A mí, ¡jamás! (cuento)

cropped-white-roseSe estremeció. Le habían advertido que las cosas podían ponerse muy feas, pero Cristina siempre creyó que las cosas malas les suceden a los demás, que nunca le sucederían a ella. De eso se encargó la señorita Inés.

Rodrigo le había dicho una y otra vez que lo que las maestras del colegio religioso le enseñaban no se parecía en nada a la realidad de afuera. «A niñas como tú nunca les ocurrirá nada malo, pues tiene la protección divina», le decían con un dejo de fingimiento que a Rodrigo le crispaba los nervios. Sin embargo, para entonces a ella ya se le había llenado la cabeza de pajaritos.

«A mí, ¡jamás!», dijo tajante la niña Cristina, como si fuese una elegida o especialmente favorecida y merecedora de una gracia tan especial que, aunque ni siquiera el fiel Job se había librado del más repugnante de los diviesos ni Jesús de la más cruel tortura en un madero de tormento o Pablo de la ejecución en una cárcel romana, ella estaba segura de gozar de una dispensa especial y de una garantía de protección que iba más allá de todo lo que podía explicarse con palabras. La señorita Inés, aquella mujer tan piadosa, jamás iba a mentirle.

Aquel fin de semana, aquellos insistentes desconocidos la convencieron con melosidad. Cedió y aceptó la invitación con la promesa de que pasaría un buen rato. No le importó mucho no saber quiénes eran aquellos hombres cuyos rostros ya no podía recordar. Y aunque seguía pensando en Rodrigo mientras el suelo debajo de sus espaldas parecía moverse, no terminaba de entender qué había sucedido.

«A mí, ¡jamás!», se decía a sí misma y, a pesar de lo ocurrido seguía insistiendo en la imposibilidad de que la realidad fuese tan contraria a lo que su mentora le había asegurado que sería, y pensó: «Ella jamás me habría mentido». Rodrigo no dejaba de amonestarla, de prevenirla y de ponerla sobre aviso de la estulticia de quienes mueven montañas con mojigatería. No obstante, a pesar de las advertencias, aceptó la invitación.

La tarde se transformó en un enredo de palabras, de insinuaciones, de humo de cigarrillos y de otras cosas que nunca podrían hacerle ningún daño, porque su maestra decía… pues lo que siempre decía ella.

*****

La sirena ululaba; Cristina no entendía por qué le costaba tanto respirar. Tenía los ojos abiertos, pero no podía ver nada más que un cielo lechoso como sábana de hospital. El aire que exhalaba volvía a su rostro como el vaho de una olla en la que se cuece el cadáver de un animal. Entonces recordó que todos habían empezado a gritar y que en un abrir y cerrar de ojos el cuerpo se le había entumecido. El suelo se movía debajo de ella. Estaba tendida y solo podía ver hacia el cielo de leche desde el cual descendía el calor de su propio aliento.

«Ya está muerta, es imposible que siga viva». Era extraño que nadie hablara de ella y que ninguno le dirigiera la palabra. Estaba acostumbrada a ser la más popular, siempre ella, solamente ella, «tan linda ella». Las palabras de Rodrigo seguían retumbando en sus recuerdos. «¡Qué sabe ese tonto! No sabe nada de nada», solía repetirse. Recordó el día cuando les dio la espalda a las palabras de su amigo, ese bobo que no sabía nada de nada, porque a él le había ocurrido todo lo malo que la señorita Inés había jurado que no le sucedería jamás a ella; así que seguramente Rodrigo había hecho algo muy malo y se merecía todo aquel sufrimiento, y más…

… pero el cielo seguía siendo de un enorme blanco sin azul. Los oídos le zumbaban. «Atiendan a la otra, olvídense de esta», que ya está muerta.

Sintió que cuatro manos la cogían con fuerza, la levantaban y la arrojaban de nuevo hacia abajo sin miramientos. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. Y poco a poco, el aire se enfrió y el cielo lechoso se puso más y más oscuro hasta que ya no se oyó nada más que el eco de las suelas de muchos zapatos dando contra el suelo, como en un enorme corredor vacío. El zumbido fue en aumento hasta que cesó por completo el ajetreo. Las cosas se habían puesto verdaderamente feas, pero a ella no le había dado miedo, porque la señorita Inés siempre decía que a ella nunca le ocurriría nada malo, que tenía la protección divina garantizada. Esas cosas solo les pasan a los demás, a ella, ¡jamás!

Oyó llorar a Matilde y le dieron ganas de reír. Matilde era una llorona, chillaba por todo y se quejaba de todo. Matilde no quería acompañarla aquella tarde, pero ella sabía que, aunque las cosas se complicaran, a ella no le podía suceder nada malo porque la maestra Inés siempre repetía… lo mismo… «¡Dejá de llorar, Matilde tarada!».

Los hombres daban voces de nuevo y se llamaban unos a otros de un lado a otro de la habitación. El cielo que pendía sobre su cabeza era ahora más luminoso. Se incorporó al instante, arrojó a un lado la sábana blanca que le cubría el rostro y entonces aquella niña bien de dulce boca y labios de rubí maldijo a la señorita Inés con las más repugnantes sandeces y palabrotas que había aprendido de sus compañeras de colegio…

… todos enmudecieron al oír el grito de odio y terror de la muchacha a la que creían muerta cuando esta vio la imagen de su cabeza en el espejo que colgaba de la pared delante de ella: una bala de calibre 9 milímetros le había arrancado parte de la cabeza por encima de la frente hasta la base del cráneo, la tercera parte del cerebro había desaparecido, pero seguía viva… ¡y consciente!

Matilde chillaba como un gato, presa del pánico, y gritaba histérica corriendo de acá para allá mientras Cristina, sobrecogida por primera vez del miedo que finalmente conoció esa última tarde, dejaba de respirar y caía de espaldas sobre la losa de cemento al tiempo que pensaba por última vez antes de expirar: «A mí, ¡jamás!».

Fin

*****

Escrito originalmente en 2011, este cuento se basa en dos historias reales: la de una estudiante de un colegio religioso de la ciudad de Guatemala, a quien una de sus maestras le aseguró que tenía la protección de María, lo que le garantizaba que jamás le sucedería nada malo (tal como ella se lo relató al autor en 1994). No obstante, a los doce años fue violada por una persona cercana a la familia, miembro de su religión. Esto la llevó a dudar de la existencia de Dios y a caer en una depresión profunda. La segunda historia se la relató al autor un reportero del periódico en donde trabajaba en 2011, mientras este le mostraba las fotografías no publicadas de la víctima de un tiroteo ocurrido ese día. La descripción, aunque adaptada al relato, es básicamente lo mismo que sucedió en la morgue delante de bomberos y periodistas. Aquel reportero gráfico lo relató alterado, todavía presa del horror. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

El dulce aroma del pan (cuento)

cropped-white-rosePara las tías que aman a sus sobrinos, y para las elefantas

Vicente jugaba alegremente a la vera del polvoriento camino que conduce al pequeño pueblo en donde los senderos terminan, el resto del mundo comienza y descansan los viajeros.

Una ramita de guayabo era el juguete del pequeño Vicente, quien era el más feliz de los niños del pueblo. La grandeza de su felicidad no se debía a que disfrutase de las chucherías que doña Rosario vendía en la pequeña tienda del barrio El Centro, ni porque tuviera coloridos juguetes como los que les traían de la capital a los niños vecinos. La fuente de la felicidad de Vicente era mucho más grande que las cosas materiales.

En ese momento, el pequeñín escuchó la voz de su tía quien, afable, siempre lo llamaba a comer al mediodía.

—¿Dónde estabas, mi niño travieso? —le preguntó la tía Eulalia mientras le sacudía el polvo de los pies y le ajustaba las botitas que le había comprado en la cabecera del departamento, que para entonces era para todos lo más parecido a las grandes urbes europeas de las que leían en las novelas francesas y en el periódico, o de las que se oía en las noticias de la radio.

—Estaba jugando, Nana. Las hormigas no dejan de salir de aquel hoyito, y yo no quiero que salgan más hormigas —respondió el niñito, quien no soltaba la ramita de guayabo mientras su tía lo calzaba para que aquellos amados pies no fueran a pescar un hongo ni se fueran a cortar con los trozos de vidrio que dejaban por ahí los borrachos que salían de la cantina arrojando botellas al aire.

El pequeño Vicente se iba a casa de la mano de su tía, quien le preguntaba los colores de las cosas que iban viendo al pasar por las callejuelas polvorientas. A cada acierto de Vicente, la Nana le prodigaba una caricia, con tanto entusiasmo que le alborotaba el cabello; y entonces, el pequeño dirigía su mirada hacia arriba y sonreía al observar con felicidad el rostro de Eulalia.

Al llegar la oscuridad, Vicente se metía en la cama y esperaba con los brazos cruzados detrás de la cabeza las buenas noches de Nana Eulalia, quien le cantaba una tierna tonada con su voz de contralto, pues la tía padecía de ronquera debido al humo del horno de leña en el que todas las mañanas preparaba el pan de yemas y los bollos que Vicente remojaba en el café que bebía del pocillo de peltre.

Al amanecer, el dulce aroma del pan invadía todas las habitaciones de la casona de gruesas paredes de adobe. Vicente se lavaba la cara y corría descalzo a la cocina, a esperar el pan que su tía horneaba antes del alba. Aquel olor de cada mañana acompañó a Vicente hasta el día en que, hecho un joven de bien, se fue del pueblito.

El tiempo hizo de las suyas, como suele suceder, y Vicente llegó a la edad en que los muchachos quieren ser el caballero andante de una bella damisela, para cuidarla y defenderla. Y con ese deseo llegaron inevitablemente sus propios hijos. Pasaron los años, y las visitas a la vieja casona del pueblo fueron cada vez más esporádicas; en parte debido a que el trabajo y su propia familia demandaban mucho de Vicente, y en parte porque cuando los hombres crecen suelen ir más tras la risa del presente que en pos de la melancolía y de los dulces amores del pasado.

Cierta mañana, Josefina, la hija más chica de Vicente, se acercó sonriente a su padre y le preguntó:

—Papi, ¿por qué eres tan bueno con nosotros, me cantas canciones y me lees cuentos?

Vicente no pudo dejar de pensar en su Nana, quien, longeva como los árboles, permanecía afianzada a sus raíces de pueblo polvoriento y pan de yemas de cada día.

—Hijita, soy así porque soy feliz; soy así porque cuando yo era chiquito me quisieron mucho. Pero yo soy así, sobre todo, porque te estuve esperando durante mucho tiempo —respondió Vicente mientras dejaba escapar una lágrima al recordar a su tía bonachona, quien siempre le hablaba cariñosamente con su voz de contralto.

Ese fin de semana, Vicente tomó consigo a sus hijos y viajó muy de mañana al pueblito en el cual todos lo conocían como el niño más feliz. El camino le pareció más largo que de costumbre, pues ansiaba ver de nuevo a la tía Eulalia. Bajó del destartalado autobús y cogió de la mano a sus niños para caminar a toda prisa las pocas cuadras que los separaban de la sonrisa de la Nana.

Vicente volvió a los días en que era el niño más feliz del mundo al ver a aquella anciana que lo esperaba en el umbral de la casa. Se acercó a ella, y con ternura la besó suavemente en la mejilla. Ella sonrió y le sacudió el cabello, tal como lo hacía en la dulce época cuando las hormigas escapaban de las manitas de Vicente. Eulalia entró en la casa, se sacudió de la cintura el delantal con ambas manos y se dirigió a la cocina; entretanto, Vicente y sus hijos se dirigieron al comedor, ante cuya vieja mesa esperaron pacientemente a la tía Eulalia.

La anciana tía volvió del horno y pasó a través del vano de la puerta. Traía consigo una bandeja en la que había pan de yemas y muchos bollos recién horneados. Entonces, aquellos días de unos tiempos que pervivían en la memoria de Vicente regresaron a su corazón cuando volvió a sentirse en toda la casa el dulce aroma del pan.

Fin

*****

Este cuento fue escrito en 2011, cuando el autor trabajaba en la sala de redacción de un periódico. En una ocasión, sostuvo una charla con un fotógrafo, quien le relató las razones de felicidad de su infancia y cómo esto influyó en su manera de educar a su entonces pequeña hija. De esa conversación y de los recuerdos de infancia del autor nació este cuento. Durante su infancia, el autor viajaba a menudo a casa de sus tíos Víctor y Emilse, en la Villa de Patzún, Chimaltenango (altiplano de Guatemala), donde su padre nació, lugar famoso por su excelente pan. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

La sombra de Ofelia (cuento)

cropped-white-roseOfelia se abrazó a la almohada. Al acercarla a su pecho, recordó los años desdichados junto al hombre que solo le había dejado deudas, tres hijos y un corazón herido. Buscó el amor imaginario en el perfume de la funda para aliviar la carga de darles de comer a tres muchachos que no dejaban de crecer, y esperó que el teléfono sonara…

*****

La arboleda del bulevar y las bancas carcomidas por el tiempo invitaban a los enamorados que iban en busca de refugio. La mirada de Ofelia se encontró con su cuerpo, a esa edad en que las mujeres son tan bellas como las adolescentes y tan tristes como las ancianas. Su mirada de café de montaña penetró en lo profundo de una piel que empezaba a marchitarse y que comenzaba a abrirles espacio a esas extrañas pecas que antes no estaban en sus manos ni en su escote.

*****

Se hacía tarde y el autobús no llegaba. Media hora después, Ofelia iba a casa con muchas mujeres como ella y con hombres parecidos a aquel que había engendrado tres hijos en su vientre y quien ―«¡qué desgracia!», se decía y se lo repetía y lo volvía a repetir a sus amigas, «¡cómo se le ocurrió morir!»―. Y todo por no pensar más que en esas estúpidas mujeres que no lo amaban… por volver día tras día a la botella con la cual embotaba sus sentidos; para dejar de pensar en la amargura de su vida, para olvidar que no habían pagado y que en casa no había más que frijoles, unas cuantas tortillas y un kilo de tristeza.

*****

Ofelia se puso su mejor ropa: la blusita ajustada que la hacía verse menos cerca de los cincuenta y los pantalones vaqueros con los que coqueteaba frente al espejo, para convencerse de que seguía siendo bella. Y así, con sus pequeños encantos, anduvo errante por el parquecito que remataba el bulevar, donde la esperaban los árboles fieles entre los cuales habría querido ser besada, para tener un recuerdo y algo que susurrarles a los viejos cipreses en medio de su soledad y de su efímera felicidad.

Vio la hora en el arruinado reloj de pulsera; apretó los labios, arqueó las cejas y miró hacia el suelo, donde las agujas secas de los pinos formaban una alfombra marrón con olor a ocote seco.

Era la hora de volver al salón de belleza donde aquellas mujeres altas, espigadas y delicadamente perfumadas pagaban por un peinado y una manicura más de lo que ella ganaba en una semana de trabajo. Iban a quejarse si Ofelia no estaba allí para servirles la taza de tilo con la que calmaban la histeria que les provocaba no saber qué hacer con su tiempo ni con sus caprichosos y desobedientes hijos. Vio la hora de nuevo y esperó, y espero (y suspiró…).

*****

El aire matutino acarició el rostro de Ofelia, quien aquel día estaba inusualmente exultante. Se levantó de la cama con un entusiasmo que llegó a sorprenderla. Después de ducharse con agua helada se miró al espejo con una vaga sonrisa. Aún atraía las miradas masculinas a pesar de las lonjitas y de la repentina pérdida de peso y el hambre cuando se paren tres hijos al hilo sin ningún consuelo.

Abrió la cartera para buscar las propinas del día anterior. Era temprano, así que fue por una taza de café con leche, con paso coqueto, a la cafetería que quedaba junto al salón de belleza. Los patojos ya estarían en la escuela a aquella hora. Se alegró de no vivir completamente sola; y aunque le hiciera falta quien la abrazara por las noches, las risas y el cariño de sus hijos la consolaban y le infundían el ánimo que necesitaba para seguir viviendo y levantarse todos los días antes del alba.

Se sentó junto a la ventana cuando lo vio pasar por la vereda. No sabía si lo que había sucedido unos días antes era solo una casualidad, una aparición momentánea, una extraña coincidencia, o si aquel hombre trabajaba en alguna de las oficinas que abundaban en aquel barrio. Cinco minutos después, lo vio caminar, siempre galante, en la vereda opuesta. «Mañana volveré a verlo», dijo en voz baja, y se sorprendió de su atrevimiento al pensar en una manera de encontrarse con él.

Transcurrieron las semanas,  testigos de la nueva rutina: sentarse junto a la ventana en la cafetería de siempre y en el lugar de siempre. «Café con leche, ¿verdad?», preguntó la camarera, quien la pilló más de una vez viendo por la ventana al misterioso hombre que pasaba a toda prisa cada mañana.

Después de algún tiempo, Ofelia se armó de valor para hacer lo impensable. Anotó en una servilleta de papel su número telefónico y salió de la cafetería en busca de ese amor que sería de ella y nada más que para ella. Corrió tras él a lo largo de una cuadra. Al darle alcance, se detuvo de sopetón, le dio los buenos días con voz temblorosa y le entregó el mensaje secreto, como cuando de niña les enviaba papelitos a sus compañeros de escuela. «Llámeme…», dijo en voz baja, y huyó en dirección opuesta a refugiarse en el salón de belleza.

*****

Las semanas se transformaron en meses y el café con leche se convirtió en la bebida más popular del cafetín de la cuadra. El galán seguía pasando puntual todos los días por la misma acera, delante del salón de belleza atestado de mujeres que malgastaban sus horas en conversaciones baladíes.

El tiempo, no obstante, no se detuvo. Cierta tarde, Ofelia lo vio pasar por la vereda de siempre, pero esta vez a contramano. Nunca lo había visto andar por allí a aquella hora. Oyó una voz femenina pronunciar un nombre. Una mujer corría tras él, agitando la mano y sonriendo. Él se detuvo, se volvió y caminó lentamente hacia ella. Se abrazaron, rozaron sus labios ligeramente y siguieron su camino tomados del brazo…

*****

La almohada estaba bañada en lágrimas. Ofelia se sonó la nariz y se metió debajo de las sábanas. Apagó la lámpara. La luz de la luna entró en la habitación a través de la ventana que daba al patio e iluminó las sábanas blancas.

Ofelia suspiró y apretó los párpados mientras pensaba, como siempre, que debía levantarse temprano para ir a trabajar. Los muchachos no dejaban de crecer y había que pagar las cuentas…

Se incorporó y se sentó en la orilla de la cama a contemplar la sombra que su cuerpo proyectaba sobre las sábanas, una sola sombra, una sombra y nada más… y el teléfono no sonó.

Fin

*****

La versión original de este cuento fue escrita en 2011, luego de sostener una conversación en el autobús con una mujer que salía de su empleo. El autor trabajaba entonces en un periódico cuya sede se encontraba entonces en la zona 13 de la ciudad de Guatemala. Camino al centro de la ciudad, en un Transmetro, el autor entabló charla con ella. De esa conversación nació la idea para este cuento. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Las dos muertes de una madre (cuento)

cropped-white-roseLa madrugada se hizo más y más oscura, más y más fría, mientras Octavio sostenía la taza de café con la mirada fija en la negrura. No dejaba de mirar a través de la ventana de la única cafetería abierta las veinticuatro horas de la ciudad más gris del mundo.

Sentados a una mesa del fondo, dos parroquianos aburridos mataban el tiempo jugando a la baraja en espera del amanecer. Octavio pensó en el día en que su madre le obsequió su primer mazo de cartas y le enseñó a jugar: «El casinón vale dos puntos, el casinito, uno; cada as vale un punto…». Entonces, el diez de diamantes y el dos de picas empezaron a cobrar vida sobre la mesa imaginaria que se extendía delante de la memoria de Octavio. Al final del juego, llegaba la decepción con el recuento de los puntos. Como siempre, su madre ganaba…

Octavio hizo a un lado la quinta taza de café de la noche, ahora vacía. Las lágrimas trajeron a su pensamiento las visitas a casa de la amiga de su madre, la que vivía a pocas cuadras del Cerrito del Carmen. Recordó la bicicleta ―que no le pertenecía―, en la que recorría las veredas empedradas de aquel lugar desde el cual comenzó a extenderse aquella triste ciudad, cuya falsa alegría engañaba a todos excepto a Octavio. Las tostadas frías en el plato blanco se transformaron en el pan con mantequilla de las tardes y las largas horas que con el transcurso de los años se habían diluido en el olvido hasta fundirse en la soledad de Octavio.

Un travestido ebrio entró, y con su voz falsa y mueca de borracho exigió una cerveza, la que le negaron al instante. Octavio enjugó las lágrimas pensando en cuán grande debía de ser el amor de una madre para querer a aquel que ahora salía del restaurante maldiciéndolos a todos mientras se tambaleaba de manera lastimera. ¡Y cuán grande había sido el amor con que su madre lo había protegido! Algunos padres aman hasta destruir a sus hijos y acaban por transformarlos en seres pusilánimes, incapaces, ellos mismos, de amar y ser amados.

Octavio juró no cometer los mismos errores y terminó por hacer cosas peores. Ahora, sin embargo, era imposible dar marcha atrás. Anduvo varios años por la vida tratando de demostrar el valor de su existencia. Pero la llaga se profundizaba con cada herida que Octavio se infligía a sí mismo al tratar inútilmente de redimirse con el mismo dolor que le causaba a la mujer a quien quería más que a nadie. Porque el amor y el desprecio son como el agua y el aceite. El decir y el actuar de quienes más amamos divergen tanto a veces, que acabamos por ocultarnos lejos de la aflicción. Aunque nuestras intenciones sean las mejores, cuando se vive en un mundo de contradicciones terminamos ocultando los más profundos sentimientos debajo de la gruesa capa del silencio.

Mientras más entendía la frustración de su madre, más se daba cuenta Octavio de que ella solo había descargado en aquellos quienes amaban a su hijo el puñetazo de los celos, porque la vida es a menudo una colección de interminables dolores… y hay hombres y mujeres incapaces de conservar suficiente felicidad en el zurrón agujereado de los recuerdos.

Pidió la sexta taza de café y pensó en la vinagrera de vidrio en la que su madre vertía la amarga esencia de la bebida de cada día. Y aunque Octavio se ufanaba de ser amante del café fuerte y amargo, a veces, a escondidas, lo tomaba aguado, tibio y dulce; y la efímera alegría de la niñez llenaba su corazón y lo transportaba a cualquier cafetería de barrio donde le ofrecieran un «café chapín». Sonrió al pensar que, al final de cuentas, para bien o para mal, aquella mujer había hecho de él la persona que era y a quien muy pocos, o quizás ninguno, conocían de verdad.

El sol se asomó entre las nubes grises. Los clarineros empezaron a cantar. La espera de Octavio llegó a su término cuando el carro fúnebre con el ataúd de su amada madre ―a la que desde ese día extrañaría más que a nadie― pasó delante de la cafetería. Los amigos y los conocidos se preguntaban dónde estaba Octavio en aquella hora tan importante, y en dónde se había metido durante el funeral.

A solas, como siempre, Octavio seguía bebiendo café, tal como lo hizo tantas veces durante aquellos acerbos días cuando su madre lo necesitaba y él no estaba ahí para consolarla. Y es que hay quienes pierden a la mujer que los trajo al mundo una vez, y sufren mucho. No obstante, hay aquellos cuya madre muere dos veces, y para ellos el dolor nunca termina.

Fin

*****

La versión original de este cuento fue escrita en 2011, cuatro años antes de que la muerte de la madre del autor ocurriera. La madre del autor murió junto a él, en la madrugada del 11 de marzo de 2015, mientras dormían en la misma cama. La esposa del autor se hallaba junto a él, en la misma habitación. Contrario a lo que sus enemigos (o falsos amigos) dijeron, ambos la cuidaron hasta el fin. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

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Final para un sueño (cuento)

 

cropped-white-roseUn frasquito sin etiqueta descansa sobre la mesita de noche. Miguel camina vacilante hacia el jardín y corta algunas margaritas: una, tris; dos, tras; tres, clic; cuatro, clac; cinco, tris; seis, tras, y las mete en uno de los tarros de mayonesa que su esposa acumula en la alacena.

Miguel Spiegel, haciéndole honor a su apellido, trata de recordar las últimas palabras que le dictó la noche. Las imágenes se le atoran en la garganta («¡hablá!, ¡hablá!»). Se le derrama el esfuerzo, se agota en el vaivén de las ideas que eructa una por una y que lanza al encuentro de la luz del sol y de las enormes ganas de comenzar el día. Es sumamente trabajoso recogerlas, retenerlas y convertirlas en palabras. Es muy difícil no olvidar.

Cinco, cuatro: en ese brevísimo instante, las ideas son tan claras como lo son ahora las palabras —solo un momento—; es igual que gritar al hallar una respuesta; tres, dos: ahora quedan menos palabras sujetas con grilletes. Le suplica a su esposa, con voz casi inaudible, que no hable, que no encienda el televisor. Vuelve del baño sin lavarse la cara; para no olvidar.

Una palabra se le escapa, se pierde y se confunde en el fondo del retrete, en el abismo de las últimas palabras… «¿Podés prepararme un café con Cremora, por favor». «La Cremora está en el frasquito azul», le responde su somnolienta esposa.

Las palabras se escabullen, aprovechan el descuido y se ahogan en el formol al final de la batalla librada entre la recordación de los sueños y la regurgitación de las palabras anudadas en la memoria: casi un sueño, casi vigilia, casi despertar.

Se le va la frustración dentro de la taza del brebaje que qué bien sabe al descender por el gaznate; no sin culpa, por supuesto, al pensar en que unos minutos más tarde la meada olerá a café.

Así se le acaban a Miguel Spiegel los segundos con los que empieza la mañana: olvida lo importante, lo que no debe olvidar. El sueño deja de ser real, vuelve el silencio, y el silencio llena el espacio, y la página está en blanco otra vez.

Pero el tiempo todo lo puede: lava lágrimas, limpia recuerdos —ya habrá otros sueños—. Pone la pluma a un lado, se prepara otro café; apura la pastilla que lo mantiene cuerdo. Mira el reloj, porque se acerca la hora de tomarse las otras píldoras, esas que lo mantienen vivo, y aguarda a que la noche regrese del otro lado de la Tierra para irse a la cama, no sin antes apurar con un vaso de jugo de manzana las pastillas que lo hacen soñar.

Al día siguiente, Miguel Spiegel volverá a despertar, abrirá los ojos, se quedará metido en la cama dos minutos más, viendo hacia el cielo falso, y tarareará en la cocina las últimas palabras del último de sus sueños. Pescará respuestas, hilará garabatos, uno a uno, con el anzuelo de un cerrar de ojos, cada día y todos los días hasta que, uno de tantos, cuando al fin crea tener los pies sobre la tierra, la clara mañana le diga: «¡No más!».

Fin

*****

Este brevísimo relato fue escrito en 2004, en una época cuando el autor hallaba respuestas a diversos problemas mientras dormía, quizás debido al uso de medicamentos para el trastorno bipolar. Se escribió en la casa de unos amigos de su esposa en Ahuachapán, El Salvador. La versión original se escribió de un tirón, sobre la cama, apenas después de despertar. En agosto de 2018, el autor tomó la decisión de no usar más medicamentos para tratar el trastorno. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado