Confesiones de un escribiente (6: Si no te escuchan, habla con los animales)

cropped-white-rose«Inmoderado y excesivo amor a sí mismo»; así define el Diccionario el egoísmo, y añade que quien abriga este sentimiento «atiende desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás». Entender esto puede confundir a quien suele verse como una persona sumamente egoísta quien, empero, halla la fuente de sus continuas decepciones en una inefable incapacidad de comunicarse con el prójimo de manera efectiva y de establecer relaciones afectivas filiales estables y duraderas tras las cuales ha corrido a lo largo de la breve vida. En mi caso, sin embargo, me ha dado la gran ventaja de aprender a hablar con los animales (no es ningún sarcasmo, créanme).

He buscado una explicación a este fenómeno en las razones más radicales, desde la imperfecta condición humana hasta los trastornos del estado del ánimo, un pasado (real o imaginario) conflictivo hasta en algún error en el desarrollo emocional causado por una imaginación infantil violentada. Aseguran algunos que todo eso no está más que en los recuerdos y, no obstante, está… es, existe, y nadie más puede verlo o entenderlo, porque ni uno mismo es capaz de lograrlo, y menos cuando se llega a dudar de la autenticidad de la propia existencia.

El cereal no me sabe igual

El cartón ya no huele a cartón, el cereal ya no sabe a cereal, la leche tibia es menos dulce y ya no hay blancos bigotes felinos para mí. Post® ya no significa nada, no huele a nada, no sabe a nada. Por más que me esforcé por mantener vivo al pequeño, este murió de hipotermia, de soledad, de tristeza… murió de ser él mismo.

Los sonidos de la noche

Un rumor que se parece a la lluvia asoma sus ojos a través de la ventana de la cocina que, alumbrada, reluce como un faro para quien pasa por la avenida. Un tictac que más bien es un zumbido se desespera en su loca carrera por alcanzar al viento. Una nevera que se ha hecho vieja y que se ha llenado de cicatrices más que de viandas, dos perros que roncan en un sofá y en una caja. Pero… ¡escuchen! Oigan con mucha atención: ¡han muerto los grillos!

Julio Santizo Coronado, 11 de marzo de 2020

Confesiones de un escribiente (4: La hoguera de los libros)

cropped-white-rose«El mundo habrá acabado de joderse —dijo entonces— el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga». (Gabriel García Márquez)

Hay quienes pagan miles de dólares por un cómic icónico o por cualquier objeto que se presuma, incluso con sospecha o presentimiento, que perteneció a este o aquel famoso, a esta o aquella celebridad, o a aquel desdichado a quien nadie comprendía y que se refugió en el arte o en la locura para que alguien cayera en la cuenta de que verdaderamente existía, que era solo una persona más, atrapada en la humanidad que todos compartimos.

Libros y gente como todos los demás

Entre la piedra y la cruzEn la oficina de enfrente, en aquel edificio donde el hollín se colaba hasta por los poros que la inmundicia le abría al mismísimo aire que respirábamos todos los días, justo enfrente del Mercado Central, en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, el vecino me reprochó en una tarde oscura de un mes incierto del triste año cuyo número he olvidado ―¡afortunadamente!― el haber obsequiado, vendido, y, además, lanzado a la basura de la ira y la decepción aquellos libros. Y me dijo con cólera imposible de reprimir: «¡Es una gran falta de respeto para el autor!».

Llegaron del mar (1)Se refería a un ejemplar de la primera edición guatemalteca de Entre la piedra y la cruz y a la primera edición mexicana de Llegaron del mar, de Mario Monteforte Toledo, ambos autografiados y con dedicatoria del autor, quien al recibir el primer título de mis manos dijo: «Creí que ya no había más de estos»; el mismo que unos meses después me preguntó cuando le mostré el segundo: «¿Dónde consigue usted estas cosas?». Además, entre aquellos libros que poco a poco fueron desapareciendo, vendidos por una bicoca, obsequiados y a menudo despedazados por la ira de la decepción, se encontraba un ejemplar de El túnel, de Ernesto Sabato, autografiado por el autor, dentro del cual había un trozo de papel, una carta escrita a máquina por el argentino, que comenzaba con estas palabras: «Querido poeta». Además, aunque sin firma alguna, pues soy incapaz de resucitar a los muertos, había entre aquellos pocos cientos de libros una primera edición impresa en Uruguay de 20 Rábulas en Flux, del guatemalteco Flavio Herrera.

Años más tarde, repetí de nuevo aquel acto considerado deshonroso por muchos y que bien me hubiera valido algo más que un grito iracundo de mi antiguo vecino de edificio, quien para entonces ya había retornado al silencio del polvo según supe: el ejemplar de Instinto de Inez, de Carlos Fuentes, autografiado, fue a parar a alguna librería de viejo o a algún lugar oscuro que mi memoria, siempre fiel a su hábito de reescribir encima de sí misma, ha olvidado.

A finales de 2019, un viejo amigo y excompañero del extinto programa Autores, Libros y Lectores me envió un mensaje por WhatsApp. Era un «reclamo», como suelen llamar en Guatemala a la reprensión y a la censura, por no haberle dicho que había publicado «un libro para niños». Bueno, en realidad había publicado dos. Pero no le dije eso. De otra manera, la recriminación habría sido todavía más severa que la recibida en aquel tercer piso, que para entonces era solo un cadáver entre los recuerdos de finales de los ochenta e inicios de los noventa.

El mensaje censurador no habría sido memorable de no ser porque aquel amigo había incluido una fotografía: el libro de marras, publicado en 2017, que había hallado y comprado en una librería de viejo por poco dinero. Y pensé en los años de búsqueda y desencuentro, en los días de locura y lectura solitaria, en las prisas, las tristezas, las alegrías que solo abrían un hueco más en el corazón y en las esperanzas vanas. Las salomónicas palabras del Congregador, que encajaban con las piezas del rompecabezas que llamamos vida, se dibujaron en el ulular del viento de la madrugada:

«Pero, cuando reflexioné en todas las obras que mis manos habían hecho y en todo el duro trabajo que había realizado con tanto esfuerzo, vi que todo era en vano, era perseguir el viento. No había nada de verdadero valor bajo el sol».

Julio Santizo Coronado, 2 de febrero de 2020

Y al final del invierno… de nuevo la esperanza

cropped-white-roseQuienes desean perpetuar la seguidilla de fracasos humanos suelen tildar de pesimistas las palabras del Congregador, que se recogen en apenas 12 capítulos que, no obstante, me parecen el mejor manual para la vida y la más franca y realista descripción de la existencia humana y de las consecuencias de la tontedad y la locura, pero también de la satisfacción y de la paz que pueden obtenerse del contentamiento que la sencillez y el obrar con sabiduría traen como natural consecuencia.

Concluye Salomón con una poética descripción de los rigores del invierno de la existencia y sus efectos en la carne del hombre mortal, y lo hace junto con una cariñosa invitación a quien es joven y que, debido al vigor, olvida que las flores de la primavera se marchitan, y que el ardor del verano es breve, que la sensatez del otoño es leve y que al final del camino a todos nos espera el frío invernal.

Escribió el rey Salomón hace unos 3,000 años:

«Acuérdate de tu Gran Creador en tu juventud, antes de que vengan los días angustiosos y lleguen los años en que vas a decir: “No encuentro en ellos ningún placer”; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después del aguacero; cuando los guardianes de la casa se vuelvan temblorosos, los hombres fuertes se encorven, las mujeres dejen de moler porque ya quedan pocas y las señoras que miran por las ventanas vean oscuridad; cuando las puertas que dan a la calle se cierren, cuando el sonido del molino se oiga bajo, cuando uno se despierte al canto de un pájaro y todas las hijas del canto se debiliten; cuando además uno tenga miedo a las alturas y haya temores en la calle; cuando el almendro florezca, el saltamontes se arrastre y la alcaparra reviente, porque el hombre va caminando a su casa permanente y los que hacen duelo andan por las calles; antes de que se parta el cordón de plata, se haga pedazos el tazón de oro, se rompa la vasija junto a la fuente y se quiebre la rueda para sacar agua del pozo. Entonces el polvo vuelve a la tierra, tal como era, y el espíritu vuelve al Dios verdadero, que lo dio. ¡La mayor de las vanidades! —dice el congregador—. ¡Todo es en vano!»

Y, no obstante, el ser humano se aferra a la vida, a la vida sin fin que fue implantada en su corazón.

El 29 de marzo de 2019 evoqué la primavera y los dolores que esta trae para los que llevan en su corazón la llama del vigor y el fuego de la demencia, pero a la vez la tranquilizadora monotonía de las lluvias primaverales. Entonces, el 27 de junio, me referí al océano de luz del verano y a sus consecuencias para aquellos cuyas mentes son más sensibles a los cambios de luz estacionales. Más tarde, el 31 de octubre, traté de describir las sensaciones placenteras que el otoño me brinda, a pesar de la leve tristeza, esa que suelo llamar dulce melancolía.

Touched with Fire JSCHoy, me ocupo del invierno. No obstante, no voy a citar a la doctora Kay Redfield Jamison ni a su interesante libro Marcados con fuego, del cual me ocupé en las tres entradas aludidas. Solo diré que, aunque la primavera ha sido a lo largo de mis casi 55 años la antesala de la desesperación, aliviada solamente por las frescas gotas de las lluvias primaverales, hoy la veo de manera distinta cuando pienso en el dolor del cual suelo olvidarme… no solo el que reside en la mente; hablo de los malestares y las limitaciones que Salomón describió magistralmente por inspiración suprema y que, por varias razones, a veces nos alcanzan más pronto de lo que quisiéramos.

Empero, estas palabras no están escritas con pesadumbre, sino con satisfacción, con deseos de vivir y con la confianza de que aunque nuestros días lleguen a su fin, siempre habrá esperanza, porque la vida es imparable y el campo siempre se cubrirá de flores cuando venga por fin la última primavera.

Julio Santizo Coronado, 2 de enero de 2020 (invierno)

Una tarde en el Centro Hist[é]rico (porque todavía hay más de lo mismo)

cropped-white-roseHe añadido los corchetes por esa manía de ir por la vida explicándolo todo: la historia de esta ciudad es de histeria, de miedos, de violencia, de tristeza que algunos quisieran ocultar, de pesadumbre que otros toleran y que muchos soslayan porque le temen al presente y le temen mucho más al futuro.

En 2003, se publicó en la revista Monitor, del matutino Siglo 21 de Guatemala, Anoche hubo de lo mismo. Era este un recorrido en papel de algunos cuadros de malas costumbres, clichés que no por ser manidos son menos perturbadores. En esas líneas, construidas con caminatas, desvelos y muchas tazas de café, quedó grabado un trocito del crepúsculo vespertino, la noche y la madrugada del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

20191104_203436Enmarcado en negro, un diminuto fragmento de esas palabras cuelga de una pared del Fu Lu Sho, junto a la heladera en la que enfrían las cervezas, de cara a las gradas que llevan hacia abajo y de nuevo hacia arriba a quienes deben ir al retrete o al mingitorio de aquel restaurante de comida china que, como el resto del Centro Histórico, cae dentro de sí mismo como resultado natural de la entropía que lo licua y luego lo transforma en gas.

He vuelto en estos días a esas calles bajo cuyas nubes habité durante cinco tormentosos años y en las cuales disfruté del centro cuando este no tenía el rimbombante título que se parece a la tapadera de tupperware que conserva las sobras de lo que alguna vez fue el desayuno de la infancia, la cháchara, las tardes de cine, las interminables noches de café y de ampollas en los pies.

A lo largo de octubre de 2019, El libro que enseñaba a escribir se escribió a sí mismo, como le corresponde a un libro con tal título; y lo hizo en San Martín, Café Casa, McDonald’s y Casa Típica, en el Paseo de la Sexta; Casa Bella, Los Melaza, Jazz Corner y Gourmet Chapín, en los alrededores del parque Morazán; La Tatuana y Rayuela, en el Paseo de Jocotenango; Café León y Café Literario, en la octava avenida; Patsy, junto al parque Centenario, e Ixbalanqué y El Portal, en el Pasaje Rubio. En ciertas ocasiones, es la única manera de rescatar un poco de inocencia en una ciudad que pasó de ser adolescente inconforme a miserable delincuente.

Un amigo me dijo que al leer Anoche hubo de lo mismo (que fue recogido de nuevo en Todos los relatos para la pira) había percibido el olor del humo de las camionetas, esos armatostes que en esta ciudad han tenido épocas más felices, que llaman colectivos en Argentina, camiones en México y autobuses en todas partes. La vendedora de café y aquellos niños que jugaban debajo del rótulo de gas neón del Fu Lu Sho ya murieron y descansan en el silencio o viven en la violencia y el estupor perennes.

Caminaba al mediodía, a lo largo y hacia arriba de la décimo quinta calle. Me dirigía a un negocio de la cuarta avenida, cuando vi cómo la noche se transformaba en meridiano, que la vergüenza que intenté rescatar se había perdido, que la miseria había aumentado, que ver por encima del hombro es más que un hábito del miedo, es una necesidad de la vida. Ascendí y descendí por las calles que alguna vez oyeron mi respiración de madrugada y que hoy y ahora son la cloaca maloliente de un mundo que ya está muerto, pero que insiste en no querer darse por enterado.

Julio Santizo Coronado, 27 de noviembre de 2019

Mecido por la noche del otoño

cropped-white-roseA lo largo de mi vida, las fluctuaciones del estado de ánimo han seguido un patrón estacional que intuí desde la niñez. No obstante, no fue sino hasta hace unos cuantos años cuando comencé a observar con más atención tales cambios, a comprenderlos y a actuar en consecuencia. No extraña, por tanto, que siendo un niño de unos 8 o 9 años, hasta donde puedo recordar, sintiera verdadera aversión por el mes de marzo (nací y vivo en el hemisferio norte) y tampoco que me sintiera especialmente incómodo cuando la primavera se acercaba. Las cefaleas fueron, y siguen siendo, el mayor problema durante la primavera, hasta que el verano se establece.

No obstante, la oscuridad de la noche siempre me ha dado alivio. Lamentablemente, no siempre manejé bien este recurso; y aunque la vida nocturna como suele entenderse nunca fue en mi caso la mejor manera de sentirme bien, ya que siempre huí del ruido y de las multitudes, sobreviví en la ciudad de Guatemala a los paseos nocturnos desde la medianoche hasta cerca del amanecer, en una época en que la violencia no había llegado al crítico nivel del siglo XXI. Esto tiene mucho sentido, ya que la fluctuación lumínica diaria guarda correspondencia con el cambio de estaciones y la menor cantidad de luz que recibimos en el hemisferio norte en el otoño y, más tarde, en el oscuro y frío invierno.

Apunta la doctora Kay Redfield Jamison en el capítulo IV de su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, página 134 (Fondo de Cultura Económica, 1998), citando a W. Mayer-Gross, E. Slater y M Roth:

«Los síntomas mejoran cerca del anochecer, en especial la lentitud y el estado de ánimo depresivo cambian para bien. Sin embargo, por la mañana el paciente despierta de su sueño con un humor característicamente sombrío, o solo se siente bien durante algunos minutos antes ―como dicen― de que caiga sobre él la depresión “como una nube”».

Eso es precisamente lo que experimento, y tal ciclo, me parece, se ha definido con mucha más claridad mientras me acerco a la tercera edad. Felizmente, también es más fácil reconocer los cambios y actuar en consecuencia. La doctora Redfield Jamison anota:

«Los ritmos circadianos están implicados en algunos síntomas de la depresión, tales como el despertar temprano y la variación diurna del humor».

Touched with Fire JSCNo obstante, a pesar de que desde tiempos de Hipócrates se observa que la manía y la melancolía se acentúan en la primavera y el otoño, en el caso que describo (el mío), la segunda es especialmente benéfica en el otoño, al punto de haberla calificado con el adjetivo dulce. Esa dulce melancolía es lo que me permite, especialmente entre octubre y noviembre, ser más productivo en sentido estético (eludo la arrogancia, así la veo, de llamarlo artístico). De tal suerte que justo hoy, 31 de octubre, a comienzos del otoño, he finalizado la escritura de un nuevo libro para niños: El libro que enseñaba a escribir.

Así como los días del año favorecen a quienes son especialmente sensibles a las fluctuaciones de luz, la noche del año, que principia en el otoño, resulta bienhechora (incluso en los trópicos, donde nací, crecí y vivo), pues los pacientes bipolares son aún más sensibles a tales cambios lumínicos. Las noches, las noches largas, los días fríos y ventosos, la lluvia otoñal, las tardes grises, todos estos (al menos en mi caso) favorecen la creatividad y la sensación de paz y tranquilidad… siempre y cuando sobreviva a la luz del día y a la luz terrible de la primavera, la peor estación para los poetas que lo son.

Julio Santizo Coronado, 31 de octubre de 2019 (otoño)