De la soledad, el elogio y la misantropía

cropped-white-roseQuien se sienta descontento consigo mismo y defraudado por su humanidad quizás se crea tan solitario que ni siquiera el acompañarse a sí mismo le resulte reconfortante en ciertos días. Mucho menos alentadora y vigorizadora será la compañía de aquellos que se encuentran en la misma situación y que, no obstante, no ven o no desean ver su propia porción de desgracia humana. Ambas opciones pueden conducir eventualmente al deseo de anulación total, para usar un eufemismo.

Soledad. 1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía. […] 3. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Cuando la carencia de compañía es voluntaria, la soledad es soportable. Esta puede llegar a ser beneficiosa en algunas ocasiones. Mientras más avanza el siglo de la enajenación, el deseo de vivir en soledad se agiganta. Así, quienes abandonan a sus semejantes podrían ser la causa de la carencia de compañía involuntaria de quienes desean aferrarse al gregarismo. No importa que el deseo de compañía de estos últimos nazca de una personalidad de matices caninos y amor al varapalo, o que su querencia sencillamente obedezca a la persecución ciega del rebaño, quizás porque nunca aprendieron a sentarse en soledad y a cultivar el amor al silencio.

Elogio. 1. m. Alabanza de las cualidades y los méritos de alguien o de algo.

Quien elogia a menudo empalaga. Hay quienes elogian y, no obstante, al recibir censura de aquel a quien han elogiado olvidan toda cualidad o mérito, real o imaginario, del que se haya originado tal alabanza. Eso es orgullo fatuo. En otro lado del elogio adulador están quienes lo reciben como un galardón más que merecido, uno que infla el ego y lo ensalza, para colocarlo sobre un pedestal hecho de poco menos que viento. No obstante, existen quienes huyen del elogio. Callan ante él, sonríen dulcemente al oírlo e incluso llegan a temer perderse en las meras palabras y olvidar quiénes son: su desgracia humana, que conviene recordar de vez en cuando. El elogio sincero siempre será una rareza. Y recibirlo con modestia será siempre un reto.

Cuando la soledad no es carencia, sino búsqueda voluntaria y ganancia; y si a ella se añade la vergüenza de ser conscientes de nuestra verdadera condición humana (esa que demasiados no ven, muchos no han visto y que la mayoría nunca verá), entonces queda para algunos cuantos volver a la misantropía.

Misantropía. 1. f. Aversión al trato con otras personas.

Pero no se malentienda. El rechazo no tiene por qué convertirse en repugnancia. Esta actitud evasiva bien puede constituirse en el escaparate por el cual desfile esa cosa etérea e inasible, inexistente a la postre, que solemos llamar tiempo. Además, en esa vitrina podemos ver las rarezas y las virtudes, las lacras y los conflictos, las bellezas y las bondades que se mezclan y se combinan, pero que nunca cuajan en este mar sin quietud que llamamos humanidad.

Julio Santizo Coronado, 27 de julio de 2019

Cabalgando sobre las llamas del verano

cropped-white-roseEl 29 de marzo, cuando la primavera y el fulgor del sol ahogaban la tranquilidad de los días de la dulce melancolía que poco a poco se fue disolviendo en un océano de luz, escribimos A la espera de la primera lluvia de primavera. Nos referimos entonces al capítulo V de Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, de Kay Redfield Jamison, titulado “La gangrena de la mente en estado salvaje”, y extrajimos de sus páginas algunas de las más angustiosas expresiones del poeta Lord Byron.

Ahora, cuando el verano ha comenzado en el hemisferio norte, cuando las lluvias de la primavera han dejado de ser un bálsamo tranquilizador para transformarse en las llamas del estío, citamos algunas de las observaciones de la doctora Redfield Jamison (quien vive con el trastorno psicoafectivo bipolar) que encontramos en el capítulo IV (“Sus vidas cabalgan sobre la tormenta”):

«Hace más de dos mil años, Hipócrates observó que la manía y la melancolía se presentaban con mayor frecuencia en la primavera y en el otoño, y Posidonio, en el siglo IV d. C., observó que la manía solía ocurrir con más frecuencia en los meses del verano. A finales del siglo XVIII, el psiquiatra francés Philipe Pinel describió las pautas estacionales de la locura intermitente, y a principios del siglo XIX Kraepelin, escribiendo acerca de la enfermedad maníaco-depresiva, describió sus experiencias clínicas sobre las pautas estacionales del humor: “Vi en repetidas ocasiones que en estos casos aparecía un humor taciturno en el otoño, el cual se desvanecía en la primavera: ‘cuando la savia brota de los árboles’, para excitación, que en cierto sentido corresponde a los cambios emocionales experimentados hasta por los individuos saludables cuando cambian las estaciones'”».

Touched with Fire JSCRecuerdo que en mi infancia, quizás entre los años 1970 y 1974, cuando tenía entre cinco y nueve años de edad, marzo y el calor en aumento de la primavera eran una condena que se traducía en jaquecas y malestares que, estuviese o no a solas, se transformaban en una sensación de ausencia y aislamiento que no podía explicar sino con las desconcertantes palabras dirigidas a menudo a mi madre: «No quepo dentro de mi cuerpo». Y si a eso añadimos tardes de verdadera soledad, es decir, dos soledades conviviendo en la misma mente, y en una gran casa de dos plantas, sin duda fui muy afortunado al sobrevivir a aquellos días, especialmente cuando el verano se materializaba en un país tropical en el cual todos niegan la existencia de las estaciones y donde erróneamente llaman invierno a la primavera y al verano. La doctora Redfield Jamison confirma mis pueriles sensaciones:

«La investigación moderna confirma estas observaciones. Hace poco revisé la bibliografía científica sobre las pautas estacionales de la manía, la depresión y el suicidio […]. La revisión de estos estudios de los meses críticos de las pautas estacionales en que se presentan episodios de manía y depresión indican que los hallazgos son congruentes a pesar de los problemas metodológicos intrínsecos en este tipo de investigaciones. Hay dos períodos generales de crisis, evidentes en la incidencia estacional de los episodios de depresión mayor: la primavera (marzo, abril y mayo) y el otoño (septiembre, octubre y noviembre). Tenemos menos información sobre la manía, pero su incidencia principal ocurre en los meses del verano y a principios del otoño».

Así es, incluso en las regiones tropicales, donde los cambios de luz asociados a las estaciones parecen no ser evidentes (salvo para quienes viven con una exacerbación de los sentidos y luchan día a día contra las emociones que se lanzan desbocadas) esto es un hecho. Estos cambios se expresan a menudo como comportamientos que pueden ir desde lo que a algunos resulta extraño o molesto, hasta la verborrea, la osadía y la falta de juicio, incluso en el caso de los más conscientes de su propia naturaleza o «condición», para usar ese eufemismo tan en boga del cual echan mano incluso algunos pacientes para convencerse de que aquello con lo que conviven no es una enfermedad, lo que podría ser un desatino que conduzca a la enajenación.

La doctora Kay Redfield Jamison incluye en el capítulo de Marcados con fuego que hemos citado los versos con que T. S. Eliot expresa las «metáforas de la vida y del proceso creador, sus yermos inviernos y sus esperadas primaveras, y sus perturbadoras y cambiantes estaciones», tomadas de Little Gidding:

Cuando más brilla el breve día con niebla y fuego, / El breve sol deshace el hielo del dique y del estanque / En frío sin viento, que es calor del alma / Reverberando en un espejo acuoso, / Un brillo que es ceguera por la tarde. / Un destello más intenso que la llama de leña o del brasero agita el alma aturdida; no hay viento sino pentecostal fuego, / En la época tenebrosa del año, entre deshielo y hielo / La savia del alma se estremece. No hay olor a tierra / Ni olor a ser vivo. Esta es la primavera / Pero no la pactada con el tiempo.

Antonio Vivaldi expresa esa transición en la escala de los sentidos y las emociones, y la lucha que se entabla en la mente de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que han sido tocados por el fuego, en El verano.

Julio Santizo Coronado, 27 de junio de 2019 (verano)

«Kiel», ¿el primer cuento? (1977)

cropped-white-rose¿Qué hace para entretenerse un niño de casi doce años que pasa muchas horas a solas en casa, en un nuevo vecindario, en un lugar donde disfruta de más libertad que en el antiguo barrio donde vivió hasta los diez años?

Mis padres se mudaron a esta casa en 1975. Después de casi cuarenta y tres años, mucho ha cambiado. La casa no es la misma… en sentido literal: mi madre duerme en la muerte, mi padre ha vuelto, viene a casa cada semana y se sienta a nuestra mesa. El jardín vuelve a llenarse de rosas y jazmines. En la terraza crecen los cactus y las suculentas.

Hay ahora una oficina en el extremo este de la nueva segunda planta. Mi esposa la construyó sobre la cuadragenaria casa. Ahí escribo, estudio, leo, hago memoria. Cubro las paredes con fotografías: las flores, mis perros, los aviones que piloté, la nave en la que terminé mis breves días de aviador, memorias de viajes, recuerdos de amigos.

Por inefable razón, en mi corazón se alimenta la permanente sensación de que mi existencia cambió por completo en 1972, en cuyo otoño llegué triunfal a los siete años de vida fuera del vientre. Mis padres trabajaban todo el día. Mi madre, profesora de artes y oficios, salía por las mañanas; al volver me servía el almuerzo preparado la víspera y retornaba al trabajo. Volvía al caer la tarde; y durante muchos años, demasiados para un niño, volvía a ausentarse un par de horas por las noches, pues enseñaba en la Universidad Popular.

Cuando la puerta se cerraba, el niño se quedaba a solas con el televisor. Entonces cubría la pantalla con un pliego de celofán rojo para crear la ilusión de la TV a colores que estaba fuera del alcance de los bolsillos de sus padres. Antes de que llegara 1975, viejas historias en blanco y negro llenaban su soledad. En los días finales de los años 1960 e inicios de los 1970, la televisión abierta (la única de entonces, con apenas tres canales, a los que se sumaría un cuarto en 1978) transmitía únicamente programas extranjeros en Guatemala.

Películas de los años 1940, 1950, 1960, comedias musicales, policiales, filmes basados en la literatura estadounidense del siglo XX, los clásicos del terror… todos tuvieron su día y le llenaron la cabeza de historias a aquel niño que cambió el barrio La Palmita por las angostas y ajardinadas calles de una colonia de la clase media trabajadora. Y así nacieron dos deseos: volar y escribir.

En aquellos días, las cintas basadas en las cruentas historias de la Segunda Guerra Mundial todavía eran muy populares. La guerra de Vietnam había terminado en 1975 y se hablaba de ella en todas partes. El hombre había llegado a la Luna en julio de 1969. La serie de televisión Twelve O’Clock High emocionaba a niños que pensaban solamente en estar al mando de un Boeing B-17 Flying Fortress, sin imaginar toda la realidad que se ocultaba tras el velo de romanticismo de aquellas míticas películas.

Una tarde de 1977, aquel niño salió de casa y tocó a la puerta de su vecino. Llevaba consigo un cuaderno. No recuerda si lo leyó en voz alta o si se lo dio a leer a su joven vecino. Este niño se ha ido haciendo viejo y, a decir verdad, no recuerda muy bien cómo llegó a escribir el que quizás fue su primer cuento, relato que pudo haber titulado Kiel.

«No hay nada nuevo bajo el sol» en lo que respecta al dolor y la miseria humana. Aquella historia no tenía nada de original, porque la maldad no ha cambiado, salvo la intensidad  de la crueldad, que aumenta imparable. Pero nunca falta quien busque un haz de compasión en medio de la oscuridad. Lo demuestra este artículo de Jacinto Antón publicado en El País.

https://elpais.com/cultura/2018/01/02/actualidad/1514915830_184485.html

¿De qué iba aquella historia? El piloto inglés de un caza Spitfire es derribado en Alemania, donde lo hacen prisionero (en la ciudad de Kiel, nombre seleccionado al azar en un mapa del Diccionario Enciclopédico Ilustrado Sopena). Su carcelero, un joven soldado alemán, simpatiza con el aviador británico y decide ayudarlo a escapar. Durante la fuga, el soldado nazi da la vida por su amigo británico, quien escapa y vuelve (no sabemos cómo) a su hogar.

El manuscrito se perdió en medio de los turbulentos días de las ausencias y los conflictos domésticos. Pero tanto el deseo de pilotar como el de escribir pervivieron. En 1980, el entonces adolescente hurtó el volumen de la poesía completa de Antonio Machado (Colección Austral) de la biblioteca de los padres de un compañero del cole. Nunca devolvió aquel libro. Pero sí les entregó a un par de estudiantes de la jornada vespertina del aburrido plantel un par de poemas que una chica de un grado superior envió sin pedir permiso a un programa de radio que los puso al aire. ¡Vaya sorpresa! Al menos eso cuenta la leyenda urbana. Ya he olvidado, y sigo escribiendo para poder seguir viviendo mientras llega el fin de todas las historias penosas y vuelven las historias felices para quedarse por siempre. 

Singing in the Rain (1952) con Gene Kelly

¿Quién está en primera base? (Abbott y Costello)

 

 

¿Adónde se fueron aquellos lectores? A propósito de «Relatos para la pira» (2012)


cropped-white-roseEn 2012, Ediciones del Jazmín publicó Relatos para la pira, libro que nació en la sala de redacción de Siglo 21, para ser más precisos, en la mesa de partos del suplemento para jóvenes Monitor, que se publicaba semanalmente en aquel diario guatemalteco.

En diciembre de 2003, le solicitaron al autor de Relatos para la pira escribir un artículo que satirizara las fiestas navideñas. Este se incluiría en la edición especial anti-Navidad. En aquellos días, influido por una película de Woody Allen, el autor escribió unas líneas que relacionaban al escritor, director, actor y músico con la fiesta comercial y de origen religioso más carente de espiritualidad, y también la que quizás esté rodeada de la mayor cantidad de mitos de la historia, con uno de los cuentos más conocidos y emulados que se hayan escrito sobre el jolgorio más confuso del planeta (y hasta hace poco el más atractivo, aunque en continua decadencia). Fue rechazado.

RELATOS PARA LA PIRALe encargaron una versión más moderada. El segundo relato también fue rechazado por los antinavideños editores que (¡oh, paradoja!) solían ridiculizar casi todas las cosas de las que hablaban en público o en privado. Hasta el único hijo del escritor montó en cólera cuando los leyó. El autor de Relatos para la pira celebró por ultima vez la Navidad en 1977, hasta donde recuerda o quiere recordar. No obstante, su hijo la celebraba entonces y (suponemos) sigue haciéndolo. En 2012, cuando desempolvó estas historias, el autor de Relatos para la pira comenzó a escribir, por mera distracción, más historias relacionadas por un hilo conductor, un alter ego (eso dicen): Karl Søndersøn. Estos relatos se publicaron en un librito de 54 páginas (extenso prólogo incluido, escrito por Ariel Batres Villagrán, amigo del autor a quien hacía poco había conocido gracias al blog El ideario de Facundo).

Algunos ejemplares fueron enviados al extranjero por correo y la versión original de los relatos también se publicó por separado en El ideario de Facundo. A algunos gustaron y los comentaron en la extinta bitácora. Han pasado siete años; les hemos perdido la huella a aquellos amables lectores con quienes el autor llegó a sostener correspondencia por un buen tiempo. ¡Se les extraña!

El autor escribió una versión extendida del libro, la cual tituló Todos los relatos para la pira, que no ha visto la luz sobre el papel, pues como él mismo escribió en otra parte («Escribir no sirve para nada», en Cartas a un hijo ausente): hay que pagar las cuentas y es mejor gastar la plata en comida para uno y los amigos. A continuación, tres comentarios que sendos lectores españoles escribieron hace seis o siete años, que habían estado guardados en un archivo de Word y que el autor creía perdidos.

Fogata y luna (2) CUBIERTAEn general, observo que todas las historias [de Julio Santizo Coronado] son una crítica al quehacer humano […], con un toque de humor muy sutil, a veces, y, otras, más evidente, que me impresiona y admiro. Religión, globalización, antiguas costumbres, violencia, armas, abogados, literatura, todas las áreas tienen su parte de crítica constructiva y un llamamiento a la autocrítica y al examen de conciencia. Me ha gustado Lo que sucedió el día que Karl Søndersøn leyó «Anoche hubo de lo mismo», […] muy bellamente escrito, pura literatura. Me ha encantado la descripción […] de esos seres vagando en una noche cualquiera en cualquier ciudad del mundo llamado «civilizado». […] servirá para dejar constancia de lo que sucedía en el planeta durante finales del siglo XX y comienzos del XXI. (Mar García Rojo, maestra; Madrid, España)

Lo queremos [a Karl Søndersøn] por lo mucho que dice en sus silencios cómplices. Lo queremos por su mordaz ironía que nos regala perlas […]. Lo queremos porque, aunque sepamos que sus nórdicos restos reposan en el Cimetière du Père Lachaise junto a Balzac, Proust y otros parientes, aún parece que quiera compartir con nosotros sus impresiones y sus palabras. (Luis Fernando García Barrero, químico; Zamora, España)

Terminé de leer, por segunda vez, Relatos para la pira. Me gustaron no mucho, sino muchísimo, por su fuerza y su impecable prosa. Me reí con el cuento Woody Allen y la Navidad y con el sorprendente final de El exhibicionista. Las peripecias de Karl Søndersøn me resultaron conmovedoras. (Mercedes Molinero, pintora; Madrid, España)

Ediciones del Jazmín, Guatemala, mayo de 2019

A la espera de la primera lluvia de primavera

cropped-white-roseAves canoras, flores, insectos zumbando y polinizando, colores más vivos cada día, luz más intensa, el horno de la bóveda celeste se enciende… Eso es para la mayoría de los mortales la primavera; anhelada, esperada, los días que despiertan el corazón de las almas heladas, pero…

… mientras los días avanzan con la chispa de marzo y el calor se eleva al insoportable bochorno, al punto en que el zumbar de los zancudos y la humedad de las sábanas se cubre con el amargo sudor de los sueños resquebrajados… entonces, cuando todo se cree perdido, caen las primeras lluvias; se asoman entonces las tormentas de primavera, el fulgor del relámpago y el primer bramido del trueno de abril, o mayo…

Para aquellos que viven (y sobreviven) con el trastorno psicoafectivo bipolar o psicosis maníaco-depresiva debajo de sus almohadas, la primavera puede ser, nunca más cierto, la peor estación para los poetas, que vuelve cada año envuelta en las hojas de su antítesis otoñal. El otoño, aunque para algunos puede resultar en una insufrible tristeza, para otros (ese es mi caso) puede significar un período de dulce y apacible melancolía, un dulce volver a recordar con lágrimas de felicidad el encanto de las punzadas del blando sufrimiento creativo que llegan para disfrutarse con el descenso de la temperatura, el viento y las hojas secas.

Touched with Fire JSCKay Redfield Jamison recoge en su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, muchísimas cartas, expresiones de agonía, fragmentos de textos y recuerdos de amigos de muchísimos de aquellos hombres y mujeres que por su notoriedad pública en el campo del arte nos legaron muestras de la volubilidad de la mente que, a pesar de su plasticidad, se parece a menudo mucho más a un caballo salvaje montado por un jinete inexperto y angustiado que a un trozo de barro moldeado.

Cita Redfield Jamison en el capítulo V: “La gangrena de la mente en estado salvaje”, del libro mencionado, al poeta Lord Byron:

«Estoy de tan mal genio que casi pierdo la cabeza, y tan nervioso que lloro por cualquier cosa. Hoy, nada menos, estallé en llanto mientras contemplaba un estanque de peces dorados, que ni siquiera son animales patéticos […] Me he sentido física y mentalmente excitado y exhausto todo este verano, a tal grado que he empezado a pensar que no solo “moriré pronto”, sino que ese momento no está nada lejos. No tengo ninguna razón para estar triste […]». (Pág. 177, 1993, 1998, Fondo de Cultura Económica).

Al final del párrafo supracitado, Byron añade: «… salvo el acompañamiento perpetuo de las pasiones ilícitas»; comportamiento que acompañó al poeta a lo largo de su vida y que suele ser fuente de pasajera, aunque a veces persistente y temible euforia, con la consecuente espiral en descenso de las emociones, algo muy peligroso especialmente en la juventud, aunque no menos inquietante en la madurez, y barrunto que insoportable en la vejez.

Muchos de los cuentos de quien escribe estas líneas, algunos de los cuales se hallan en estas memorias (Noviembre y póstumos conexos) guardan relación con comportamientos y pensamientos propios y ajenos, cuyas raíces suelen hundirse en la tierra tristemente fértil de la ruptura familiar, la soledad, la incomprensión, a menudo abuso infantil de cualquiera de las marcas que se venden en el mercado de las bajezas de este mundo; alcoholismo en la familia y cualquier otro ingrediente que le sepa muy mal a cualquiera que anhele algo mejor en el fondo de su corazón y de sus pensamientos.

Si a esto se añade durante varios años una importante cantidad de inestabilidad y alguno que otro pariente con antecedentes de enfermedad mental (esquizofrenia, trastorno obsesivo compulsivo o psicosis iluminada por las luces del delirio), finalmente, tarde o temprano, todo se mezclará de inconveniente manera y cuajará.

Al llegar a este punto, se ha de aclarar que quien escribe no es un experto de la salud mental. No obstante, ha visto de cerca la carencia de esta y la ha contemplado desde ese mismísimo lugar a menudo tan incomprendido e incomprensible: la mente, su propia mente. Añade Redfield Jamison (experta en salud mental quien convive con la enfermedad bipolar):

«La melancolía de Byron retornó en enero de 1820 y en enero de 1821, e intermitentemente a lo largo del año. En septiembre [otoño] le escribió a Teresa sobre su depresión y sus oscilaciones estacionales: “En esta época del año siempre me siento morir de tristeza. Tú supiste de mi melancolía del año pasado, y cuando me invade esta tristeza es mejor que me aparte de los demás […] Quiéreme. Mi alma es como las hojas caídas del otoño, está completamente seca. ¡Una cantata!“. Al día siguiente le escribió: “Por lo que se refiere a mi tristeza, tú sabes que así es mi carácter, especialmente en algunas estaciones del año. Verdaderamente es una enfermedad temperamental que algunas veces me hace temer la cercanía de la locura, por eso cuando estoy así me alejo de la gente”» (íbidem).

Esto nos lleva de nuevo a la contradicción de la primavera: la luz, el calor, que tarde o temprano desembocará en la manía del verano; pero junto con ella el consuelo de las primeras tormentas con el alivio de la lluvia bienhechora que todo lo lava, que todo lo limpia, que todo lo arrastra y se lo lleva lejos… hasta que vuelva el otoño y con él venga de nuevo la dulce y amada melancolía.

En el siguiente enlace hallarán un magistral análisis del Concierto para violín R.269, La primavera, de Antonio Vivaldi, escrito por Rafael Fernández de Larrinoa, profesor de Armonía y Análisis en el CIM Padre Soler, de El Escorial (Madrid, España).

https://bustena.wordpress.com/2014/02/28/vivaldi-primavera-analisis/

Julio Santizo Coronado, 29 de marzo de 2019 (primavera)