ni nadie podían entrar: en el fondo de su mente, donde las imágenes del pasado cobraban vida silente y se desenrollaban como una película que se ve demasiadas veces y llega a confundirse con la realidad.

Ella lo miró fijamente, pero él había desaparecido. Alguien distinto ocupaba su lugar. El rostro amenazador y la mirada cínica de un fantasma le impedían hablar, gritar, ¡correr! Él la tomó de las manos, repitió su nombre en voz baja y repitió: «Soy yo, soy yo… Él ya no está aquí, no tengas miedo».

Al volver del fondo del bosque del pánico, miró a su alrededor. El murmullo de las pláticas y las risas de los clientes empezaron a ocupar el lugar del oscuro silencio que se escondía en la penumbra de sus tenebrosos recuerdos.

Entonces, hizo de nuevo aquello que él tanto detestaba y que lo sumía en la impotencia y el desasosiego: se desasió lentamente de las manos que trataban de devolverla a este lado de la realidad, se levantó de la mesa y volvió la mirada al fondo del salón una vez más.

Se encaminó al sanitario y luego de entrar cerró la puerta tras de sí, corrió el pestillo, apagó la luz y entonces, con todas las fuerzas que su desesperación había acumulado durante años de tormento desde el aciago día en que le truncaron la inocencia con violencia lanzó un grandioso y pavoroso grito.

Fin

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[1] Quizás del celta waska, opresión. «Ansia, desazón e inquietud que se experimenta en el estómago cuando se quiere vomitar» (Diccionario de la lengua española, RAE).

[2] Sobrenombre de un personaje de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuyo nombre verdadero es Lucía, la madre del bebé Rocamadour.

Nota: En el vídeo se escucha en la voz de Julio Cortázar el capítulo 68 de Rayuela, al cual se alude en este relato.

 

 

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Este cuento data de 2011 y, como todos los que forman parte de este libro, se basa en una experiencia del autor. En él se describe con libertad fabuladora la tarde en que este le obsequió un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, a la que fuese su novia a inicios de los años 1990. El relato retrata, desde el punto de vista de quien vive junto al afectado, las emociones de quien sufre un trastorno alimentario causado por un hecho traumático acontecido durante la pubertad. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia