Confesiones de un escribiente 9: A flor de tierra o de la superficialidad

La Tierra tiene una corteza muy delgada, si la comparamos con la distancia que hay desde su superficie al centro, ya que va de los 5 kilómetros en las partes más delgadas, hasta los 75 kilómetros aproximadamente en las más profundas. Es tan rica en vida y belleza que todos piensan en la cobertura de la Tierra cuando evocan al planeta y, sin embargo, debajo de su superficie suceden cosas muy interesantes y vitales para quienes habitan muy por encima.

El movimiento del núcleo líquido externo de la Tierra sobre el núcleo interno, a cientos de kilómetros de profundidad, induce el campo magnético del planeta. Este es un escudo protector invisible, que se extiende a miles de kilómetros de distancia, que ha sido diseñado para proteger la atmósfera sostenedora de vida del dañino viento solar y de diversos tipos de radiación que provienen del espacio y, por ende, a los seres que habitan en la biósfera de ese oasis azul.

Por tanto, aunque la cobertura es el hogar de los seres humanos y de millones de formas de vida animal y vegetal, esta es solo el cosmético, la superficie de un complejo sistema cuya mayor parte no se encuentra a la vista.

Lo mismo sucede con los procesos humanos del kósmos (en su acepción más básica). Cada generación que vive su propia modernidad generalmente solo es capaz de ver los resultados de los procesos que, en muchos casos, se han gestado a lo largo de milenios. Ejemplos son la historia del sistema de gobernación humana y su inseparable acompañante y validadora, la religión al servicio del Estado.

Algunas veces, unos cuantos se atreven a sondear en las inmensidades del océano de la historia. Los más felices descubren verdades que les permiten tomar mejores decisiones en el presente. Otros, no obstante, aunque se atrevan no son capaces de comprender la relación del presente superficial con el pasado profundo, por lo que siguen siendo presas de lo que se halla a flor de tierra.

La querencia del corazón suele ser más poderosa que la razón. Por lo que el suceso resultante es, para muchos individuos, el conformismo que procede de la comodidad del nivel de lo presente, que a la larga desaparece, tal como lo hace la superficie del suelo de nuestro planeta, que se renueva periódicamente por la acción del viento y del agua.

Triste es admitirlo, pero hasta quienes preconizamos no ceder ante la ingenuidad solemos sucumbir a las sinrazones de la superficialidad y caemos en las trampas de la malsana inclinación a acomodarnos y a tener por importantes cosas banales y superfluas, desde nocivas relaciones personales hasta inútiles pasatiempos o cierta clase de conocimientos que, vistos bajo la lupa, no son más que la caspa y los ácaros de este sistema, o kósmos, que podrá parecer muy atractivo para algunos, pero que no deja de no ser más que la cáscara de una manzana que, huelga decirlo, está muy marchita.

Julio Santizo Coronado, 30 de julio de 2020

Confesiones de un escribiente 7: Cómprate una isla

«No pongas a menudo tu pie en la casa de tu prójimo para que no se harte de ti y llegue a odiarte» (Proverbios 25:17).

cropped-white-roseHasta donde la nebulosa estelar de mi conciencia infantil me deja ver en la profundidad del espacio de mis recuerdos, mi inclinación natural por el gregarismo siempre se vio frustrada por mi hipersensibilidad, causada por lo que muchos años después llegué a englobar en una palabra que se hace cada día más grande: injusticia. Eso significa que mi problema, como todos los problemas, viajaba en dos sentidos: hacia mí y desde mí mismo hasta estrellarse contra la humanidad de cualquier prójimo y retornar a mí cual búmeran para darme en la frente una y otra vez.

De ahí que, con los años, me inclinara cada vez más al aislamiento [social] y al trato más cercano con los animales. ¿Por qué cuesta tanto establecer (y mantener) buenas relaciones con los demás? Cierta publicación del año 1989 lo explicó de esta manera realista:

«¿Por qué suelen resultar tan frágiles las amistades? […] Debido a nuestra imperfección, no solo somos propensos a cometer errores, sino que además [no] […] congeniamos con nuestro prójimo. Estamos plagados de sentimientos de culpa e inseguridad, nos ofendemos en seguida, nos sentimos amenazados a la más mínima. Además, como tenemos tendencia a la cólera, el mal genio, la impaciencia y los celos —otras marcas de la imperfección—, nos inclinamos más a “hacernos pedazos” que a mantener vínculos de amistad».

En el último año, vi a mi alrededor la realidad de esta condición que en la publicación citada se nombra con esa tan incomprendida palabra: imperfección; que, si algunos tratan de entender, suelen verla en los demás mas no en sí mismos. De ahí que admita desde el inicio que el problema radica en mí (en nosotros) y que tiene dos vías. Además,  se asemeja a una esfera de hule que rebota sin control… a menos que alguien la detenga y aplique la primera ley de Newton.

En estos días de aislamiento social forzoso, las palabras del proverbio hebreo citado al comienzo de estas reflexiones cobran más sentido. Estas confesiones a mí mismo, arrojadas a la pira de la opinión ajena, resultan en una especie de bálsamo reconfortante que alivia el dolor que causa la incomprensión, pero también la admisión de que algunas cosas, como la manera de pensar de ciertas mentes y del sentir de algunos corazones, son inmutables… o que lo serán mientras tales mentes y tales corazones no reconozcan a mayor grado la ingente dimensión de nuestra condición humana.

Julio Santizo Coronado, 13 de abril de 2020

La arrogancia en el banquillo: sin estrépito ni figura de juicio

cropped-white-rose«Y algo más he visto bajo el sol: que los veloces no siempre ganan la carrera, ni los poderosos ganan siempre la batalla, ni los sabios tienen siempre alimento, ni los inteligentes tienen siempre riquezas, ni siempre les va bien a los que tienen conocimiento, ya que a todos les llega algún mal momento y algún suceso imprevisto. Y es que el hombre no sabe su hora. Así como los peces son capturados en una red mortal y los pájaros en una trampa, los hijos de los hombres son atrapados en un tiempo de desastre, cuando este les llega de repente». ―Eclesiastés 9:11, 12; escrito hace 3,000 años.

Durante seis mil años, la tecnología progresó gradualmente. El aislamiento geográfico y el valladar que las diferencias políticas y lingüísticas representaron durante siglos fueron desvaneciéndose lentamente. Entonces, a partir del siglo XIX, el parsimonioso paso del avance del conocimiento se fue convirtiendo en un trote y, con la llegada del siglo XX y la Gran Guerra de 1914 a 1918, en una frenética carrera que ha desembocado en la demencia ―hija de la vanidad y de la ambición desmedida― que ha dado como producto la posibilidad de aniquilación total por guerra, daño medioambiental y violencia sin freno.

Además, la humanidad no ha podido deshacerse de las enfermedades ni ha encontrado la fuente de la eterna juventud que, con fallidas esperanzas, ha buscado desde la Antigüedad y en todas partes. No obstante, a medida que los avances científicos empezaron a compartirse entre las naciones rápidamente, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y luego a la velocidad de la Internet y de los viajes intercontinentales,  la humanidad también se infló de orgullo y de esperanzas sin basamento, a la manera de los rumores. Muchos cifraron su confianza en la ciencia y en organizaciones políticas internacionales, o en sistemas económicos voraces que ofrecen sueños y riqueza instantáneos por siempre.

Por otra parte, aunque la Revolución Industrial trajo consigo un aumento de la productividad, también condujo a un aumento de la avaricia, la cruel explotación, la polución, el desperdicio, la contaminación de ríos, lagos y mares, la aparición de nuevas enfermedades, la eliminación de bosques y de especies animales, e infinidad de proyectos que han quedado en ilusiones, como la revolución verde. Las ideas que se fomentaron a la par de tales avances que iniciaron su acelerado recorrido en el siglo XIX no aliviaron la frustración que ha causado en la humanidad la cadena de errores en los que ha consistido su historia, sobre todo durante los siglos XX y XXI: el existencialismo, el darvinismo, la revolución sexual, los métodos novedosos de educación infantil y muchas más. Todo esto, junto con el fracaso de la religión tradicional, heredera del paganismo de la Antigüedad que por siglos mantuvo a la humanidad en letargia espiritual y mental, avivada por la superstición y alimentada por el fuego del fanatismo a partir del siglo XVI, ha dado como resultado una sociedad compuesta de personas egocéntricas, descreídas, contestatarias, traicioneras y amantes del placer más que de la virtud, y defensoras de la mentira y no de la veracidad y la confianza.

Y como si de modernos faraones se tratara, una gran cantidad de gobernantes se ha ido alzando a lo largo del siglo XX ―y de manera más notoria en el primer cuarto del XXI―, llenos de altivez, arrogancia, petulancia y amor al dinero… con un solo objetivo: satisfacer su sed de veneración y obtener el poder absoluto y toda la riqueza. Un fracaso más, semejante a la fallida unión del hierro y del barro de las democracias sin rostros ni voces (un trofeo más en la vitrina de la vergüenza de la gobernación humana). Pero, al final, todo resulta tal como escribió Salomón, provisto de una excepcional sabiduría proveniente de una fuente ajena a la simple observación humana: nadie, absolutamente nadie escapa del suceso en que resultan todas nuestras vidas, el que acaba con todos los deseos, todas las banalidades y que hace de todas estas metas egoístas simple vanidad carente de realismo, llena de vacío ―permítaseme el oxímoron―, insustancialidad e ir en veloz carrera tras el viento durante una vida que pasa como una exhalación y acaba en el silencio y la inactividad de la muerte.

En estos días quedará sellado para siempre un precedente de la veracidad de las palabras de Salomón recogidas en las Escrituras: ni los veloces, ni los poderosos, ni los sabios, ni los inteligentes, ni los que poseen la ciencia (el conocimiento) han podido escapar de la angustia y el pavor que una sencilla estructura les ha causado a todos: un corpúsculo microscópico de proteínas y ácidos nucleicos cuya existencia parece una negación de la vida misma y cuyo nombre significa veneno ponzoña.

Julio Santizo Coronado, 2 de abril de 2020 (calurosa primavera)

De la soledad, el elogio y la misantropía

cropped-white-roseQuien se sienta descontento consigo mismo y defraudado por su humanidad quizás se crea tan solitario que ni siquiera el acompañarse a sí mismo le resulte reconfortante en ciertos días. Mucho menos alentadora y vigorizadora será la compañía de aquellos que se encuentran en la misma situación y que, no obstante, no ven o no desean ver su propia porción de desgracia humana. Ambas opciones pueden conducir eventualmente al deseo de anulación total, para usar un eufemismo.

Soledad. 1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía. […] 3. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Cuando la carencia de compañía es voluntaria, la soledad es soportable. Esta puede llegar a ser beneficiosa en algunas ocasiones. Mientras más avanza el siglo de la enajenación, el deseo de vivir en soledad se agiganta. Así, quienes abandonan a sus semejantes podrían ser la causa de la carencia de compañía involuntaria de quienes desean aferrarse al gregarismo. No importa que el deseo de compañía de estos últimos nazca de una personalidad de matices caninos y amor al varapalo, o que su querencia sencillamente obedezca a la persecución ciega del rebaño, quizás porque nunca aprendieron a sentarse en soledad y a cultivar el amor al silencio.

Elogio. 1. m. Alabanza de las cualidades y los méritos de alguien o de algo.

Quien elogia a menudo empalaga. Hay quienes elogian y, no obstante, al recibir censura de aquel a quien han elogiado olvidan toda cualidad o mérito, real o imaginario, del que se haya originado tal alabanza. Eso es orgullo fatuo. En otro lado del elogio adulador están quienes lo reciben como un galardón más que merecido, uno que infla el ego y lo ensalza, para colocarlo sobre un pedestal hecho de poco menos que viento. No obstante, existen quienes huyen del elogio. Callan ante él, sonríen dulcemente al oírlo e incluso llegan a temer perderse en las meras palabras y olvidar quiénes son: su desgracia humana, que conviene recordar de vez en cuando. El elogio sincero siempre será una rareza. Y recibirlo con modestia será siempre un reto.

Cuando la soledad no es carencia, sino búsqueda voluntaria y ganancia; y si a ella se añade la vergüenza de ser conscientes de nuestra verdadera condición humana (esa que demasiados no ven, muchos no han visto y que la mayoría nunca verá), entonces queda para algunos cuantos volver a la misantropía.

Misantropía. 1. f. Aversión al trato con otras personas.

Pero no se malentienda. El rechazo no tiene por qué convertirse en repugnancia. Esta actitud evasiva bien puede constituirse en el escaparate por el cual desfile esa cosa etérea e inasible, inexistente a la postre, que solemos llamar tiempo. Además, en esa vitrina podemos ver las rarezas y las virtudes, las lacras y los conflictos, las bellezas y las bondades que se mezclan y se combinan, pero que nunca cuajan en este mar sin quietud que llamamos humanidad.

Julio Santizo Coronado, 27 de julio de 2019