La mujer que lo entendía todo (cuento)

cropped-white-roseLa última semana de aquel otoño fue todo lo que Mariela necesitó para devorar las ediciones de los periódicos publicados en su ciudad natal durante los últimos treinta años. No obstante, mientras más leía más insatisfecha se sentía.

Fue en aquellos días cuando todos quienes la conocieron empezaron a pensar que Mariela lo sabía todo. No obstante, ella era consciente de que la espuria fuente periodística jamás le daría el conocimiento de todo cuanto sucede en el mundo, ni llegaría a entender a cabalidad el porqué de las cosas. Así que Mariela se decantó por el estudio y la lectura del más banal y superficial de los oficios de escritorio y de banco de cafetería china: la filosofía.

Si lo pensamos sin apasionamientos, su método de lectura no era nada excepcional: Mariela «resumía». Había perfeccionado el sistema a lo largo de las excursiones vacacionales en el lago del altiplano a donde solía viajar en busca de un refugio para sus pensamientos. Aprovechaba aquellos días para sentarse a la orilla de la playa y pasar página tras página hasta que las estrellas brillaban en el firmamento.

Al llegar a este punto de mi historia ―la cual no es simple construcción de mi imaginación, aclaro―, suelo mencionar cierto detalle de los resúmenes de Mariela; uno que quizás a algunos les parezca de poca importancia. Y es aquí cuando casi siempre me interrumpen para decir o pensar (porque a veces tengo la impresión de saber muy bien lo que quienes me oyen piensan) lo evidente: escribir resúmenes después de leer un libro no tiene nada de extraordinario.

Eso es cierto para la mayoría de nosotros los desdichados mortales, y lo sería también para Mariela si no fuera porque ella se entregaba a tal tarea de manera simultánea. «¡Y eso qué!», añadirá alguien más mientras levanta la mano para pedir la palabra desde el fondo de la habitación donde nos encontramos (háganlo, pero no alcen mucho la voz, por favor). Permítanme explicarles.

Mientras Mariela leía y resumía al mismo tiempo, no había libreta ni lápiz en sus delicadas manos. Ejecutaba el más fatigoso de los trabajos intelectuales ―leer― para al instante olvidar todo lo que hubiese quedado al margen, es decir, «fuera del resumen». Mientras los ojos de Mariela paseaban por encima de las líneas de la página impresa, y en el mismísimo instante en que su prodigiosa mente componía el bosquejo resultante, hacía a un lado todo lo insustancial, el rastrojo. Sus ojos marrones recorrían las palabras sin pasar por alto una sola letra, aunque todo aquel que la observara pensase que Mariela no leía nada… absolutamente nada.

Ahora estoy seguro de que por lo menos uno de los presentes dirá que lo que he tratado de explicar no es más que un ordinario método mnemotécnico o de lectura rápida. Sin embargo, el día que llegué a la misma conclusión, Eugenia, la tía de Mariela, me dijo: «Debo explicarte algo más sobre este asunto de la memoria de Mariela; esta habilidad no es un acto simple ni el resultado de un truco mental ordinario».

Eugenia conocía a su sobrina al dedillo, como ya lo habrán supuesto. En tal virtud, yo no debía siquiera imaginar en aquel momento que la explicación que ella creyó imprescindible y más que oportuna tuviera como propósito hacerme sentir mal o demostrarme lo poco inteligente que soy. El interés de la tía Eugenia y la pasión con la cual hablaba de su prodigiosa sobrina no eran sino el consecuente resultado del cariño y la admiración que Mariela despertaba en su corazón y del amor que su tía sentía por ella.

Cada vez que la tía Eugenia repetía la historia que ahora trato de recordar, no podía menos que maravillarse y amar aún más a aquella magnífica rareza que era Mariela en un mundo donde todos se convencían y se dejaban convencer de que para asirse del poder y aprehender el conocimiento se debe obtener la máxima cantidad de información que se tenga al alcance de la mano, o de los ojos… o del oído.

Eugenia me explicó largo y tendido, junto a infinitas tazas de té con leche e incontables galletas de chocolate, que cuando Mariela leía y hacía a un lado lo que carecía de importancia, leía cada oración, cada palabra y cada letra sin pasar por alto ni siquiera una ínfima coma. (Lamento mucho aburrir con mi insistencia a quienes ahora veo bostezar).

Mariela había sido dotada de un cerebro similar, por decirlo de alguna manera, a las extremidades de algunos anfibios que, luego de ser amputadas, se regeneran. Sí, Mariela era una salamandra cerebral.

Aunque con cada nuevo pensamiento Mariela perdía literalmente porciones de masa encefálica, pérdida que se aceleraba durante el proceso ya descrito, su mente desechaba el extracto residual durante un período de limpieza… porque olvidé añadir algo muy importante ―y sírvanse excusarme de nuevo, por favor, pues tiendo a pasar por alto los datos que suelen echarse en falta cuando deseo comprender el todo de las cosas―: Eugenia me dijo aquella tarde de té con leche y galletas que hasta el más nimio de los resúmenes de Mariela permanecía en su cabeza por un breve período de tiempo. Pero cuando el sujeto de nuestra admiración leía acerca de cualquier otro tema que despertara su atención, las conexiones neuronales y, por consiguiente, sus pensamientos, se borraban con la misma facilidad con que habían llegado a la existencia, y con tal borradura se perdían porciones encefálicas. Y, no obstante, Mariela continuaba con vida y haciendo lo que más disfrutaba: leer.

Así que Mariela era, a su propia y extraña manera, todo lo opuesto al memorioso Funes que Jorge Luis Borges inmortalizó en su verídico relato disfrazado de falaz cuento. Dicho esto, es imprescindible añadir a mi relación que Mariela era incapaz de recordar definiciones. De tal suerte que, si pusiese por escrito esta historia, bien podría titularse Mariela la desmemoriada. Sin embargo, como más adelante demostraré, este título no sería el más adecuado. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba convencido de que Mariela lo sabía todo.

Aquella señora que escucha junto al pasillo izquierdo de la sala, que ha saltado dos centímetros por encima de su butaca en un acto de incomprensible levitación, se preguntará de qué manera podía Mariela saberlo todo si, al fin de cuentas, acababa por olvidar todo cuanto leía. ¡Ah! Ese es el punto toral de mi relación y la razón por la que me embarqué en la empresa de dar a conocer a la historia real de Mariela. Así que, por favor, señora mía, no desespere, trataré de responderles a usted y a todos los presentes, y haré un gran esfuerzo por no omitir detalle alguno de lo que la tía Eugenia me dijo (creo haber explicado antes que tengo muy mala memoria).

Aquí es donde quienes no abstraen la metafísica de los asuntos se extravían en un laberinto de aparentes incongruencias. Creo haber dejado bien claro ―a menos que me esté volviendo mucho más olvidadizo que hace unos cuantos años, o minutos, o segundos, y además menos diestro en el oficio de narrar historias e hilar tramas, aunque en realidad nunca he sido muy bueno en este oficio― que el cerebro de Mariela se degradaba, por decirlo de alguna manera, con cada una de aquellas kilométricas sesiones intelectuales.

Cuando las neuronas que se habían conectado para crear un resumen se apagaban para siempre, el espacio vacío resultante se transmutaba en algo más, en algo diferente y que se me hace difícil definir o dibujar con imágenes literarias o científicas, y mucho menos reducir a sencillos y comunes términos.

Recuerden: el cerebro de Mariela, aunque desaparecía como las extremidades de las salamandras, se regeneraba paulatinamente, y, no obstante, no volvía a ser la materia gris (y la materia blanca) de la que tanto nos hablaban nuestros maestros en la escuela y por cuyo mantenimiento y buen funcionamiento nuestras madres nos obligaban a dormir y a comer alimentos abundantes en fósforo, como el pescado que tanto me gusta… Pero ahora empiezo a divagar.

Durante aquella paulatina regeneración y transformación, el cerebro de Mariela desarrollaba una sustancia ajena a las típicas células que conocemos como neuronas y que hacen de nosotros lo que somos, o quisiéramos ser: humanos. La salamandrina regeneración a la cual me he referido antes en mi exposición consistía en transformación de materia en energía, o, mejor dicho, en pensamientos puros que no necesitan soporte físico para continuar existiendo.

Como ya habrán concluido los presentes, si es que me han seguido con atención y han puesto en marcha ese maravilloso enlace de enunciados mentales que solemos llamar lógica, Mariela no fue ajena a la composición natural del asiento de la mente el día en que su madre la dio a luz. No obstante, debido al proceso que he querido explicar con todos los detalles que ahora recuerdo, porque empiezo a olvidar, ese inefable algo en el que su materia gris se transformaba le permitía almacenar imágenes puras, simples, en la forma más primitiva de los conceptos; libres, empero, de toda definición o enunciado alguno, y, por tanto, de conectivos lógicos.

Aunque al comenzar a narrar la historia de Mariela pude haber causado en ustedes la engañosa impresión de desear llevarlos de la mano y situarlos delante de la maravillosa visión de un resultado por demás espectacular, la verdad es que la consecuencia ineludible de todo lo dicho y sucedido fue que Mariela perdiera el habla y, por consiguiente, la habilidad de descifrar las representaciones fonológicas de la manera en que los prójimos comunes suelen hacerlo.

En efecto, en cierto momento de su vida, Mariela fue incapaz de decodificar los signos de la escritura que desde nuestra infancia llamamos letras. Le resultaba imposible relacionar los símbolos con un sonido particular, ni era capaz de enunciar. Era evidente ahora que, con el tiempo, la agrafía[1] se apoderaría de ella.

Fue así como Mariela dejó de leer en su lengua materna, el español, y ascendió un peldaño en la escala de la lectura: ahora sentía lo que veía sobre el papel, lo que posibilitó que pudiese «leer» desde entonces en cerca de dos mil trescientos idiomas, quizás unos más, tal vez unos menos.

A nadie dejó boquiabierto lo que Mariela llegó a saber en alguna remota época de su existencia, pues lo verdaderamente inusual era su comprensión de las cosas. Hoy, al repetir esta historia por enésima vez, quizás la última (porque estoy a punto de olvidarla), delante de todos los que quisieron honrar a Mariela con este póstumo y sencillo acto, me doy cuenta de que debería titularla, en caso de que se ponga por escrito alguna vez, La mujer que lo entendía todo.

Pero no pongan esa cara de tristeza, ya que no he terminado aún. Permítaseme continuar, porque ninguna historia es buena si no tiene un final, sin importar que este sea brillante, aciago o una simple tontería.

Cierto día de finales de primavera, poco antes de que se borraran las facultades de Mariela, tomó la decisión más importante de su solitaria existencia. Al darse cuenta de que era insoslayable el fin y de que las consecuencias de aquel inusual don que a la larga se había transformado en fuente de desasosiego eran inevitables, llegó a la ineludible conclusión de que era imprescindible buscar quién cuidase de ella y la protegiera cuando amaneciera el día en que, incapaz de comunicarse con sus semejantes, no pudiera valerse por sí misma.

Así que vendió su herencia, lo que incluía una casa y algunos muebles, y con la plata que obtuvo compró todas las novelas y libros de cuentos que halló en las librerías de viejo (o de lance, como las llaman allende las tierras que vieron nacer a la fabulosa Mariela).

Aquellos últimos días fueron hermosos, luminosos. Mariela se entregó a la lectura de novelas, cuentos y relatos breves, pues ni los diarios ni la filosofía, ni siquiera los textos académicos, científicos o teologales que pretendían explicar su mundo satisficieron su ansia de conocer y entender la verdad de todas las cosas.

La tía Eugenia la alojó en una piecita situada al fondo de su casa y fue allí donde Mariela se dedicó a hacer sus últimos resúmenes y a vivir aquella autoencefalofagia que transformaba el asiento de su mente en un espacio de imágenes puras, simples, cada vez más primitivas y cristalinas.

Llegó a ocupar un sitio en su mente el amarillo; otro, el ave; uno más, una casa… Pero estos nunca volvieron a fusionarse para darle forma a la imagen del canario que cantaba en la casa del vecino. Hacerlo habría significado retroceder y dejar de entender el mundo, un universo que ahora consistía en miles de millones de algo muy parecido a los conceptos, pero sin serlo realmente, y esparcidos aleatoriamente, sin que un solo enunciado saliera de sus silenciosos labios o se encadenara en su increíble mente, cuyo asiento era ahora aquella nueva, rara e inefable sustancia en la que el cerebro con el cual había nacido se había transformado.

Cuando la facultad del habla la abandonó, Mariela dejó de escucharse a sí misma con su voz interna. Las palabras dentro de su cabeza desaparecieron. Quedaron libres, flotando en aquel espacio de materia oscura, donde el cosmos se coligaba con sutileza. Los conceptos puros, carentes de definición, y la designación de las cosas llegaron a ser un mero recuerdo del más remoto pasado de aquella inusual mujer.

No obstante, aunque su mirada y su presencia no dieran visos de que algo ocurría ahí dentro, la pureza de los extraños conceptos que su cerebro aún almacenaba dio como resultado que en un insólito despertar que se confundía con la catatonia más inverosímil, Mariela fuese capaz de inferir todas las verdades y, por lo tanto, de no necesitar darle explicaciones a nadie. El lenguaje sobraba, el todo estaba en su mente, una mente llena de lo inexplicable, de todo lo que solo es posible sentir.

Cuando llego como solitario buque al puerto del epítome de mi relato (pues en este punto suelen abandonar la sala quienes me oían con atención al principio), todos se preguntan qué fue de Mariela. Debo admitir con franqueza que lo ignoro en realidad. Es aquí donde debo rellenar los huecos de mi historia con mera especulación.

Se opina que unos científicos la convirtieron en objeto de estudio y concluyeron que se había sumido en un sueño interminable. Se cree que infinidad de personas la buscaron por un largo espacio de tiempo con la esperanza de encontrar en ella las respuestas a todas las preguntas y la solución de los misterios de la vida.

Pero era inútil. Nadie obtuvo nada a cambio de sus preguntas ni de sus ruegos, y Mariela, silenciosa, era insobornable e incorruptible, ya que he mencionado mucho antes ―¿lo hice?― que poco después de que Mariela hiciese su último resumen dejó de comunicarse y se apagó como una vela que se agota en una habitación oscura. Con el transcurso del tiempo, y luego de prolongado silencio, todos perdieron el interés en Mariela, quien no hablaba, no escribía; era poco menos que un guijarro solitario entre los miles de millones que se encuentran dispersos sobre la superficie de la playa. Era inútil dirigirle la palabra.

Quienes peregrinaban desde el otro lado del océano, impulsados por la leyenda de Mariela, acababan desilusionados. Sus mentes holgazanas jamás volvieron a saber de la supuesta fuente de soluciones a todos los problemas. No les quedaba otro remedio: aprenderlo todo por cuenta propia, porque Mariela nunca podría revelarles el secreto del conocimiento, que en realidad no consistía en saber todas las cosas, sino en entenderlas y en ser capaz de sentir el silencioso sonido del inmenso universo.

Fin

*****

[1] Agrafía. Condición de ágrafo. Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito a causa de lesión o trastorno cerebral.

Escrito originalmente en 2011, este cuento, con el que se cierra la selección de 19 de los 31 cuentos que llegaron a formar este libro alguna vez, es un divertimento en el que algunos podrían llegar a verse retratados, unos para bien y otros quizás no tanto. Aunque contiene un toque de ironía muy personal, quienes se hayan sentido agobiados por la presión que el sistema impone en sentido intelectual probablemente lleguen a las mismas conclusiones del autor. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Escribiente nocturno (cuento)

cropped-white-rose«In illo témpore,[1] un escribiente se apoyaba todas las tardes en el alféizar de su ventana para contemplar el mundo…».

«¿Ahora qué…?», pensó. En el ínterin, el fuego continuaba ardiendo entre una idea y otra mientras los troncos crepitaban en el fondo de la minúscula habitación. «¿Ahora qué…?», le repitió al vacío mientras buscaba un deíctico que lo devolviera al discurso. Ninguna de las acepciones que había hallado en el Diccionario satisfizo la medida de su deseo.

Arrojó la página al fuego. Se había extraviado en un sinfín de palabras vacías e inútiles. Ni siquiera la lista de étimos reunidos en fascículos meticulosamente ordenados posibilitaba encontrar la voz exacta, la puntual, fiel, precisa, adecuada…

«“En el principio era el Verbo…”, la acción, la palabra por excelencia, el amor en continua práctica creativa. Se extendía el ser a lo inerte y el gozo de existir a los vivientes», escribió. «Es un hecho», pensó.

Cogió la pluma, el lápiz, el estilo, la tecla de plástico y se entregó a metamorfosear grafemas arbitrariamente correspondientes a unidades fónicas que, interminables, hacían eco en su mente, ese maravilloso regalo: la sapiencia del humano dotado de nebulosos reflejos divinos. Y, sin embargo, era imposible alcanzar un consenso entre él y la palabra. Otra hoja cayó en las llamas.

Alzó la vista a los rincones de la memoria, recordó absurdas y torpes páginas, letras ininteligibles, usos incorrectos, poemas sin poesía, palabras inconexas, incoherentes. Pensó en el hombre iluso que grabó sus letras ingenuas junto a una aberrante imitación de figura retórica y concluyó indulgente: errare humanum est.[2]

Buscó en medio de sus tremebundos pensamientos; pero ni siquiera en el horror halló algo que valiese la pena. Indagó en el libro barato que, dejándose llevar por la curiosidad, escogió en medio de las obras de quienes sí sabían escribir, con la esperanza de poder ver. Pero al abrir aquel libro, el semblante se le cubrió de pesar. Aquellas eran las palabras de un holgazán que se había apostado en un escarpado muro de granito desde el cual observaba una quimera.

De nada sirvió la privilegiada posición de aquel autor obtuso que había llenado páginas y más páginas de palabras vacías. Todo en aquel pobre diablo no era más que ilusión. La arrogancia había llevado a su autor a transformarse en multiplicador de libros. No había cabida para miopía como esa en el mundo de quienes amaban la escritura. El escribiente no era así. ¡Jamás podría hacerse eso a sí mismo!

Para el escribiente no había tiempo. Muy en el fondo sabía que jamás descubriría el sonido de la lengua de los ángeles, porque a donde iba no existían más que silencio y oscuridad. Era urgente escribir. Una palabra correcta le habría bastado para ser feliz, una sola palabra que contuviera la dulce melodía que por gracia del trabajo y de la voluntad encajara con precisión en el lugar adecuado. ¿Qué significaban aquellos garabatos? ¿Eran acaso un facsímil de la vida? No, porque nunca ha dicho la letra todo cuanto el corazón es capaz de sentir.

Quiso renunciar y no escribir una palabra más. Sus pensamientos le gritaban desde el fondo de la náusea. En ese momento se quebró la cadena de la oscuridad; entonces, el café, en astronómicas, espeluznantes y mortíferas dosis, bajó por su palpitante garganta. Vino a su memoria la mujer septuagenaria que aseguraba haber bailado con Flavio Herrera[3] y una inquietante rigidez le invadió el rostro. El deseo de escupir el asqueroso esputo del recuerdo era irrefrenable: páginas a la anorexia y la catatonia, al delirio y al dolor, a la miseria y al abandono de todo cuanto había visto y oído.

Días hubo (los conoció) cuando escribir era el prolijo trabajo del escultor. Pero el romance con los libros y las palabras había muerto. En su lugar no quedaba más que una garganta sedienta y un librero vacío nacido de la inmolación de lo inconsistente, de lo burdo, tosco, áspero y vulgar. Todo le supo amargo.

«Solo escriben un librito y de inmediato cambian la pose y se creen la gran cosa», se mofó la septuagenaria. ¡No había nada en la habitación para aplacar la náusea y las arcadas que con el ajenjo o sus sucedáneos se alejan! No había nada que detuviera el vértigo que el fétido aliento de la melancolía causa y que se devuelve por el camino por el cual llegó, para después aguardar agazapado en un rincón, mudo y con los ojos fijos en las entrañas, jadeante, la lengua de fuera, a la espera del momento propicio para lanzarse sobre la presa.

Se abalanzó sobre los diccionarios y buscó la eufonía total, mas no pudo hallarla. Y así, mustio, con la pesadez del universo a sus espaldas, mientras abría y cerraba los ojos y casi dominado por el sueño, comprendió que nada valía la pena, que dentro de cien años ninguno de aquellos hombres y mujeres existiría y que su recuerdo se borraría más temprano que tarde. Llegaría el día cuando todo lo que la humanidad escribió alguna vez dejaría de ser. Tontos y sabios se transformarían en alimento de gusanos, y la belleza se tornaría en fealdad. Aquellos museos de papel no serían capaces de albergar indefinidamente a la vida y ni siquiera a la muerte.

Se sumergió en un sueño iterativo, envuelto en imágenes grotescas, mientras la palabra por excelencia se alejaba más y más en medio de miles de folios: la caricia que produce la esperanza de que en algún sitio se encuentre el hápax,[4] la palabra irrepetible.

Vio por encima de su cabeza todos los étimos descansar en sus tumbas lexicográficas, más allá de la etimología, lejos del alcance de la paleografía. «No existe manera de expresar lo que se oculta en el corazón del hombre: mil páginas, un millón, un billón, un trillón, nada podrá expresar nuestros más profundos pensamientos», se dijo una y otra vez.

Se enjugó las lágrimas, despertó de la locura, tomó la palabra y abrió el archivo titulado «Noviembre». Después de muchos años pudo reescribir las postreras líneas de un tiempo perdido: «Los días, abalorios pertinaces, deshojan el calendario y le dicen al hombre que la vida continúa». Se carcajeó con demencia cuando se volcaron dentro de su corazón las frases recuperadas. Ebrio de insania, vino a su encuentro Poe y escribió: «Nevermore… todo es un quizás, todo es solo un tal vez…».

Fin

*****

[1] Locución latina «que significa literalmente ‘en aquel tiempo’. Se usa con el sentido de ‘en otros tiempos, hace mucho tiempo’» (Diccionario panhispánico de dudas, RAE, 2005, pág. 365).

[2] Locución latina que equivale a ‘Errar es de humanos’.

[3] Poeta, novelista, cuentista y ensayista guatemalteco (1895-1968).

[4] «En lexicografía o en crítica textual, voz registrada una sola vez en una lengua, en un autor o en un texto» (Diccionario de la lengua española, RAE).

Escrito originalmente en 1993, este cuento es a la vez admisión y disculpa. Admisión de incapacidad de expresión escrita y petición de indulgencia a los lectores por no ser capaz de estar a la altura de los verdaderos escritores. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado

«Kiel», ¿el primer cuento? (1977)

cropped-white-rose¿Qué hace para entretenerse un niño de casi doce años que pasa muchas horas a solas en casa, en un nuevo vecindario, en un lugar donde disfruta de más libertad que en el antiguo barrio donde vivió hasta los diez años?

Mis padres se mudaron a esta casa en 1975. Después de casi cuarenta y tres años, mucho ha cambiado. La casa no es la misma… en sentido literal: mi madre duerme en la muerte, mi padre ha vuelto, viene a casa cada semana y se sienta a nuestra mesa. El jardín vuelve a llenarse de rosas y jazmines. En la terraza crecen los cactus y las suculentas.

Hay ahora una oficina en el extremo este de la nueva segunda planta. Mi esposa la construyó sobre la cuadragenaria casa. Ahí escribo, estudio, leo, hago memoria. Cubro las paredes con fotografías: las flores, mis perros, los aviones que piloté, la nave en la que terminé mis breves días de aviador, memorias de viajes, recuerdos de amigos.

Por inefable razón, en mi corazón se alimenta la permanente sensación de que mi existencia cambió por completo en 1972, en cuyo otoño llegué triunfal a los siete años de vida fuera del vientre. Mis padres trabajaban todo el día. Mi madre, profesora de artes y oficios, salía por las mañanas; al volver me servía el almuerzo preparado la víspera y retornaba al trabajo. Volvía al caer la tarde; y durante muchos años, demasiados para un niño, volvía a ausentarse un par de horas por las noches, pues enseñaba en la Universidad Popular.

Cuando la puerta se cerraba, el niño se quedaba a solas con el televisor. Entonces cubría la pantalla con un pliego de celofán rojo para crear la ilusión de la TV a colores que estaba fuera del alcance de los bolsillos de sus padres. Antes de que llegara 1975, viejas historias en blanco y negro llenaban su soledad. En los días finales de los años 1960 e inicios de los 1970, la televisión abierta (la única de entonces, con apenas tres canales, a los que se sumaría un cuarto en 1978) transmitía únicamente programas extranjeros en Guatemala.

Películas de los años 1940, 1950, 1960, comedias musicales, policiales, filmes basados en la literatura estadounidense del siglo XX, los clásicos del terror… todos tuvieron su día y le llenaron la cabeza de historias a aquel niño que cambió el barrio La Palmita por las angostas y ajardinadas calles de una colonia de la clase media trabajadora. Y así nacieron dos deseos: volar y escribir.

En aquellos días, las cintas basadas en las cruentas historias de la Segunda Guerra Mundial todavía eran muy populares. La guerra de Vietnam había terminado en 1975 y se hablaba de ella en todas partes. El hombre había llegado a la Luna en julio de 1969. La serie de televisión Twelve O’Clock High emocionaba a niños que pensaban solamente en estar al mando de un Boeing B-17 Flying Fortress, sin imaginar toda la realidad que se ocultaba tras el velo de romanticismo de aquellas míticas películas.

Una tarde de 1977, aquel niño salió de casa y tocó a la puerta de su vecino. Llevaba consigo un cuaderno. No recuerda si lo leyó en voz alta o si se lo dio a leer a su joven vecino. Este niño se ha ido haciendo viejo y, a decir verdad, no recuerda muy bien cómo llegó a escribir el que quizás fue su primer cuento, relato que pudo haber titulado Kiel.

«No hay nada nuevo bajo el sol» en lo que respecta al dolor y la miseria humana. Aquella historia no tenía nada de original, porque la maldad no ha cambiado, salvo la intensidad  de la crueldad, que aumenta imparable. Pero nunca falta quien busque un haz de compasión en medio de la oscuridad. Lo demuestra este artículo de Jacinto Antón publicado en El País.

https://elpais.com/cultura/2018/01/02/actualidad/1514915830_184485.html

¿De qué iba aquella historia? El piloto inglés de un caza Spitfire es derribado en Alemania, donde lo hacen prisionero (en la ciudad de Kiel, nombre seleccionado al azar en un mapa del Diccionario Enciclopédico Ilustrado Sopena). Su carcelero, un joven soldado alemán, simpatiza con el aviador británico y decide ayudarlo a escapar. Durante la fuga, el soldado nazi da la vida por su amigo británico, quien escapa y vuelve (no sabemos cómo) a su hogar.

El manuscrito se perdió en medio de los turbulentos días de las ausencias y los conflictos domésticos. Pero tanto el deseo de pilotar como el de escribir pervivieron. En 1980, el entonces adolescente hurtó el volumen de la poesía completa de Antonio Machado (Colección Austral) de la biblioteca de los padres de un compañero del cole. Nunca devolvió aquel libro. Pero sí les entregó a un par de estudiantes de la jornada vespertina del aburrido plantel un par de poemas que una chica de un grado superior envió sin pedir permiso a un programa de radio que los puso al aire. ¡Vaya sorpresa! Al menos eso cuenta la leyenda urbana. Ya he olvidado, y sigo escribiendo para poder seguir viviendo mientras llega el fin de todas las historias penosas y vuelven las historias felices para quedarse por siempre.

Julio Santizo Coronado

¿Adónde se fueron aquellos lectores? A propósito de «Relatos para la pira» (2012)


cropped-white-roseEn 2012, Ediciones del Jazmín publicó Relatos para la pira, libro que nació en la sala de redacción de Siglo 21, para ser más precisos, en la mesa de partos del suplemento para jóvenes Monitor, que se publicaba semanalmente en aquel diario guatemalteco.

En diciembre de 2003, le solicitaron al autor de Relatos para la pira escribir un artículo que satirizara las fiestas navideñas. Este se incluiría en la edición especial anti-Navidad. En aquellos días, influido por una película de Woody Allen, el autor escribió unas líneas que relacionaban al escritor, director, actor y músico con la fiesta comercial y de origen religioso más carente de espiritualidad, y también la que quizás esté rodeada de la mayor cantidad de mitos de la historia, con uno de los cuentos más conocidos y emulados que se hayan escrito sobre el jolgorio más confuso del planeta (y hasta hace poco el más atractivo, aunque en continua decadencia). Fue rechazado.

RELATOS PARA LA PIRALe encargaron una versión más moderada. El segundo relato también fue rechazado por los antinavideños editores que (¡oh, paradoja!) solían ridiculizar casi todas las cosas de las que hablaban en público o en privado. Hasta el único hijo del escritor montó en cólera cuando los leyó. El autor de Relatos para la pira celebró por ultima vez la Navidad en 1977, hasta donde recuerda o quiere recordar. No obstante, su hijo la celebraba entonces y (suponemos) sigue haciéndolo. En 2012, cuando desempolvó estas historias, el autor de Relatos para la pira comenzó a escribir, por mera distracción, más historias relacionadas por un hilo conductor, un alter ego (eso dicen): Karl Søndersøn. Estos relatos se publicaron en un librito de 54 páginas (extenso prólogo incluido, escrito por Ariel Batres Villagrán, amigo del autor a quien hacía poco había conocido gracias al blog El ideario de Facundo).

Algunos ejemplares fueron enviados al extranjero por correo y la versión original de los relatos también se publicó por separado en El ideario de Facundo. A algunos gustaron y los comentaron en la extinta bitácora. Han pasado siete años; les hemos perdido la huella a aquellos amables lectores con quienes el autor llegó a sostener correspondencia por un buen tiempo. ¡Se les extraña!

El autor escribió una versión extendida del libro, la cual tituló Todos los relatos para la pira, que no ha visto la luz sobre el papel, pues como él mismo escribió en otra parte («Escribir no sirve para nada», en Cartas a un hijo ausente): hay que pagar las cuentas y es mejor gastar la plata en comida para uno y los amigos. A continuación, tres comentarios que sendos lectores españoles escribieron hace seis o siete años, que habían estado guardados en un archivo de Word y que el autor creía perdidos.

Fogata y luna (2) CUBIERTAEn general, observo que todas las historias [de Julio Santizo Coronado] son una crítica al quehacer humano […], con un toque de humor muy sutil, a veces, y, otras, más evidente, que me impresiona y admiro. Religión, globalización, antiguas costumbres, violencia, armas, abogados, literatura, todas las áreas tienen su parte de crítica constructiva y un llamamiento a la autocrítica y al examen de conciencia. Me ha gustado Lo que sucedió el día que Karl Søndersøn leyó «Anoche hubo de lo mismo», […] muy bellamente escrito, pura literatura. Me ha encantado la descripción […] de esos seres vagando en una noche cualquiera en cualquier ciudad del mundo llamado «civilizado». […] servirá para dejar constancia de lo que sucedía en el planeta durante finales del siglo XX y comienzos del XXI. (Mar García Rojo, maestra; Madrid, España)

Lo queremos [a Karl Søndersøn] por lo mucho que dice en sus silencios cómplices. Lo queremos por su mordaz ironía que nos regala perlas […]. Lo queremos porque, aunque sepamos que sus nórdicos restos reposan en el Cimetière du Père Lachaise junto a Balzac, Proust y otros parientes, aún parece que quiera compartir con nosotros sus impresiones y sus palabras. (Luis Fernando García Barrero, químico; Zamora, España)

Terminé de leer, por segunda vez, Relatos para la pira. Me gustaron no mucho, sino muchísimo, por su fuerza y su impecable prosa. Me reí con el cuento Woody Allen y la Navidad y con el sorprendente final de El exhibicionista. Las peripecias de Karl Søndersøn me resultaron conmovedoras. (Mercedes Molinero, pintora; Madrid, España)

Ediciones del Jazmín, Guatemala, mayo de 2019

A las puertas de «Noviembre y póstumos conexos» (historia del libro y comentarios)

cropped-white-roseEl título Noviembre y póstumos conexos reúne relatos escritos en distintas épocas (entre 1983 y 2011) por Julio Santizo Coronado. La versión original, en la que algunos de estos cuentos se hallaban concatenados, fue objeto de un comentario titulado «Las palabras empezadas», por el escritor y periodista Maurice Echeverría.

No obstante, los relatos —algunos de los cuales se asemejaban más a epístolas reflexivas o a historias urbanas que a cuentos— estuvieron engavetados durante varios años. Paulatinamente, unos más se les adhirieron tímidamente aquí y allá en Guatemala, Honduras y El Salvador durante los viajes del autor. Luego de un tiempo, treinta relatos formaban un volumen dividido en tres partes. Este recibió el título Treinta días para noviembre. De esta colección, el autor ha decidido conservar veinte relatos a los que añadió uno que escribió en 1983, que no formaba parte del volumen.

El escritor y licenciado en Letras Ricardo Rivera Echeverría, quien fue testigo presencial de algunos de los años más oscuros, por qué no llamarlos así, del autor, escribió luego de leer el volumen el comentario titulado «La realidad a través de la ficción en busca de la redención».

Ahora, con más de medio siglo a cuestas, el autor desentierra algunas de estas historias que no pretenden ser cuentos, sino, a lo mejor, retazos de una vida que comenzó en noviembre, en el otoño, y que se halla justo en la misma estación de la existencia.

A continuación transcribimos las palabras de los escritores Maurice Echeverría y Ricardo Rivera Echeverría dedicadas a estos fragmentos de vida que han sido llamados de nuevo, porque siempre se vuelve y porque «veinte años no es nada», Noviembre y póstumos conexos.

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Las palabras empezadas

La conciencia bien podría ser esa forma de atar planos, ese recinto en donde estos se remiten constantemente de uno al otro, en secuencias y prolongaciones. En ese movimiento se va dibujando un imago mundi, una nervadura o maridaje vital que describe al hombre mismo.

Diríamos que Julio Santizo Coronado quiso aquí levantar la complejidad misma de la conciencia, de la suya propia. El juego de saltar de una atmósfera a otra absolutamente distinta es el juego mismo de nuestro pensamiento, de nuestra particular emoción. Una situación nunca es una: son muchas o varias que se atraviesan, imbricadas, segregativas y multiplicadas, como en una figura de varias versiones. Nuestra emoción, agregarlo cabe, es el dispendio de tantas anécdotas y formas de comprobar la vida. Un abecedario, una diáspora.

Noviembre y póstumos conexos parte de un relato central y conductor, al cual se adhieren otros más. Le sirve esta historia a su autor como ignición narrativa hacia otras historias. Uno podría decir, a partir del modelo aquí ensayado, que todas las historias son una misma, de lo mismo están hechas, aunque no lo parezca. Sorpresivamente, en el mundo siempre está sucediendo una juntura.

El escritor es por naturaleza el que descubre esta juntura, estas junturas, que hunde su prosa participante en el galimatías del vivir, para extraer algún nexo. El escritor es el heraldo vital, el que está en medio de las cosas, y deja que estas se comuniquen por medio de él. Legislador o codificador, en su oficio de nombrar concibe los sistemas ocultos, si perdonan la mística. Todo nombramiento —perdonen de nuevo— nos brinda la consistencia refulgente y razonadora del todo.

Habría que bajar el tono meditativo para comprender cómo aquí tantas historias caben en la conciencia humana, unificadas. Un hombre es el depositario de cuántos instantes: habla con una mujer, imagina el futuro, escribe cualquier cosa, se hace un café, desaparece ante el espejo. Así conviene en ser.

Historias como palabras. Al fin, ¿no es el lenguaje mismo el ejercicio más acabado de la intermediación? Las palabras son vociferaciones siempre acompañadas. Una palabra, diríamos más, siempre está empezada, pues siempre viene de una anterior que la postula y la hace nacer.

Maurice Echeverría, escritor y periodista guatemalteco

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La realidad a través de la ficción en busca de la redención

Con una pretensión un tanto intelectual, me propongo describir un mundo de particulares realidades en donde el universo de la ficción nos va llevando cual juego de cartas, unas abiertas y otras muy bien escondidas, a un sinnúmero de retratos y circunstancias en donde la naturaleza humana, y, por qué no decirlo, el hombre mismo, se ven involucrados en un azar o suerte.

No obstante, no por estar destinado de antemano a un determinado fin pierde, sino acentúa esa cualidad intrínseca que el don de la palabra, paso a paso, va obsequiando, y que al llegar al término de cada relato de Noviembre y póstumos conexos, del escritor Julio Santizo Coronado, nos va llevando el autor con gran tino e inteligencia literaria a toda una serie de impresiones, sensaciones y emociones en las que el lector podría involucrarse y pasar en su momento de una historia capaz de llevarlo a sonreír y, por qué no, a carcajearse y sentirse enternecido, hasta el punto más elevado y culminante de los hombres, que es el de abrir su pecho a corazón abierto al dolor, no solo propio, sino al de todos, que al fin de cuentas resulta siendo el mío, el tuyo, el nuestro.

Y tal como define el autor el libro, son realidades de ficción siempre pendientes y atentas a demostrarnos que la realidad, por ficción que sea, nunca dejará de estar cual dedo índice de la mano del cuerpo de la vida apuntándote directamente a los ojos, para así recordarte que no es posible obviarla, y mucho menos volverle la espalda. Porque siempre, y al fin de cuentas, volverás a verla a los ojos, aunque esta, al devolverte la mirada, te convierta, tal como le sucedió a la mujer de Lot en el Génesis bíblico, en una inquietante y estupefacta estatua de sal.

Así que no nos queda más que aceptar la invitación que nos hace el escritor Julio Santizo Coronado, para que lo acompañemos en un paseo literario por el «laberinto» del «callejón infinito» de la paranoia, con un «grito en la oscuridad», sin que por ello nos importe «perder la partida» con un jaque mate —¿acaso nuestra única partida?—, mientras degustamos en el recuerdo de la memoria el «dulce aroma del pan» con una taza de exquisito café. Y, aun así, no poder obviar las tristes lágrimas de alguna mujer sin más nombre que su soledad, que se asoman sin verse en una «sombra bajo la luz de la luna» y que recuerda a alguien, o a muchos, que a veces algunas madres mueren más de una vez en vida que en la muerte misma, acaso más que por el corte de un filoso «machete», por la repetición de los dolores y de las angustias de un alma deseosa de redención.

Ricardo Rivera Echeverría, escritor y licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala

Ediciones del Jazmín, Guatemala

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo. Julio Santizo Coronado