El callejón infinito (cuento)

«Paranoia. Trastorno mental constituido por la presencia de una idea ilusoria fija, permanente, lógicamente construida, que condiciona una conducta anormal en el enfermo».

(La Enciclopedia Salvat)

cropped-white-roseJorge se levantó temprano y se dispuso a hacer lo que hacía todos los días. Antonin Dvořák[1] llenó la habitación con el concierto para cello en si menor.

El leitmotiv del primer movimiento inundó el aire camino al trabajo. Para que la belleza de aquella música no se evaporara en la tumultuosa aspereza citadina, Jorge dio muchos rodeos para alejarse del estruendo de las motocicletas, del lloriqueo de los niños, de los gritos de los voceadores… de todas esas cosas que arruinan el sonido del silencio encima del cual se dibuja con los colores de los sonidos bellos. Cerró las ventanillas del automóvil y sonrió cuando confirmó que Dvořák continuaba junto a él.

Cuando una patrulla policiaca pasó a su lado, la sospecha de que su fin estaba escrito en las oscuras páginas de un libro secreto pasó por su cabeza. Las coincidencias no eran sino la apariencia de una realidad más profunda. El hombrecillo de la esquina seguía observándolo. Aquella mirada penetrante se desvió en otra dirección, en aparente acto de indiferencia; sin embargo, Jorge sabía que aquel hombre lo observaba sin siquiera mirarlo. Estaba seguro: era a él a quien vigilaban desde hacía varios días.

Unos días antes, otro automóvil de la policía se había acercado sigilosamente a Jorge, quien saludó con amabilidad a los agentes. Los tres hombres no respondieron. No había otra explicación: habían callado para no despertar las sospechas de Jorge. Sin embargo, solo habían obtenido el efecto opuesto. Ya no cabía duda: aquellas no eran coincidencias, sino la orquestada partitura de una confabulación que tenía como fin un oscuro propósito.

Llegó a la clínica, se puso la bata y revisó la agenda. Iba a ser un día ajetreado. Fuera de un par de conocidos, recibiría a muchos pacientes nuevos. Era muy extraño que tantos desconocidos lo visitaran justamente ese día.

En ese momento, tocaron a la puerta con gentileza. Hizo pasar a Gertrudis, la paciente de las piernas varicosas, a quien conocía desde hacía varios años. Su sola condición hacía improbable que ella fuera la persona enviada por sus perseguidores. No obstante, aquello solo sembró más duda en Jorge. Estaba convencido de que no existían las coincidencias. Aunque hizo un gran esfuerzo por sacarse de la cabeza el nudo gordiano[2] de cuyos extremos era imposible tirar, terminó por pedirle a la recepcionista que cambiara las fechas de las citas de los nuevos pacientes. De ese modo, el enviado, fuese quien fuese, desistiría al creerse descubierto y no volvería, o por lo menos postergaría el final. ¿Y después…? ¿Y si no se daban por vencidos quienes iban tras él?

Salió en busca de un café. Se lanzó a las calles atestadas del mediodía. Al llegar a la esquina, un hombrecillo de agreste apariencia se llevó el teléfono móvil al oído mientras Jorge pasaba junto a él. El médico vio hacia el suelo y se preguntó si lo habrían descubierto o si estarían al tanto de su rutina: el café, las calles, la cafetería de todos los días…

Se alejó a toda prisa. Echó a correr. Decidió no volver al consultorio por sus pertenencias. Poco importaba perder unos cuantos pacientes. Además, Marta se encargaría de las citas. Lo que realmente importaba era impedir que lo encontraran.

Aquella mañana, Jorge no había hallado lugar en el aparcamiento, por lo que había dejado el automóvil en una callejuela detrás de la clínica. Se aseguró de tener las llaves en el bolsillo y se dirigió a pie calle arriba, al oeste, en busca de la vía más concurrida; dio vuelta hacia el sur para enfilar después calle abajo hasta la parada de autobuses a fin de que le perdieran la pista.

Buscó a Dvořák… Este seguía en el mismo lugar. Le infundía confianza y coraje repetir el tema, paaa, parará… paaa, parará… pero entonces, una mirada de maldad le lanzó un destello de ira a los ojos. Fue tan breve que era imposible dudarlo. ¡Estaban siguiéndolo! Media cuadra adelante, sobre la avenida, cuando caminaba hacia el norte, el teléfono de un fulano apostado en el vano de un portal empezó a sonar. El hombre hablaba en voz baja mientras Jorge pasaba junto a él con la mirada clavada en la acera. «Sí, lo voy a hacer…».

El pavor se apoderó de Jorge. Pocos metros lo separaban del autobús que lo llevaría a la seguridad del hogar y de vuelta a Dvořák. Unos policías caminaban en dirección a la patrulla que rondaba la manzana. La sirena emitió ese desagradable sonido que presagia lo terrible. Subió de un salto al autobús. Un muchacho se encaramó por la puerta trasera y Jorge fue incapaz de quitarle los ojos de encima a lo largo del trayecto.

Bajó del autobús dos cuadras antes de la parada más cercana a su casa. Dio una vuelta a la manzana, siempre cruzando a la izquierda, y así se aseguró de que el muchacho no estuviese siguiéndolo. Caminó por una calle paralela a la de casa, dos cuadras abajo, hacia el este, y luego cruzó a la izquierda nuevamente hasta encontrar la calle donde lo esperaba la seguridad del hogar. Subió por las escaleras sin dejar de ver por encima del hombro, abrió la puerta y entró sin volverse.

Nunca había oído pasar tantos automóviles delante de su casa como en aquella tarde de inicios de primavera. Buscó el disco de Dvořák. El concierto para cello volvió a la vida: paaa, parará… paaa, parará… No había más que una lata de Coca-Cola en el refrigerador, pero no podía arriesgarse a salir de casa. Para asegurarse de que ya no lo buscaban, debía esperar por lo menos dos días. Pero ¿qué pasaría con sus pacientes?

Dos días después, Marta llamó toda la mañana a casa de Jorge, quien descolgó con cuidado y, cambiando el timbre de la voz, pronunció un tímido «diga…». Marta le informó que habían roto una ventanilla de su auto y que se habían robado el estéreo. No podían haber sido sus perseguidores. No era posible, a menos que… ¡seguramente trataban de desviar su atención para confundirlo, para que se sintiera más confiado y pensara que no se trataba sino de simples ladronzuelos!

A Jorge no le cabía duda alguna de que sus perseguidores estaban al tanto de sus pensamientos. Así que no les quedaba sino apresurar el desenlace o darse por vencidos. Por lo tanto, decidió salir de casa. No había nada de comer. Se vistió y salió a dar una vuelta a la manzana, con una ropa distinta a la que había usado todo el día, en caso de que rondaran el vecindario y quizás lo hubieran visto a través de alguna ventana. Volvió a casa y se mudó de nuevo. Se rasuró la barba y se puso una gorra de béisbol. Quizás lo confundirían con alguien más. Tomó la precaución de caminar por una calle no acostumbrada. Dvořák seguía en su cabeza, pero no iría a buscar el automóvil. Aquel podría ser un ardid, el cebo con el cual lo atraparían.

Las cuadras que lo separaban del supermercado fueron las más largas de su vida. Todos parecían sospechosos. Podía ser cualquiera. ¿Cómo saberlo y fingir confianza? Compró sopa enlatada Campbell’s, tres latas de Coca-Cola, una hogaza de pan y una barra mantequilla con sal. Pagó en efectivo, no era seguro usar tarjeta. Salió, pero no sin ver antes a todos lados.

Al cruzar la última esquina antes de llegar a casa, un auto con las ventanillas cerradas y vidrios oscuros pasó junto a él muy despacio. Ocultó la mirada debajo de la visera e hizo un gran esfuerzo por tranquilizarse, pero ya era tarde… probablemente habían conjeturado que él usaría esa ruta para evitar ser encontrado.

El automóvil se detuvo en la esquina. Jorge empezó a agitarse y a sentirse fatigado. Mientras se le aceleraba el pulso, la sangre se le agolpaba en las sienes. Entonces, echó a correr. Llegó a casa, cerró la reja, pero olvidó asegurar el candado. Dio un portazo y se escondió en la habitación. Se metió en la cama, encendió el televisor y trató de no pensar en lo que acababa de suceder. ¡Estaba vivo, había escapado de sus perseguidores! Pero ¿por cuánto tiempo…?

No se apareció por la clínica durante una semana. Iba al supermercado en busca de sus latas de sopa a distinta hora cada día. El efectivo empezaba a escasear, pero no se atrevía a usar el ATM y arriesgarse a caer en una celada. Al cabo de ocho días, fue de compras a un supermercado que estaba en la dirección opuesta al que solía frecuentar y en donde había varios cajeros automáticos. Se percibía algo diferente en el ambiente ese día. Jorge se sintió aliviado. No había gente extraña en las calles; vio pasar a sus vecinos, a los de siempre, y, aunque desconocía sus nombres y sus ocupaciones, pudo reconocerlos. Nada le era ajeno. En el estanquillo, las portadas de los periódicos informaban: «Capturan a peligrosa banda de criminales. Una intensa búsqueda culmina con éxito y con la muerte de los cabecillas». ¡Qué alivio! Eso explicaba todo lo que había estado ocurriendo durante aquellos agobiantes días.

Caminó tranquilo de vuelta a casa, seguro de que la vida volvería a ser como antes; feliz de saber que podría regresar a la rutina. Al detenerse en la esquina, una motocicleta se acercó a toda velocidad. Una idea cruzó por su mente: de un momento a otro empezarían a disparar. Cerró los ojos y se preparó para morir. La moto pasó de largo. Era un repartidor de pizza. Jorge se rio como un tonto. Ahora estaba bastante seguro de que no lo esperaban más sobresaltos.

Transcurrió una semana. Jorge volvió a la clínica y atendió a todos sus pacientes, incluso a los nuevos, ahora con la confianza de saber que ninguno había sido enviado por sus perseguidores. La barba comenzó a crecerle de nuevo. Tuvo tiempo para descansar durante aquel fin de semana. Al acercarse el mediodía, se le antojó una Coca-Cola. Salió a buscarla al supermercado. Caminó sin prisa, disfrutando del calor de la primavera. No se había sentido tan bien en muchos días. Ahora podría comprar todo lo que quisiera y no solo la sopa de tomate enlatada que tanto le gustaba.

Fue entonces cuando apareció. Mientras subía por las gradas hacia el segundo piso, vio un automóvil que desaceleraba mientras iba acercándose a él por el bulevar. Justo un poco antes de hallarse junto a Jorge, un hombre bajó el vidrio de la ventanilla derecha de vidrios polarizados y, haciendo un guiño, apuntó el índice en dirección a Jorge. Dvořák guardó silencio.

Fin

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[1] Compositor de nacionalidad austrohúngara (1841-1904), célebre por su Sinfonía desde el Nuevo Mundo. En este cuento se alude al tema del primer movimiento de su Concierto para cello No. 2 en si menor, opus 104. (Pronunciación figurada aproximada del apellido checo del músico: /dèbōyiák/; Dvořák).

[2] «Nudo que ataba al yugo la lanza del carro de Gordio, antiguo rey de Frigia, el cual dicen que estaba hecho con tal artificio que no se podía descubrir ninguno de los dos cabos» (Diccionario de la lengua española, RAE).

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Cuento escrito en 2011 y basado en la experiencia personal del autor, quien durante décadas ha convivido con la depresión causada por el trastorno psicoafectivo bipolar. Este relato fue escrito a manera de liberación en busca de autocomprensión de la paranoia que durante un tiempo aquejó al autor al punto de paralizarlo. Luego de una experiencia similar a la descrita en el cuento, el autor dejó de visitar durante un año el Centro Histórico de la ciudad de Guatemala, cuyas calles detonaban sensaciones como las descritas. El concierto para cello de Antonin Dvořák es una de las composiciones favoritas del autor, por herencia de su madre a quien también le gustaba. Durante la composición de este cuento, el escribiente escuchaba este concierto. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia