El dulce aroma del pan (cuento)

cropped-white-rosePara las tías que aman a sus sobrinos, y para las elefantas

Vicente jugaba alegremente a la vera del polvoriento camino que conduce al pequeño pueblo en donde los senderos terminan, el resto del mundo comienza y descansan los viajeros.

Una ramita de guayabo era el juguete del pequeño Vicente, quien era el más feliz de los niños del pueblo. La grandeza de su felicidad no se debía a que disfrutase de las chucherías que doña Rosario vendía en la pequeña tienda del barrio El Centro, ni porque tuviera coloridos juguetes como los que les traían de la capital a los niños vecinos. La fuente de la felicidad de Vicente era mucho más grande que las cosas materiales.

En ese momento, el pequeñín escuchó la voz de su tía quien, afable, siempre lo llamaba a comer al mediodía.

—¿Dónde estabas, mi niño travieso? —le preguntó la tía Eulalia mientras le sacudía el polvo de los pies y le ajustaba las botitas que le había comprado en la cabecera del departamento, que para entonces era para todos lo más parecido a las grandes urbes europeas de las que leían en las novelas francesas y en el periódico, o de las que se oía en las noticias de la radio.

—Estaba jugando, Nana. Las hormigas no dejan de salir de aquel hoyito, y yo no quiero que salgan más hormigas —respondió el niñito, quien no soltaba la ramita de guayabo mientras su tía lo calzaba para que aquellos amados pies no fueran a pescar un hongo ni se fueran a cortar con los trozos de vidrio que dejaban por ahí los borrachos que salían de la cantina arrojando botellas al aire.

El pequeño Vicente se iba a casa de la mano de su tía, quien le preguntaba los colores de las cosas que iban viendo al pasar por las callejuelas polvorientas. A cada acierto de Vicente, la Nana le prodigaba una caricia, con tanto entusiasmo que le alborotaba el cabello; y entonces, el pequeño dirigía su mirada hacia arriba y sonreía al observar con felicidad el rostro de Eulalia.

Al llegar la oscuridad, Vicente se metía en la cama y esperaba con los brazos cruzados detrás de la cabeza las buenas noches de Nana Eulalia, quien le cantaba una tierna tonada con su voz de contralto, pues la tía padecía de ronquera debido al humo del horno de leña en el que todas las mañanas preparaba el pan de yemas y los bollos que Vicente remojaba en el café que bebía del pocillo de peltre.

Al amanecer, el dulce aroma del pan invadía todas las habitaciones de la casona de gruesas paredes de adobe. Vicente se lavaba la cara y corría descalzo a la cocina, a esperar el pan que su tía horneaba antes del alba. Aquel olor de cada mañana acompañó a Vicente hasta el día en que, hecho un joven de bien, se fue del pueblito.

El tiempo hizo de las suyas, como suele suceder, y Vicente llegó a la edad en que los muchachos quieren ser el caballero andante de una bella damisela, para cuidarla y defenderla. Y con ese deseo llegaron inevitablemente sus propios hijos. Pasaron los años, y las visitas a la vieja casona del pueblo fueron cada vez más esporádicas; en parte debido a que el trabajo y su propia familia demandaban mucho de Vicente, y en parte porque cuando los hombres crecen suelen ir más tras la risa del presente que en pos de la melancolía y de los dulces amores del pasado.

Cierta mañana, Josefina, la hija más chica de Vicente, se acercó sonriente a su padre y le preguntó:

—Papi, ¿por qué eres tan bueno con nosotros, me cantas canciones y me lees cuentos?

Vicente no pudo dejar de pensar en su Nana, quien, longeva como los árboles, permanecía afianzada a sus raíces de pueblo polvoriento y pan de yemas de cada día.

—Hijita, soy así porque soy feliz; soy así porque cuando yo era chiquito me quisieron mucho. Pero yo soy así, sobre todo, porque te estuve esperando durante mucho tiempo —respondió Vicente mientras dejaba escapar una lágrima al recordar a su tía bonachona, quien siempre le hablaba cariñosamente con su voz de contralto.

Ese fin de semana, Vicente tomó consigo a sus hijos y viajó muy de mañana al pueblito en el cual todos lo conocían como el niño más feliz. El camino le pareció más largo que de costumbre, pues ansiaba ver de nuevo a la tía Eulalia. Bajó del destartalado autobús y cogió de la mano a sus niños para caminar a toda prisa las pocas cuadras que los separaban de la sonrisa de la Nana.

Vicente volvió a los días en que era el niño más feliz del mundo al ver a aquella anciana que lo esperaba en el umbral de la casa. Se acercó a ella, y con ternura la besó suavemente en la mejilla. Ella sonrió y le sacudió el cabello, tal como lo hacía en la dulce época cuando las hormigas escapaban de las manitas de Vicente. Eulalia entró en la casa, se sacudió de la cintura el delantal con ambas manos y se dirigió a la cocina; entretanto, Vicente y sus hijos se dirigieron al comedor, ante cuya vieja mesa esperaron pacientemente a la tía Eulalia.

La anciana tía volvió del horno y pasó a través del vano de la puerta. Traía consigo una bandeja en la que había pan de yemas y muchos bollos recién horneados. Entonces, aquellos días de unos tiempos que pervivían en la memoria de Vicente regresaron a su corazón cuando volvió a sentirse en toda la casa el dulce aroma del pan.

Fin

*****

Este cuento fue escrito en 2011, cuando el autor trabajaba en la sala de redacción de un periódico. En una ocasión, sostuvo una charla con un fotógrafo, quien le relató las razones de felicidad de su infancia y cómo esto influyó en su manera de educar a su entonces pequeña hija. De esa conversación y de los recuerdos de infancia del autor nació este cuento. Durante su infancia, el autor viajaba a menudo a casa de sus tíos Víctor y Emilse, en la Villa de Patzún, Chimaltenango (altiplano de Guatemala), donde su padre nació, lugar famoso por su excelente pan. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Confesiones de un escribiente (6: Si no te escuchan, habla con los animales)

cropped-white-rose«Inmoderado y excesivo amor a sí mismo»; así define el Diccionario el egoísmo, y añade que quien abriga este sentimiento «atiende desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás». Entender esto puede confundir a quien suele verse como una persona sumamente egoísta quien, empero, halla la fuente de sus continuas decepciones en una inefable incapacidad de comunicarse con el prójimo de manera efectiva y de establecer relaciones afectivas filiales estables y duraderas tras las cuales ha corrido a lo largo de la breve vida. En mi caso, sin embargo, me ha dado la gran ventaja de aprender a hablar con los animales (no es ningún sarcasmo, créanme).

He buscado una explicación a este fenómeno en las razones más radicales, desde la imperfecta condición humana hasta los trastornos del estado del ánimo, un pasado (real o imaginario) conflictivo hasta en algún error en el desarrollo emocional causado por una imaginación infantil violentada. Aseguran algunos que todo eso no está más que en los recuerdos y, no obstante, está… es, existe, y nadie más puede verlo o entenderlo, porque ni uno mismo es capaz de lograrlo, y menos cuando se llega a dudar de la autenticidad de la propia existencia.

El cereal no me sabe igual

El cartón ya no huele a cartón, el cereal ya no sabe a cereal, la leche tibia es menos dulce y ya no hay blancos bigotes felinos para mí. Post® ya no significa nada, no huele a nada, no sabe a nada. Por más que me esforcé por mantener vivo al pequeño, este murió de hipotermia, de soledad, de tristeza… murió de ser él mismo.

Los sonidos de la noche

Un rumor que se parece a la lluvia asoma sus ojos a través de la ventana de la cocina que, alumbrada, reluce como un faro para quien pasa por la avenida. Un tictac que más bien es un zumbido se desespera en su loca carrera por alcanzar al viento. Una nevera que se ha hecho vieja y que se ha llenado de cicatrices más que de viandas, dos perros que roncan en un sofá y en una caja. Pero… ¡escuchen! Oigan con mucha atención: ¡han muerto los grillos!

Julio Santizo Coronado, 11 de marzo de 2020

«El árbol que quiso volar como los pájaros», disponible en El Salvador, Honduras y Guatemala (Loqueleo, Santillana Infantil y Juvenil)

cropped-white-roseEl árbol que quiso volar como los pájaros, del guatemalteco Julio Santizo Coronado (1965), escrito en noviembre de 2016 en Nicaragua, fue publicado en 2017 bajo el sello Loqueleo, de Santillana Infantil y Juvenil. Loqueleo es un proyecto que reúne a escritores de toda Hispanoamérica y que incluye en su catálogo tanto títulos clásicos como obras contemporáneas de autores de la región. Los libros están divididos en series que se adecuan a cada edad: prelectores, niños y jóvenes.

untitledEn el catálogo 2020 de Loqueleo, los profesores hallarán este título en las recomendaciones para estudiantes de tercer grado de educación primaria, clasificado bajo Amor, autoestima y sabiduría. Va dirigido a lectores de 9 años o más. Se recomienda la lectura de este título antes de El canario y la rosa, del mismo autor, ya que su estructura es menos compleja. El árbol que quiso volar como los pájaros está disponible en Guatemala, El Salvador y Honduras en los puntos de venta de Editorial Santillana. En Guatemala, también se puede adquirir en la librería Sophos (zona 10 de la ciudad de Guatemala) y en todas las tiendas De Museo.

Sinopsis

«Los seres humanos se asemejan a dichosos árboles que crecen junto a ríos refrescantes, plantados en arboledas protectoras. Todo está a su alcance, nada temen; la vida es grata y segura. No obstante, algunos “arbolitos” desean aquello que no les corresponde. Dejándose llevar por meras palabras, han llegado a creer que se pierden de algo cuando en realidad lo tienen todo. Debido al anhelo egoísta o al capricho, pierden de vista lo más importante: el amor que se les brinda».

El libro incluye las hermosas ilustraciones de César Pineda Moncrieff, artista visual guatemalteco nacido en 1980, autodidacta y diseñador gráfico de profesión con estudios en la Universidad Rafael Landívar. Pineda Moncrieff trabaja desde 2005 en agencias de publicidad en donde se desempeña como creativo gráfico. En su trabajo artístico experimenta con diversos materiales y formatos. Ha participado en diversas exposiciones en Guatemala y otros países. En 2014, su trabajo fue recogido en el libro Impacto latino, las mejores ilustraciones latinoamericanas, que fue publicado por la Universidad de Palermo en Argentina.

Estructura y análisis

El árbol que quiso volar como los pájaros está dividido en 10 breves capítulos. Aborda mediante situaciones ejemplares el tema del contentamiento y explica cómo este puede llegar a ser la clave de la felicidad aun en medio de los problemas y las inquietudes cotidianas. No debe entenderse el estar contento con lo presente como simple conformismo, sino como un estado de paz consigo mismo y con los demás, que se obtiene de tener los pies sobre la tierra y enfrentar la vida con realismo. Incluye una prueba de comprensión lectora al final del libro.

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Calificado por algunos como una fábula, a pesar de no serlo desde el punto de vista formal, El árbol que quiso volar como los pájaros abraza en su breve narración dividida en capítulos cuyos protagonistas son aves y plantas, varios temas secundarios íntimamente ligados con la búsqueda de la felicidad, como la amistad, la tolerancia o la capacidad de soportarse unos a otros. Además, exhorta al lector a recibir con gusto los buenos consejos y rechazar la adulación y la lisonja de quienes no desean nuestro bienestar.

Este y otros libros del autor son un atisbo a la intimidad emocional de quien ha rebasado el medio siglo de vida sin dejar de observar, escuchar y aprender, tanto de lo bueno como de lo malo sin perder la sensibilidad ni dejar de ser consciente de que la búsqueda de la felicidad y el equilibrio no solo requieren constancia, sino que son bienes frágiles, siempre rodeados de derrotas y pequeñas victorias que deben asumirse en su momento.

En una época en la cual muchos han llegado a reconocer que la competitividad ha llegado a rebasar los límites admisibles, y cuando muchos niños y adolescentes han llegado al extremo de darles fin a sus vidas por meras banalidades o debido a la presión que el sistema les impone, El árbol que quiso volar como los pájaros se constituye en un instrumento literario que permite a los docentes y a los jóvenes alumnos de 9 años o más analizar la necesidad de ver la vida con objetividad y no dejarse llevar por la ilusión de una sociedad consumista que ha ido olvidando que las cosas más sencillas y cotidianas dan más felicidad y son fuente de contentamiento en medio de un mundo cada vez más exigente, aunque no necesariamente más feliz ni más exitoso.

Índice de El árbol que quiso volar como los pájaros

1 Un arbolito de buen corazón

2 Nunca escuches a las margaritas vanidosas

3 Altagracia, la zenaida presumida

4 Moca y Pony, las perritas juguetonas

5 No abras tus oídos a todos los consejos

6 Pincho y Poncho, dos amigos espinosos

7 Helenita, la sabia tortolita

8 Obedece los buenos consejos de los árboles mayores

9 Ten cuidado con lo que deseas

10 ¿Quieres saber más?

Si desea más información sobre el proyecto Loqueleo de Santillana, pulse el siguiente enlace para observar un vídeo explicativo.

http://www.loqueleo.com/

Julio Santizo Coronado

Nació en la ciudad de Guatemala en 1965. Cursó el bachillerato humanístico en la Universidad Rafael Landívar (1981-1982). Piloto aviador estudiante y privado (1982-1984). Profesor de francés en una secundaria y corrector de publicidad (1985-1988). Ministerio de Educación de Guatemala y Fundación para la Promoción de la Educación Rural en Centroamérica y Panamá (1988-1996). Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala (1989-1993). Corrector, editor y redactor en periódicos y revistas (1999-2011). Ha publicado en formato físico y electrónico Poesía incompleta (2012), Relatos para la pira (2012), Cartas a un hijo ausente (2013), Las horas de mi madre (2013), Poesía innombrable (2013), Palabras del agua y de la mar (2016). Compilador de El Fu Lu Sho de los recuerdos (2012). Santillana ha publicado en la colección Loqueleo El árbol que quiso volar como los pájaros (2017) y El canario y la rosa (2018). También ha escrito Todos los relatos para la pira (versión de descarga gratuita en WordPress), Noviembre y póstumos conexos (cuentos) y El libro que enseñaba a escribir (2019, inédito).

«El canario y la rosa», disponible en El Salvador, Honduras y Guatemala (Loqueleo, Santillana Infantil y Juvenil)

cropped-white-roseEl canario y la rosa, libro para niños escrito por el guatemalteco Julio Santizo Coronado (1965), fue publicado en mayo de 2018 bajo el sello Loqueleo, de Editorial Santillana Infantil y Juvenil. Loqueleo es un proyecto que reúne a escritores de toda Hispanoamérica y que incluye en su catálogo tanto títulos clásicos como obras contemporáneas de autores de la región. Los libros están divididos en series que se adecuan a cada edad: prelectores, niños y jóvenes.

untitledEn el catálogo 2020 de Loqueleo, los profesores hallarán este título en las recomendaciones para estudiantes de tercer grado de educación primaria, clasificado bajo Autoestima, valentía y vida cotidiana. Va dirigido a lectores de 9 años o más. La lectura de El canario y la rosa requiere un poco más de capacidad de comprensión lectora que su antecesor, El árbol que quiso volar como los pájaros, del mismo autor, por lo que se recomienda a los docentes emplearlo después de leer tal título. El canario y la rosa está disponible en Guatemala, El Salvador y Honduras en los puntos de venta de Editorial Santillana. En Guatemala, también se puede adquirir en la librería Sophos (zona 10 de la ciudad de Guatemala) y en todas las tiendas De Museo.

Sinopsis

«Marco libra desde la infancia una lucha interna. Aunque anhela desde el fondo de su corazón expresar amor todo el tiempo, sus experiencias a lo largo de la vida lo llevan en algunos momentos a ceder a una natural mala inclinación. Un cariñoso consejo que no ha podido olvidar lo lleva cierto día a reflexionar con sinceridad y ver sus defectos reflejados en algunos de sus semejantes. Eso le permite conocerse mejor y darse cuenta de lo que hay realmente en su interior. Aunque esta lucha puede ser difícil y prolongada, muchos han podido sacar lo mejor de sí y vencer al egoísmo, al punto de dar la vida por otros. ¿Lo logrará el pequeño Marco?».

El libro incluye las bellas acuarelas de la ilustradora y diseñadora industrial Diana Cruz, guatemalteca nacida en 1994 cuyos proyectos de ilustración y diseño revelan una profunda influencia de la naturaleza en su concepción estética.

Estructura y análisis

El canario y la rosa aborda en un relato breve y dividido en dos partes, Primavera y Otoño, el conflicto entre el deseo y el deber, la responsabilidad y la apatía, etcétera. El tema se aborda desde la perspectiva de un niño que desde muy temprana edad se percata de que suele no alcanzar la medida de lo que tanto los demás como él mismo requieren de su comportamiento y sus acciones. Esa lucha emocional es vivida de manera muy consciente por el protagonista, quien llega a concebirse a sí mismo como, no una, sino dos personas que habitan en el mismo ser. Este conflicto se extiende durante los años de desarrollo hasta que el protagonista, Marco, alcanza cierto equilibrio al llegar a la madurez. No obstante, tal aceptación llega a su vida el día en que finalmente es capaz de verse y aceptarse tal como es, con sus flaquezas, sus fortalezas y su potencial.untitledAunque el título de este libro trae a la memoria el cuento El ruiseñor y la rosa, del irlandés Oscar Wilde, solo comparte con este el tema secundario o subyacente: la abnegación, simbolizada en sendos libros por las aves. En lo que respecta a la dualidad humana que se trata en el libro, esta hace recordar El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, obra literaria considerada un clásico, del británico Robert Louis Stevenson.

En una época en la cual se ha llegado al extremo de evitar hablar de altruismo o abnegación, por considerarlos rarezas entre los valores humanos, El canario y la rosa se constituye en un instrumento literario que permite a los docentes (y a los padres), así como a los jóvenes estudiantes de 9 años o más, analizar la necesidad de demostrar amor de maneras prácticas en la sociedad actual y profundizar en el porqué de las carencias afectivas y sus efectos en nuestros días.

Índice de El canario y la rosa

Primera parte: Primavera

El amanecer

El despertar

Corazones cautivos

Vuela más alto

Entonces huyó la primavera

Segunda parte: Otoño

Abnegación, hermana del amor

Egoísmo, hermano del odio

Encuentro en el espejo

Si desea más información sobre el proyecto Loqueleo de Santillana, pulse el siguiente enlace para observar un vídeo explicativo.

http://www.loqueleo.com/

Julio Santizo Coronado

Nació en la ciudad de Guatemala en 1965. Cursó el bachillerato humanístico en la Universidad Rafael Landívar (1981-1982). Piloto aviador estudiante y privado (1982-1984). Profesor de francés en una secundaria y corrector de publicidad (1985-1988). Ministerio de Educación de Guatemala y Fundación para la Promoción de la Educación Rural en Centroamérica y Panamá (1988-1996). Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala (1989-1993). Corrector, editor y redactor en periódicos y revistas (1999-2011). Ha publicado en formato físico y electrónico Poesía incompleta (2012), Relatos para la pira (2012), Cartas a un hijo ausente (2013), Las horas de mi madre (2013), Poesía innombrable (2013), Palabras del agua y de la mar (2016). Compilador de El Fu Lu Sho de los recuerdos (2012). Santillana ha publicado en la colección Loqueleo El árbol que quiso volar como los pájaros (2017) y El canario y la rosa (2018). También ha escrito Todos los relatos para la pira (versión de descarga gratuita en WordPress), Noviembre y póstumos conexos (cuentos) y El libro que enseñaba a escribir (2019, inédito).

«Kiel», ¿el primer cuento? (1977)

cropped-white-rose¿Qué hace para entretenerse un niño de casi doce años que pasa muchas horas a solas en casa, en un nuevo vecindario, en un lugar donde disfruta de más libertad que en el antiguo barrio donde vivió hasta los diez años?

Mis padres se mudaron a esta casa en 1975. Después de casi cuarenta y tres años, mucho ha cambiado. La casa no es la misma… en sentido literal: mi madre duerme en la muerte, mi padre ha vuelto, viene a casa cada semana y se sienta a nuestra mesa. El jardín vuelve a llenarse de rosas y jazmines. En la terraza crecen los cactus y las suculentas.

Hay ahora una oficina en el extremo este de la nueva segunda planta. Mi esposa la construyó sobre la cuadragenaria casa. Ahí escribo, estudio, leo, hago memoria. Cubro las paredes con fotografías: las flores, mis perros, los aviones que piloté, la nave en la que terminé mis breves días de aviador, memorias de viajes, recuerdos de amigos.

Por inefable razón, en mi corazón se alimenta la permanente sensación de que mi existencia cambió por completo en 1972, en cuyo otoño llegué triunfal a los siete años de vida fuera del vientre. Mis padres trabajaban todo el día. Mi madre, profesora de artes y oficios, salía por las mañanas; al volver me servía el almuerzo preparado la víspera y retornaba al trabajo. Volvía al caer la tarde; y durante muchos años, demasiados para un niño, volvía a ausentarse un par de horas por las noches, pues enseñaba en la Universidad Popular.

Cuando la puerta se cerraba, el niño se quedaba a solas con el televisor. Entonces cubría la pantalla con un pliego de celofán rojo para crear la ilusión de la TV a colores que estaba fuera del alcance de los bolsillos de sus padres. Antes de que llegara 1975, viejas historias en blanco y negro llenaban su soledad. En los días finales de los años 1960 e inicios de los 1970, la televisión abierta (la única de entonces, con apenas tres canales, a los que se sumaría un cuarto en 1978) transmitía únicamente programas extranjeros en Guatemala.

Películas de los años 1940, 1950, 1960, comedias musicales, policiales, filmes basados en la literatura estadounidense del siglo XX, los clásicos del terror… todos tuvieron su día y le llenaron la cabeza de historias a aquel niño que cambió el barrio La Palmita por las angostas y ajardinadas calles de una colonia de la clase media trabajadora. Y así nacieron dos deseos: volar y escribir.

En aquellos días, las cintas basadas en las cruentas historias de la Segunda Guerra Mundial todavía eran muy populares. La guerra de Vietnam había terminado en 1975 y se hablaba de ella en todas partes. El hombre había llegado a la Luna en julio de 1969. La serie de televisión Twelve O’Clock High emocionaba a niños que pensaban solamente en estar al mando de un Boeing B-17 Flying Fortress, sin imaginar toda la realidad que se ocultaba tras el velo de romanticismo de aquellas míticas películas.

Una tarde de 1977, aquel niño salió de casa y tocó a la puerta de su vecino. Llevaba consigo un cuaderno. No recuerda si lo leyó en voz alta o si se lo dio a leer a su joven vecino. Este niño se ha ido haciendo viejo y, a decir verdad, no recuerda muy bien cómo llegó a escribir el que quizás fue su primer cuento, relato que pudo haber titulado Kiel.

«No hay nada nuevo bajo el sol» en lo que respecta al dolor y la miseria humana. Aquella historia no tenía nada de original, porque la maldad no ha cambiado, salvo la intensidad  de la crueldad, que aumenta imparable. Pero nunca falta quien busque un haz de compasión en medio de la oscuridad. Lo demuestra este artículo de Jacinto Antón publicado en El País.

https://elpais.com/cultura/2018/01/02/actualidad/1514915830_184485.html

¿De qué iba aquella historia? El piloto inglés de un caza Spitfire es derribado en Alemania, donde lo hacen prisionero (en la ciudad de Kiel, nombre seleccionado al azar en un mapa del Diccionario Enciclopédico Ilustrado Sopena). Su carcelero, un joven soldado alemán, simpatiza con el aviador británico y decide ayudarlo a escapar. Durante la fuga, el soldado nazi da la vida por su amigo británico, quien escapa y vuelve (no sabemos cómo) a su hogar.

El manuscrito se perdió en medio de los turbulentos días de las ausencias y los conflictos domésticos. Pero tanto el deseo de pilotar como el de escribir pervivieron. En 1980, el entonces adolescente hurtó el volumen de la poesía completa de Antonio Machado (Colección Austral) de la biblioteca de los padres de un compañero del cole. Nunca devolvió aquel libro. Pero sí les entregó a un par de estudiantes de la jornada vespertina del aburrido plantel un par de poemas que una chica de un grado superior envió sin pedir permiso a un programa de radio que los puso al aire. ¡Vaya sorpresa! Al menos eso cuenta la leyenda urbana. Ya he olvidado, y sigo escribiendo para poder seguir viviendo mientras llega el fin de todas las historias penosas y vuelven las historias felices para quedarse por siempre.

Julio Santizo Coronado