La mujer que lo entendía todo (cuento)

cropped-white-roseLa última semana de aquel otoño fue todo lo que Mariela necesitó para devorar las ediciones de los periódicos publicados en su ciudad natal durante los últimos treinta años. No obstante, mientras más leía más insatisfecha se sentía.

Fue en aquellos días cuando todos quienes la conocieron empezaron a pensar que Mariela lo sabía todo. No obstante, ella era consciente de que la espuria fuente periodística jamás le daría el conocimiento de todo cuanto sucede en el mundo, ni llegaría a entender a cabalidad el porqué de las cosas. Así que Mariela se decantó por el estudio y la lectura del más banal y superficial de los oficios de escritorio y de banco de cafetería china: la filosofía.

Si lo pensamos sin apasionamientos, su método de lectura no era nada excepcional: Mariela «resumía». Había perfeccionado el sistema a lo largo de las excursiones vacacionales en el lago del altiplano a donde solía viajar en busca de un refugio para sus pensamientos. Aprovechaba aquellos días para sentarse a la orilla de la playa y pasar página tras página hasta que las estrellas brillaban en el firmamento.

Al llegar a este punto de mi historia ―la cual no es simple construcción de mi imaginación, aclaro―, suelo mencionar cierto detalle de los resúmenes de Mariela; uno que quizás a algunos les parezca de poca importancia. Y es aquí cuando casi siempre me interrumpen para decir o pensar (porque a veces tengo la impresión de saber muy bien lo que quienes me oyen piensan) lo evidente: escribir resúmenes después de leer un libro no tiene nada de extraordinario.

Eso es cierto para la mayoría de nosotros los desdichados mortales, y lo sería también para Mariela si no fuera porque ella se entregaba a tal tarea de manera simultánea. «¡Y eso qué!», añadirá alguien más mientras levanta la mano para pedir la palabra desde el fondo de la habitación donde nos encontramos (háganlo, pero no alcen mucho la voz, por favor). Permítanme explicarles.

Mientras Mariela leía y resumía al mismo tiempo, no había libreta ni lápiz en sus delicadas manos. Ejecutaba el más fatigoso de los trabajos intelectuales ―leer― para al instante olvidar todo lo que hubiese quedado al margen, es decir, «fuera del resumen». Mientras los ojos de Mariela paseaban por encima de las líneas de la página impresa, y en el mismísimo instante en que su prodigiosa mente componía el bosquejo resultante, hacía a un lado todo lo insustancial, el rastrojo. Sus ojos marrones recorrían las palabras sin pasar por alto una sola letra, aunque todo aquel que la observara pensase que Mariela no leía nada… absolutamente nada.

Ahora estoy seguro de que por lo menos uno de los presentes dirá que lo que he tratado de explicar no es más que un ordinario método mnemotécnico o de lectura rápida. Sin embargo, el día que llegué a la misma conclusión, Eugenia, la tía de Mariela, me dijo: «Debo explicarte algo más sobre este asunto de la memoria de Mariela; esta habilidad no es un acto simple ni el resultado de un truco mental ordinario».

Eugenia conocía a su sobrina al dedillo, como ya lo habrán supuesto. En tal virtud, yo no debía siquiera imaginar en aquel momento que la explicación que ella creyó imprescindible y más que oportuna tuviera como propósito hacerme sentir mal o demostrarme lo poco inteligente que soy. El interés de la tía Eugenia y la pasión con la cual hablaba de su prodigiosa sobrina no eran sino el consecuente resultado del cariño y la admiración que Mariela despertaba en su corazón y del amor que su tía sentía por ella.

Cada vez que la tía Eugenia repetía la historia que ahora trato de recordar, no podía menos que maravillarse y amar aún más a aquella magnífica rareza que era Mariela en un mundo donde todos se convencían y se dejaban convencer de que para asirse del poder y aprehender el conocimiento se debe obtener la máxima cantidad de información que se tenga al alcance de la mano, o de los ojos… o del oído.

Eugenia me explicó largo y tendido, junto a infinitas tazas de té con leche e incontables galletas de chocolate, que cuando Mariela leía y hacía a un lado lo que carecía de importancia, leía cada oración, cada palabra y cada letra sin pasar por alto ni siquiera una ínfima coma. (Lamento mucho aburrir con mi insistencia a quienes ahora veo bostezar).

Mariela había sido dotada de un cerebro similar, por decirlo de alguna manera, a las extremidades de algunos anfibios que, luego de ser amputadas, se regeneran. Sí, Mariela era una salamandra cerebral.

Aunque con cada nuevo pensamiento Mariela perdía literalmente porciones de masa encefálica, pérdida que se aceleraba durante el proceso ya descrito, su mente desechaba el extracto residual durante un período de limpieza… porque olvidé añadir algo muy importante ―y sírvanse excusarme de nuevo, por favor, pues tiendo a pasar por alto los datos que suelen echarse en falta cuando deseo comprender el todo de las cosas―: Eugenia me dijo aquella tarde de té con leche y galletas que hasta el más nimio de los resúmenes de Mariela permanecía en su cabeza por un breve período de tiempo. Pero cuando el sujeto de nuestra admiración leía acerca de cualquier otro tema que despertara su atención, las conexiones neuronales y, por consiguiente, sus pensamientos, se borraban con la misma facilidad con que habían llegado a la existencia, y con tal borradura se perdían porciones encefálicas. Y, no obstante, Mariela continuaba con vida y haciendo lo que más disfrutaba: leer.

Así que Mariela era, a su propia y extraña manera, todo lo opuesto al memorioso Funes que Jorge Luis Borges inmortalizó en su verídico relato disfrazado de falaz cuento. Dicho esto, es imprescindible añadir a mi relación que Mariela era incapaz de recordar definiciones. De tal suerte que, si pusiese por escrito esta historia, bien podría titularse Mariela la desmemoriada. Sin embargo, como más adelante demostraré, este título no sería el más adecuado. ¿Por qué? Porque todo el mundo estaba convencido de que Mariela lo sabía todo.

Aquella señora que escucha junto al pasillo izquierdo de la sala, que ha saltado dos centímetros por encima de su butaca en un acto de incomprensible levitación, se preguntará de qué manera podía Mariela saberlo todo si, al fin de cuentas, acababa por olvidar todo cuanto leía. ¡Ah! Ese es el punto toral de mi relación y la razón por la que me embarqué en la empresa de dar a conocer a la historia real de Mariela. Así que, por favor, señora mía, no desespere, trataré de responderles a usted y a todos los presentes, y haré un gran esfuerzo por no omitir detalle alguno de lo que la tía Eugenia me dijo (creo haber explicado antes que tengo muy mala memoria).

Aquí es donde quienes no abstraen la metafísica de los asuntos se extravían en un laberinto de aparentes incongruencias. Creo haber dejado bien claro ―a menos que me esté volviendo mucho más olvidadizo que hace unos cuantos años, o minutos, o segundos, y además menos diestro en el oficio de narrar historias e hilar tramas, aunque en realidad nunca he sido muy bueno en este oficio― que el cerebro de Mariela se degradaba, por decirlo de alguna manera, con cada una de aquellas kilométricas sesiones intelectuales.

Cuando las neuronas que se habían conectado para crear un resumen se apagaban para siempre, el espacio vacío resultante se transmutaba en algo más, en algo diferente y que se me hace difícil definir o dibujar con imágenes literarias o científicas, y mucho menos reducir a sencillos y comunes términos.

Recuerden: el cerebro de Mariela, aunque desaparecía como las extremidades de las salamandras, se regeneraba paulatinamente, y, no obstante, no volvía a ser la materia gris (y la materia blanca) de la que tanto nos hablaban nuestros maestros en la escuela y por cuyo mantenimiento y buen funcionamiento nuestras madres nos obligaban a dormir y a comer alimentos abundantes en fósforo, como el pescado que tanto me gusta… Pero ahora empiezo a divagar.

Durante aquella paulatina regeneración y transformación, el cerebro de Mariela desarrollaba una sustancia ajena a las típicas células que conocemos como neuronas y que hacen de nosotros lo que somos, o quisiéramos ser: humanos. La salamandrina regeneración a la cual me he referido antes en mi exposición consistía en transformación de materia en energía, o, mejor dicho, en pensamientos puros que no necesitan soporte físico para continuar existiendo.

Como ya habrán concluido los presentes, si es que me han seguido con atención y han puesto en marcha ese maravilloso enlace de enunciados mentales que solemos llamar lógica, Mariela no fue ajena a la composición natural del asiento de la mente el día en que su madre la dio a luz. No obstante, debido al proceso que he querido explicar con todos los detalles que ahora recuerdo, porque empiezo a olvidar, ese inefable algo en el que su materia gris se transformaba le permitía almacenar imágenes puras, simples, en la forma más primitiva de los conceptos; libres, empero, de toda definición o enunciado alguno, y, por tanto, de conectivos lógicos.

Aunque al comenzar a narrar la historia de Mariela pude haber causado en ustedes la engañosa impresión de desear llevarlos de la mano y situarlos delante de la maravillosa visión de un resultado por demás espectacular, la verdad es que la consecuencia ineludible de todo lo dicho y sucedido fue que Mariela perdiera el habla y, por consiguiente, la habilidad de descifrar las representaciones fonológicas de la manera en que los prójimos comunes suelen hacerlo.

En efecto, en cierto momento de su vida, Mariela fue incapaz de decodificar los signos de la escritura que desde nuestra infancia llamamos letras. Le resultaba imposible relacionar los símbolos con un sonido particular, ni era capaz de enunciar. Era evidente ahora que, con el tiempo, la agrafía[1] se apoderaría de ella.

Fue así como Mariela dejó de leer en su lengua materna, el español, y ascendió un peldaño en la escala de la lectura: ahora sentía lo que veía sobre el papel, lo que posibilitó que pudiese «leer» desde entonces en cerca de dos mil trescientos idiomas, quizás unos más, tal vez unos menos.

A nadie dejó boquiabierto lo que Mariela llegó a saber en alguna remota época de su existencia, pues lo verdaderamente inusual era su comprensión de las cosas. Hoy, al repetir esta historia por enésima vez, quizás la última (porque estoy a punto de olvidarla), delante de todos los que quisieron honrar a Mariela con este póstumo y sencillo acto, me doy cuenta de que debería titularla, en caso de que se ponga por escrito alguna vez, La mujer que lo entendía todo.

Pero no pongan esa cara de tristeza, ya que no he terminado aún. Permítaseme continuar, porque ninguna historia es buena si no tiene un final, sin importar que este sea brillante, aciago o una simple tontería.

Cierto día de finales de primavera, poco antes de que se borraran las facultades de Mariela, tomó la decisión más importante de su solitaria existencia. Al darse cuenta de que era insoslayable el fin y de que las consecuencias de aquel inusual don que a la larga se había transformado en fuente de desasosiego eran inevitables, llegó a la ineludible conclusión de que era imprescindible buscar quién cuidase de ella y la protegiera cuando amaneciera el día en que, incapaz de comunicarse con sus semejantes, no pudiera valerse por sí misma.

Así que vendió su herencia, lo que incluía una casa y algunos muebles, y con la plata que obtuvo compró todas las novelas y libros de cuentos que halló en las librerías de viejo (o de lance, como las llaman allende las tierras que vieron nacer a la fabulosa Mariela).

Aquellos últimos días fueron hermosos, luminosos. Mariela se entregó a la lectura de novelas, cuentos y relatos breves, pues ni los diarios ni la filosofía, ni siquiera los textos académicos, científicos o teologales que pretendían explicar su mundo satisficieron su ansia de conocer y entender la verdad de todas las cosas.

La tía Eugenia la alojó en una piecita situada al fondo de su casa y fue allí donde Mariela se dedicó a hacer sus últimos resúmenes y a vivir aquella autoencefalofagia que transformaba el asiento de su mente en un espacio de imágenes puras, simples, cada vez más primitivas y cristalinas.

Llegó a ocupar un sitio en su mente el amarillo; otro, el ave; uno más, una casa… Pero estos nunca volvieron a fusionarse para darle forma a la imagen del canario que cantaba en la casa del vecino. Hacerlo habría significado retroceder y dejar de entender el mundo, un universo que ahora consistía en miles de millones de algo muy parecido a los conceptos, pero sin serlo realmente, y esparcidos aleatoriamente, sin que un solo enunciado saliera de sus silenciosos labios o se encadenara en su increíble mente, cuyo asiento era ahora aquella nueva, rara e inefable sustancia en la que el cerebro con el cual había nacido se había transformado.

Cuando la facultad del habla la abandonó, Mariela dejó de escucharse a sí misma con su voz interna. Las palabras dentro de su cabeza desaparecieron. Quedaron libres, flotando en aquel espacio de materia oscura, donde el cosmos se coligaba con sutileza. Los conceptos puros, carentes de definición, y la designación de las cosas llegaron a ser un mero recuerdo del más remoto pasado de aquella inusual mujer.

No obstante, aunque su mirada y su presencia no dieran visos de que algo ocurría ahí dentro, la pureza de los extraños conceptos que su cerebro aún almacenaba dio como resultado que en un insólito despertar que se confundía con la catatonia más inverosímil, Mariela fuese capaz de inferir todas las verdades y, por lo tanto, de no necesitar darle explicaciones a nadie. El lenguaje sobraba, el todo estaba en su mente, una mente llena de lo inexplicable, de todo lo que solo es posible sentir.

Cuando llego como solitario buque al puerto del epítome de mi relato (pues en este punto suelen abandonar la sala quienes me oían con atención al principio), todos se preguntan qué fue de Mariela. Debo admitir con franqueza que lo ignoro en realidad. Es aquí donde debo rellenar los huecos de mi historia con mera especulación.

Se opina que unos científicos la convirtieron en objeto de estudio y concluyeron que se había sumido en un sueño interminable. Se cree que infinidad de personas la buscaron por un largo espacio de tiempo con la esperanza de encontrar en ella las respuestas a todas las preguntas y la solución de los misterios de la vida.

Pero era inútil. Nadie obtuvo nada a cambio de sus preguntas ni de sus ruegos, y Mariela, silenciosa, era insobornable e incorruptible, ya que he mencionado mucho antes ―¿lo hice?― que poco después de que Mariela hiciese su último resumen dejó de comunicarse y se apagó como una vela que se agota en una habitación oscura. Con el transcurso del tiempo, y luego de prolongado silencio, todos perdieron el interés en Mariela, quien no hablaba, no escribía; era poco menos que un guijarro solitario entre los miles de millones que se encuentran dispersos sobre la superficie de la playa. Era inútil dirigirle la palabra.

Quienes peregrinaban desde el otro lado del océano, impulsados por la leyenda de Mariela, acababan desilusionados. Sus mentes holgazanas jamás volvieron a saber de la supuesta fuente de soluciones a todos los problemas. No les quedaba otro remedio: aprenderlo todo por cuenta propia, porque Mariela nunca podría revelarles el secreto del conocimiento, que en realidad no consistía en saber todas las cosas, sino en entenderlas y en ser capaz de sentir el silencioso sonido del inmenso universo.

Fin

*****

[1] Agrafía. Condición de ágrafo. Incapacidad total o parcial para expresar las ideas por escrito a causa de lesión o trastorno cerebral.

Escrito originalmente en 2011, este cuento, con el que se cierra la selección de 19 de los 31 cuentos que llegaron a formar este libro alguna vez, es un divertimento en el que algunos podrían llegar a verse retratados, unos para bien y otros quizás no tanto. Aunque contiene un toque de ironía muy personal, quienes se hayan sentido agobiados por la presión que el sistema impone en sentido intelectual probablemente lleguen a las mismas conclusiones del autor. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Fuerte como los brezos (cuento)

cropped-white-roseA todas las heroínas, con las disculpas que debería ofrecerles este mundo cruel, demente e injusto

La lluvia inundaba las calles aquella tarde de septiembre. Los torrentes otoñales arrastraban las penas de Érica. Un riachuelo gris descendía desde el poniente para terminar estancándose delante del cafetín junto al cual una desgastada acera era la ribera que le traía el recuerdo de los angostos ríos sobre los cuales dormían los puentes de su pueblo natal.

Érica miró hacia el cielo encapotado y se apresuró a entrar en la vetusta cafetería que se encontraba al lado del hotel donde se hospedaba con otros profesores que asistían a uno de los inútiles congresos que el Ministerio de Educación organizaba cada vez que había una crisis educativa en el país. El agua se colaba a través del techo y mojaba gota a gota el costal que una pordiosera de rostro adusto anudaba y desanudaba en el vano de la puerta y que contenía todos sus recuerdos, sus sueños, su cama, su hogar de caracol errante.

«Deme una moneda», dijo la harapienta. Entonces, una mujer gritó desde el fondo: «Portate bien o te saco». Érica le hizo una señal a quien había vociferado desde la cocina al mismo tiempo que se sentaba a la mesa situada en una esquinita del destartalado saloncito que daba a la calle. Luego dirigió la mirada a la mujer en harapos: «Esperá, esperate un ratito».

La mujer cetrina miró hacia el suelo y siguió anudando y desanudando en silencio su costal. «Señora, mejor cámbiese a otra mesa. Aquí se va a mojar. Siéntese más allá y en un momento la atiendo». Érica se levantó y volvió la mirada hacia la puerta para asegurarse de que la mendiga siguiera allí.

Entretanto, la vagabunda volvía a cerrar el costal con una cuerda muy delgada, no sin antes verificar que su misterioso contenido estuviera aún adentro. Los hombres grises se burlaban de ella y le jugaban bromas pesadas, así que no debía confiarse demasiado. La voz de Érica y su sonrisa aliviaron la inquietud de la mujer, que no se desprendía de su linyera, y le infundieron la confianza que otros aniquilaron poco a poco con sus gritos y el innecesario aspaviento que hacían cuando pasaban junto a ella.

«Regáleme una moneda», repitió en voz baja. Érica sonrió y le hizo de nuevo la misma señal que minutos antes había tranquilizado a la mujer. Los años le habían enseñado a Érica que la soledad podía ser su mejor amiga; eso sí, siempre y cuando no se quejara, hiciera a un lado la suspicacia y luchara por dominar sus melindres. Érica se esforzaba por ser auténtica y menos exigente con los demás. Pidió una taza de café.

La lluvia era constante, ligera pero insidiosa. El rostro opaco de la mujer que seguía de pie enfrente de ella, a tímida distancia, se iluminó con el fulgor de un relámpago. La imagen de aquella mujer grisácea quedó grabada en las retinas de Érica mientras sorbía el café.

Cerró los ojos al acercar el borde de la taza a los labios una vez más. Al mirar a través de la ventana, reconoció al grupo de profesores que, empapados, cruzaban la calle en dirección al hotel. «¿Me regala una moneda?», repitió la mendicante. «Vení, mamita, tomá». Érica colocó dos monedas sobre la mesa. La mujer se acercó como lo hacen los perros sumisos. «Sentate, mamita. ¿Querés una taza de café?».

La mujer de piel cenicienta sonrió, cogió una silla y la acercó a la mesa. «¡No, no, no! Aquí no podés sentarte. Te dije que si no te portabas bien te iba a sacar», dijo la mujer de la cocina, con el tono de quienes carecen de autoridad, pero fingen tenerla para ocultar las debilidades y los defectos que los harían perder el respeto de los demás.

«Déjela, por favor; la señora no me molesta. Tráigame otro café a mí y uno para ella… ah, y dos champurradas». La mesera miró hacia el mostrador del fondo, se volvió meneando la cabeza y se perdió dentro de la cocina.

Eran tres mujeres diferentes en sendas celdas. Tres mujeres en claustros ocultos de las miradas de la gente. Tres mujeres reunidas dentro de una caja atrapada en medio de las dos esquinas de una de las calles de la ciudad más gris del mundo.

Dieron las cinco de la tarde. La lluvia no cesaba. Se oyó un trueno en la distancia. Érica contó los segundos transcurridos entre el fulgor del relámpago y el trueno, tal como su madre le había enseñado de niña: la tormenta se alejaba. La indigente soltó el pan que Érica le ofreció y se cubrió los oídos con las palmas de las manos a la vez que apretaba los párpados. El retumbo de las olas del océano del cielo se repitió con un eco infinito. Una voz extraña que solo la mendiga podía oír se escondía en el rastro que cada descarga dejaba tras de sí.

Érica mojó el pan en el café. Vio hacia la cocina donde la camarera, con el ceño fruncido, limpiaba el mostrador. En ese instante, las famosas trece notas musicales del Gran Vals de Francisco Tárrega se oyeron en el recinto.[1]

La mujer intolerante sostenía el teléfono móvil y despotricaba en voz alta. Estaba molesta porque la lluvia no la dejaba marcharse a casa y su turno ya había terminado. Érica no les prestó mucha atención a sus palabras, pero sí a sus gestos. La mujer hablaba con gesticulaciones caribeñas muy expresivas que reafirmaba con la mano izquierda, la que le quedaba libre, mientras con la otra sostenía el aparato color de plata.

La tormenta menguó y las mujeres, atrapadas en sus mundos, vieron hacia afuera, hacia la calle, donde un hombre empapado de pies a cabeza usaba el teléfono monedero de enfrente. La mujer del rostro gris empezó a balbucear y a repetir términos matemáticos, geométricos y trigonométricos. La palabra hipotenusa empezó a salir de su boca una y otra vez, mientras Érica, atónita, la escuchaba sin entender por qué pronunciaba aquella palabra. La mesera cogió su bolso, metió en él el teléfono y avanzó hacia la puerta. Era la hora de marcharse a casa para seguir allá la pelea que había comenzado unos minutos antes.

Érica sacó del bolso una hoja de papel doblada por la mitad, la extendió sobre la mesa y leyó:

«brezo. (Del lat. hisp. broccĭus, y este del celta vroicos; cf. galés grug, irl. ant. froech y gaélico fraoch). 1. m. Arbusto de la familia de las Ericáceas, de uno a dos metros de altura, muy ramoso, con hojas verticales, lineales y lampiñas, flores pequeñas en grupos axilares, de color blanco verdoso o rojizas, madera dura y raíces gruesas, que sirven para hacer carbón de fragua y pipas de fumador».[2]

Campo de brezos
Campo de brezos

Érica volvió a doblar el papel y lo devolvió al interior de su bolso. Era bueno para su corazón recordar esa extraña respuesta. Ella era fuerte como los brezos. Ella había seguido adelante a pesar de la soledad y a pesar de que la vida no había sido un lecho de rosas. Realmente, aquella era una respuesta muy extraña a la pregunta que le había hecho al único hombre que había amado de verdad en su vida.

Pensó en la mujer furibunda que había salido a través de la puerta maldiciendo y tratando en vano de aliviar así su frustración; entonces se volvió a la demente que probablemente se había refugiado en el silencio para evitar el dolor y el sufrimiento. No obstante, a Érica no le quedaba más camino que ser fuerte como los brezos a los que tanto se parecía, porque el cariño es a veces más resistente que lo que muchos suelen llamar amor; y también soporta el fuego de la existencia.

Esa tarde, Érica comprendió que la predestinación no existe, que en realidad todo lo que sucede en el presente no es sino la consecuente cosecha de lo que se ha sembrado en el pasado, y que el tiempo suele venir de visita de vez en cuando a lo largo de toda la vida.

Fin

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[1] Alusión a las trece notas musicales que la empresa Nokia usaba como timbre en sus primeros teléfonos móviles. Estas fueron tomadas del Gran Vals, composición para guitarra del español Francisco Tárrega (1852-1909).

[2] Se ha tomado esta definición del Diccionario de la lengua española, Real Academia Española.

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Este cuento fue escrito originalmente en 2011. El personaje de la pordiosera está inspirado en una mujer que padecía trastornos mentales con quien el autor compartió una botella de vino en el parque Morazán, de la ciudad de Guatemala, una noche de finales de la década de los años 1980. Aunque era evidente que la mujer no comprendía nada de lo que el autor decía, esta y otras experiencias similares avivaron la curiosidad del escribiente por comprender el comportamiento humano. Los rasgos del personaje de la profesora se basan en una maestra de educación primaria, atrapada en el fallido sistema educativo de Guatemala, a quien el autor conoció en 1993. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Confesiones de un escribiente (8: Intermezzo de medianoche)

cropped-white-roseMe había prometido terminar de publicar a hilo en este blog algunos de los cuentos por enésima vez editados de Noviembre y póstumos conexos, que debido al repentino cambio de circunstancias del planeta (y de mi pequeño asteroide) decidí no volver a presentar para su impresión y publicación por Torre de Papel o por Loqueleo. Sin embargo, luego de haberme encontrado con la serie La cantina de medianoche, basada en el manga de Yaro Abe, tuve que abandonar la cuarentena y buscar ese lugar frecuentado por gente tan interesante, común y peculiar a la vez.

La manera de hacer cine de los japoneses, su particular expresividad y sus atractivas maneras, pero sobre todo la comida… ¡ah, la comida!, acariciaron mis pensamientos, a veces demasiado cansados de la idiosincrasia del país donde aleatoriamente me tocó nacer (algo que, soy consciente de ello, dicen todos los que nunca están del todo conformes con lo que les tocó tener a la mano para alimentar la sed y el hambre de aprender). En este sentido, quizás Enrique Gómez Carrillo sintió lo mismo, aunque él sí pudo satisfacer su curiosidad de primera mano, como lo demuestra en El Japón heroico y galante.

Confieso saber poca cosa, que es casi como decir que no sé nada, de la literatura japonesa. Hace muchos años, cuando era “menos viejo”, leí una novela titulada Kitchen, de la autora Banana Yoshimoto, además de un relato breve cuyo título ni siquiera recuerdo. Ese libro me dejó el mismo sabor de boca de dulce nostalgia y de quietud de esta serie que, además, me ha acercado de nuevo y con curiosidad a “lo japonés”.

Comparto una excelente reseña del manga en el que se basa la serie de Netflix, escrita por Eduardo Álvarez en su blog Cuarto Mundo, el hermoso tema musical de la serie y el trailer de la serie de Netflix (versión para Japón). Disfruten su comida de medianoche. Y como dicen los japoneses: 食べ物をありがとう ¡Gracias por la comida!

https://www.cuartomundo.cl/2020/04/02/shinya-shukodo-la-cantina-medianoche-2006-historias-tokyo/

Julio Santizo Coronado, 5 de julio de 2020

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Las dos muertes de una madre (cuento)

cropped-white-roseLa madrugada se hizo más y más oscura, más y más fría, mientras Octavio sostenía la taza de café con la mirada fija en la negrura. No dejaba de mirar a través de la ventana de la única cafetería abierta las veinticuatro horas de la ciudad más gris del mundo.

Sentados a una mesa del fondo, dos parroquianos aburridos mataban el tiempo jugando a la baraja en espera del amanecer. Octavio pensó en el día en que su madre le obsequió su primer mazo de cartas y le enseñó a jugar: «El casinón vale dos puntos, el casinito, uno; cada as vale un punto…». Entonces, el diez de diamantes y el dos de picas empezaron a cobrar vida sobre la mesa imaginaria que se extendía delante de la memoria de Octavio. Al final del juego, llegaba la decepción con el recuento de los puntos. Como siempre, su madre ganaba…

Octavio hizo a un lado la quinta taza de café de la noche, ahora vacía. Las lágrimas trajeron a su pensamiento las visitas a casa de la amiga de su madre, la que vivía a pocas cuadras del Cerrito del Carmen. Recordó la bicicleta ―que no le pertenecía―, en la que recorría las veredas empedradas de aquel lugar desde el cual comenzó a extenderse aquella triste ciudad, cuya falsa alegría engañaba a todos excepto a Octavio. Las tostadas frías en el plato blanco se transformaron en el pan con mantequilla de las tardes y las largas horas que con el transcurso de los años se habían diluido en el olvido hasta fundirse en la soledad de Octavio.

Un travestido ebrio entró, y con su voz falsa y mueca de borracho exigió una cerveza, la que le negaron al instante. Octavio enjugó las lágrimas pensando en cuán grande debía de ser el amor de una madre para querer a aquel que ahora salía del restaurante maldiciéndolos a todos mientras se tambaleaba de manera lastimera. ¡Y cuán grande había sido el amor con que su madre lo había protegido! Algunos padres aman hasta destruir a sus hijos y acaban por transformarlos en seres pusilánimes, incapaces, ellos mismos, de amar y ser amados.

Octavio juró no cometer los mismos errores y terminó por hacer cosas peores. Ahora, sin embargo, era imposible dar marcha atrás. Anduvo varios años por la vida tratando de demostrar el valor de su existencia. Pero la llaga se profundizaba con cada herida que Octavio se infligía a sí mismo al tratar inútilmente de redimirse con el mismo dolor que le causaba a la mujer a quien quería más que a nadie. Porque el amor y el desprecio son como el agua y el aceite. El decir y el actuar de quienes más amamos divergen tanto a veces, que acabamos por ocultarnos lejos de la aflicción. Aunque nuestras intenciones sean las mejores, cuando se vive en un mundo de contradicciones terminamos ocultando los más profundos sentimientos debajo de la gruesa capa del silencio.

Mientras más entendía la frustración de su madre, más se daba cuenta Octavio de que ella solo había descargado en aquellos quienes amaban a su hijo el puñetazo de los celos, porque la vida es a menudo una colección de interminables dolores… y hay hombres y mujeres incapaces de conservar suficiente felicidad en el zurrón agujereado de los recuerdos.

Pidió la sexta taza de café y pensó en la vinagrera de vidrio en la que su madre vertía la amarga esencia de la bebida de cada día. Y aunque Octavio se ufanaba de ser amante del café fuerte y amargo, a veces, a escondidas, lo tomaba aguado, tibio y dulce; y la efímera alegría de la niñez llenaba su corazón y lo transportaba a cualquier cafetería de barrio donde le ofrecieran un «café chapín». Sonrió al pensar que, al final de cuentas, para bien o para mal, aquella mujer había hecho de él la persona que era y a quien muy pocos, o quizás ninguno, conocían de verdad.

El sol se asomó entre las nubes grises. Los clarineros empezaron a cantar. La espera de Octavio llegó a su término cuando el carro fúnebre con el ataúd de su amada madre ―a la que desde ese día extrañaría más que a nadie― pasó delante de la cafetería. Los amigos y los conocidos se preguntaban dónde estaba Octavio en aquella hora tan importante, y en dónde se había metido durante el funeral.

A solas, como siempre, Octavio seguía bebiendo café, tal como lo hizo tantas veces durante aquellos acerbos días cuando su madre lo necesitaba y él no estaba ahí para consolarla. Y es que hay quienes pierden a la mujer que los trajo al mundo una vez, y sufren mucho. No obstante, hay aquellos cuya madre muere dos veces, y para ellos el dolor nunca termina.

Fin

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La versión original de este cuento fue escrita en 2011, cuatro años antes de que la muerte de la madre del autor ocurriera. La madre del autor murió junto a él, en la madrugada del 11 de marzo de 2015, mientras dormían en la misma cama. La esposa del autor se hallaba junto a él, en la misma habitación. Contrario a lo que sus enemigos (o falsos amigos) dijeron, ambos la cuidaron hasta el fin. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia

Historia de un dolor pertinaz (cuento)

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Aún atesoraba la esperanza que alivia el sufrimiento. Las desgracias, los sinsabores del afán que se transforma en rutina y las inesperadas traiciones habían agriado el espíritu de Deimos de a poco y, sin embargo, en el fondo de su corazón aún brillaban los rescoldos de la felicidad.

Andar de una parte a otra por calles conocidas y descubrir nuevas avenidas hacía más soportable la levedad de su vida. Todo habría sido mucho mejor, de no ser por las insidiosas burlas de Fobos, su hermano gemelo. Con cada retornelo, con cada amanecer, se le hacía más difícil abrirle la puerta al mundo y recibir puros mendrugos de amor. Y aunque el cansancio vital se hacía insoportable en algunos días, seguía luchando por vivir, aunque sin entender bien por qué.

A veces, cuando los días eran asfixiantes, Deimos se asomaba a la ventana de la habitación a observar a los viandantes que se veían tan llenos de vida persiguiendo sus deseos con una constancia que le resultaba ajena e inalcanzable. Incomprendido por su gemelo adicto al miedo, Deimos fue transformándose en un ser de proverbial melancolía.

Una de aquellas tardes de silenciosa observación, Deimos, incapaz de olvidar el día en que la vio por primera vez, arrancaba de sus pensamientos todos los detalles que no encajaban en sus engañosos deseos y los sustituyó con recortes idílicos de sus carencias y tormentos, pues la impresión original suele ser ―dicen― la más importante: ella era bella, verdaderamente bella. Deimos llegó a la conclusión, después de horas y horas de silenciosa contemplación, que ella jamás le causaría ningún dolor, o al menos no aumentaría el que ya era parte de su alma. Persuadido por sus palabras, Deimos aceptó su invitación a sentarse a la vera del camino de los días grises para escuchar y ser escuchado por el silencio.

Transcurridos varios días, semanas, meses… muchos días que llegaron a parecer años, sucedió lo que suele suceder: Deimos apretó los párpados y solo pudo ver con su engañoso corazón, el que rebosaba de la melancolía de quienes idealizan hasta las más triviales tonterías. Así, su existencia continuó fluyendo en medio del vacío al que los seres humanos llaman tiempo.

Lejos quedaron todas las cosas que llenaban otrora su vida con pinceladas de color. Lejos estaba ahora la verdadera felicidad; sin embargo, Deimos se había convencido de haberla encontrado de nuevo, y llegó a pensar con absurda ilusión que ese aparente reencuentro no era producto de la coincidencia ―se lo decía en su afán de convencerse por la querencia―, que ella había estado esperándolo por siempre y que jamás lo abandonaría.

Deimos siguió evadiendo el dolor que causa contemplarse en el espejo de las verdades, e hizo lo que todos terminan por hacer: se mintió a sí mismo avivando así su sufrimiento y lo que todos creen que es la individualidad ―una de miles de millones de copias―, convencido de que ese era el camino que lo conduciría con seguridad al descanso y la paz (porque hay mentiras que solo se le dicen a una persona… a uno mismo).

El horizonte del futuro se hacía más y más oscuro cada vez que se encontraba con ella a la vuelta de la esquina. Mientras más conocía sus caprichos menos deseaba estar con ella, y, no obstante, el temor que le provocaba no superaba la fuerza de atracción que lo arrojaba a sus brazos.

El miedo, empero, terminó por transformarse en desagrado y, como suele ocurrir con todos los enamoramientos pasajeros y espurios, empezó a esquivarla para no verla, para no oírla ni saber de ella. Sin embargo, en el fondo de su corazón moraba la convicción de que, al haberle abierto la entrada de su existencia a aquella dama de engañoso rostro, se había condenado a que le arrebatara la felicidad que, vestida de harapos, ocultaba en el cajón de la decepción.

Y aunque Deimos sabía muy bien lo que debía hacer, habiéndose entregado a la pusilanimidad que caracteriza a los espíritus flojos y domeñados empezó a acariciar la idea de darse por vencido; así que comenzó a preguntarse si para acabar con aquel nuevo sufrimiento no sería mejor rendirse a los nebulosos encantos de aquella mujer que caminaba sobre la vereda del dolor.

Ella dejó muy pronto de ser la beldad de la voz dulce para convertirse en la arpía violenta de cuyos brazos era imposible desasirse. Lejos se encontraba la romántica imagen del primer encuentro; ya no quedaban notas del canto que alguna vez le susurró al oído. Para no soltar la presa, jugaba al camaleón: adoptaba el color de un libro funerario, el tono de las tardes lluviosas, o se enfundaba en el traje de la nostalgia para aparecerse en cualquier lugar: en el amanecer, en la luz del día, en las tinieblas de la noche, en las hojas del té, en el aire que respiraba, en las sombras del atardecer…

Hasta el día cuando le propinó el más traicionero de los golpes bajos: el puñetazo de la incertidumbre. Se lo había arrebatado todo, pero nada nunca le bastó ni le bastaría jamás; Deimos no podía dar marcha atrás. Aquel desliz y sus engañosos pensamientos lo devolvieron a aquello de lo que había tratado de huir alguna vez… del dolor constante, del dolor pertinaz que empieza siempre como un juego, como un coqueteo; del osado guiño de la falsa inocencia, por haberse atrevido a conversar un día con la mismísima muerte.

Fin

*****

Este cuento fue escrito originalmente en 2004. El autor no deseaba publicarlo de nuevo, ya que, más que un ejercicio literario, se trata de un desesperado grito en busca de alivio del dolor emocional. De manera que, aunque lo modificó muchas veces, nunca se sintió satisfecho. Esta vez no fue la excepción. Luego de estar a punto de pulsar el deleátur del ordenador, decidió darle una nueva oportunidad, por lo que se publica de nuevo en este blog. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor.

Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, en el año de la pandemia