A la espera de la primera lluvia de primavera

cropped-white-roseAves canoras, flores, insectos zumbando y polinizando, colores más vivos cada día, luz más intensa, el horno de la bóveda celeste se enciende… Eso es para la mayoría de los mortales la primavera; anhelada, esperada, los días que despiertan el corazón de las almas heladas, pero…

… mientras los días avanzan con la chispa de marzo y el calor se eleva al insoportable bochorno, al punto en que el zumbar de los zancudos y la humedad de las sábanas se cubre con el amargo sudor de los sueños resquebrajados… entonces, cuando todo se cree perdido, caen las primeras lluvias; se asoman entonces las tormentas de primavera, el fulgor del relámpago y el primer bramido del trueno de abril, o mayo…

Para aquellos que viven (y sobreviven) con el trastorno psicoafectivo bipolar o psicosis maníaco-depresiva debajo de sus almohadas, la primavera puede ser, nunca más cierto, la peor estación para los poetas, que vuelve cada año envuelta en las hojas de su antítesis otoñal. El otoño, aunque para algunos puede resultar en una insufrible tristeza, para otros (ese es mi caso) puede significar un período de dulce y apacible melancolía, un dulce volver a recordar con lágrimas de felicidad el encanto de las punzadas del blando sufrimiento creativo que llegan para disfrutarse con el descenso de la temperatura, el viento y las hojas secas.

Touched with Fire JSCKay Redfield Jamison recoge en su libro Marcados con fuego: La enfermedad maníaco-depresiva y el temperamento artístico, muchísimas cartas, expresiones de agonía, fragmentos de textos y recuerdos de amigos de muchísimos de aquellos hombres y mujeres que por su notoriedad pública en el campo del arte nos legaron muestras de la volubilidad de la mente que, a pesar de su plasticidad, se parece a menudo mucho más a un caballo salvaje montado por un jinete inexperto y angustiado que a un trozo de barro moldeado.

Cita Redfield Jamison en el capítulo V: “La gangrena de la mente en estado salvaje”, del libro mencionado, al poeta Lord Byron:

«Estoy de tan mal genio que casi pierdo la cabeza, y tan nervioso que lloro por cualquier cosa. Hoy, nada menos, estallé en llanto mientras contemplaba un estanque de peces dorados, que ni siquiera son animales patéticos […] Me he sentido física y mentalmente excitado y exhausto todo este verano, a tal grado que he empezado a pensar que no solo “moriré pronto”, sino que ese momento no está nada lejos. No tengo ninguna razón para estar triste […]». (Pág. 177, 1993, 1998, Fondo de Cultura Económica).

Al final del párrafo supracitado, Byron añade: «… salvo el acompañamiento perpetuo de las pasiones ilícitas»; comportamiento que acompañó al poeta a lo largo de su vida y que suele ser fuente de pasajera, aunque a veces persistente y temible euforia, con la consecuente espiral en descenso de las emociones, algo muy peligroso especialmente en la juventud, aunque no menos inquietante en la madurez, y barrunto que insoportable en la vejez.

Muchos de los cuentos de quien escribe estas líneas, algunos de los cuales se hallan en estas memorias (Noviembre y póstumos conexos) guardan relación con comportamientos y pensamientos propios y ajenos, cuyas raíces suelen hundirse en la tierra tristemente fértil de la ruptura familiar, la soledad, la incomprensión, a menudo abuso infantil de cualquiera de las marcas que se venden en el mercado de las bajezas de este mundo; alcoholismo en la familia y cualquier otro ingrediente que le sepa muy mal a cualquiera que anhele algo mejor en el fondo de su corazón y de sus pensamientos.

Si a esto se añade durante varios años una importante cantidad de inestabilidad y alguno que otro pariente con antecedentes de enfermedad mental (esquizofrenia, trastorno obsesivo compulsivo o psicosis iluminada por las luces del delirio), finalmente, tarde o temprano, todo se mezclará de inconveniente manera y cuajará.

Al llegar a este punto, se ha de aclarar que quien escribe no es un experto de la salud mental. No obstante, ha visto de cerca la carencia de esta y la ha contemplado desde ese mismísimo lugar a menudo tan incomprendido e incomprensible: la mente, su propia mente. Añade Redfield Jamison (experta en salud mental quien convive con la enfermedad bipolar):

«La melancolía de Byron retornó en enero de 1820 y en enero de 1821, e intermitentemente a lo largo del año. En septiembre [otoño] le escribió a Teresa sobre su depresión y sus oscilaciones estacionales: “En esta época del año siempre me siento morir de tristeza. Tú supiste de mi melancolía del año pasado, y cuando me invade esta tristeza es mejor que me aparte de los demás […] Quiéreme. Mi alma es como las hojas caídas del otoño, está completamente seca. ¡Una cantata!“. Al día siguiente le escribió: “Por lo que se refiere a mi tristeza, tú sabes que así es mi carácter, especialmente en algunas estaciones del año. Verdaderamente es una enfermedad temperamental que algunas veces me hace temer la cercanía de la locura, por eso cuando estoy así me alejo de la gente”» (íbidem).

Esto nos lleva de nuevo a la contradicción de la primavera: la luz, el calor, que tarde o temprano desembocará en la manía del verano; pero junto con ella el consuelo de las primeras tormentas con el alivio de la lluvia bienhechora que todo lo lava, que todo lo limpia, que todo lo arrastra y se lo lleva lejos… hasta que vuelva el otoño y con él venga de nuevo la dulce y amada melancolía.

En el siguiente enlace hallarán un magistral análisis del Concierto para violín R.269, La primavera, de Antonio Vivaldi, escrito por Rafael Fernández de Larrinoa, profesor de Armonía y Análisis en el CIM Padre Soler, de El Escorial (Madrid, España).

https://bustena.wordpress.com/2014/02/28/vivaldi-primavera-analisis/

Julio Santizo Coronado, 29 de marzo de 2019 (primavera)

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Un grito en la oscuridad (2011, en «Noviembre y póstumos conexos»)

JSC HEN FLOWER WPLos relatos de Noviembre y póstumos conexos, de Julio Santizo Coronado, han sido retirados de este sitio debido a que probablemente serán publicados en formato físico por una casa editorial centroamericana.

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