La letanía (cuento)

El único periódico que publicó la noticia aseguraba que los hechos habían ocurrido de la manera en que en esta ciudad y en el mundo entero todas las cosas parecen suceder.

El diario sensacionalista informó que aquella mujer ―con quien me encontraba en el autobús muy a menudo camino al trabajo― era una jovencita menuda. Sin embargo, la última vez que la vi me pareció más bien robusta y de edad madura. Queda claro que lo que afirmaba el diario es posible, porque todo lo es, aunque las probabilidades aumenten o se reduzcan hasta aquello que a los miopes humanos nos parece imposibilidad. No obstante, es posible también que me falle la memoria.

En realidad, nada de eso importa. Al final de cuentas, ella solo era para los demás una persona cualquiera entre todas las que se confunden en medio de la muchedumbre. Y la razón por la cual recuerdo su apariencia de manera diametralmente opuesta a la descripción publicada en el diario podría deberse al inconsciente esfuerzo que mi mente hace por olvidar la última imagen que mi memoria conserva de ella.

El primer día que la vi, cuando nos encontramos en uno de esos gigantescos y cómodos autobuses que fabrican en Brasil, me di cuenta de que repetía una letanía. No lo afirmo porque la oyera proferir, o susurrar siquiera, palabra alguna, ni porque yo sea capaz de leer los pensamientos (aunque algunos opinen lo contrario cuando los miro con fijeza). La verdad es que sus dedos la delataban, pues los movía como si hiciera pasar entre ellos decenas de invisibles cuentas.

Aunque yo cogía el autobús todas las mañanas en la estación central y ella lo hacía unas cuadras más adelante, la mujer se sentaba invariablemente junto a mí todos los días. Era la coincidencia ―esa cosa intangible que nos hace incidir uno en la vida del otro en el mismo lugar y en el mismo instante― la que nos obligaba a encontrarnos.

Mientras ella repasaba mentalmente la letanía de cada día, los abalorios invisibles se dibujaban en mi cabeza: un día eran blancos; otro, del color de la madera; a veces eran marmóreos y mucho más claros que en los días aciagos. Quizás se debía a que la mujer buscaba afanosamente una sarta que le diese mejores resultados, o tal vez el color de las cuentas armonizaba con su humor o con el tiempo del día.

Aquella mañana de las primeras lluvias del trópico, la mujer se acomodó en la fila izquierda, junto al pasillo. Yo estaba al lado de la ventanilla, pero, para variar, ese día me encontraba una fila detrás de ella. Noté de inmediato la manera en que se volvía y su mirada se posaba en uno y otro extremo del autobús, al tiempo que hacía pasar las cuentas imaginarias una a una entre sus dedos, ora muy rápido, ora lentamente; pero, luego de una prolongada repetición, pausaba como si tratase de recordar la letanía que, a fuerza de tanto repetirla, se transformaba en paradójico olvido.

En la fila derecha, la observaba un hombre sentado junto al pasillo. Este le sonreía cada vez que ella, como una tímida musaraña, enfocaba sus desorbitados ojos avellanados en aquel hombre que le dedicaba una dulce mirada. Las cuentas imaginarias empezaron a pasar mucho más rápido, una tras otra, como las de un japa mala[1] o un masbaha.[2] Yo seguía sus movimientos alternativamente. Ella llevaba la cuenta mientras la letanía se repetía una y otra vez en su cabeza y resonaba en mis pensamientos.

La frenética repetición inaudible se hacía estridente en mi cabeza: sus palabras desesperadas sonaban en el bus como el eco, en mi imaginación y en la mente de aquella pobre mujer a quien acosaba el hombre misterioso que solo parecía querer ser amable, o que quizás pretendía aliviar su dolor, su paranoia, su miedo, su terror, su desconfianza… todo lo que llevan dentro los hombres y las mujeres grises de esta ciudad.

La mirada del hombre desconocido la obligó a hacer una mueca que reconocí inmediatamente, pues ya la había visto antes en un esquizofrénico.

Llegamos a la última estación, justo antes de que el bus reiniciara su recorrido en dirección norte, un camino que comenzaba y volvía siempre a comenzar, sin nunca hallar su destino final, tal como la letanía de la infeliz mujer. No se había detenido el autobús cuando ella ya estaba plantada delante de las puertas, que se abrieron al instante. El hombre de la amable sonrisa caminó detrás de ella, metió la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta de lona, volvió a sacar la mano y fue entonces cuando se escuchó un sonido seco y sordo; un sonido que se dibujó con el más oscuro de los grises…

La mujer cayó de bruces. Su rostro dio contra la fría losa de concreto de la parada del autobús. La sangre empezó a brotar. Fue entonces cuando noté que sus labios seguían moviéndose, como si la letanía batallara por salir de su mente y se arrojara dentro de un inmenso grito, como si todas las palabras del mundo se hubieran agolpado en su boca… y expiró.

Ante la estupefacción de los pasajeros, quienes no entendían lo que sucedía y no emprendían la huida, sino que permanecían en una espeluznante catatonia, el hombre de la mirada apacible se acercó a la mujer y le dijo al oído: «De ahora en adelante, cariño, no tendrás más temor; te escuché e hice lo que querías: acabé con tu sufrimiento. Ahora eres feliz, eres libre de tu miedo».

Dos policías que custodiaban la estación se acercaron a toda prisa, lo desarmaron y, cogiéndolo con violencia de ambos brazos, lo obligaron a entrar en una patrulla al tiempo que el misterioso hombre repetía una y otra vez, sin dejar de sonreír, una letanía. Me acerqué al cadáver de la mujer y, sin que nadie me viera, recogí las imaginarias cuentas ensangrentadas y corrí calle arriba sin mirar atrás.

Fin

*****

[1] Sarta de 108 cuentas esféricas, similar al rosario católico, empleada en el budismo, el hinduismo y el sijismo para recitar mantras o mencionar repetidas veces los nombres de un dios.

[2] Sarta de 33 a 99 cuentas que se emplea en el islam para repetir los diferentes atributos o ‘nombres’ del dios que veneran los musulmanes, Alá (del árabe Allajuh, que se traduce literalmente con el título ‘Dios’).

*****

La versión original de este cuento fue escrita el 6 de junio de 2011, aniversario del día D (6 de junio de 1944), cuando miles de soldados de las mismas religiones repitieron centenares de letanías en Normandía, Francia, mientras se asesinaban unos a otros. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Al filo del laberinto (cuento)

«El término psicosis se aplica a enfermedades mentales que cursan con desintegración de la personalidad y que pueden desembocar en la demencia». (La Enciclopedia Salvat)

Octubre se atavió con la frescura de las mañanas otoñales. Allende el cielo de invernadero poblado de capas nubosas se esconde una bóveda azul, que se funde en la línea que remata el marco del horizonte lejano unido al firmamento sin fin con la promesa de la libertad… mucho más allá de donde es posible ver.

No era de extrañar que sus pensamientos apuntaran hacia el cielo: el aire insuflado en sus pulmones en el primer día de su vida tenía el mismo aroma. Sucedía, sin embargo, que con los días dorados también se anunciaba el temor a lo inexplicable, eso indefinible que aturde a ciertas mentes.

«Tiempo» es la palabra detrás de la cual se oculta una insoportable verdad: la existencia se agota. Y, no obstante, persiste la contradicción: el intangible tiempo con su ilusión de permanencia inalterable existe desde el infinito remoto y, sin embargo, no es. Y si lo que no es no puede agotarse ni acumularse, ¿por qué insistimos en llevar la cuenta?

Era él quien se desgastaba y se diluía con cada hora, con cada minuto y cada segundo de aquella nada que transcurría desde el día de su alumbramiento, desde la hora en fue arrojado a la nada del tiempo y a la brevedad de la existencia.

Detuvo la marcha delante de una cafetería. Examinó el menú escrito sobre las paredes. Un desconocido lo invitó a entrar y empezó a repetir justo lo mismo que se podía leer en el muro. Así que dio las gracias con una sonrisa complaciente pero forzada y se marchó. «¡Todo iba tan bien!», refunfuñó. Habría sido mejor que la escritura hablara por sí misma y que nadie desequilibrara la calma de la mañana y de la inusitada quietud del instante.

Caminaba por la acera cuando, de repente, se volvió para luego avanzar con lentitud con la intención de alterar el incierto ritmo de sus pensamientos, para que estos no lo traicionaran ni llegaran a desbocarse como en otras ocasiones. Porque a los pensamientos se les debe mantener a raya, o, de lo contrario, se retorna al inicio sin remedio.

Fue en ese momento cuando su perseguidor, quien había salido a las calles, empezó a taladrarlo con el grosero pespunte de la insistencia de los recuerdos, de los temores, los deseos irresolutos… y se lanzó a caminar detrás de él.

«¿Moriré hoy?», fue la pregunta que escuchó con claridad, justo cuando los pensamientos dejaron un intersticio silencioso en su mente. Entonces, sin aviso, lo invadió otra vez esa cosa tenue y silenciosa que carcome.

La angustia in crescendo se le vino encima mientras densas nubes grises se enrollaban con rapidez, impelidas por el viento del otoño. Y aunque empezó a dudar, a balancearse entre la cordura y la vesania, el repentino y ensordecedor claxon de un automóvil hizo que recobrara el equilibrio en la frágil cuerda de la realidad.

Cruzó la avenida sin mirar a los costados. Tal era su deseo de alcanzar lo más pronto posible la parada del autobús y de salir de aquel maremágnum agobiante que rugía hasta la perturbación absoluta de los sentidos. Mientras esto sucedía, los engañosos pensamientos se disfrazaban de verdad una vez más y se enredaban en una telaraña inextricable y confusa.

«¿Moriré hoy?», volvió a preguntarse en medio de la albura de un espacio de lucidez, que por un instante se abrió paso a través de su cerebro. Así, un mar de conexiones lógicas e ilógicas se transformó en la urdimbre con la cual se tejen los pensamientos.

Miró a su alrededor. Por un instante todo le pareció ajeno… La ciudad, asfixiante con su enajenamiento y la violencia que se alza rampante como potro salvaje, lo conducía implacable, hasta que se dio cuenta de que no sabía a dónde iba ni por qué rumbo enfilar. A nada se le teme más que a la posibilidad de que la locura se instale de manera permanente. Gimió al punto de llorar y se volvió para hacerse la misma pregunta, la interrogante constante que no se debía al temor a la muerte, sino al horror que le provocaba no conocer con certeza las causas que lo enviaban a la desaparición prematura.

Se detuvo. Respiró profundo, ordenó el croquis mental de la ruta por la que pasaba todas las mañanas. Volvió en sí y se sintió aliviado al reconocer de nuevo las calles de todos los días. Fue ahí cuando vio a sus perseguidores aproximarse por la misma acera. «¿Moriré hoy?», dijo en su corazón. Pensó entonces en la posibilidad de cruzar a la acera opuesta, pero era imposible en ese momento. Sin embargo, los esbirros de alguien cuyo rostro había olvidado seguían acercándose.

El autobús se aproximó por la avenida. En cuanto lo vio, cruzó la calle en medio de los automóviles que pasaban peligrosamente cerca. Esa era la única manera de dejarlos atrás, había que jugarse la vida.

Subió de un salto al autobús. ¡Los había burlado! ¡Estaba a salvo! Buscó un asiento, cerró los ojos, respiró profundo y con calma para desacelerar el pulso. Estaba vivo, ¡era libre! Pero la euforia fue efímera, ya que enseguida retornó la náusea y la tos nerviosa del miedo se apoderó de él. Ese espantoso miedo al miedo, el temor que causa no saber a qué se le teme.

Bajó en la última estación y se dispuso a caminar a su destino final. En ese segundo, la indescifrable maraña se empezó a tejer de nuevo. Decidió ir por una Coca-Cola.

Entró en la tienda de la estación de servicio, cogió la lata roja y se situó en la fila de la caja mientras las arcadas volvían y su mente se debatía entre el presente y la ilusión. «¿Por qué me mira esa mujer? ¡Dios mío, estoy asaltando la tienda y no me he dado cuenta!».

El otro lado de su mente le repetía una y otra vez que, si estaba pensando eso, el solo hecho de hacerlo era prueba de que aún era consciente de lo que hacía. La paradoja se hallaba en algún lugar, en un sitio entre la certeza y la incertidumbre. «Esto no es real… ¿o acaso lo es? ¡Respirá, respirá tranquilo o van a darse cuenta! ¿Qué hace esa mujer, por qué llama al guardia?». Aquel se acercaba con la escopeta sostenida con ambas manos. «¿Qué debo hacer? ¿Debo correr, debo gritar? Pensá, calmate, no huyás, no estás haciendo nada malo, ¿o sí…?».

Hubo un movimiento brusco… se oyó un grito ininteligible. «¿Moriré hoy?», se dijo; pero entonces ya no estaba seguro de haberlo pensado o de haberlo pronunciado. Se escuchó una detonación y, entonces, el día otoñal se vistió de prolongado silencio.

Fin

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2010. Se basa en las observaciones y en las experiencias personales del autor relacionadas con la psicosis, los eventos psicóticos y la paranoia causados por una enfermedad mental como la bipolaridad o el trastorno obsesivo compulsivo. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

A la espera de la primera lluvia de primavera

cropped-white-roseAves canoras, flores, insectos zumbando y polinizando, colores más vivos cada día, luz más intensa, el horno de la bóveda celeste se enciende… Eso es para la mayoría de los mortales la primavera; anhelada, esperada, los días que despiertan el corazón de las almas heladas, pero…

… mientras los días avanzan con la chispa de marzo y el calor se eleva al insoportable bochorno, al punto en que el zumbar de los zancudos y la humedad de las sábanas se cubre con el amargo sudor de los sueños resquebrajados… entonces, cuando todo se cree perdido, caen las primeras lluvias; se asoman entonces las tormentas de primavera, el fulgor del relámpago y el primer bramido del trueno de abril, o mayo…

Para aquellos que viven (y sobreviven) con el trastorno psicoafectivo bipolar o psicosis maníaco-depresiva debajo de sus almohadas, la primavera puede ser, nunca más cierto, la peor estación para los poetas, que vuelve cada año envuelta en las hojas de su antítesis otoñal. El otoño, aunque para algunos puede resultar en una insufrible tristeza, para otros (ese es mi caso) puede significar un período de dulce y apacible melancolía, un dulce volver a recordar con lágrimas de felicidad el encanto de las punzadas del blando sufrimiento creativo que llegan para disfrutarse con el descenso de la temperatura, el viento y las hojas secas.

Touched with Fire JSCKay Redfield Jamison recoge en su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, muchísimas cartas, expresiones de agonía, fragmentos de textos y recuerdos de amigos de muchísimos de aquellos hombres y mujeres que por su notoriedad pública en el campo del arte nos legaron muestras de la volubilidad de la mente que, a pesar de su plasticidad, se parece a menudo mucho más a un caballo salvaje montado por un jinete inexperto y angustiado que a un trozo de barro moldeado.

Cita Redfield Jamison en el capítulo V: “La gangrena de la mente en estado salvaje”, del libro mencionado, al poeta Lord Byron:

«Estoy de tan mal genio que casi pierdo la cabeza, y tan nervioso que lloro por cualquier cosa. Hoy, nada menos, estallé en llanto mientras contemplaba un estanque de peces dorados, que ni siquiera son animales patéticos […] Me he sentido física y mentalmente excitado y exhausto todo este verano, a tal grado que he empezado a pensar que no solo “moriré pronto”, sino que ese momento no está nada lejos. No tengo ninguna razón para estar triste […]». (Pág. 177, 1993, 1998, Fondo de Cultura Económica).

Al final del párrafo supracitado, Byron añade: «… salvo el acompañamiento perpetuo de las pasiones ilícitas»; comportamiento que acompañó al poeta a lo largo de su vida y que suele ser fuente de pasajera, aunque a veces persistente y temible euforia, con la consecuente espiral en descenso de las emociones, algo muy peligroso especialmente en la juventud, aunque no menos inquietante en la madurez, y barrunto que insoportable en la vejez.

Muchos de los cuentos de quien escribe estas líneas, algunos de los cuales se hallan en estas memorias (Noviembre y póstumos conexos) guardan relación con comportamientos y pensamientos propios y ajenos, cuyas raíces suelen hundirse en la tierra tristemente fértil de la ruptura familiar, la soledad, la incomprensión, a menudo abuso infantil de cualquiera de las marcas que se venden en el mercado de las bajezas de este mundo; alcoholismo en la familia y cualquier otro ingrediente que le sepa muy mal a cualquiera que anhele algo mejor en el fondo de su corazón y de sus pensamientos.

Si a esto se añade durante varios años una importante cantidad de inestabilidad y alguno que otro pariente con antecedentes de enfermedad mental (esquizofrenia, trastorno obsesivo compulsivo o psicosis iluminada por las luces del delirio), finalmente, tarde o temprano, todo se mezclará de inconveniente manera y cuajará.

Al llegar a este punto, se ha de aclarar que quien escribe no es un experto de la salud mental. No obstante, ha visto de cerca la carencia de esta y la ha contemplado desde ese mismísimo lugar a menudo tan incomprendido e incomprensible: la mente, su propia mente. Añade Redfield Jamison (experta en salud mental quien convive con la enfermedad bipolar):

«La melancolía de Byron retornó en enero de 1820 y en enero de 1821, e intermitentemente a lo largo del año. En septiembre [otoño] le escribió a Teresa sobre su depresión y sus oscilaciones estacionales: “En esta época del año siempre me siento morir de tristeza. Tú supiste de mi melancolía del año pasado, y cuando me invade esta tristeza es mejor que me aparte de los demás […] Quiéreme. Mi alma es como las hojas caídas del otoño, está completamente seca. ¡Una cantata!“. Al día siguiente le escribió: “Por lo que se refiere a mi tristeza, tú sabes que así es mi carácter, especialmente en algunas estaciones del año. Verdaderamente es una enfermedad temperamental que algunas veces me hace temer la cercanía de la locura, por eso cuando estoy así me alejo de la gente”» (íbidem).

Esto nos lleva de nuevo a la contradicción de la primavera: la luz, el calor, que tarde o temprano desembocará en la manía del verano; pero junto con ella el consuelo de las primeras tormentas con el alivio de la lluvia bienhechora que todo lo lava, que todo lo limpia, que todo lo arrastra y se lo lleva lejos… hasta que vuelva el otoño y con él venga de nuevo la dulce y amada melancolía.

En el siguiente enlace hallarán un magistral análisis del Concierto para violín R.269, La primavera, de Antonio Vivaldi, escrito por Rafael Fernández de Larrinoa, profesor de Armonía y Análisis en el CIM Padre Soler, de El Escorial (Madrid, España).

https://bustena.wordpress.com/2014/02/28/vivaldi-primavera-analisis/

Julio Santizo Coronado, 29 de marzo de 2019 (primavera)