La mujer que lo entendía todo (cuento)

cropped-white-roseLa última semana de aquel otoño fue todo lo que Mariela necesitó para devorar las ediciones de los periódicos publicados en su ciudad natal durante los últimos treinta años. No obstante, mientras más leía más insatisfecha se sentía.

Fue en aquellos días cuando todos quienes la conocieron empezaron a pensar que Mariela lo sabía todo. No obstante, ella era consciente de que la espuria fuente periodística jamás le daría el conocimiento de todo cuanto sucede en el mundo, ni llegaría a entender a cabalidad el porqué de las cosas. Así que Mariela se decantó por el estudio y la lectura del más banal y superficial de los oficios de escritorio y de banco de cafetería china: la filosofía.

Si lo pensamos sin apasionamientos, su método de lectura no era nada excepcional: Mariela «resumía». Había perfeccionado el sistema a lo largo de las excursiones vacacionales en el lago del altiplano a donde solía viajar en busca de un refugio para sus pensamientos. Aprovechaba aquellos días para sentarse a la orilla de la playa y pasar página tras página hasta que las estrellas brillaban en el firmamento.

Al llegar a este punto de mi historia ―la cual no es simple construcción de mi imaginación, aclaro―, suelo mencionar cierto detalle de los resúmenes de Mariela; uno que quizás a algunos les parezca de poca importancia. Y es aquí cuando casi siempre me interrumpen para decir o pensar (porque a veces tengo la impresión de saber muy bien lo que quienes me oyen piensan) lo evidente: escribir resúmenes después de leer un libro no tiene nada de extraordinario.

Eso es cierto para la mayoría de nosotros los desdichados mortales, y lo sería también para Mariela si no fuera porque ella se entregaba a tal tarea de manera simultánea. «¡Y eso qué!», añadirá alguien más mientras levanta la mano para pedir la palabra desde el fondo de la habitación donde nos encontramos (háganlo, pero no alcen mucho la voz, por favor). Permítanme explicarles.

Mientras Mariela leía y resumía al mismo tiempo, no había libreta ni lápiz en sus delicadas manos. Ejecutaba el más fatigoso de los trabajos intelectuales ―leer― para al instante olvidar todo lo que hubiese quedado al margen, es decir, «fuera del resumen». Mientras los ojos de Mariela paseaban por encima de las líneas de la página impresa, y en el mismísimo instante en que su prodigiosa mente componía el bosquejo resultante, hacía a un lado todo lo insustancial, el rastrojo. Sus ojos marrones recorrían las palabras sin pasar por alto una sola letra, aunque todo aquel que la observara pensase que Mariela no leía nada… absolutamente nada.

Ahora estoy seguro de que por lo menos uno de los presentes dirá que lo que he tratado de explicar no es más que un ordinario método mnemotécnico o de lectura rápida. Sin embargo, el día que llegué a la misma conclusión, Eugenia, la tía de Mariela, me dijo: «Debo explicarte algo más sobre este asunto de la memoria de Mariela; esta habilidad no es un acto simple ni el resultado de un truco mental ordinario».

Eugenia conocía a su sobrina al dedillo, como ya lo habrán supuesto. En tal virtud, yo no debía siquiera imaginar en aquel momento que la explicación que ella creyó imprescindible y más que oportuna tuviera como propósito hacerme sentir mal o demostrarme lo poco inteligente que soy. El interés de la tía Eugenia y la pasión con la cual hablaba de su prodigiosa sobrina no eran sino el consecuente resultado del cariño y la admiración que Mariela despertaba en su corazón y del amor que su tía sentía por ella.

Cada vez que la tía Eugenia repetía la historia que ahora trato de recordar, no podía menos que maravillarse y amar aún más a aquella magnífica rareza que era Mariela en un mundo donde todos se convencían y se dejaban convencer de que para asirse del poder y aprehender el conocimiento se debe obtener la máxima cantidad de información que se tenga al alcance de la mano, o de los ojos… o del oído.

Eugenia me explicó largo y tendido, junto a infinitas tazas de té con leche e incontables galletas de chocolate, que cuando Mariela leía y hacía a un lado lo que carecía de importancia, leía cada oración, cada palabra y cada letra sin pasar por alto ni siquiera una ínfima coma. (Lamento mucho aburrir con mi insistencia a quienes ahora veo bostezar).

Mariela había sido dotada de un cerebro similar, por decirlo de alguna manera, a las extremidades de algunos anfibios que, luego de ser amputadas, se regeneran. Sí, Mariela era una salamandra cerebral.

Aunque con cada nuevo pensamiento Mariela perdía literalmente porciones de masa encefálica, pérdida que se aceleraba durante el proceso ya descrito, su mente desechaba el extracto residual durante un período de limpieza… porque olvidé añadir algo muy importante ―y sírvanse excusarme de nuevo, por favor, pues tiendo a pasar por alto los datos que suelen echarse en falta cuando deseo comprender el todo de las cosas―: Eugenia me dijo aquella tarde de té con leche y galletas que hasta el más nimio de los resúmenes de Mariela permanecía en su cabeza por un breve período de tiempo. Pero cuando el sujeto de nuestra admiración leía acerca de cualquier otro tema que despertara su atención, las conexiones neuronales y, por consiguiente, sus pensamientos, se borraban con la misma facilidad con que habían llegado a la existencia, y con tal borradura se perdían porciones encefálicas. Y, no obstante, Mariela continuaba con vida y haciendo lo que más disfrutaba: leer.

Así que Mariela era, a su propia y extraña manera, todo lo opuesto al memorioso Funes que Jorge Luis Borges inmortalizó en su verídico relato disfrazado de falaz cuento. Dicho esto, es imprescindible añadir a mi relación que Mariela era incapaz de recordar definiciones. De tal suerte que, si pusiese por escrito esta historia, bien podría titularse Mariela la desmemoriada. Sin embargo, como más adelante demostraré, este título no sería el más adecuado. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba convencido de que Mariela lo sabía todo.

Aquella señora que escucha junto al pasillo izquierdo de la sala, que ha saltado dos centímetros por encima de su butaca en un acto de incomprensible levitación, se preguntará de qué manera podía Mariela saberlo todo si, al fin de cuentas, acababa por olvidar todo cuanto leía. ¡Ah! Ese es el punto toral de mi relación y la razón por la que me embarqué en la empresa de dar a conocer a la historia real de Mariela. Así que, por favor, señora mía, no desespere, trataré de responderles a usted y a todos los presentes, y haré un gran esfuerzo por no omitir detalle alguno de lo que la tía Eugenia me dijo (creo haber explicado antes que tengo muy mala memoria).

Aquí es donde quienes no abstraen la metafísica de los asuntos se extravían en un laberinto de aparentes incongruencias. Creo haber dejado bien claro ―a menos que me esté volviendo mucho más olvidadizo que hace unos cuantos años, o minutos, o segundos, y además menos diestro en el oficio de narrar historias e hilar tramas, aunque en realidad nunca he sido muy bueno en este oficio― que el cerebro de Mariela se degradaba, por decirlo de alguna manera, con cada una de aquellas kilométricas sesiones intelectuales.

Cuando las neuronas que se habían conectado para crear un resumen se apagaban para siempre, el espacio vacío resultante se transmutaba en algo más, en algo diferente y que se me hace difícil definir o dibujar con imágenes literarias o científicas, y mucho menos reducir a sencillos y comunes términos.

Recuerden: el cerebro de Mariela, aunque desaparecía como las extremidades de las salamandras, se regeneraba paulatinamente, y, no obstante, no volvía a ser la materia gris (y la materia blanca) de la que tanto nos hablaban nuestros maestros en la escuela y por cuyo mantenimiento y buen funcionamiento nuestras madres nos obligaban a dormir y a comer alimentos abundantes en fósforo, como el pescado que tanto me gusta… Pero ahora empiezo a divagar.

Durante aquella paulatina regeneración y transformación, el cerebro de Mariela desarrollaba una sustancia ajena a las típicas células que conocemos como neuronas y que hacen de nosotros lo que somos, o quisiéramos ser: humanos. La salamandrina regeneración a la cual me he referido antes en mi exposición consistía en transformación de materia en energía, o, mejor dicho, en pensamientos puros que no necesitan soporte físico para continuar existiendo.

Como ya habrán concluido los presentes, si es que me han seguido con atención y han puesto en marcha ese maravilloso enlace de enunciados mentales que solemos llamar lógica, Mariela no fue ajena a la composición natural del asiento de la mente el día en que su madre la dio a luz. No obstante, debido al proceso que he querido explicar con todos los detalles que ahora recuerdo, porque empiezo a olvidar, ese inefable algo en el que su materia gris se transformaba le permitía almacenar imágenes puras, simples, en la forma más primitiva de los conceptos; libres, empero, de toda definición o enunciado alguno, y, por tanto, de conectivos lógicos.

Aunque al comenzar a narrar la historia de Mariela pude haber causado en ustedes la engañosa impresión de desear llevarlos de la mano y situarlos delante de la maravillosa visión de un resultado por demás espectacular, la verdad es que la consecuencia ineludible de todo lo dicho y sucedido fue que Mariela perdiera el habla y, por consiguiente, la habilidad de descifrar las representaciones fonológicas de la manera en que los prójimos comunes suelen hacerlo.

En efecto, en cierto momento de su vida, Mariela fue incapaz de decodificar los signos de la escritura que desde nuestra infancia llamamos letras. Le resultaba imposible relacionar los símbolos con un sonido particular, ni era capaz de enunciar. Era evidente ahora que, con el tiempo, la agrafía[1] se apoderaría de ella.

Fue así como Mariela dejó de leer en su lengua materna, el español, y ascendió un peldaño en la escala de la lectura: ahora sentía lo que veía sobre el papel, lo que posibilitó que pudiese «leer» desde entonces en cerca de dos mil trescientos idiomas, quizás unos más, tal vez unos menos.

A nadie dejó boquiabierto lo que Mariela llegó a saber en alguna remota época de su existencia, pues lo verdaderamente inusual era su comprensión de las cosas. Hoy, al repetir esta historia por enésima vez, quizás la última (porque estoy a punto de olvidarla), delante de todos los que quisieron honrar a Mariela con este póstumo y sencillo acto, me doy cuenta de que debería titularla, en caso de que se ponga por escrito alguna vez, La mujer que lo entendía todo.

Pero no pongan esa cara de tristeza, ya que no he terminado aún. Permítaseme continuar, porque ninguna historia es buena si no tiene un final, sin importar que este sea brillante, aciago o una simple tontería.

Cierto día de finales de primavera, poco antes de que se borraran las facultades de Mariela, tomó la decisión más importante de su solitaria existencia. Al darse cuenta de que era insoslayable el fin y de que las consecuencias de aquel inusual don que a la larga se había transformado en fuente de desasosiego eran inevitables, llegó a la ineludible conclusión de que era imprescindible buscar quién cuidase de ella y la protegiera cuando amaneciera el día en que, incapaz de comunicarse con sus semejantes, no pudiera valerse por sí misma.

Así que vendió su herencia, lo que incluía una casa y algunos muebles, y con la plata que obtuvo compró todas las novelas y libros de cuentos que halló en las librerías de viejo (o de lance, como las llaman allende las tierras que vieron nacer a la fabulosa Mariela).

Aquellos últimos días fueron hermosos, luminosos. Mariela se entregó a la lectura de novelas, cuentos y relatos breves, pues ni los diarios ni la filosofía, ni siquiera los textos académicos, científicos o teologales que pretendían explicar su mundo satisficieron su ansia de conocer y entender la verdad de todas las cosas.

La tía Eugenia la alojó en una piecita situada al fondo de su casa y fue allí donde Mariela se dedicó a hacer sus últimos resúmenes y a vivir aquella autoencefalofagia que transformaba el asiento de su mente en un espacio de imágenes puras, simples, cada vez más primitivas y cristalinas.

Llegó a ocupar un sitio en su mente el amarillo; otro, el ave; uno más, una casa… Pero estos nunca volvieron a fusionarse para darle forma a la imagen del canario que cantaba en la casa del vecino. Hacerlo habría significado retroceder y dejar de entender el mundo, un universo que ahora consistía en miles de millones de algo muy parecido a los conceptos, pero sin serlo realmente, y esparcidos aleatoriamente, sin que un solo enunciado saliera de sus silenciosos labios o se encadenara en su increíble mente, cuyo asiento era ahora aquella nueva, rara e inefable sustancia en la que el cerebro con el cual había nacido se había transformado.

Cuando la facultad del habla la abandonó, Mariela dejó de escucharse a sí misma con su voz interna. Las palabras dentro de su cabeza desaparecieron. Quedaron libres, flotando en aquel espacio de materia oscura, donde el cosmos se coligaba con sutileza. Los conceptos puros, carentes de definición, y la designación de las cosas llegaron a ser un mero recuerdo del más remoto pasado de aquella inusual mujer.

No obstante, aunque su mirada y su presencia no dieran visos de que algo ocurría ahí dentro, la pureza de los extraños conceptos que su cerebro aún almacenaba dio como resultado que en un insólito despertar que se confundía con la catatonia más inverosímil, Mariela fuese capaz de inferir todas las verdades y, por lo tanto, de no necesitar darle explicaciones a nadie. El lenguaje sobraba, el todo estaba en su mente, una mente llena de lo inexplicable, de todo lo que solo es posible sentir.

Cuando llego como solitario buque al puerto del epítome de mi relato (pues en este punto suelen abandonar la sala quienes me oían con atención al principio), todos se preguntan qué fue de Mariela. Debo admitir con franqueza que lo ignoro en realidad. Es aquí donde debo rellenar los huecos de mi historia con mera especulación.

Se opina que unos científicos la convirtieron en objeto de estudio y concluyeron que se había sumido en un sueño interminable. Se cree que infinidad de personas la buscaron por un largo espacio de tiempo con la esperanza de encontrar en ella las respuestas a todas las preguntas y la solución de los misterios de la vida.

Pero era inútil. Nadie obtuvo nada a cambio de sus preguntas ni de sus ruegos, y Mariela, silenciosa, era insobornable e incorruptible, ya que he mencionado mucho antes ―¿lo hice?― que poco después de que Mariela hiciese su último resumen dejó de comunicarse y se apagó como una vela que se agota en una habitación oscura. Con el transcurso del tiempo, y luego de prolongado silencio, todos perdieron el interés en Mariela, quien no hablaba, no escribía; era poco menos que un guijarro solitario entre los miles de millones que se encuentran dispersos sobre la superficie de la playa. Era inútil dirigirle la palabra.

Quienes peregrinaban desde el otro lado del océano, impulsados por la leyenda de Mariela, acababan desilusionados. Sus mentes holgazanas jamás volvieron a saber de la supuesta fuente de soluciones a todos los problemas. No les quedaba otro remedio: aprenderlo todo por cuenta propia, porque Mariela nunca podría revelarles el secreto del conocimiento, que en realidad no consistía en saber todas las cosas, sino en entenderlas y en ser capaz de sentir el silencioso sonido del inmenso universo.

Fin

*****

[1] Agrafía. Condición de ágrafo. Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito a causa de lesión o trastorno cerebral.

Escrito originalmente en 2011, este cuento, con el que se cierra la selección de 19 de los 31 cuentos que llegaron a formar este libro alguna vez, es un divertimento en el que algunos podrían llegar a verse retratados, unos para bien y otros quizás no tanto. Aunque contiene un toque de ironía muy personal, quienes se hayan sentido agobiados por la presión que el sistema impone en sentido intelectual probablemente lleguen a las mismas conclusiones del autor. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

A mí, ¡jamás! (cuento)

cropped-white-roseSe estremeció. Le habían advertido que las cosas podían ponerse muy feas, pero Cristina siempre creyó que las cosas malas les suceden a los demás, que nunca le sucederían a ella. De eso se encargó la señorita Inés.

Rodrigo le había dicho una y otra vez que lo que las maestras del colegio religioso le enseñaban no se parecía en nada a la realidad de afuera. «A niñas como tú nunca les ocurrirá nada malo, pues tiene la protección divina», le decían con un dejo de fingimiento que a Rodrigo le crispaba los nervios. Sin embargo, para entonces a ella ya se le había llenado la cabeza de pajaritos.

«A mí, ¡jamás!», dijo tajante la niña Cristina, como si fuese una elegida o especialmente favorecida y merecedora de una gracia tan especial que, aunque ni siquiera el fiel Job se había librado del más repugnante de los diviesos ni Jesús de la más cruel tortura en un madero de tormento o Pablo de la ejecución en una cárcel romana, ella estaba segura de gozar de una dispensa especial y de una garantía de protección que iba más allá de todo lo que podía explicarse con palabras. La señorita Inés, aquella mujer tan piadosa, jamás iba a mentirle.

Aquel fin de semana, aquellos insistentes desconocidos la convencieron con melosidad. Cedió y aceptó la invitación con la promesa de que pasaría un buen rato. No le importó mucho no saber quiénes eran aquellos hombres cuyos rostros ya no podía recordar. Y aunque seguía pensando en Rodrigo mientras el suelo debajo de sus espaldas parecía moverse, no terminaba de entender qué había sucedido.

«A mí, ¡jamás!», se decía a sí misma y, a pesar de lo ocurrido seguía insistiendo en la imposibilidad de que la realidad fuese tan contraria a lo que su mentora le había asegurado que sería, y pensó: «Ella jamás me habría mentido». Rodrigo no dejaba de amonestarla, de prevenirla y de ponerla sobre aviso de la estulticia de quienes mueven montañas con mojigatería. No obstante, a pesar de las advertencias, aceptó la invitación.

La tarde se transformó en un enredo de palabras, de insinuaciones, de humo de cigarrillos y de otras cosas que nunca podrían hacerle ningún daño, porque su maestra decía… pues lo que siempre decía ella.

*****

La sirena ululaba; Cristina no entendía por qué le costaba tanto respirar. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más que un cielo lechoso como sábana de hospital. El aire que exhalaba volvía a su rostro como el vaho de una olla en la que se cuece el cadáver de un animal. Entonces recordó que todos habían empezado a gritar y que en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo se le había entumecido. El suelo se movía debajo de ella. Estaba tendida y solo podía ver hacia el cielo de leche desde el cual descendía el calor de su propio aliento.

«Ya está muerta, es imposible que siga viva». Era extraño que nadie hablara de ella y que ninguno le dirigiera la palabra. Estaba acostumbrada a ser la más popular, siempre ella, solamente ella, «tan linda ella». Las palabras de Rodrigo seguían retumbando en sus recuerdos. «¡Qué sabe ese tonto! No sabe nada de nada», solía repetirse. Recordó el día cuando les dio la espalda a las palabras de su amigo, ese bobo que no sabía nada de nada, porque a él le había ocurrido todo lo malo que la señorita Inés había jurado que no le sucedería jamás a ella; así que seguramente Rodrigo había hecho algo muy malo y se merecía todo aquel sufrimiento, y más…

… pero el cielo seguía siendo de un enorme blanco sin azul. Los oídos le zumbaban. «Atiendan a la otra, olvídense de esta», que ya está muerta.

Sintió que cuatro manos la cogían con fuerza, la levantaban y la arrojaban de nuevo hacia abajo sin miramientos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Y poco a poco, el aire se enfrió y el cielo lechoso se puso más y más oscuro hasta que ya no se oyó nada más que el eco de las suelas de muchos zapatos dando contra el suelo, como en un enorme corredor vacío. El zumbido fue en aumento hasta que cesó por completo el ajetreo. Las cosas se habían puesto verdaderamente feas, pero a ella no le había dado miedo, porque la señorita Inés siempre decía que a ella nunca le ocurriría nada malo, que tenía la protección divina garantizada. Esas cosas solo les pasan a los demás, a ella, ¡jamás!

Oyó llorar a Matilde y le dieron ganas de reír. Matilde era una llorona, chillaba por todo y se quejaba de todo. Matilde no quería acompañarla aquella tarde, pero ella sabía que, aunque las cosas se complicaran, a ella no le podía suceder nada malo porque la maestra Inés siempre repetía… lo mismo… «¡Dejá de llorar, Matilde tarada!».

Los hombres daban voces de nuevo y se llamaban unos a otros de un lado a otro de la habitación. El cielo que pendía sobre su cabeza era ahora más luminoso. Se incorporó al instante, arrojó a un lado la sábana blanca que le cubría el rostro y entonces aquella niña bien de dulce boca y labios de rubí maldijo a la señorita Inés con las más repugnantes sandeces y palabrotas que había aprendido de sus compañeras de colegio…

… todos enmudecieron al oír el grito de odio y terror de la muchacha a la que creían muerta cuando esta vio la imagen de su cabeza en el espejo que colgaba de la pared delante de ella: una bala de calibre 9 milímetros le había arrancado parte de la cabeza por encima de la frente hasta la base del cráneo, la tercera parte del cerebro había desaparecido, pero seguía viva… ¡y consciente!

Matilde chillaba como un gato, presa del pánico, y gritaba histérica corriendo de acá para allá mientras Cristina, sobrecogida por primera vez del miedo que finalmente conoció esa última tarde, dejaba de respirar y caía de espaldas sobre la losa de cemento al tiempo que pensaba por última vez antes de expirar: «A mí, ¡jamás!».

Fin

*****

Escrito originalmente en 2011, este cuento se basa en dos historias reales: la de una estudiante de un colegio religioso de la ciudad de Guatemala, a quien una de sus maestras le aseguró que tenía la protección de María, lo que le garantizaba que jamás le sucedería nada malo (tal como ella se lo relató al autor en 1994). No obstante, a los doce años fue violada por una persona cercana a la familia, miembro de su religión. Esto la llevó a dudar de la existencia de Dios y a caer en una depresión profunda. La segunda historia se la relató al autor un reportero del periódico en donde trabajaba en 2011, mientras este le mostraba las fotografías no publicadas de la víctima de un tiroteo ocurrido ese día. La descripción, aunque adaptada al relato, es básicamente lo mismo que sucedió en la morgue delante de bomberos y periodistas. Aquel reportero gráfico lo relató alterado, todavía presa del horror. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Cuando se pierde la partida (cuento)

cropped-white-rose¿Ve usted cómo respira? ¡Mire nomás cómo se le levanta el pechito, así despacito, como si diera saltitos! Se nota que le cuesta respirar. Hace solo unas semanas todavía podía caminar. Pero… se ha puesto tan delgado… ya hasta parece que el viento se lo va a llevar. Y esa tos que con nada se le quitaba… Y luego, que se quejaba todo el tiempo. Con razón decía que se sentía cansado todo el día y que nada le aliviaba el malestar, ese decaimiento tan feo que a mí ya me tenía bien preocupada. Y esa gripe que no se le curaba… Ah, pero lo peor fue aquel día cuando se le empezó a cubrir la cara con ese tal herpes. Aunque, a decir verdad, no… eso no fue lo peor, lo más feo de todo fueron las manchitas moradas que le empezaron a salir en todo el cuerpo. Ay, no, usted… yo le preguntaba a cada rato si le dolían, y él me juraba que no sentía nada, pero yo no le creía… Aunque, a decir verdad, el doctor me explicó; porque me dijo: «Mire, señora, el sarcoma de Kaposi es indoloro» ―esas fueron sus meras palabras―, y que él había sido afortunado porque pudo haber sido peor… ¡cómo si hubiera algo peor que eso! Pero él me dijo que hubiera sido peor que le diera cáncer de hígado o algo mucho más grave. ¡Mire nomás qué delgado está el pobre! Casi no se quejaba al principio; ay, mi muchachito… Pero un día me dijo así, llora que llora, que le dolía mucho detrás de las rodillas y debajo de las axilas. «Es por la inflamación de los ganglios, señora», me explicó el doctor. Y ahora, mire usted, ya casi no habla, y está tan pálido y flaquito. Mire, ¡está despertando…! Ah, no, sigue dormido… lo que pasa es que a veces como que le cuesta más respirar al pobre, y parece que se fuera a despertar de ese sueño que más parece tortura que descanso. Y tan guapo que era, ¿se acuerda? Pero mire usted nomás en lo que se ha convertido. ¡Qué barbaridad! Cómo le hace de ruido el pechito cuando respira. A mí me da mucha pena, pero dice el doctor que ya no se puede hacer nada, que solo hay que esperar, que la neumonía ya se complicó tanto que… bueno… que ya solo es cuestión de tiempo. Y como si eso fuera poco, los hongos en la garganta y las llagas en la boca… Por lo menos parece que no se da cuenta de nada. ¿O le dolerá mucho, usted? Hay que pedirle al doctor que le dé algo para el dolor, para que no sufra mucho, porque a mí nadie me quita de la cabeza que, aunque no se queja, sí está sufriendo el pobre… Ya veremos qué pasa mañana, ¡si amanece mañana! Aunque sería mejor decir si la mañana lo mira a él, porque, ese tal citomegalo… ¡qué sé yo!,[1] que le dejó ciego un ojo, pues. Y la condenada enfermedad esa que es culpa, dicen, de esos desgraciados gatos que rondaban siempre su cuarto. ¡Y sus ojos verdes…! ¡Qué bonitos eran! Pero ahora, mire usted, da tanta pena verlo ahí, mientras el pechito le hace ese ruido tan feo. Me causa tanto dolor verlo así, tan flaco… Pero no es esa enfermedad la que lo puso así de flaco en realidad, ¡no!, dicen que no es por eso, sino porque ya no comía, porque con tanta llaga que empezó a salirle dentro de la boca ya no le daban ganas de tragar a mi muchachito. Eso de no poder comer… o comer con sufrimiento… ay, Dios, eso sí ha de ser bien fregado, usted. Pero es que nunca se cuidaba, se la pasaba de acá para allá, y con cualquier mujer que se le pusiera enfrente. Mire usted que eso de andar de picaflor es como jugar al cuchumbo, pero lo más fregado es cuando se pierde la partida y uno se muere de sida.

Fin

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[1] Alusión al citomegalovirus (CMV). La retinitis es la enfermedad más comúnmente causada por el CMV en pacientes con VIH. La retinitis causa la muerte de células en la retina, la parte posterior del ojo. Si no es tratada puede causar ceguera rápidamente.

*****

Cuento escrito en 2011, que reúne algunos aspectos de los cuadros que pueden llegar a presentar los pacientes infectados con VIH que llegan a desarrollar el síndrome. Es un recordatorio de la enfermedad que marcó la segunda parte del siglo XX, tal como el inicio del siglo XXI será recordado por la pandemia de la covid-19, causada por el SARS-Cov-2. Aunque existen tratamientos antirretrovirales que inhiben la reproducción del virus de inmunodeficiencia adquirida y permiten la reproducción y el sostenimiento de las células CD-4 del organismo humano, no se ha hallado cura para esta enfermedad. Según Onusida, al final de 2019, unos 38 millones de personas vivían con VIH en el planeta, de las cuales se estima que 25 millones tienen acceso a terapia antirretrovírica. En ese mismo año, se estima que 1 millón 700 mil personas contrajeron el virus y que 690,000 murieron por causas relacionadas con el VIH (sida). Desde el comienzo de la epidemia, unos 76 millones de personas contrajeron el virus en el planeta y unos 33 millones han muerto. Estas cifras son promedios. Debido a los subregistros, podrían ser mucho mayores. La transmisión del VIH es mucho más fácil de prevenir que la del SARS-Cov-2 que causa la covid-19, y con el tiempo se ha tomado a la ligera y los contagios continúan, especialmente debido a prácticas relacionadas con el estilo de vida, algo parecido a lo que está sucediendo demasiado pronto con la covid-19. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

El dulce aroma del pan (cuento)

cropped-white-rosePara las tías que aman a sus sobrinos, y para las elefantas

Vicente jugaba alegremente a la vera del polvoriento camino que conduce al pequeño pueblo en donde los senderos terminan, el resto del mundo comienza y descansan los viajeros.

Una ramita de guayabo era el juguete del pequeño Vicente, quien era el más feliz de los niños del pueblo. La grandeza de su felicidad no se debía a que disfrutase de las chucherías que doña Rosario vendía en la pequeña tienda del barrio El Centro, ni porque tuviera coloridos juguetes como los que les traían de la capital a los niños vecinos. La fuente de la felicidad de Vicente era mucho más grande que las cosas materiales.

En ese momento, el pequeñín escuchó la voz de su tía quien, afable, siempre lo llamaba a comer al mediodía.

—¿Dónde estabas, mi niño travieso? —le preguntó la tía Eulalia mientras le sacudía el polvo de los pies y le ajustaba las botitas que le había comprado en la cabecera del departamento, que para entonces era para todos lo más parecido a las grandes urbes europeas de las que leían en las novelas francesas y en el periódico, o de las que se oía en las noticias de la radio.

—Estaba jugando, Nana. Las hormigas no dejan de salir de aquel hoyito, y yo no quiero que salgan más hormigas —respondió el niñito, quien no soltaba la ramita de guayabo mientras su tía lo calzaba para que aquellos amados pies no fueran a pescar un hongo ni se fueran a cortar con los trozos de vidrio que dejaban por ahí los borrachos que salían de la cantina arrojando botellas al aire.

El pequeño Vicente se iba a casa de la mano de su tía, quien le preguntaba los colores de las cosas que iban viendo al pasar por las callejuelas polvorientas. A cada acierto de Vicente, la Nana le prodigaba una caricia, con tanto entusiasmo que le alborotaba el cabello; y entonces, el pequeño dirigía su mirada hacia arriba y sonreía al observar con felicidad el rostro de Eulalia.

Al llegar la oscuridad, Vicente se metía en la cama y esperaba con los brazos cruzados detrás de la cabeza las buenas noches de Nana Eulalia, quien le cantaba una tierna tonada con su voz de contralto, pues la tía padecía de ronquera debido al humo del horno de leña en el que todas las mañanas preparaba el pan de yemas y los bollos que Vicente remojaba en el café que bebía del pocillo de peltre.

Al amanecer, el dulce aroma del pan invadía todas las habitaciones de la casona de gruesas paredes de adobe. Vicente se lavaba la cara y corría descalzo a la cocina, a esperar el pan que su tía horneaba antes del alba. Aquel olor de cada mañana acompañó a Vicente hasta el día en que, hecho un joven de bien, se fue del pueblito.

El tiempo hizo de las suyas, como suele suceder, y Vicente llegó a la edad en que los muchachos quieren ser el caballero andante de una bella damisela, para cuidarla y defenderla. Y con ese deseo llegaron inevitablemente sus propios hijos. Pasaron los años, y las visitas a la vieja casona del pueblo fueron cada vez más esporádicas; en parte debido a que el trabajo y su propia familia demandaban mucho de Vicente, y en parte porque cuando los hombres crecen suelen ir más tras la risa del presente que en pos de la melancolía y de los dulces amores del pasado.

Cierta mañana, Josefina, la hija más chica de Vicente, se acercó sonriente a su padre y le preguntó:

—Papi, ¿por qué eres tan bueno con nosotros, me cantas canciones y me lees cuentos?

Vicente no pudo dejar de pensar en su Nana, quien, longeva como los árboles, permanecía afianzada a sus raíces de pueblo polvoriento y pan de yemas de cada día.

—Hijita, soy así porque soy feliz; soy así porque cuando yo era chiquito me quisieron mucho. Pero yo soy así, sobre todo, porque te estuve esperando durante mucho tiempo —respondió Vicente mientras dejaba escapar una lágrima al recordar a su tía bonachona, quien siempre le hablaba cariñosamente con su voz de contralto.

Ese fin de semana, Vicente tomó consigo a sus hijos y viajó muy de mañana al pueblito en el cual todos lo conocían como el niño más feliz. El camino le pareció más largo que de costumbre, pues ansiaba ver de nuevo a la tía Eulalia. Bajó del destartalado autobús y cogió de la mano a sus niños para caminar a toda prisa las pocas cuadras que los separaban de la sonrisa de la Nana.

Vicente volvió a los días en que era el niño más feliz del mundo al ver a aquella anciana que lo esperaba en el umbral de la casa. Se acercó a ella, y con ternura la besó suavemente en la mejilla. Ella sonrió y le sacudió el cabello, tal como lo hacía en la dulce época cuando las hormigas escapaban de las manitas de Vicente. Eulalia entró en la casa, se sacudió de la cintura el delantal con ambas manos y se dirigió a la cocina; entretanto, Vicente y sus hijos se dirigieron al comedor, ante cuya vieja mesa esperaron pacientemente a la tía Eulalia.

La anciana tía volvió del horno y pasó a través del vano de la puerta. Traía consigo una bandeja en la que había pan de yemas y muchos bollos recién horneados. Entonces, aquellos días de unos tiempos que pervivían en la memoria de Vicente regresaron a su corazón cuando volvió a sentirse en toda la casa el dulce aroma del pan.

Fin

*****

Este cuento fue escrito en 2011, cuando el autor trabajaba en la sala de redacción de un periódico. En una ocasión, sostuvo una charla con un fotógrafo, quien le relató las razones de felicidad de su infancia y cómo esto influyó en su manera de educar a su entonces pequeña hija. De esa conversación y de los recuerdos de infancia del autor nació este cuento. Durante su infancia, el autor viajaba a menudo a casa de sus tíos Víctor y Emilse, en la Villa de Patzún, Chimaltenango (altiplano de Guatemala), donde su padre nació, lugar famoso por su excelente pan. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

La sombra de Ofelia (cuento)

cropped-white-roseOfelia se abrazó a la almohada. Al acercarla a su pecho, recordó los años desdichados junto al hombre que solo le había dejado deudas, tres hijos y un corazón herido. Buscó el amor imaginario en el perfume de la funda para aliviar la carga de darles de comer a tres muchachos que no dejaban de crecer, y esperó que el teléfono sonara…

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La arboleda del bulevar y las bancas carcomidas por el tiempo invitaban a los enamorados que iban en busca de refugio. La mirada de Ofelia se encontró con su cuerpo, a esa edad en que las mujeres son tan bellas como las adolescentes y tan tristes como las ancianas. Su mirada de café de montaña penetró en lo profundo de una piel que empezaba a marchitarse y que comenzaba a abrirles espacio a esas extrañas pecas que antes no estaban en sus manos ni en su escote.

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Se hacía tarde y el autobús no llegaba. Media hora después, Ofelia iba a casa con muchas mujeres como ella y con hombres parecidos a aquel que había engendrado tres hijos en su vientre y quien ―«¡qué desgracia!», se decía y se lo repetía y lo volvía a repetir a sus amigas, «¡cómo se le ocurrió morir!»―. Y todo por no pensar más que en esas estúpidas mujeres que no lo amaban… por volver día tras día a la botella con la cual embotaba sus sentidos; para dejar de pensar en la amargura de su vida, para olvidar que no habían pagado y que en casa no había más que frijoles, unas cuantas tortillas y un kilo de tristeza.

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Ofelia se puso su mejor ropa: la blusita ajustada que la hacía verse menos cerca de los cincuenta y los pantalones vaqueros con los que coqueteaba frente al espejo, para convencerse de que seguía siendo bella. Y así, con sus pequeños encantos, anduvo errante por el parquecito que remataba el bulevar, donde la esperaban los árboles fieles entre los cuales habría querido ser besada, para tener un recuerdo y algo que susurrarles a los viejos cipreses en medio de su soledad y de su efímera felicidad.

Vio la hora en el arruinado reloj de pulsera; apretó los labios, arqueó las cejas y miró hacia el suelo, donde las agujas secas de los pinos formaban una alfombra marrón con olor a ocote seco.

Era la hora de volver al salón de belleza donde aquellas mujeres altas, espigadas y delicadamente perfumadas pagaban por un peinado y una manicura más de lo que ella ganaba en una semana de trabajo. Iban a quejarse si Ofelia no estaba allí para servirles la taza de tilo con la que calmaban la histeria que les provocaba no saber qué hacer con su tiempo ni con sus caprichosos y desobedientes hijos. Vio la hora de nuevo y esperó, y espero (y suspiró…).

*****

El aire matutino acarició el rostro de Ofelia, quien aquel día estaba inusualmente exultante. Se levantó de la cama con un entusiasmo que llegó a sorprenderla. Después de ducharse con agua helada se miró al espejo con una vaga sonrisa. Aún atraía las miradas masculinas a pesar de las lonjitas y de la repentina pérdida de peso y el hambre cuando se paren tres hijos al hilo sin ningún consuelo.

Abrió la cartera para buscar las propinas del día anterior. Era temprano, así que fue por una taza de café con leche, con paso coqueto, a la cafetería que quedaba junto al salón de belleza. Los patojos ya estarían en la escuela a aquella hora. Se alegró de no vivir completamente sola; y aunque le hiciera falta quien la abrazara por las noches, las risas y el cariño de sus hijos la consolaban y le infundían el ánimo que necesitaba para seguir viviendo y levantarse todos los días antes del alba.

Se sentó junto a la ventana cuando lo vio pasar por la vereda. No sabía si lo que había sucedido unos días antes era solo una casualidad, una aparición momentánea, una extraña coincidencia, o si aquel hombre trabajaba en alguna de las oficinas que abundaban en aquel barrio. Cinco minutos después, lo vio caminar, siempre galante, en la vereda opuesta. «Mañana volveré a verlo», dijo en voz baja, y se sorprendió de su atrevimiento al pensar en una manera de encontrarse con él.

Transcurrieron las semanas,  testigos de la nueva rutina: sentarse junto a la ventana en la cafetería de siempre y en el lugar de siempre. «Café con leche, ¿verdad?», preguntó la camarera, quien la pilló más de una vez viendo por la ventana al misterioso hombre que pasaba a toda prisa cada mañana.

Después de algún tiempo, Ofelia se armó de valor para hacer lo impensable. Anotó en una servilleta de papel su número telefónico y salió de la cafetería en busca de ese amor que sería de ella y nada más que para ella. Corrió tras él a lo largo de una cuadra. Al darle alcance, se detuvo de sopetón, le dio los buenos días con voz temblorosa y le entregó el mensaje secreto, como cuando de niña les enviaba papelitos a sus compañeros de escuela. «Llámeme…», dijo en voz baja, y huyó en dirección opuesta a refugiarse en el salón de belleza.

*****

Las semanas se transformaron en meses y el café con leche se convirtió en la bebida más popular del cafetín de la cuadra. El galán seguía pasando puntual todos los días por la misma acera, delante del salón de belleza atestado de mujeres que malgastaban sus horas en conversaciones baladíes.

El tiempo, no obstante, no se detuvo. Cierta tarde, Ofelia lo vio pasar por la vereda de siempre, pero esta vez a contramano. Nunca lo había visto andar por allí a aquella hora. Oyó una voz femenina pronunciar un nombre. Una mujer corría tras él, agitando la mano y sonriendo. Él se detuvo, se volvió y caminó lentamente hacia ella. Se abrazaron, rozaron sus labios ligeramente y siguieron su camino tomados del brazo…

*****

La almohada estaba bañada en lágrimas. Ofelia se sonó la nariz y se metió debajo de las sábanas. Apagó la lámpara. La luz de la luna entró en la habitación a través de la ventana que daba al patio e iluminó las sábanas blancas.

Ofelia suspiró y apretó los párpados mientras pensaba, como siempre, que debía levantarse temprano para ir a trabajar. Los muchachos no dejaban de crecer y había que pagar las cuentas…

Se incorporó y se sentó en la orilla de la cama a contemplar la sombra que su cuerpo proyectaba sobre las sábanas, una sola sombra, una sombra y nada más… y el teléfono no sonó.

Fin

*****

La versión original de este cuento fue escrita en 2011, luego de sostener una conversación en el autobús con una mujer que salía de su empleo. El autor trabajaba entonces en un periódico cuya sede se encontraba entonces en la zona 13 de la ciudad de Guatemala. Camino al centro de la ciudad, en un Transmetro, el autor entabló charla con ella. De esa conversación nació la idea para este cuento. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia