Al filo del laberinto (cuento)

«El término psicosis se aplica a enfermedades mentales que cursan con desintegración de la personalidad y que pueden desembocar en la demencia». (La Enciclopedia Salvat)

Octubre se atavió con la frescura de las mañanas otoñales. Allende el cielo de invernadero poblado de capas nubosas se esconde una bóveda azul, que se funde en la línea que remata el marco del horizonte lejano unido al firmamento sin fin con la promesa de la libertad… mucho más allá de donde es posible ver.

No era de extrañar que sus pensamientos apuntaran hacia el cielo: el aire insuflado en sus pulmones en el primer día de su vida tenía el mismo aroma. Sucedía, sin embargo, que con los días dorados también se anunciaba el temor a lo inexplicable, eso indefinible que aturde a ciertas mentes.

«Tiempo» es la palabra detrás de la cual se oculta una insoportable verdad: la existencia se agota. Y, no obstante, persiste la contradicción: el intangible tiempo con su ilusión de permanencia inalterable existe desde el infinito remoto y, sin embargo, no es. Y si lo que no es no puede agotarse ni acumularse, ¿por qué insistimos en llevar la cuenta?

Era él quien se desgastaba y se diluía con cada hora, con cada minuto y cada segundo de aquella nada que transcurría desde el día de su alumbramiento, desde la hora en fue arrojado a la nada del tiempo y a la brevedad de la existencia.

Detuvo la marcha delante de una cafetería. Examinó el menú escrito sobre las paredes. Un desconocido lo invitó a entrar y empezó a repetir justo lo mismo que se podía leer en el muro. Así que dio las gracias con una sonrisa complaciente pero forzada y se marchó. «¡Todo iba tan bien!», refunfuñó. Habría sido mejor que la escritura hablara por sí misma y que nadie desequilibrara la calma de la mañana y de la inusitada quietud del instante.

Caminaba por la acera cuando, de repente, se volvió para luego avanzar con lentitud con la intención de alterar el incierto ritmo de sus pensamientos, para que estos no lo traicionaran ni llegaran a desbocarse como en otras ocasiones. Porque a los pensamientos se les debe mantener a raya, o, de lo contrario, se retorna al inicio sin remedio.

Fue en ese momento cuando su perseguidor, quien había salido a las calles, empezó a taladrarlo con el grosero pespunte de la insistencia de los recuerdos, de los temores, los deseos irresolutos… y se lanzó a caminar detrás de él.

«¿Moriré hoy?», fue la pregunta que escuchó con claridad, justo cuando los pensamientos dejaron un intersticio silencioso en su mente. Entonces, sin aviso, lo invadió otra vez esa cosa tenue y silenciosa que carcome.

La angustia in crescendo se le vino encima mientras densas nubes grises se enrollaban con rapidez, impelidas por el viento del otoño. Y aunque empezó a dudar, a balancearse entre la cordura y la vesania, el repentino y ensordecedor claxon de un automóvil hizo que recobrara el equilibrio en la frágil cuerda de la realidad.

Cruzó la avenida sin mirar a los costados. Tal era su deseo de alcanzar lo más pronto posible la parada del autobús y de salir de aquel maremágnum agobiante que rugía hasta la perturbación absoluta de los sentidos. Mientras esto sucedía, los engañosos pensamientos se disfrazaban de verdad una vez más y se enredaban en una telaraña inextricable y confusa.

«¿Moriré hoy?», volvió a preguntarse en medio de la albura de un espacio de lucidez, que por un instante se abrió paso a través de su cerebro. Así, un mar de conexiones lógicas e ilógicas se transformó en la urdimbre con la cual se tejen los pensamientos.

Miró a su alrededor. Por un instante todo le pareció ajeno… La ciudad, asfixiante con su enajenamiento y la violencia que se alza rampante como potro salvaje, lo conducía implacable, hasta que se dio cuenta de que no sabía a dónde iba ni por qué rumbo enfilar. A nada se le teme más que a la posibilidad de que la locura se instale de manera permanente. Gimió al punto de llorar y se volvió para hacerse la misma pregunta, la interrogante constante que no se debía al temor a la muerte, sino al horror que le provocaba no conocer con certeza las causas que lo enviaban a la desaparición prematura.

Se detuvo. Respiró profundo, ordenó el croquis mental de la ruta por la que pasaba todas las mañanas. Volvió en sí y se sintió aliviado al reconocer de nuevo las calles de todos los días. Fue ahí cuando vio a sus perseguidores aproximarse por la misma acera. «¿Moriré hoy?», dijo en su corazón. Pensó entonces en la posibilidad de cruzar a la acera opuesta, pero era imposible en ese momento. Sin embargo, los esbirros de alguien cuyo rostro había olvidado seguían acercándose.

El autobús se aproximó por la avenida. En cuanto lo vio, cruzó la calle en medio de los automóviles que pasaban peligrosamente cerca. Esa era la única manera de dejarlos atrás, había que jugarse la vida.

Subió de un salto al autobús. ¡Los había burlado! ¡Estaba a salvo! Buscó un asiento, cerró los ojos, respiró profundo y con calma para desacelerar el pulso. Estaba vivo, ¡era libre! Pero la euforia fue efímera, ya que enseguida retornó la náusea y la tos nerviosa del miedo se apoderó de él. Ese espantoso miedo al miedo, el temor que causa no saber a qué se le teme.

Bajó en la última estación y se dispuso a caminar a su destino final. En ese segundo, la indescifrable maraña se empezó a tejer de nuevo. Decidió ir por una Coca-Cola.

Entró en la tienda de la estación de servicio, cogió la lata roja y se situó en la fila de la caja mientras las arcadas volvían y su mente se debatía entre el presente y la ilusión. «¿Por qué me mira esa mujer? ¡Dios mío, estoy asaltando la tienda y no me he dado cuenta!».

El otro lado de su mente le repetía una y otra vez que, si estaba pensando eso, el solo hecho de hacerlo era prueba de que aún era consciente de lo que hacía. La paradoja se hallaba en algún lugar, en un sitio entre la certeza y la incertidumbre. «Esto no es real… ¿o acaso lo es? ¡Respirá, respirá tranquilo o van a darse cuenta! ¿Qué hace esa mujer, por qué llama al guardia?». Aquel se acercaba con la escopeta sostenida con ambas manos. «¿Qué debo hacer? ¿Debo correr, debo gritar? Pensá, calmate, no huyás, no estás haciendo nada malo, ¿o sí…?».

Hubo un movimiento brusco… se oyó un grito ininteligible. «¿Moriré hoy?», se dijo; pero entonces ya no estaba seguro de haberlo pensado o de haberlo pronunciado. Se escuchó una detonación y, entonces, el día otoñal se vistió de prolongado silencio.

Fin

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2010. Se basa en las observaciones y en las experiencias personales del autor relacionadas con la psicosis, los eventos psicóticos y la paranoia causados por una enfermedad mental como la bipolaridad o el trastorno obsesivo compulsivo. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Y al final del invierno… de nuevo la esperanza

cropped-white-roseQuienes desean perpetuar la seguidilla de fracasos humanos suelen tildar de pesimistas las palabras del Congregador, que se recogen en apenas 12 capítulos que, no obstante, me parecen el mejor manual para la vida y la más franca y realista descripción de la existencia humana y de las consecuencias de la tontedad y la locura, pero también de la satisfacción y de la paz que pueden obtenerse del contentamiento que la sencillez y el obrar con sabiduría traen como natural consecuencia.

Concluye Salomón con una poética descripción de los rigores del invierno de la existencia y sus efectos en la carne del hombre mortal, y lo hace junto con una cariñosa invitación a quien es joven y que, debido al vigor, olvida que las flores de la primavera se marchitan, y que el ardor del verano es breve, que la sensatez del otoño es leve y que al final del camino a todos nos espera el frío invernal.

Escribió el rey Salomón hace unos 3,000 años:

«Acuérdate de tu Gran Creador en tu juventud, antes de que vengan los días angustiosos y lleguen los años en que vas a decir: “No encuentro en ellos ningún placer”; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después del aguacero; cuando los guardianes de la casa se vuelvan temblorosos, los hombres fuertes se encorven, las mujeres dejen de moler porque ya quedan pocas y las señoras que miran por las ventanas vean oscuridad; cuando las puertas que dan a la calle se cierren, cuando el sonido del molino se oiga bajo, cuando uno se despierte al canto de un pájaro y todas las hijas del canto se debiliten; cuando además uno tenga miedo a las alturas y haya temores en la calle; cuando el almendro florezca, el saltamontes se arrastre y la alcaparra reviente, porque el hombre va caminando a su casa permanente y los que hacen duelo andan por las calles; antes de que se parta el cordón de plata, se haga pedazos el tazón de oro, se rompa la vasija junto a la fuente y se quiebre la rueda para sacar agua del pozo. Entonces el polvo vuelve a la tierra, tal como era, y el espíritu vuelve al Dios verdadero, que lo dio. ¡La mayor de las vanidades! —dice el congregador—. ¡Todo es en vano!»

Y, no obstante, el ser humano se aferra a la vida, a la vida sin fin que fue implantada en su corazón.

El 29 de marzo de 2019 evoqué la primavera y los dolores que esta trae para los que llevan en su corazón la llama del vigor y el fuego de la demencia, pero a la vez la tranquilizadora monotonía de las lluvias primaverales. Entonces, el 27 de junio, me referí al océano de luz del verano y a sus consecuencias para aquellos cuyas mentes son más sensibles a los cambios de luz estacionales. Más tarde, el 31 de octubre, traté de describir las sensaciones placenteras que el otoño me brinda, a pesar de la leve tristeza, esa que suelo llamar dulce melancolía.

Touched with Fire JSCHoy, me ocupo del invierno. No obstante, no voy a citar a la doctora Kay Redfield Jamison ni a su interesante libro Marcados con fuego, del cual me ocupé en las tres entradas aludidas. Solo diré que, aunque la primavera ha sido a lo largo de mis casi 55 años la antesala de la desesperación, aliviada solamente por las frescas gotas de las lluvias primaverales, hoy la veo de manera distinta cuando pienso en el dolor del cual suelo olvidarme… no solo el que reside en la mente; hablo de los malestares y las limitaciones que Salomón describió magistralmente por inspiración suprema y que, por varias razones, a veces nos alcanzan más pronto de lo que quisiéramos.

Empero, estas palabras no están escritas con pesadumbre, sino con satisfacción, con deseos de vivir y con la confianza de que aunque nuestros días lleguen a su fin, siempre habrá esperanza, porque la vida es imparable y el campo siempre se cubrirá de flores cuando venga por fin la última primavera.

Julio Santizo Coronado, 2 de enero de 2020 (invierno)

Mecido por la noche del otoño

cropped-white-roseA lo largo de mi vida, las fluctuaciones del estado de ánimo han seguido un patrón estacional que intuí desde la niñez. No obstante, no fue sino hasta hace unos cuantos años cuando comencé a observar con más atención tales cambios, a comprenderlos y a actuar en consecuencia. No extraña, por tanto, que siendo un niño de unos 8 o 9 años, hasta donde puedo recordar, sintiera verdadera aversión por el mes de marzo (nací y vivo en el hemisferio norte) y tampoco que me sintiera especialmente incómodo cuando la primavera se acercaba. Las cefaleas fueron, y siguen siendo, el mayor problema durante la primavera, hasta que el verano se establece.

No obstante, la oscuridad de la noche siempre me ha dado alivio. Lamentablemente, no siempre manejé bien este recurso; y aunque la vida nocturna como suele entenderse nunca fue en mi caso la mejor manera de sentirme bien, ya que siempre huí del ruido y de las multitudes, sobreviví en la ciudad de Guatemala a los paseos nocturnos desde la medianoche hasta cerca del amanecer, en una época en que la violencia no había llegado al crítico nivel del siglo XXI. Esto tiene mucho sentido, ya que la fluctuación lumínica diaria guarda correspondencia con el cambio de estaciones y la menor cantidad de luz que recibimos en el hemisferio norte en el otoño y, más tarde, en el oscuro y frío invierno.

Apunta la doctora Kay Redfield Jamison en el capítulo IV de su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, página 134 (Fondo de Cultura Económica, 1998), citando a W. Mayer-Gross, E. Slater y M Roth:

«Los síntomas mejoran cerca del anochecer, en especial la lentitud y el estado de ánimo depresivo cambian para bien. Sin embargo, por la mañana el paciente despierta de su sueño con un humor característicamente sombrío, o solo se siente bien durante algunos minutos antes ―como dicen― de que caiga sobre él la depresión “como una nube”».

Eso es precisamente lo que experimento, y tal ciclo, me parece, se ha definido con mucha más claridad mientras me acerco a la tercera edad. Felizmente, también es más fácil reconocer los cambios y actuar en consecuencia. La doctora Redfield Jamison anota:

«Los ritmos circadianos están implicados en algunos síntomas de la depresión, tales como el despertar temprano y la variación diurna del humor».

Touched with Fire JSCNo obstante, a pesar de que desde tiempos de Hipócrates se observa que la manía y la melancolía se acentúan en la primavera y el otoño, en el caso que describo (el mío), la segunda es especialmente benéfica en el otoño, al punto de haberla calificado con el adjetivo dulce. Esa dulce melancolía es lo que me permite, especialmente entre octubre y noviembre, ser más productivo en sentido estético (eludo la arrogancia, así la veo, de llamarlo artístico). De tal suerte que justo hoy, 31 de octubre, a comienzos del otoño, he finalizado la escritura de un nuevo libro para niños: El libro que enseñaba a escribir.

Así como los días del año favorecen a quienes son especialmente sensibles a las fluctuaciones de luz, la noche del año, que principia en el otoño, resulta bienhechora (incluso en los trópicos, donde nací, crecí y vivo), pues los pacientes bipolares son aún más sensibles a tales cambios lumínicos. Las noches, las noches largas, los días fríos y ventosos, la lluvia otoñal, las tardes grises, todos estos (al menos en mi caso) favorecen la creatividad y la sensación de paz y tranquilidad… siempre y cuando sobreviva a la luz del día y a la luz terrible de la primavera, la peor estación para los poetas que lo son.

Julio Santizo Coronado, 31 de octubre de 2019 (otoño)

Cabalgando sobre las llamas del verano

cropped-white-roseEl 29 de marzo, cuando la primavera y el fulgor del sol ahogaban la tranquilidad de los días de la dulce melancolía que poco a poco se fue disolviendo en un océano de luz, escribimos A la espera de la primera lluvia de primavera. Nos referimos entonces al capítulo V de Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, de Kay Redfield Jamison, titulado “La gangrena de la mente en estado salvaje”, y extrajimos de sus páginas algunas de las más angustiosas expresiones del poeta Lord Byron.

Ahora, cuando el verano ha comenzado en el hemisferio norte, cuando las lluvias de la primavera han dejado de ser un bálsamo tranquilizador para transformarse en las llamas del estío, citamos algunas de las observaciones de la doctora Redfield Jamison (quien vive con el trastorno psicoafectivo bipolar) que encontramos en el capítulo IV (“Sus vidas cabalgan sobre la tormenta”):

«Hace más de dos mil años, Hipócrates observó que la manía y la melancolía se presentaban con mayor frecuencia en la primavera y en el otoño, y Posidonio, en el siglo IV d. C., observó que la manía solía ocurrir con más frecuencia en los meses del verano. A finales del siglo XVIII, el psiquiatra francés Philipe Pinel describió las pautas estacionales de la locura intermitente, y a principios del siglo XIX Kraepelin, escribiendo acerca de la enfermedad maníaco-depresiva, describió sus experiencias clínicas sobre las pautas estacionales del humor: “Vi en repetidas ocasiones que en estos casos aparecía un humor taciturno en el otoño, el cual se desvanecía en la primavera: ‘cuando la savia brota de los árboles’, para excitación, que en cierto sentido corresponde a los cambios emocionales experimentados hasta por los individuos saludables cuando cambian las estaciones'”».

Touched with Fire JSCRecuerdo que en mi infancia, quizás entre los años 1970 y 1974, cuando tenía entre cinco y nueve años de edad, marzo y el calor en aumento de la primavera eran una condena que se traducía en jaquecas y malestares que, estuviese o no a solas, se transformaban en una sensación de ausencia y aislamiento que no podía explicar sino con las desconcertantes palabras dirigidas a menudo a mi madre: «No quepo dentro de mi cuerpo». Y si a eso añadimos tardes de verdadera soledad, es decir, dos soledades conviviendo en la misma mente, y en una gran casa de dos plantas, sin duda fui muy afortunado al sobrevivir a aquellos días, especialmente cuando el verano se materializaba en un país tropical en el cual todos niegan la existencia de las estaciones y donde erróneamente llaman invierno a la primavera y al verano. La doctora Redfield Jamison confirma mis pueriles sensaciones:

«La investigación moderna confirma estas observaciones. Hace poco revisé la bibliografía científica sobre las pautas estacionales de la manía, la depresión y el suicidio […]. La revisión de estos estudios de los meses críticos de las pautas estacionales en que se presentan episodios de manía y depresión indican que los hallazgos son congruentes a pesar de los problemas metodológicos intrínsecos en este tipo de investigaciones. Hay dos períodos generales de crisis, evidentes en la incidencia estacional de los episodios de depresión mayor: la primavera (marzo, abril y mayo) y el otoño (septiembre, octubre y noviembre). Tenemos menos información sobre la manía, pero su incidencia principal ocurre en los meses del verano y a principios del otoño».

Así es, incluso en las regiones tropicales, donde los cambios de luz asociados a las estaciones parecen no ser evidentes (salvo para quienes viven con una exacerbación de los sentidos y luchan día a día contra las emociones que se lanzan desbocadas) esto es un hecho. Estos cambios se expresan a menudo como comportamientos que pueden ir desde lo que a algunos resulta extraño o molesto, hasta la verborrea, la osadía y la falta de juicio, incluso en el caso de los más conscientes de su propia naturaleza o «condición», para usar ese eufemismo tan en boga del cual echan mano incluso algunos pacientes para convencerse de que aquello con lo que conviven no es una enfermedad, lo que podría ser un desatino que conduzca a la enajenación.

La doctora Kay Redfield Jamison incluye en el capítulo de Marcados con fuego que hemos citado los versos con que T. S. Eliot expresa las «metáforas de la vida y del proceso creador, sus yermos inviernos y sus esperadas primaveras, y sus perturbadoras y cambiantes estaciones», tomadas de Little Gidding:

Cuando más brilla el breve día con niebla y fuego, / El breve sol deshace el hielo del dique y del estanque / En frío sin viento, que es calor del alma / Reverberando en un espejo acuoso, / Un brillo que es ceguera por la tarde. / Un destello más intenso que la llama de leña o del brasero agita el alma aturdida; no hay viento sino pentecostal fuego, / En la época tenebrosa del año, entre deshielo y hielo / La savia del alma se estremece. No hay olor a tierra / Ni olor a ser vivo. Esta es la primavera / Pero no la pactada con el tiempo.

Antonio Vivaldi expresa esa transición en la escala de los sentidos y las emociones, y la lucha que se entabla en la mente de todos los seres humanos, especialmente de aquellos que han sido tocados por el fuego, en El verano.

Julio Santizo Coronado, 27 de junio de 2019 (verano)

«Palabras del agua y de la mar» (texto de la edición de 2016 revisado, 2019)

cropped-white-rosePalabras del agua y de la mar reúne textos en verso libre y prosa escritos principalmente entre 2011 y 2014, salvo Memento mori (2000) y Escribir (1993), publicado este último en Diario El Gráfico ese mismo año en el suplemento literario.

Fueron eliminados dos textos: Versos arrancados de la inocencia truncada (1985), luego de ponderar la posibilidad de una publicación íntegra por primera vez del original, que le fue devuelto al autor hace varios años; y Algunas veces, solamente a veces (2011), que el autor estimó de escaso valor y no más trascendente que una excusa para el comportamiento de un paciente bipolar.

Todos los textos fueron revisados por el autor. Se hallaron erratas, se eliminó ripio, algunas frases fueron modificadas y se tacharon algunas líneas y ciertos versos. No obstante, no debe pensarse que es un libro nuevo. La esencia, su espíritu, continúa intacta.

El texto se basa en la publicación del original en formato de revista, impreso por Magna Terra Editores en 2016, cuya tirada fue de 1,000 ejemplares. Conserva el prólogo del poeta y músico guatemalteco Paolo Guinea y la traducción al flamenco de Jazmines a la luz de la luna (lecciones de humildad de las amapolas), que vertió a esta lengua la poetisa belga Iris Van de Casteele (1931-2015), amiga del autor. Descargue el PDF o léalo en línea mediante el siguiente enlace.

Palabras del agua y de la mar (revisión 2019) Ediciones del Jazmín