A mí, ¡jamás! (cuento)

cropped-white-roseSe estremeció. Le habían advertido que las cosas podían ponerse muy feas, pero Cristina siempre creyó que las cosas malas les suceden a los demás, que nunca le sucederían a ella. De eso se encargó la señorita Inés.

Rodrigo le había dicho una y otra vez que lo que las maestras del colegio religioso le enseñaban no se parecía en nada a la realidad de afuera. «A niñas como tú nunca les ocurrirá nada malo, pues tiene la protección divina», le decían con un dejo de fingimiento que a Rodrigo le crispaba los nervios. Sin embargo, para entonces a ella ya se le había llenado la cabeza de pajaritos.

«A mí, ¡jamás!», dijo tajante la niña Cristina, como si fuese una elegida o especialmente favorecida y merecedora de una gracia tan especial que, aunque ni siquiera el fiel Job se había librado del más repugnante de los diviesos ni Jesús de la más cruel tortura en un madero de tormento o Pablo de la ejecución en una cárcel romana, ella estaba segura de gozar de una dispensa especial y de una garantía de protección que iba más allá de todo lo que podía explicarse con palabras. La señorita Inés, aquella mujer tan piadosa, jamás iba a mentirle.

Aquel fin de semana, aquellos insistentes desconocidos la convencieron con melosidad. Cedió y aceptó la invitación con la promesa de que pasaría un buen rato. No le importó mucho no saber quiénes eran aquellos hombres cuyos rostros ya no podía recordar. Y aunque seguía pensando en Rodrigo mientras el suelo debajo de sus espaldas parecía moverse, no terminaba de entender qué había sucedido.

«A mí, ¡jamás!», se decía a sí misma y, a pesar de lo ocurrido seguía insistiendo en la imposibilidad de que la realidad fuese tan contraria a lo que su mentora le había asegurado que sería, y pensó: «Ella jamás me habría mentido». Rodrigo no dejaba de amonestarla, de prevenirla y de ponerla sobre aviso de la estulticia de quienes mueven montañas con mojigatería. No obstante, a pesar de las advertencias, aceptó la invitación.

La tarde se transformó en un enredo de palabras, de insinuaciones, de humo de cigarrillos y de otras cosas que nunca podrían hacerle ningún daño, porque su maestra decía… pues lo que siempre decía ella.

*****

La sirena ululaba; Cristina no entendía por qué le costaba tanto respirar. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más que un cielo lechoso como sábana de hospital. El aire que exhalaba volvía a su rostro como el vaho de una olla en la que se cuece el cadáver de un animal. Entonces recordó que todos habían empezado a gritar y que en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo se le había entumecido. El suelo se movía debajo de ella. Estaba tendida y solo podía ver hacia el cielo de leche desde el cual descendía el calor de su propio aliento.

«Ya está muerta, es imposible que siga viva». Era extraño que nadie hablara de ella y que ninguno le dirigiera la palabra. Estaba acostumbrada a ser la más popular, siempre ella, solamente ella, «tan linda ella». Las palabras de Rodrigo seguían retumbando en sus recuerdos. «¡Qué sabe ese tonto! No sabe nada de nada», solía repetirse. Recordó el día cuando les dio la espalda a las palabras de su amigo, ese bobo que no sabía nada de nada, porque a él le había ocurrido todo lo malo que la señorita Inés había jurado que no le sucedería jamás a ella; así que seguramente Rodrigo había hecho algo muy malo y se merecía todo aquel sufrimiento, y más…

… pero el cielo seguía siendo de un enorme blanco sin azul. Los oídos le zumbaban. «Atiendan a la otra, olvídense de esta», que ya está muerta.

Sintió que cuatro manos la cogían con fuerza, la levantaban y la arrojaban de nuevo hacia abajo sin miramientos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Y poco a poco, el aire se enfrió y el cielo lechoso se puso más y más oscuro hasta que ya no se oyó nada más que el eco de las suelas de muchos zapatos dando contra el suelo, como en un enorme corredor vacío. El zumbido fue en aumento hasta que cesó por completo el ajetreo. Las cosas se habían puesto verdaderamente feas, pero a ella no le había dado miedo, porque la señorita Inés siempre decía que a ella nunca le ocurriría nada malo, que tenía la protección divina garantizada. Esas cosas solo les pasan a los demás, a ella, ¡jamás!

Oyó llorar a Matilde y le dieron ganas de reír. Matilde era una llorona, chillaba por todo y se quejaba de todo. Matilde no quería acompañarla aquella tarde, pero ella sabía que, aunque las cosas se complicaran, a ella no le podía suceder nada malo porque la maestra Inés siempre repetía… lo mismo… «¡Dejá de llorar, Matilde tarada!».

Los hombres daban voces de nuevo y se llamaban unos a otros de un lado a otro de la habitación. El cielo que pendía sobre su cabeza era ahora más luminoso. Se incorporó al instante, arrojó a un lado la sábana blanca que le cubría el rostro y entonces aquella niña bien de dulce boca y labios de rubí maldijo a la señorita Inés con las más repugnantes sandeces y palabrotas que había aprendido de sus compañeras de colegio…

… todos enmudecieron al oír el grito de odio y terror de la muchacha a la que creían muerta cuando esta vio la imagen de su cabeza en el espejo que colgaba de la pared delante de ella: una bala de calibre 9 milímetros le había arrancado parte de la cabeza por encima de la frente hasta la base del cráneo, la tercera parte del cerebro había desaparecido, pero seguía viva… ¡y consciente!

Matilde chillaba como un gato, presa del pánico, y gritaba histérica corriendo de acá para allá mientras Cristina, sobrecogida por primera vez del miedo que finalmente conoció esa última tarde, dejaba de respirar y caía de espaldas sobre la losa de cemento al tiempo que pensaba por última vez antes de expirar: «A mí, ¡jamás!».

Fin

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Escrito originalmente en 2011, este cuento se basa en dos historias reales: la de una estudiante de un colegio religioso de la ciudad de Guatemala, a quien una de sus maestras le aseguró que tenía la protección de María, lo que le garantizaba que jamás le sucedería nada malo (tal como ella se lo relató al autor en 1994). No obstante, a los doce años fue violada por una persona cercana a la familia, miembro de su religión. Esto la llevó a dudar de la existencia de Dios y a caer en una depresión profunda. La segunda historia se la relató al autor un reportero del periódico en donde trabajaba en 2011, mientras este le mostraba las fotografías no publicadas de la víctima de un tiroteo ocurrido ese día. La descripción, aunque adaptada al relato, es básicamente lo mismo que sucedió en la morgue delante de bomberos y periodistas. Aquel reportero gráfico lo relató alterado, todavía presa del horror. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

«Todos los relatos para la pira» (2019)

cropped-white-roseEn 2012, Ediciones del Jazmín publicó Relatos para la pira, cuya modesta tirada de 500 ejemplares salió de las puertas de un negocio dedicado a la impresión de cajas para medicamentos situado en el barrio El Gallito de la ciudad de Guatemala. El librito cuasiartesanal, editado de manera precaria, con tipografía de pequeño tamaño e interlineado sencillo para ahorrar costos,  tuvo su origen en 2003 en la sala de redacción de Siglo 21. Para ser más precisos, en la mesa de partos del suplemento para jóvenes Monitor, que se publicaba semanalmente en aquel diario guatemalteco.

En diciembre de 2003, le solicitaron al autor un artículo que satirizara las fiestas navideñas. Este se incluiría en la edición especial anti-Navidad. Luego de una dosis fílmica de Woody Allen, el autor escribió unas líneas que relacionaban al escritor, director, actor y músico con la fiesta de origen religioso paradójicamente carente de religiosidad y absolutamente libre de espiritualidad, aunque el sistema comercial todavía se encargue de hacer creer lo contrario al mercado potencial.

Luego de pensar en las implicaciones de la celebración popular, probablemente la que esté más rodeada de mitos y engaños, y al relacionarla con uno de los cuentos más conocidos y emulados que se hayan escrito sobre la abigarrada mescolanza de costumbres y creencias del jolgorio más confuso del planeta, nació un breve relato que fue rechazado.

Le encargaron al autor una versión más moderada, que también fue rechazada por los antinavideños editores que, no obstante, solían ridiculizar prácticamente todo aquello de lo que hablaban en público o en privado. Incluso el único hijo del autor montó en cólera cuando leyó ambos relatos. El autor de Relatos para la pira celebró por ultima vez la Navidad en 1977, hasta donde recuerda o quiere recordar. (La versión que se incluye aquí ha pasado por la censura).

RELATOS PARA LA PIRAEn 2012, cuando desempolvó estas historias, el autor de Relatos para la pira empezó a escribir, con la distracción como único objetivo, algunos textos unidos por el hilo conductor de un alter ego: Karl Søndersøn. Estos se incluyeron en el librito de 54 páginas junto con un extenso prólogo de Ariel Batres Villagrán, quien un poco de tiempo antes había conocido al autor gracias al blog El ideario de Facundo (eliminado de la web).

Algunos ejemplares se enviaron al extranjero y la versión original de los relatos también se publicó por separado en El ideario de Facundo. Algunos lectores a quienes les gustaron los comentaron en la bitácora. Ediciones del Jazmín trató de publicar en formato físico la versión extendida y censurada del librito, aunque sin éxito. Por esa razón, lo entregamos gratis en formato PDF para quienes deseen entretenerse con las historias de Søndersøn, el malogrado noruego que emigró a Guatemala en 1965.

A continuación, tres comentarios que lectores españoles escribieron hace varios años en El ideario de Facundo, y que habían estado descansando en un archivo de Word que el autor ya creía perdido.

Fogata y luna (2) CUBIERTAEn general, observo que todas las historias [de Julio Santizo Coronado] son una crítica al quehacer humano […], con un toque de humor muy sutil, a veces, y, otras, más evidente, que me impresiona y admiro. Religión, globalización, antiguas costumbres, violencia, armas, abogados, literatura, todas las áreas tienen su parte de crítica constructiva y un llamamiento a la autocrítica y al examen de conciencia. Me ha gustado Lo que sucedió el día que Karl Søndersøn leyó «Anoche hubo de lo mismo», […] muy bellamente escrito, pura literatura. Me ha encantado la descripción […] de esos seres vagando en una noche cualquiera en cualquier ciudad del mundo llamado «civilizado». […] servirá para dejar constancia de lo que sucedía en el planeta durante finales del siglo XX y comienzos del XXI. (Mar García Rojo, maestra; Madrid, España)

Lo queremos [a Karl Søndersøn] por lo mucho que dice en sus silencios cómplices. Lo queremos por su mordaz ironía que nos regala perlas […]. Lo queremos porque, aunque sepamos que sus nórdicos restos reposan en el Cimetière du Père Lachaise junto a Balzac, Proust y otros parientes, aún parece que quiera compartir con nosotros sus impresiones y sus palabras. (Luis Fernando García Barrero, químico; Zamora, España)

Terminé de leer, por segunda vez, Relatos para la pira. Me gustaron no mucho, sino muchísimo, por su fuerza y su impecable prosa. Me reí con el cuento Woody Allen y la Navidad y con el sorprendente final de El exhibicionista. Las peripecias de Karl Søndersøn me resultaron conmovedoras. (Mercedes Molinero, pintora; Madrid, España)

Pulse el siguiente enlace y lea en línea o descargue Todos los relatos para la pira:

Todos los relatos para la pira WP Ediciones del Jazmín 2019

Ediciones del Jazmín, Guatemala, diciembre de 2019

«Las horas de mi madre» (basado en el texto original de 2013)

cropped-white-roseEl prejuicio nace de la ignorancia. No deberíamos mencionarlo para no caer en el ridículo de la obviedad. Los vericuetos de la intimidad doméstica ajena son incomprensibles. No obstante, hay aquellos cuya arrogancia y altivez terminan por echar raíces venenosas en tierra extraña.

Hay quien toma la vara y el fuste del desprecio para repartir azotes por causa de la ordinaria y superflua envidia que nace de los celos. Como Caín, quien mató a su hermano en vez de mirar sin hipocresía su propio corazón para cambiar de derrotero.

Una luz se vislumbra en las intenciones, pero con el tiempo se revela la oscura verdad: heridas, división, dolor, abuso emocional. Se siembran las semillas de la ira en una tierra regada por años de ruptura con la vida, durante los cuales madre e hijo se conocieron de una manera que solo ellos eran capaces de comprender y que algunos, muchos, ¡demasiados!, se atrevieron a juzgar con una soga en la mano y el patíbulo al final del camino.

Horas JSC CopyLas plagas que desangran a la sociedad moribunda de nuestros días, como la xenofobia y el racismo virulentos y divisivos, crecen en el campo de la ignorancia y el prejuicio con el fertilizante de lo insulso. Los aleatorios nombres de las naciones dejarán de existir y sin remedio volverán a lo que fueron: nada, meras palabras arbitrarias.

Quienes siguen adhiriéndose a lo superficial cumplen un propósito en este breve espacio a punto de terminar: son el combustible que enciende la llama debajo del crisol donde el oro valioso se libera de la escoria día a día: lo horripilante que nos aleja con repugnancia de nosotros mismos cuando reconocemos que no somos libres, cuando el pavor nos dice que podemos llegar a convertirnos en lo mismo que aquellos. Y mientras se piensa en eso y se lucha por olvidar, se cuentan los años, los meses, las semanas, las horas… las horas de una madre.

En el siguiente enlace se puede descargar el PDF o leer en línea Las horas de mi madre.

Las horas de mi madre (revisión 2019) Ediciones del Jazmín

Ediciones del Jazmín, mayo de 2019

A falta de prólogo, una carta abierta para el autor

Si en el mundo, mi caro Julio, quedáramos solo nosotros dos, no tendría que escribir un prólogo, sino una carta. Y tu libro y mi carta tendrían más sentido en esas circunstancias, porque no somos más que dos seres que hablan en una habitación vacía que solo les devuelve el eco.

Y la carta diría que leerte es estar un poco en todas partes. Diría también que lo que más atesoro de este libro es su honestidad. Digo honestidad y no transparencia, porque a veces siento que para entenderte nos falta a todos todavía mucho mundo.

Parece que los rotos y los insomnes se reconocen mutuamente. Es un gusto sabernos amigos.

Marvin Monzón
Guatemala, día 18 del tortuoso mayo de 2019, 3:50 h