Confesiones de un escribiente (10: El prejuicio, los demás y nosotros)

A pesar de mi propensión a los arrebatos que se deben a la impaciencia, desde la última vez que mi mente sobrescribió en mi memoria me he visto como alguien no prejuicioso, o por lo menos sin evidente tendencia a serlo. No obstante, luego de leer un franco artículo en una conocida publicación[1] y de observar y analizar uno de los interesantes episodios de una docuserie presentada por Netflix[2] me dije que debo pensarlo dos veces antes de negar tener prejuicios. Diré a mi favor, si puede servir de algo, que por lo menos no soy un racista recalcitrante ni un irrazonable xenófobo. Al menos esa es la excusa que mi conciencia me grita desde el fondo de la habitación.

¿Qué es el prejuicio? El Diccionario de la lengua española de la RAE lo define de esta manera: «Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal». En una sola palabra, prejuzgar, a saber: «Juzgar una cosa o a una persona antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento».

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Un experto citado en la docuserie consultada explica: «Los estereotipos son conjuntos de asociaciones aprendidas que se establecen en la memoria desde pequeños». A continuación, se sugiere que la inocencia infantil se pierde mucho antes de lo que se creía, precisamente por causa de los estereotipos que los padres inculcan en sus hijos, a veces sin ser plenamente conscientes de ello.

La publicación consultada resume así nuestra situación:

«La gente puede tener prejuicio hacia personas de diferente nacionalidad, raza, tribu o idioma, o incluso de diferente religión, sexo o clase social. Algunos juzgan mal a los demás por su edad, educación, discapacidades o apariencia. Sin embargo, creen que están libres de prejuicios».

“¿Está usted contagiado por el prejuicio?”

Entonces, pregunta para luego admitir con gran franqueza:

«¿Podría usted estar contagiado de prejuicios? Es fácil que veamos el prejuicio en los demás, pero puede ser difícil que lo detectemos en nosotros. La verdad es que, hasta cierto grado, todos tenemos prejuicios. El sociólogo David Williams dice que, cuando alguien piensa mal de cierto grupo y se encuentra con una persona de ese grupo, “tratará a esa persona de forma diferente sin siquiera darse cuenta”».

Ibidem

En los años cuarenta del siglo XX, los psicólogos Kenneth y Mamie Clark les presentaron a niños de 3 a 7 años cuatro muñecas idénticas, excepto por el color de piel, y les pidieron que eligieran la de su preferencia. Los niños prejuiciosos prefirieron las muñecas blancas. En efecto, aunque alguien podría sugerir que tal reacción es únicamente la imitación de lo que ven, y que llamar prejuiciosos a niños pequeños es irresponsable, ¿no es la imitación carente de cabal conocimiento precisamente la misma razón por la cual los adultos manifiestan a menudo irrazonables prejuicios?

El documental de Netflix lanza la inquietante pregunta, cuya respuesta probablemente rebatirían quienes afirman que la humanidad ha evolucionado: ¿Se ha mejorado desde la mitad del siglo XX? No. Un estudio reciente muestra que los niños blancos todavía muestran un prejuicio subconsciente contra los grupos minoritarios en Estados Unidos; y las protestas violentas que tuvieron lugar en varias ciudades de aquel país en 2020, y a pesar de la pandemia, dejaron bien claro que el racismo sigue siendo una de las más grandes y deleznables manifestaciones del prejuicio de la sociedad estadounidense y de la humanidad.

Lo mismo sucede con los prejuicios sociales, por edad, por apariencia, incluso por acento (se demostró que los estadounidenses consideran a quienes tienen acento británico personas más inteligentes y con más autoridad). Algo similar ocurre en Latinoamérica, donde el acento argentino y el español se consideran deseables y se llega a pensar que quienes los poseen son más inteligentes.

Admitámoslo, la imparcialidad no suele ser nuestra marca característica la mayoría de las veces. En realidad, hasta los filósofos de cafetería suelen alejar de la tertulia a quienes no se ajustan a sus requerimientos de pensamiento y palabra, incluso si los sofistas se pierden en meras simplezas, sentados a la mesa de una cafetería china del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

Referencias:

[1] Watchtower Bible and Tract Society (2020). ¿Tiene cura el prejuicio? ¡Despertad! (Num. 3), pp. 3 y sigs.

[2] Netflix. (2019). 100 humanos. (Episodio 4). EE. UU. Netflix Inc.

Julio Santizo Coronado, 4 de agosto de 2020

Confesiones de un escribiente (9: A flor de tierra o de la superficialidad)

La Tierra tiene una corteza muy delgada, si la comparamos con la distancia que hay desde su superficie al centro, ya que va de los 5 kilómetros en las partes más delgadas, hasta los 75 kilómetros aproximadamente en las más profundas. Es tan rica en vida y belleza que todos piensan en la cobertura de la Tierra cuando evocan al planeta y, sin embargo, debajo de su superficie suceden cosas muy interesantes y vitales para quienes habitan muy por encima.

El movimiento del núcleo líquido externo de la Tierra sobre el núcleo interno, a cientos de kilómetros de profundidad, induce el campo magnético del planeta. Este es un escudo protector invisible, que se extiende a miles de kilómetros de distancia, que ha sido diseñado para proteger la atmósfera sostenedora de vida del dañino viento solar y de diversos tipos de radiación que provienen del espacio y, por ende, a los seres que habitan en la biósfera de ese oasis azul.

Por tanto, aunque la cobertura es el hogar de los seres humanos y de millones de formas de vida animal y vegetal, esta es solo el cosmético, la superficie de un complejo sistema cuya mayor parte no se encuentra a la vista.

Lo mismo sucede con los procesos humanos del kósmos (en su acepción más básica). Cada generación que vive su propia modernidad generalmente solo es capaz de ver los resultados de los procesos que, en muchos casos, se han gestado a lo largo de milenios. Ejemplos son la historia del sistema de gobernación humana y su inseparable acompañante y validadora, la religión al servicio del Estado.

Algunas veces, unos cuantos se atreven a sondear en las inmensidades del océano de la historia. Los más felices descubren verdades que les permiten tomar mejores decisiones en el presente. Otros, no obstante, aunque se atrevan no son capaces de comprender la relación del presente superficial con el pasado profundo, por lo que siguen siendo presas de lo que se halla a flor de tierra.

La querencia del corazón suele ser más poderosa que la razón. Por lo que el suceso resultante es, para muchos individuos, el conformismo que procede de la comodidad del nivel de lo presente, que a la larga desaparece, tal como lo hace la superficie del suelo de nuestro planeta, que se renueva periódicamente por la acción del viento y del agua.

Triste es admitirlo, pero hasta quienes preconizamos no ceder ante la ingenuidad solemos sucumbir a las sinrazones de la superficialidad y caemos en las trampas de la malsana inclinación a acomodarnos y a tener por importantes cosas banales y superfluas, desde nocivas relaciones personales hasta inútiles pasatiempos o cierta clase de conocimientos que, vistos bajo la lupa, no son más que la caspa y los ácaros de este sistema, o kósmos, que podrá parecer muy atractivo para algunos, pero que no deja de no ser más que la cáscara de una manzana que, huelga decirlo, está muy marchita.

Julio Santizo Coronado, 30 de julio de 2020

Confesiones de un escribiente (8: Intermezzo de medianoche)

cropped-white-roseMe había prometido terminar de publicar a hilo en este blog algunos de los cuentos por enésima vez editados de Noviembre y póstumos conexos, que debido al repentino cambio de circunstancias del planeta (y de mi pequeño asteroide) decidí no volver a presentar para su impresión y publicación por Torre de Papel o por Loqueleo. Sin embargo, luego de haberme encontrado con la serie La cantina de medianoche, basada en el manga de Yaro Abe, tuve que abandonar la cuarentena y buscar ese lugar frecuentado por gente tan interesante, común y peculiar a la vez.

La manera de hacer cine de los japoneses, su particular expresividad y sus atractivas maneras, pero sobre todo la comida… ¡ah, la comida!, acariciaron mis pensamientos, a veces demasiado cansados de la idiosincrasia del país donde aleatoriamente me tocó nacer (algo que, soy consciente de ello, dicen todos los que nunca están del todo conformes con lo que les tocó tener a la mano para alimentar la sed y el hambre de aprender). En este sentido, quizás Enrique Gómez Carrillo sintió lo mismo, aunque él sí pudo satisfacer su curiosidad de primera mano, como lo demuestra en El Japón heroico y galante.

Confieso saber poca cosa, que es casi como decir que no sé nada, de la literatura japonesa. Hace muchos años, cuando era “menos viejo”, leí una novela titulada Kitchen, de la autora Banana Yoshimoto, además de un relato breve cuyo título ni siquiera recuerdo. Ese libro me dejó el mismo sabor de boca de dulce nostalgia y de quietud de esta serie que, además, me ha acercado de nuevo y con curiosidad a “lo japonés”.

Comparto una excelente reseña del manga en el que se basa la serie de Netflix, escrita por Eduardo Álvarez en su blog Cuarto Mundo, el hermoso tema musical de la serie y el trailer de la serie de Netflix (versión para Japón). Disfruten su comida de medianoche. Y como dicen los japoneses: 食べ物をありがとう ¡Gracias por la comida!

https://www.cuartomundo.cl/2020/04/02/shinya-shukodo-la-cantina-medianoche-2006-historias-tokyo/

Julio Santizo Coronado, 5 de julio de 2020

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Algo más ventajoso que el dinero

«Porque la sabiduría es una protección igual que el dinero es una protección. Pero esta es la ventaja del conocimiento: la sabiduría conserva la vida de su dueño». ―Eclesiastés 9:11, 12; escrito hace 3,000 años.

cropped-white-roseEn estos días, cuando el aislamiento social es una necesidad y no solo una expresión de tristeza, apatía o deseo egoísta, el mundo del comercio, los negocios y de la creación y acumulación de bienes y riquezas ha tenido que ceder la poltrona a la salud y al deseo urgente de mantenerse con vida. Al menos eso dicta la cordura.

No obstante, algunos grupos nacionales, elementos sociales e individuos (gobernados y gobernantes), unos más que otros, pero motivados todos por la preocupación que rebasa lo que suele llamarse instinto de supervivencia o, por lo menos, deseo de vivir como lo hacen tantos (sin ningún propósito), llegan a la conclusión de que lo más importante es mantener a flote la economía.

En solo ciento cincuenta días se ha puesto en evidencia quiénes aprecian la vida y a los vivos más que las cosas inertes que los rodean. También se ha visto a las claras quiénes la sostienen por razones no egoístas: que la cuidan porque los muertos no hablan ni sienten ni piensan ni aman. Y es que el conocimiento y su correcta aplicación (se dice que eso es la sabiduría) es más útil que el dinero cuando de escapar de la calamidad se trata.

Esto no significa que la preocupación que suele ir de la mano de la responsabilidad carezca de valor. De ninguna manera. Sin embargo, la actitud y la disposición a sacrificar algunas cosas por los demás o por la vida propia sin vender la integridad dice mucho de la clase de persona que cada uno es en el fondo, en lo que poetas y profetas han llamado desde siempre corazón.

Porque los corazones de quienes piensan antes en el oro y la plata que solo en ciento cincuenta días perdieron muchísimo valor (y seguirán perdiéndolo hasta no valer nada algún día) pesan tanto como el papel y la tinta que a aquellos representan.

Julio Santizo Coronado, 28 de abril de 2020 (con las primeras lluvias de la primavera)

Confesiones de un escribiente (7: Cómprate una isla)

«No pongas a menudo tu pie en la casa de tu prójimo para que no se harte de ti y llegue a odiarte» (Proverbios 25:17).

cropped-white-roseHasta donde la nebulosa estelar de mi conciencia infantil me deja ver en la profundidad del espacio de mis recuerdos, mi inclinación natural por el gregarismo siempre se vio frustrada por mi hipersensibilidad, causada por lo que muchos años después llegué a englobar en una palabra que se hace cada día más grande: injusticia. Eso significa que mi problema, como todos los problemas, viajaba en dos sentidos: hacia mí y desde mí mismo hasta estrellarse contra la humanidad de cualquier prójimo y retornar a mí cual búmeran para darme en la frente una y otra vez.

De ahí que, con los años, me inclinara cada vez más al aislamiento [social] y al trato más cercano con los animales. ¿Por qué cuesta tanto establecer (y mantener) buenas relaciones con los demás? Cierta publicación del año 1989 lo explicó de esta manera realista:

«¿Por qué suelen resultar tan frágiles las amistades? […] Debido a nuestra imperfección, no solo somos propensos a cometer errores, sino que además [no] […] congeniamos con nuestro prójimo. Estamos plagados de sentimientos de culpa e inseguridad, nos ofendemos en seguida, nos sentimos amenazados a la más mínima. Además, como tenemos tendencia a la cólera, el mal genio, la impaciencia y los celos —otras marcas de la imperfección—, nos inclinamos más a “hacernos pedazos” que a mantener vínculos de amistad».

En el último año, vi a mi alrededor la realidad de esta condición que en la publicación citada se nombra con esa tan incomprendida palabra: imperfección; que, si algunos tratan de entender, suelen verla en los demás mas no en sí mismos. De ahí que admita desde el inicio que el problema radica en mí (en nosotros) y que tiene dos vías. Además,  se asemeja a una esfera de hule que rebota sin control… a menos que alguien la detenga y aplique la primera ley de Newton.

En estos días de aislamiento social forzoso, las palabras del proverbio hebreo citado al comienzo de estas reflexiones cobran más sentido. Estas confesiones a mí mismo, arrojadas a la pira de la opinión ajena, resultan en una especie de bálsamo reconfortante que alivia el dolor que causa la incomprensión, pero también la admisión de que algunas cosas, como la manera de pensar de ciertas mentes y del sentir de algunos corazones, son inmutables… o que lo serán mientras tales mentes y tales corazones no reconozcan a mayor grado la ingente dimensión de nuestra condición humana.

Julio Santizo Coronado, 13 de abril de 2020