Al filo del laberinto (cuento)

«El término psicosis se aplica a enfermedades mentales que cursan con desintegración de la personalidad y que pueden desembocar en la demencia». (La Enciclopedia Salvat)

Octubre se atavió con la frescura de las mañanas otoñales. Allende el cielo de invernadero poblado de capas nubosas se esconde una bóveda azul, que se funde en la línea que remata el marco del horizonte lejano unido al firmamento sin fin con la promesa de la libertad… mucho más allá de donde es posible ver.

No era de extrañar que sus pensamientos apuntaran hacia el cielo: el aire insuflado en sus pulmones en el primer día de su vida tenía el mismo aroma. Sucedía, sin embargo, que con los días dorados también se anunciaba el temor a lo inexplicable, eso indefinible que aturde a ciertas mentes.

«Tiempo» es la palabra detrás de la cual se oculta una insoportable verdad: la existencia se agota. Y, no obstante, persiste la contradicción: el intangible tiempo con su ilusión de permanencia inalterable existe desde el infinito remoto y, sin embargo, no es. Y si lo que no es no puede agotarse ni acumularse, ¿por qué insistimos en llevar la cuenta?

Era él quien se desgastaba y se diluía con cada hora, con cada minuto y cada segundo de aquella nada que transcurría desde el día de su alumbramiento, desde la hora en fue arrojado a la nada del tiempo y a la brevedad de la existencia.

Detuvo la marcha delante de una cafetería. Examinó el menú escrito sobre las paredes. Un desconocido lo invitó a entrar y empezó a repetir justo lo mismo que se podía leer en el muro. Así que dio las gracias con una sonrisa complaciente pero forzada y se marchó. «¡Todo iba tan bien!», refunfuñó. Habría sido mejor que la escritura hablara por sí misma y que nadie desequilibrara la calma de la mañana y de la inusitada quietud del instante.

Caminaba por la acera cuando, de repente, se volvió para luego avanzar con lentitud con la intención de alterar el incierto ritmo de sus pensamientos, para que estos no lo traicionaran ni llegaran a desbocarse como en otras ocasiones. Porque a los pensamientos se les debe mantener a raya, o, de lo contrario, se retorna al inicio sin remedio.

Fue en ese momento cuando su perseguidor, quien había salido a las calles, empezó a taladrarlo con el grosero pespunte de la insistencia de los recuerdos, de los temores, los deseos irresolutos… y se lanzó a caminar detrás de él.

«¿Moriré hoy?», fue la pregunta que escuchó con claridad, justo cuando los pensamientos dejaron un intersticio silencioso en su mente. Entonces, sin aviso, lo invadió otra vez esa cosa tenue y silenciosa que carcome.

La angustia in crescendo se le vino encima mientras densas nubes grises se enrollaban con rapidez, impelidas por el viento del otoño. Y aunque empezó a dudar, a balancearse entre la cordura y la vesania, el repentino y ensordecedor claxon de un automóvil hizo que recobrara el equilibrio en la frágil cuerda de la realidad.

Cruzó la avenida sin mirar a los costados. Tal era su deseo de alcanzar lo más pronto posible la parada del autobús y de salir de aquel maremágnum agobiante que rugía hasta la perturbación absoluta de los sentidos. Mientras esto sucedía, los engañosos pensamientos se disfrazaban de verdad una vez más y se enredaban en una telaraña inextricable y confusa.

«¿Moriré hoy?», volvió a preguntarse en medio de la albura de un espacio de lucidez, que por un instante se abrió paso a través de su cerebro. Así, un mar de conexiones lógicas e ilógicas se transformó en la urdimbre con la cual se tejen los pensamientos.

Miró a su alrededor. Por un instante todo le pareció ajeno… La ciudad, asfixiante con su enajenamiento y la violencia que se alza rampante como potro salvaje, lo conducía implacable, hasta que se dio cuenta de que no sabía a dónde iba ni por qué rumbo enfilar. A nada se le teme más que a la posibilidad de que la locura se instale de manera permanente. Gimió al punto de llorar y se volvió para hacerse la misma pregunta, la interrogante constante que no se debía al temor a la muerte, sino al horror que le provocaba no conocer con certeza las causas que lo enviaban a la desaparición prematura.

Se detuvo. Respiró profundo, ordenó el croquis mental de la ruta por la que pasaba todas las mañanas. Volvió en sí y se sintió aliviado al reconocer de nuevo las calles de todos los días. Fue ahí cuando vio a sus perseguidores aproximarse por la misma acera. «¿Moriré hoy?», dijo en su corazón. Pensó entonces en la posibilidad de cruzar a la acera opuesta, pero era imposible en ese momento. Sin embargo, los esbirros de alguien cuyo rostro había olvidado seguían acercándose.

El autobús se aproximó por la avenida. En cuanto lo vio, cruzó la calle en medio de los automóviles que pasaban peligrosamente cerca. Esa era la única manera de dejarlos atrás, había que jugarse la vida.

Subió de un salto al autobús. ¡Los había burlado! ¡Estaba a salvo! Buscó un asiento, cerró los ojos, respiró profundo y con calma para desacelerar el pulso. Estaba vivo, ¡era libre! Pero la euforia fue efímera, ya que enseguida retornó la náusea y la tos nerviosa del miedo se apoderó de él. Ese espantoso miedo al miedo, el temor que causa no saber a qué se le teme.

Bajó en la última estación y se dispuso a caminar a su destino final. En ese segundo, la indescifrable maraña se empezó a tejer de nuevo. Decidió ir por una Coca-Cola.

Entró en la tienda de la estación de servicio, cogió la lata roja y se situó en la fila de la caja mientras las arcadas volvían y su mente se debatía entre el presente y la ilusión. «¿Por qué me mira esa mujer? ¡Dios mío, estoy asaltando la tienda y no me he dado cuenta!».

El otro lado de su mente le repetía una y otra vez que, si estaba pensando eso, el solo hecho de hacerlo era prueba de que aún era consciente de lo que hacía. La paradoja se hallaba en algún lugar, en un sitio entre la certeza y la incertidumbre. «Esto no es real… ¿o acaso lo es? ¡Respirá, respirá tranquilo o van a darse cuenta! ¿Qué hace esa mujer, por qué llama al guardia?». Aquel se acercaba con la escopeta sostenida con ambas manos. «¿Qué debo hacer? ¿Debo correr, debo gritar? Pensá, calmate, no huyás, no estás haciendo nada malo, ¿o sí…?».

Hubo un movimiento brusco… se oyó un grito ininteligible. «¿Moriré hoy?», se dijo; pero entonces ya no estaba seguro de haberlo pensado o de haberlo pronunciado. Se escuchó una detonación y, entonces, el día otoñal se vistió de prolongado silencio.

Fin

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2010. Se basa en las observaciones y en las experiencias personales del autor relacionadas con la psicosis, los eventos psicóticos y la paranoia causados por una enfermedad mental como la bipolaridad o el trastorno obsesivo compulsivo. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Le decían Machete (cuento)

¡Ay, Dios mío! ¡Se me fue mi compañero! Él era afilador… Ya no tengo a nadie. No tengo a nadie… ¡Ay, Dios mío! (El hedor del aliento a alcohol barato que se desprendía de aquella mujer se esparcía en el aire). Hace ocho días que se me murió mi marido. Y ahora no sé qué voy a hacer… Me van a sacar del cuarto, porque él me ayudaba. (Un acento pastoso impregnaba el habla torpe y lenta del galimatías que brotaba de su lengua lechosa). Se me murió. Hace nueve días que se murió… Me lo envenenaron, él era afilador… Con ese hombre tuve ocho hijos, you know… Porque yo viví en los Estados. ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué…? Se me fue mi marido; se me fue… y hoy es primero de noviembre, y no lo fui a ver, y no me va a perdonar… Porque, mirá, yo estoy aquí. (La mano se alzaba y se extendía como quien se empinaba el cuto).[1] Why? Yo viví en los Estados… ¡Ay, Dios mío! Se me fue… Y mis hijos ¡nada! Nadie se acuerda de mí, mirá estos huesos, mirá… ¿ves? Me lo mataron en Mixco… Me lo mataron. Yo tengo la ciudadanía, y ahora me voy a ir a los Estados, you know… Él era afilador; pero le dieron un tamal. Yo lo acompañaba a todos lados, pero ahora, mirá, estoy aquí (viéndose las manos) y no me he tomado el octavo que me regalaste. Come on, come on… Tengo cinco hijos en los Estados y tres aquí. (Las risas de los ebrios se mezclaban con el olor a mugre y alcohol). ¡Ay, Dios mío! Le dieron un tamal… y se lo comió, pero estaba envenenado… Le dieron un tamal envenenado allá. Hace diez días que se me murió mi esposo, por eso estoy así. Le dieron un tamal, y él se lo comió, y vieras cómo se lo comió: ¡con ganas…! Y empezó a caminar conmigo, porque él era afilador, afilaba machetes y todas esas ondas.[2] Y me decía: «Agh, agh, agh…». Se me murió en los brazos. Yo lo llevaba al hospital, pero no pude llegar… Hace ocho días que se me murió mi marido, hace diez días… Y mañana son nueve días… Y hoy es primero de noviembre y mirá, mirá donde estoy. (Todos volvían a ver hacia el árbol-mingitorio de la esquina y alzaban la mano sobre la ceja haciendo el saludo que conocen los borrachos y los adictos). Y ahora voy a tener que salir del cuarto, porque ya no tengo esposo, y no va a tener su novenario, porque mirá, aquí estoy yo, pero todavía no me he tomado el octavo que me regalaste. ¡Ay, Dios mío! Andábamos por allá, por la Antigua, y se encontró un tamal, y tenía hambre y se lo comió, vieras con qué ganas se lo comió… Él era afilador, por eso le decían… En Mixco…[3] Se lo comió en Mixco, y me lo envenenaron. (Él se subía los pantalones, que le quedaban flojos, mientras las ganas de orinar lo obligaban a ver hacia el árbol de la esquina). Y ahora, ¡ah! Ahora… ya no sé qué hacer, por eso estoy así… ¡ja! Me lo envenenaron, me lo mataron. (Las lágrimas empezaban a caer sobre el sucio asfalto por el que una vez caminó con su afilador). Él era afilador de machetes, por eso le decían… así le decían. (Él, aturdido por la perorata, volvía a ver hacia la izquierda y hacia la derecha, se tocaba la frente y se ponía la mano en el mentón mientras le decía adiós a la plañidera). A mi viejo me lo envenenaron, con un tamal, allá en la Antigua… en Mixco, y era afilador, y por eso le decían Machete.

Fin

[1] «Botella pequeña de aguardiente» (Diccionario de americanismos). Se dice en Guatemala del licor barato que se vende en envases de un octavo de litro.

[2] «Asunto, generalmente aquel que presenta cierta complejidad o que es de actualidad» (Diccionario de americanismos, RAE). Por extensión, en el habla popular de Guatemala, suele decirse de un oficio o de la manera de hacer algo (Ahí están esas ondas; La onda esa es así…).

[3] Municipio del departamento de Guatemala, cuya cabecera, y capital del país, es la ciudad de Guatemala. Más adelante se menciona a Antigua Guatemala, localidad distinta, esta del departamento de Sacatepéquez.

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2010. El autor se encontró con un grupo de ebrios en una famosa abarrotería de la zona 5 de la ciudad de Guatemala (La Puerta Roja). Una mujer que se destacaba por su discurso en voz alta llamó su atención. Al darse cuenta de que la observaba, se dirigió al autor, quien le compró un octavo de litro de licor barato que la mujer le suplicó. Era el 1 de noviembre de 2010, cuando especialmente quienes pertenecen a la Iglesia católica celebran el Día de los Muertos en el país centroamericano, por lo cual se embriagaban en memoria de Machete. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Una cuestión de espacio (cuento)

cropped-white-roseSucedió de la manera como suceden todas las cosas. El cambio fue imperceptible. Es cierto que Carlos Lewis ya empezaba a notar sutiles diferencias ―pues era un hombre perspicaz―; sin embargo, fue incapaz de prever la importancia de cada uno de aquellos hechos de aparente poca o ninguna importancia. Empero, el día en que devolvió el disco de Debussy al lugar de siempre, se dio cuenta de que no había suficiente espacio en la repisa.

Arqueó las cejas mientras se rascaba la cabeza y, muy a pesar suyo, tuvo que admitir que se había confiado demasiado. Luego de revisar prolijamente el orden alfabético de los elepés y de contar los libros, leer los títulos y echarle un vistazo al conjunto a cierta distancia —pues su memoria era fotográfica—, llegó a la conclusión de que nada parecía sobrar ni faltar, salvo aquel pequeñísimo espacio.

No había añadido ningún disco a la colección en esos días; tampoco había retirado ningún libro de su lugar para darles espacio a sus queridas grabaciones. Así que Carlos Lewis no halló explicación para aquello que tanto extrañamiento empezaba a causarle.

Se sentó en su sillón favorito, ese espacio tan querido, y después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que era el momento de montar una nueva repisa. Desde ese día comenzó a plantarse delante del estante de los discos compactos —invento de registro sonoro por el cual estaba muy agradecido, ya que era mucho más fácil ordenar aquellas cajitas transparentes que las fundas de cartón de los viejos discos de acetato—. Con todo, desde el primer día tuvo la impresión de que cada una de las cajas ocupaba más de los nueve milímetros y medio que ya le eran familiares. ¿O acaso la repisa se encogía?

Todo lo que sucedía entonces era evidencia contundente de que el tiempo le había ido devorado la vida de la misma manera como había desaparecido aquel pequeño espacio: sin siquiera darse cuenta.

Una mañana, mientras buscaba el espacio que echó en falta desde el primer día, notó que los libros y los discos profanos estaban más cerca unos de otros. Corrió en busca de la cinta métrica, la extendió sobre el librero y, aunque sus ojos lo veían y sus manos lo comprobaban, siguió negándose a creer en aquella probabilidad. Pero todo demostraba que se trataba de algo más; porque no hay nada que sea imposible en el universo.

Él mismo había ensamblado aquel mueble. Él lo había sacado de la caja de cartón y había leído con sumo cuidado las instrucciones. Conocía sus dimensiones a la perfección. Así que empezó a dudar de su cordura, ya que la única conclusión lógica era que este se había encogido un centímetro, medida que podría carecer de importancia para la mayoría, pero que para Carlos Lewis era mucho más; era una decena de milimétricas aparentes coincidencias.

Una semana después del descubrimiento de la ausencia de aquel espacio, cavilaba Carlos Lewis en la salita con una taza de café y un plato de galletas. Rumiaba pensando en lo que le estaba sucediendo a su espacio.

En ese instante, Alicia, su esposa, entró muy contenta a casa, feliz como de costumbre. Pero al ver el rostro desencajado del hombre al que conocía como a sí misma no pudo menos que preocuparse. Alicia se dirigió hacia lo profundo de la casa luego de un «hola» y de un beso en la mejilla que él apenas advirtió.

Carlos Lewis guardó silencio, aguzó el oído y contó los pasos de su amada Alicia. Los tacones seguían sonando con el mismo ritmo sobre las baldosas. Se asomó al minúsculo corredor para retroceder de inmediato con gran incredulidad y con una mezcla de terror y aturdimiento en la mirada.

Volvió a ver hacia el vestíbulo, que para entonces ya se había transformado en una calle angosta y larga por la cual continuaba avanzando Alicia, mientras sus tacones resonaban sin cesar y sin que, aparentemente, ella se diera cuenta de que nunca llegaba a la habitación del fondo.

Carlos Lewis se aferró al sofá, pero al palparlo notó que era él quien ahora se había encogido. Cuando miró hacia el suelo de la habitación, ahogó un grito de espanto al darse cuenta de que las piernas le colgaban del sillón y que era incapaz de tocar el suelo con las puntas de los zapatos. No pudo contener por más tiempo aquel grito.

Alicia salió enseguida de la habitación, recorrió el pasillo, atravesó el comedor y, finalmente, después de transcurrida la mitad de la eternidad, llegó a la sala. «¿Qué te pasa? ¿Te lastimaste?», dijo Alicia. Él abrió los ojos como platos, pero ella parecía no enterarse de lo que sucedía. «¿Ves cómo la casa se agranda por allá y se hace cada vez más pequeña por aquí?», preguntó Carlos Lewis ahogándose en un vaso de angustia y en un océano de desasosiego.

Ella observó a su alrededor… se encogió de hombros. No había nada que le pareciera extraño. «Estás muy cansado desde hace varios días. Es la tensión del trabajo. Escribes demasiado. Deberías salir a dar una vuelta por ahí. ¿Quieres que te traiga otra taza de té?». Carlos Lewis asintió. Y luego de bajar con mucho cuidado de las alturas, desde el borde del sofá que ahora parecía elevarse hasta las nubes, se dirigió a su ahora minúsculo escritorio.

Alicia caminó de vuelta a la cocina, para volver luego de unos minutos ―que a su esposo le parecieron horas― con una gigantesca taza de té que de inmediato se hizo pequeñísima, casi invisible, entre los dedos de Carlos Lewis quien, aterrorizado, la soltó…

… la taza empezó a caer en cámara lenta, cuadro por cuadro de una película, hasta que la loza se hizo añicos sobre el piso de la habitación y estos se esparcieron en todas direcciones aumentando de tamaño y llenando el lugar en el cual ya no había más espacio para él.

Presa del pánico, huyó despavorido hacia la puerta mesándose los cabellos mientras se extendía a lo largo del corredor sin fin tratando de escapar del cada vez más pequeño espacio que había para él. La puerta seguía alejándose más y más. Al volverse, vio cómo su escritorio, su sofá y su librero desaparecían en medio de un luminoso y minúsculo punto rodeado de un oscuro espacio.

Jadeante, se detuvo cuando su esposa, Alicia, con una inmensa paz dibujada en el semblante, se despedía agitando la mano con un movimiento que le parecía a él cada vez más y más lento. Finalmente, después de un enorme esfuerzo, logró llegar a la salida y, luego de pasar con dificultad a través de una pequeña rendija, la vieja puerta de madera empezó a adquirir la inmensidad de un árbol al hallarse del otro lado.

Carlos Lewis se detuvo para ver cómo la calle se enrollaba cual pergamino debajo de sus pies, al mismo tiempo que dejaba tras de sí una inmensa y vacía oscuridad. Era demasiado tarde. La cerradura estaba a decenas de metros por encima de su cabeza. El mundo empezó a encogerse mientras la casa absorbía aquel universo en el cual él ya no tenía cabida.

La caída fue interminable… eterna, porque a veces en la vida todo es, al final de cuentas, una mera cuestión de espacio.

Fin

*****

Alice in WonderlandEl relato anterior fue escrito en su forma original en 2004, luego de terminar la lectura de Alicia en el país de las maravillas y de Al otro lado del espejo (edición de Porrúa). El autor vivía entonces en un pequeño apartamento que él y su esposa construyeron junto a la casa materna, en un espacio familiar pero de alguna manera ajeno. En 2007, él y su esposa construyeron una segunda planta encima de la casa materna, que desde entonces es su propio espacio. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, año de la pandemia

Final para un sueño (cuento)

 

cropped-white-roseUn frasquito sin etiqueta descansa sobre la mesita de noche. Miguel camina vacilante hacia el jardín y corta algunas margaritas: una, tris; dos, tras; tres, clic; cuatro, clac; cinco, tris; seis, tras, y las mete en uno de los tarros de mayonesa que su esposa acumula en la alacena.

Miguel Spiegel, haciéndole honor a su apellido, trata de recordar las últimas palabras que le dictó la noche. Las imágenes se le atoran en la garganta («¡hablá!, ¡hablá!»). Se le derrama el esfuerzo, se agota en el vaivén de las ideas que eructa una por una y que lanza al encuentro de la luz del sol y de las enormes ganas de comenzar el día. Es sumamente trabajoso recogerlas, retenerlas y convertirlas en palabras. Es muy difícil no olvidar.

Cinco, cuatro: en ese brevísimo instante, las ideas son tan claras como lo son ahora las palabras —solo un momento—; es igual que gritar al hallar una respuesta; tres, dos: ahora quedan menos palabras sujetas con grilletes. Le suplica a su esposa, con voz casi inaudible, que no hable, que no encienda el televisor. Vuelve del baño sin lavarse la cara; para no olvidar.

Una palabra se le escapa, se pierde y se confunde en el fondo del retrete, en el abismo de las últimas palabras… «¿Podés prepararme un café con Cremora, por favor». «La Cremora está en el frasquito azul», le responde su somnolienta esposa.

Las palabras se escabullen, aprovechan el descuido y se ahogan en el formol al final de la batalla librada entre la recordación de los sueños y la regurgitación de las palabras anudadas en la memoria: casi un sueño, casi vigilia, casi despertar.

Se le va la frustración dentro de la taza del brebaje que qué bien sabe al descender por el gaznate; no sin culpa, por supuesto, al pensar en que unos minutos más tarde la meada olerá a café.

Así se le acaban a Miguel Spiegel los segundos con los que empieza la mañana: olvida lo importante, lo que no debe olvidar. El sueño deja de ser real, vuelve el silencio, y el silencio llena el espacio, y la página está en blanco otra vez.

Pero el tiempo todo lo puede: lava lágrimas, limpia recuerdos —ya habrá otros sueños—. Pone la pluma a un lado, se prepara otro café; apura la pastilla que lo mantiene cuerdo. Mira el reloj, porque se acerca la hora de tomarse las otras píldoras, esas que lo mantienen vivo, y aguarda a que la noche regrese del otro lado de la Tierra para irse a la cama, no sin antes apurar con un vaso de jugo de manzana las pastillas que lo hacen soñar.

Al día siguiente, Miguel Spiegel volverá a despertar, abrirá los ojos, se quedará metido en la cama dos minutos más, viendo hacia el cielo falso, y tarareará en la cocina las últimas palabras del último de sus sueños. Pescará respuestas, hilará garabatos, uno a uno, con el anzuelo de un cerrar de ojos, cada día y todos los días hasta que, uno de tantos, cuando al fin crea tener los pies sobre la tierra, la clara mañana le diga: «¡No más!».

Fin

*****

Este brevísimo relato fue escrito en 2004, en una época cuando el autor hallaba respuestas a diversos problemas mientras dormía, quizás debido al uso de medicamentos para el trastorno bipolar. Se escribió en la casa de unos amigos de su esposa en Ahuachapán, El Salvador. La versión original se escribió de un tirón, sobre la cama, apenas después de despertar. En agosto de 2018, el autor tomó la decisión de no usar más medicamentos para tratar el trastorno. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado

En las sombras bajo la lluvia (cuento)

cropped-white-roseA la memoria de Gloria, a quien los males del siglo le arrebataron la sonrisa

Un joven vagabundo se frota las manos en el zaguán de la pensión. Llueve, hace frío. Tres mujeres comparten un cigarrillo mientras repiten las palabras dichas ayer y anteayer, y el día anterior… las mismas que han dicho todos los días. La monotonía y la banalidad hacen que la charla se desvanezca hasta hacerse inaudible. Un hombre abre por segunda vez la ventanita de la puerta de madera y mira con desconfianza al extraño que se oculta en el zaguán, pero no dice nada.

Una mujer con pretensiones de hetaira sonríe desde el otro lado de la calle. Es entonces cuando piensa en cómo vino a parar a este lugar, en un barrio peligroso y en día tan frío. Quizás debería seguir caminando bajo la lluvia. Pero volver a la habitación, tumbarse sobre la cama y hojear los libros que duermen junto a la soledad es la única opción.

Un automóvil cruza por tercera vez la bocacalle. Se aparca en la esquina. Una mujer de falda breve y tacones eternos avanza a zancadas adoptando la ridícula postura que nunca ha impedido que alguien se empape bajo la lluvia. Saca un billete de la pretina y extiende la otra mano. Se aleja sonriendo, grita algo incomprensible y desaparece por el lugar de donde salió.

La lluvia arrecia. El portero se ha perdido detrás del postigo. El muchacho se libra al fin de la mirada del hombrecillo. En ese momento, el hambre aprieta. Mira dentro de la billetera. Pero la lluvia no cesa y decide esperar al abrigo del zaguán.

En ese momento, dos mujeres se alejan deprisa por la avenida; el muchacho se asoma y las ve desaparecer a través de una puerta una cuadra más arriba. Una mujer lo vuelve a ver, así que retrocede al instante y se esconde detrás del portón de madera.

Se oyen unos zapatos de tacón acercarse. Es una mujer del color del ébano. Su vestido rojo contrasta con la piel morena: es una bella imagen. Ella observa al muchacho solitario, le extiende la mano a manera de saludo, sonríe y pregunta: «¿Querés entrar?». Es la mujer que minutos antes recibió algo en su mano de caramelo.

El frío y la humedad agobian. Él se palpa los bolsillos y, sin mediar palabra con la endrina, golpea a la puerta. La ventanita se abre de nuevo y la sonriente cimarrona le pide el dinero, el cual él saca de la billetera al instante. La puerta cruje. Adentro, la mujer intercambia palabras con el imberbe portero desconfiado.

El agua cae con estrépito sobre las láminas de zinc. El flacucho coge una llave de un gancho y se adelanta balbuceando palabras ininteligibles. El pasillo es largo y oscuro, las paredes están pintadas de un verde de matiz triste y sucio, que provoca una nauseabunda melancolía. Las interminables puertas, abiertas y cerradas, hacen pensar al muchacho que la distancia es mayor en el corredor que en la calle. Pasa junto a un sanitario limpio, lo cual —no sabe por qué— lo tranquiliza.

Llegan delante de una habitación al fondo del corredor.

El cancerbero gira la llave, que podría ser la de cualquier otra puerta (el lugar está vacío). Abre y vuelve a pronunciar unas palabras incomprensibles en tono bajo. La lluvia cae con un sonido metálico ahogado por el cielo falso de duelas apolilladas, como si toda la arena del mar se desparramara encima de sus cabezas.

En el austero cuarto hay un espejo, una cama, una silla y una mesita en la que una palangana de peltre, una pastilla de jabón y un recipiente con agua lavan el rastrojo de un acto que durante la juventud se considera venial, pero que con el tiempo convierte la carne en bazofia. Se vuelve hacia la cama en el momento en que ella trata de deshacerse de la ropa, pero el muchacho solitario se apresura a impedírselo:

—Solo quiero conversar hasta que deje de llover. No te preocupes… sí te voy a pagar.

Ella dice su nombre: Aura, y los pensamientos de aquel muchacho se conectan con aquel librito.

—¿Te gusta leer? —inquiere. «Qué estúpida pregunta», piensa, pero se sorprende cuando ella responde que sí, y que alguna vez fueron suyos varios libros.

Aura creció en una plantación bananera de la cual huyó cuando no pudo soportar más el maltrato de la abuela. Fue la menor de cinco hermanos. Unos murieron, otros emigraron. Sus padres la abandonaron cuando ella era solo una niñita. Entonces, la abuela paterna se encargó de ella y de sus hermanos. (Aura entrelaza los dedos, recoge las piernas sobre la cama, asiéndolas de las rodillas y, echando la cabeza hacia atrás, mira hacia el cielo falso).

La joven Aura despertaba una extraña antipatía en la anciana. Nunca supo por qué. Quizás le recordaba a alguien a quien la vieja detestaba con toda el alma. (Calla un momento y sonríe).

Cuando huyó, tenía catorce años. Había terminado la escuela primaria, y aunque deseaba seguir estudiando, nunca pudo hacerlo. Así que durante algunos meses fue de trabajo en trabajo sirviendo mesas, limpiando inodoros, como pinche de cocina y lavaplatos en cocinas, lavando automóviles en las calles hasta que una matrona la aceptó como sirvienta.

(Aura calla y pide fuego. Él saca unas cerillas del bolsillo de la raída chumpa de mezclilla. Roza su mano contra la piel de ella y Aura susurra: «Café con leche…». Entonces, unos dientes de pulpa de coco se asoman en medio de una carcajada. Aura enciende el cigarrillo aplastado que lleva en el sostén y hace volutas de humo con sus voluptuosos labios. Los anillos grises se elevan hacia la madera carcomida del cielo falso. Aura lo mira con fijeza mientras él aguarda. La lluvia sigue desparramándose como arena sobre el zinc. Ella juega con una almohada).

Aura rompe el silencio…

La matrona notó enseguida la manera en que los hombres miraban a la joven Aura. Así que, una noche de mayo, mientras llovía, perdió la infancia y la alegría que todavía guardaba en el corazón, sin preámbulo y sin amor. El exordio tuvo olor a penetrante ron amargo y el epílogo fue una noche de llanto y una ducha interminable con agua caliente, sal y limón.

Durante aquel tiempo, escondió debajo de la almohada un libro de poemas comprado por cincuenta centavos, cuyos amarillentos versos sobre amarillentas páginas la ayudaron a guardar un poco de inocencia para sí.

(Aura calla, se levanta, camina por la habitación. Aura se detiene delante del espejo. La imagen que este devuelve a los ojos del muchacho vagabundo es real, de carne y hueso. No se desvanece en el fondo del azogue. Aura es un ser humano de verdad).

Aura le cuenta toda su historia…

Unos meses después, un joven inexperto y solitario tocó a la puerta del lupanar cuando este aún no abría. Había visto a la muchacha una semana antes, y la había observado toda la noche a través del cristal marrón de una botella de cerveza, y cuando todo el mundo estaba ebrio le hizo una señal.

Después de unos días, aquel joven se encontraba de nuevo a las puertas de aquel lugar; ahora con una flor entre las manos. La matrona gritó el nombre de Aura, quien apareció soñolienta con aliento a ajos y refregándose los ojos a través de una cortina de encaje barato. Extendió sus formidables brazos de raspadura de panela y recibió la flor con una sonrisa. Aquella tarde, Aura lloró al conocer su fortuna y al comprender que el verdadero amor le estaba vedado. Huyó de la casa cerrada y nunca volvió a ver al loco enamorado. Sin embargo, conservó la flor entre las páginas del poemario que siempre llevaba consigo.

(Él le pide que se lo muestre, ella rehúsa hacerlo).

Entonces, el muchacho solitario se percata de que la lluvia no cesa y que parece que nunca terminará; la tarde se ha transformado en noche, el cielo se transmuta en plomo… ambos se encuentran solos… ella deja caer su falda, alza la blusa, él trata de envolverla con las manos, ella le quita la camiseta y lo despeina, lo besa, y una sensación cálida e inesperada invade al vagabundo mientras el cuarto se hunde en la oscuridad y unos dedos dibujan la silueta de Aura, y unos párpados se cierran para que el color de la negrura de la habitación a oscuras no penetre en su mente, para sentirla, para no verla, para ver con ambas manos su belleza. Entonces, sin mirarla, la mira con los labios y dibuja el cuello de Aura: la chiquilla que creció con la brisa del Atlántico a sus espaldas. Él ve hacia adentro de sí y contempla a la niña que lavaba platos y se secaba las manos sobre el delantal blanco; unas manos trémulas recorren aquel cuerpo en la noche sin nombre y sin luna, envuelta en el silencio de la lluvia que se oculta detrás de las estrellas…

*****

La puerta retumba. Él se yergue, despierta del ensueño y se apresura a encender la luz. La pantera grita: «¡Ya salgo, no me jodás!». Él muchacho se asombra —incapaz de explicarse por qué— al oírla hablar de esa manera después de aquel momento en que todo parecía tan ajeno al sórdido mundo en el cual ha vagado esa tarde entre las sombras y bajo la lluvia. Aura extiende su terciopelo negro sobre la manta, se sienta sobre la cama como los gatos agoreros, le da la espalda y saca algo del bolso. Acerca la llama del encendedor al tubo de vidrio y calienta un trocito blanco que humea con seducción abrumadora a la vez que despide un olor acre que oscurece la sonrisa de Aura y que nubla su mirada.

Aura sale de la habitación y lo deja con un extraño sabor a tristeza en el corazón. Él, derrotado y más solo que antes, solamente desea volver a la rutina y a los hábitos que con el correr de los años se han transformado en el rito que le da un poco de sentido a su existencia.

Sale de la habitación, vuelve sobre sus pasos por el mismo corredor y se detiene en el umbral que lo vio llegar. Entonces, oye el rechinar de unos neumáticos. Un automóvil se aleja en fuga. Se escucha un grito, camina hacia la esquina, pero no hay nadie.

Un librito ha caído en un charco. La cubierta está rota. Algunas páginas se le han desprendido y únicamente hay en él palabras borrosas y sin sentido. Lo recoge y, entonces, una flor marchita se desliza entre las viejas páginas en busca de la lluvia.

Fin

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Escrito originalmente en 1993, este cuento retrata el ambiente de las calles y de las viejas pensiones de la ciudad de Guatemala, específicamente las que rodean el Cerro del Carmen, que ha carcomido a casi todo el Centro Histórico hasta nuestros días. La mujer a quien está dedicado este cuento vivió en ese sector durante sus últimos días, presa de la drogadicción y víctima del VIH. A finales de los años 1980, cierta noche en que el autor vagaba por el Centro Histórico, la invitó a beber chocolate caliente y pastel de manzana en McDonald’s. Una década más tarde, ella, quien nunca lo olvidó y que solía saludarlo cada vez que lo veía caminar por esas avenidas, intervino cuando un grupo de asaltantes iban a atacar al autor a inmediaciones del Calvario, 18a calle de la zona 1. Estos no lo tocaron. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado