Una cuestión de espacio (cuento)

cropped-white-roseSucedió de la manera como suceden todas las cosas. El cambio fue imperceptible. Es cierto que Carlos Lewis ya empezaba a notar sutiles diferencias ―pues era un hombre perspicaz―; sin embargo, fue incapaz de prever la importancia de cada uno de aquellos hechos de aparente poca o ninguna importancia. Empero, el día en que devolvió el disco de Debussy al lugar de siempre, se dio cuenta de que no había suficiente espacio en la repisa.

Arqueó las cejas mientras se rascaba la cabeza y, muy a pesar suyo, tuvo que admitir que se había confiado demasiado. Luego de revisar prolijamente el orden alfabético de los elepés y de contar los libros, leer los títulos y echarle un vistazo al conjunto a cierta distancia —pues su memoria era fotográfica—, llegó a la conclusión de que nada parecía sobrar ni faltar, salvo aquel pequeñísimo espacio.

No había añadido ningún disco a la colección en esos días; tampoco había retirado ningún libro de su lugar para darles espacio a sus queridas grabaciones. Así que Carlos Lewis no halló explicación para aquello que tanto extrañamiento empezaba a causarle.

Se sentó en su sillón favorito, ese espacio tan querido, y después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que era el momento de montar una nueva repisa. Desde ese día comenzó a plantarse delante del estante de los discos compactos —invento de registro sonoro por el cual estaba muy agradecido, ya que era mucho más fácil ordenar aquellas cajitas transparentes que las fundas de cartón de los viejos discos de acetato—. Con todo, desde el primer día tuvo la impresión de que cada una de las cajas ocupaba más de los nueve milímetros y medio que ya le eran familiares. ¿O acaso la repisa se encogía?

Todo lo que sucedía entonces era evidencia contundente de que el tiempo le había ido devorado la vida de la misma manera como había desaparecido aquel pequeño espacio: sin siquiera darse cuenta.

Una mañana, mientras buscaba el espacio que echó en falta desde el primer día, notó que los libros y los discos profanos estaban más cerca unos de otros. Corrió en busca de la cinta métrica, la extendió sobre el librero y, aunque sus ojos lo veían y sus manos lo comprobaban, siguió negándose a creer en aquella probabilidad. Pero todo demostraba que se trataba de algo más; porque no hay nada que sea imposible en el universo.

Él mismo había ensamblado aquel mueble. Él lo había sacado de la caja de cartón y había leído con sumo cuidado las instrucciones. Conocía sus dimensiones a la perfección. Así que empezó a dudar de su cordura, ya que la única conclusión lógica era que este se había encogido un centímetro, medida que podría carecer de importancia para la mayoría, pero que para Carlos Lewis era mucho más; era una decena de milimétricas aparentes coincidencias.

Una semana después del descubrimiento de la ausencia de aquel espacio, cavilaba Carlos Lewis en la salita con una taza de café y un plato de galletas. Rumiaba pensando en lo que le estaba sucediendo a su espacio.

En ese instante, Alicia, su esposa, entró muy contenta a casa, feliz como de costumbre. Pero al ver el rostro desencajado del hombre al que conocía como a sí misma no pudo menos que preocuparse. Alicia se dirigió hacia lo profundo de la casa luego de un «hola» y de un beso en la mejilla que él apenas advirtió.

Carlos Lewis guardó silencio, aguzó el oído y contó los pasos de su amada Alicia. Los tacones seguían sonando con el mismo ritmo sobre las baldosas. Se asomó al minúsculo corredor para retroceder de inmediato con gran incredulidad y con una mezcla de terror y aturdimiento en la mirada.

Volvió a ver hacia el vestíbulo, que para entonces ya se había transformado en una calle angosta y larga por la cual continuaba avanzando Alicia, mientras sus tacones resonaban sin cesar y sin que, aparentemente, ella se diera cuenta de que nunca llegaba a la habitación del fondo.

Carlos Lewis se aferró al sofá, pero al palparlo notó que era él quien ahora se había encogido. Cuando miró hacia el suelo de la habitación, ahogó un grito de espanto al darse cuenta de que las piernas le colgaban del sillón y que era incapaz de tocar el suelo con las puntas de los zapatos. No pudo contener por más tiempo aquel grito.

Alicia salió enseguida de la habitación, recorrió el pasillo, atravesó el comedor y, finalmente, después de transcurrida la mitad de la eternidad, llegó a la sala. «¿Qué te pasa? ¿Te lastimaste?», dijo Alicia. Él abrió los ojos como platos, pero ella parecía no enterarse de lo que sucedía. «¿Ves cómo la casa se agranda por allá y se hace cada vez más pequeña por aquí?», preguntó Carlos Lewis ahogándose en un vaso de angustia y en un océano de desasosiego.

Ella observó a su alrededor… se encogió de hombros. No había nada que le pareciera extraño. «Estás muy cansado desde hace varios días. Es la tensión del trabajo. Escribes demasiado. Deberías salir a dar una vuelta por ahí. ¿Quieres que te traiga otra taza de té?». Carlos Lewis asintió. Y luego de bajar con mucho cuidado de las alturas, desde el borde del sofá que ahora parecía elevarse hasta las nubes, se dirigió a su ahora minúsculo escritorio.

Alicia caminó de vuelta a la cocina, para volver luego de unos minutos ―que a su esposo le parecieron horas― con una gigantesca taza de té que de inmediato se hizo pequeñísima, casi invisible, entre los dedos de Carlos Lewis quien, aterrorizado, la soltó…

… la taza empezó a caer en cámara lenta, cuadro por cuadro de una película, hasta que la loza se hizo añicos sobre el piso de la habitación y estos se esparcieron en todas direcciones aumentando de tamaño y llenando el lugar en el cual ya no había más espacio para él.

Presa del pánico, huyó despavorido hacia la puerta mesándose los cabellos mientras se extendía a lo largo del corredor sin fin tratando de escapar del cada vez más pequeño espacio que había para él. La puerta seguía alejándose más y más. Al volverse, vio cómo su escritorio, su sofá y su librero desaparecían en medio de un luminoso y minúsculo punto rodeado de un oscuro espacio.

Jadeante, se detuvo cuando su esposa, Alicia, con una inmensa paz dibujada en el semblante, se despedía agitando la mano con un movimiento que le parecía a él cada vez más y más lento. Finalmente, después de un enorme esfuerzo, logró llegar a la salida y, luego de pasar con dificultad a través de una pequeña rendija, la vieja puerta de madera empezó a adquirir la inmensidad de un árbol al hallarse del otro lado.

Carlos Lewis se detuvo para ver cómo la calle se enrollaba cual pergamino debajo de sus pies, al mismo tiempo que dejaba tras de sí una inmensa y vacía oscuridad. Era demasiado tarde. La cerradura estaba a decenas de metros por encima de su cabeza. El mundo empezó a encogerse mientras la casa absorbía aquel universo en el cual él ya no tenía cabida.

La caída fue interminable… eterna, porque a veces en la vida todo es, al final de cuentas, una mera cuestión de espacio.

Fin

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Alice in WonderlandEl relato anterior fue escrito en su forma original en 2004, luego de terminar la lectura de Alicia en el país de las maravillas y de Al otro lado del espejo (edición de Porrúa). El autor vivía entonces en un pequeño apartamento que él y su esposa construyeron junto a la casa materna, en un espacio familiar pero de alguna manera ajeno. En 2007, él y su esposa construyeron una segunda planta encima de la casa materna, que desde entonces es su propio espacio. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, año de la pandemia

Confesiones de un escribiente (2: ¿Leer o no leer…?)

cropped-white-roseQuién no ha tomado un libro, más con el afán de huir que de quedarse en el presente y con él en las manos. Aunque en los días de la adolescencia ―los años de verano vital que se prolongan demasiado y que parecen hacerlo con la intención de que nos preparemos para el frío del otoño y el silencio del invierno― me sumergía en unos cuantos libros (nunca fueron ni muchos ni demasiados) para escapar del tedio, llegué a preferir los relatos que describían la realidad y su crudeza. En vez de escapar de él, buscaba el dolor para entenderlo. ¿Sirvió de algo?

Una sabia sentencia afirma que la maldad es superflua, que está de más. Se ha dicho (muchos han llegado a creerlo) que la bondad no puede existir sin la maldad. ¿Tiene eso algún sentido? Si lo tiene, ¿por qué entonces se quejan tantos del abuso, del delito, de la displicencia… y por qué aumenta la maldad y se afinca poco a poco en las entrañas y en las mentes de tantos al punto de que mientras avanzan los días y los años, todo lo que se consideraba o era bueno parece desaparecer?

Como dije ―escribí― en cierta ocasión, ya no leo por placer. Lo hago muy poco. Mis lecturas se limitan a las del trabajo (hablo de literatura). Me deleito mucho más, a pesar del malestar que pueda suponer oponerse a la corriente, en buscar el fin de todo lo malo que hay, primero en mí mismo y más tarde en lo que me rodea, pero ya no en los demás (o al menos así debería ser). Cada cual responderá por sí mismo y recibirá en el futuro lo que hoy construya, lo que hoy siembre en el campo sin arar de su existencia.

No niego que me agrada la ficción, especialmente la científica. Pero disfruto más del drama psicológico… y ahora hablo de películas, ese sucedáneo de los libros que algunos suelen desdeñar como cosa de perezosos intelectuales (en lo que alguna razón hay quizás). Pero ahora creo que los libros no deben ser aviones de papel para escapar, sino casas en las que aprendamos a habitar con nosotros mismos, hoy y siempre.

Julio Santizo Coronado, 23 de noviembre de 2019

A las puertas de «Noviembre y póstumos conexos» (historia del libro y comentarios)

cropped-white-roseEl título Noviembre y póstumos conexos reúne relatos escritos en distintas épocas (entre 1983 y 2011) por Julio Santizo Coronado. La versión original, en la que algunos de estos cuentos se hallaban concatenados, fue objeto de un comentario titulado «Las palabras empezadas», por el escritor y periodista Maurice Echeverría.

No obstante, los relatos —algunos de los cuales se asemejaban más a epístolas reflexivas o a historias urbanas que a cuentos— estuvieron engavetados durante varios años. Paulatinamente, unos más se les adhirieron tímidamente aquí y allá en Guatemala, Honduras y El Salvador durante los viajes del autor. Luego de un tiempo, treinta relatos formaban un volumen dividido en tres partes. Este recibió el título Treinta días para noviembre. De esta colección, el autor ha decidido conservar veinte relatos a los que añadió uno que escribió en 1983, que no formaba parte del volumen.

El escritor y licenciado en Letras Ricardo Rivera Echeverría, quien fue testigo presencial de algunos de los años más oscuros, por qué no llamarlos así, del autor, escribió luego de leer el volumen el comentario titulado «La realidad a través de la ficción en busca de la redención».

Ahora, con más de medio siglo a cuestas, el autor desentierra algunas de estas historias que no pretenden ser cuentos, sino, a lo mejor, retazos de una vida que comenzó en noviembre, en el otoño, y que se halla justo en la misma estación de la existencia.

A continuación transcribimos las palabras de los escritores Maurice Echeverría y Ricardo Rivera Echeverría dedicadas a estos fragmentos de vida que han sido llamados de nuevo, porque siempre se vuelve y porque «veinte años no es nada», Noviembre y póstumos conexos.

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Las palabras empezadas

La conciencia bien podría ser esa forma de atar planos, ese recinto en donde estos se remiten constantemente de uno al otro, en secuencias y prolongaciones. En ese movimiento se va dibujando un imago mundi, una nervadura o maridaje vital que describe al hombre mismo.

Diríamos que Julio Santizo Coronado quiso aquí levantar la complejidad misma de la conciencia, de la suya propia. El juego de saltar de una atmósfera a otra absolutamente distinta es el juego mismo de nuestro pensamiento, de nuestra particular emoción. Una situación nunca es una: son muchas o varias que se atraviesan, imbricadas, segregativas y multiplicadas, como en una figura de varias versiones. Nuestra emoción, agregarlo cabe, es el dispendio de tantas anécdotas y formas de comprobar la vida. Un abecedario, una diáspora.

Noviembre y póstumos conexos parte de un relato central y conductor, al cual se adhieren otros más. Le sirve esta historia a su autor como ignición narrativa hacia otras historias. Uno podría decir, a partir del modelo aquí ensayado, que todas las historias son una misma, de lo mismo están hechas, aunque no lo parezca. Sorpresivamente, en el mundo siempre está sucediendo una juntura.

El escritor es por naturaleza el que descubre esta juntura, estas junturas, que hunde su prosa participante en el galimatías del vivir, para extraer algún nexo. El escritor es el heraldo vital, el que está en medio de las cosas, y deja que estas se comuniquen por medio de él. Legislador o codificador, en su oficio de nombrar concibe los sistemas ocultos, si perdonan la mística. Todo nombramiento —perdonen de nuevo— nos brinda la consistencia refulgente y razonadora del todo.

Habría que bajar el tono meditativo para comprender cómo aquí tantas historias caben en la conciencia humana, unificadas. Un hombre es el depositario de cuántos instantes: habla con una mujer, imagina el futuro, escribe cualquier cosa, se hace un café, desaparece ante el espejo. Así conviene en ser.

Historias como palabras. Al fin, ¿no es el lenguaje mismo el ejercicio más acabado de la intermediación? Las palabras son vociferaciones siempre acompañadas. Una palabra, diríamos más, siempre está empezada, pues siempre viene de una anterior que la postula y la hace nacer.

Maurice Echeverría, escritor y periodista guatemalteco

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La realidad a través de la ficción en busca de la redención

Con una pretensión un tanto intelectual, me propongo describir un mundo de particulares realidades en donde el universo de la ficción nos va llevando cual juego de cartas, unas abiertas y otras muy bien escondidas, a un sinnúmero de retratos y circunstancias en donde la naturaleza humana, y, por qué no decirlo, el hombre mismo, se ven involucrados en un azar o suerte.

No obstante, no por estar destinado de antemano a un determinado fin pierde, sino acentúa esa cualidad intrínseca que el don de la palabra, paso a paso, va obsequiando, y que al llegar al término de cada relato de Noviembre y póstumos conexos, del escritor Julio Santizo Coronado, nos va llevando el autor con gran tino e inteligencia literaria a toda una serie de impresiones, sensaciones y emociones en las que el lector podría involucrarse y pasar en su momento de una historia capaz de llevarlo a sonreír y, por qué no, a carcajearse y sentirse enternecido, hasta el punto más elevado y culminante de los hombres, que es el de abrir su pecho a corazón abierto al dolor, no solo propio, sino al de todos, que al fin de cuentas resulta siendo el mío, el tuyo, el nuestro.

Y tal como define el autor el libro, son realidades de ficción siempre pendientes y atentas a demostrarnos que la realidad, por ficción que sea, nunca dejará de estar cual dedo índice de la mano del cuerpo de la vida apuntándote directamente a los ojos, para así recordarte que no es posible obviarla, y mucho menos volverle la espalda. Porque siempre, y al fin de cuentas, volverás a verla a los ojos, aunque esta, al devolverte la mirada, te convierta, tal como le sucedió a la mujer de Lot en el Génesis bíblico, en una inquietante y estupefacta estatua de sal.

Así que no nos queda más que aceptar la invitación que nos hace el escritor Julio Santizo Coronado, para que lo acompañemos en un paseo literario por el «laberinto» del «callejón infinito» de la paranoia, con un «grito en la oscuridad», sin que por ello nos importe «perder la partida» con un jaque mate —¿acaso nuestra única partida?—, mientras degustamos en el recuerdo de la memoria el «dulce aroma del pan» con una taza de exquisito café. Y, aun así, no poder obviar las tristes lágrimas de alguna mujer sin más nombre que su soledad, que se asoman sin verse en una «sombra bajo la luz de la luna» y que recuerda a alguien, o a muchos, que a veces algunas madres mueren más de una vez en vida que en la muerte misma, acaso más que por el corte de un filoso «machete», por la repetición de los dolores y de las angustias de un alma deseosa de redención.

Ricardo Rivera Echeverría, escritor y licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala

Ediciones del Jazmín, Guatemala

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo. Julio Santizo Coronado