Cuando se olvida cómo recordar

cropped-white-roseAlgo he visto pasar debajo de mi ventana: viandantes que olvidaron recordar, que se entregan a la tristeza cuando no encuentran en ninguna parte las sensaciones del pasado. Gente que se empeña en que los sentimientos de antaño se materialicen cada vez que estos vuelven al presente de la memoria.

He llegado a creer que esta insoportable manera de vivir hunde sus raíces en la veneración a ―en términos del Diccionario― la «propensión excesiva a los placeres de los sentidos» que se afianza en la adoración de la piel y la carne, una que se profundiza más y más con cada día que transcurre en medio de una generación cuyo único afán parece ser obtener el máximo placer material.

No obstante, han olvidado (¿acaso lo supieron alguna vez?) que el valor de la imaginación y de la evocación poética que se materializa en la música, en las letras, en la pintura, en la sonrisa y la charla franca (por no mencionar asuntos más profundos relativos a la espiritualidad, pero que rechaza la mayoría) son una de las raras llaves al equilibrio que conduce a la felicidad que proviene de la paz interior.

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Los recuerdos llenan los huecos de la soledad. Pueden hacerla más profunda o transformarse en algo nuevo: palabras, colores, sonidos o tertulia. Mientras avanzamos hacia el invierno de la vida, los recuerdos se transforman en una reiterativa fuente de placer. Es un arte recordar. Pero, como todo lo bello, los recuerdos son cada vez más banales y escasos entre la generación que se apropió del aburrimiento como una marca registrada.

No hay más charla, no hay más reunión alrededor del café con leche. Los amigos verdaderos han sido sustituidos por los falsos amigos virtuales de Facebook. Hace algunos meses, un terrible malestar me invadió al punto de paralizarme y llevarme a la tristeza cuando, después de intentar ―en vano― de entablar una charla amistosa y franca con aquellos que supuse eran algunas de las últimas personas sobre la Tierra con quienes puedo llegar a un punto de convergencia moral y espiritual, fui rechazado de nuevo con un muro de silencio y de incomprensión.

Esa experiencia hizo que recorriera el camino de vuelta y me diera cuenta por enésima vez ―porque hay revelaciones que deben ir y venir para solidificarse en la conciencia― de que algunos hemos vivido solos en medio de este mundo, lo que en realidad ha sido una feliz y providencial experiencia que nos ha permitido escapar de la mezquindad de los insulsos amigos de la enemistad, de la envidia, de la intolerancia y del desprecio que habita en la casa del resentido y que se alimenta de basura en medio de los que practican la falsa humildad, los que han olvidado cómo recordar.

Julio Santizo Coronado, 6 de marzo de 2020

Confesiones de un escribiente (5: Memoria agujereada)

cropped-white-roseMe han retado a recordar lo bueno que hay en medio de lo penoso de mi terca memoria. No tuve que hacer preguntas ni buscar demasiado. Bastó con que leyera un mensaje en el que se menciona un cheque en blanco que usé para pagar lecciones de vuelo; el restaurante Baviera (que se incendió hace muchos años y nunca pudo resurgir de las cenizas con su antiguo esplendor) y la música de Glenn Miller, con la que casualmente me encontré a la vuelta de mi ordenador esta mañana brillante en la ciudad de Guatemala.

Algunas mentes, si no todas en una u otra medida, son condicionadas por la oscuridad, por la maldad, por los hechos sórdidos, violentos, terribles, dolorosos y todo lo que no es más de lo mismo y que a veces parece ser todo lo que hay. Existen mentes atormentadas por sí mismas; cerebros que se regodean en el sufrimiento al cual se acostumbraron, porque era la única manera de justificar la existencia. Mentes que se convencen de que carecen de peso vital a fin de negarse una y otra vez el valimiento que algunos (¿afortunados?… ven lo que digo) hacen de ellas al verlas desde fuera.

Tendré que buscar dentro de la bolsa en cuyo fondo deben de estar, supongo, todas esas cosas, todos esos momentos y todos esos minutos que se han ido colando entre las rendijas de la mugre del talego que se ha percudido después de más de medio siglo de estar guardado en el desván de la memoria. Quizás Glenn Miller me ayude a lo largo del sendero.

Julio Santizo Coronado, 18 de febrero de 2020

CAVOK (Memorias del viento 2)

cropped-white-roseUn muchacho pedaleaba en medio de la madrugada abriéndose camino a través del aire tibio del amanecer de la primavera.

El 3 de abril de 1984 comenzó con una ducha tibia. La mochila roja en la cual destacaba el monograma de Cessna agrícola aguardaba encima de la cama recién hecha. El aún adolescente empezó a meter en ella varios objetos: un plotter, una carta de navegación TP-CK-25A, un calculador de vuelo Jeppesen, una bitácora de vuelo, una copia del manual de procedimientos del Cessna 172, lápiz, bolígrafo, la licencia de piloto estudiante, un reproductor de casetes Sony y la cinta de la banda sonora de la película Juan Salvador Gaviota.*

No había amanecido aún cuando el muchacho bajó de la bicicleta color de plata y la aparcó en un hangar, cerca de varias aeronaves que, como palomas, seguían durmiendo en la penumbra de su palomar a la espera de la luz del día.

Fue en busca del towbar, lo aseguró al tren de aterrizaje delantero de uno de los palomos dormidos y sacó al ave del nido. Era un Cessna 172 Skyhawk, un halcón que, silencioso, descansaba junto a todas aquellas aves de aluminio. Llenó un balde con agua y la arrojó al parabrisas de la aeronave, que así empezó a salir del letargo de la noche que finalizaba.

La Aurora de madrugada
Aeropuerto internacional La Aurora de madrugada (4:45 a. m.), vista hacia el norte. Fotografía: Cámaras del Aeroclub de Guatemala.

Faltaba muy poco para el amanecer y para que autorizaran las operaciones VFR (visual flight rules). Estaba solo. Únicamente Chepito, el guardián de la Escuela Aérea, estaba despierto a esa hora en el hangar de Importavia. No había mecánicos ni instructores. La oficina estaba cerrada, pero al volver a La Aurora, Carmencita estaría ahí, como siempre: con una sonrisa, su «¡Buenos días, Santizo!» y el cuidado casi maternal que les prodigaba a los pilotos estudiantes. El METAR (Meteorological Aerodrome Report) reportaba CAVOK y viento en calma. La luz del alba iluminó el horizonte y el TG-BIM despertó.

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Foto reciente del Bravo India Mike. Este Cessna 172 perteneció a la Escuela Aérea de Guatemala. Cuando salió de servicio, cambió de propietario. Ahora tiene un nuevo motor, más potente que aquel que lo impulsaba en 1984 cuando el autor de estas memorias volaba en él.

El piloto estudiante hizo la revisión externa de la aeronave y se aseguró de que la cantidad de aceite y combustible fuera la adecuada para cubrir la ruta planeada desde la noche anterior, y que su instructor le había indicado volar: Guatemala-Escuintla-Monterrico y viceversa. Aterrizaría en Monterrico, una playa en la costa del Pacífico de Guatemala, y entonces retornaría a La Aurora.

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Carta de navegación en la cual se ve, trazada a lápiz, la ruta MGGT-Escuintla-Monterrico.

El instructor** había enviado a su estudiante a aquel lugar, aunque el joven piloto no conocía la pista, ni siquiera había ido alguna vez en su vida a esa playa por tierra. No era una pista asfaltada como la de Retalhuleu, en la que había aterrizado al volar en otra ruta de instrucción, pero seguramente ―pensó― no sería muy diferente de El Caobanal, Tanzania o Iztapa. Se llevaría una sorpresa.

Era el momento de partir. Frenos set, aire caliente al carburador off, acelerador abierto un cuarto de pulgada, mezcla rica, cebar motor, interruptor maestro on, faro de cola encendido… «¡libre!». El Bravo India Mike se espabiló con el conocido temblor de las aeronaves, similar a cuando las aves esponjan las plumas para luego sacudirse. Mientras la temperatura del motor aumentaba y la presión del aceite se nivelaba, encendió la radio y sintonizó la frecuencia de control terrestre, luego el VOR, el ADF, activó el transpondedor en stand-by.

Cuando una aeronave se mueve en tierra, lo hace como un ave que da cortos pasos o brincos torpes. Quienes han observado una fila de aeronaves carreteando sobre una pista de rodaje en secuencia de despegue, quizás hayan pensado en un grupo de patos que caminan con torpeza, bamboleándose con el vaivén de un bebé que aprende a andar. Pero cuando un ave y un avión están en el aire todo es muy distinto.

El piloto estudiante solicitó permiso para cruzar la pista y dirigirse a la rampa internacional sur del aeropuerto, donde llenaría el plan de vuelo, pues carecía de los recursos que les permitían a otros estudiantes ser miembros de clubes de pilotos desde los cuales podían transmitir la información. No obstante, a él le parecía mucho más instructivo y hasta divertido hacerlo de esta manera: entrar en el edificio de la Dirección General de Aeronáutica Civil, pedir el formulario, rellenarlo, detenerse a leer los NOTAM, esperar un momento antes de volver a arrancar el motor del avión y observar…

Dassault Falcon
Dassault Falcon 50, similar al mencionado en estas memorias.

… observar de la misma manera que lo hacía el día cuando un Falcon se hallaba junto al TG-TIQ, el Cessna 152-II en el que había aprendido a volar. Mientras admiraba aquel hermoso avión, dijo en voz baja: «Algún día…». Entonces, una voz detrás de él respondió: «Yo decía lo mismo».

Era el piloto del jet trimotor de bandera venezolana, quien lo invitó a conocer la cabina. Cuando le explicaba cómo funcionaban los sistemas de aquel grandioso avión hecho en Francia, apuntó a través de la ventanilla de la cabina hacia el 152 que estaba a unos cuantos metros de distancia, y dijo: «Es más difícil volar un Cessna que este avión».

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En Importavia en 1983.

Aquel deseo, empero, nunca se concretó y no pudo averiguar si la afirmación del piloto venezolano era cierta. No obstante, aquellos minutos junto a aquel sonriente y feliz piloto fueron el mejor regalo que un muchacho pudo haber recibido.

 

***

La mañana de abril era inusualmente fría, por lo que el piloto estudiante solitario se había enfundado en uno de sus pullovers de cuello de tortuga Catalina que eran objeto de comentarios y burlas entre otros estudiantes. Llevaba puesta una chumpa de mezclilla azul, pantalones vaqueros azules y los viejos zapatos de gamuza amarilla y suela de goma, que casi se adherían a los pedales del timón de dirección (rudder), por lo que, aunque estuvieran bastante gastados y viejos, eran los preferidos para volar (¿cómo podían sentirse cómodos los pilotos de aerolínea con zapatos formales?).

Arrancó de nuevo el motor de la aeronave, se aseguró de que todo marchara bien, como le había enseñado su primer instructor, y solicitó permiso para rodar a la cabecera de la pista 19 (ahora 20), ya que el viento estaba en calma y se dirigía al sur. Empezó a rodar hacia el norte, a la hora en que la terminal aérea del aeropuerto internacional comenzaba a despertar. El sol fulguraba en el este, todavía en la línea del horizonte. Mientras rodaba, verificó los controles del avión y los frenos, y se aseguró de tener a mano la fotocopia con la lista de procedimientos normales, plastificada, que había copiado a máquina del manual original (desde niño trataba de ser metódico en todo lo que hacía).

La Aurora al amanecer al sureste
Aeropuerto internacional La Aurora al amanecer (5:40 a. m.), vista hacia el sureste. Fotografía: Cámaras del Aeroclub de Guatemala.

Al acercarse a la cabecera de la pista, fue transferido a la frecuencia de la torre de control de La Aurora, 118.1. Hizo la revisión de motor, verificó que todo marchara normalmente y solicitó autorización para despegar. Estaba solo, tanto en cabina como en la cabecera, y quizás lo estaría en la ruta. Había poco tráfico esa mañana, aunque era un día hermoso para volar. Entonces, se oyeron las palabras «Bravo India Mike, viento en calma, pista 19, autorizado para despegar». Aceleró a fondo y suavemente. El Cessna avanzó hasta alcanzar los 60 nudos; una ligera presión hacia atrás y comenzó el ascenso, hasta que rebasó el límite de la pista de La Aurora y viró ligeramente a la derecha, para enfilar al suroeste, en busca del cañón de Palín.

La Aurora al amanecer al sur
Aeropuerto internacional La Aurora al amanecer (5:40 a. m.), vista hacia el sur. Fotografía: Cámaras del Aeroclub de Guatemala.

Cañón de PalínAl alcanzar el cañón de Palín, cruzando a 6,500 pies sobre el nivel del mar, el cielo se abrió con una luminosidad que aquel joven aprendiz de aviador no había visto antes: el cielo era infinito, y hacia el sur se fundían los azules en el horizonte. A los costados, los contornos y las texturas del volcán de Agua (a la derecha) y del volcán Pacaya (a la izquierda) se dibujaban con una claridad impresionante; y más allá, tanto al este como al oeste, el aire limpio y helado de la mañana, sin nubes, hacía que toda aquella belleza de montañas azules, volcanes grisáceos y valles verdes se pareciera a una maqueta en miniatura. ¡Y él estaba ahí, solo, completamente solo! En ese momento, una tranquilidad nunca antes experimentada lo hizo pensar en la delicia de hallarse fuera del alcance de todo: lejos del suelo, lejos del bullicio de la ciudad, de las calles, de los caminos, de las carreteras, de la gente…

Al sobrevolar Escuintla, cambió de rumbo; viró a la izquierda y empezó a descender. Con el motor en ralentí, abrió la ventanilla para sentir en el rostro el aire vivificante del amanecer. Encendió el reproductor de casetes que había colocado en el asiento derecho. Y en ese momento, mientras «bajaba» a la costa, escuchó esto:

Mientras la cinta completa seguía sonando, el aprendiz se dirigía hacia el mar en busca de un lugar en el cual nunca había estado, aunque durante la niñez había conocido muchos sitios de aquel país acompañando a su madre en su constante búsqueda de paz y tranquilidad, lejos de la gente que la mayoría suele considerar normal o «buena», pero que distaba mucho de serlo entonces, y mucho más ahora, en un mundo cada vez más incapaz de distinguir el bien del mal.

Al acercarse a la línea costera, empezó a descender hasta alcanzar 1,000 pies sobre el terreno. De acuerdo a lo previsto, debería ver la pista de aterrizaje en cualquier momento. Sobrevoló el poblado y no reconoció ninguna franja que se pareciese a una pista de aterrizaje cubierta de pasto. Descendió un poco más, se alejó hacia el mar, volvió a virar en dirección del pueblo para volar en círculos en busca de la pista. Al inclinarse a la izquierda, divisó a una mujer que caminaba con un canasto sobre la cabeza… ¿era esa la pista? Aquello se parecía más a un potrero. Cruzó de nuevo por encima de la que debía de ser la pista y siguió virando a la izquierda, y entonces lo vio: debajo de él, un hombre le hacía señales con los brazos, y parecía decirle que era ahí en donde debía aterrizar.

Terminó el viraje y se alejó hacia el este, viró a la derecha y enfiló hacia la «pista». Full flaps, alineado a… bueno, al centro de aquel «camino», alejado de la alambrada del cerco a la derecha. Pasó por encima de unos cables del alumbrado, cortó potencia y luego del flare tocó tierra tratando de mantener el tren de aterrizaje delantero arriba lo más posible. Sin embargo, aquella pista no era ni el pasto bien recortado de Tanzania o de Iztapa, ni el asfalto de La Aurora o de Retalhuleu; el BIM comenzó a dar tumbos encima de ramas, cocos podridos y del suelo seco cubierto de baches.

En ese momento, apenas después de tocar tierra, un cerdo apareció desde la izquierda y cruzó delante del avión. No era momento de aplicar los frenos, pues todavía iba muy rápido y podría capotear o, en el mejor de los casos, dañar el tren de aterrizaje o reventar un neumático. Solo apretó los dientes y volvió a respirar al ver al cerdo alejarse por el lado derecho de la aeronave.

Luego de alcanzar la cabecera opuesta de la pista, el hombre que había visto desde el aire le señaló dónde estacionar la aeronave. Rodó con cuidado encima de aquel sitio que poco se parecía a un lugar destinado para aeronaves. El Bravo India Mike se posó y descansó viendo hacia el sur, hacia el mar. Luego de apagar el motor, varios niños se acercaron a toda carrera, rodearon el avión pidiéndole al adolescente que tenían delante que les permitiera ver el interior, a lo cual este accedió mientras todavía estaba sentado en el asiento izquierdo. Para alguien que llegó a pensar que quizás nunca podría pilotar un avión, ya que todo apuntaba a que no sería posible realizar tal sueño, aquella situación era inesperadamente agradable y enriquecedora.

Luego de cerrar con llave el Cessna, al piloto estudiante de 17 años se le antojó tomar el desayuno. El guardián del lugar (se enteró entonces de que lo era) lo condujo a un comedor en donde por poco dinero le sirvieron varios (con toda seguridad eran más de dos) huevos revueltos y un tazón grande de frijoles negros «parados», como suelen llamar en Guatemala a las judías que se sirven enteras, y que en Honduras y en Nicaragua suelen llamar «frijol en bala». Además, un «rimero» de tortillas (muchísimas) y ¡una jarrilla completa de café! (al mejor estilo provinciano de Guatemala: aguado, tibio y dulce).

Monterrico Santa Rosa, GuatemalaDespués del opíparo desayuno, se dirigió a la orilla de mar, se sentó en la playa, se quitó los zapatos y metió los pies en las aguas del Pacífico, todavía frescas a esa hora del día. ¿Qué pasaba esa mañana por la cabeza de aquel muchacho «caído del cielo»? En realidad, no lo recuerda. Solo hay una imagen en su cabeza todavía: el océano; y una sensación: el aire tibio de la costa sur de Guatemala y el placentero sonido de las olas y de las aguas calmas de la mañana. El cuello de tortuga y la chumpa de lona empezaban a incomodar, empero dentro de unos minutos ascendería de nuevo a 6,000 pies de altitud para retornar a La Aurora, cuya pista se encuentra a 4,951 pies de elevación.

Caminó de vuelta a la pista y efectuó un improvisado FOD: retiró palos, cocos secos y cualquier otra cosa que pudiera dañar el tren de aterrizaje o retrasar su avance y extender la distancia de despegue. Volvió al avión y revisó la cantidad de combustible, pues la nave se había quedado sola y era posible que alguien la hubiera «ordeñado». Alineado al centro, 10 grados de flaps, frenos puestos, potencia al fondo, revoluciones del motor estables y al máximo, elevador hacia atrás, soltar frenos…

Se elevó hacia el oeste. Al alcanzar una altitud segura empezó a virar a la derecha y fijar rumbo al cañón de Palín, pero ahora en sentido opuesto. El sol fulguraba con tal intensidad que los ojos empezaron a irritársele. ¡Había olvidado las gafas oscuras en casa! El vuelo de Monterrico a La Aurora duró 36 minutos (incluido tiempo en tierra), mucho menos de los 66 minutos que le había tomado salir de La Aurora y sobrevolar Monterrico. En total, la aventura había durado solamente 1 hora con 42 minutos. Pero cuando uno tiene 17 años, eso es más que suficiente para que quede grabado por siempre en el recuerdo, uno cuyas imágenes y sensaciones permanecen tan claras como las condiciones CAVOK*** de aquel día inolvidable.

Julio Santizo Coronado, 9 de octubre de 2019

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*Juan Salvador Gaviota (Jonathan Livingston Seagull) es un relato escrito por el aviador, filósofo y escritor estadounidense Richard Bach (1936). El relato fue adaptado al cine. La película fue dirigida por Hall Bartlett y musicalizada por el cantante estadounidense Neil Diamond (1941).

**Los instructores del autor fueron Roberto Castañeda, quien lo llevó a su primer solo, y, al tiempo en que lo aquí relatado sucedió, Augusto Biener, ambos ya fallecidos. El autor de estas memorias voló como estudiante y como piloto privado únicamente desde diciembre de 1982 a octubre de 1984. Se ha ganado la vida como profesor, secretario, editor, corrector y escritor, entre otros trabajos, desde entonces.

***CAVOK es un acrónimo empleado en los informes de condiciones del tiempo para aviadores, que se deriva de las palabras cieling and visibility are OK («el techo [altura de nubes] y la visibilidad son buenas»).

«Kiel», ¿el primer cuento? (1977)

cropped-white-rose¿Qué hace para entretenerse un niño de casi doce años que pasa muchas horas a solas en casa, en un nuevo vecindario, en un lugar donde disfruta de más libertad que en el antiguo barrio donde vivió hasta los diez años?

Mis padres se mudaron a esta casa en 1975. Después de casi cuarenta y tres años, mucho ha cambiado. La casa no es la misma… en sentido literal: mi madre duerme en la muerte, mi padre ha vuelto, viene a casa cada semana y se sienta a nuestra mesa. El jardín vuelve a llenarse de rosas y jazmines. En la terraza crecen los cactus y las suculentas.

Hay ahora una oficina en el extremo este de la nueva segunda planta. Mi esposa la construyó sobre la cuadragenaria casa. Ahí escribo, estudio, leo, hago memoria. Cubro las paredes con fotografías: las flores, mis perros, los aviones que piloté, la nave en la que terminé mis breves días de aviador, memorias de viajes, recuerdos de amigos.

Por inefable razón, en mi corazón se alimenta la permanente sensación de que mi existencia cambió por completo en 1972, en cuyo otoño llegué triunfal a los siete años de vida fuera del vientre. Mis padres trabajaban todo el día. Mi madre, profesora de artes y oficios, salía por las mañanas; al volver me servía el almuerzo preparado la víspera y retornaba al trabajo. Volvía al caer la tarde; y durante muchos años, demasiados para un niño, volvía a ausentarse un par de horas por las noches, pues enseñaba en la Universidad Popular.

Cuando la puerta se cerraba, el niño se quedaba a solas con el televisor. Entonces cubría la pantalla con un pliego de celofán rojo para crear la ilusión de la TV a colores que estaba fuera del alcance de los bolsillos de sus padres. Antes de que llegara 1975, viejas historias en blanco y negro llenaban su soledad. En los días finales de los años 1960 e inicios de los 1970, la televisión abierta (la única de entonces, con apenas tres canales, a los que se sumaría un cuarto en 1978) transmitía únicamente programas extranjeros en Guatemala.

Películas de los años 1940, 1950, 1960, comedias musicales, policiales, filmes basados en la literatura estadounidense del siglo XX, los clásicos del terror… todos tuvieron su día y le llenaron la cabeza de historias a aquel niño que cambió el barrio La Palmita por las angostas y ajardinadas calles de una colonia de la clase media trabajadora. Y así nacieron dos deseos: volar y escribir.

En aquellos días, las cintas basadas en las cruentas historias de la Segunda Guerra Mundial todavía eran muy populares. La guerra de Vietnam había terminado en 1975 y se hablaba de ella en todas partes. El hombre había llegado a la Luna en julio de 1969. La serie de televisión Twelve O’Clock High emocionaba a niños que pensaban solamente en estar al mando de un Boeing B-17 Flying Fortress, sin imaginar toda la realidad que se ocultaba tras el velo de romanticismo de aquellas míticas películas.

Una tarde de 1977, aquel niño salió de casa y tocó a la puerta de su vecino. Llevaba consigo un cuaderno. No recuerda si lo leyó en voz alta o si se lo dio a leer a su joven vecino. Este niño se ha ido haciendo viejo y, a decir verdad, no recuerda muy bien cómo llegó a escribir el que quizás fue su primer cuento, relato que pudo haber titulado Kiel.

«No hay nada nuevo bajo el sol» en lo que respecta al dolor y la miseria humana. Aquella historia no tenía nada de original, porque la maldad no ha cambiado, salvo la intensidad  de la crueldad, que aumenta imparable. Pero nunca falta quien busque un haz de compasión en medio de la oscuridad. Lo demuestra este artículo de Jacinto Antón publicado en El País.

https://elpais.com/cultura/2018/01/02/actualidad/1514915830_184485.html

¿De qué iba aquella historia? El piloto inglés de un caza Spitfire es derribado en Alemania, donde lo hacen prisionero (en la ciudad de Kiel, nombre seleccionado al azar en un mapa del Diccionario Enciclopédico Ilustrado Sopena). Su carcelero, un joven soldado alemán, simpatiza con el aviador británico y decide ayudarlo a escapar. Durante la fuga, el soldado nazi da la vida por su amigo británico, quien escapa y vuelve (no sabemos cómo) a su hogar.

El manuscrito se perdió en medio de los turbulentos días de las ausencias y los conflictos domésticos. Pero tanto el deseo de pilotar como el de escribir pervivieron. En 1980, el entonces adolescente hurtó el volumen de la poesía completa de Antonio Machado (Colección Austral) de la biblioteca de los padres de un compañero del cole. Nunca devolvió aquel libro. Pero sí les entregó a un par de estudiantes de la jornada vespertina del aburrido plantel un par de poemas que una chica de un grado superior envió sin pedir permiso a un programa de radio que los puso al aire. ¡Vaya sorpresa! Al menos eso cuenta la leyenda urbana. Ya he olvidado, y sigo escribiendo para poder seguir viviendo mientras llega el fin de todas las historias penosas y vuelven las historias felices para quedarse por siempre.

Julio Santizo Coronado

Los dulces jazmines de Cortázar y los verdaderos amigos

cropped-white-roseHace unos días, alguien cuya mano nunca he estrechado y quien hasta ahora ha sido solo un rostro en el televisor, una voz en la radio y la agradable recepción de algunos mensajes en el teléfono me envió el enlace que me permitió escuchar de nuevo la voz de uno de mis escritores favoritos de la juventud: Julio Cortázar, quien en la grabación de marras lee fragmentos de su obra y narra un par de anécdotas.

Acariciados recuerdos volvieron a ocupar el lugar de mis pensamientos (porque todo lo olvido y todo lo recuerdo, una y otra vez, lo cual resulta ventajoso al acercarse a la tercera edad, pues permite vivir la brevedad de la vida más de una vez al día). ¿A qué recuerdos me refiero? La mención de los jazmines en la obra del autor de Rayuela es el más sobresaliente. Es una hermosa casualidad que me gusten tanto sus cuentos y un par de sus novelas, y que comparta con este conocido nunca visto, que nunca fue mi amigo y que seguirá sin serlo, tanto el nombre como el placer que se suscita al observar esas hermosas flores y aspirar su dulce aroma. Por esa razón, y seguramente por algunas más que escapan a mi entendimiento, no me extraña que también se hayan alojado en mi casa varias mancuspias desde hace muchos años y que desde entonces vivan a mis expensas.

No volveré a relatar los detalles de algunas historias tantas veces por mí dichas que han llegado a ser bien conocidas por aquellos a quienes las relato sin mesura. Sin embargo, es menester que aluda a ellas de nuevo a fin de que esta idea quede más clara en mi corazón que en las mentes de quienes leen estas líneas, aunque eso suene de lo más egocéntrico y no sea mi más honda intención.

Suele decirse que los libros son nuestros mejores amigos. Y eso puede ser cierto, porque al fin y al cabo los libros son escritos por personas, no son producto de la generación espontánea, porque donde hay creación vive un creador, donde hay pensamiento hay mente pensante, donde hay arte existe y vive un artista. Hemos de admitir que más de una vez no hemos sido los mejores amigos de alguien, ni siquiera buenos ni mediocres amigos. Porque así como las personas que rodean nuestra vida influyen para bien o para mal en nosotros, de igual manera lo hacen sus libros, sus ideas, lo que sus corazones son, lo más recóndito de todos nosotros se halla en lo que escribimos, aunque a menudo esté encriptado y lo hallemos envuelto en reticencias.

Nuestra manera de pensar y actuar, nuestra personalidad, es susceptible de cambio, aunque nuestro temperamento, nuestra inclinación más profunda, no lo sea. Y, sin embargo, hasta a esa se le puede ajustar la brida y guiarla en la dirección correcta… ¡y a menudo con la ayuda de los libros! En mi juventud conocí a varios desconocidos a quienes todavía no conozco. No es calambur. Es la verdad que siempre intentamos soslayar y que a menudo suele ser fuente de absurda vanidad.

Algunos de estos desconocidos a quienes conocí fueron Cortázar a través de sus cuentos y de esa voz que quedó grabada como un larvario recuerdo; la carta mecanografiada plena de gentiles palabras de Ernesto Sabato y su Túnel autografiado; la broma de Carlos Fuentes durante aquellos eternos dos minutos de amables palabras y su autógrafo en el ejemplar de Instinto de Inez; Mario Monteforte Toledo y las primeras ediciones de Entre la piedra y la cruz y de Llegaron del mar con su nombre y el asombro que no podía esconder al verlas redescubiertas por un desconocido; la primera edición (la uruguaya) de 20 Rábulas en Flux, de Flavio Herrera… y muchos nombres y objetos, porque los libros no son más que objetos que no sirven para nada a menos que alguien los lea y puedan así cobrar vida; objetos y personas que formaron alguna vez parte de mi vida y que ahora no son más que anécdotas, recuerdos, historias felices de días soleados o dichas escritas con la pluma de la melancolía que baja del cielo en las tardes nubladas.

Y, sin embargo, a ninguno conocí ni conozco en realidad, aunque influyeron tanto en mí en los años formativos… unos para bien, otros para mucho peor que lo que solemos llamar bien y que a menudo no lo es. No obstante, hay otras voces, otros rostros, otros seres humanos cuyas manos jamás he estrechado, pero a quienes conozco mucho mejor que a todos estos, y sin siquiera leer sus nombres sobre la tapa de un libro. Ellos son los verdaderos amigos, los que merecen mi confianza, los que me recuerdan el verdadero valor de los jazmines: el que está mucho más allá de la albura y de la fragancia de los días de la primavera que se acercan velozmente; expresión que solamente esos amigos comprenderán cuando lleguen a la última línea de estos recuerdos.

Julio Santizo Coronado, 27 de febrero de 2019

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