Una tarde en el Centro Hist[é]rico (porque todavía hay más de lo mismo)

cropped-white-roseHe añadido los corchetes por esa manía de ir por la vida explicándolo todo: la historia de esta ciudad es de histeria, de miedos, de violencia, de tristeza que algunos quisieran ocultar, de pesadumbre que otros toleran y que muchos soslayan porque le temen al presente y le temen mucho más al futuro.

En 2003, se publicó en la revista Monitor, del matutino Siglo 21 de Guatemala, Anoche hubo de lo mismo. Era este un recorrido en papel de algunos cuadros de malas costumbres, clichés que no por ser manidos son menos perturbadores. En esas líneas, construidas con caminatas, desvelos y muchas tazas de café, quedó grabado un trocito del crepúsculo vespertino, la noche y la madrugada del Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

20191104_203436Enmarcado en negro, un diminuto fragmento de esas palabras cuelga de una pared del Fu Lu Sho, junto a la heladera en la que enfrían las cervezas, de cara a las gradas que llevan hacia abajo y de nuevo hacia arriba a quienes deben ir al retrete o al mingitorio de aquel restaurante de comida china que, como el resto del Centro Histórico, cae dentro de sí mismo como resultado natural de la entropía que lo licua y luego lo transforma en gas.

He vuelto en estos días a esas calles bajo cuyas nubes habité durante cinco tormentosos años y en las cuales disfruté del centro cuando este no tenía el rimbombante título que se parece a la tapadera de tupperware que conserva las sobras de lo que alguna vez fue el desayuno de la infancia, la cháchara, las tardes de cine, las interminables noches de café y de ampollas en los pies.

A lo largo de octubre de 2019, El libro que enseñaba a escribir se escribió a sí mismo, como le corresponde a un libro con tal título; y lo hizo en San Martín, Café Casa, McDonald’s y Casa Típica, en el Paseo de la Sexta; Casa Bella, Los Melaza, Jazz Corner y Gourmet Chapín, en los alrededores del parque Morazán; La Tatuana y Rayuela, en el Paseo de Jocotenango; Café León y Café Literario, en la octava avenida; Patsy, junto al parque Centenario, e Ixbalanqué y El Portal, en el Pasaje Rubio. En ciertas ocasiones, es la única manera de rescatar un poco de inocencia en una ciudad que pasó de ser adolescente inconforme a miserable delincuente.

Un amigo me dijo que al leer Anoche hubo de lo mismo (que fue recogido de nuevo en Todos los relatos para la pira) había percibido el olor del humo de las camionetas, esos armatostes que en esta ciudad han tenido épocas más felices, que llaman colectivos en Argentina, camiones en México y autobuses en todas partes. La vendedora de café y aquellos niños que jugaban debajo del rótulo de gas neón del Fu Lu Sho ya murieron y descansan en el silencio o viven en la violencia y el estupor perennes.

Caminaba al mediodía, a lo largo y hacia arriba de la décimo quinta calle. Me dirigía a un negocio de la cuarta avenida, cuando vi cómo la noche se transformaba en meridiano, que la vergüenza que intenté rescatar se había perdido, que la miseria había aumentado, que ver por encima del hombro es más que un hábito del miedo, es una necesidad de la vida. Ascendí y descendí por las calles que alguna vez oyeron mi respiración de madrugada y que hoy y ahora son la cloaca maloliente de un mundo que ya está muerto, pero que insiste en no querer darse por enterado.

Julio Santizo Coronado, 27 de noviembre de 2019