Una cuestión de espacio (cuento)

cropped-white-roseSucedió de la manera como suceden todas las cosas. El cambio fue imperceptible. Es cierto que Carlos Lewis ya empezaba a notar sutiles diferencias ―pues era un hombre perspicaz―; sin embargo, fue incapaz de prever la importancia de cada uno de aquellos hechos de aparente poca o ninguna importancia. Empero, el día en que devolvió el disco de Debussy al lugar de siempre, se dio cuenta de que no había suficiente espacio en la repisa.

Arqueó las cejas mientras se rascaba la cabeza y, muy a pesar suyo, tuvo que admitir que se había confiado demasiado. Luego de revisar prolijamente el orden alfabético de los elepés y de contar los libros, leer los títulos y echarle un vistazo al conjunto a cierta distancia —pues su memoria era fotográfica—, llegó a la conclusión de que nada parecía sobrar ni faltar, salvo aquel pequeñísimo espacio.

No había añadido ningún disco a la colección en esos días; tampoco había retirado ningún libro de su lugar para darles espacio a sus queridas grabaciones. Así que Carlos Lewis no halló explicación para aquello que tanto extrañamiento empezaba a causarle.

Se sentó en su sillón favorito, ese espacio tan querido, y después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que era el momento de montar una nueva repisa. Desde ese día comenzó a plantarse delante del estante de los discos compactos —invento de registro sonoro por el cual estaba muy agradecido, ya que era mucho más fácil ordenar aquellas cajitas transparentes que las fundas de cartón de los viejos discos de acetato—. Con todo, desde el primer día tuvo la impresión de que cada una de las cajas ocupaba más de los nueve milímetros y medio que ya le eran familiares. ¿O acaso la repisa se encogía?

Todo lo que sucedía entonces era evidencia contundente de que el tiempo le había ido devorado la vida de la misma manera como había desaparecido aquel pequeño espacio: sin siquiera darse cuenta.

Una mañana, mientras buscaba el espacio que echó en falta desde el primer día, notó que los libros y los discos profanos estaban más cerca unos de otros. Corrió en busca de la cinta métrica, la extendió sobre el librero y, aunque sus ojos lo veían y sus manos lo comprobaban, siguió negándose a creer en aquella probabilidad. Pero todo demostraba que se trataba de algo más; porque no hay nada que sea imposible en el universo.

Él mismo había ensamblado aquel mueble. Él lo había sacado de la caja de cartón y había leído con sumo cuidado las instrucciones. Conocía sus dimensiones a la perfección. Así que empezó a dudar de su cordura, ya que la única conclusión lógica era que este se había encogido un centímetro, medida que podría carecer de importancia para la mayoría, pero que para Carlos Lewis era mucho más; era una decena de milimétricas aparentes coincidencias.

Una semana después del descubrimiento de la ausencia de aquel espacio, cavilaba Carlos Lewis en la salita con una taza de café y un plato de galletas. Rumiaba pensando en lo que le estaba sucediendo a su espacio.

En ese instante, Alicia, su esposa, entró muy contenta a casa, feliz como de costumbre. Pero al ver el rostro desencajado del hombre al que conocía como a sí misma no pudo menos que preocuparse. Alicia se dirigió hacia lo profundo de la casa luego de un «hola» y de un beso en la mejilla que él apenas advirtió.

Carlos Lewis guardó silencio, aguzó el oído y contó los pasos de su amada Alicia. Los tacones seguían sonando con el mismo ritmo sobre las baldosas. Se asomó al minúsculo corredor para retroceder de inmediato con gran incredulidad y con una mezcla de terror y aturdimiento en la mirada.

Volvió a ver hacia el vestíbulo, que para entonces ya se había transformado en una calle angosta y larga por la cual continuaba avanzando Alicia, mientras sus tacones resonaban sin cesar y sin que, aparentemente, ella se diera cuenta de que nunca llegaba a la habitación del fondo.

Carlos Lewis se aferró al sofá, pero al palparlo notó que era él quien ahora se había encogido. Cuando miró hacia el suelo de la habitación, ahogó un grito de espanto al darse cuenta de que las piernas le colgaban del sillón y que era incapaz de tocar el suelo con las puntas de los zapatos. No pudo contener por más tiempo aquel grito.

Alicia salió enseguida de la habitación, recorrió el pasillo, atravesó el comedor y, finalmente, después de transcurrida la mitad de la eternidad, llegó a la sala. «¿Qué te pasa? ¿Te lastimaste?», dijo Alicia. Él abrió los ojos como platos, pero ella parecía no enterarse de lo que sucedía. «¿Ves cómo la casa se agranda por allá y se hace cada vez más pequeña por aquí?», preguntó Carlos Lewis ahogándose en un vaso de angustia y en un océano de desasosiego.

Ella observó a su alrededor… se encogió de hombros. No había nada que le pareciera extraño. «Estás muy cansado desde hace varios días. Es la tensión del trabajo. Escribes demasiado. Deberías salir a dar una vuelta por ahí. ¿Quieres que te traiga otra taza de té?». Carlos Lewis asintió. Y luego de bajar con mucho cuidado de las alturas, desde el borde del sofá que ahora parecía elevarse hasta las nubes, se dirigió a su ahora minúsculo escritorio.

Alicia caminó de vuelta a la cocina, para volver luego de unos minutos ―que a su esposo le parecieron horas― con una gigantesca taza de té que de inmediato se hizo pequeñísima, casi invisible, entre los dedos de Carlos Lewis quien, aterrorizado, la soltó…

… la taza empezó a caer en cámara lenta, cuadro por cuadro de una película, hasta que la loza se hizo añicos sobre el piso de la habitación y estos se esparcieron en todas direcciones aumentando de tamaño y llenando el lugar en el cual ya no había más espacio para él.

Presa del pánico, huyó despavorido hacia la puerta mesándose los cabellos mientras se extendía a lo largo del corredor sin fin tratando de escapar del cada vez más pequeño espacio que había para él. La puerta seguía alejándose más y más. Al volverse, vio cómo su escritorio, su sofá y su librero desaparecían en medio de un luminoso y minúsculo punto rodeado de un oscuro espacio.

Jadeante, se detuvo cuando su esposa, Alicia, con una inmensa paz dibujada en el semblante, se despedía agitando la mano con un movimiento que le parecía a él cada vez más y más lento. Finalmente, después de un enorme esfuerzo, logró llegar a la salida y, luego de pasar con dificultad a través de una pequeña rendija, la vieja puerta de madera empezó a adquirir la inmensidad de un árbol al hallarse del otro lado.

Carlos Lewis se detuvo para ver cómo la calle se enrollaba cual pergamino debajo de sus pies, al mismo tiempo que dejaba tras de sí una inmensa y vacía oscuridad. Era demasiado tarde. La cerradura estaba a decenas de metros por encima de su cabeza. El mundo empezó a encogerse mientras la casa absorbía aquel universo en el cual él ya no tenía cabida.

La caída fue interminable… eterna, porque a veces en la vida todo es, al final de cuentas, una mera cuestión de espacio.

Fin

*****

Alice in WonderlandEl relato anterior fue escrito en su forma original en 2004, luego de terminar la lectura de Alicia en el país de las maravillas y de Al otro lado del espejo (edición de Porrúa). El autor vivía entonces en un pequeño apartamento que él y su esposa construyeron junto a la casa materna, en un espacio familiar pero de alguna manera ajeno. En 2007, él y su esposa construyeron una segunda planta encima de la casa materna, que desde entonces es su propio espacio. Del libro Noviembre y póstumos conexos.

póstumo, ma. Dicho de una obra: Que sale a la luz después de la muerte de su autor. Diccionario de la lengua española. Real Academia Española

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo.

Así como podemos escribir nuestros días con renglones torcidos, de igual manera podemos tachar el pasado con el plumazo del futuro. Siempre habrá una mejor manera de entender y de ver las cosas.

Julio Santizo Coronado, año de la pandemia

«El canario y la rosa», disponible en El Salvador, Honduras y Guatemala (Loqueleo, Santillana Infantil y Juvenil)

cropped-white-roseEl canario y la rosa, libro para niños escrito por el guatemalteco Julio Santizo Coronado (1965), fue publicado en mayo de 2018 bajo el sello Loqueleo, de Editorial Santillana Infantil y Juvenil. Loqueleo es un proyecto que reúne a escritores de toda Hispanoamérica y que incluye en su catálogo tanto títulos clásicos como obras contemporáneas de autores de la región. Los libros están divididos en series que se adecuan a cada edad: prelectores, niños y jóvenes.

untitledEn el catálogo 2020 de Loqueleo, los profesores hallarán este título en las recomendaciones para estudiantes de tercer grado de educación primaria, clasificado bajo Autoestima, valentía y vida cotidiana. Va dirigido a lectores de 9 años o más. La lectura de El canario y la rosa requiere un poco más de capacidad de comprensión lectora que su antecesor, El árbol que quiso volar como los pájaros, del mismo autor, por lo que se recomienda a los docentes emplearlo después de leer tal título. El canario y la rosa está disponible en Guatemala, El Salvador y Honduras en los puntos de venta de Editorial Santillana. En Guatemala, también se puede adquirir en la librería Sophos (zona 10 de la ciudad de Guatemala) y en todas las tiendas De Museo.

Sinopsis

«Marco libra desde la infancia una lucha interna. Aunque anhela desde el fondo de su corazón expresar amor todo el tiempo, sus experiencias a lo largo de la vida lo llevan en algunos momentos a ceder a una natural mala inclinación. Un cariñoso consejo que no ha podido olvidar lo lleva cierto día a reflexionar con sinceridad y ver sus defectos reflejados en algunos de sus semejantes. Eso le permite conocerse mejor y darse cuenta de lo que hay realmente en su interior. Aunque esta lucha puede ser difícil y prolongada, muchos han podido sacar lo mejor de sí y vencer al egoísmo, al punto de dar la vida por otros. ¿Lo logrará el pequeño Marco?».

El libro incluye las bellas acuarelas de la ilustradora y diseñadora industrial Diana Cruz, guatemalteca nacida en 1994 cuyos proyectos de ilustración y diseño revelan una profunda influencia de la naturaleza en su concepción estética.

Estructura y análisis

El canario y la rosa aborda en un relato breve y dividido en dos partes, Primavera y Otoño, el conflicto entre el deseo y el deber, la responsabilidad y la apatía, etcétera. El tema se aborda desde la perspectiva de un niño que desde muy temprana edad se percata de que suele no alcanzar la medida de lo que tanto los demás como él mismo requieren de su comportamiento y sus acciones. Esa lucha emocional es vivida de manera muy consciente por el protagonista, quien llega a concebirse a sí mismo como, no una, sino dos personas que habitan en el mismo ser. Este conflicto se extiende durante los años de desarrollo hasta que el protagonista, Marco, alcanza cierto equilibrio al llegar a la madurez. No obstante, tal aceptación llega a su vida el día en que finalmente es capaz de verse y aceptarse tal como es, con sus flaquezas, sus fortalezas y su potencial.untitledAunque el título de este libro trae a la memoria el cuento El ruiseñor y la rosa, del irlandés Oscar Wilde, solo comparte con este el tema secundario o subyacente: la abnegación, simbolizada en sendos libros por las aves. En lo que respecta a la dualidad humana que se trata en el libro, esta hace recordar El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, obra literaria considerada un clásico, del británico Robert Louis Stevenson.

En una época en la cual se ha llegado al extremo de evitar hablar de altruismo o abnegación, por considerarlos rarezas entre los valores humanos, El canario y la rosa se constituye en un instrumento literario que permite a los docentes (y a los padres), así como a los jóvenes estudiantes de 9 años o más, analizar la necesidad de demostrar amor de maneras prácticas en la sociedad actual y profundizar en el porqué de las carencias afectivas y sus efectos en nuestros días.

Índice de El canario y la rosa

Primera parte: Primavera

El amanecer

El despertar

Corazones cautivos

Vuela más alto

Entonces huyó la primavera

Segunda parte: Otoño

Abnegación, hermana del amor

Egoísmo, hermano del odio

Encuentro en el espejo

Si desea más información sobre el proyecto Loqueleo de Santillana, pulse el siguiente enlace para observar un vídeo explicativo.

http://www.loqueleo.com/

Julio Santizo Coronado

Nació en la ciudad de Guatemala en 1965. Cursó el bachillerato humanístico en la Universidad Rafael Landívar (1981-1982). Piloto aviador estudiante y privado (1982-1984). Profesor de francés en una secundaria y corrector de publicidad (1985-1988). Ministerio de Educación de Guatemala y Fundación para la Promoción de la Educación Rural en Centroamérica y Panamá (1988-1996). Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala (1989-1993). Corrector, editor y redactor en periódicos y revistas (1999-2011). Ha publicado en formato físico y electrónico Poesía incompleta (2012), Relatos para la pira (2012), Cartas a un hijo ausente (2013), Las horas de mi madre (2013), Poesía innombrable (2013), Palabras del agua y de la mar (2016). Compilador de El Fu Lu Sho de los recuerdos (2012). Santillana ha publicado en la colección Loqueleo El árbol que quiso volar como los pájaros (2017) y El canario y la rosa (2018). También ha escrito Todos los relatos para la pira (versión de descarga gratuita en WordPress), Noviembre y póstumos conexos (cuentos) y El libro que enseñaba a escribir (2019, inédito).

¿Adónde se fueron aquellos lectores? A propósito de «Relatos para la pira» (2012)


cropped-white-roseEn 2012, Ediciones del Jazmín publicó Relatos para la pira, libro que nació en la sala de redacción de Siglo 21, para ser más precisos, en la mesa de partos del suplemento para jóvenes Monitor, que se publicaba semanalmente en aquel diario guatemalteco.

En diciembre de 2003, le solicitaron al autor de Relatos para la pira escribir un artículo que satirizara las fiestas navideñas. Este se incluiría en la edición especial anti-Navidad. En aquellos días, influido por una película de Woody Allen, el autor escribió unas líneas que relacionaban al escritor, director, actor y músico con la fiesta comercial y de origen religioso más carente de espiritualidad, y también la que quizás esté rodeada de la mayor cantidad de mitos de la historia, con uno de los cuentos más conocidos y emulados que se hayan escrito sobre el jolgorio más confuso del planeta (y hasta hace poco el más atractivo, aunque en continua decadencia). Fue rechazado.

RELATOS PARA LA PIRALe encargaron una versión más moderada. El segundo relato también fue rechazado por los antinavideños editores que (¡oh, paradoja!) solían ridiculizar casi todas las cosas de las que hablaban en público o en privado. Hasta el único hijo del escritor montó en cólera cuando los leyó. El autor de Relatos para la pira celebró por ultima vez la Navidad en 1977, hasta donde recuerda o quiere recordar. No obstante, su hijo la celebraba entonces y (suponemos) sigue haciéndolo. En 2012, cuando desempolvó estas historias, el autor de Relatos para la pira comenzó a escribir, por mera distracción, más historias relacionadas por un hilo conductor, un alter ego (eso dicen): Karl Søndersøn. Estos relatos se publicaron en un librito de 54 páginas (extenso prólogo incluido, escrito por Ariel Batres Villagrán, amigo del autor a quien hacía poco había conocido gracias al blog El ideario de Facundo).

Algunos ejemplares fueron enviados al extranjero por correo y la versión original de los relatos también se publicó por separado en El ideario de Facundo. A algunos gustaron y los comentaron en la extinta bitácora. Han pasado siete años; les hemos perdido la huella a aquellos amables lectores con quienes el autor llegó a sostener correspondencia por un buen tiempo. ¡Se les extraña!

El autor escribió una versión extendida del libro, la cual tituló Todos los relatos para la pira, que no ha visto la luz sobre el papel, pues como él mismo escribió en otra parte («Escribir no sirve para nada», en Cartas a un hijo ausente): hay que pagar las cuentas y es mejor gastar la plata en comida para uno y los amigos. A continuación, tres comentarios que sendos lectores españoles escribieron hace seis o siete años, que habían estado guardados en un archivo de Word y que el autor creía perdidos.

Fogata y luna (2) CUBIERTAEn general, observo que todas las historias [de Julio Santizo Coronado] son una crítica al quehacer humano […], con un toque de humor muy sutil, a veces, y, otras, más evidente, que me impresiona y admiro. Religión, globalización, antiguas costumbres, violencia, armas, abogados, literatura, todas las áreas tienen su parte de crítica constructiva y un llamamiento a la autocrítica y al examen de conciencia. Me ha gustado Lo que sucedió el día que Karl Søndersøn leyó «Anoche hubo de lo mismo», […] muy bellamente escrito, pura literatura. Me ha encantado la descripción […] de esos seres vagando en una noche cualquiera en cualquier ciudad del mundo llamado «civilizado». […] servirá para dejar constancia de lo que sucedía en el planeta durante finales del siglo XX y comienzos del XXI. (Mar García Rojo, maestra; Madrid, España)

Lo queremos [a Karl Søndersøn] por lo mucho que dice en sus silencios cómplices. Lo queremos por su mordaz ironía que nos regala perlas […]. Lo queremos porque, aunque sepamos que sus nórdicos restos reposan en el Cimetière du Père Lachaise junto a Balzac, Proust y otros parientes, aún parece que quiera compartir con nosotros sus impresiones y sus palabras. (Luis Fernando García Barrero, químico; Zamora, España)

Terminé de leer, por segunda vez, Relatos para la pira. Me gustaron no mucho, sino muchísimo, por su fuerza y su impecable prosa. Me reí con el cuento Woody Allen y la Navidad y con el sorprendente final de El exhibicionista. Las peripecias de Karl Søndersøn me resultaron conmovedoras. (Mercedes Molinero, pintora; Madrid, España)

Ediciones del Jazmín, Guatemala, mayo de 2019

A las puertas de «Noviembre y póstumos conexos» (historia del libro y comentarios)

cropped-white-roseEl título Noviembre y póstumos conexos reúne relatos escritos en distintas épocas (entre 1983 y 2011) por Julio Santizo Coronado. La versión original, en la que algunos de estos cuentos se hallaban concatenados, fue objeto de un comentario titulado «Las palabras empezadas», por el escritor y periodista Maurice Echeverría.

No obstante, los relatos —algunos de los cuales se asemejaban más a epístolas reflexivas o a historias urbanas que a cuentos— estuvieron engavetados durante varios años. Paulatinamente, unos más se les adhirieron tímidamente aquí y allá en Guatemala, Honduras y El Salvador durante los viajes del autor. Luego de un tiempo, treinta relatos formaban un volumen dividido en tres partes. Este recibió el título Treinta días para noviembre. De esta colección, el autor ha decidido conservar veinte relatos a los que añadió uno que escribió en 1983, que no formaba parte del volumen.

El escritor y licenciado en Letras Ricardo Rivera Echeverría, quien fue testigo presencial de algunos de los años más oscuros, por qué no llamarlos así, del autor, escribió luego de leer el volumen el comentario titulado «La realidad a través de la ficción en busca de la redención».

Ahora, con más de medio siglo a cuestas, el autor desentierra algunas de estas historias que no pretenden ser cuentos, sino, a lo mejor, retazos de una vida que comenzó en noviembre, en el otoño, y que se halla justo en la misma estación de la existencia.

A continuación transcribimos las palabras de los escritores Maurice Echeverría y Ricardo Rivera Echeverría dedicadas a estos fragmentos de vida que han sido llamados de nuevo, porque siempre se vuelve y porque «veinte años no es nada», Noviembre y póstumos conexos.

*****

Las palabras empezadas

La conciencia bien podría ser esa forma de atar planos, ese recinto en donde estos se remiten constantemente de uno al otro, en secuencias y prolongaciones. En ese movimiento se va dibujando un imago mundi, una nervadura o maridaje vital que describe al hombre mismo.

Diríamos que Julio Santizo Coronado quiso aquí levantar la complejidad misma de la conciencia, de la suya propia. El juego de saltar de una atmósfera a otra absolutamente distinta es el juego mismo de nuestro pensamiento, de nuestra particular emoción. Una situación nunca es una: son muchas o varias que se atraviesan, imbricadas, segregativas y multiplicadas, como en una figura de varias versiones. Nuestra emoción, agregarlo cabe, es el dispendio de tantas anécdotas y formas de comprobar la vida. Un abecedario, una diáspora.

Noviembre y póstumos conexos parte de un relato central y conductor, al cual se adhieren otros más. Le sirve esta historia a su autor como ignición narrativa hacia otras historias. Uno podría decir, a partir del modelo aquí ensayado, que todas las historias son una misma, de lo mismo están hechas, aunque no lo parezca. Sorpresivamente, en el mundo siempre está sucediendo una juntura.

El escritor es por naturaleza el que descubre esta juntura, estas junturas, que hunde su prosa participante en el galimatías del vivir, para extraer algún nexo. El escritor es el heraldo vital, el que está en medio de las cosas, y deja que estas se comuniquen por medio de él. Legislador o codificador, en su oficio de nombrar concibe los sistemas ocultos, si perdonan la mística. Todo nombramiento —perdonen de nuevo— nos brinda la consistencia refulgente y razonadora del todo.

Habría que bajar el tono meditativo para comprender cómo aquí tantas historias caben en la conciencia humana, unificadas. Un hombre es el depositario de cuántos instantes: habla con una mujer, imagina el futuro, escribe cualquier cosa, se hace un café, desaparece ante el espejo. Así conviene en ser.

Historias como palabras. Al fin, ¿no es el lenguaje mismo el ejercicio más acabado de la intermediación? Las palabras son vociferaciones siempre acompañadas. Una palabra, diríamos más, siempre está empezada, pues siempre viene de una anterior que la postula y la hace nacer.

Maurice Echeverría, escritor y periodista guatemalteco

*****

La realidad a través de la ficción en busca de la redención

Con una pretensión un tanto intelectual, me propongo describir un mundo de particulares realidades en donde el universo de la ficción nos va llevando cual juego de cartas, unas abiertas y otras muy bien escondidas, a un sinnúmero de retratos y circunstancias en donde la naturaleza humana, y, por qué no decirlo, el hombre mismo, se ven involucrados en un azar o suerte.

No obstante, no por estar destinado de antemano a un determinado fin pierde, sino acentúa esa cualidad intrínseca que el don de la palabra, paso a paso, va obsequiando, y que al llegar al término de cada relato de Noviembre y póstumos conexos, del escritor Julio Santizo Coronado, nos va llevando el autor con gran tino e inteligencia literaria a toda una serie de impresiones, sensaciones y emociones en las que el lector podría involucrarse y pasar en su momento de una historia capaz de llevarlo a sonreír y, por qué no, a carcajearse y sentirse enternecido, hasta el punto más elevado y culminante de los hombres, que es el de abrir su pecho a corazón abierto al dolor, no solo propio, sino al de todos, que al fin de cuentas resulta siendo el mío, el tuyo, el nuestro.

Y tal como define el autor el libro, son realidades de ficción siempre pendientes y atentas a demostrarnos que la realidad, por ficción que sea, nunca dejará de estar cual dedo índice de la mano del cuerpo de la vida apuntándote directamente a los ojos, para así recordarte que no es posible obviarla, y mucho menos volverle la espalda. Porque siempre, y al fin de cuentas, volverás a verla a los ojos, aunque esta, al devolverte la mirada, te convierta, tal como le sucedió a la mujer de Lot en el Génesis bíblico, en una inquietante y estupefacta estatua de sal.

Así que no nos queda más que aceptar la invitación que nos hace el escritor Julio Santizo Coronado, para que lo acompañemos en un paseo literario por el «laberinto» del «callejón infinito» de la paranoia, con un «grito en la oscuridad», sin que por ello nos importe «perder la partida» con un jaque mate —¿acaso nuestra única partida?—, mientras degustamos en el recuerdo de la memoria el «dulce aroma del pan» con una taza de exquisito café. Y, aun así, no poder obviar las tristes lágrimas de alguna mujer sin más nombre que su soledad, que se asoman sin verse en una «sombra bajo la luz de la luna» y que recuerda a alguien, o a muchos, que a veces algunas madres mueren más de una vez en vida que en la muerte misma, acaso más que por el corte de un filoso «machete», por la repetición de los dolores y de las angustias de un alma deseosa de redención.

Ricardo Rivera Echeverría, escritor y licenciado en Letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala

Ediciones del Jazmín, Guatemala

Estos cuentos viejos, antañones como mi cuerpo, gritan en la oscuridad. Se elevan y se desvanecen como el humo, se disipan como el vaho que exhala la tierra mojada por la lluvia del trópico, se ahogan en las aguas a donde las nubes los llevan mecidos por el viento del tiempo. Julio Santizo Coronado