Cuando se olvida cómo recordar

cropped-white-roseAlgo he visto pasar debajo de mi ventana: viandantes que olvidaron recordar, que se entregan a la tristeza cuando no encuentran en ninguna parte las sensaciones del pasado. Gente que se empeña en que los sentimientos de antaño se materialicen cada vez que estos vuelven al presente de la memoria.

He llegado a creer que esta insoportable manera de vivir hunde sus raíces en la veneración a ―en términos del Diccionario― la «propensión excesiva a los placeres de los sentidos» que se afianza en la adoración de la piel y la carne, una que se profundiza más y más con cada día que transcurre en medio de una generación cuyo único afán parece ser obtener el máximo placer material.

No obstante, han olvidado (¿acaso lo supieron alguna vez?) que el valor de la imaginación y de la evocación poética que se materializa en la música, en las letras, en la pintura, en la sonrisa y la charla franca (por no mencionar asuntos más profundos relativos a la espiritualidad, pero que rechaza la mayoría) son una de las raras llaves al equilibrio que conduce a la felicidad que proviene de la paz interior.

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Los recuerdos llenan los huecos de la soledad. Pueden hacerla más profunda o transformarse en algo nuevo: palabras, colores, sonidos o tertulia. Mientras avanzamos hacia el invierno de la vida, los recuerdos se transforman en una reiterativa fuente de placer. Es un arte recordar. Pero, como todo lo bello, los recuerdos son cada vez más banales y escasos entre la generación que se apropió del aburrimiento como una marca registrada.

No hay más charla, no hay más reunión alrededor del café con leche. Los amigos verdaderos han sido sustituidos por los falsos amigos virtuales de Facebook. Hace algunos meses, un terrible malestar me invadió al punto de paralizarme y llevarme a la tristeza cuando, después de intentar ―en vano― de entablar una charla amistosa y franca con aquellos que supuse eran algunas de las últimas personas sobre la Tierra con quienes puedo llegar a un punto de convergencia moral y espiritual, fui rechazado de nuevo con un muro de silencio y de incomprensión.

Esa experiencia hizo que recorriera el camino de vuelta y me diera cuenta por enésima vez ―porque hay revelaciones que deben ir y venir para solidificarse en la conciencia― de que algunos hemos vivido solos en medio de este mundo, lo que en realidad ha sido una feliz y providencial experiencia que nos ha permitido escapar de la mezquindad de los insulsos amigos de la enemistad, de la envidia, de la intolerancia y del desprecio que habita en la casa del resentido y que se alimenta de basura en medio de los que practican la falsa humildad, los que han olvidado cómo recordar.

Julio Santizo Coronado, 6 de marzo de 2020

Los dulces jazmines de Cortázar y los verdaderos amigos

cropped-white-roseHace unos días, alguien cuya mano nunca he estrechado y quien hasta ahora ha sido solo un rostro en el televisor, una voz en la radio y la agradable recepción de algunos mensajes en el teléfono me envió el enlace que me permitió escuchar de nuevo la voz de uno de mis escritores favoritos de la juventud: Julio Cortázar, quien en la grabación de marras lee fragmentos de su obra y narra un par de anécdotas.

Acariciados recuerdos volvieron a ocupar el lugar de mis pensamientos (porque todo lo olvido y todo lo recuerdo, una y otra vez, lo cual resulta ventajoso al acercarse a la tercera edad, pues permite vivir la brevedad de la vida más de una vez al día). ¿A qué recuerdos me refiero? La mención de los jazmines en la obra del autor de Rayuela es el más sobresaliente. Es una hermosa casualidad que me gusten tanto sus cuentos y un par de sus novelas, y que comparta con este conocido nunca visto, que nunca fue mi amigo y que seguirá sin serlo, tanto el nombre como el placer que se suscita al observar esas hermosas flores y aspirar su dulce aroma. Por esa razón, y seguramente por algunas más que escapan a mi entendimiento, no me extraña que también se hayan alojado en mi casa varias mancuspias desde hace muchos años y que desde entonces vivan a mis expensas.

No volveré a relatar los detalles de algunas historias tantas veces por mí dichas que han llegado a ser bien conocidas por aquellos a quienes las relato sin mesura. Sin embargo, es menester que aluda a ellas de nuevo a fin de que esta idea quede más clara en mi corazón que en las mentes de quienes leen estas líneas, aunque eso suene de lo más egocéntrico y no sea mi más honda intención.

Suele decirse que los libros son nuestros mejores amigos. Y eso puede ser cierto, porque al fin y al cabo los libros son escritos por personas, no son producto de la generación espontánea, porque donde hay creación vive un creador, donde hay pensamiento hay mente pensante, donde hay arte existe y vive un artista. Hemos de admitir que más de una vez no hemos sido los mejores amigos de alguien, ni siquiera buenos ni mediocres amigos. Porque así como las personas que rodean nuestra vida influyen para bien o para mal en nosotros, de igual manera lo hacen sus libros, sus ideas, lo que sus corazones son, lo más recóndito de todos nosotros se halla en lo que escribimos, aunque a menudo esté encriptado y lo hallemos envuelto en reticencias.

Nuestra manera de pensar y actuar, nuestra personalidad, es susceptible de cambio, aunque nuestro temperamento, nuestra inclinación más profunda, no lo sea. Y, sin embargo, hasta a esa se le puede ajustar la brida y guiarla en la dirección correcta… ¡y a menudo con la ayuda de los libros! En mi juventud conocí a varios desconocidos a quienes todavía no conozco. No es calambur. Es la verdad que siempre intentamos soslayar y que a menudo suele ser fuente de absurda vanidad.

Algunos de estos desconocidos a quienes conocí fueron Cortázar a través de sus cuentos y de esa voz que quedó grabada como un larvario recuerdo; la carta mecanografiada plena de gentiles palabras de Ernesto Sabato y su Túnel autografiado; la broma de Carlos Fuentes durante aquellos eternos dos minutos de amables palabras y su autógrafo en el ejemplar de Instinto de Inez; Mario Monteforte Toledo y las primeras ediciones de Entre la piedra y la cruz y de Llegaron del mar con su nombre y el asombro que no podía esconder al verlas redescubiertas por un desconocido; la primera edición (la uruguaya) de 20 Rábulas en Flux, de Flavio Herrera… y muchos nombres y objetos, porque los libros no son más que objetos que no sirven para nada a menos que alguien los lea y puedan así cobrar vida; objetos y personas que formaron alguna vez parte de mi vida y que ahora no son más que anécdotas, recuerdos, historias felices de días soleados o dichas escritas con la pluma de la melancolía que baja del cielo en las tardes nubladas.

Y, sin embargo, a ninguno conocí ni conozco en realidad, aunque influyeron tanto en mí en los años formativos… unos para bien, otros para mucho peor que lo que solemos llamar bien y que a menudo no lo es. No obstante, hay otras voces, otros rostros, otros seres humanos cuyas manos jamás he estrechado, pero a quienes conozco mucho mejor que a todos estos, y sin siquiera leer sus nombres sobre la tapa de un libro. Ellos son los verdaderos amigos, los que merecen mi confianza, los que me recuerdan el verdadero valor de los jazmines: el que está mucho más allá de la albura y de la fragancia de los días de la primavera que se acercan velozmente; expresión que solamente esos amigos comprenderán cuando lleguen a la última línea de estos recuerdos.

Julio Santizo Coronado, 27 de febrero de 2019

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