Las páginas gratuitas, porque pensar es gratis

Pensar es gratis. ¿Por qué no debería serlo también leer los pensamientos de los demás? Leer es, por tanto, leer la mente. Y esto siempre ha sido peligroso: quien escribe sus pensamientos, o quien ejerce «el valiente oficio de tener voz», como escribiera M. Polo, se arriesga a ser juzgado y condenado. Quien lee corre el riesgo de modificar su manera de pensar, para bien o para mal. Aquí podrá descargar gratis, en formato PDF, los libros de Ediciones del Jazmín, salvo El Fu Lu Sho de los recuerdos, que no está disponible en formato electrónico. Si desea compartirlos, se agradecerá que reenvíe el enlace a sus amigos, no el archivo.

El libro que enseñaba a escribir (cuento juvenil)

https://lasmemoriasdeunescribiente.wordpress.com/2020/11/30/el-libro-que-ensenaba-a-escribir-libro-gratuito/

Palabras del agua y de la mar (poesía, prosa poética, meditaciones)

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Cartas a un hijo ausente (género epistolar, reflexiones anecdóticas)

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Todos los relatos para la pira (cuentos, relatos, textos satíricos)

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Las horas de mi madre (diario, reflexiones)

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Poesía innombrable (poesía, verso libre)

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Poesía incompleta (poesía, verso libre)

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Ediciones del Jazmín, Guatemala, Centroamérica

Un manual lleno de fulgor (Acerca de «Palabras del agua y de la mar»)

Eduardo Galeano dijo, respondiendo a una entrevista, que el ser humano no nacía una sola vez, sino que eran varias las que uno podía reinventarse, reconstruirse, y que el músculo para fortalecer esta postura era el humor. Leer esto le deja a uno la sensación de que sí, que es posible volver a vivir varias veces y que el simple hecho de no creerse nacido y muerto —de un punto de la cuerda a otro— es algo extraordinario, un largo aliento para varias vidas, para muchos saltos al vacío, para intensos padre, niño y adulto —los que cargamos todos por dentro— recirculándose, abrazándose, separándose, reconciliándose.

Más aún para la gente que anda con el caleidoscopio de las emociones —literalmente— saliéndose de los ojos en cada respiro, movimiento del vientre, lágrima retenida, huida contenida; en síntesis: los poetas, en que esta sentencia es condenatoria y a la vez inspiradora.

El que canta y llora a la vida al mismo tiempo se vuelve una especie de vericueto atemporal, donde se anuda la luz y su tránsito, donde se atasca la sombra y crece moho en los extremos que se rozan al aire, donde hay muerte y vida en la sinestesia más pura, en la simbiosis más consumada.

Así es el poeta: el que recoge o deja caer todo aquello que como el mundo entero le explota en unos cuantos segundos, en unas pequeñas cuadras caminadas, algún espacio para la contemplación y el desembarazo; algún sopeso, una quimera en los labios, una catarsis en las manos, una epifanía hacia el esófago y más adentro, donde todo brota sin resúmenes pero rueda en papiros, rollos enteros, de este periplo —o periplos— donde  trata de tejer los días, enderezar el fluido del vericueto, dejar palabras al ulterior de la desaparición física, pintar vapor sobre las ventanas de la realidad para no perderse, para no herirse. Un graffiti que traspase las paredes, que hiera el poro del adobe o del block, que se quede ahí hasta que un temblor se lo lleve, hasta que el tsunami se lo trague, o el huracán lo pulverice; pero que se aferre, incluso tanto que al llegar a espora de polvo se le escuche el canto, se le huela, se le sienta.

En esa reinvención está Julio Santizo Coronado, en la que se liman y afilan todos los aparejos para saltar de una existencia a otra, dejándonos un manual lleno de fulgor como este libro Palabras del agua y de la mar, donde los corazones duelen de tanta retracción y de mucho rebobinar un aliento extenso y pesado —como ese que suele hacer el mar cuando pretende la nueva ola.

Paolo Guinea, poeta y músico guatemalteco

«Palabras del agua y de la mar» (libro gratuito)

Palabras del agua y de la mar es una colección de trabajos en verso libre y prosa, escritos principalmente entre 2011 y 2014; salvo Memento mori (2000) y Escribir (1993), publicado el segundo en el suplemento literario del desaparecido Diario El Gráfico de Guatemala.

Se eliminaron dos textos que se habían incluido en la versión impresa: Versos arrancados de la inocencia truncada (1985), luego de ponderar la imposibilidad de una publicación íntegra del original, el cual fue devuelto al autor después de casi 30 años de estar en posesión de una amiga del bachillerato; y Algunas veces, solamente a veces (2011), que el autor estimó de escaso valor y no más trascendente que la excusa para el comportamiento de un paciente con trastorno bipolar.

Se hicieron algunas modificaciones y correcciones en los textos; además, en esta versión se ha modificado el orden, distinto ahora al que se empleó en el formato de revista original a dos columnas. No obstante, no se crea que es un libro nuevo. Su espíritu continúa intacto.

El texto en formato de revista fue impreso por Magna Terra en 2016, con una tirada de 1,000 ejemplares. Conserva el prólogo del poeta y músico guatemalteco Paolo Guinea y la traducción al flamenco de Jazmines a la luz de la luna (lecciones de humildad de las amapolas), que vertió a esta lengua la poetisa belga Iris Van de Casteele (Bélgica, 1931-Paraguay, 2015).

Obtenga Palabras del agua y de la mar en el siguiente enlace.

Ediciones del Jazmín, Guatemala, Centroamérica

Elogio del silencio (para leer callados)

cropped-white-roseMientras aumentan las restricciones en el país desde el cual escribo ―y en el resto del planeta― también lo hace algo que casi habíamos olvidado: el silencio. Escribo estas palabras a las 1530 GMT y las reviso y publico a las 2000 GMT. No menciono la hora local a fin de que quienes lean esto en España, o en otras partes, se hagan una buena idea de lo que sucede en este rinconcito de América. Hay mucho silencio. ¡Se escuchan los pájaros por la mañana! Se oyen trinos, graznidos y gorjeos muy fuerte y muy claro. A lo lejos, esta mañana, como si fuese de madrugada, se oía un rumor de automóviles, pero en la distancia. Es ineludible que algunos salgan de casa. ¿Acaso disfrutan del silencio?

En 2013, dos años antes de que mi madre se durmiera en la muerte y descendiera a su propio silencio, escribí una serie de reflexiones en lo que podría llamarse un diario. Poco después, eliminé algunas y conservé las que me resultaban más significativas. Entonces, las reuní en un librito que titulé Las horas de mi madre. La parte 18 de ese librito habla de lo que pienso del silencio y de cuánto lo estimo, de cuánto lo amo… a menos de que disfrute del cariño de los amigos reunidos en casa, algo que en estos días de veras se extraña y no siempre se aprecia en su justa dimensión.

Breve historia del fin del mundo

La calle enmudeció (el viento…). En la distancia, el monótono anuncio suena sin piedad a través del altavoz del camión del chatarrero. La grabación se repite… y otra, y otra, y otra vez…

En las casas: silencio (el viento…). Ni televisores… ni radios, ni el aleteo de un pájaro o el zumbido de una abeja. «¡Al fin!», pensó. El camión del chatarrero no se mueve. La grabación repite el anuncio del verdugo.

Se está quieto. Se queda en silencio unos segundos para asegurarse de que ha acontecido, para estar seguro de que al fin ha sucedido. Silencio… ¡más silencio! (el viento…). «Ahora saldrán los sobrevivientes de sus casas, de sus autos, de los edificios: aparecerán por las bocacalles». No hay nada más que silencio (el viento…).

Entonces… el camión de la chatarra avanza. Oscuras siluetas salen de él. Escucha las risotadas. Se acercan las miradas torvas. Se hacen una señal mientras avanzan a lo largo de la calle que poco a poco se vuelve a llenar de ruido.

Él mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y sigue caminando. Al llegar a la esquina ve cómo se aleja el autobús. Aún es demasiado temprano.

26 de julio de 2013

Me gusta estar a solas y disfrutar del silencio. Me levanto todos (casi todos) los días de madrugada. Aspiro el aire helado, siento el rocío, espero la salida del sol y veo cómo se reúnen puntuales las zenaidas que se hablan unas a otras con su arrullo y se juntan delante de mi terraza a la espera de la pitanza: maíz quebrado, sorgo (o maicillo, como lo llaman en Guatemala) y un poco de alpiste para los gorriones, los coronaditos y los chingolos que también visitan la casa cada mañana. Pongo agua fresca en el cuenco que alguna vez fue de uno de mis perros, y entonces descienden de los techos vecinos y de la alambrada de la terraza que da a la parte posterior de mi casa (vivo en una segunda planta).

Hubo un tiempo en que el único deleite que me causaba sosiego era sentarme en cierto lugar, un tanto lejos de casa, y disfrutar de la comida perfumada que unos jóvenes cocineros preparaban. Lo hacía en la terraza del café, a la sombra de los árboles y debajo de un vetusto parasol. Fue en una de esas ocasiones cuando escribí unos versos que recogí en Palabras del agua y de la mar. Eso sucedió poco antes de que el ruido que había en mi mente se hiciera ensordecedor y me llevara al colapso debido al estrépito del odio y de la indiferencia que veía crecer sin freno en este mundo. Estas son esas líneas:

ESTRÉPITO

Estrépito citadino,
maldita sofocación,
vías repugnantes;
(abrazo el diccionario…).

¡Qué sería de las vistas
que se vuelven hacia adentro
si no tuviese estos esbozos
de recuerdos otoñales!
Carboncillos en la falda,
caballete de ansiedad,
colores que suenan aquí dentro;
(el azul y el amarillo…).

¿Qué fue de aquellas cartulinas
bajo la luz de la mañana,
sobre el naranja veteado
de la inconclusa infancia?

La linaza en suaves óleos,
que abrillanta de mi lienzo la tersura
(tela en blanco…).

¡Silencio, volvamos al silencio!
No más voces, no más acentos burdos:
malditos sean
los sonidos de estas voces,
que más que humanas
parecen coces
de mulas, de asnos,
de yeguas y caballos.

Píntame girasoles
y detén el ruido,
apaga las terribles voces;
(¡paz, solo paz y nada más…!).
Estrépito citadino,
¿cuándo te irás por siempre,
cuándo serás sosiego:
el fin de la estridencia,
soledad, hermana del silencio?

23 de noviembre de 2012

¿Por cuánto más tiempo se extenderá este silencio? ¿Cuánto más aumentará? La humanidad ha llegado al punto de alabar la estridencia, el estrépito: música degradada que baja cada día al sumidero del ruido y la disonancia del mal llamado arte, publicidad que se vale de gritos y de voces chillonas para atraer la mala atención de los incautos, música de fondo que no quiere serlo y que lucha por encimarse contra el diálogo, gritos y bocinazos en las calles, tonos de espera que nos obligan a alejar el auricular… ¡Cuánta falta nos hace el silencio! No fuimos hechos para el ruido, sino para la paz y el mayor de todos los gozos: pensar con tranquilidad.

Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, hubo silencio en el cielo durante una media hora.

Apocalipsis 8:1

Julio Santizo Coronado, 21 de marzo de 2020 (primavera boreal)