Confesiones de un escribiente 13: Oye, niño, ¿de qué manera escribes?

Creo que debí preguntar para qué escribes; pero tal pregunta, aunque parece más profunda, ha sido muy respondida y en ocasiones no con la verdad y sí con exageraciones con que solo se pretende deslumbrar. Hace unas semanas, el jueves 20 de agosto, me reuní con varios niños, estudiantes de tercer grado de un colegio de la ciudad de Guatemala, e invitados de otros grados. No fue una reunión virtual (eso espero), ya que si en la física lo virtual es aquello «que tiene existencia aparente y no real», entonces estuve hablando conmigo mismo y con varias alucinaciones (este adjetivo me come el coco).

Charlé por más de una hora con aquellos niños virtuales, nacidos de mi imaginación. Algunos se parecían mucho a los personajes de El canario y la rosa, lo que parece refrendar (de nuevo) que no estoy muy cuerdo y que los demás tienen razón cuando dicen que no es muy saludable estar en mi compañía. Sus razones tendrán. No obstante, hablar conmigo mismo a través de aquellos seres existentes solamente en apariencia me hizo pensar mucho en las maneras de escribir y en (¿por qué no?) sus razones.

Mis niños y niñas imaginarios estaban muy atentos y emocionados cuando les dije (¿o me dije a mí mismo?) que había escrito otro libro para niños en octubre de 2019, un libro que quizás nunca se imprimirá. Pero más les agradó saber cómo suelo escribir: a mano, en un cuaderno o en hojas en blanco (sin líneas), con bolígrafo de tinta negra (ningún otro color; azul… ¡jamás!), y que lo hago de cafetería en cafetería o de restaurante en restaurante, de bebida en bebida y de comida en comida. Además, siempre en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala.

El libro que enseñaba a escribir, que así se llama el librito de marras, se escribió a sí mismo en las cafeterías y restaurantes San Martín, Café Casa, McDonald’s y Casa Típica (Paseo de la Sexta); Casa Bella, Los Melaza, Jazz Corner y Gourmet Chapín (alrededores del parque Morazán); La Tatuana y Rayuela (Paseo de Jocotenango); Café León y Café Literario (octava avenida y novena calle); Patsy (junto al Parque Centenario), e Ixbalanqué y El Portal (Pasaje Rubio).

Desde que la pandemia hizo que cerraran estos lugares en marzo de 2020, no he vuelto a escribir. ¿Cómo es eso? Sí, niños virtuales que únicamente están dentro de mi cabeza: esto que leo mientras lo escribo, y que ustedes seguramente están leyendo también aunque no lo escriben ―porque ustedes existen solo en mi imaginación (está claro, ¿verdad?)―, es escribir y a la vez no lo es de alguna manera; porque no se trata de un cuento más. Por esa misma razón, lo pienso delante de la pantalla del ordenador y lo escribo con el teclado. Porque ideas para escribir cuentos tengo, pero no adónde ir a escribirlas a mano, con tinta negra y sobre una hoja en blanco. ¡Qué problema con la pandemia!

En El libro que enseñaba a escribir, Raúl Ernesto busca en la librería El Aleph un libro que lo entretenga y que compre porque así lo desea, que no sea solamente una lectura impuesta por Virginia, la maestra de Literatura. Es cuando habla por primera vez con el viejo Isaac, un librero cuyo origen está envuelto en el misterio. Este le venderá, al mejor de los precios, un libro que impele a quien lo lee a leer más, a comprender lo que lee y, finalmente, a principiar a aprender a escribir.

Sin importar que usted sea un adulto o un niño que existe solamente en mi imaginación, pregúntese: ¿cómo y dónde escribo?, ¿para qué escribo?, ¿para quién escribo? Sean cuales sean las respuestas, no olvide estas palabras del proverbio hebreo escrito hace tres mil años:

«Las palabras de los sabios son como aguijadas, y sus colecciones de dichos, como clavos bien puestos; […]. En cuanto a cualquier cosa aparte de estas, hijo mío, quedas advertido: hacer muchos libros no tiene fin y dedicarse demasiado a ellos es agotador para cualquiera».

Salomón, en Eclesiastés capítulo 12

Julio Santizo Coronado, 18 de septiembre de 2020 (se acerca el otoño)

Confesiones de un escribiente 4: La hoguera de los libros

cropped-white-rose«El mundo habrá acabado de joderse —dijo entonces— el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga». (Gabriel García Márquez)

Hay quienes pagan miles de dólares por un cómic icónico o por cualquier objeto que se presuma, incluso con sospecha o presentimiento, que perteneció a este o aquel famoso, a esta o aquella celebridad, o a aquel desdichado a quien nadie comprendía y que se refugió en el arte o en la locura para que alguien cayera en la cuenta de que verdaderamente existía, que era solo una persona más, atrapada en la humanidad que todos compartimos.

Libros y gente como todos los demás

Entre la piedra y la cruzEn la oficina de enfrente, en aquel edificio donde el hollín se colaba hasta por los poros que la inmundicia le abría al mismísimo aire que respirábamos todos los días, justo enfrente del Mercado Central, en el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, el vecino me reprochó en una tarde oscura de un mes incierto del triste año cuyo número he olvidado ―¡afortunadamente!― el haber obsequiado, vendido, y, además, lanzado a la basura de la ira y la decepción aquellos libros. Y me dijo con cólera imposible de reprimir: «¡Es una gran falta de respeto para el autor!».

Llegaron del mar (1)Se refería a un ejemplar de la primera edición guatemalteca de Entre la piedra y la cruz y a la primera edición mexicana de Llegaron del mar, de Mario Monteforte Toledo, ambos autografiados y con dedicatoria del autor, quien al recibir el primer título de mis manos dijo: «Creí que ya no había más de estos»; el mismo que unos meses después me preguntó cuando le mostré el segundo: «¿Dónde consigue usted estas cosas?». Además, entre aquellos libros que poco a poco fueron desapareciendo, vendidos por una bicoca, obsequiados y a menudo despedazados por la ira de la decepción, se encontraba un ejemplar de El túnel, de Ernesto Sabato, autografiado por el autor, dentro del cual había un trozo de papel, una carta escrita a máquina por el argentino, que comenzaba con estas palabras: «Querido poeta». Además, aunque sin firma alguna, pues soy incapaz de resucitar a los muertos, había entre aquellos pocos cientos de libros una primera edición impresa en Uruguay de 20 Rábulas en Flux, del guatemalteco Flavio Herrera.

Años más tarde, repetí de nuevo aquel acto considerado deshonroso por muchos y que bien me hubiera valido algo más que un grito iracundo de mi antiguo vecino de edificio, quien para entonces ya había retornado al silencio del polvo según supe: el ejemplar de Instinto de Inez, de Carlos Fuentes, autografiado, fue a parar a alguna librería de viejo o a algún lugar oscuro que mi memoria, siempre fiel a su hábito de reescribir encima de sí misma, ha olvidado.

A finales de 2019, un viejo amigo y excompañero del extinto programa Autores, Libros y Lectores me envió un mensaje por WhatsApp. Era un «reclamo», como suelen llamar en Guatemala a la reprensión y a la censura, por no haberle dicho que había publicado «un libro para niños». Bueno, en realidad había publicado dos. Pero no le dije eso. De otra manera, la recriminación habría sido todavía más severa que la recibida en aquel tercer piso, que para entonces era solo un cadáver entre los recuerdos de finales de los ochenta e inicios de los noventa.

El mensaje censurador no habría sido memorable de no ser porque aquel amigo había incluido una fotografía: el libro de marras, publicado en 2017, que había hallado y comprado en una librería de viejo por poco dinero. Y pensé en los años de búsqueda y desencuentro, en los días de locura y lectura solitaria, en las prisas, las tristezas, las alegrías que solo abrían un hueco más en el corazón y en las esperanzas vanas. Las salomónicas palabras del Congregador, que encajaban con las piezas del rompecabezas que llamamos vida, se dibujaron en el ulular del viento de la madrugada:

«Pero, cuando reflexioné en todas las obras que mis manos habían hecho y en todo el duro trabajo que había realizado con tanto esfuerzo, vi que todo era en vano, era perseguir el viento. No había nada de verdadero valor bajo el sol».

Julio Santizo Coronado, 2 de febrero de 2020