Epitafio para un mundo mejor

I

La carne de aquel ser despreciable resultó más blanda de lo que había imaginado. Por alguna razón que ahora carece de importancia, pensé que no podría clavarle el puñal. Pero, al final, la grasa de su vientre me facilitó la tarea. Algún psicoanalista tratará de manosear en los vericuetos de mi conciencia y anotará miles de garabatos en folios que describirán mis razones, mis motivos, mi triste infancia y todas esas patrañas, tratando de darles una explicación a lo que llaman trastornos mentales. Los psiquiatras le darán mil y una vueltas a lo que es tan pero tan simple. Siempre supe muy bien lo que hacía y no siento ningún remordimiento. Conciencia ¡qué es eso! La psicóloga que no soporta que la vea a los ojos tratará de adentrarse en mis recuerdos y dirá que no siento culpa porque no sé distinguir el bien del mal. Ella no sabe que los asesinos no somos sino niños pusilánimes con pocas opciones y que somos unos mentirosos descarados. Sin embargo, ella tratará de explicar lo que es incapaz de comprender.

¡Por supuesto que sabía lo que hacía! ¿Cómo habría podido tener éxito si hubiese sido de otra manera? Ahora que aplaqué mi furia admito el hecho, me declaro culpable e insisto en mi irrenunciable confesión. ¿Que si podía haber dado marcha atrás y arrepentirme antes de llegar a cometer aquel crimen que en realidad fue un gran favor para la sociedad? ¡Claro que sí! Pero escogí acabar con la vida de aquel infeliz a quien, al final de cuentas, le hice un favor también. Su rostro suplicante era tan cómico. El rostro de Arévalo… ¡el muy infeliz! El carcelero rio sardónico esta mañana cuando me lanzó a la cara el diario. Me llené de ira al leer que hasta en la muerte supo engañarlos con su fingimiento, con sus carcajadas, con su estrepitosa risa y sus afirmaciones sin inteligencia. ¡El cadáver sonreía! En la fotografía principal, todos los que a sus espaldas lo llamaban pelagatos, miserable y traidor abrazaban a la viuda como los grandes hipócritas que fueron y seguirán siendo. Nadie lo amaba. Todos esos miserables deseaban hacer lo que yo hice. Pero ellos no son más que unos cobardes.

Si tan solo pudiese olvidar su estúpida mirada y ese labio inferior que colgaba como trapo de aquella simiesca mandíbula. Pero ese será mi castigo por el tiempo que me quede. Pero, pensándolo bien, ¿merezco ser castigado? Hice lo que hice para nivelar la balanza de la justicia. Alguien debía hacerlo y yo fui el único con las agallas suficientes para acabar con la vida de aquel ser maligno. Sí, le puse fin a su burda existencia. Llámenme malvado; llámenme como les plazca. Sé que este ajuste era necesario. De otra manera, este mundo habría corrido el peligro de dejar de ser la comedia que interpretamos todos los días. Urgía montar este acto del que yo, sí, yo mismo, el pusilánime al que todos ninguneaban… yo, yo y tan solo yo fui protagonista. Pero telón no ha caído. Sé lo que me aguarda: me atarán de las muñecas, me amarrarán como a un perro y una aguja me dará mi merecido. Me dará el alivio completo.

II

Corrí por la ciudad toda la tarde. Aunque nadie parecía estar a la vista, me acompañaba la seguridad de saberme observado. No podía volver a casa. Estaba rodeada. Además, se me habría encogido demasiado aquel espacio y habría terminado abrumado, incluso después de haber estado escondido por tanto tiempo entre las sombras, detrás de una tapia, en algún recoveco del laberinto que se dobla hacia adentro y deja ver lo que las palabras ocultan. Pero llegué a hartarme, no había para mí más congoja ni remordimiento, no más complacer a los tontos que me ignoraban. Ya les he dicho que no soy más que un pusilánime; así que, ¿para qué esconderme? Entregarme fue lo más noble que he hecho en toda mi inútil vida.

Lo único que lamento es no tener ahora el tiempo suficiente para relatarles todo lo que sucedió en aquellos días, antes de que aquella obsesión inundara mi mente y agriara mi corazón. ¡Qué importa! Algo desea atraparme en las redes de la pena. Pero no voy a permitirlo. No me bastó la furia que me inundó aquella tarde. Después de terminar con aquel infeliz, mientras huía vi subir por las escaleras a aquella mujer. Supe entonces lo que debía hacer en el momento en que la reconocí. Fue tan gratificante ver el miedo en su mirada cuando advirtió mi presencia, aunque no tenía idea de que ya le había dado fin a la inútil existencia de Arévalo, su cómplice.

Entonces, una sola idea se adueñó de mí. Sin pensarlo mucho, la cogí por su breve cuello que apreté con fuerza. ¡Disfruté tanto leer su horror en su expresión retorcida! Le dije al oído: «Al final del juego, tanto el rey como el peón terminan dentro de la misma caja», y entonces exhaló. Pero, ahora que lo pienso, disfruté más cuando clavé el cuchillo en el vientre de aquel pelagatos de lentes de fondo de botella.

III

Me dicen que pronto seré liberado de mi encierro. El juicio fue rápido. Les facilité el trabajo a los jueces. Contrario a aquellos secuestradores y asesinos a sueldo, admití todo lo que hice; no mostré arrepentimiento. Esos bravucones se creen superhombres, pero se orinan en los pantalones cuando se enfrentan a lo ineludible, a lo que todos vamos a encarar aunque inventemos existencias alternas y vidas etéreas. El miedo obliga a los hombres a negar la muerte, aunque en el fondo saben que cuando la inexistencia nos alcance no valdremos más que una rata muerta.

La ejecución se acerca. Pedí que la adelantaran y, sin embargo, mi abogado dice que tengo derechos. Renuncié a todo recurso y apelación. Si hubiese tenido más tiempo, si así hubiera sido, entonces habría equilibrado la balanza todavía un poco más. Habría eliminado al que ensuciaba mi jardín, a la que despreciaba mi sonrisa matutina y confundía mis intenciones amables con sus sucios pensamientos, al que me rechazó cuando era solo un niño y necesitaba de un padre, al que hizo correr rumores sobre mí y logró que hasta los desconocidos me odiaran, al que me calumnió, al que me amenazó con un arma porque era muy poco hombre para destrozarme con los puños o las palabras, al que me lanzó barro con el automóvil una tarde lluviosa de julio, al que nunca me dio las gracias, al que maltrataba a su perro…

Es cierto, yo no soy mejor que ellos. Nadie lo es. Si no existiese gente así… pero el mundo es esto. Dentro de unos minutos, lo prometo, guardaré silencio. Debo haberlos cansado con mi verborrea. Recuerden: no soy más que un pusilánime. Cuando llegue el momento todo será mejor para ustedes, para mí… para todos; porque estoy seguro de que dentro de un par de segundos ya no existiré y también de que estas buenas personas que me observan mientras escribo estas confesiones me habrán ahorrado la engorrosa tarea de quitarme la vida.

Escrito originalmente en 2001 por Julio Santizo Coronado