«Soy imagen del todo y reflejo de la nada» (Acerca de «Poesía incompleta»)

Al leer los versos del poemario Poesía incompleta me embarga una gran emoción. Cómo no conmoverse al leer esta obra sublime que causa tan grande impacto. Pensé en lo que escribí alguna vez: «Aceptar que el hombre es mortal puede resultar muy difícil a una temprana edad. Hay poetas que luchan toda su vida con ello, y en todos sus poemas dejan filtrar una especie de cansancio de la vida, echándole la culpa a su mente reflexiva».

Describir la angustia existencial y la desesperación en versos no es solamente un reto, sino una tarea delicada para Julio Santizo Coronado. La palabra «muerte», del primer poema, llamó enseguida mi atención.

Me arrastro
por el suelo del tiempo
que mientras avanza
se convierte en pendiente
y finalmente
en muro infranqueable:
la muerte.

Escribir poesía es andar «entre antorchas de vida y charcos helados de muerte». Escribir poesía universal es vivir la vida y sufrirla hasta la médula, como lo dijo el poeta español Pablo Steel, quien escribió bajo el pseudónimo Isis: Y jamás sabrás  /  lo que soy.  /  La guitarra mágica  /  se quemó  /  en el llanto del olvido.  /  Y para los melancólicos  /  aún suenan  /  sus paredes invisibles. Parece que Santizo Coronado también se viste de vida para marchar a la muerte mientras que todo se escapa de las manos.

Dulces sonidos que se construyen en silencio,
suplicio de aquel que vio el jazmín
y tan solo pensó
en la savia y en la luz.

Escribir es respirar e inspirar, es querer comprender lo que el poeta «es» mientras poetiza. Es deshabitar su íntimo ser para después poder regenerarse. Es fragmentar su alma herida para poder recomponerla y sanarla. Dice:

A los que escriben

Poema perdido
en la tentación de un papel,
gozo y pasión de mi pluma siniestra,
deseo que me agota y me da fuerza de nuevo;
lujuria de letras
ahogada en la música de mi silencio,
mi tiempo,
mi verdad;
pecado mortal:
escribir.

Hay mucho más que llama la atención en este hermoso poemario. No solamente la palabra muerte. También hay amor, por suerte diría. Amor para las mujeres que son varias: a Silorca, a Renata, a María Luz y su Argentina querida, a una mujer desconocida, Adelina, y a la madre y a la esposa. A todas esas bellas criaturas se dedica un poema. Porque a veces a la pena negra le basta una mirada para que se transforme en «un cielo amplio».

Mirada furtiva
de ojos marrones
que me hace comprender
que el mundo es ancho,
el cielo amplio,
la vida corta
y yo, un orate
con pretensiones de inocencia.

La inocencia tiene varias caras. Hay la inocencia de la temprana niñez. Luego, la inocencia del púber. Pero la que a mí me parece leer en este poemario es la inocencia del alma que uno guarda después de innombrables aventuras amorosas, las que son, casi siempre, búsquedas. Viajes sin retorno en donde se espera poder encontrar un bálsamo contra la soledad. Son momentos de verdad. De más, la soledad y las ansias de nuestro poeta se pueden comprobar con el poema dedicado a su hijo:

A Diego Julio Enrique

Detrás de la lluvia,
en medio del silencio,
duermen mis ansias,
cierra sus pétalos mi sueño eterno:
mi hijo.

En OTROS SUEÑOS encontramos versos de una tonalidad que nos puede entristecer mucho más de lo que quisiéramos. Cuando nos falta vida. Es decir, cuando falta la mitad de uno mismo; la mitad de lo que se ha ido, y nos ha dejado sin envoltura. Cuando tenemos el alma desnuda y no hay ni perro ni lobo para ampararla y resguardarla del frío. Y mucho menos hay un ser humano que podría entender lo que significa despojarse de todo para comenzar la búsqueda, aunque esta siempre tiene lugar en la mente. Y uno se pregunta, ¿por qué enfrentarse a las angustias y a tantos dolores? Hasta ahora ni el autor mismo de este poemario ha podido decir por qué se aferra a la vida, aunque habla de gusanos más de una vez, y hay que interpretar esos bichos como triperos de carne muerta. En ningún poema encuentro la respuesta, al menos no lo percibo entre líneas.

Un café para César Vallejo

(Después de leer Poemas humanos)

«Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café».
César Vallejo

Hoy le falta azúcar a mi café.
Hoy falta algo…
no sé qué
.

Hoy le falta sol a la sombra,
le falta viento al árbol,
le falta memoria al olvido.
Hoy falta algo…
no sé qué.

Hoy le sobra risa a la tristeza,
amor a la amargura,
lucidez a la demencia.
Hoy sobra algo…
no sé qué.

Hoy sobra un poco y todo falta.
Hoy ha quedado algo en el fondo
de mi taza de café.
Lo que le sobra al cielo…
lo que me falta: vida.

El siguiente poema, uno muy inquietante, lo abarca todo: languidez, tristeza, dolor, olvido, desesperación, hasta repugnancia. Si no fuera porque sabemos que este poema ha sido escrito unos veinte años atrás, se temería que Julio Santizo Coronado verdaderamente no quiere seguir viviendo. Es una suerte para él y para sus lectores que él haya encontrado la fuerza y la voluntad para seguir compitiendo con el destino de la vida. 

Soledades

«¿Y las rosas? Pestañas
Cerradas: horizonte
Final. ¿Acaso nada?
Pero quedan los nombres».
Jorge Guillén

En vos me refugio, bella y silenciosa,
soledad, fragante oscuridad.

Soy el sauce triste
que recoge del estanque
las agujas de los pinos más altos y más fuertes.

Soy imagen de lo que no es
y desesperación del cielo abatido.

(Lejos de aquí, en la penumbra de un libro olvidado,
se revuelven las palabras,
los días y los años).

Soy imagen del todo y reflejo de la nada,
soy hijo del deseo y de lo que pudo haber sido.

Estos días con sabor a frío
se me escurren del cuerpo;
son las mañanas de un nuevo ocaso,
de unas horas que son solo un tal vez.

Porque yo sé que moriré un domingo,
una mañana de inicios de siglo,
entre un muro, una pluma y un acaso.

Moriré sin saber si el sauce podría haberse
transformado en pino;
y con el viento amado
se irán los días tristes y vendrán siglos soñados.

No cerraré los ojos
ni exhalaré un suspiro,
veré desde mi sueño el fin del hastío.

¡Cómo duele la Tierra!
¡Oh Dios, cómo duele el olvido!
Nunca sabré quién soy,
sólo sabré que he sido.

Lo que retengo de ese poemario es una gran lección de humildad. El gran poeta guatemalteco Julio Santizo Coronado nos desnuda su alma a través de un cristal, transformando nuestra hambre de conocimiento en una riqueza interior. Al entrar en su mundo interno entendemos lo que es su orar y por qué ora él:

Vida,
dame más palabras,
reticencias no quiero.

Iris Van de Casteele, poeta y escritora (Bélgica, 1931-Paraguay, 2015)