Confesiones de un escribiente (8: Intermezzo de medianoche)

cropped-white-roseMe había prometido terminar de publicar a hilo en este blog algunos de los cuentos por enésima vez editados de Noviembre y póstumos conexos, que debido al repentino cambio de circunstancias del planeta (y de mi pequeño asteroide) decidí no volver a presentar para su impresión y publicación por Torre de Papel o por Loqueleo. Sin embargo, luego de haberme encontrado con la serie La cantina de medianoche, basada en el manga de Yaro Abe, tuve que abandonar la cuarentena y buscar ese lugar frecuentado por gente tan interesante, común y peculiar a la vez.

La manera de hacer cine de los japoneses, su particular expresividad y sus atractivas maneras, pero sobre todo la comida… ¡ah, la comida!, acariciaron mis pensamientos, a veces demasiado cansados de la idiosincrasia del país donde aleatoriamente me tocó nacer (algo que, soy consciente de ello, dicen todos los que nunca están del todo conformes con lo que les tocó tener a la mano para alimentar la sed y el hambre de aprender). En este sentido, quizás Enrique Gómez Carrillo sintió lo mismo, aunque él sí pudo satisfacer su curiosidad de primera mano, como lo demuestra en El Japón heroico y galante.

Confieso saber poca cosa, que es casi como decir que no sé nada, de la literatura japonesa. Hace muchos años, cuando era “menos viejo”, leí una novela titulada Kitchen, de la autora Banana Yoshimoto, además de un relato breve cuyo título ni siquiera recuerdo. Ese libro me dejó el mismo sabor de boca de dulce nostalgia y de quietud de esta serie que, además, me ha acercado de nuevo y con curiosidad a “lo japonés”.

Comparto una excelente reseña del manga en el que se basa la serie de Netflix, escrita por Eduardo Álvarez en su blog Cuarto Mundo, el hermoso tema musical de la serie y el trailer de la serie de Netflix (versión para Japón). Disfruten su comida de medianoche. Y como dicen los japoneses: 食べ物をありがとう ¡Gracias por la comida!

https://www.cuartomundo.cl/2020/04/02/shinya-shukodo-la-cantina-medianoche-2006-historias-tokyo/

Julio Santizo Coronado, 5 de julio de 2020

*****

*****

Le decían Machete (cuento)

¡Ay, Dios mío! ¡Se me fue mi compañero! Él era afilador… Ya no tengo a nadie. No tengo a nadie… ¡Ay, Dios mío! (El hedor del aliento a alcohol barato que se desprendía de aquella mujer se esparcía en el aire). Hace ocho días que se me murió mi marido. Y ahora no sé qué voy a hacer… Me van a sacar del cuarto, porque él me ayudaba. (Un acento pastoso impregnaba el habla torpe y lenta del galimatías que brotaba de su lengua lechosa). Se me murió. Hace nueve días que se murió… Me lo envenenaron, él era afilador… Con ese hombre tuve ocho hijos, you know… Porque yo viví en los Estados. ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué…? Se me fue mi marido; se me fue… y hoy es primero de noviembre, y no lo fui a ver, y no me va a perdonar… Porque, mirá, yo estoy aquí. (La mano se alzaba y se extendía como quien se empinaba el cuto).[1] Why? Yo viví en los Estados… ¡Ay, Dios mío! Se me fue… Y mis hijos ¡nada! Nadie se acuerda de mí, mirá estos huesos, mirá… ¿ves? Me lo mataron en Mixco… Me lo mataron. Yo tengo la ciudadanía, y ahora me voy a ir a los Estados, you know… Él era afilador; pero le dieron un tamal. Yo lo acompañaba a todos lados, pero ahora, mirá, estoy aquí (viéndose las manos) y no me he tomado el octavo que me regalaste. Come on, come on… Tengo cinco hijos en los Estados y tres aquí. (Las risas de los ebrios se mezclaban con el olor a mugre y alcohol). ¡Ay, Dios mío! Le dieron un tamal… y se lo comió, pero estaba envenenado… Le dieron un tamal envenenado allá. Hace diez días que se me murió mi esposo, por eso estoy así. Le dieron un tamal, y él se lo comió, y vieras cómo se lo comió: ¡con ganas…! Y empezó a caminar conmigo, porque él era afilador, afilaba machetes y todas esas ondas.[2] Y me decía: «Agh, agh, agh…». Se me murió en los brazos. Yo lo llevaba al hospital, pero no pude llegar… Hace ocho días que se me murió mi marido, hace diez días… Y mañana son nueve días… Y hoy es primero de noviembre y mirá, mirá donde estoy. (Todos volvían a ver hacia el árbol-mingitorio de la esquina y alzaban la mano sobre la ceja haciendo el saludo que conocen los borrachos y los adictos). Y ahora voy a tener que salir del cuarto, porque ya no tengo esposo, y no va a tener su novenario, porque mirá, aquí estoy yo, pero todavía no me he tomado el octavo que me regalaste. ¡Ay, Dios mío! Andábamos por allá, por la Antigua, y se encontró un tamal, y tenía hambre y se lo comió, vieras con qué ganas se lo comió… Él era afilador, por eso le decían… En Mixco…[3] Se lo comió en Mixco, y me lo envenenaron. (Él se subía los pantalones, que le quedaban flojos, mientras las ganas de orinar lo obligaban a ver hacia el árbol de la esquina). Y ahora, ¡ah! Ahora… ya no sé qué hacer, por eso estoy así… ¡ja! Me lo envenenaron, me lo mataron. (Las lágrimas empezaban a caer sobre el sucio asfalto por el que una vez caminó con su afilador). Él era afilador de machetes, por eso le decían… así le decían. (Él, aturdido por la perorata, volvía a ver hacia la izquierda y hacia la derecha, se tocaba la frente y se ponía la mano en el mentón mientras le decía adiós a la plañidera). A mi viejo me lo envenenaron, con un tamal, allá en la Antigua… en Mixco, y era afilador, y por eso le decían Machete.

Fin

[1] «Botella pequeña de aguardiente» (Diccionario de americanismos). Se dice en Guatemala del licor barato que se vende en envases de un octavo de litro.

[2] «Asunto, generalmente aquel que presenta cierta complejidad o que es de actualidad» (Diccionario de americanismos, RAE). Por extensión, en el habla popular de Guatemala, suele decirse de un oficio o de la manera de hacer algo (Ahí están esas ondas; La onda esa es así…).

[3] Municipio del departamento de Guatemala, cuya cabecera, y capital del país, es la ciudad de Guatemala. Más adelante se menciona a Antigua Guatemala, localidad distinta, esta del departamento de Sacatepéquez.

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2010. El autor se encontró con un grupo de ebrios en una famosa abarrotería de la zona 5 de la ciudad de Guatemala (La Puerta Roja). Una mujer que se destacaba por su discurso en voz alta llamó su atención. Al darse cuenta de que la observaba, se dirigió al autor, quien le compró un octavo de litro de licor barato que la mujer le suplicó. Era el 1 de noviembre de 2010, cuando especialmente quienes pertenecen a la Iglesia católica celebran el Día de los Muertos en el país centroamericano, por lo cual se embriagaban en memoria de Machete. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Algo más ventajoso que el dinero

«Porque la sabiduría es una protección igual que el dinero es una protección. Pero esta es la ventaja del conocimiento: la sabiduría conserva la vida de su dueño». ―Eclesiastés 9:11, 12; escrito hace 3,000 años.

cropped-white-roseEn estos días, cuando el aislamiento social es una necesidad y no solo una expresión de tristeza, apatía o deseo egoísta, el mundo del comercio, los negocios y de la creación y acumulación de bienes y riquezas ha tenido que ceder la poltrona a la salud y al deseo urgente de mantenerse con vida. Al menos eso dicta la cordura.

No obstante, algunos grupos nacionales, elementos sociales e individuos (gobernados y gobernantes), unos más que otros, pero motivados todos por la preocupación que rebasa lo que suele llamarse instinto de supervivencia o, por lo menos, deseo de vivir como lo hacen tantos (sin ningún propósito), llegan a la conclusión de que lo más importante es mantener a flote la economía.

En solo ciento cincuenta días se ha puesto en evidencia quiénes aprecian la vida y a los vivos más que las cosas inertes que los rodean. También se ha visto a las claras quiénes la sostienen por razones no egoístas: que la cuidan porque los muertos no hablan ni sienten ni piensan ni aman. Y es que el conocimiento y su correcta aplicación (se dice que eso es la sabiduría) es más útil que el dinero cuando de escapar de la calamidad se trata.

Esto no significa que la preocupación que suele ir de la mano de la responsabilidad carezca de valor. De ninguna manera. Sin embargo, la actitud y la disposición a sacrificar algunas cosas por los demás o por la vida propia sin vender la integridad dice mucho de la clase de persona que cada uno es en el fondo, en lo que poetas y profetas han llamado desde siempre corazón.

Porque los corazones de quienes piensan antes en el oro y la plata que solo en ciento cincuenta días perdieron muchísimo valor (y seguirán perdiéndolo hasta no valer nada algún día) pesan tanto como el papel y la tinta que a aquellos representan.

Julio Santizo Coronado, 28 de abril de 2020 (con las primeras lluvias de la primavera)

Confesiones de un escribiente (7: Cómprate una isla)

«No pongas a menudo tu pie en la casa de tu prójimo para que no se harte de ti y llegue a odiarte» (Proverbios 25:17).

cropped-white-roseHasta donde la nebulosa estelar de mi conciencia infantil me deja ver en la profundidad del espacio de mis recuerdos, mi inclinación natural por el gregarismo siempre se vio frustrada por mi hipersensibilidad, causada por lo que muchos años después llegué a englobar en una palabra que se hace cada día más grande: injusticia. Eso significa que mi problema, como todos los problemas, viajaba en dos sentidos: hacia mí y desde mí mismo hasta estrellarse contra la humanidad de cualquier prójimo y retornar a mí cual búmeran para darme en la frente una y otra vez.

De ahí que, con los años, me inclinara cada vez más al aislamiento [social] y al trato más cercano con los animales. ¿Por qué cuesta tanto establecer (y mantener) buenas relaciones con los demás? Cierta publicación del año 1989 lo explicó de esta manera realista:

«¿Por qué suelen resultar tan frágiles las amistades? […] Debido a nuestra imperfección, no solo somos propensos a cometer errores, sino que además [no] […] congeniamos con nuestro prójimo. Estamos plagados de sentimientos de culpa e inseguridad, nos ofendemos en seguida, nos sentimos amenazados a la más mínima. Además, como tenemos tendencia a la cólera, el mal genio, la impaciencia y los celos —otras marcas de la imperfección—, nos inclinamos más a “hacernos pedazos” que a mantener vínculos de amistad».

En el último año, vi a mi alrededor la realidad de esta condición que en la publicación citada se nombra con esa tan incomprendida palabra: imperfección; que, si algunos tratan de entender, suelen verla en los demás mas no en sí mismos. De ahí que admita desde el inicio que el problema radica en mí (en nosotros) y que tiene dos vías. Además,  se asemeja a una esfera de hule que rebota sin control… a menos que alguien la detenga y aplique la primera ley de Newton.

En estos días de aislamiento social forzoso, las palabras del proverbio hebreo citado al comienzo de estas reflexiones cobran más sentido. Estas confesiones a mí mismo, arrojadas a la pira de la opinión ajena, resultan en una especie de bálsamo reconfortante que alivia el dolor que causa la incomprensión, pero también la admisión de que algunas cosas, como la manera de pensar de ciertas mentes y del sentir de algunos corazones, son inmutables… o que lo serán mientras tales mentes y tales corazones no reconozcan a mayor grado la ingente dimensión de nuestra condición humana.

Julio Santizo Coronado, 13 de abril de 2020

La arrogancia en el banquillo: sin estrépito ni figura de juicio

cropped-white-rose«Y algo más he visto bajo el sol: que los veloces no siempre ganan la carrera, ni los poderosos ganan siempre la batalla, ni los sabios tienen siempre alimento, ni los inteligentes tienen siempre riquezas, ni siempre les va bien a los que tienen conocimiento, ya que a todos les llega algún mal momento y algún suceso imprevisto. Y es que el hombre no sabe su hora. Así como los peces son capturados en una red mortal y los pájaros en una trampa, los hijos de los hombres son atrapados en un tiempo de desastre, cuando este les llega de repente». ―Eclesiastés 9:11, 12; escrito hace 3,000 años.

Durante seis mil años, la tecnología progresó gradualmente. El aislamiento geográfico y el valladar que las diferencias políticas y lingüísticas representaron durante siglos fueron desvaneciéndose lentamente. Entonces, a partir del siglo XIX, el parsimonioso paso del avance del conocimiento se fue convirtiendo en un trote y, con la llegada del siglo XX y la Gran Guerra de 1914 a 1918, en una frenética carrera que ha desembocado en la demencia ―hija de la vanidad y de la ambición desmedida― que ha dado como producto la posibilidad de aniquilación total por guerra, daño medioambiental y violencia sin freno.

Además, la humanidad no ha podido deshacerse de las enfermedades ni ha encontrado la fuente de la eterna juventud que, con fallidas esperanzas, ha buscado desde la Antigüedad y en todas partes. No obstante, a medida que los avances científicos empezaron a compartirse entre las naciones rápidamente, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y luego a la velocidad de la Internet y de los viajes intercontinentales,  la humanidad también se infló de orgullo y de esperanzas sin basamento, a la manera de los rumores. Muchos cifraron su confianza en la ciencia y en organizaciones políticas internacionales, o en sistemas económicos voraces que ofrecen sueños y riqueza instantáneos por siempre.

Por otra parte, aunque la Revolución Industrial trajo consigo un aumento de la productividad, también condujo a un aumento de la avaricia, la cruel explotación, la polución, el desperdicio, la contaminación de ríos, lagos y mares, la aparición de nuevas enfermedades, la eliminación de bosques y de especies animales, e infinidad de proyectos que han quedado en ilusiones, como la revolución verde. Las ideas que se fomentaron a la par de tales avances que iniciaron su acelerado recorrido en el siglo XIX no aliviaron la frustración que ha causado en la humanidad la cadena de errores en los que ha consistido su historia, sobre todo durante los siglos XX y XXI: el existencialismo, el darvinismo, la revolución sexual, los métodos novedosos de educación infantil y muchas más. Todo esto, junto con el fracaso de la religión tradicional, heredera del paganismo de la Antigüedad que por siglos mantuvo a la humanidad en letargia espiritual y mental, avivada por la superstición y alimentada por el fuego del fanatismo a partir del siglo XVI, ha dado como resultado una sociedad compuesta de personas egocéntricas, descreídas, contestatarias, traicioneras y amantes del placer más que de la virtud, y defensoras de la mentira y no de la veracidad y la confianza.

Y como si de modernos faraones se tratara, una gran cantidad de gobernantes se ha ido alzando a lo largo del siglo XX ―y de manera más notoria en el primer cuarto del XXI―, llenos de altivez, arrogancia, petulancia y amor al dinero… con un solo objetivo: satisfacer su sed de veneración y obtener el poder absoluto y toda la riqueza. Un fracaso más, semejante a la fallida unión del hierro y del barro de las democracias sin rostros ni voces (un trofeo más en la vitrina de la vergüenza de la gobernación humana). Pero, al final, todo resulta tal como escribió Salomón, provisto de una excepcional sabiduría proveniente de una fuente ajena a la simple observación humana: nadie, absolutamente nadie escapa del suceso en que resultan todas nuestras vidas, el que acaba con todos los deseos, todas las banalidades y que hace de todas estas metas egoístas simple vanidad carente de realismo, llena de vacío ―permítaseme el oxímoron―, insustancialidad e ir en veloz carrera tras el viento durante una vida que pasa como una exhalación y acaba en el silencio y la inactividad de la muerte.

En estos días quedará sellado para siempre un precedente de la veracidad de las palabras de Salomón recogidas en las Escrituras: ni los veloces, ni los poderosos, ni los sabios, ni los inteligentes, ni los que poseen la ciencia (el conocimiento) han podido escapar de la angustia y el pavor que una sencilla estructura les ha causado a todos: un corpúsculo microscópico de proteínas y ácidos nucleicos cuya existencia parece una negación de la vida misma y cuyo nombre significa veneno ponzoña.

Julio Santizo Coronado, 2 de abril de 2020 (calurosa primavera)