Fuerte como los brezos (cuento)

cropped-white-roseA todas las heroínas, con las disculpas que debería ofrecerles este mundo cruel, demente e injusto

La lluvia inundaba las calles aquella tarde de septiembre. Los torrentes otoñales arrastraban las penas de Érica. Un riachuelo gris descendía desde el poniente para terminar estancándose delante del cafetín junto al cual una desgastada acera era la ribera que le traía el recuerdo de los angostos ríos sobre los cuales dormían los puentes de su pueblo natal.

Érica miró hacia el cielo encapotado y se apresuró a entrar en la vetusta cafetería que se encontraba al lado del hotel donde se hospedaba con otros profesores que asistían a uno de los inútiles congresos que el Ministerio de Educación organizaba cada vez que había una crisis educativa en el país. El agua se colaba a través del techo y mojaba gota a gota el costal que una pordiosera de rostro adusto anudaba y desanudaba en el vano de la puerta y que contenía todos sus recuerdos, sus sueños, su cama, su hogar de caracol errante.

«Deme una moneda», dijo la harapienta. Entonces, una mujer gritó desde el fondo: «Portate bien o te saco». Érica le hizo una señal a quien había vociferado desde la cocina al mismo tiempo que se sentaba a la mesa situada en una esquinita del destartalado saloncito que daba a la calle. Luego dirigió la mirada a la mujer en harapos: «Esperá, esperate un ratito».

La mujer cetrina miró hacia el suelo y siguió anudando y desanudando en silencio su costal. «Señora, mejor cámbiese a otra mesa. Aquí se va a mojar. Siéntese más allá y en un momento la atiendo». Érica se levantó y volvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que la mendiga siguiera allí.

Entretanto, la vagabunda volvía a cerrar el costal con una cuerda muy delgada, no sin antes verificar que su misterioso contenido estuviera aún adentro. Los hombres grises se burlaban de ella y le jugaban bromas pesadas, así que no debía confiarse demasiado. La voz de Érica y su sonrisa aliviaron la inquietud de la mujer, que no se desprendía de su linyera, y le infundieron la confianza que otros aniquilaron poco a poco con sus gritos y el innecesario aspaviento que hacían cuando pasaban junto a ella.

«Regáleme una moneda», repitió en voz baja. Érica sonrió y le hizo de nuevo la misma señal que minutos antes había tranquilizado a la mujer. Los años le habían enseñado a Érica que la soledad podía ser su mejor amiga; eso sí, siempre y cuando no se quejara, hiciera a un lado la suspicacia y luchara por dominar sus melindres. Érica se esforzaba por ser auténtica y menos exigente con los demás. Pidió una taza de café.

La lluvia era constante, ligera pero insidiosa. El rostro opaco de la mujer que seguía de pie enfrente de ella, a tímida distancia, se iluminó con el fulgor de un relámpago. La imagen de aquella mujer grisácea quedó grabada en las retinas de Érica mientras sorbía el café.

Cerró los ojos al acercar el borde de la taza a los labios una vez más. Al mirar a través de la ventana, reconoció al grupo de profesores que, empapados, cruzaban la calle en dirección al hotel. «¿Me regala una moneda?», repitió la mendicante. «Vení, mamita, tomá». Érica colocó dos monedas sobre la mesa. La mujer se acercó como lo hacen los perros sumisos. «Sentate, mamita. ¿Querés una taza de café?».

La mujer de piel cenicienta sonrió, cogió una silla y la acercó a la mesa. «¡No, no, no! Aquí no podés sentarte. Te dije que si no te portabas bien te iba a sacar», dijo la mujer de la cocina, con el tono de quienes carecen de autoridad, pero fingen tenerla para ocultar las debilidades y los defectos que los harían perder el respeto de los demás.

«Déjela, por favor; la señora no me molesta. Tráigame otro café a mí y uno para ella… ah, y dos champurradas». La mesera miró hacia el mostrador del fondo, se volvió meneando la cabeza y se perdió dentro de la cocina.

Eran tres mujeres diferentes en sendas celdas. Tres mujeres en claustros ocultos de las miradas de la gente. Tres mujeres reunidas dentro de una caja atrapada en medio de las dos esquinas de una de las calles de la ciudad más gris del mundo.

Dieron las cinco de la tarde. La lluvia no cesaba. Se oyó un trueno en la distancia. Érica contó los segundos transcurridos entre el fulgor del relámpago y el trueno, tal como su madre le había enseñado de niña: la tormenta se alejaba. La indigente soltó el pan que Érica le ofreció y se cubrió los oídos con las palmas de las manos a la vez que apretaba los párpados. El retumbo de las olas del océano del cielo se repitió con un eco infinito. Una voz extraña que solo la mendiga podía oír se escondía en el rastro que cada descarga dejaba tras de sí.

Érica mojó el pan en el café. Vio hacia la cocina donde la camarera, con el ceño fruncido, limpiaba el mostrador. En ese instante, las famosas trece notas musicales del Gran Vals de Francisco Tárrega se oyeron en el recinto.[1]

La mujer intolerante sostenía el teléfono móvil y despotricaba en voz alta. Estaba molesta porque la lluvia no la dejaba marcharse a casa y su turno ya había terminado. Érica no les prestó mucha atención a sus palabras, pero sí a sus gestos. La mujer hablaba con gesticulaciones caribeñas muy expresivas que reafirmaba con la mano izquierda, la que le quedaba libre, mientras con la otra sostenía el aparato color de plata.

La tormenta menguó y las mujeres, atrapadas en sus mundos, vieron hacia afuera, hacia la calle, donde un hombre empapado de pies a cabeza usaba el teléfono monedero de enfrente. La mujer del rostro gris empezó a balbucear y a repetir términos matemáticos, geométricos y trigonométricos. La palabra hipotenusa empezó a salir de su boca una y otra vez, mientras Érica, atónita, la escuchaba sin entender por qué pronunciaba aquella palabra. La mesera cogió su bolso, metió en él el teléfono y avanzó hacia la puerta. Era la hora de marcharse a casa para seguir allá la pelea que había comenzado unos minutos antes.

Érica sacó del bolso una hoja de papel doblada por la mitad, la extendió sobre la mesa y leyó:

«brezo. (Del lat. hisp. broccĭus, y este del celta vroicos; cf. galés grug, irl. ant. froech y gaélico fraoch). 1. m. Arbusto de la familia de las Ericáceas, de uno a dos metros de altura, muy ramoso, con hojas verticales, lineales y lampiñas, flores pequeñas en grupos axilares, de color blanco verdoso o rojizas, madera dura y raíces gruesas, que sirven para hacer carbón de fragua y pipas de fumador».[2]

Campo de brezos
Campo de brezos

Érica volvió a doblar el papel y lo devolvió al interior de su bolso. Era bueno para su corazón recordar esa extraña respuesta. Ella era fuerte como los brezos. Ella había seguido adelante a pesar de la soledad y a pesar de que la vida no había sido un lecho de rosas. Realmente, aquella era una respuesta muy extraña a la pregunta que le había hecho al único hombre que había amado de verdad en su vida.

Pensó en la mujer furibunda que había salido a través de la puerta maldiciendo y tratando en vano de aliviar así su frustración; entonces se volvió a la demente que probablemente se había refugiado en el silencio para evitar el dolor y el sufrimiento. No obstante, a Érica no le quedaba más camino que ser fuerte como los brezos a los que tanto se parecía, porque el cariño es a veces más resistente que lo que muchos suelen llamar amor; y también soporta el fuego de la existencia.

Esa tarde, Érica comprendió que la predestinación no existe, que en realidad todo lo que sucede en el presente no es sino la consecuente cosecha de lo que se ha sembrado en el pasado, y que el tiempo suele venir de visita de vez en cuando a lo largo de toda la vida.

Fin

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[1] Alusión a las trece notas musicales que la empresa Nokia usaba como timbre en sus primeros teléfonos móviles. Estas fueron tomadas del Gran Vals, composición para guitarra del español Francisco Tárrega (1852-1909).

[2] Se ha tomado esta definición del Diccionario de la lengua española, Real Academia Española.

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Este cuento fue escrito originalmente en 2011. El personaje de la pordiosera está inspirado en una mujer que padecía trastornos mentales con quien el autor compartió una botella de vino en el parque Morazán, de la ciudad de Guatemala, una noche de finales de la década de los años 1980. Aunque era evidente que la mujer no comprendía nada de lo que el autor decía, esta y otras experiencias similares avivaron la curiosidad del escribiente por comprender el comportamiento humano. Los rasgos del personaje de la profesora se basan en una maestra de educación primaria, atrapada en el fallido sistema educativo de Guatemala, a quien el autor conoció en 1993. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Días de pesimismo y optimismo

cropped-white-roseEl Diccionario define el pesimismo como la «propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable». En efecto, hay quienes van por la vida derramando amargura detrás de una falsa apariencia de realismo. No obstante, no arremeteremos contra los falsos optimistas blandiendo una apología de las realidades del día a día. El objetivo de estas palabras es demostrar que ser realista no implica ser pesimista y, por otra parte, que hasta los optimistas pueden desanimarse profundamente en ciertas ocasiones.

En efecto, el pesimismo se relaciona con el desánimo en el sentido de que quien se deja abatir por la angustia en los momentos difíciles pierde, como dice un antiguo proverbio hebreo, poder o fuerzas para seguir con su vida. En otras palabras, quien pierde la confianza o deja de asirse de aquello que le infunde ánimo (algo que todos necesitamos) se coloca en una situación peligrosa, pues puede sumirse en la depresión y, en algunos casos, en la desesperanza que conduce a extremos suicidas.

Veámoslo desde otro ángulo. La definición filosófica del pesimismo reza: «Doctrina que insiste en los aspectos negativos de la realidad y el predominio del mal sobre el bien». Ser realista y reconocer que ciertas cosas no van a mejorar, sino a empeorar (porque la evidencia y la lógica lo demuestran), no tiene por qué sumirnos en la infelicidad o impedirnos vivir con contentamiento.

Ver las cosas con realismo tampoco debería impedirnos disfrutar de las cosas buenas de la vida. No obstante, los pesimistas de oficio son incapaces de asombrarse, no ven novedad ni belleza alguna en nada y suelen pensar que la maldad es imprescindible para que exista el bien. De hecho, las manifestaciones artísticas de hoy ―el cine es el escaparate más notorio― llevan a pensar que los amantes del pesimismo anhelan un mundo oscuro, sombrío, teñido de la falsa libertad que algunos llaman anarquía.

Se dice que los libros son nuestros amigos y, sin embargo, tanto los libros como las personas influyen en nosotros para bien o para mal. ¿Quién no se ha descubierto a sí mismo en el espejo diario como alguien derrotista, colmado de amargura, egoísta hasta el límite de la misantropía que conduce en casos extremos al odio por la humanidad y por todo lo que ella representa para la vida racional y el amor? Falsos amigos se agazapan debajo de las cubiertas de algunos libros que esconden pensamientos que infunden rencor y decepción que conducen a una soledad malsana (porque también la hay saludable).

Ser optimista y tener una actitud positiva ante la vida no lidia con reconocer que los hechos muestran a las claras que ciertas cosas son como son. Quien es realista no se engaña a sí mismo pensando que todo está bien a pesar de la pruebas en contra. De hecho, pensar así impide reconocer ciertos peligros que pueden llegar a causarnos mucho daño.

Pero ¿acaso ser realista y optimista nos hace infalibles? No. Un antiguo proverbio hebreo admite que «a un sabio la opresión puede llevarlo a la locura». Seres humanos reconocidos por su valor y cualidades como la lealtad y la fidelidad han llegado a ceder a la ineludible tristeza que de vez en cuando nos invade a todos. Vivimos en sociedades incapaces de reconocer el verdadero optimismo que conduce a la felicidad, estamos en medio de un mundo cada día más enfermo de frialdad y pesimismo. Y, no obstante, algunos luchamos por mantener la cabeza fría, ser felices y vivir con optimismo sin querer ver en la realidad algo que no está más que en la querencia de los que van por la vida con una venda de ilusiones sobre los ojos.

Julio Santizo Coronado, 14 de marzo de 2020

Terapia electroconvulsiva moral

cropped-white-roseEn estos días volví al laboratorio humano de la experiencia e hice un nuevo intento, ahora con una coraza de mayor calibre, de interactuar en las redes [anti]sociales. Algunos (muy pocos me atrevo a asegurar) nos asombramos ―y no dejamos de hacerlo― del estado mental de la humanidad, de esa condición que no es más que la imperfección de la que, no obstante, la mayoría ni siquiera se ha enterado ni se enterará, aun cuando sus vidas terminen fulminadas por el relámpago.

Ser testigo de la intimidad de la escritura ajena y de los pensamientos de todos esos seres extraños. Ver de cerca la ausencia de modestia y la sobreabundancia de altanería, de competitividad (la nueva envidia) y de grosera brutalidad intelectual en el más bestial de los sentidos da el impulso que se requiere para volver a recluirse en el claustro del silencio. Y uno no deja de preguntarse, aunque sepa que las cosas no dan para más y que nosotros mismos somos incapaces de huir de lo mismo que nos causa estupor, si es posible confiar en los demás o siquiera en uno mismo. La respuesta es obvia. Así, permanece la certeza de que esta es la manera natural y lógica en que los asuntos de la banalidad humana debían desembocar en el mar del fango de los corazones de la última generación de este mundo agonizante.

De sopetón y sin anestesia, recibí en estos días un baldazo de realidad que espero que sea el final de mi experimento. Es sumamente peligroso perder de vista las carencias morales del sistema: no vaya a ser que uno caiga en la coladera en vez de seguir nadando a contramano. Y es fácil que eso suceda cuando la candidez nos rebasa para meternos zancadilla a la vuelta de la esquina. Prefiero el conflicto que me obligue a permanecer dentro y no el que me seduzca y me haga salir de la seguridad que me da ver las cosas sin la ansiedad que la zozobra provoca en quienes siguen esperando que brote lo bueno de lo irremediablemente descompuesto.

De vez en cuando se necesita una descarga de electricidad, un choque electroconvulsivo que nos libre de la abulia de la depresión, de la agitación desmedida de la manía o de la indiferencia de la catatonia de nuestros corazones y de nuestras mentes.

Julio Santizo Coronado, 21 de febrero de 2020

«El canario y la rosa», disponible en El Salvador, Honduras y Guatemala (Loqueleo, Santillana Infantil y Juvenil)

cropped-white-roseEl canario y la rosa, libro para niños escrito por el guatemalteco Julio Santizo Coronado (1965), fue publicado en mayo de 2018 bajo el sello Loqueleo, de Editorial Santillana Infantil y Juvenil. Loqueleo es un proyecto que reúne a escritores de toda Hispanoamérica y que incluye en su catálogo tanto títulos clásicos como obras contemporáneas de autores de la región. Los libros están divididos en series que se adecuan a cada edad: prelectores, niños y jóvenes.

untitledEn el catálogo 2020 de Loqueleo, los profesores hallarán este título en las recomendaciones para estudiantes de tercer grado de educación primaria, clasificado bajo Autoestima, valentía y vida cotidiana. Va dirigido a lectores de 9 años o más. La lectura de El canario y la rosa requiere un poco más de capacidad de comprensión lectora que su antecesor, El árbol que quiso volar como los pájaros, del mismo autor, por lo que se recomienda a los docentes emplearlo después de leer tal título. El canario y la rosa está disponible en Guatemala, El Salvador y Honduras en los puntos de venta de Editorial Santillana. En Guatemala, también se puede adquirir en la librería Sophos (zona 10 de la ciudad de Guatemala) y en todas las tiendas De Museo.

Sinopsis

«Marco libra desde la infancia una lucha interna. Aunque anhela desde el fondo de su corazón expresar amor todo el tiempo, sus experiencias a lo largo de la vida lo llevan en algunos momentos a ceder a una natural mala inclinación. Un cariñoso consejo que no ha podido olvidar lo lleva cierto día a reflexionar con sinceridad y ver sus defectos reflejados en algunos de sus semejantes. Eso le permite conocerse mejor y darse cuenta de lo que hay realmente en su interior. Aunque esta lucha puede ser difícil y prolongada, muchos han podido sacar lo mejor de sí y vencer al egoísmo, al punto de dar la vida por otros. ¿Lo logrará el pequeño Marco?».

El libro incluye las bellas acuarelas de la ilustradora y diseñadora industrial Diana Cruz, guatemalteca nacida en 1994 cuyos proyectos de ilustración y diseño revelan una profunda influencia de la naturaleza en su concepción estética.

Estructura y análisis

El canario y la rosa aborda en un relato breve y dividido en dos partes, Primavera y Otoño, el conflicto entre el deseo y el deber, la responsabilidad y la apatía, etcétera. El tema se aborda desde la perspectiva de un niño que desde muy temprana edad se percata de que suele no alcanzar la medida de lo que tanto los demás como él mismo requieren de su comportamiento y sus acciones. Esa lucha emocional es vivida de manera muy consciente por el protagonista, quien llega a concebirse a sí mismo como, no una, sino dos personas que habitan en el mismo ser. Este conflicto se extiende durante los años de desarrollo hasta que el protagonista, Marco, alcanza cierto equilibrio al llegar a la madurez. No obstante, tal aceptación llega a su vida el día en que finalmente es capaz de verse y aceptarse tal como es, con sus flaquezas, sus fortalezas y su potencial.untitledAunque el título de este libro trae a la memoria el cuento El ruiseñor y la rosa, del irlandés Oscar Wilde, solo comparte con este el tema secundario o subyacente: la abnegación, simbolizada en sendos libros por las aves. En lo que respecta a la dualidad humana que se trata en el libro, esta hace recordar El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, obra literaria considerada un clásico, del británico Robert Louis Stevenson.

En una época en la cual se ha llegado al extremo de evitar hablar de altruismo o abnegación, por considerarlos rarezas entre los valores humanos, El canario y la rosa se constituye en un instrumento literario que permite a los docentes (y a los padres), así como a los jóvenes estudiantes de 9 años o más, analizar la necesidad de demostrar amor de maneras prácticas en la sociedad actual y profundizar en el porqué de las carencias afectivas y sus efectos en nuestros días.

Índice de El canario y la rosa

Primera parte: Primavera

El amanecer

El despertar

Corazones cautivos

Vuela más alto

Entonces huyó la primavera

Segunda parte: Otoño

Abnegación, hermana del amor

Egoísmo, hermano del odio

Encuentro en el espejo

Si desea más información sobre el proyecto Loqueleo de Santillana, pulse el siguiente enlace para observar un vídeo explicativo.

http://www.loqueleo.com/

Julio Santizo Coronado

Nació en la ciudad de Guatemala en 1965. Cursó el bachillerato humanístico en la Universidad Rafael Landívar (1981-1982). Piloto aviador estudiante y privado (1982-1984). Profesor de francés en una secundaria y corrector de publicidad (1985-1988). Ministerio de Educación de Guatemala y Fundación para la Promoción de la Educación Rural en Centroamérica y Panamá (1988-1996). Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala (1989-1993). Corrector, editor y redactor en periódicos y revistas (1999-2011). Ha publicado en formato físico y electrónico Poesía incompleta (2012), Relatos para la pira (2012), Cartas a un hijo ausente (2013), Las horas de mi madre (2013), Poesía innombrable (2013), Palabras del agua y de la mar (2016). Compilador de El Fu Lu Sho de los recuerdos (2012). Santillana ha publicado en la colección Loqueleo El árbol que quiso volar como los pájaros (2017) y El canario y la rosa (2018). También ha escrito Todos los relatos para la pira (versión de descarga gratuita en WordPress), Noviembre y póstumos conexos (cuentos) y El libro que enseñaba a escribir (2019, inédito).

«Las horas de mi madre» (basado en el texto original de 2013)

cropped-white-roseEl prejuicio nace de la ignorancia. No deberíamos mencionarlo para no caer en el ridículo de la obviedad. Los vericuetos de la intimidad doméstica ajena son incomprensibles. No obstante, hay aquellos cuya arrogancia y altivez terminan por echar raíces venenosas en tierra extraña.

Hay quien toma la vara y el fuste del desprecio para repartir azotes por causa de la ordinaria y superflua envidia que nace de los celos. Como Caín, quien mató a su hermano en vez de mirar sin hipocresía su propio corazón para cambiar de derrotero.

Una luz se vislumbra en las intenciones, pero con el tiempo se revela la oscura verdad: heridas, división, dolor, abuso emocional. Se siembran las semillas de la ira en una tierra regada por años de ruptura con la vida, durante los cuales madre e hijo se conocieron de una manera que solo ellos eran capaces de comprender y que algunos, muchos, ¡demasiados!, se atrevieron a juzgar con una soga en la mano y el patíbulo al final del camino.

Horas JSC CopyLas plagas que desangran a la sociedad moribunda de nuestros días, como la xenofobia y el racismo virulentos y divisivos, crecen en el campo de la ignorancia y el prejuicio con el fertilizante de lo insulso. Los aleatorios nombres de las naciones dejarán de existir y sin remedio volverán a lo que fueron: nada, meras palabras arbitrarias.

Quienes siguen adhiriéndose a lo superficial cumplen un propósito en este breve espacio a punto de terminar: son el combustible que enciende la llama debajo del crisol donde el oro valioso se libera de la escoria día a día: lo horripilante que nos aleja con repugnancia de nosotros mismos cuando reconocemos que no somos libres, cuando el pavor nos dice que podemos llegar a convertirnos en lo mismo que aquellos. Y mientras se piensa en eso y se lucha por olvidar, se cuentan los años, los meses, las semanas, las horas… las horas de una madre.

En el siguiente enlace se puede descargar el PDF o leer en línea Las horas de mi madre.

Las horas de mi madre (revisión 2019) Ediciones del Jazmín

Ediciones del Jazmín, mayo de 2019

A falta de prólogo, una carta abierta para el autor

Si en el mundo, mi caro Julio, quedáramos solo nosotros dos, no tendría que escribir un prólogo, sino una carta. Y tu libro y mi carta tendrían más sentido en esas circunstancias, porque no somos más que dos seres que hablan en una habitación vacía que solo les devuelve el eco.

Y la carta diría que leerte es estar un poco en todas partes. Diría también que lo que más atesoro de este libro es su honestidad. Digo honestidad y no transparencia, porque a veces siento que para entenderte nos falta a todos todavía mucho mundo.

Parece que los rotos y los insomnes se reconocen mutuamente. Es un gusto sabernos amigos.

Marvin Monzón
Guatemala, día 18 del tortuoso mayo de 2019, 3:50 h