La mujer que lo entendía todo (cuento)

cropped-white-roseLa última semana de aquel otoño fue todo lo que Mariela necesitó para devorar las ediciones de los periódicos publicados en su ciudad natal durante los últimos treinta años. No obstante, mientras más leía más insatisfecha se sentía.

Fue en aquellos días cuando todos quienes la conocieron empezaron a pensar que Mariela lo sabía todo. No obstante, ella era consciente de que la espuria fuente periodística jamás le daría el conocimiento de todo cuanto sucede en el mundo, ni llegaría a entender a cabalidad el porqué de las cosas. Así que Mariela se decantó por el estudio y la lectura del más banal y superficial de los oficios de escritorio y de banco de cafetería china: la filosofía.

Si lo pensamos sin apasionamientos, su método de lectura no era nada excepcional: Mariela «resumía». Había perfeccionado el sistema a lo largo de las excursiones vacacionales en el lago del altiplano a donde solía viajar en busca de un refugio para sus pensamientos. Aprovechaba aquellos días para sentarse a la orilla de la playa y pasar página tras página hasta que las estrellas brillaban en el firmamento.

Al llegar a este punto de mi historia ―la cual no es simple construcción de mi imaginación, aclaro―, suelo mencionar cierto detalle de los resúmenes de Mariela; uno que quizás a algunos les parezca de poca importancia. Y es aquí cuando casi siempre me interrumpen para decir o pensar (porque a veces tengo la impresión de saber muy bien lo que quienes me oyen piensan) lo evidente: escribir resúmenes después de leer un libro no tiene nada de extraordinario.

Eso es cierto para la mayoría de nosotros los desdichados mortales, y lo sería también para Mariela si no fuera porque ella se entregaba a tal tarea de manera simultánea. «¡Y eso qué!», añadirá alguien más mientras levanta la mano para pedir la palabra desde el fondo de la habitación donde nos encontramos (háganlo, pero no alcen mucho la voz, por favor). Permítanme explicarles.

Mientras Mariela leía y resumía al mismo tiempo, no había libreta ni lápiz en sus delicadas manos. Ejecutaba el más fatigoso de los trabajos intelectuales ―leer― para al instante olvidar todo lo que hubiese quedado al margen, es decir, «fuera del resumen». Mientras los ojos de Mariela paseaban por encima de las líneas de la página impresa, y en el mismísimo instante en que su prodigiosa mente componía el bosquejo resultante, hacía a un lado todo lo insustancial, el rastrojo. Sus ojos marrones recorrían las palabras sin pasar por alto una sola letra, aunque todo aquel que la observara pensase que Mariela no leía nada… absolutamente nada.

Ahora estoy seguro de que por lo menos uno de los presentes dirá que lo que he tratado de explicar no es más que un ordinario método mnemotécnico o de lectura rápida. Sin embargo, el día que llegué a la misma conclusión, Eugenia, la tía de Mariela, me dijo: «Debo explicarte algo más sobre este asunto de la memoria de Mariela; esta habilidad no es un acto simple ni el resultado de un truco mental ordinario».

Eugenia conocía a su sobrina al dedillo, como ya lo habrán supuesto. En tal virtud, yo no debía siquiera imaginar en aquel momento que la explicación que ella creyó imprescindible y más que oportuna tuviera como propósito hacerme sentir mal o demostrarme lo poco inteligente que soy. El interés de la tía Eugenia y la pasión con la cual hablaba de su prodigiosa sobrina no eran sino el consecuente resultado del cariño y la admiración que Mariela despertaba en su corazón y del amor que su tía sentía por ella.

Cada vez que la tía Eugenia repetía la historia que ahora trato de recordar, no podía menos que maravillarse y amar aún más a aquella magnífica rareza que era Mariela en un mundo donde todos se convencían y se dejaban convencer de que para asirse del poder y aprehender el conocimiento se debe obtener la máxima cantidad de información que se tenga al alcance de la mano, o de los ojos… o del oído.

Eugenia me explicó largo y tendido, junto a infinitas tazas de té con leche e incontables galletas de chocolate, que cuando Mariela leía y hacía a un lado lo que carecía de importancia, leía cada oración, cada palabra y cada letra sin pasar por alto ni siquiera una ínfima coma. (Lamento mucho aburrir con mi insistencia a quienes ahora veo bostezar).

Mariela había sido dotada de un cerebro similar, por decirlo de alguna manera, a las extremidades de algunos anfibios que, luego de ser amputadas, se regeneran. Sí, Mariela era una salamandra cerebral.

Aunque con cada nuevo pensamiento Mariela perdía literalmente porciones de masa encefálica, pérdida que se aceleraba durante el proceso ya descrito, su mente desechaba el extracto residual durante un período de limpieza… porque olvidé añadir algo muy importante ―y sírvanse excusarme de nuevo, por favor, pues tiendo a pasar por alto los datos que suelen echarse en falta cuando deseo comprender el todo de las cosas―: Eugenia me dijo aquella tarde de té con leche y galletas que hasta el más nimio de los resúmenes de Mariela permanecía en su cabeza por un breve período de tiempo. Pero cuando el sujeto de nuestra admiración leía acerca de cualquier otro tema que despertara su atención, las conexiones neuronales y, por consiguiente, sus pensamientos, se borraban con la misma facilidad con que habían llegado a la existencia, y con tal borradura se perdían porciones encefálicas. Y, no obstante, Mariela continuaba con vida y haciendo lo que más disfrutaba: leer.

Así que Mariela era, a su propia y extraña manera, todo lo opuesto al memorioso Funes que Jorge Luis Borges inmortalizó en su verídico relato disfrazado de falaz cuento. Dicho esto, es imprescindible añadir a mi relación que Mariela era incapaz de recordar definiciones. De tal suerte que, si pusiese por escrito esta historia, bien podría titularse Mariela la desmemoriada. Sin embargo, como más adelante demostraré, este título no sería el más adecuado. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba convencido de que Mariela lo sabía todo.

Aquella señora que escucha junto al pasillo izquierdo de la sala, que ha saltado dos centímetros por encima de su butaca en un acto de incomprensible levitación, se preguntará de qué manera podía Mariela saberlo todo si, al fin de cuentas, acababa por olvidar todo cuanto leía. ¡Ah! Ese es el punto toral de mi relación y la razón por la que me embarqué en la empresa de dar a conocer a la historia real de Mariela. Así que, por favor, señora mía, no desespere, trataré de responderles a usted y a todos los presentes, y haré un gran esfuerzo por no omitir detalle alguno de lo que la tía Eugenia me dijo (creo haber explicado antes que tengo muy mala memoria).

Aquí es donde quienes no abstraen la metafísica de los asuntos se extravían en un laberinto de aparentes incongruencias. Creo haber dejado bien claro ―a menos que me esté volviendo mucho más olvidadizo que hace unos cuantos años, o minutos, o segundos, y además menos diestro en el oficio de narrar historias e hilar tramas, aunque en realidad nunca he sido muy bueno en este oficio― que el cerebro de Mariela se degradaba, por decirlo de alguna manera, con cada una de aquellas kilométricas sesiones intelectuales.

Cuando las neuronas que se habían conectado para crear un resumen se apagaban para siempre, el espacio vacío resultante se transmutaba en algo más, en algo diferente y que se me hace difícil definir o dibujar con imágenes literarias o científicas, y mucho menos reducir a sencillos y comunes términos.

Recuerden: el cerebro de Mariela, aunque desaparecía como las extremidades de las salamandras, se regeneraba paulatinamente, y, no obstante, no volvía a ser la materia gris (y la materia blanca) de la que tanto nos hablaban nuestros maestros en la escuela y por cuyo mantenimiento y buen funcionamiento nuestras madres nos obligaban a dormir y a comer alimentos abundantes en fósforo, como el pescado que tanto me gusta… Pero ahora empiezo a divagar.

Durante aquella paulatina regeneración y transformación, el cerebro de Mariela desarrollaba una sustancia ajena a las típicas células que conocemos como neuronas y que hacen de nosotros lo que somos, o quisiéramos ser: humanos. La salamandrina regeneración a la cual me he referido antes en mi exposición consistía en transformación de materia en energía, o, mejor dicho, en pensamientos puros que no necesitan soporte físico para continuar existiendo.

Como ya habrán concluido los presentes, si es que me han seguido con atención y han puesto en marcha ese maravilloso enlace de enunciados mentales que solemos llamar lógica, Mariela no fue ajena a la composición natural del asiento de la mente el día en que su madre la dio a luz. No obstante, debido al proceso que he querido explicar con todos los detalles que ahora recuerdo, porque empiezo a olvidar, ese inefable algo en el que su materia gris se transformaba le permitía almacenar imágenes puras, simples, en la forma más primitiva de los conceptos; libres, empero, de toda definición o enunciado alguno, y, por tanto, de conectivos lógicos.

Aunque al comenzar a narrar la historia de Mariela pude haber causado en ustedes la engañosa impresión de desear llevarlos de la mano y situarlos delante de la maravillosa visión de un resultado por demás espectacular, la verdad es que la consecuencia ineludible de todo lo dicho y sucedido fue que Mariela perdiera el habla y, por consiguiente, la habilidad de descifrar las representaciones fonológicas de la manera en que los prójimos comunes suelen hacerlo.

En efecto, en cierto momento de su vida, Mariela fue incapaz de decodificar los signos de la escritura que desde nuestra infancia llamamos letras. Le resultaba imposible relacionar los símbolos con un sonido particular, ni era capaz de enunciar. Era evidente ahora que, con el tiempo, la agrafía[1] se apoderaría de ella.

Fue así como Mariela dejó de leer en su lengua materna, el español, y ascendió un peldaño en la escala de la lectura: ahora sentía lo que veía sobre el papel, lo que posibilitó que pudiese «leer» desde entonces en cerca de dos mil trescientos idiomas, quizás unos más, tal vez unos menos.

A nadie dejó boquiabierto lo que Mariela llegó a saber en alguna remota época de su existencia, pues lo verdaderamente inusual era su comprensión de las cosas. Hoy, al repetir esta historia por enésima vez, quizás la última (porque estoy a punto de olvidarla), delante de todos los que quisieron honrar a Mariela con este póstumo y sencillo acto, me doy cuenta de que debería titularla, en caso de que se ponga por escrito alguna vez, La mujer que lo entendía todo.

Pero no pongan esa cara de tristeza, ya que no he terminado aún. Permítaseme continuar, porque ninguna historia es buena si no tiene un final, sin importar que este sea brillante, aciago o una simple tontería.

Cierto día de finales de primavera, poco antes de que se borraran las facultades de Mariela, tomó la decisión más importante de su solitaria existencia. Al darse cuenta de que era insoslayable el fin y de que las consecuencias de aquel inusual don que a la larga se había transformado en fuente de desasosiego eran inevitables, llegó a la ineludible conclusión de que era imprescindible buscar quién cuidase de ella y la protegiera cuando amaneciera el día en que, incapaz de comunicarse con sus semejantes, no pudiera valerse por sí misma.

Así que vendió su herencia, lo que incluía una casa y algunos muebles, y con la plata que obtuvo compró todas las novelas y libros de cuentos que halló en las librerías de viejo (o de lance, como las llaman allende las tierras que vieron nacer a la fabulosa Mariela).

Aquellos últimos días fueron hermosos, luminosos. Mariela se entregó a la lectura de novelas, cuentos y relatos breves, pues ni los diarios ni la filosofía, ni siquiera los textos académicos, científicos o teologales que pretendían explicar su mundo satisficieron su ansia de conocer y entender la verdad de todas las cosas.

La tía Eugenia la alojó en una piecita situada al fondo de su casa y fue allí donde Mariela se dedicó a hacer sus últimos resúmenes y a vivir aquella autoencefalofagia que transformaba el asiento de su mente en un espacio de imágenes puras, simples, cada vez más primitivas y cristalinas.

Llegó a ocupar un sitio en su mente el amarillo; otro, el ave; uno más, una casa… Pero estos nunca volvieron a fusionarse para darle forma a la imagen del canario que cantaba en la casa del vecino. Hacerlo habría significado retroceder y dejar de entender el mundo, un universo que ahora consistía en miles de millones de algo muy parecido a los conceptos, pero sin serlo realmente, y esparcidos aleatoriamente, sin que un solo enunciado saliera de sus silenciosos labios o se encadenara en su increíble mente, cuyo asiento era ahora aquella nueva, rara e inefable sustancia en la que el cerebro con el cual había nacido se había transformado.

Cuando la facultad del habla la abandonó, Mariela dejó de escucharse a sí misma con su voz interna. Las palabras dentro de su cabeza desaparecieron. Quedaron libres, flotando en aquel espacio de materia oscura, donde el cosmos se coligaba con sutileza. Los conceptos puros, carentes de definición, y la designación de las cosas llegaron a ser un mero recuerdo del más remoto pasado de aquella inusual mujer.

No obstante, aunque su mirada y su presencia no dieran visos de que algo ocurría ahí dentro, la pureza de los extraños conceptos que su cerebro aún almacenaba dio como resultado que en un insólito despertar que se confundía con la catatonia más inverosímil, Mariela fuese capaz de inferir todas las verdades y, por lo tanto, de no necesitar darle explicaciones a nadie. El lenguaje sobraba, el todo estaba en su mente, una mente llena de lo inexplicable, de todo lo que solo es posible sentir.

Cuando llego como solitario buque al puerto del epítome de mi relato (pues en este punto suelen abandonar la sala quienes me oían con atención al principio), todos se preguntan qué fue de Mariela. Debo admitir con franqueza que lo ignoro en realidad. Es aquí donde debo rellenar los huecos de mi historia con mera especulación.

Se opina que unos científicos la convirtieron en objeto de estudio y concluyeron que se había sumido en un sueño interminable. Se cree que infinidad de personas la buscaron por un largo espacio de tiempo con la esperanza de encontrar en ella las respuestas a todas las preguntas y la solución de los misterios de la vida.

Pero era inútil. Nadie obtuvo nada a cambio de sus preguntas ni de sus ruegos, y Mariela, silenciosa, era insobornable e incorruptible, ya que he mencionado mucho antes ―¿lo hice?― que poco después de que Mariela hiciese su último resumen dejó de comunicarse y se apagó como una vela que se agota en una habitación oscura. Con el transcurso del tiempo, y luego de prolongado silencio, todos perdieron el interés en Mariela, quien no hablaba, no escribía; era poco menos que un guijarro solitario entre los miles de millones que se encuentran dispersos sobre la superficie de la playa. Era inútil dirigirle la palabra.

Quienes peregrinaban desde el otro lado del océano, impulsados por la leyenda de Mariela, acababan desilusionados. Sus mentes holgazanas jamás volvieron a saber de la supuesta fuente de soluciones a todos los problemas. No les quedaba otro remedio: aprenderlo todo por cuenta propia, porque Mariela nunca podría revelarles el secreto del conocimiento, que en realidad no consistía en saber todas las cosas, sino en entenderlas y en ser capaz de sentir el silencioso sonido del inmenso universo.

Fin

*****

[1] Agrafía. Condición de ágrafo. Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito a causa de lesión o trastorno cerebral.

Escrito originalmente en 2011, este cuento, con el que se cierra la selección de 19 de los 31 cuentos que llegaron a formar este libro alguna vez, es un divertimento en el que algunos podrían llegar a verse retratados, unos para bien y otros quizás no tanto. Aunque contiene un toque de ironía muy personal, quienes se hayan sentido agobiados por la presión que el sistema impone en sentido intelectual probablemente lleguen a las mismas conclusiones del autor. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

A mí, ¡jamás! (cuento)

cropped-white-roseSe estremeció. Le habían advertido que las cosas podían ponerse muy feas, pero Cristina siempre creyó que las cosas malas les suceden a los demás, que nunca le sucederían a ella. De eso se encargó la señorita Inés.

Rodrigo le había dicho una y otra vez que lo que las maestras del colegio religioso le enseñaban no se parecía en nada a la realidad de afuera. «A niñas como tú nunca les ocurrirá nada malo, pues tiene la protección divina», le decían con un dejo de fingimiento que a Rodrigo le crispaba los nervios. Sin embargo, para entonces a ella ya se le había llenado la cabeza de pajaritos.

«A mí, ¡jamás!», dijo tajante la niña Cristina, como si fuese una elegida o especialmente favorecida y merecedora de una gracia tan especial que, aunque ni siquiera el fiel Job se había librado del más repugnante de los diviesos ni Jesús de la más cruel tortura en un madero de tormento o Pablo de la ejecución en una cárcel romana, ella estaba segura de gozar de una dispensa especial y de una garantía de protección que iba más allá de todo lo que podía explicarse con palabras. La señorita Inés, aquella mujer tan piadosa, jamás iba a mentirle.

Aquel fin de semana, aquellos insistentes desconocidos la convencieron con melosidad. Cedió y aceptó la invitación con la promesa de que pasaría un buen rato. No le importó mucho no saber quiénes eran aquellos hombres cuyos rostros ya no podía recordar. Y aunque seguía pensando en Rodrigo mientras el suelo debajo de sus espaldas parecía moverse, no terminaba de entender qué había sucedido.

«A mí, ¡jamás!», se decía a sí misma y, a pesar de lo ocurrido seguía insistiendo en la imposibilidad de que la realidad fuese tan contraria a lo que su mentora le había asegurado que sería, y pensó: «Ella jamás me habría mentido». Rodrigo no dejaba de amonestarla, de prevenirla y de ponerla sobre aviso de la estulticia de quienes mueven montañas con mojigatería. No obstante, a pesar de las advertencias, aceptó la invitación.

La tarde se transformó en un enredo de palabras, de insinuaciones, de humo de cigarrillos y de otras cosas que nunca podrían hacerle ningún daño, porque su maestra decía… pues lo que siempre decía ella.

*****

La sirena ululaba; Cristina no entendía por qué le costaba tanto respirar. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más que un cielo lechoso como sábana de hospital. El aire que exhalaba volvía a su rostro como el vaho de una olla en la que se cuece el cadáver de un animal. Entonces recordó que todos habían empezado a gritar y que en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo se le había entumecido. El suelo se movía debajo de ella. Estaba tendida y solo podía ver hacia el cielo de leche desde el cual descendía el calor de su propio aliento.

«Ya está muerta, es imposible que siga viva». Era extraño que nadie hablara de ella y que ninguno le dirigiera la palabra. Estaba acostumbrada a ser la más popular, siempre ella, solamente ella, «tan linda ella». Las palabras de Rodrigo seguían retumbando en sus recuerdos. «¡Qué sabe ese tonto! No sabe nada de nada», solía repetirse. Recordó el día cuando les dio la espalda a las palabras de su amigo, ese bobo que no sabía nada de nada, porque a él le había ocurrido todo lo malo que la señorita Inés había jurado que no le sucedería jamás a ella; así que seguramente Rodrigo había hecho algo muy malo y se merecía todo aquel sufrimiento, y más…

… pero el cielo seguía siendo de un enorme blanco sin azul. Los oídos le zumbaban. «Atiendan a la otra, olvídense de esta», que ya está muerta.

Sintió que cuatro manos la cogían con fuerza, la levantaban y la arrojaban de nuevo hacia abajo sin miramientos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Y poco a poco, el aire se enfrió y el cielo lechoso se puso más y más oscuro hasta que ya no se oyó nada más que el eco de las suelas de muchos zapatos dando contra el suelo, como en un enorme corredor vacío. El zumbido fue en aumento hasta que cesó por completo el ajetreo. Las cosas se habían puesto verdaderamente feas, pero a ella no le había dado miedo, porque la señorita Inés siempre decía que a ella nunca le ocurriría nada malo, que tenía la protección divina garantizada. Esas cosas solo les pasan a los demás, a ella, ¡jamás!

Oyó llorar a Matilde y le dieron ganas de reír. Matilde era una llorona, chillaba por todo y se quejaba de todo. Matilde no quería acompañarla aquella tarde, pero ella sabía que, aunque las cosas se complicaran, a ella no le podía suceder nada malo porque la maestra Inés siempre repetía… lo mismo… «¡Dejá de llorar, Matilde tarada!».

Los hombres daban voces de nuevo y se llamaban unos a otros de un lado a otro de la habitación. El cielo que pendía sobre su cabeza era ahora más luminoso. Se incorporó al instante, arrojó a un lado la sábana blanca que le cubría el rostro y entonces aquella niña bien de dulce boca y labios de rubí maldijo a la señorita Inés con las más repugnantes sandeces y palabrotas que había aprendido de sus compañeras de colegio…

… todos enmudecieron al oír el grito de odio y terror de la muchacha a la que creían muerta cuando esta vio la imagen de su cabeza en el espejo que colgaba de la pared delante de ella: una bala de calibre 9 milímetros le había arrancado parte de la cabeza por encima de la frente hasta la base del cráneo, la tercera parte del cerebro había desaparecido, pero seguía viva… ¡y consciente!

Matilde chillaba como un gato, presa del pánico, y gritaba histérica corriendo de acá para allá mientras Cristina, sobrecogida por primera vez del miedo que finalmente conoció esa última tarde, dejaba de respirar y caía de espaldas sobre la losa de cemento al tiempo que pensaba por última vez antes de expirar: «A mí, ¡jamás!».

Fin

*****

Escrito originalmente en 2011, este cuento se basa en dos historias reales: la de una estudiante de un colegio religioso de la ciudad de Guatemala, a quien una de sus maestras le aseguró que tenía la protección de María, lo que le garantizaba que jamás le sucedería nada malo (tal como ella se lo relató al autor en 1994). No obstante, a los doce años fue violada por una persona cercana a la familia, miembro de su religión. Esto la llevó a dudar de la existencia de Dios y a caer en una depresión profunda. La segunda historia se la relató al autor un reportero del periódico en donde trabajaba en 2011, mientras este le mostraba las fotografías no publicadas de la víctima de un tiroteo ocurrido ese día. La descripción, aunque adaptada al relato, es básicamente lo mismo que sucedió en la morgue delante de bomberos y periodistas. Aquel reportero gráfico lo relató alterado, todavía presa del horror. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Un grito en la oscuridad (cuento)

«Si por lo menos pudiera dejar de pensar. Los pensamientos son lo más insulso que hay, más aún que la carne. Son una cosa que se estira interminablemente, y dejan un gusto raro».

(Jean-Paul Sartre, La náusea)

cropped-white-roseSe levantó de la mesa por tercera vez y se dirigió al sanitario sin mirar a los costados, con la vista fija en la alfombra. Se cercioró de haber puesto el cerrojo y se arrodilló delante del inodoro. Esperó impaciente las arcadas y estas acudieron como siempre, fieles al ritual de los restaurantes. Debía darse prisa para no despertar sospechas.

Volvió a la mesa tratando de disimular el asco y así pasar inadvertida delante de los comensales. Vio entonces la crepa de puré de manzanas cubierta de azúcar impalpable y espolvoreada de canela. Era dulce, ¡era tan dulce! Le pasó por la mente confesar que había vomitado los primeros bocados, que era inútil esforzarse por comer y dejar de pensar a la vez.

Rayuela WPSe sentó, vio a su alrededor con pesadez y abrió la gruesa novela que él le había obsequiado esa tarde. La hojeó con la parsimonia del soporífero efecto del hambre. Estiró los labios con una mueca extraña, como si dudara de la existencia de los demás, de la comida, de aquel libro, de todo cuanto la rodeaba… de sí misma. Julio le hizo un guiño desde la Rayuela y ella se lo agradeció. Él se apresuró a abrir el libro en el capítulo 68. No imaginó entonces que aquellas palabras de Cortázar llegarían a hacerse realidad y marcarían el finale de aquella relación que lindaba con la insania.

Él la animó a beber café. Ella tragó como si el fuerte aromático se le transformara en algo más espeso que la gelatina en la garganta. Casi se podía ver descender la bebida a través de las paredes del cuello, transparentes, como si no le corriera sangre en las arterias, como si fuera piel y nada más que piel, de una palidez que hacía recordar los retratos de las reinas inglesas.

La náusea la estremeció cuando él colocó en el tenedor un poco de crepa de manzanas y lo acercó a su boca. Cerró los ojos. Era dulce, ¡era tan dulce…! Masticó despacio, casi rumiando, y las arcadas que el pavor le causaba le impidieron tragar. La panza seguía vacía, salvo por el café que se le coagulaba en medio de las paredes estomacales.

Por fin, después de unos segundos que parecieron una eternidad, tragó lentamente, como si un par de manos en la faringe y en el esófago lucharan por detener el dulce alimento. Él la observaba y la tomaba de la mano mientras ella le dirigía una lánguida mirada de ojos aceitunados, con la expresión de las súplicas de las adormideras.

Entonces, ella trató de sonreír y él le devolvió una sonrisa. No pensaba más que en aquel momento. Hubiese querido introducir el alimento en aquel débil cuerpo sin ruegos ni angustia, sin añadir más inquietud al miedo que ella sentía: el temor al vacío alimentado por la ansiedad que la inexistencia, esa certeza que todos los demás soslayaban con los placeres, la inundaba. Pero tragar era tan difícil.

Se levantó de nuevo, regresó al sanitario y el ritual volvió a empezar: asegurarse de que la puerta estuviese bien cerrada, tratar de pensar con claridad, doblar las rodillas temblorosas y luego caer delante del inodoro en actitud rogativa a la espera de la basca,[1] para regurgitar y apretarse el vientre con ambas manos y, finalmente, estremecerse. Se levantó del suelo, tiró de la cadena y se lavó la boca.

Abrirse paso entre toda aquella gente feliz y los meseros que hacían juegos malabares con las bandejas empezó a marearla. Se detuvo en medio del pasillo y respiró con breves aspiraciones que le impedían llenarse los pulmones. El embotamiento la hizo caer de nuevo sobre el mullido asiento de falso cuero marrón. Bajó la mirada y pronunció las palabras que solo la confianza podía dejar salir de sus labios: «Vomité…».

Hubo silencio. La anorexia y la catatonia ―la delgadez que solamente ella no veía― se interponían entre aquellos seres que se querían de manera extraña. Él la miró fijamente, con la ternura que da la pena y con la impotencia que produce tratar de amar sin saber cómo hacerlo, e hizo un gran esfuerzo por volver a sonreír. Le preguntó si le había gustado el libro. Ella no dijo nada; únicamente asintió y apretó los labios mientras los extendía en una mueca que disimulaba la continua sensación de vacío que nace del temor a que los recuerdos se materialicen una vez más.

Cogió la sombrilla que había dejado sobre el asiento y dijo: «¿Ves?, aquí tengo a la Maga…».[2] Entonces enmudeció y su mirada se perdió en el fondo de sí misma, en el vacío que se elongaba dentro de sí misma. Él sabía que durante los siguientes minutos no podría hacer nada. Ella estaba sola en un lugar donde nada ni nadie podían entrar: en el fondo de su mente, donde las imágenes del pasado cobraban vida silente y se desenrollaban como una película que se ve demasiadas veces y llega a confundirse con la realidad.

Ella lo miró fijamente, pero él había desaparecido. Alguien distinto ocupaba su lugar. El rostro amenazador y la mirada cínica de un fantasma le impedían hablar, gritar, ¡correr! Él la tomó de las manos, repitió su nombre en voz baja y repitió: «Soy yo, soy yo… Él ya no está aquí, no tengas miedo».

Al volver del fondo del bosque del pánico, miró a su alrededor. El murmullo de las pláticas y las risas de los clientes empezaron a ocupar el lugar del oscuro silencio que se escondía en la penumbra de sus tenebrosos recuerdos.

Entonces, hizo de nuevo aquello que él tanto detestaba y que lo sumía en la impotencia y el desasosiego: se desasió lentamente de las manos que trataban de devolverla a este lado de la realidad, se levantó de la mesa y volvió la mirada al fondo del salón una vez más.

Se encaminó al sanitario y luego de entrar cerró la puerta tras de sí, corrió el pestillo, apagó la luz y entonces, con todas las fuerzas que su desesperación había acumulado durante años de tormento desde el aciago día en que le truncaron la inocencia con violencia lanzó un grandioso y pavoroso grito.

Fin

*****

[1] Quizás del celta waska, opresión. «Ansia, desazón e inquietud que se experimenta en el estómago cuando se quiere vomitar» (Diccionario de la lengua española, RAE).

[2] Sobrenombre de un personaje de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, cuyo nombre verdadero es Lucía, la madre del bebé Rocamadour.

Nota: En el vídeo se escucha en la voz de Julio Cortázar el capítulo 68 de Rayuela, al cual se alude en este relato.

 

 

*****

Este cuento data de 2011 y, como todos los que forman parte de este libro, se basa en una experiencia del autor. En él se describe con libertad fabuladora la tarde en que este le obsequió un ejemplar de la novela Rayuela, de Julio Cortázar, a la que fuese su novia a inicios de los años 1990. El relato retrata, desde el punto de vista de quien vive junto al afectado, las emociones de quien sufre un trastorno alimentario causado por un hecho traumático acontecido durante la pubertad. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

 

El callejón infinito (cuento)

«Paranoia. Trastorno mental constituido por la presencia de una idea ilusoria fija, permanente, lógicamente construida, que condiciona una conducta anormal en el enfermo».

(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseJorge se levantó temprano y se dispuso a hacer lo que hacía todos los días. Antonin Dvořák[1] llenó la habitación con el concierto para cello en si menor.

El leitmotiv del primer movimiento inundó el aire camino al trabajo. Para que la belleza de aquella música no se evaporara en la tumultuosa aspereza citadina, Jorge dio muchos rodeos para alejarse del estruendo de las motocicletas, del lloriqueo de los niños, de los gritos de los voceadores… de todas esas cosas que arruinan el sonido del silencio encima del cual se dibuja con los colores de los sonidos bellos. Cerró las ventanillas del automóvil y sonrió cuando confirmó que Dvořák continuaba junto a él.

Cuando una patrulla policiaca pasó a su lado, la sospecha de que su fin estaba escrito en las oscuras páginas de un libro secreto pasó por su cabeza. Las coincidencias no eran sino la apariencia de una realidad más profunda. El hombrecillo de la esquina seguía observándolo. Aquella mirada penetrante se desvió en otra dirección, en aparente acto de indiferencia; sin embargo, Jorge sabía que aquel hombre lo observaba sin siquiera mirarlo. Estaba seguro: era a él a quien vigilaban desde hacía varios días.

Unos días antes, otro automóvil de la policía se había acercado sigilosamente a Jorge, quien saludó con amabilidad a los agentes. Los tres hombres no respondieron. No había otra explicación: habían callado para no despertar las sospechas de Jorge. Sin embargo, solo habían obtenido el efecto opuesto. Ya no cabía duda: aquellas no eran coincidencias, sino la orquestada partitura de una confabulación que tenía como fin un oscuro propósito.

Llegó a la clínica, se puso la bata y revisó la agenda. Iba a ser un día ajetreado. Fuera de un par de conocidos, recibiría a muchos pacientes nuevos. Era muy extraño que tantos desconocidos lo visitaran justamente ese día.

En ese momento, tocaron a la puerta con gentileza. Hizo pasar a Gertrudis, la paciente de las piernas varicosas, a quien conocía desde hacía varios años. Su sola condición hacía improbable que ella fuera la persona enviada por sus perseguidores. No obstante, aquello solo sembró más duda en Jorge. Estaba convencido de que no existían las coincidencias. Aunque hizo un gran esfuerzo por sacarse de la cabeza el nudo gordiano[2] de cuyos extremos era imposible tirar, terminó por pedirle a la recepcionista que cambiara las fechas de las citas de los nuevos pacientes. De ese modo, el enviado, fuese quien fuese, desistiría al creerse descubierto y no volvería, o por lo menos postergaría el final. ¿Y después…? ¿Y si no se daban por vencidos quienes iban tras él?

Salió en busca de un café. Se lanzó a las calles atestadas del mediodía. Al llegar a la esquina, un hombrecillo de agreste apariencia se llevó el teléfono móvil al oído mientras Jorge pasaba junto a él. El médico vio hacia el suelo y se preguntó si lo habrían descubierto o si estarían al tanto de su rutina: el café, las calles, la cafetería de todos los días…

Se alejó a toda prisa. Echó a correr. Decidió no volver al consultorio por sus pertenencias. Poco importaba perder unos cuantos pacientes. Además, Marta se encargaría de las citas. Lo que realmente importaba era impedir que lo encontraran.

Aquella mañana, Jorge no había hallado lugar en el aparcamiento, por lo que había dejado el automóvil en una callejuela detrás de la clínica. Se aseguró de tener las llaves en el bolsillo y se dirigió a pie calle arriba, al oeste, en busca de la vía más concurrida; dio vuelta hacia el sur para enfilar después calle abajo hasta la parada de autobuses a fin de que le perdieran la pista.

Buscó a Dvořák… Este seguía en el mismo lugar. Le infundía confianza y coraje repetir el tema, paaa, parará… paaa, parará… pero entonces, una mirada de maldad le lanzó un destello de ira a los ojos. Fue tan breve que era imposible dudarlo. ¡Estaban siguiéndolo! Media cuadra adelante, sobre la avenida, cuando caminaba hacia el norte, el teléfono de un fulano apostado en el vano de un portal empezó a sonar. El hombre hablaba en voz baja mientras Jorge pasaba junto a él con la mirada clavada en la acera. «Sí, lo voy a hacer…».

El pavor se apoderó de Jorge. Pocos metros lo separaban del autobús que lo llevaría a la seguridad del hogar y de vuelta a Dvořák. Unos policías caminaban en dirección a la patrulla que rondaba la manzana. La sirena emitió ese desagradable sonido que presagia lo terrible. Subió de un salto al autobús. Un muchacho se encaramó por la puerta trasera y Jorge fue incapaz de quitarle los ojos de encima a lo largo del trayecto.

Bajó del autobús dos cuadras antes de la parada más cercana a su casa. Dio una vuelta a la manzana, siempre cruzando a la izquierda, y así se aseguró de que el muchacho no estuviese siguiéndolo. Caminó por una calle paralela a la de casa, dos cuadras abajo, hacia el este, y luego cruzó a la izquierda nuevamente hasta encontrar la calle donde lo esperaba la seguridad del hogar. Subió por las escaleras sin dejar de ver por encima del hombro, abrió la puerta y entró sin volverse.

Nunca había oído pasar tantos automóviles delante de su casa como en aquella tarde de inicios de primavera. Buscó el disco de Dvořák. El concierto para cello volvió a la vida: paaa, parará… paaa, parará… No había más que una lata de Coca-Cola en el refrigerador, pero no podía arriesgarse a salir de casa. Para asegurarse de que ya no lo buscaban, debía esperar por lo menos dos días. Pero ¿qué pasaría con sus pacientes?

Dos días después, Marta llamó toda la mañana a casa de Jorge, quien descolgó con cuidado y, cambiando el timbre de la voz, pronunció un tímido «diga…». Marta le informó que habían roto una ventanilla de su auto y que se habían robado el estéreo. No podían haber sido sus perseguidores. No era posible, a menos que… ¡seguramente trataban de desviar su atención para confundirlo, para que se sintiera más confiado y pensara que no se trataba sino de simples ladronzuelos!

A Jorge no le cabía duda alguna de que sus perseguidores estaban al tanto de sus pensamientos. Así que no les quedaba sino apresurar el desenlace o darse por vencidos. Por lo tanto, decidió salir de casa. No había nada de comer. Se vistió y salió a dar una vuelta a la manzana, con una ropa distinta a la que había usado todo el día, en caso de que rondaran el vecindario y quizás lo hubieran visto a través de alguna ventana. Volvió a casa y se mudó de nuevo. Se rasuró la barba y se puso una gorra de béisbol. Quizás lo confundirían con alguien más. Tomó la precaución de caminar por una calle no acostumbrada. Dvořák seguía en su cabeza, pero no iría a buscar el automóvil. Aquel podría ser un ardid, el cebo con el cual lo atraparían.

Las cuadras que lo separaban del supermercado fueron las más largas de su vida. Todos parecían sospechosos. Podía ser cualquiera. ¿Cómo saberlo y fingir confianza? Compró sopa enlatada Campbell’s, tres latas de Coca-Cola, una hogaza de pan y una barra mantequilla con sal. Pagó en efectivo, no era seguro usar tarjeta. Salió, pero no sin ver antes a todos lados.

Al cruzar la última esquina antes de llegar a casa, un auto con las ventanillas cerradas y vidrios oscuros pasó junto a él muy despacio. Ocultó la mirada debajo de la visera e hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, pero ya era tarde… probablemente habían conjeturado que él usaría esa ruta para evitar ser encontrado.

El automóvil se detuvo en la esquina. Jorge empezó a agitarse y a sentirse fatigado. Mientras se le aceleraba el pulso, la sangre se le agolpaba en las sienes. Entonces, echó a correr. Llegó a casa, cerró la reja, pero olvidó asegurar el candado. Dio un portazo y se escondió en la habitación. Se metió en la cama, encendió el televisor y trató de no pensar en lo que acababa de suceder. ¡Estaba vivo, había escapado de sus perseguidores! Pero ¿por cuánto tiempo…?

No se apareció por la clínica durante una semana. Iba al supermercado en busca de sus latas de sopa a distinta hora cada día. El efectivo empezaba a escasear, pero no se atrevía a usar el ATM y arriesgarse a caer en una celada. Al cabo de ocho días, fue de compras a un supermercado que estaba en la dirección opuesta al que solía frecuentar y en donde había varios cajeros automáticos. Se percibía algo diferente en el ambiente ese día. Jorge se sintió aliviado. No había gente extraña en las calles; vio pasar a sus vecinos, a los de siempre, y, aunque desconocía sus nombres y sus ocupaciones, pudo reconocerlos. Nada le era ajeno. En el estanquillo, las portadas de los periódicos informaban: «Capturan a peligrosa banda de criminales. Una intensa búsqueda culmina con éxito y con la muerte de los cabecillas». ¡Qué alivio! Eso explicaba todo lo que había estado ocurriendo durante aquellos agobiantes días.

Caminó tranquilo de vuelta a casa, seguro de que la vida volvería a ser como antes; feliz de saber que podría regresar a la rutina. Al detenerse en la esquina, una motocicleta se acercó a toda velocidad. Una idea cruzó por su mente: de un momento a otro empezarían a disparar. Cerró los ojos y se preparó para morir. La moto pasó de largo. Era un repartidor de pizza. Jorge se rio como un tonto. Ahora estaba bastante seguro de que no lo esperaban más sobresaltos.

Transcurrió una semana. Jorge volvió a la clínica y atendió a todos sus pacientes, incluso a los nuevos, ahora con la confianza de saber que ninguno había sido enviado por sus perseguidores. La barba comenzó a crecerle de nuevo. Tuvo tiempo para descansar durante aquel fin de semana. Al acercarse el mediodía, se le antojó una Coca-Cola. Salió a buscarla al supermercado. Caminó sin prisa, disfrutando del calor de la primavera. No se había sentido tan bien en muchos días. Ahora podría comprar todo lo que quisiera y no solo la sopa de tomate enlatada que tanto le gustaba.

Fue entonces cuando apareció. Mientras subía por las gradas hacia el segundo piso, vio un automóvil que desaceleraba mientras iba acercándose a él por el bulevar. Justo un poco antes de hallarse junto a Jorge, un hombre bajó el vidrio de la ventanilla derecha de vidrios polarizados y, haciendo un guiño, apuntó el índice en dirección a Jorge. Dvořák guardó silencio.

Fin

*****

[1] Compositor de nacionalidad austrohúngara (1841-1904), célebre por su Sinfonía desde el Nuevo Mundo. En este cuento se alude al tema del primer movimiento de su Concierto para cello No. 2 en si menor, opus 104. (Pronunciación figurada aproximada del apellido checo del músico: /dèbōyiák/; Dvořák).

[2] «Nudo que ataba al yugo la lanza del carro de Gordio, antiguo rey de Frigia, el cual dicen que estaba hecho con tal artificio que no se podía descubrir ninguno de los dos cabos» (Diccionario de la lengua española, RAE).

*****

Cuento escrito en 2011 y basado en la experiencia personal del autor, quien durante décadas ha convivido con la depresión causada por el trastorno psicoafectivo bipolar. Este relato fue escrito a manera de liberación en busca de autocomprensión de la paranoia que durante un tiempo aquejó al autor al punto de paralizarlo. Luego de una experiencia similar a la descrita en el cuento, el autor dejó de visitar durante un año el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, cuyas calles detonaban sensaciones como las descritas. El concierto para cello de Antonin Dvořák es una de las composiciones favoritas del autor, por herencia de su madre a quien también le gustaba. Durante la composición de este cuento, el escribiente escuchaba este concierto. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Fuerte como los brezos (cuento)

cropped-white-roseA todas las heroínas, con las disculpas que debería ofrecerles este mundo cruel, demente e injusto

La lluvia inundaba las calles aquella tarde de septiembre. Los torrentes otoñales arrastraban las penas de Érica. Un riachuelo gris descendía desde el poniente para terminar estancándose delante del cafetín junto al cual una desgastada acera era la ribera que le traía el recuerdo de los angostos ríos sobre los cuales dormían los puentes de su pueblo natal.

Érica miró hacia el cielo encapotado y se apresuró a entrar en la vetusta cafetería que se encontraba al lado del hotel donde se hospedaba con otros profesores que asistían a uno de los inútiles congresos que el Ministerio de Educación organizaba cada vez que había una crisis educativa en el país. El agua se colaba a través del techo y mojaba gota a gota el costal que una pordiosera de rostro adusto anudaba y desanudaba en el vano de la puerta y que contenía todos sus recuerdos, sus sueños, su cama, su hogar de caracol errante.

«Deme una moneda», dijo la harapienta. Entonces, una mujer gritó desde el fondo: «Portate bien o te saco». Érica le hizo una señal a quien había vociferado desde la cocina al mismo tiempo que se sentaba a la mesa situada en una esquinita del destartalado saloncito que daba a la calle. Luego dirigió la mirada a la mujer en harapos: «Esperá, esperate un ratito».

La mujer cetrina miró hacia el suelo y siguió anudando y desanudando en silencio su costal. «Señora, mejor cámbiese a otra mesa. Aquí se va a mojar. Siéntese más allá y en un momento la atiendo». Érica se levantó y volvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que la mendiga siguiera allí.

Entretanto, la vagabunda volvía a cerrar el costal con una cuerda muy delgada, no sin antes verificar que su misterioso contenido estuviera aún adentro. Los hombres grises se burlaban de ella y le jugaban bromas pesadas, así que no debía confiarse demasiado. La voz de Érica y su sonrisa aliviaron la inquietud de la mujer, que no se desprendía de su linyera, y le infundieron la confianza que otros aniquilaron poco a poco con sus gritos y el innecesario aspaviento que hacían cuando pasaban junto a ella.

«Regáleme una moneda», repitió en voz baja. Érica sonrió y le hizo de nuevo la misma señal que minutos antes había tranquilizado a la mujer. Los años le habían enseñado a Érica que la soledad podía ser su mejor amiga; eso sí, siempre y cuando no se quejara, hiciera a un lado la suspicacia y luchara por dominar sus melindres. Érica se esforzaba por ser auténtica y menos exigente con los demás. Pidió una taza de café.

La lluvia era constante, ligera pero insidiosa. El rostro opaco de la mujer que seguía de pie enfrente de ella, a tímida distancia, se iluminó con el fulgor de un relámpago. La imagen de aquella mujer grisácea quedó grabada en las retinas de Érica mientras sorbía el café.

Cerró los ojos al acercar el borde de la taza a los labios una vez más. Al mirar a través de la ventana, reconoció al grupo de profesores que, empapados, cruzaban la calle en dirección al hotel. «¿Me regala una moneda?», repitió la mendicante. «Vení, mamita, tomá». Érica colocó dos monedas sobre la mesa. La mujer se acercó como lo hacen los perros sumisos. «Sentate, mamita. ¿Querés una taza de café?».

La mujer de piel cenicienta sonrió, cogió una silla y la acercó a la mesa. «¡No, no, no! Aquí no podés sentarte. Te dije que si no te portabas bien te iba a sacar», dijo la mujer de la cocina, con el tono de quienes carecen de autoridad, pero fingen tenerla para ocultar las debilidades y los defectos que los harían perder el respeto de los demás.

«Déjela, por favor; la señora no me molesta. Tráigame otro café a mí y uno para ella… ah, y dos champurradas». La mesera miró hacia el mostrador del fondo, se volvió meneando la cabeza y se perdió dentro de la cocina.

Eran tres mujeres diferentes en sendas celdas. Tres mujeres en claustros ocultos de las miradas de la gente. Tres mujeres reunidas dentro de una caja atrapada en medio de las dos esquinas de una de las calles de la ciudad más gris del mundo.

Dieron las cinco de la tarde. La lluvia no cesaba. Se oyó un trueno en la distancia. Érica contó los segundos transcurridos entre el fulgor del relámpago y el trueno, tal como su madre le había enseñado de niña: la tormenta se alejaba. La indigente soltó el pan que Érica le ofreció y se cubrió los oídos con las palmas de las manos a la vez que apretaba los párpados. El retumbo de las olas del océano del cielo se repitió con un eco infinito. Una voz extraña que solo la mendiga podía oír se escondía en el rastro que cada descarga dejaba tras de sí.

Érica mojó el pan en el café. Vio hacia la cocina donde la camarera, con el ceño fruncido, limpiaba el mostrador. En ese instante, las famosas trece notas musicales del Gran Vals de Francisco Tárrega se oyeron en el recinto.[1]

La mujer intolerante sostenía el teléfono móvil y despotricaba en voz alta. Estaba molesta porque la lluvia no la dejaba marcharse a casa y su turno ya había terminado. Érica no les prestó mucha atención a sus palabras, pero sí a sus gestos. La mujer hablaba con gesticulaciones caribeñas muy expresivas que reafirmaba con la mano izquierda, la que le quedaba libre, mientras con la otra sostenía el aparato color de plata.

La tormenta menguó y las mujeres, atrapadas en sus mundos, vieron hacia afuera, hacia la calle, donde un hombre empapado de pies a cabeza usaba el teléfono monedero de enfrente. La mujer del rostro gris empezó a balbucear y a repetir términos matemáticos, geométricos y trigonométricos. La palabra hipotenusa empezó a salir de su boca una y otra vez, mientras Érica, atónita, la escuchaba sin entender por qué pronunciaba aquella palabra. La mesera cogió su bolso, metió en él el teléfono y avanzó hacia la puerta. Era la hora de marcharse a casa para seguir allá la pelea que había comenzado unos minutos antes.

Érica sacó del bolso una hoja de papel doblada por la mitad, la extendió sobre la mesa y leyó:

«brezo. (Del lat. hisp. broccĭus, y este del celta vroicos; cf. galés grug, irl. ant. froech y gaélico fraoch). 1. m. Arbusto de la familia de las Ericáceas, de uno a dos metros de altura, muy ramoso, con hojas verticales, lineales y lampiñas, flores pequeñas en grupos axilares, de color blanco verdoso o rojizas, madera dura y raíces gruesas, que sirven para hacer carbón de fragua y pipas de fumador».[2]

Campo de brezos
Campo de brezos

Érica volvió a doblar el papel y lo devolvió al interior de su bolso. Era bueno para su corazón recordar esa extraña respuesta. Ella era fuerte como los brezos. Ella había seguido adelante a pesar de la soledad y a pesar de que la vida no había sido un lecho de rosas. Realmente, aquella era una respuesta muy extraña a la pregunta que le había hecho al único hombre que había amado de verdad en su vida.

Pensó en la mujer furibunda que había salido a través de la puerta maldiciendo y tratando en vano de aliviar así su frustración; entonces se volvió a la demente que probablemente se había refugiado en el silencio para evitar el dolor y el sufrimiento. No obstante, a Érica no le quedaba más camino que ser fuerte como los brezos a los que tanto se parecía, porque el cariño es a veces más resistente que lo que muchos suelen llamar amor; y también soporta el fuego de la existencia.

Esa tarde, Érica comprendió que la predestinación no existe, que en realidad todo lo que sucede en el presente no es sino la consecuente cosecha de lo que se ha sembrado en el pasado, y que el tiempo suele venir de visita de vez en cuando a lo largo de toda la vida.

Fin

*****

[1] Alusión a las trece notas musicales que la empresa Nokia usaba como timbre en sus primeros teléfonos móviles. Estas fueron tomadas del Gran Vals, composición para guitarra del español Francisco Tárrega (1852-1909).

[2] Se ha tomado esta definición del Diccionario de la lengua española, Real Academia Española.

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2011. El personaje de la pordiosera está inspirado en una mujer que padecía trastornos mentales con quien el autor compartió una botella de vino en el parque Morazán, de la ciudad de Guatemala, una noche de finales de la década de los años 1980. Aunque era evidente que la mujer no comprendía nada de lo que el autor decía, esta y otras experiencias similares avivaron la curiosidad del escribiente por comprender el comportamiento humano. Los rasgos del personaje de la profesora se basan en una maestra de educación primaria, atrapada en el fallido sistema educativo de Guatemala, a quien el autor conoció en 1993. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia