El callejón infinito (cuento)

«Paranoia. Trastorno mental constituido por la presencia de una idea ilusoria fija, permanente, lógicamente construida, que condiciona una conducta anormal en el enfermo».

(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseJorge se levantó temprano y se dispuso a hacer lo que hacía todos los días. Antonin Dvořák[1] llenó la habitación con el concierto para cello en si menor.

El leitmotiv del primer movimiento inundó el aire camino al trabajo. Para que la belleza de aquella música no se evaporara en la tumultuosa aspereza citadina, Jorge dio muchos rodeos para alejarse del estruendo de las motocicletas, del lloriqueo de los niños, de los gritos de los voceadores… de todas esas cosas que arruinan el sonido del silencio encima del cual se dibuja con los colores de los sonidos bellos. Cerró las ventanillas del automóvil y sonrió cuando confirmó que Dvořák continuaba junto a él.

Cuando una patrulla policiaca pasó a su lado, la sospecha de que su fin estaba escrito en las oscuras páginas de un libro secreto pasó por su cabeza. Las coincidencias no eran sino la apariencia de una realidad más profunda. El hombrecillo de la esquina seguía observándolo. Aquella mirada penetrante se desvió en otra dirección, en aparente acto de indiferencia; sin embargo, Jorge sabía que aquel hombre lo observaba sin siquiera mirarlo. Estaba seguro: era a él a quien vigilaban desde hacía varios días.

Unos días antes, otro automóvil de la policía se había acercado sigilosamente a Jorge, quien saludó con amabilidad a los agentes. Los tres hombres no respondieron. No había otra explicación: habían callado para no despertar las sospechas de Jorge. Sin embargo, solo habían obtenido el efecto opuesto. Ya no cabía duda: aquellas no eran coincidencias, sino la orquestada partitura de una confabulación que tenía como fin un oscuro propósito.

Llegó a la clínica, se puso la bata y revisó la agenda. Iba a ser un día ajetreado. Fuera de un par de conocidos, recibiría a muchos pacientes nuevos. Era muy extraño que tantos desconocidos lo visitaran justamente ese día.

En ese momento, tocaron a la puerta con gentileza. Hizo pasar a Gertrudis, la paciente de las piernas varicosas, a quien conocía desde hacía varios años. Su sola condición hacía improbable que ella fuera la persona enviada por sus perseguidores. No obstante, aquello solo sembró más duda en Jorge. Estaba convencido de que no existían las coincidencias. Aunque hizo un gran esfuerzo por sacarse de la cabeza el nudo gordiano[2] de cuyos extremos era imposible tirar, terminó por pedirle a la recepcionista que cambiara las fechas de las citas de los nuevos pacientes. De ese modo, el enviado, fuese quien fuese, desistiría al creerse descubierto y no volvería, o por lo menos postergaría el final. ¿Y después…? ¿Y si no se daban por vencidos quienes iban tras él?

Salió en busca de un café. Se lanzó a las calles atestadas del mediodía. Al llegar a la esquina, un hombrecillo de agreste apariencia se llevó el teléfono móvil al oído mientras Jorge pasaba junto a él. El médico vio hacia el suelo y se preguntó si lo habrían descubierto o si estarían al tanto de su rutina: el café, las calles, la cafetería de todos los días…

Se alejó a toda prisa. Echó a correr. Decidió no volver al consultorio por sus pertenencias. Poco importaba perder unos cuantos pacientes. Además, Marta se encargaría de las citas. Lo que realmente importaba era impedir que lo encontraran.

Aquella mañana, Jorge no había hallado lugar en el aparcamiento, por lo que había dejado el automóvil en una callejuela detrás de la clínica. Se aseguró de tener las llaves en el bolsillo y se dirigió a pie calle arriba, al oeste, en busca de la vía más concurrida; dio vuelta hacia el sur para enfilar después calle abajo hasta la parada de autobuses a fin de que le perdieran la pista.

Buscó a Dvořák… Este seguía en el mismo lugar. Le infundía confianza y coraje repetir el tema, paaa, parará… paaa, parará… pero entonces, una mirada de maldad le lanzó un destello de ira a los ojos. Fue tan breve que era imposible dudarlo. ¡Estaban siguiéndolo! Media cuadra adelante, sobre la avenida, cuando caminaba hacia el norte, el teléfono de un fulano apostado en el vano de un portal empezó a sonar. El hombre hablaba en voz baja mientras Jorge pasaba junto a él con la mirada clavada en la acera. «Sí, lo voy a hacer…».

El pavor se apoderó de Jorge. Pocos metros lo separaban del autobús que lo llevaría a la seguridad del hogar y de vuelta a Dvořák. Unos policías caminaban en dirección a la patrulla que rondaba la manzana. La sirena emitió ese desagradable sonido que presagia lo terrible. Subió de un salto al autobús. Un muchacho se encaramó por la puerta trasera y Jorge fue incapaz de quitarle los ojos de encima a lo largo del trayecto.

Bajó del autobús dos cuadras antes de la parada más cercana a su casa. Dio una vuelta a la manzana, siempre cruzando a la izquierda, y así se aseguró de que el muchacho no estuviese siguiéndolo. Caminó por una calle paralela a la de casa, dos cuadras abajo, hacia el este, y luego cruzó a la izquierda nuevamente hasta encontrar la calle donde lo esperaba la seguridad del hogar. Subió por las escaleras sin dejar de ver por encima del hombro, abrió la puerta y entró sin volverse.

Nunca había oído pasar tantos automóviles delante de su casa como en aquella tarde de inicios de primavera. Buscó el disco de Dvořák. El concierto para cello volvió a la vida: paaa, parará… paaa, parará… No había más que una lata de Coca-Cola en el refrigerador, pero no podía arriesgarse a salir de casa. Para asegurarse de que ya no lo buscaban, debía esperar por lo menos dos días. Pero ¿qué pasaría con sus pacientes?

Dos días después, Marta llamó toda la mañana a casa de Jorge, quien descolgó con cuidado y, cambiando el timbre de la voz, pronunció un tímido «diga…». Marta le informó que habían roto una ventanilla de su auto y que se habían robado el estéreo. No podían haber sido sus perseguidores. No era posible, a menos que… ¡seguramente trataban de desviar su atención para confundirlo, para que se sintiera más confiado y pensara que no se trataba sino de simples ladronzuelos!

A Jorge no le cabía duda alguna de que sus perseguidores estaban al tanto de sus pensamientos. Así que no les quedaba sino apresurar el desenlace o darse por vencidos. Por lo tanto, decidió salir de casa. No había nada de comer. Se vistió y salió a dar una vuelta a la manzana, con una ropa distinta a la que había usado todo el día, en caso de que rondaran el vecindario y quizás lo hubieran visto a través de alguna ventana. Volvió a casa y se mudó de nuevo. Se rasuró la barba y se puso una gorra de béisbol. Quizás lo confundirían con alguien más. Tomó la precaución de caminar por una calle no acostumbrada. Dvořák seguía en su cabeza, pero no iría a buscar el automóvil. Aquel podría ser un ardid, el cebo con el cual lo atraparían.

Las cuadras que lo separaban del supermercado fueron las más largas de su vida. Todos parecían sospechosos. Podía ser cualquiera. ¿Cómo saberlo y fingir confianza? Compró sopa enlatada Campbell’s, tres latas de Coca-Cola, una hogaza de pan y una barra mantequilla con sal. Pagó en efectivo, no era seguro usar tarjeta. Salió, pero no sin ver antes a todos lados.

Al cruzar la última esquina antes de llegar a casa, un auto con las ventanillas cerradas y vidrios oscuros pasó junto a él muy despacio. Ocultó la mirada debajo de la visera e hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, pero ya era tarde… probablemente habían conjeturado que él usaría esa ruta para evitar ser encontrado.

El automóvil se detuvo en la esquina. Jorge empezó a agitarse y a sentirse fatigado. Mientras se le aceleraba el pulso, la sangre se le agolpaba en las sienes. Entonces, echó a correr. Llegó a casa, cerró la reja, pero olvidó asegurar el candado. Dio un portazo y se escondió en la habitación. Se metió en la cama, encendió el televisor y trató de no pensar en lo que acababa de suceder. ¡Estaba vivo, había escapado de sus perseguidores! Pero ¿por cuánto tiempo…?

No se apareció por la clínica durante una semana. Iba al supermercado en busca de sus latas de sopa a distinta hora cada día. El efectivo empezaba a escasear, pero no se atrevía a usar el ATM y arriesgarse a caer en una celada. Al cabo de ocho días, fue de compras a un supermercado que estaba en la dirección opuesta al que solía frecuentar y en donde había varios cajeros automáticos. Se percibía algo diferente en el ambiente ese día. Jorge se sintió aliviado. No había gente extraña en las calles; vio pasar a sus vecinos, a los de siempre, y, aunque desconocía sus nombres y sus ocupaciones, pudo reconocerlos. Nada le era ajeno. En el estanquillo, las portadas de los periódicos informaban: «Capturan a peligrosa banda de criminales. Una intensa búsqueda culmina con éxito y con la muerte de los cabecillas». ¡Qué alivio! Eso explicaba todo lo que había estado ocurriendo durante aquellos agobiantes días.

Caminó tranquilo de vuelta a casa, seguro de que la vida volvería a ser como antes; feliz de saber que podría regresar a la rutina. Al detenerse en la esquina, una motocicleta se acercó a toda velocidad. Una idea cruzó por su mente: de un momento a otro empezarían a disparar. Cerró los ojos y se preparó para morir. La moto pasó de largo. Era un repartidor de pizza. Jorge se rio como un tonto. Ahora estaba bastante seguro de que no lo esperaban más sobresaltos.

Transcurrió una semana. Jorge volvió a la clínica y atendió a todos sus pacientes, incluso a los nuevos, ahora con la confianza de saber que ninguno había sido enviado por sus perseguidores. La barba comenzó a crecerle de nuevo. Tuvo tiempo para descansar durante aquel fin de semana. Al acercarse el mediodía, se le antojó una Coca-Cola. Salió a buscarla al supermercado. Caminó sin prisa, disfrutando del calor de la primavera. No se había sentido tan bien en muchos días. Ahora podría comprar todo lo que quisiera y no solo la sopa de tomate enlatada que tanto le gustaba.

Fue entonces cuando apareció. Mientras subía por las gradas hacia el segundo piso, vio un automóvil que desaceleraba mientras iba acercándose a él por el bulevar. Justo un poco antes de hallarse junto a Jorge, un hombre bajó el vidrio de la ventanilla derecha de vidrios polarizados y, haciendo un guiño, apuntó el índice en dirección a Jorge. Dvořák guardó silencio.

Fin

*****

[1] Compositor de nacionalidad austrohúngara (1841-1904), célebre por su Sinfonía desde el Nuevo Mundo. En este cuento se alude al tema del primer movimiento de su Concierto para cello No. 2 en si menor, opus 104. (Pronunciación figurada aproximada del apellido checo del músico: /dèbōyiák/; Dvořák).

[2] «Nudo que ataba al yugo la lanza del carro de Gordio, antiguo rey de Frigia, el cual dicen que estaba hecho con tal artificio que no se podía descubrir ninguno de los dos cabos» (Diccionario de la lengua española, RAE).

*****

Cuento escrito en 2011 y basado en la experiencia personal del autor, quien durante décadas ha convivido con la depresión causada por el trastorno psicoafectivo bipolar. Este relato fue escrito a manera de liberación en busca de autocomprensión de la paranoia que durante un tiempo aquejó al autor al punto de paralizarlo. Luego de una experiencia similar a la descrita en el cuento, el autor dejó de visitar durante un año el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, cuyas calles detonaban sensaciones como las descritas. El concierto para cello de Antonin Dvořák es una de las composiciones favoritas del autor, por herencia de su madre a quien también le gustaba. Durante la composición de este cuento, el escribiente escuchaba este concierto. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Las dos muertes de una madre (cuento)

cropped-white-roseLa madrugada se hizo más y más oscura, más y más fría, mientras Octavio sostenía la taza de café con la mirada fija en la negrura. No dejaba de mirar a través de la ventana de la única cafetería abierta las veinticuatro horas de la ciudad más gris del mundo.

Sentados a una mesa del fondo, dos parroquianos aburridos mataban el tiempo jugando a la baraja en espera del amanecer. Octavio pensó en el día en que su madre le obsequió su primer mazo de cartas y le enseñó a jugar: «El casinón vale dos puntos, el casinito, uno; cada as vale un punto…». Entonces, el diez de diamantes y el dos de picas empezaron a cobrar vida sobre la mesa imaginaria que se extendía delante de la memoria de Octavio. Al final del juego, llegaba la decepción con el recuento de los puntos. Como siempre, su madre ganaba…

Octavio hizo a un lado la quinta taza de café de la noche, ahora vacía. Las lágrimas trajeron a su pensamiento las visitas a casa de la amiga de su madre, la que vivía a pocas cuadras del Cerrito del Carmen. Recordó la bicicleta ―que no le pertenecía―, en la que recorría las veredas empedradas de aquel lugar desde el cual comenzó a extenderse aquella triste ciudad, cuya falsa alegría engañaba a todos excepto a Octavio. Las tostadas frías en el plato blanco se transformaron en el pan con mantequilla de las tardes y las largas horas que con el transcurso de los años se habían diluido en el olvido hasta fundirse en la soledad de Octavio.

Un travestido ebrio entró, y con su voz falsa y mueca de borracho exigió una cerveza, la que le negaron al instante. Octavio enjugó las lágrimas pensando en cuán grande debía de ser el amor de una madre para querer a aquel que ahora salía del restaurante maldiciéndolos a todos mientras se tambaleaba de manera lastimera. ¡Y cuán grande había sido el amor con que su madre lo había protegido! Algunos padres aman hasta destruir a sus hijos y acaban por transformarlos en seres pusilánimes, incapaces, ellos mismos, de amar y ser amados.

Octavio juró no cometer los mismos errores y terminó por hacer cosas peores. Ahora, sin embargo, era imposible dar marcha atrás. Anduvo varios años por la vida tratando de demostrar el valor de su existencia. Pero la llaga se profundizaba con cada herida que Octavio se infligía a sí mismo al tratar inútilmente de redimirse con el mismo dolor que le causaba a la mujer a quien quería más que a nadie. Porque el amor y el desprecio son como el agua y el aceite. El decir y el actuar de quienes más amamos divergen tanto a veces, que acabamos por ocultarnos lejos de la aflicción. Aunque nuestras intenciones sean las mejores, cuando se vive en un mundo de contradicciones terminamos ocultando los más profundos sentimientos debajo de la gruesa capa del silencio.

Mientras más entendía la frustración de su madre, más se daba cuenta Octavio de que ella solo había descargado en aquellos quienes amaban a su hijo el puñetazo de los celos, porque la vida es a menudo una colección de interminables dolores… y hay hombres y mujeres incapaces de conservar suficiente felicidad en el zurrón agujereado de los recuerdos.

Pidió la sexta taza de café y pensó en la vinagrera de vidrio en la que su madre vertía la amarga esencia de la bebida de cada día. Y aunque Octavio se ufanaba de ser amante del café fuerte y amargo, a veces, a escondidas, lo tomaba aguado, tibio y dulce; y la efímera alegría de la niñez llenaba su corazón y lo transportaba a cualquier cafetería de barrio donde le ofrecieran un «café chapín». Sonrió al pensar que, al final de cuentas, para bien o para mal, aquella mujer había hecho de él la persona que era y a quien muy pocos, o quizás ninguno, conocían de verdad.

El sol se asomó entre las nubes grises. Los clarineros empezaron a cantar. La espera de Octavio llegó a su término cuando el carro fúnebre con el ataúd de su amada madre ―a la que desde ese día extrañaría más que a nadie― pasó delante de la cafetería. Los amigos y los conocidos se preguntaban dónde estaba Octavio en aquella hora tan importante, y en dónde se había metido durante el funeral.

A solas, como siempre, Octavio seguía bebiendo café, tal como lo hizo tantas veces durante aquellos acerbos días cuando su madre lo necesitaba y él no estaba ahí para consolarla. Y es que hay quienes pierden a la mujer que los trajo al mundo una vez, y sufren mucho. No obstante, hay aquellos cuya madre muere dos veces, y para ellos el dolor nunca termina.

Fin

*****

La versión original de este cuento fue escrita en 2011, cuatro años antes de que la muerte de la madre del autor ocurriera. La madre del autor murió junto a él, en la madrugada del 11 de marzo de 2015, mientras dormían en la misma cama. La esposa del autor se hallaba junto a él, en la misma habitación. Contrario a lo que sus enemigos (o falsos amigos) dijeron, ambos la cuidaron hasta el fin. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

La letanía (cuento)

El único periódico que publicó la noticia aseguraba que los hechos habían ocurrido de la manera en que en esta ciudad y en el mundo entero todas las cosas parecen suceder.

El diario sensacionalista informó que aquella mujer ―con quien me encontraba en el autobús muy a menudo camino al trabajo― era una jovencita menuda. Sin embargo, la última vez que la vi me pareció más bien robusta y de edad madura. Queda claro que lo que afirmaba el diario es posible, porque todo lo es, aunque las probabilidades aumenten o se reduzcan hasta aquello que a los miopes humanos nos parece imposibilidad. No obstante, es posible también que me falle la memoria.

En realidad, nada de eso importa. Al final de cuentas, ella solo era para los demás una persona cualquiera entre todas las que se confunden en medio de la muchedumbre. Y la razón por la cual recuerdo su apariencia de manera diametralmente opuesta a la descripción publicada en el diario podría deberse al inconsciente esfuerzo que mi mente hace por olvidar la última imagen que mi memoria conserva de ella.

El primer día que la vi, cuando nos encontramos en uno de esos gigantescos y cómodos autobuses que fabrican en Brasil, me di cuenta de que repetía una letanía. No lo afirmo porque la oyera proferir, o susurrar siquiera, palabra alguna, ni porque yo sea capaz de leer los pensamientos (aunque algunos opinen lo contrario cuando los miro con fijeza). La verdad es que sus dedos la delataban, pues los movía como si hiciera pasar entre ellos decenas de invisibles cuentas.

Aunque yo cogía el autobús todas las mañanas en la estación central y ella lo hacía unas cuadras más adelante, la mujer se sentaba invariablemente junto a mí todos los días. Era la coincidencia ―esa cosa intangible que nos hace incidir uno en la vida del otro en el mismo lugar y en el mismo instante― la que nos obligaba a encontrarnos.

Mientras ella repasaba mentalmente la letanía de cada día, los abalorios invisibles se dibujaban en mi cabeza: un día eran blancos; otro, del color de la madera; a veces eran marmóreos y mucho más claros que en los días aciagos. Quizás se debía a que la mujer buscaba afanosamente una sarta que le diese mejores resultados, o tal vez el color de las cuentas armonizaba con su humor o con el tiempo del día.

Aquella mañana de las primeras lluvias del trópico, la mujer se acomodó en la fila izquierda, junto al pasillo. Yo estaba al lado de la ventanilla, pero, para variar, ese día me encontraba una fila detrás de ella. Noté de inmediato la manera en que se volvía y su mirada se posaba en uno y otro extremo del autobús, al tiempo que hacía pasar las cuentas imaginarias una a una entre sus dedos, ora muy rápido, ora lentamente; pero, luego de una prolongada repetición, pausaba como si tratase de recordar la letanía que, a fuerza de tanto repetirla, se transformaba en paradójico olvido.

En la fila derecha, la observaba un hombre sentado junto al pasillo. Este le sonreía cada vez que ella, como una tímida musaraña, enfocaba sus desorbitados ojos avellanados en aquel hombre que le dedicaba una dulce mirada. Las cuentas imaginarias empezaron a pasar mucho más rápido, una tras otra, como las de un japa mala[1] o un masbaha.[2] Yo seguía sus movimientos alternativamente. Ella llevaba la cuenta mientras la letanía se repetía una y otra vez en su cabeza y resonaba en mis pensamientos.

La frenética repetición inaudible se hacía estridente en mi cabeza: sus palabras desesperadas sonaban en el bus como el eco, en mi imaginación y en la mente de aquella pobre mujer a quien acosaba el hombre misterioso que solo parecía querer ser amable, o que quizás pretendía aliviar su dolor, su paranoia, su miedo, su terror, su desconfianza… todo lo que llevan dentro los hombres y las mujeres grises de esta ciudad.

La mirada del hombre desconocido la obligó a hacer una mueca que reconocí inmediatamente, pues ya la había visto antes en un esquizofrénico.

Llegamos a la última estación, justo antes de que el bus reiniciara su recorrido en dirección norte, un camino que comenzaba y volvía siempre a comenzar, sin nunca hallar su destino final, tal como la letanía de la infeliz mujer. No se había detenido el autobús cuando ella ya estaba plantada delante de las puertas, que se abrieron al instante. El hombre de la amable sonrisa caminó detrás de ella, metió la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta de lona, volvió a sacar la mano y fue entonces cuando se escuchó un sonido seco y sordo; un sonido que se dibujó con el más oscuro de los grises…

La mujer cayó de bruces. Su rostro dio contra la fría losa de concreto de la parada del autobús. La sangre empezó a brotar. Fue entonces cuando noté que sus labios seguían moviéndose, como si la letanía batallara por salir de su mente y se arrojara dentro de un inmenso grito, como si todas las palabras del mundo se hubieran agolpado en su boca… y expiró.

Ante la estupefacción de los pasajeros, quienes no entendían lo que sucedía y no emprendían la huida, sino que permanecían en una espeluznante catatonia, el hombre de la mirada apacible se acercó a la mujer y le dijo al oído: «De ahora en adelante, cariño, no tendrás más temor; te escuché e hice lo que querías: acabé con tu sufrimiento. Ahora eres feliz, eres libre de tu miedo».

Dos policías que custodiaban la estación se acercaron a toda prisa, lo desarmaron y, cogiéndolo con violencia de ambos brazos, lo obligaron a entrar en una patrulla al tiempo que el misterioso hombre repetía una y otra vez, sin dejar de sonreír, una letanía. Me acerqué al cadáver de la mujer y, sin que nadie me viera, recogí las imaginarias cuentas ensangrentadas y corrí calle arriba sin mirar atrás.

Fin

*****

[1] Sarta de 108 cuentas esféricas, similar al rosario católico, empleada en el budismo, el hinduismo y el sijismo para recitar mantras o mencionar repetidas veces los nombres de un dios.

[2] Sarta de 33 a 99 cuentas que se emplea en el islam para repetir los diferentes atributos o ‘nombres’ del dios que veneran los musulmanes, Alá (del árabe Allajuh, que se traduce literalmente con el título ‘Dios’).

*****

La versión original de este cuento fue escrita el 6 de junio de 2011, aniversario del día D (6 de junio de 1944), cuando miles de soldados de las mismas religiones repitieron centenares de letanías en Normandía, Francia, mientras se asesinaban unos a otros. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

En las sombras bajo la lluvia (cuento)

cropped-white-roseA la memoria de Gloria, a quien los males del siglo le arrebataron la sonrisa

Un joven vagabundo se frota las manos en el zaguán de la pensión. Llueve, hace frío. Tres mujeres comparten un cigarrillo mientras repiten las palabras dichas ayer y anteayer, y el día anterior… las mismas que han dicho todos los días. La monotonía y la banalidad hacen que la charla se desvanezca hasta hacerse inaudible. Un hombre abre por segunda vez la ventanita de la puerta de madera y mira con desconfianza al extraño que se oculta en el zaguán, pero no dice nada.

Una mujer con pretensiones de hetaira sonríe desde el otro lado de la calle. Es entonces cuando piensa en cómo vino a parar a este lugar, en un barrio peligroso y en día tan frío. Quizás debería seguir caminando bajo la lluvia. Pero volver a la habitación, tumbarse sobre la cama y hojear los libros que duermen junto a la soledad es la única opción.

Un automóvil cruza por tercera vez la bocacalle. Se aparca en la esquina. Una mujer de falda breve y tacones eternos avanza a zancadas adoptando la ridícula postura que nunca ha impedido que alguien se empape bajo la lluvia. Saca un billete de la pretina y extiende la otra mano. Se aleja sonriendo, grita algo incomprensible y desaparece por el lugar de donde salió.

La lluvia arrecia. El portero se ha perdido detrás del postigo. El muchacho se libra al fin de la mirada del hombrecillo. En ese momento, el hambre aprieta. Mira dentro de la billetera. Pero la lluvia no cesa y decide esperar al abrigo del zaguán.

En ese momento, dos mujeres se alejan deprisa por la avenida; el muchacho se asoma y las ve desaparecer a través de una puerta una cuadra más arriba. Una mujer lo vuelve a ver, así que retrocede al instante y se esconde detrás del portón de madera.

Se oyen unos zapatos de tacón acercarse. Es una mujer del color del ébano. Su vestido rojo contrasta con la piel morena: es una bella imagen. Ella observa al muchacho solitario, le extiende la mano a manera de saludo, sonríe y pregunta: «¿Querés entrar?». Es la mujer que minutos antes recibió algo en su mano de caramelo.

El frío y la humedad agobian. Él se palpa los bolsillos y, sin mediar palabra con la endrina, golpea a la puerta. La ventanita se abre de nuevo y la sonriente cimarrona le pide el dinero, el cual él saca de la billetera al instante. La puerta cruje. Adentro, la mujer intercambia palabras con el imberbe portero desconfiado.

El agua cae con estrépito sobre las láminas de zinc. El flacucho coge una llave de un gancho y se adelanta balbuceando palabras ininteligibles. El pasillo es largo y oscuro, las paredes están pintadas de un verde de matiz triste y sucio, que provoca una nauseabunda melancolía. Las interminables puertas, abiertas y cerradas, hacen pensar al muchacho que la distancia es mayor en el corredor que en la calle. Pasa junto a un sanitario limpio, lo cual —no sabe por qué— lo tranquiliza.

Llegan delante de una habitación al fondo del corredor.

El cancerbero gira la llave, que podría ser la de cualquier otra puerta (el lugar está vacío). Abre y vuelve a pronunciar unas palabras incomprensibles en tono bajo. La lluvia cae con un sonido metálico ahogado por el cielo falso de duelas apolilladas, como si toda la arena del mar se desparramara encima de sus cabezas.

En el austero cuarto hay un espejo, una cama, una silla y una mesita en la que una palangana de peltre, una pastilla de jabón y un recipiente con agua lavan el rastrojo de un acto que durante la juventud se considera venial, pero que con el tiempo convierte la carne en bazofia. Se vuelve hacia la cama en el momento en que ella trata de deshacerse de la ropa, pero el muchacho solitario se apresura a impedírselo:

—Solo quiero conversar hasta que deje de llover. No te preocupes… sí te voy a pagar.

Ella dice su nombre: Aura, y los pensamientos de aquel muchacho se conectan con aquel librito.

—¿Te gusta leer? —inquiere. «Qué estúpida pregunta», piensa, pero se sorprende cuando ella responde que sí, y que alguna vez fueron suyos varios libros.

Aura creció en una plantación bananera de la cual huyó cuando no pudo soportar más el maltrato de la abuela. Fue la menor de cinco hermanos. Unos murieron, otros emigraron. Sus padres la abandonaron cuando ella era solo una niñita. Entonces, la abuela paterna se encargó de ella y de sus hermanos. (Aura entrelaza los dedos, recoge las piernas sobre la cama, asiéndolas de las rodillas y, echando la cabeza hacia atrás, mira hacia el cielo falso).

La joven Aura despertaba una extraña antipatía en la anciana. Nunca supo por qué. Quizás le recordaba a alguien a quien la vieja detestaba con toda el alma. (Calla un momento y sonríe).

Cuando huyó, tenía catorce años. Había terminado la escuela primaria, y aunque deseaba seguir estudiando, nunca pudo hacerlo. Así que durante algunos meses fue de trabajo en trabajo sirviendo mesas, limpiando inodoros, como pinche de cocina y lavaplatos en cocinas, lavando automóviles en las calles hasta que una matrona la aceptó como sirvienta.

(Aura calla y pide fuego. Él saca unas cerillas del bolsillo de la raída chumpa de mezclilla. Roza su mano contra la piel de ella y Aura susurra: «Café con leche…». Entonces, unos dientes de pulpa de coco se asoman en medio de una carcajada. Aura enciende el cigarrillo aplastado que lleva en el sostén y hace volutas de humo con sus voluptuosos labios. Los anillos grises se elevan hacia la madera carcomida del cielo falso. Aura lo mira con fijeza mientras él aguarda. La lluvia sigue desparramándose como arena sobre el zinc. Ella juega con una almohada).

Aura rompe el silencio…

La matrona notó enseguida la manera en que los hombres miraban a la joven Aura. Así que, una noche de mayo, mientras llovía, perdió la infancia y la alegría que todavía guardaba en el corazón, sin preámbulo y sin amor. El exordio tuvo olor a penetrante ron amargo y el epílogo fue una noche de llanto y una ducha interminable con agua caliente, sal y limón.

Durante aquel tiempo, escondió debajo de la almohada un libro de poemas comprado por cincuenta centavos, cuyos amarillentos versos sobre amarillentas páginas la ayudaron a guardar un poco de inocencia para sí.

(Aura calla, se levanta, camina por la habitación. Aura se detiene delante del espejo. La imagen que este devuelve a los ojos del muchacho vagabundo es real, de carne y hueso. No se desvanece en el fondo del azogue. Aura es un ser humano de verdad).

Aura le cuenta toda su historia…

Unos meses después, un joven inexperto y solitario tocó a la puerta del lupanar cuando este aún no abría. Había visto a la muchacha una semana antes, y la había observado toda la noche a través del cristal marrón de una botella de cerveza, y cuando todo el mundo estaba ebrio le hizo una señal.

Después de unos días, aquel joven se encontraba de nuevo a las puertas de aquel lugar; ahora con una flor entre las manos. La matrona gritó el nombre de Aura, quien apareció soñolienta con aliento a ajos y refregándose los ojos a través de una cortina de encaje barato. Extendió sus formidables brazos de raspadura de panela y recibió la flor con una sonrisa. Aquella tarde, Aura lloró al conocer su fortuna y al comprender que el verdadero amor le estaba vedado. Huyó de la casa cerrada y nunca volvió a ver al loco enamorado. Sin embargo, conservó la flor entre las páginas del poemario que siempre llevaba consigo.

(Él le pide que se lo muestre, ella rehúsa hacerlo).

Entonces, el muchacho solitario se percata de que la lluvia no cesa y que parece que nunca terminará; la tarde se ha transformado en noche, el cielo se transmuta en plomo… ambos se encuentran solos… ella deja caer su falda, alza la blusa, él trata de envolverla con las manos, ella le quita la camiseta y lo despeina, lo besa, y una sensación cálida e inesperada invade al vagabundo mientras el cuarto se hunde en la oscuridad y unos dedos dibujan la silueta de Aura, y unos párpados se cierran para que el color de la negrura de la habitación a oscuras no penetre en su mente, para sentirla, para no verla, para ver con ambas manos su belleza. Entonces, sin mirarla, la mira con los labios y dibuja el cuello de Aura: la chiquilla que creció con la brisa del Atlántico a sus espaldas. Él ve hacia adentro de sí y contempla a la niña que lavaba platos y se secaba las manos sobre el delantal blanco; unas manos trémulas recorren aquel cuerpo en la noche sin nombre y sin luna, envuelta en el silencio de la lluvia que se oculta detrás de las estrellas…

*****

La puerta retumba. Él se yergue, despierta del ensueño y se apresura a encender la luz. La pantera grita: «¡Ya salgo, no me jodás!». Él muchacho se asombra —incapaz de explicarse por qué— al oírla hablar de esa manera después de aquel momento en que todo parecía tan ajeno al sórdido mundo en el cual ha vagado esa tarde entre las sombras y bajo la lluvia. Aura extiende su terciopelo negro sobre la manta, se sienta sobre la cama como los gatos agoreros, le da la espalda y saca algo del bolso. Acerca la llama del encendedor al tubo de vidrio y calienta un trocito blanco que humea con seducción abrumadora a la vez que despide un olor acre que oscurece la sonrisa de Aura y que nubla su mirada.

Aura sale de la habitación y lo deja con un extraño sabor a tristeza en el corazón. Él, derrotado y más solo que antes, solamente desea volver a la rutina y a los hábitos que con el correr de los años se han transformado en el rito que le da un poco de sentido a su existencia.

Sale de la habitación, vuelve sobre sus pasos por el mismo corredor y se detiene en el umbral que lo vio llegar. Entonces, oye el rechinar de unos neumáticos. Un automóvil se aleja en fuga. Se escucha un grito, camina hacia la esquina, pero no hay nadie.

Un librito ha caído en un charco. La cubierta está rota. Algunas páginas se le han desprendido y únicamente hay en él palabras borrosas y sin sentido. Lo recoge y, entonces, una flor marchita se desliza entre las viejas páginas en busca de la lluvia.

Fin

*****

Escrito originalmente en 1993, este cuento retrata el ambiente de las calles y de las viejas pensiones de la ciudad de Guatemala, específicamente las que rodean el Cerro del Carmen, que ha carcomido a casi todo el Centro Histórico hasta nuestros días. La mujer a quien está dedicado este cuento vivió en ese sector durante sus últimos días, presa de la drogadicción y víctima del VIH. A finales de los años 1980, cierta noche en que el autor vagaba por el Centro Histórico, la invitó a beber chocolate caliente y pastel de manzana en McDonald’s. Una década más tarde, ella, quien nunca lo olvidó y que solía saludarlo cada vez que lo veía caminar por esas avenidas, intervino cuando un grupo de asaltantes iban a atacar al autor a inmediaciones del Calvario, 18a calle de la zona 1. Estos no lo tocaron. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado

Elogio del silencio (para leer callados)

cropped-white-roseMientras aumentan las restricciones en el país desde el cual escribo ―y en el resto del planeta― también lo hace algo que casi habíamos olvidado: el silencio. Escribo estas palabras a las 1530 GMT y las reviso y publico a las 2000 GMT. No menciono la hora local a fin de que quienes lean esto en España, o en otras partes, se hagan una buena idea de lo que sucede en este rinconcito de América. Hay mucho silencio. ¡Se escuchan los pájaros por la mañana! Se oyen trinos, graznidos y gorjeos muy fuerte y muy claro. A lo lejos, esta mañana, como si fuese de madrugada, se oía un rumor de automóviles, pero en la distancia. Es ineludible que algunos salgan de casa. ¿Acaso disfrutan del silencio?

En 2013, dos años antes de que mi madre se durmiera en la muerte y descendiera a su propio silencio, escribí una serie de reflexiones en lo que podría llamarse un diario. Poco después, eliminé algunas y conservé las que me resultaban más significativas. Entonces, las reuní en un librito que titulé Las horas de mi madre. La parte 18 de ese librito habla de lo que pienso del silencio y de cuánto lo estimo, de cuánto lo amo… a menos de que disfrute del cariño de los amigos reunidos en casa, algo que en estos días de veras se extraña y no siempre se aprecia en su justa dimensión.

Breve historia del fin del mundo

La calle enmudeció (el viento…). En la distancia, el monótono anuncio suena sin piedad a través del altavoz del camión del chatarrero. La grabación se repite… y otra, y otra, y otra vez…

En las casas: silencio (el viento…). Ni televisores… ni radios, ni el aleteo de un pájaro o el zumbido de una abeja. «¡Al fin!», pensó. El camión del chatarrero no se mueve. La grabación repite el anuncio del verdugo.

Se está quieto. Se queda en silencio unos segundos para asegurarse de que ha acontecido, para estar seguro de que al fin ha sucedido. Silencio… ¡más silencio! (el viento…). «Ahora saldrán los sobrevivientes de sus casas, de sus autos, de los edificios: aparecerán por las bocacalles». No hay nada más que silencio (el viento…).

Entonces… el camión de la chatarra avanza. Oscuras siluetas salen de él. Escucha las risotadas. Se acercan las miradas torvas. Se hacen una señal mientras avanzan a lo largo de la calle que poco a poco se vuelve a llenar de ruido.

Él mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y sigue caminando. Al llegar a la esquina ve cómo se aleja el autobús. Aún es demasiado temprano.

26 de julio de 2013

Me gusta estar a solas y disfrutar del silencio. Me levanto todos (casi todos) los días de madrugada. Aspiro el aire helado, siento el rocío, espero la salida del sol y veo cómo se reúnen puntuales las zenaidas que se hablan unas a otras con su arrullo y se juntan delante de mi terraza a la espera de la pitanza: maíz quebrado, sorgo (o maicillo, como lo llaman en Guatemala) y un poco de alpiste para los gorriones, los coronaditos y los chingolos que también visitan la casa cada mañana. Pongo agua fresca en el cuenco que alguna vez fue de uno de mis perros, y entonces descienden de los techos vecinos y de la alambrada de la terraza que da a la parte posterior de mi casa (vivo en una segunda planta).

Hubo un tiempo en que el único deleite que me causaba sosiego era sentarme en cierto lugar, un tanto lejos de casa, y disfrutar de la comida perfumada que unos jóvenes cocineros preparaban. Lo hacía en la terraza del café, a la sombra de los árboles y debajo de un vetusto parasol. Fue en una de esas ocasiones cuando escribí unos versos que recogí en Palabras del agua y de la mar. Eso sucedió poco antes de que el ruido que había en mi mente se hiciera ensordecedor y me llevara al colapso debido al estrépito del odio y de la indiferencia que veía crecer sin freno en este mundo. Estas son esas líneas:

ESTRÉPITO

Estrépito citadino,
maldita sofocación,
vías repugnantes;
(abrazo el diccionario…).

¡Qué sería de las vistas
que se vuelven hacia adentro
si no tuviese estos esbozos
de recuerdos otoñales!
Carboncillos en la falda,
caballete de ansiedad,
colores que suenan aquí dentro;
(el azul y el amarillo…).

¿Qué fue de aquellas cartulinas
bajo la luz de la mañana,
sobre el naranja veteado
de la inconclusa infancia?

La linaza en suaves óleos,
que abrillanta de mi lienzo la tersura
(tela en blanco…).

¡Silencio, volvamos al silencio!
No más voces, no más acentos burdos:
malditos sean
los sonidos de estas voces,
que más que humanas
parecen coces
de mulas, de asnos,
de yeguas y caballos.

Píntame girasoles
y detén el ruido,
apaga las terribles voces;
(¡paz, solo paz y nada más…!).
Estrépito citadino,
¿cuándo te irás por siempre,
cuándo serás sosiego:
el fin de la estridencia,
soledad, hermana del silencio?

23 de noviembre de 2012

¿Por cuánto más tiempo se extenderá este silencio? ¿Cuánto más aumentará? La humanidad ha llegado al punto de alabar la estridencia, el estrépito: música degradada que baja cada día al sumidero del ruido y la disonancia del mal llamado arte, publicidad que se vale de gritos y de voces chillonas para atraer la mala atención de los incautos, música de fondo que no quiere serlo y que lucha por encimarse contra el diálogo, gritos y bocinazos en las calles, tonos de espera que nos obligan a alejar el auricular… ¡Cuánta falta nos hace el silencio! No fuimos hechos para el ruido, sino para la paz y el mayor de todos los gozos: pensar con tranquilidad.

Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo silencio en el cielo durante una media hora.

Apocalipsis 8:1

Julio Santizo Coronado, 21 de marzo de 2020 (primavera boreal)