Las dos muertes de una madre (cuento)

cropped-white-roseLa madrugada se hizo más y más oscura, más y más fría, mientras Octavio sostenía la taza de café con la mirada fija en la negrura. No dejaba de mirar a través de la ventana de la única cafetería abierta las veinticuatro horas de la ciudad más gris del mundo.

Sentados a una mesa del fondo, dos parroquianos aburridos mataban el tiempo jugando a la baraja en espera del amanecer. Octavio pensó en el día en que su madre le obsequió su primer mazo de cartas y le enseñó a jugar: «El casinón vale dos puntos, el casinito, uno; cada as vale un punto…». Entonces, el diez de diamantes y el dos de picas empezaron a cobrar vida sobre la mesa imaginaria que se extendía delante de la memoria de Octavio. Al final del juego, llegaba la decepción con el recuento de los puntos. Como siempre, su madre ganaba…

Octavio hizo a un lado la quinta taza de café de la noche, ahora vacía. Las lágrimas trajeron a su pensamiento las visitas a casa de la amiga de su madre, la que vivía a pocas cuadras del Cerrito del Carmen. Recordó la bicicleta ―que no le pertenecía―, en la que recorría las veredas empedradas de aquel lugar desde el cual comenzó a extenderse aquella triste ciudad, cuya falsa alegría engañaba a todos excepto a Octavio. Las tostadas frías en el plato blanco se transformaron en el pan con mantequilla de las tardes y las largas horas que con el transcurso de los años se habían diluido en el olvido hasta fundirse en la soledad de Octavio.

Un travestido ebrio entró, y con su voz falsa y mueca de borracho exigió una cerveza, la que le negaron al instante. Octavio enjugó las lágrimas pensando en cuán grande debía de ser el amor de una madre para querer a aquel que ahora salía del restaurante maldiciéndolos a todos mientras se tambaleaba de manera lastimera. ¡Y cuán grande había sido el amor con que su madre lo había protegido! Algunos padres aman hasta destruir a sus hijos y acaban por transformarlos en seres pusilánimes, incapaces, ellos mismos, de amar y ser amados.

Octavio juró no cometer los mismos errores y terminó por hacer cosas peores. Ahora, sin embargo, era imposible dar marcha atrás. Anduvo varios años por la vida tratando de demostrar el valor de su existencia. Pero la llaga se profundizaba con cada herida que Octavio se infligía a sí mismo al tratar inútilmente de redimirse con el mismo dolor que le causaba a la mujer a quien quería más que a nadie. Porque el amor y el desprecio son como el agua y el aceite. El decir y el actuar de quienes más amamos divergen tanto a veces, que acabamos por ocultarnos lejos de la aflicción. Aunque nuestras intenciones sean las mejores, cuando se vive en un mundo de contradicciones terminamos ocultando los más profundos sentimientos debajo de la gruesa capa del silencio.

Mientras más entendía la frustración de su madre, más se daba cuenta Octavio de que ella solo había descargado en aquellos quienes amaban a su hijo el puñetazo de los celos, porque la vida es a menudo una colección de interminables dolores… y hay hombres y mujeres incapaces de conservar suficiente felicidad en el zurrón agujereado de los recuerdos.

Pidió la sexta taza de café y pensó en la vinagrera de vidrio en la que su madre vertía la amarga esencia de la bebida de cada día. Y aunque Octavio se ufanaba de ser amante del café fuerte y amargo, a veces, a escondidas, lo tomaba aguado, tibio y dulce; y la efímera alegría de la niñez llenaba su corazón y lo transportaba a cualquier cafetería de barrio donde le ofrecieran un «café chapín». Sonrió al pensar que, al final de cuentas, para bien o para mal, aquella mujer había hecho de él la persona que era y a quien muy pocos, o quizás ninguno, conocían de verdad.

El sol se asomó entre las nubes grises. Los clarineros empezaron a cantar. La espera de Octavio llegó a su término cuando el carro fúnebre con el ataúd de su amada madre ―a la que desde ese día extrañaría más que a nadie― pasó delante de la cafetería. Los amigos y los conocidos se preguntaban dónde estaba Octavio en aquella hora tan importante, y en dónde se había metido durante el funeral.

A solas, como siempre, Octavio seguía bebiendo café, tal como lo hizo tantas veces durante aquellos acerbos días cuando su madre lo necesitaba y él no estaba ahí para consolarla. Y es que hay quienes pierden a la mujer que los trajo al mundo una vez, y sufren mucho. No obstante, hay aquellos cuya madre muere dos veces, y para ellos el dolor nunca termina.

Fin

*****

La versión original de este cuento fue escrita en 2011, cuatro años antes de que la muerte de la madre del autor ocurriera. La madre del autor murió junto a él, en la madrugada del 11 de marzo de 2015, mientras dormían en la misma cama. La esposa del autor se hallaba junto a él, en la misma habitación. Contrario a lo que sus enemigos (o falsos amigos) dijeron, ambos la cuidaron hasta el fin. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Le decían Machete (cuento)

¡Ay, Dios mío! ¡Se me fue mi compañero! Él era afilador… Ya no tengo a nadie. No tengo a nadie… ¡Ay, Dios mío! (El hedor del aliento a alcohol barato que se desprendía de aquella mujer se esparcía en el aire). Hace ocho días que se me murió mi marido. Y ahora no sé qué voy a hacer… Me van a sacar del cuarto, porque él me ayudaba. (Un acento pastoso impregnaba el habla torpe y lenta del galimatías que brotaba de su lengua lechosa). Se me murió. Hace nueve días que se murió… Me lo envenenaron, él era afilador… Con ese hombre tuve ocho hijos, you know… Porque yo viví en los Estados. ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué…? Se me fue mi marido; se me fue… y hoy es primero de noviembre, y no lo fui a ver, y no me va a perdonar… Porque, mirá, yo estoy aquí. (La mano se alzaba y se extendía como quien se empinaba el cuto).[1] Why? Yo viví en los Estados… ¡Ay, Dios mío! Se me fue… Y mis hijos ¡nada! Nadie se acuerda de mí, mirá estos huesos, mirá… ¿ves? Me lo mataron en Mixco… Me lo mataron. Yo tengo la ciudadanía, y ahora me voy a ir a los Estados, you know… Él era afilador; pero le dieron un tamal. Yo lo acompañaba a todos lados, pero ahora, mirá, estoy aquí (viéndose las manos) y no me he tomado el octavo que me regalaste. Come on, come on… Tengo cinco hijos en los Estados y tres aquí. (Las risas de los ebrios se mezclaban con el olor a mugre y alcohol). ¡Ay, Dios mío! Le dieron un tamal… y se lo comió, pero estaba envenenado… Le dieron un tamal envenenado allá. Hace diez días que se me murió mi esposo, por eso estoy así. Le dieron un tamal, y él se lo comió, y vieras cómo se lo comió: ¡con ganas…! Y empezó a caminar conmigo, porque él era afilador, afilaba machetes y todas esas ondas.[2] Y me decía: «Agh, agh, agh…». Se me murió en los brazos. Yo lo llevaba al hospital, pero no pude llegar… Hace ocho días que se me murió mi marido, hace diez días… Y mañana son nueve días… Y hoy es primero de noviembre y mirá, mirá donde estoy. (Todos volvían a ver hacia el árbol-mingitorio de la esquina y alzaban la mano sobre la ceja haciendo el saludo que conocen los borrachos y los adictos). Y ahora voy a tener que salir del cuarto, porque ya no tengo esposo, y no va a tener su novenario, porque mirá, aquí estoy yo, pero todavía no me he tomado el octavo que me regalaste. ¡Ay, Dios mío! Andábamos por allá, por la Antigua, y se encontró un tamal, y tenía hambre y se lo comió, vieras con qué ganas se lo comió… Él era afilador, por eso le decían… En Mixco…[3] Se lo comió en Mixco, y me lo envenenaron. (Él se subía los pantalones, que le quedaban flojos, mientras las ganas de orinar lo obligaban a ver hacia el árbol de la esquina). Y ahora, ¡ah! Ahora… ya no sé qué hacer, por eso estoy así… ¡ja! Me lo envenenaron, me lo mataron. (Las lágrimas empezaban a caer sobre el sucio asfalto por el que una vez caminó con su afilador). Él era afilador de machetes, por eso le decían… así le decían. (Él, aturdido por la perorata, volvía a ver hacia la izquierda y hacia la derecha, se tocaba la frente y se ponía la mano en el mentón mientras le decía adiós a la plañidera). A mi viejo me lo envenenaron, con un tamal, allá en la Antigua… en Mixco, y era afilador, y por eso le decían Machete.

Fin

[1] «Botella pequeña de aguardiente» (Diccionario de americanismos). Se dice en Guatemala del licor barato que se vende en envases de un octavo de litro.

[2] «Asunto, generalmente aquel que presenta cierta complejidad o que es de actualidad» (Diccionario de americanismos, RAE). Por extensión, en el habla popular de Guatemala, suele decirse de un oficio o de la manera de hacer algo (Ahí están esas ondas; La onda esa es así…).

[3] Municipio del departamento de Guatemala, cuya cabecera, y capital del país, es la ciudad de Guatemala. Más adelante se menciona a Antigua Guatemala, localidad distinta, esta del departamento de Sacatepéquez.

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2010. El autor se encontró con un grupo de ebrios en una famosa abarrotería de la zona 5 de la ciudad de Guatemala (La Puerta Roja). Una mujer que se destacaba por su discurso en voz alta llamó su atención. Al darse cuenta de que la observaba, se dirigió al autor, quien le compró un octavo de litro de licor barato que la mujer le suplicó. Era el 1 de noviembre de 2010, cuando especialmente quienes pertenecen a la Iglesia católica celebran el Día de los Muertos en el país centroamericano, por lo cual se embriagaban en memoria de Machete. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Historia de un dolor pertinaz (cuento)

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Aún atesoraba la esperanza que alivia el sufrimiento. Las desgracias, los sinsabores del afán que se transforma en rutina y las inesperadas traiciones habían agriado el espíritu de Deimos de a poco y, sin embargo, en el fondo de su corazón aún brillaban los rescoldos de la felicidad.

Andar de una parte a otra por calles conocidas y descubrir nuevas avenidas hacía más soportable la levedad de su vida. Todo habría sido mucho mejor, de no ser por las insidiosas burlas de Fobos, su hermano gemelo. Con cada retornelo, con cada amanecer, se le hacía más difícil abrirle la puerta al mundo y recibir puros mendrugos de amor. Y aunque el cansancio vital se hacía insoportable en algunos días, seguía luchando por vivir, aunque sin entender bien por qué.

A veces, cuando los días eran asfixiantes, Deimos se asomaba a la ventana de la habitación a observar a los viandantes que se veían tan llenos de vida persiguiendo sus deseos con una constancia que le resultaba ajena e inalcanzable. Incomprendido por su gemelo adicto al miedo, Deimos fue transformándose en un ser de proverbial melancolía.

Una de aquellas tardes de silenciosa observación, Deimos, incapaz de olvidar el día en que la vio por primera vez, arrancaba de sus pensamientos todos los detalles que no encajaban en sus engañosos deseos y los sustituyó con recortes idílicos de sus carencias y tormentos, pues la impresión original suele ser ―dicen― la más importante: ella era bella, verdaderamente bella. Deimos llegó a la conclusión, después de horas y horas de silenciosa contemplación, que ella jamás le causaría ningún dolor, o al menos no aumentaría el que ya era parte de su alma. Persuadido por sus palabras, Deimos aceptó su invitación a sentarse a la vera del camino de los días grises para escuchar y ser escuchado por el silencio.

Transcurridos varios días, semanas, meses… muchos días que llegaron a parecer años, sucedió lo que suele suceder: Deimos apretó los párpados y solo pudo ver con su engañoso corazón, el que rebosaba de la melancolía de quienes idealizan hasta las más triviales tonterías. Así, su existencia continuó fluyendo en medio del vacío al que los seres humanos llaman tiempo.

Lejos quedaron todas las cosas que llenaban otrora su vida con pinceladas de color. Lejos estaba ahora la verdadera felicidad; sin embargo, Deimos se había convencido de haberla encontrado de nuevo, y llegó a pensar con absurda ilusión que ese aparente reencuentro no era producto de la coincidencia ―se lo decía en su afán de convencerse por la querencia―, que ella había estado esperándolo por siempre y que jamás lo abandonaría.

Deimos siguió evadiendo el dolor que causa contemplarse en el espejo de las verdades, e hizo lo que todos terminan por hacer: se mintió a sí mismo avivando así su sufrimiento y lo que todos creen que es la individualidad ―una de miles de millones de copias―, convencido de que ese era el camino que lo conduciría con seguridad al descanso y la paz (porque hay mentiras que solo se le dicen a una persona… a uno mismo).

El horizonte del futuro se hacía más y más oscuro cada vez que se encontraba con ella a la vuelta de la esquina. Mientras más conocía sus caprichos menos deseaba estar con ella, y, no obstante, el temor que le provocaba no superaba la fuerza de atracción que lo arrojaba a sus brazos.

El miedo, empero, terminó por transformarse en desagrado y, como suele ocurrir con todos los enamoramientos pasajeros y espurios, empezó a esquivarla para no verla, para no oírla ni saber de ella. Sin embargo, en el fondo de su corazón moraba la convicción de que, al haberle abierto la entrada de su existencia a aquella dama de engañoso rostro, se había condenado a que le arrebatara la felicidad que, vestida de harapos, ocultaba en el cajón de la decepción.

Y aunque Deimos sabía muy bien lo que debía hacer, habiéndose entregado a la pusilanimidad que caracteriza a los espíritus flojos y domeñados empezó a acariciar la idea de darse por vencido; así que comenzó a preguntarse si para acabar con aquel nuevo sufrimiento no sería mejor rendirse a los nebulosos encantos de aquella mujer que caminaba sobre la vereda del dolor.

Ella dejó muy pronto de ser la beldad de la voz dulce para convertirse en la arpía violenta de cuyos brazos era imposible desasirse. Lejos se encontraba la romántica imagen del primer encuentro; ya no quedaban notas del canto que alguna vez le susurró al oído. Para no soltar la presa, jugaba al camaleón: adoptaba el color de un libro funerario, el tono de las tardes lluviosas, o se enfundaba en el traje de la nostalgia para aparecerse en cualquier lugar: en el amanecer, en la luz del día, en las tinieblas de la noche, en las hojas del té, en el aire que respiraba, en las sombras del atardecer…

Hasta el día cuando le propinó el más traicionero de los golpes bajos: el puñetazo de la incertidumbre. Se lo había arrebatado todo, pero nada nunca le bastó ni le bastaría jamás; Deimos no podía dar marcha atrás. Aquel desliz y sus engañosos pensamientos lo devolvieron a aquello de lo que había tratado de huir alguna vez… del dolor constante, del dolor pertinaz que empieza siempre como un juego, como un coqueteo; del osado guiño de la falsa inocencia, por haberse atrevido a conversar un día con la mismísima muerte.

Fin

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2004. El autor no deseaba publicarlo de nuevo, ya que, más que un ejercicio literario, se trata de un desesperado grito en busca de alivio del dolor emocional. De manera que, aunque lo modificó muchas veces, nunca se sintió satisfecho. Esta vez no fue la excepción. Luego de estar a punto de pulsar el deleátur del ordenador, decidió darle una nueva oportunidad, por lo que se publica de nuevo en este blog. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia